sábado, 10 de mayo de 2025

Desventuras de un padre novato

 


Da igual que nos prevengan sobre determinadas situaciones porque, sonrientes u obcecados, nos empeñamos en incurrir en ellas. Lo que a “ti” te pasó (incluso lo que les pasó a millones de tis) nos parece fruto de la mala suerte, pero no algo que vaya a ocurrirme a “mí”, evidentemente. Esta fórmula puede aplicarse a la velocidad automovilística, al alpinismo, a los juegos de azar… o a la paternidad. El ojeroso amigo que nos explica los meses (o años) terribles que nos esperan si nos aventuramos a la reproducción y la crianza no se erige ante nuestros ojos en autoridad: lo más que le dispensamos es una sonrisa irónica. Gracias a esa inconsciencia sigue existiendo, menos mal, la raza humana.

José Antonio Jiménez-Barbero pone por escrito sus experiencias en el volumen Desventuras de un padre novato, donde desgrana todo el proceso que vivió desde que su esposa le anunció su más que probable embarazo. Y quienes hemos vivido ese proceso más de una vez podemos corroborar que no exagera ni un ápice (o, si lo hace, se lo disculpa porque lo hace con un envidiable sentido del humor): las náuseas femeninas; la sensación de habernos convertido como hombres en una especie de “mezcla de mayordomo inglés y enfermero particular” (p.15); la amazónica aventura pantanosa de cambiar pañales; el odio que se desarrolla por los malditos corchetes, que no hay forma de manipular con calma si la criatura se encuentra en “intensa agitación paroxística” (p.53); el abandono de toda actividad que no guarde relación directa o indirecta con tu nuevo cachorro, tan exigente como inflexible (con un terrorista se puede negociar, pero con una prima donna o con un bebé no)… Parafraseando a Lope de Vega, podríamos decir que esto es criar, y que quien lo probó lo sabe.

Con una prosa fluida y simpática, en la que a veces se dirige a nosotros en plural (“Si me permitís”) y a veces en singular (te interpela con fórmulas irónicas, del tipo “Compañero de armas”), José Antonio Jiménez-Barbero nos entrega unas páginas llenas de humor, cotidianidad y sabios consejos, coloreadas también con inevitables referencias coyunturales: los gallifantes (p.53), las canciones de Parchís (p.55), Frozen y sus posibilidades etílicas (p.68), Peppa Pig (p.93), los bollycaos (p.137)…

Léanlo si se disponen a ser padres o regálenlo a quien planee serlo. Triunfarán.

viernes, 9 de mayo de 2025

Animales de compañía

 


En estas páginas misceláneas de Juan Manuel de Prada (que vieron la luz al final del siglo XX en Sial) descubrimos cómo el escritor vizcaíno vuelve a cautivarnos con su mirada lenta y profunda, que penetra en las cosas y los seres y los radiografía con la exquisitez proteica de su vocabulario, con ese humor sutil que a veces destila la inteligencia. Así, señala las servidumbres traumáticas del actual culto al cuerpo (“Mujeres maltratadas”, “La barriga”); reivindica a ciertos personajes que chapotean en los arrabales del arte (“Ed Wood”, “Bela Lugosi”); dispara humoradas hiperbólicas contra la publicidad abusiva (“Correo comercial”); desgrana los pormenores de una persecución erótica desquiciada de la que fue víctima (“Escalofrío”); apuesta por la nitidez y la libertad lingüísticas, aunque estas vulneren las mentecatas dictaduras de la corrección política (“Lápiz rojo”); incurre con aplicado fervor en el sarcasmo (“Libros con prospecto”); visita los barrios de la ternura (“Berenjeno”); y nos enumera el catálogo variopinto de sus filias y fobias (“Tuteo”, “La matanza”, “Gimnasios”). Pero tampoco desdeña la inserción de evocaciones autobiográficas, quizá las más elocuentes, emotivas y reveladoras del volumen (“El seiscientos”, “Alopecia”, “S.L.” o “Timidez”).

Todo Prada (o al menos una buena parte de él) está aquí. Estas son las botellas que el joven náufrago, recién llegado a la inhóspita isla de Madrid, fue regalando al mar con la esperanza de comunicarse con sus semejantes. Luego, conforme los meses van desgranando la letanía impiadosa de su goteo, él afirma que su público está formado por “tres o cuatro lectoras que todavía me soportan” (afirmación que tiene más de coquetería que de análisis riguroso).

Otra muestra más del primer Juan Manuel de Prada, brillante y ambicioso en el mundo de las letras.

miércoles, 7 de mayo de 2025

El viento de la Luna

 


Podría alinear muchas palabras para describir lo que siento cuando recorro las páginas de Antonio Muñoz Molina: asombro, aplauso, felicidad, fascinación, reverencia, gratitud, éxtasis. No me atrevería a eliminar ninguna de ellas, ni tampoco a estipular un orden: todas me asaltan en diferentes grados, línea a línea. Y me ocurre también cuando releo El viento de la Luna, que devoré antes de 2008 y que, por tanto, no figuraba en mi blog. No sabría explicar por qué me embriaga tanto su escritura, y créanme que no tengo, a estas alturas, el menor interés en encontrar explicación a esa magia: simplemente la disfruto. El ritmo de su prosa, su vocabulario, sus temas, obran en mí con el embrujo magnético de un imán. Y me produce una enorme dicha que así suceda, porque la sensación se repite sin mengua (acabo de comprobarlo) en las relecturas, circunstancia que me garantiza disfrute inagotable para el resto de mi vida.

En esta ocasión me encuentro con un chico que vive en Mágina y que en el verano de 1969 “tenía doce años y había terminado el curso con un suspenso vergonzoso en Gimnasia”. Su existencia gira alrededor de varios focos: el despertar de su libido (donde desempeña un papel crucial la actriz Faye Dunaway), las charlas con el padre Peter (al que termina reconociendo que es agnóstico), su afición por la lectura (que comienza con Verne, Salgari o Wells y se extiende pronto a obras antropológicas o científicas), la voluntad de no incorporarse en el futuro a los trabajos hortelanos (de los que vive su familia) y, sobre todo, su extraordinario interés por el viaje que están protagonizando Collins, Aldrin y Armstrong a bordo del Apolo XI (metáfora de los nuevos tiempos y también del despegue vital y del racionalismo con los que el protagonista sueña). A su alrededor, transcurre un mundo cuyo pasado sigue contaminado por la guerra civil, de la cual se sigue hablando con prudencia temerosa (obsérvese sobre todo la figura del rico vecino Baltasar, que medró gracias a engaños como el que perpetró sobre el padre del protagonista), y cuyo presente incluye limitaciones económicas (carecen de agua corriente y de casi todos los adelantos electrodomésticos).

Mientras su padre y su abuelo pretenden adiestrarlo en los trabajos ancestrales de la familia (recogida de la oliva, trato con los animales), él experimenta otros anhelos: los libros, los microscopios, el seguimiento de la misión espacial por la radio y la tele… o la lectura del periódico Singladura, donde el sin par Lorenzo Quesada (dependiente de El Sistema Métrico) colabora como redactor.

Súmese a la elegancia expresiva la intensidad melancólica del final y se entenderá por qué, para mí, Antonio Muñoz Molina trasciende los límites del escritor admirado para aproximarse a los sitiales de la divinidad.

lunes, 5 de mayo de 2025

¿Será buena persona el cocinero?

 


Quizá se trate de que, en el mundo en que vivimos, el sentido común se ha convertido en una rara avis, o en una excentricidad, o en una marca de peligro (porque denota el burbujeo de una inteligencia y una percepción independientes). De lo contrario, no entiendo que los artículos de Javier Marías (tan impecables, tan concienzudos, tan ecuánimes) puedan haber sido juzgados, más de una vez, como obra de alguien torticero o incluso “fascista”. Hay que ser, en mi opinión, muy malintencionado o muy mendrugo para adherirle esas etiquetas.

En estas páginas, donde se recopilan los últimos (ay) artículos del gran escritor madrileño, asistimos a un espectáculo inteligente, ponderado y lleno de sensatez que, francamente, me subyuga. Hay sensatez cuando nos dice que el voto no tiene que ser rígido, sino que en cada convocatoria electoral debemos pensar en lo que han hecho los partidos durante la anterior legislatura; hay sensatez cuando dice que ningún país debe pedir perdón por las iniquidades o crímenes que cometieron hace siglos sus antepasados; hay sensatez cuando propugna votar siempre a los partidos que aboguen por la cohesión de Europa, frente a quienes la anhelan débil o inexistente; hay sensatez cuando se señala como lacra el turismo masificado y esnob, que solamente desea hacer fotos y colgarlas en las “cretinoides redes”; hay sensatez cuando subraya que las imposiciones sobre el lenguaje que no se arroga la RAE sí que se las arrogan colectivos oportunistas o presuntamente modernos; hay sensatez cuando recapitula las innumerables ocasiones en que nuestros dirigentes políticos han disimulado, tergiversado o directamente mentido (las hemerotecas lo demuestran); hay sensatez en indicar que si nos privamos de hacer, decir, escribir o pintar porque alguien se pueda sentir ofendido por nuestras palabras o acciones incurriríamos en la estupidez de convertir una sensibilidad o capricho personal en una norma de conducta para el resto del mundo; hay sensatez en mirar con recelo un mundo en el que tantos se obstinan en montar incontables espectáculos que lo dejan “distorsionado por las carnavaladas”; hay sensatez (y hastío) cuando, ante cada majadería emanada del aburrimiento y de la moda (la “corrección política”, la “apropiación cultural” y similares), declare que “es todo tan ridículo que da vergüenza tener que hacerle frente”; hay sensatez (y aquí la prueba de fuego era tremenda) en todos los artículos que publicó mientras el atroz panorama del covid se extendía por el mundo; hay sensatez cuando se acuña que “desde hace unas décadas se ha producido una inducida tontificación general y creciente de la sociedad”; hay sensatez en la terrible y clarividente frase que dice que “la creación de tarugos es un objetivo indisimulado de los políticos obtusos de nuestro tiempo”.

En el apartado publicitario de la contraportada (inevitable, en nuestro mundo de mercadotecnia) se utiliza el adjetivo “incómodo” para referirse al libro. Pero esa etiqueta, lejos de perturbar a las personas inteligentes, debería estimularlas: lo incómodo suele ser un motivo de reflexión. Y cuando se nos sirve con una prosa tan espléndida como la de Javier Marías, más aún.

domingo, 4 de mayo de 2025

Los cachorros

 


Todos los amigos de la vieja pandilla (Mañuco, Choto, Chingolo, Lalo) son ahora hombres casados, con hijos. Empiezan a aceptar la curva de sus barrigas y el asalto inmisericorde de las canas, junto a ciertos alifafes propios de la edad. Pero uno de ellos ha seguido una trayectoria diferente. Se apellida Cuéllar y, cuando los conoció en el colegio Champagnat, era un chico educado, que siempre sacaba buenas notas y que estableció con ellos desde el principio una camaradería muy hermosa, fraternal. Los cinco formaban parte del equipo de fútbol, hasta que un desgraciado accidente en el que interviene un perro danés llamado Judas provocó un vuelco en su relación: Cuéllar comenzó a flojear en los estudios, se concentró más en las exhibiciones espectaculares (era el que más se arriesgaba en la playa, jugando con olas altísimas) y se volvió evasivo. Incluso cuando llegó la época de ennoviarse se mantuvo al margen de la tendencia general: él prefería los billares, la cerveza y la velocidad de los coches. ¿Acaso es que no siente la necesidad de disfrutar del amor, como todos sus amigos? Su férrea negativa se mantuvo hasta que apareció en el horizonte Teresita Arrarte.

Con una habilidad endiablada para mezclar diálogos y fundir planos narrativos, Mario Vargas Llosa consigue en Los cachorros (que yo he contado desde el final para no estropear el disfrute del misterio a los lectores) un relato espléndido, en el cual los miedos y las barrabasadas, las borracheras y los flirteos, el compañerismo y las peleas, conforman un emotivo dibujo sobre la infancia, la adolescencia y el inicio de la madurez de un grupo de chicos de la calle. Muy aconsejable para quienes deseen sumergirse en los libros del Nobel peruano y no sepan por dónde empezar.

sábado, 3 de mayo de 2025

La balada del café triste

 


Nos encontramos en un pueblecillo solitario y polvoriento y, en él, descubrimos una vieja casa clausurada. Por una de sus ventanas, si se está muy atento, puede verse durante unos minutos al día la sombra de una mujer de ojos cansados y ademanes casi espectrales. Su nombre es miss Amelia Evans. Durante buena parte de su juventud y madurez fue una mujer admirada y temida: seis pies y dos pulgadas de altura (es decir, casi un metro noventa), ciento sesenta libras de peso (o sea, unos setenta y tres kilos), unos bíceps más que notables y un humor de perros. Durante años se ocupó de mantenerse por sí sola (su marido, Marvin Macy, se encontraba en la cárcel), destilando licor y ocupándose en mil tareas mercantiles, hasta que llegó al pueblo el enano jorobado Lymon Willis, quien afirmaba ser su primo, con el que abrió un café. Al principio, todo parece ir bien (salvo que los lugareños no atinan a comprender la auténtica relación entre miss Amelia y su presunto primo, que la tiene encandilada), pero las cosas comenzarán a torcerse cuando el rencoroso, agresivo y chulesco Marvin vuelva al pueblo y comience a rondar por los alrededores.

Una novela que leo gracias a la traducción de María Campuzano y que me parece muy bien construida y desarrollada, con un poderoso atractivo verbal y con estampas memorables. Carson McCullers demuestra aquí su amplio dominio de los resortes narrativos y su gran capacidad para los finales melancólicos. Notable.

jueves, 1 de mayo de 2025

El albergue de las mujeres tristes

 


Una frase sugerente y lapidaria adorna la cubierta de esta edición, advirtiendo que cuando leamos El albergue de las mujeres tristes nos encontraremos ante “Una radiografía del amor y el desamor”. Quizá sí. Pero tampoco hubiera resultado inexacto afirmar que nos hallaremos ante una radiografía de la desorientación. Porque así es como están los hombres y las mujeres de este libro, como quizá lo estemos también el resto de seres humanos en la periferia del libro: desorientados. Ya no valen los roles antiguos de la masculinidad y la feminidad; ya no valen las formas arcaicas de relación; ya no valen las hipocresías, la falsedad o los disimulos; ya no valen los siempres y los nuncas. De acuerdo. ¿Y cuál es entonces el modelo que viene a sustituir esas estructuras pretéritas? “Los hombres se sienten amenazados por nuestra independencia, y esto da lugar al rechazo, a la impotencia… y así empieza un círculo vicioso bastante dramático” (dice una de las protagonistas en la página 40). Pero es que ellas, “alcanzada su autonomía, se quedaron a medio camino entre el amor romántico y la desprotección”, nos dice en la misma página. Todos bailan (o bailamos) en una oscuridad donde las reglas no están claras. Todos querrían (o querríamos) encender alguna luz y no hay forma de encontrar el interruptor.

Marcela Serrano nos sitúa en la zona de Chiloé, donde Elena mantiene abierto un albergue en el que se hospedan mujeres que necesitan salir de su entorno y relacionarse con otras mujeres. Angelita descubrió que su marido tenía amantes y, cuando sorprendió a una de ellas casi saliendo de su cama, tocó fondo. Constanza está enamorada de un hombre casado, cuyo catolicismo le impide romper el matrimonio y unirse a ella. Floreana es una famosa historiadora que ha decidido refugiarse en la abstinencia, tras una aventura vacía y decepcionante… Todas ellas coinciden en sus análisis: “Uno de los dilemas cruciales de fines de siglo: el desencuentro entre los dos sexos” (página 109).

Y luego están las dos grandes presencias masculinas de la obra: Flavián Barros (médico de la única clínica del pueblo, y que también arrastra un pasado de fracasos sentimentales) y su sobrino Pedro (escritor homosexual y de inteligente conversación). Ambos rodearán a Floreana y despertarán en ella unos vigorosos sentimientos que ya creía perdidos y enterrados. Paseando o bebiendo con ellos irá descubriendo ángulos y matices que colorean su dolor (que incluye también la muerte por cáncer de su hermana Dulce). Al principio, no sabe qué sentir o de qué manera comportarse (“Parece que funcionáramos con distintos hemisferios del cerebro”, dice Flavián en la página 161), pero el paso de las semanas logrará que su corazón abra otras ventanas y deje por fin entrar la luz.

Con buenas reflexiones psicológicas y con diálogos densos, El albergue de las mujeres tristes nos anima a pensar en el mundo que nos rodea y en el papel que hombres y mujeres tendremos que desempeñar en él. Gran lectura.