domingo, 19 de julio de 2020

Amado monstruo




Sólo dos personajes presenciales (un jefe de personal de un banco y un aspirante al puesto de guarda) y dos personajes mencionados (las madres de ambos) sirven al aragonés Javier Tomeo para construir una de las novelas cortas españolas más notables y curiosas de finales del siglo XX. El jefe de personal se llama H. J. Krugger; el aspirante, Juan (aunque en la contraportada lo llamen “Antonio”, vaya usted a saber por qué). Y todo el desarrollo de la obra (que ocupa poco más de cien páginas) consiste en asistir a la entrevista que ambos mantienen, con el objeto de determinar si el segundo merece el puesto de trabajo.
Hasta aquí, todo bien. Pero en seguida descubrimos que Juan no es un tipo al que pudiéramos definir como normal: jamás ha trabajado, a pesar de sus treinta años; vive con una madre muy posesiva (con neurosis y traumas muy evidentes); ha dedicado toda su vida al ejercicio de la lectura (para rellenar el tiempo); y presenta una rareza física que, hasta el final de la charla, no sale a relucir, pero que determina su circunstancia. Krugger, por su lado, también exhibe un comportamiento anómalo: fuma de una manera compulsiva; adora a su propia madre (que murió cuando él era un niño y que le legó un manuscrito con recetas de cocina); y pretende extraer de las personas a las que interroga informaciones que, en realidad, nada tienen que ver con el cargo al que aspiran.
Asistimos a una novela de minería y exploración psicológica y que, a la vez, se construye con unos materiales muy sencillos (diálogos naturales, vocabulario medio, giros coloquiales, refranes, sentido del humor). El gran prodigio es Javier Tomeo (Huesca, 1932 – Barcelona, 2013) es haber conseguido, con esos hilos tan aparentemente fáciles de convocar, un tapiz de prodigiosa complejidad íntima y de lectura fluida, que fascina la primera vez y que no defrauda en las siguientes (es la tercera ocasión en que leo la novela).
Creo que voy a ir recuperando para mi blog, gradualmente, muchos de los libros de este aragonés, que tanto me fascinaron entre mis veinte y mis cuarenta años.

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