viernes, 15 de octubre de 2021

Campamento de supervivencia


Imaginemos a una mujer que, llena de inquietudes sociales y de compromisos éticos (feminismo, ecologismo), ve cómo la maternidad se incorpora y adhiere a su catálogo de preocupaciones. La tentación de considerarla una superheroína se tambaleará, no obstante, cuando advirtamos que también es –y ante todo– una persona, con sus flaquezas, sus debilidades, sus vacilaciones y sus momentos de zozobra. Un ser humano que necesita la escritura para apuntalar siquiera provisionalmente su entorno (“Soy un pequeño país tropical / a la espera del gran tornado. / Quiero narrar adentro / mientras todo se derrumba”); que establece con su hija unos lazos de ternura y apoyo (“Cuando digo que nos entretenemos, / me refiero exactamente a eso: / Nos tenemos entre nosotras”); que evalúa las tareas domésticas desde un punto de vista que bordea los terrenos de la metafísica y que puede conducir a pensamientos abatidos (“Limpiar es ensuciar otro lugar. / Algún día, alguien dirá / que hice todo mal”); que desea avanzar hacia el futuro amparándose en costumbres que se nutren del pasado (“Completar cuadernos era mi juego / cuando era chica. / Ahora insisto”); que no convierte su nueva vida como madre en una excusa para abandonar sus vigorosos impulsos de justicia y cambio social (el poema “Articular el pensamiento” es ejemplar en ese sentido); que tiene claro cuál es siempre el punto de partida (“Hago lo más urgente: un paso”); y que, en fin, no se conforma con verdades mezquinas, ni con fórmulas de conformidad blanda, ni con subterfugios-placebo (“Quien nace para la tormenta / no soporta la llovizna”).

Hablo de la aguerrida poeta argentina Jimena Arnolfi Villarraza y hablo también del sello Liliputienses, no menos aguerrido, que ha convertido sus versos en un manual de luces, en un dietario de corajes, del que podemos disfrutar y, sobre todo, con el que podemos aprender.

No se lo pierdan.

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