martes, 30 de enero de 2024

El gallardo español

 


Es comprensible que la grandeza provoque, por proximidad, la disminución de lo que, a su lado, siendo bueno, no lo parece. Ocurre así con las obras de Miguel de Cervantes Saavedra: que cuando son comparadas con El Quijote, parecen unas simples migajas desdeñables. Hoy, para contrarrestar los efectos de esa inercia injusta, he terminado de leer la comedia El gallardo español, donde se habla de valentía, de honra, de amores y de combates, y creo que le conviene la etiqueta de “meritoria”. No es, desde luego, un portento inmortal de la dramaturgia, pero sí que tiene secuencias y parlamentos muy notables: la figura de Buitrago, constante hambrón; el desconcierto de don Juan, que está a punto de volverse loco cuando descubre a su hermana convertida en mora y a su enemigo cristiano ataviado con un turbante; las finuras caballerescas de Alimuzel; la espléndida pintura que el alcalaíno nos da de la curiosa Arlaxa…

Todo el enredo de la obra se articula sobre un capricho de esta última, que ha oído tantas lindezas sobre el valeroso don Fernando que desea conocerlo a cualquier precio; y no tiene mejor idea que convencer a su enamorado Alimuzel para que lo rete a duelo y, vencido pero vivo, lo traiga ante sus ojos. Por prohibición expresa de sus superiores, el galán español no puede aceptar el desafío; pero los rugidos que da su honra (que no resiste la idea de quedar como cobarde ante el gallardo enemigo) lo impulsan para que salga de la fortaleza. Es entonces apresado por los musulmanes y se inicia un embrollo de personajes disfrazados, identidades ocultas, anagnórisis impactantes y, sobre todo, grandes conocimientos sobre la situación política y bélica que se vivía en aquellos años en la zona de Orán.

Gana mucho (me parece) leyéndola en voz alta. Así lo he hecho yo y, en ciertas escenas, pone la piel de gallina. Prueben.

lunes, 29 de enero de 2024

El cuadro

 


No he tenido demasiada suerte (espero) en mi segunda aproximación a la obra novelística de Mercedes Salisachs. Y digo “espero” porque mantengo la ilusión de que mi decepcionante debut lector con ella pueda verse modificado si me decido a abordar más adelante una segunda obra suya. No en vano hablamos de una escritora que recibió galardones como el Ciudad de Barcelona o el Planeta; y ese palmarés merece, creo yo, un respeto.

En realidad, ya desde el principio me dio la sensación de que El cuadro mostraba fallas demasiado aparatosas. Primero, desde el punto de vista léxico (en las líneas iniciales del capítulo 1, Elena decide “autoanalizarse”); segundo, desde el punto de vista gramatical, sobre todo en el manejo de los pronombres (la protagonista, en la página 16, recuerda que, a una amiga suya, “no la escribió”; y su hijo Manuel, en la 31, tras sufrir la violencia de un compañero de colegio, afirma: “Y yo también lo he pegado a él”); tercero, desde el punto de vista literario, pues no he sido capaz de localizar brillo estilístico alguno, ni en la sintaxis, ni en el ritmo narrativo, ni en la elección de las figuras retóricas o los adjetivos (la persona que lea este libro se encontrará además con párrafos tan inauditos como este, declamado por un hombre que vuelve a encontrarse con la prostituta cuyos servicios frecuentaba: “Oírte era una novedad muy positiva que nunca hasta entonces había experimentado. De pronto comprendí que vuestra profesión, lejos de ser algo degradante, podía ocultar un mundo de impotencias desesperadas que forzosamente exigían lo que de algún modo os obligaba a soportar. Tu ausencia fue algo más que perder un hábito sin destino, una de esas costumbres que en ocasiones se nos antojan necesarias para nivelar las exigencias del sexo. Hablar contigo era como pasar un examen de conciencia. Algo parecido a introducirse en un palacio bellísimo, pero saqueado y vacío”, p.35). Hay párrafos aún más delirantes, que por pudor (discúlpenme) me resisto a copiar.

Y si nos detuviésemos en lo puramente argumental, qué quieren que les diga. Se lo resumiré en un único detalle, que no se atrevería a redactar nadie con un mínimo de sentido común o que se haya molestado en documentarse: un niño sale de su casa y, vista la preocupación de la madre, tres horas después ya está puesta en funcionamiento la policía y se divulga una foto del muchacho en varias cadenas de televisión. No es el disparate más estruendoso: tampoco me detendré en enumerar los restantes.

Para rematar el desastre, la editorial decidió colocar en su contraportada unas frases publicitarias que, a fuerza de recurrir a la hipérbole (“Una trama llena de suspense cuyo desenlace final romperá los moldes de lo imaginable. Tensión narrativa en estado puro”), se deslizan por el tobogán del disparate y la mentira más abyecta: ni una gota de suspense o de tensión pueden ser localizadas, ni siquiera siendo generosos, en toda la novela: el redactor miente más que un político en campaña.

Permítanme que lo deje aquí. Quizá repita con la autora más adelante. O no.

sábado, 27 de enero de 2024

Las cosas de este mundo

 


Existen muchas maneras de mirar hacia el pasado y seguramente resultaría bobo establecer cuál de ellas puede ser calificada como la mejor: ¿la melancolía? ¿La acrimonia? ¿La tristeza? ¿El gozo? ¿La ironía? ¿La autoexculpación? Antonio Machado afirmaba que el ayer no está escrito, y quizá se deba a que no sabríamos cómo afrontar esa escritura, qué palabras o qué enfoque escoger para abordar tan descomunal tarea. Pedro Ugarte, escritor poderoso y versátil, nos ofrece en Las cosas de este mundo (la recopilación de poemas que le edita el sello Sloper) su propio ayer, lleno de esperanzas, de novias breves, de alcoholes nocturnos, de proyectos, de mudanzas, de episodios eróticos adolescentes, de lejanísimos juegos de piratas y hasta de algún encuentro sexual donde, sin cortapisas, procede a una admisión que, incluso en su vertiente irónica, no resulta muy frecuente entre los varones (véase “El rito de la decepción”). Y es, sin duda, un libro memorable. Da igual que, con modestia, el escritor vasco afirme que en sus páginas ha adoptado “un tono escasamente lírico, veladamente narrativo” (p.9) y que el tomo puede ser definido como “un libro compuesto, en fin, por formas híbridas” (p.10). Ningún desdoro supone tal admisión.

Escuchemos lo que nos dice el poeta en la página 25: “Son los años que se alejan / como remolcadores surcando la bahía”. Y esa imagen bellísima y poderosa actúa como invitación para que nos asomemos a la barandilla y, dejando que nuestra mirada recorra el horizonte, descubramos en sus versos desahogos de rango juvenil (“Para calmar el ansia”); algún carpe diem vengativo, casi quevedesco, que nos asombrará por su contundencia (“Despecho”); estampas donde Miguel de Unamuno es convocado y releído; vindicaciones firmes de su fe religiosa católica (lean “Ceremonia civil”, absolutamente memorable); elegías por un perro al que se acompañó hasta el final (“El oficio de Dios”); o reflexiones melancólicas sobre el modo en que dejamos pasar el tiempo, creyendo que la ventura perfecta nos aguardará más adelante (“La llegada de la vida”).

“Éramos jóvenes y éramos idiotas”, apostilla Pedro Ugarte en la página 31. Quizá todos lo hayamos sido, aunque nos resistamos, orgullosos, a asumir el ridículo de aceptarlo y pregonarlo. Pero la mirada que, desde la actualidad, tiende el poeta hacia aquellos años perdidos es madura, reflexiva, aplomada.

Adéntrense en el volumen. Y, si lo desean, deténganse en las trece ocasiones en que, si no he contado mal, el poeta utiliza las palabras del título en sus poemas. Verán qué sugerente arco de interpretaciones. Se sorprenderán.

jueves, 25 de enero de 2024

Herencias del invierno

 


O se tiene o no se tiene. Y Pablo Andrés Escapa, para mí, lo tiene. Es un don único e indefinible, que dota a la prosa de majestad, de belleza, de elevación. Hay quien ha intentado explicarlo mediante la semántica o la sintaxis, pero resulta inútil. Es como aquella conocida (y quizá humorística) definición de poesía: quítale la rima, las palabras, avienta los versos y, si queda algo, eso es la poesía. Pues en esa línea. El caso es que Pablo Andrés Escapa escribe unos relatos que te dejan (a mí me dejan, desde luego) con los ojos chispeantes. Qué maravilla. Qué esplendor. Y cuando tratas de consignar objetivamente dónde radica el enigma o la clave de ese prodigio, fracasas. Puede parecer frustrante, pero quizá forme parte de su magia verbal intangible, de esa luz inefable que emana de los buenos libros y que, si alcanzásemos a reducir en una fórmula, perdería su aroma y su encanto. Dejémoslo, sonrientemente, en que lo ha vuelto a hacer.

Hablo del volumen Herencias del invierno, el tomo de relatos que edita Páginas de espuma con ilustraciones de Lucie Duboeuf. Allí dentro encontramos ladrones que, al salir de una alcantarilla, se encuentran a un misterioso fumador de pipa que les habla de forma arcaizante (“Ceniza”); niños que ejecutan travesuras más bien indignas, de las que se acaban arrepintiendo (“Semillas”); animales que parecen condenados a muerte y que terminan encontrando su utilidad mágica en el sitio más inverosímil (“Surcos”); y, en fin, todo tipo de marineros que narran historias, niñas que tiemblan ante la posible incomparecencia de los Reyes Magos por falta de nieve o, incluso, basureros de fama tétrica que, tras degustar unos dulces, regalan estrellas navideñas. Sin olvidar esa maravilla llamada “Nudos”, que me ha parecido el mejor cuento del volumen.

Insisto: se tiene o no se tiene. Y este escritor (como Muñoz Molina, como Millás, como Matute, como Menéndez Salmón) lo tiene. Alabado sea.

martes, 23 de enero de 2024

Una historia compartida

 


Después de leer con auténtica admiración este maravilloso libro de Julia Navarro (Una historia compartida. Con ellos, sin ellos, por ellos, frente a ellos), que es un densísimo proyecto para revindicar a las mujeres que, habiendo sido cruciales en la historia del pensamiento, el arte y la ciencia, han sido preteridas por la visión “hombrecéntrica” (permítaseme el palabro), me formulo una pregunta que me hace fruncir el ceño, sin sombra alguna de ironía: ¿a cuántas mujeres he leído e incorporado a mi blog de reseñas? Nunca me ha preocupado respetar ningún tipo de “porcentaje”, como es lógico (no leo a nadie porque sea hombre o mujer); pero la ridiculez de la cifra final me ha dejado absolutamente perplejo. Eran (son) muy pocas. Insisto: nunca me he dejado llevar por criterios sexuales para elegir la obra que voy a leer. Pero insisto también: son muy pocas las mujeres que he reseñado. Me he quedado entonces en silencio y me he formulado, sin testigos, la pregunta clave e inquietante: ¿me habré dejado influir (de forma inconsciente) por una “tendencia de mercado”, que se ha colado en mi biblioteca o en mi ánimo sin que fuese capaz de detectarla? Después de ese interrogante, me he metido entre los anaqueles de mi biblioteca y he contado los libros “de mujeres” que tengo allí sin leer: Laforet, Matute, Gordimer, Austen, Mistral, Belli, Camps, Dickinson, Fortún, Champourcín, Quiroga, Buck, Lessing, Yourcenar, Munro, Fallaci… Y he sentido un escalofrío, porque he sentido el vértigo revelador de que quizá sí que me he dejado “conducir” por una inercia “hombrecéntrica”.

Absorto y embriagado por la manera en que Julia Navarro me ha ido contando las vidas y aportaciones de estas mujeres envueltas en la niebla, me he decidido a corregir mi injusticia. Una mujer me convirtió en lector (mi tía Esperanza, que era bibliotecaria); una mujer fue mi primera admiración consciente (Agatha Christie); una mujer escritora vive conmigo… ¿Por qué no les he prestado a ellas más atención? “El sonido de las campanas forma parte de nuestra cultura. Hay que ser rematadamente tonto para que a uno le molesten”, indica Julia Navarro en la página 195 del volumen. “En España el sectarismo es un pecado tan gordo como la envidia”, nos dice en la página 312. Yo he escuchado por fin esas gozosas campanas y he comprendido mi involuntario sectarismo: es hora de ponerle remedio de forma contundente.

domingo, 21 de enero de 2024

Velázquez

 


Es posible que la línea más popularmente conocida de la pintura española sea la formada por Velázquez, Goya y Picasso. Se podrían añadir otros nombres, como es lógico. Pero resulta innegable que esa columna vertebral está ahí, con todos sus méritos y con todo su esplendor. Ahora, después de haber leído algunas páginas realmente luminosas sobre el pintor sevillano (estoy pensando sobre todo en Velázquez, pájaro solitario, de Ramón Gaya), me adentro en el intenso opúsculo escrito por Julián Gállego, donde he podido conocer el documento, tan comprensible como abusivo, que firmó el padre del futuro pintor para que don Francisco Pacheco lo contratase como aprendiz (septiembre de 1611) y donde, también, se me ha desmontado la idea que tenía sobre la estrecha relación del artista con el rey, derivada de alguna lectura anterior (¿Antonio Buero Vallejo?). Diego Velázquez era, en realidad, un simple pintor a los ojos del monarca. Brillante, sí; pero nada más. Gállego es contundente en este punto: “Aunque tenía aficiones pictóricas, como alumno de dibujo de Mayno, la amistad del Rey de medio Mundo con el ayuda de cámara que figuraba en nómina con los barberos de palacio es totalmente ilusoria” (pp.33-34). De hecho, se ha constatado que ni lo visitó cuando se encontraba enfermo, ni asistió (tampoco lo hizo nadie más de la familia real) al entierro de Velázquez, “oscuro y modesto en época de catafalcos”.

En el resto del tomo, como no podía ser de otra manera, muy inteligentes y muy ilustrativas aproximaciones a cuadros legendarios, como “La rendición de Breda”, “Las Meninas” o “La fragua de Vulcano”.

Una lectura delicada y hermosa.

viernes, 19 de enero de 2024

Ensayo sobre la ceguera

 


Durante mi infancia, jugaba en ocasiones a fingirme ciego y comprobar hasta qué punto sabía adaptarme a ese modo de vida. Cerraba los ojos y me movía por mi casa, intentando no tropezar con los muebles, beber agua del frigo o sentarme en la mecedora después de localizarla al tacto. Pero un día, después de sonreír por mis logros, constaté con perplejidad que, al margen de esas “victorias” diminutas, no podía leer, no podía escribir y, mucho peor, no hubiera sido capaz de salir de mi vivienda y moverme por la calle. Siendo ya profesor de bachillerato, he insistido algunas veces a mis alumnos para que intenten el experimento y extraigan consecuencias.

Ahora me sumerjo en una novela asfixiante, en la que el portugués José Saramago lleva esa propuesta hasta su límite: ¿qué pasaría si, por una inexplicable epidemia súbita, todos los habitantes del mundo se quedaran ciegos? ¿En qué quedarían convertidas las ciudades? ¿Cómo se podría sobrevivir, sin coches, sin libros, sin supermercados, sin colores, sin saber dónde estás, sin saber cómo volver a casa o dónde encontrar un retrete? Ocioso sería anotar en esta página un resumen del argumento de la narración, porque su fama literaria, el mundo del cine e incluso la propia imaginación de los lectores suplirá aproximadamente esas líneas; pero les aseguro que Saramago consigue un nivel de sofoco, de exactitud, de crueldad necesaria (los seres humanos, sometidos a esa limitación, incurrirían en la feroz impiedad de los animales salvajes), que la lectura del libro corta la respiración más de una vez. Por ejemplo, cuando los protagonistas se encuentran por la calle y no son capaces de saber hacia dónde dirigirse, en medio de un laberinto de coches estacionados, perros que aúllan buscando comida y cadáveres esparcidos por las aceras. Por ejemplo, cuando un grupo de ciegos que han conseguido un arma y controlan la comida exigen que las mujeres del otro grupo se conviertan en objetos sexuales a cambio de comida (preparen el estómago para esta indigna secuencia terrible, que los hará oscilar entre las lágrimas y el vómito).

Copio una frase de la novela: “Si antes de cada acción pudiésemos prever todas sus consecuencias, nos pusiésemos a pensar en ellas seriamente, primero en las consecuencias inmediatas, después, las probables, más tarde las posibles, luego las imaginables, no llegaríamos siquiera a movernos de donde el primer pensamiento nos hubiera hecho detenernos”. Copio otra frase: “Dentro de nosotros hay algo que no tiene nombre, esa cosa es lo que somos”.

Hace un par de años anoté en este Librario que no me terminaban de convencer las obras de José Saramago, pero decidí intentarlo de nuevo. Ahora me alegro de haberlo hecho: Ensayo sobre la ceguera es una auténtica maravilla novelística.