No
hay tiempo que perder, ni medias palabras que puedan servir como árnica: la primera
sección de este poemario, compuesta por diecinueve sonetos (Hablan hombres
oscuros), empieza a golpear con sus versos desde la primera página: la vida
actual es horrenda, todos buscan de forma egoísta su avío, no hay esperanzas
para el porvenir. “En este mundo hipócrita y contrahecho” (XII, 7) tenemos que
acorazarnos, porque los demás solamente pretenden mantener lo suyo a toda costa
y, si pueden, arrebatarnos lo nuestro. Es una lucha sin cuartel, un estruendo
de agresividad y rapiña que domina allá donde mires, hasta el punto de que
“este mundo infeliz se muere al raso” (XIV,2). Después, en la segunda sección
del tomo (España, predio amado), el poeta de Llano de Brujas concentra
su mirada sobre el país donde ha nacido, cuyo antiguo esplendor ahora
languidece sin remedio (“Se me ha subido España a la cabeza /como un vino agrio
y a la vez jugoso. / Me beberé, sediento, hasta su poso / aunque muera
embriagado de tristeza”, I, 1-4). Con el ánimo abatido, pero con voluntad de
trabajar por su recuperación, se nos explaya en catorce sonetos el tema
noventayochista del ‘Me duele España’, que acuñara don Miguel de Unamuno.
Las demás secciones del libro están dedicadas a Miguel Hernández (a quien celebra con tercetos encadenados de muy bella factura), a la muerte de su propio hermano (cinco densos y doloridos sonetos), a los cuerpos enterrados de quienes lucharon en la guerra durante su juventud y ahora no pueden gozar del calmo espectáculo de un país en paz; y, como cierre, unos contundentes y marmóreos poemas sobre su corazón, su búsqueda de Dios o la exaltación de la huerta como paraíso en la Tierra. Otra delicia de don Francisco, que se puede releer con gozo inagotable.

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