domingo, 1 de diciembre de 2019

Mar sin orilla




Hay libros que se planifican meticulosamente y que responden a una línea más o menos recta por parte del autor: novelas, obras teatrales, ensayos. Y existen otros volúmenes que, menos férreos, se construyen de un modo más libre, con la ayuda del tiempo, que es muñidor a veces extravagante, a veces loco, pero generalmente eficaz. Creo que al leonés Andrés Trapiello no le desagrada en modo alguno dejar que la sintaxis del tiempo organice a su arbitrio el organigrama de algunas de sus obras, que terminan llenándose de materiales sedimentarios muy valiosos. Sus lectores, animados por la diversidad temática y formal, que tanto nos gusta y que tantas alegrías nos ha dado en sus manos, participamos con entusiasmo en el juego.
En esa órbita habría que colocar el burbujeante tomo Mar sin orilla, denso de viajes, fervores literarios, opiniones meditadas, paseos y observación, donde el autor nos habla de los dolorosos recuerdos que su padre recuperaba todos los años durante la celebración de la Nochebuena, volviendo con su memoria a aquella otra que pasó en el año 1937, rodeado por la nieve, junto a la ciudad de Teruel, en plena guerra civil; donde nos transmite el amor exacerbado, continuo y quizá inexplicable por la búsqueda y adquisición de libros, que como las arenas del desierto van colonizando todos los espacios posibles (y aun imposibles) de la casa; donde nos cuenta la historia de aquel mendigo que, digno y silencioso, pide limosna en la puerta de una tienda en la que venden delicatessen para ricos, hasta que un guardia de seguridad recibe la orden de colocarse en el mismo sitio para mantener a raya a los pedigüeños; donde nos regala unas excelentes páginas sobre los orígenes de la fotografía, con sus milagros de magnesio y su ambarización de imágenes, que volvieron democrática la inmortalidad; donde nos permite conocer el extenso e intenso análisis que le dedica al fenómeno literario y psicológico de la hipocondría, que ilustra con versos de Antonio Machado, Leopardi o Rubén Darío; donde nos reproduce el demoledor prólogo irónico que compuso para colocar (y finalmente no usó, por prudencia) al frente de su novela La malandanza, en el que satirizaba algunos tics de la actual narrativa española, tan admirada por el crítico “Ginesillo de Pasaúva, el tonto de Barcelona”; donde nos permite conocer las preciosas páginas que dedica a sus visitas a Yuste, Recanati, Oporto, Venecia, Matanzas, Nueva Orleans, Montevideo, Granada o Zamora; o donde nos entrega la crónica, espectacular y espeluznante, emotiva y serena a la vez, del viaje que protagonizó el Sinaia, un vapor que llevó a más de mil españoles hacia México, por orden del general Lázaro Cárdenas, para librarlos de las represalias de la guerra civil de 1936 (para mí, uno de los mejores escritos del volumen).
Insisto e insistiré más veces: Andrés Trapiello supone un lujo para la literatura española, y acercarse a sus obras implica recibir una lección de estilo y de cultura. Seguiré recorriendo sus libros con ese convencimiento.

1 comentario:

La Pelipequirroja del Gato Trotero dijo...

Si es que lo cuentas de una manera que no se puede una resistir 🙄💋