martes, 30 de abril de 2019

Nocturno de Chile




Me ocurre con Roberto Bolaño una cosa muy particular: he escuchado en Youtube varias entrevistas suyas (largas, densas, profundas), me encanta lo que dice y la forma en que lo dice, me parece un personaje muy interesante… y luego no me terminan de maravillar sus libros. Advierto en ellos su condición de gran escritor, qué duda cabe, pero hay algo… químico, diría, que me impide entusiasmarme con él, y lo lamento, porque estoy convencido de que la incapacidad es sobre todo mía. Me gustaría que me gustara más. (Con César Aira también me ocurre).
En Nocturno de Chile lo vuelvo a intentar con todo el cariño y me encuentro con el sacerdote Sebastián Urrutia Lacroix, con orígenes vascos y franceses, quien habla en la noche (se encuentra devorado por la fiebre) y nos dibuja el panorama de las últimas décadas de su país: nos habla de González Lamarca (feroz crítico literario conocido por su seudónimo de Farewell), de Pablo Neruda (al que pudo conocer en algunas fiestas), de Ernst Jünger (que se interesa por un curioso pintor guatemalteco), de su trabajo en la Universidad Católica, de su pertenencia al Opus Dei, de la etapa depresiva en que acudieron a visitarlo los misteriosos señores Odeim y Oido (quienes le ofrecieron un suculento trabajo viajero por Europa, que le permite hablarnos de catedrales y de palomas), de la victoria electoral de Salvador Allende, del bombardeo de La Moneda, de cómo impartió unas sorprendentes clases de marxismo a varios generales insurrectos (entre ellos, Augusto Pinochet)…
En este retrato coral nos encontramos con la prosa de un chileno (Bolaño) que ha aprendido a diagnosticar el estado de su país a través de miradas externas e internas, que se van cruzando, complementando o desmintiendo, y que son sazonadas con las especias del humor, de la amargura, de la melancolía y de la desesperanza.
Insisto: insistiré con Bolaño.

lunes, 29 de abril de 2019

Cuentos populares de España




Concluyo los Cuentos populares de España, de la mano de Aurelio M. Espinosa, y la verdad es que me resulta muy complejo decidir y explicar qué es lo que menos me ha gustado de este tomo: ¿su farragosa manía de imitar la pronunciación y la sintaxis infectas de los analfabetos?, ¿la hediondez estomagante de sus moralinas?, ¿la inexistente gracia de sus bromas?, ¿la insulsa pericia del autor o de sus informantes, a la hora de componer relatos medianamente decentes?, ¿la machacona repetición de sus argumentos?
Lástima de árboles talados para imprimir esta mierda.

domingo, 28 de abril de 2019

El muerto




Justo después de que Édouard muera, Marie se lanza a la calle, presa del dolor. La única ropa que lleva puesta es un abrigo, sin nada debajo. Y de esa guisa entra en una posada, donde pide calvados para beber y comienza a comportarse de una forma lúbrica: se deja tocar los genitales, comienza a acariciar el pene de un borracho, se deja lamer por Pierrot… Cuando la escena está subiendo de voltaje entra un enano al que todos llaman “conde” y lo vemos incorporarse como uno más al espectáculo: Marie orina encima de él, Pierrot masturba al enano y luego penetra a Marie. Después ella, tras vomitar, defeca sobre el vómito e invita al enano para que la acompañe hasta su casa…
En fin, no creo necesario continuar desgranando los detalles del argumento. Es fácil observar que nos encontramos ante una noche loca y terminal (Marie insiste varias veces en que morirá al alba), en la que el sexo se convierte en lágrimas o disparate, en grito o en angustia, y en la que todos los personajes flotan en una atmósfera irreal, turbia, alcohólica o desquiciada.
Una bajada a los infiernos en la que Georges Bataille se encuentra, narrativamente, a sus anchas.

sábado, 27 de abril de 2019

Melocotón en almíbar




Los cuatro personajes (tres hombres y una mujer) que entran en un pequeño piso de alquiler en Madrid se las prometen muy felices. Acaban de cometer un gran robo en una joyería de Burgos y se han hecho con un botín muy notable, que ahora conviene esconder mientras planean el siguiente y último atraco, que tendrá lugar unos días después en la calle Ferraz. Lo primero que hacen es esconder las joyas en una maceta vieja; luego ocultan en un sillón la pistola que han utilizado; y por fin se disponen a descansar unas horas. Pero los problemas comenzarán pronto: el mayor de ellos ha contraído una pulmonía durante el viaje y, ahora, requiere la presencia de un médico, quien decide enviar a una sinuosa monja para que cuide al enfermo. Será ella, precisamente, la que hará tambalearse la calma de los atracadores, con sus preguntas, sus insinuaciones, sus extrañas miradas, sus frases de doble sentido. ¿Acaso sabe lo que han hecho? ¿Y qué pretende con este cerco nervioso al que los somete?
Habilidoso y socarrón, el dramaturgo madrileño nos conduce a través de la obra de la forma más ingeniosa y difícil: haciendo que compartamos la inquietud y la zozobra de los desvalijadores y sin saber si sor María es tonta y parlanchina o, por el contrario, artera y sutil. Solamente en el tramo  final alcanzaremos la respuesta.
Miguel Mihura es Miguel Mihura. Su teatro es chispeante, surrealista e incluso tiene apuntes genialoides (en esta obra quizá menos que en otras suyas), pero es verdad que sus propuestas argumentales pueden resultar tan satisfactorias como irritantes, dependiendo del día en que te sumerjas en ellas. Es lo que hay. O lo tomas o lo dejas. Yo, casi siempre, lo tomo.

viernes, 26 de abril de 2019

Ludwig Wittgenstein




Negar que Ludwig Wittgenstein ha sido uno de los filósofos más influyentes del siglo XX resultaría absurdo: su Tractatus Logico-Philosophicus figura, entendido o no, entre los volúmenes legendarios de la historia del pensamiento occidental. Pero si la llamativa textura de su obra ha suscitado cataratas de tinta, no menos interés ha generado su compleja personalidad. Huraño, violento en ocasiones, críptico, desdeñoso, altanero, Wittgenstein ha dado lugar a interpretaciones de lo más curiosas sobre su carácter.
Leo, interesado por conocer más detalles sobre este filósofo, la biografía Ludwig Wittgenstein, de Wilhelm Baum, traducida por Jordi Ibáñez para el sello Alianza Editorial. Y descubro muchos elementos de interés en sus páginas. Primero, nos sitúa en el ambiente que vivió la familia, mediante una presentación enjundiosa del mundo político, social y literario que se vivía en Viena hacia 1900, del que solamente habría que borrar un disparate: el momento en que el traductor alude (p.33) a cierta “catorceava exposición” que se organizó allí. Después, centra ya su mirada en la casa familiar, de la que eran visitantes habituales el pintor Gustav Klimt, el escultor Auguste Rodin, el compositor Gustav Mahler o el músico Pau Casals.
Dado que resumir la obra resultaría tan engorroso como ineficaz me limitaré a dejar algunos apuntes anecdóticos, que he subrayado en el libro: que Ludwig “puso a disposición del ejército austriaco durante la Primera Guerra Mundial un millón de coronas para que pudiera fabricarse un mortero de calibre treinta” (p.45); que durante el curso escolar 1904-1905 faltó a 425 horas de clase (p.48); que siendo estudiante en Cambridge se hizo hipnotizar dos veces (p.65); que donó 20.000 coronas al poeta Rainer Maria Rilke, a quien sabía necesitado de dinero (p.72); o que en su condición de maestro (actividad que ejerció en varias escuelas primarias) mostraba un carácter “autoritario y elitista; quería favorecer a los jóvenes que tuvieran talento; por los alumnos poco dotado sentía menos interés” (p.132).
Me llama poderosamente la atención, eso también debo indicarlo, que el biógrafo pase de puntillas por un tema que no me parece insignificante: la condición sexual de Wittgenstein. Se indica en este trabajo que vivió temporadas con algún amigo o con algún discípulo pero jamás se insinúa de estas relaciones que pudieran contener traza alguna de amor o sexo. Me parece un defecto estructural de la obra: si entre las competencias del biógrafo no se considera incluida la conjetura sí que debería ser incluido siempre el rigor. Aportar afirmaciones ajenas, incluso para refutarlas o ponerlas en duda, hubiera enriquecido el trabajo.

jueves, 25 de abril de 2019

Los márgenes del tiempo




Sin grandilocuencias. Sin desplegar en cada página la amplia cultura que posee (es doctora en Filología Clásica y profesora universitaria). Sin afanarse en exhibicionismos pedantes. Rosario Guarino Ortega se ha limitado a hacer lo más difícil: hacer un libro de poesía utilizando la poesía. Es decir, aunando reflexión, sensibilidad, emoción y música. Y el resultado es Los márgenes del tiempo, que acaba de aparecer con el sello MurciaLibro y que se presenta con una hermosa fotografía de cubierta de Festina Lente.
En sus páginas descubrimos textos donde resulta imposible no estremecerse y no llorar (“Elegía a Gonzalo”); versos donde flota un dolor sereno que emana de la dureza de una muerte próxima (“Réquiem”); retornos melancólicos a los inocentes castillos de arena que durante la infancia se construyeron en la playa (“Agosto”); recordatorios sobre el maravilloso prodigio de vivir y de recordar (“Magia”); el reconocimiento de que la música y la poesía son eficaces auxiliares para mantenernos erguidos en el camino de la existencia, que a veces se presenta tan arduo (“Primero de julio”); una bella elegía dedicada a la memoria de su abuela María, en el aniversario de su muerte (“21 de abril”); o versos dedicados al carácter bipolar o jánico del amor (“Anfibolía”).
Y está, sobre todo, el poema titulado “El secreto”, del que no les diré nada, salvo que obstruye la garganta, acelera el pulso y pone los ojos al borde de las lágrimas, por el horror inmundo que incorpora. Descúbranlo ustedes y comprenderán que nunca van a olvidarlo.
Los márgenes del tiempo es un poemario elegante, lleno de versos sobrios, música tenue y apolíneo trazado, que da gusto leer y sentir.

martes, 23 de abril de 2019

La tienda de figuras de porcelana




No estoy muy seguro de cuáles son (quizá el plural resulte hiperbólico) las virtudes que atesoro, pero una de ellas sí que creo poseerla en razonable medida: el buen gusto como lector. Docenas de miles de horas con los ojos metidos entre libros me han ayudado (eso espero) a conseguir un cierto criterio en materia literaria. Así que cuando llegaron a mis manos los primeros escritos de Salva Solano, a finales de 2017, tardé muy poco en darme cuenta de que poseía un notable talento para la construcción de historias breves, que ahora se materializa en el volumen titulado La tienda de figuras de porcelana, que el sello Malbec puso en circulación hace un mes.
El tomo se abre con un relato espléndido, de estirpe borgiana (“Dios mueve el jugador, y éste la pieza. ¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza?”, escribía el argentino), sobre un domo de nieve tan inquietante como mágico; y se cierra con un divertimento onírico-demoníaco, en el que Salva Solano desarrolla con gran brillantez (y sin ningún desmayo) una trama tan fácil de explicar como compleja de mantener narrativamente. En medio, enjoyadas con buenas adjetivaciones, imágenes brillantes (“Una gaviota permanecía inmóvil, veinte peldaños de aire sobre su cabeza”) y metáforas muy atrevidas (en la página 134 llama “herradura sonora” a unos auriculares), nos entrega un plausible abanico de historias: un episodio de ira escolar, que se resuelve de un modo vergonzante contra un débil (“Las furias inoportunas”); el alborear de un cosquilleo amoroso durante los días de la preadolescencia (“Aicnegreme ed adilas”); la experiencia traumática que experimenta una joven limpiadora en la habitación de un hotel (“Dulce en tu boca, amargo en tu vientre”); o, en fin, relatos donde el escritor cartagenero se decanta por conducirnos hacia un final inesperado, que convierte su narración en la mecha encendida de una bomba (“El sabor de la sangre”, “Locura contagiosa” o “La línea circular”).
Un libro muy notable (leer en el prólogo la justificación del título es una auténtica gozada), que permite descubrir para el público a un nuevo escritor que tiene, lo sé de buena tinta, muchas y muy interesantes cosas dentro de la cabeza.