sábado, 18 de julio de 2020

Cartas a Pilar




Es probable que todas las cartas de amor sean (siguiendo el riguroso dictamen de Fernando Pessoa) ridículas; pero también es probable que, en determinadas circunstancias, el ambiente trágico que rodea a la correspondencia las adorne con tal aura de dignidad y belleza que nos sintamos impelidos a disculpar las ñoñerías que en ellas observemos. Ocurre así en este volumen que, en edición de Giancarlo Depretis, reúne dieciséis comunicaciones que Antonio Machado envió a su amada Guiomar (Pilar de Valderrama), una mujer casada de la que él, abatido, viudo y melancólico, se enamoró profundamente, hasta el extremo de escribirle que “tú eres, no dudes, el gran amor de mi vida” (p.214).
Consciente de que debe preservar a toda costa el secreto de este amor, para no herir la honra de la dama, Machado le indica que “lo mejor de la historia se pierde en el secreto de nuestras vidas” (p.65). Y se detiene en preocupaciones por su salud, por el estado de sus hijas, por el progreso de sus obras literarias (también Pilar redactaba versos), por el modo en que pueden organizar leves encuentros furtivos en un café… Una batería de pequeñas minucias que tejen los meses del poeta “romanticón y loquito” (son palabras suyas), que bebe los vientos por la mujer de ojos y labios enloquecedores, que están alegrando su madurez inclinada a la senectud.
Al tiempo, Machado le confiesa lo que piensa sobre Jorge Guillén o Pedro Salinas (“Son jóvenes de gran talento y, además, excelentes muchachos. Nadie más deseoso que yo de que sus libros sean maravillosos. Pero te confieso que, a pesar de mi buen deseo, no logro comprenderlos; quiero decir que no comprendo que eso sea poesía”, p.90), sobre Ortega y Gasset (“Tiene indudable talento, pero es, decididamente, un pedante y un cursi”, pp.109-110) y sobre otros personajes de la época, como la actriz Lola Membrives, Rivas Cherif o los hermanos Quintero.
Su reina, su diosa (es el calificativo que más veces le tributa el vate sevillano) ya explicó en sus memorias (Sí, soy Guiomar, 1981) que apenas pudo conservar un puñado de cartas de su amado Antonio. Treinta y seis demostraciones de amor incondicional, absoluto y maduro, que conservan todo el aroma de la rosa.

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