jueves, 1 de enero de 2009

88 Mill Lane



Impera en el mundo de la crítica literaria una injusticia que, muchas veces, se antoja amarga: la que estipula que un libro deja de ser ‘novedad’ cuando apenas ha transcurrido un año desde su aparición en los escaparates. Y todos los críticos que han de acatar por motivos profesionales ese dictamen se encuentran con que, de los cien libros que querrían leer y reseñar cada año para el periódico donde escriben, han de seleccionar un tercio y olvidarse de los demás porque el mercado impone sus normas y su ritmo.
Pero hoy vulneraré ese código de manera alegre y consciente para hablar de un libro magnífico que ha caído en mis manos y que se titula 88 Mill Lane. Su autor es Juan Jacinto Muñoz Rengel, uno de los escritores más galardonados y brillantes de nuestras letras, y fue editado por el sello granadino Alhulia en 2005.
Se nos ofrecen en ese volumen diez relatos donde la fantasía, el humor y una deslumbrante capacidad para dar vida a personajes y argumentos se mezclan con una prosa impecable, en la que el sueño adquiere protagonismo convirtiéndose en el centro y eje de la mayor parte de los relatos: los sueños ilusorios de un escritor que cree inventar las existencias de otros, pero que al fin descubre que todo funciona al revés de cómo él piensa (“Los habituales de La Brioche”); las fantasías oníricas de unos seres enigmáticos y terribles, que juegan a invadir el descanso de otros y que terminan pagando su culpa (“La Sociedad Secreta del Sueño”); el sueño de una viuda lúbrica, que recibe el don solicitado de la inmortalidad y que desde entonces padece un bochorno de arrugas y una mengua progresiva de su tamaño, hasta límites inauditos (“La Marquesa de Siete Iglesias”); la capacidad que atesora un hombre para que sus sueños alcancen cumplimiento (“El ojo en la mano”); las imágenes anonadantes que atenazan a Juan, encargado de un zoo de la ciudad de Londres, que ha vislumbrado un mundo atroz y que prefiere atribuirlo al pegajoso mundo de las pesadillas (“Bestiario secreto en el London Zoo”); etc. Juan Jacinto Muñoz Rengel, además, incorpora a esta nómina de cuentos desasosegantes varios posibles homenajes a Jorge Luis Borges, como ese duelo de cuchillas que preside el relato Las dos navajas, o esa historia de ojos y perlas que contienen universos en su interior, como alephs diminutos (“La perla, el ojo, las esferas”).Nada importa que este libro se editase hace tres años. Es un volumen feliz que conviene leer y conservar, porque el autor demuestra en sus páginas que domina a la perfección los difíciles y variados resortes del cuento, y que es capaz de entregarnos historias memorables para que disfrutemos y pensemos. Muchos de los lectores que abran 88 Mill Lane se convertirán en seguidores y admiradores de Juan Jacinto Muñoz Rengel. Yo me he incorporado a esa nómina.

La llave de Sarah



La memoria es una herramienta que puede llegar a ser una auténtica bendición, pero también un doloroso estigma. Y cuando esa memoria se permite la avilantez de recordarnos que una vez fuimos insoportablemente cobardes o indignos tratamos de desecharla, de cubrirla con toneladas de amnesia. Pero esa actitud no es sólo individual, sino también colectiva: no hay nación en el mundo que no esté mancillada por alguna culpa infame de la que quisiera desembarazarse o renegar.
En julio de 1942, las autoridades políticas y policiales francesas acataron la orden emanada de Berlín para que todos los judíos de la capital del Sena fueran expulsados y conducidos a Auschwitz, donde se procedería a su exterminio. Es lo que se conoce como la gran redada del Velódromo de Invierno. Y ese monstruoso suceso (documentado históricamente) sirve de base a Tatiana de Rosnay para construir su novela La llave de Sarah, editada por Punto de Lectura gracias a la traducción de José Miguel Pallarés. El argumento no puede ser más sobrecogedor: una familia de judíos franceses (los Starzynski) son apresados por los gendarmes en su propio hogar; y para evitar que su hermanito Michel sufra este atropello Sarah lo oculta en un armario camuflado en la pared, lo encierra con llave y se lleva esa llave, bien protegida, para volver unas cuantas horas más tarde a rescatarlo. Lo que la pobre niña no puede imaginarse es que la retención durará días, y luego más días, y luego semanas. Y cuando logra volver tras mil penurias y peripecias, aparte de encontrársela ya ocupada por una familia parisina no judía (que ha aprovechado la ausencia de los legítimos propietarios para adueñarse de ella), se encontrará en el armario un triste cuerpecito fallecido y en estado de descomposición. El hambre y la sed han podido con la criatura, que ha muerto acurrucada.
Sesenta años después, una periodista llamada Julia Jarmond recibe de sus jefes el encargo de elaborar un extenso reportaje sobre la redada del Velódromo de Invierno... y se encontrará horrorizada con esta historia. Pero las sorpresas no han hecho más que comenzar: pronto se entera de que la familia de su esposo, Bertrand Tézac, está implicada en aquellos horrendos sucesos del pasado. Y se embarcará en una búsqueda agonizante, desgarrada, firme y justiciera. Quiere descubrir qué es lo que pasó realmente con Sarah. ¿Consiguió sobreponerse a aquel mazazo cruel que el destino le infligió? ¿Sigue aún viva, en Francia o en otro sitio?
Con una prosa excelente, con muchísimas emociones (que evitan siempre la sensiblería) y con un argumento tan seductor como impactante, Tatiana de Rosnay consigue una de las mejores, mejor construidas y más humanas novelas de la temporada. Debe ser leída: agita el alma y enriquece el corazón.

Camus (A contracorriente)



Albert Camus fue uno de los intelectuales más influyentes y poderosos del siglo XX. Pero el periodista Jean Daniel, que fue compañero y amigo suyo durante muchos años, sigue preguntándose hoy en día por qué la obra de este pensador incómodo, antisistema, iconoclasta y deliciosamente literario (Jean-Paul Sartre se permitió el lujo de criticarle lo bien que escribía) se ha convertido en un auténtico icono de nuestro tiempo. Y en su libro Avec Camus. Comment résister à l’air du temps, que ahora traduce José Luis Gil Aristu para el Círculo de Lectores – Galaxia Gutenberg con el título de Camus (A contracorriente), se dedica a analizar sus recuerdos del autor argelino, su labor como periodista, el rigor indesmayable de su ortodoxia y, sobre todo, el «heroísmo de la contradicción» (p. 29) del que siempre hizo gala y bandera.
El hombre que tuvo como madre a una menorquina analfabeta y medio sorda, y como padre a un trabajador vinícola; que estudió y leyó desde muy niño, en condiciones durísimas (una tuberculosis a los trece años); y que se convirtió en el pensador más honesto de Europa (por encima de Sartre, que no tuvo reparos en apoyar o disimular atrocidades soviéticas, conociendo su existencia); sigue siendo hoy un gran desconocido, a pesar de los centenares de trabajos que se tributaron a su pensamiento y su figura. Este «puritano agnóstico» (p.46), como lúcidamente lo bautiza Jean Daniel, descubrió muy pronto que quería contar muchas cosas, y que el tiempo era escaso. Por eso se afanó en escribir filosofía, literatura y periodismo a partes iguales, con idéntico fervor, llevando sobre sus hombros aquel mítico diario llamado Combat, en el que se vanagloriaba de no haber mentido nunca en ninguna de sus colaboraciones. Enemigo furibundo de cualquier forma de posesión, amigo de los seres desvalidos, partidario constante del diálogo y de la tolerancia, Camus se convierte en un escritor fácilmente asimilable por parte del gran público, que puede llegar a confundir su mensaje por la vía de la simplificación («Era tratado unas veces como un agradable escritor que filosofaba por encima de sus medios, y otras como un pastor que balaba al servicio de la burguesía», p.115).Pero fue ante todo una persona que portaba un mensaje complicado, lleno de agudeza, que el ensayista Jean Daniel, autor de este volumen, resume en una fórmula tan breve como enjundiosa: «Camus proclamaba que, para realizar nuestra tarea de hombres, necesitamos ser Sísifos felices» (p.181). Fijémonos en la brillantez de la sentencia y tratemos de reflexionar sobre la misma. No se ha pedido mayor sacrificio moral desde el inicio de los tiempos. Ser Sísifos felices supone constituirnos en orgullosos portaestandartes de la dignidad, en vanguardistas de la justicia, sin esperar jamás ningún tipo de recompensa. Lo más honroso y lo más complicado del mundo.

lunes, 22 de diciembre de 2008

Génesis (El ritual rosacruz)



En el otoño de 1874, una descomunal tormenta estaba azotando las calles de París, pero eso no impidió que una mujer huyera a toda velocidad sobre los adoquines, portando a un bebé en sus brazos. Unos hombres la perseguían con la intención de dar muerte al bebé. La atribulada mujer era la doncella del marqués de Saint-Foix, el bebé era la hija recién nacida del marqués, y los perseguidores eran criados al servicio de ese mismo noble. Por fortuna, antes de ser alcanzada y asesinada sin piedad, la pobre doncella consiguió depositar a la criatura en manos de dos singulares personajes: un gigantón fortísimo aquejado de un grave retraso mental (Totó) y un enano gruñón y de gran inteligencia (Petit Ours). Ellos tendrían a partir de entonces la misión de proteger a la criatura.
Éste es el punto de arranque de la novela Génesis (El ritual rosacruz), que el alhameño Patrick Ericson acaba de publicar en la editorial madrileña Nowtilus y que, aderezada con mil peripecias, se prolonga durante casi cuatrocientas páginas. En ella encontramos a personajes históricos, como el enciclopedista Diderot o el ocultista Alessandro di Cagliostro; a seres tan emblemáticos y misteriosos como el conde de Saint-Germain; y, en fin, a un extenso cúmulo de prostitutas, agentes de policía, miembros de la nobleza, criados, matronas, herreros y campesinos, que se van mezclando en una trama compleja, rica y llena de meandros de la que, sin embargo, el novelista no pierde nunca el control. Y es que la obra (conviene decirlo cuanto antes) no es la típica historia llena de fuegos de artificio, en la cual se sumerge a los lectores en un marasmo de sandeces, persecuciones absurdas o rituales sin pies ni cabeza, sino una narración excelente, bien concebida, bien trabada y donde todos sus elementos contribuyen a convertirla en un volumen memorable: un argumento ingenioso (y que se completa al final con un colofón inaudito, donde el famoso secreto de Rennes-le-Château adquiere dimensiones sorprendentes); unos personajes sólidamente construidos (la dulzura de Papilión, el aura magnética de Saint-Germain, la ira creciente de Gustave Marais, los matices sentimentales y aun físicos de Beaumont); una documentación histórica realmente fascinante (que le permite describirnos calles, tabernas, palacios y prostíbulos con la densidad de un fotógrafo); un vocabulario extenso y lleno de matices (que hará las delicias de todo aquel que no haya renunciado a la dimensión estética del lenguaje, tan vapuleada por buena parte de los novelistas de hoy en día); y, en fin, una gran capacidad para descubrir siempre la mejor música de la frase, que adquiere cadencias finísimas en muchos capítulos de la obra.
El único elemento negativo (pues no sería justo dejar de anotarlo) es la tendencia que se observa en la obra a colocar la tilde a la palabra “aun” cuando desempeña funciones conjuntivas, y no adverbiales. Esta utilización desafortunada puede observarse (y la enumeración no será exhaustiva, ya lo advierto) en las páginas 19, 26, 39, 51, 109, 151, 226, 230, 235, 252, 277, 332, 348 y 372. El detalle de referirse a las “pupilas azul turquesa” de Papilión (página 186) también incurre en la inepcia (las pupilas siempre son negras), pero tiene la disculpa romántica de ser heredero de Gustavo Adolfo Bécquer, inductor de esa prolongada equivocación cromática. Génesis (El ritual rosacruz) es, por encima de todo, una novela de acción, pero que incluye reflexiones muy sugerentes sobre la condición humana y un buen caudal de páginas que podrían figurar en más de una antología, sobre todo en sus tramos descriptivos. Patrick Ericson demuestra con esta obra que atesora un buen dominio de la intriga y de la narración. Es probable que aún nos reserve sorpresas para los próximos años. Las esperaremos con auténtico interés.

lunes, 15 de diciembre de 2008

El legado




Es incuestionable que Frédéric Bovis, Jean-François Lopez y Léopold Jorge han escrito la novela El legado (El último secreto de Juan Pablo II), que les acaba de publicar en España la editorial Kailas, en la traducción de Natalia Galiana Debourcieu, con la intención de contraponerla a El código Da Vinci. Y también es incuestionable que los autores de El legado han introducido en la obra una serie de elementos muy similares a los manejados por Dan Brown: exploración de arcanos religiosos, documentos que se guardan en la caja fuerte de un banco provisto de altas medidas de seguridad, huidas por ventanas y balcones, falsos policías, persecuciones en coches a toda velocidad, etc. Todo esto es evidente y legítimo. Al fin y al cabo nos encontramos en el ancho mundo de la novela, donde los lectores esperamos con gozo que se nos embarque en proyectos imaginativos y en aventuras que nos agiten, conmuevan y seduzcan. Lo que ya no tiene tanto sentido (porque se sale de lo puramente literario e incurre en el absurdo del adoctrinamiento papanatas) es que se nos diga que los autores han querido reaccionar contra la manipulación ideológica que supuso la provocadora novela de Dan Brown, basada en elucubraciones fantasiosas, mientras que ellos «manejan fechas, lugares y hechos históricos reales» (sic). Ah, bien. ¿Es real entonces aquello que se pregona en la novela de que hace siglos el Diablo reclutó a una docena de adeptos, los marcó con el dibujo de un diamante negro y se han dedicado desde entonces a sembrar el mal en el mundo? ¿Es verdad que un soldado romano destruyó en el año 70 d.C. un buen número de rollos del Mar Muerto donde se hablaba de Jesús de Nazaret? ¿Es verdad que Guillermo de Nogaret (el cerebro gris que orquestó la campaña para desmantelar la Orden del Temple) era uno de esos personajes marcados con el diamante negro? ¿Es verdad que el papa Juan Pablo II recibió estas informaciones en un dossier, junto con el Grial, y que optó por quemar el primero y esconder el segundo? Es obvio que la respuesta tiene que ser negativa en todos los casos. Son ficciones novelescas, tan disparatadas como las de Dan Brown. Y entiéndase bien: a mucha honra. No trato de burlarme. Bovis, Lopez y Jorge no tenían por qué buscar justificaciones que se saliesen de lo puramente ficcional, ni por qué arrogarse el extraño papel de “historiadores”. Su tarea tenía que circunscribirse a construir un argumento trepidante, a componer personajes bien trazados y a dotar a la obra de un final sólido y verosímil. Y esto sin duda lo han cumplido a la perfección. Literariamente, El legado es una obra muy superior a El código Da Vinci. Pero sería bueno que no intentaran seguir vendiéndola más que como lo que es: una obra de ficción. Una estupenda obra de ficción. Ya es bastante con eso.

La sangre de los crucificados



Toquen las campanas (y toquen bien fuerte), porque tenemos novelista. Y no un novelista cualquiera, sino uno de gran vigor. Quédense con su nombre: Félix G. Modroño. Procuren no olvidarlo. Si los cauces editoriales funcionan como deben y el mundo de los lectores españoles no está definitivamente entontecido por las mil morrallas que le suministran narcóticamente los medios de comunicación, su nombre irá corriendo de boca a oreja, y se terminará convirtiendo en uno de los nombres más interesantes del panorama literario en nuestro país. Hay quien opina (lo sé) que los críticos no deberíamos decir este tipo de cosas, y que deberíamos limitarnos a redactar media docena de elogios (si el autor es novato) o tres elogios acompañados de coordinadas adversativas (si ya ha publicado más de un libro). Que lo último es ‘mojarse’. Pero qué quieren que les diga. No me apetece ponerme en ese plan. Tengo que aprovechar la coyuntura, porque cada vez encuentro menos motivos para lanzar cohetes cuando me enfrento a las novedades que ofrecen las librerías. Recuerdo que, allá por 1996, cogí la primera novela, gordísima, de un tal Juan Manuel de Prada, a quien no conocía entonces casi nadie. Y cuando terminé el libro publiqué una reseña a la que puse por título «Habemus papam»; dije en ella que Prada llegaría a lo más alto del panorama nacional... y los responsables del periódico en el que entonces estaba me miraron con gestos de estupor. Me dijeron que cómo me arriesgaba tanto; que fuese menos efusivo; que me limitara a los estereotipos al uso y que probablemente así me iría mejor. Al final, Prada terminó ganando el Planeta unos meses después; luego el premio Biblioteca Breve de Seix Barral; y todos los demás que ustedes sin duda conocen. Mi hipérbole se cumplió.
Ahora me ocurre algo parecido: creo que Félix G. Modroño ha comenzado una trayectoria que podría ser imparable. Su personaje de don Fernando de Zúñiga (un médico salmantino del siglo XVII, al que encomiendan resolver un enigma que ha costado sangre) tiene madera de perduración y podría convertirse sin mayores problemas en un personaje como el Alatriste revertiano: una figura sólida, llena de matices, cuyas aventuras están ampliamente documentadas desde el punto de vista histórico, gastronómico, indumentario y lingüístico, y que encandila a los lectores desde el mismo instante en que aparece en escena.¿Quieren ustedes saber por qué en el último cuarto del siglo XVII están apareciendo Cristos esculpidos con una impecable técnica, a la vez que aparecen cadáveres de personas cuyos rasgos coinciden con los de esas tallas? ¿Quieren saber cuál es el posible y misterioso origen de la figura del Cachorro sevillano (una de las figuras más veneradas de nuestra imaginería barroca)? ¿Quieren disfrutar con la prosa atrayente, magnética, subyugante y limpia de un novelista de verdad? Acudan entonces a La sangre de los crucificados, escrita por Félix G. Modroño y publicada por el sello Algaida. Y luego me cuentan.

Las conversaciones privadas de Hitler



Dice el gallego Camilo José Cela en uno de sus libros que cuando Dios quiere que un hombre pierda el rumbo y camine a la deriva le regala confianza. Y la cita no puede ser más oportuna si hablamos de Adolf Hitler, aquel desquiciado que, aupado por la confianza loca e irresponsable de millones de alemanes (aunque escueza reconocerlo, es evidente que los genocidas necesitan anuencias y auxilios en su entorno), llenó Europa de sangre y terror.
Lo que mucha gente no sabe es que el austríaco Adolf Hitler fue, durante varios años, objeto de una curiosa experiencia psicológico-documental: se tomaban de forma taquigráfica todas las conversaciones informales que mantenía con sus allegados y luego, bajo la supervisión personal de su secretario Martin Bormann, esos folios (que llegaron a superar el millar) se depositaban en un lugar seguro con el fin de que los avatares de la guerra no los mancillaran. Son las que ahora se conocen como «Bormann-Vermerke», que acaba de editar en España la editorial Crítica gracias al esfuerzo conjunto de cuatro traductores: Alfredo Nieto, Alberto Vilá, Renato Lavergne y Alberto Clavería. En este mastodóntico volumen podemos ver cómo Hitler no deja títere con cabeza: de los suizos opina que «en el mejor de los casos podremos utilizarlos como hoteleros»; de los rusos afirma que «más vale no enseñarles a leer»; de los norteamericanos marmoliza que «no hay nada más tonto» que ellos; a los españoles nos juzga «una banda de andrajosos»; y así sucesivamente. Nada le parece admirable en pueblo alguno, salvo en el alemán. Y cuando encuentra algo que le parece digno de ser reseñado en un personaje ajeno a la tradición germánica, no tarda en asimilarlo, a despecho de cualquier rigor histórico («Jesucristo era ario», afirma en la página 115).
El historiador Hugh Trevor-Hoper, en la página XXVII del prefacio con el que se abre el tomo, lo resume a la perfección: «Inglaterra, América, India, el arte, la música, la arquitectura, la astronomía, la medicina, san Pablo, los faraones, los macabeos, Juliano el Apóstata, el rey Faruk, el vegetarianismo de los vikingos, el sistema de Ptolomeo, la edad de hielo, el shintoísmo, los perros prehistóricos, la sopa espartana; no había materia sobre la que, aunque ignorante, Hitler no estuviera dispuesto a dogmatizar». Es cierto. Y no sólo sobre esos temas: también lo hace sobre la inutilidad de las mujeres en política (página 200), sobre la beatería de la mujer de Franco (página 552) y sobre mil asuntos más, tan variopintos como curiosos. Los lectores de este copioso volumen podrán comprobarlo cuando se acerquen a sus páginas.En resumen, estamos ante un cúmulo de rencores, disparates y soflamas que revelan de forma cristalina el cieno mental de este desequilibrado que controló la vida y la muerte de millones de personas. Para no perdérselo.