Decir
qué es lo que más me agrada encontrar en un libro de aforismos (ternura,
ingenio, inteligencia, humor) es tan absurdo como improcedente, porque ante un
buen volumen de ese género se quiebran o desnaturalizan todas las etiquetas que
uno estipule como “esenciales”. Mientras se avanza por páginas de Chamfort, de
Eder o de Wilde, lo único que procede es callarse, concentrar la mirada y
tratar de aprender todo lo que se pueda en sus líneas. Ha vuelto a ocurrirme
con Vicente Luis Mora y su Nanomoralia (La Isla de Siltolá, 2017), una
obra exquisita que tiene ternura, ingenio, inteligencia y humor, entre otras muchas
virtudes. Y que está presidida por dos fotos distintas del autor: la primera,
con el cabello más largo, sonriente y vestido con colores claros; la segunda,
con barba, gesto más serio, de oscuro y con gafas. Es una buena idea editorial.
Al
adentrarnos en el tomo, descubrimos reflexiones poético-astronómicas (“Las
rocas de la cara oculta de la luna jamás han visto el color azul”); dictámenes
corporales que coquetean con el existencialismo (“El conocido fenómeno de que
los hombres empequeñecen al envejecer no se debe a que estén viejos, sino a que
están hundidos”); pinceladas de humor negro (“El terremoto recuerda el orgasmo
a los muertos”); juegos de palabras enriquecidos con dinamita (“Hay mucha
narrativa española basada en el copio y ego”); juicios técnicos que enervarán a
los novelistas galdosianos o barojianos (“La narrativa es un videojuego en el
que algunos no consiguen pasar la pantalla del siglo XIX”); líneas de un
conceptismo dramático (“Somos humanos. Fallamos. Duele. No pasa nada”);
consideraciones polémicas, que harían las delicias, o provocarían las lágrimas,
de Manuel Chaves Nogales o Juan Ramón Jiménez (“En un país en guerra civil se
sabe quiénes son los auténticos intelectuales: sin duda alguna, aquellos a
quienes quieren matar los dos bandos”); tomas de postura tan férreas como
inequívocas (“No me interesa la opinión de quienes no leen, porque la suya no
es opinión, sino tendencia”); frases de humor gamberro (“Mi miopía os
embellece”); fórmulas que merecen ser grabadas en mármol (“Libertad es que
nadie pueda incluirte en un vosotros”); e incluso aforismos cuyo
espíritu fatigado o surrealista te obliga a releer, por si has recorrido sus
palabras con demasiada rapidez (“Estoy tan cansado que no puedo ir como dar en
la sustancia cabezas formaldehído mira ese perro”).
Lo ofrecido aquí es un pálido resumen (no podía ser de otro modo) de una obra agradable, inteligente, provocadora y que está esperando tus ojos. No tardes.
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