jueves, 24 de diciembre de 2020

Lazos de sangre

 


Da igual lo que se empeñen en demostrar ciertas películas, ciertas novelas o ciertos poemas épicos: nada de hermoso, ni de fulgurante, ni de admirable anida en las guerras. Ningún esplendor late en ellas. Todas son una escombrera de intereses económicos, mezquindad, ambición y truculencia, en la que siempre sale perdiendo la misma persona: el peatón, la pobre criatura humana que, sin comerlo ni beberlo, recibe entre sus manos una espada, una pica o un fusil y tiene que dirigirse con mirada de odio y el corazón acelerado hacia donde le señala un dedo inmisericorde, que se suele quedar en la retaguardia. Esa es la verdad irrebatible que se niegan a admitir los bastardos que, llenos de aire caliente y palabras mentirosas, conducen rebaños humanos hacia otros rebaños humanos, bajo el tremolar de dos banderas distintas.

José María López Conesa, hombre y escritor aplomado, sitúa esa idea en el centro de su narración Lazos de sangre, que nos sitúa fuera y dentro de la guerra civil de 1936. “Fuera”, porque iniciamos la lectura a finales de los años sesenta, con el éxito eurovisivo de Massiel y con unos jóvenes molinenses que se instalan en Madrid para estudiar y labrarse un futuro; y “dentro” porque uno de ellos (Lolo) vive obsesionado con el destino que la vida o la muerte pudieron reservarle a su abuelo Blas, desaparecido al final de aquella guerra. Con mano firme, el autor nos lleva en un viaje hacia atrás en el tiempo, que es también un viaje por el interior del alma humana, allí donde laten el miedo, la fe religiosa, la esperanza, la suerte, la inquina… y algunas intervenciones de la Divina Providencia.

Una novela estupenda para conocer mejor nuestro pasado. Y para conocernos a nosotros mismos.

2 comentarios:

josé maría dijo...

Bellas palabras que descubren a la perfección la idea fundamental que me guió en la novela. Lolo es un personaje que logra su objetivo por amor

supersalvajuan dijo...

Apuntada.