miércoles, 11 de diciembre de 2024

La última función

 


Vuelvo a sumergirme en una propuesta de Luis Landero y vuelvo a encontrar al narrador delicioso, convincente y lleno de melancolía que me ha cautivado tantas veces, en tantos de sus libros. Es verdad que en otros volúmenes suyos he tenido que suspirar y decirme “En el próximo será”, con una leve decepción (quizá porque esperaba demasiado de sus páginas); pero esta vez sí que sí. Y es que creo que el terreno temático en el que Landero brilla con más eficacia y con más esplendor es, precisamente, este que aquí se aborda: el relato de las vidas fracasadas (o que merodean el fracaso en su declinación, como un paseante que recorriera llorando el borde de un precipicio). Pocos narran ese delta con más tino que él. Y por eso su crónica sobre Ernesto Gil resulta tan conmovedora.

Hablamos de un personaje que, dotado desde la niñez de una voz extraordinaria, inoculó en los demás (sobre todo en su maestro, don Ángel) la certeza de que lo aguardaba un futuro espléndido en el mundo del teatro o la televisión. Así que, pese al empeño que puso su padre en que estudiara Derecho y trabajase con él en la gestoría familiar, la farándula terminó atrayéndolo de forma irremisible, ideando un espectáculo lorquiano que paseó, con más pena que gloria, por todo el país, hasta que la resignación o la amargura lo convirtieron en un hombre con peso de más, desaliño de más y tristeza de más.

Tampoco las cosas le han ido bien a Paula, que se ha enamorado siempre de los hombres equivocados, y que ha terminado casándose con uno de ellos, por el cual ya no siente sino indiferencia. Su trabajo, gris y sin futuro, en una cadena de embalaje no se puede decir que ayude a la mejoría de su ánimo, que languidece entre resignaciones y lágrimas escondidas.

Pero el azar, que en ocasiones puede conceder una última sonrisa a sus criaturas, ha decidido reunirlos en el pueblecillo de San Albín, donde Gil pretende montar una función dramática sobre la santa Niña Rosalba, en la que quiere otorgar papel a todos los habitantes del pueblecito y en la que actuará estelarmente la novata Paula, a la que todos confunden con una actriz veterana llamada Claudia.

Ya disponen ustedes de todos los elementos “argumentales” de esta novela bella, delicada, emotiva y crepuscular, en la cual se plantea y desarrolla “el caso singular de un vano intento, de un sueño que, tras un gran momento de esplendor, acaba desembocando en la inmisericorde realidad” (cap.7). El resto lo rellena el gran Luis Landero con su mayestática prosa. Y, perdónenme, no les digo más. Yo de ustedes la buscaría sin tardanza.

martes, 10 de diciembre de 2024

Las personas del verbo

 


Jaime Gil de Biedma es una de esas voces robustas, infrecuentes y admiradas que, de vez en cuando, aparecen en la poesía española y extienden su influencia de forma imparable en las siguientes generaciones. Ahora, la editorial Cátedra ha tenido la felicísima idea de publicar Las personas del verbo bajo la dirección de Carme Riera y Félix Pardo, quienes revisan todos los manuscritos y variantes de cada poema (labor titánica) y nos ofrecen un volumen de inaudita belleza, que va a quedar, entiendo, como referencia absoluta.

En sus páginas nos encontramos una intensa exploración por su vida y por el mundo de sus emociones, que se convierte en un torrente de palabras sabiamente medidas. Podemos, como es natural, elegir cuáles son nuestros poemas favoritos (en mi caso, y siguiendo la pauta de este volumen, “Amistad a lo largo”, “Vals del aniversario”, “Piazza del Popolo”, “En el nombre de hoy”, “Años triunfales”, “Después de la noticia de su muerte”, “No volveré a ser joven” y “De vita beata”); e incluso podemos subrayar, con un lápiz rojo entusiasta, los versos que más han resonado en nuestra mente durante la lectura (“Ay el tiempo! Ya todo se comprende”, “Media España ocupaba España entera”, “Un orden de vivir, es la sabiduría”, “Como libros leídos han pasado los años”). Pero no se tarda mucho en comprender que, en realidad, todas las palabras, todas las imágenes, todos los textos se organizan entre sí de forma armónica, como las piezas de un puzle, y nos permiten el acceso al sustrato anímico del poeta, que no se ha limitado a escribir versos, sino que se convierte en versos.

El resultado es un volumen admirable y atemporal, que se puede leer y releer de forma continua sin que la fatiga llegue a asaltarnos. Es el signo de que nos encontramos ante un libro eterno.

lunes, 9 de diciembre de 2024

Suspense en matemáticas

 


Todavía recuerdo, con infinita ternura y con infinita gratitud, aquellas pandillas de chicos, chicas y perros que, en número variable (Los cinco, Los siete secretos) alegraron mi infancia desde las páginas de Enid Blyton. Cuántas tardes llenaron de luz, enigmas, sonrisas y literatura. Ahora, gracias al extremeño Juan Ramón Santos, recupero ese agradable cosquilleo (que no me abochorna pregonar, pese a mis 58 años) en los volúmenes del Club de las Cuatro Emes, donde se relatan las aventuras de Manuel, Matilde y las dos Marías, que estudian en el colegio Torre Vigía (buen nombre para cobijar a estos aprendices de detective).

En esta ocasión, todo girará alrededor de la jubilación de don Agustín, un amable profesor de matemáticas que abandona la docencia tras más de cuarenta años al pie del cañón y que es sustituido por un joven de cabello largo, que viste de forma desenfadada, se desplaza en bicicleta (aunque viene al colegio con un flamante coche deportivo) y habla continuamente del respeto a la naturaleza. Al principio, las reticencias frente al profesor que viene a “llenar el hueco” de su idolatrado don Agustín les hacen acogerlo con cierta reserva. Es simpático, sí. Parece un buen maestro, también… Pero cuando descubren que se oculta por los rincones para hablar por su teléfono móvil, que acude con sigilo a una inquietante tienda que ostenta el rótulo de “Los amigos de Marijuana” y que, en connivencia con el bedel del colegio, han levantado una valla para acotar una escondida zona del huerto, sus sospechas adquieren un volumen difícilmente soportable: Jonás parece que está utilizando las dependencias del colegio para habilitar una plantación clandestina de marihuana.

A partir de ahí, ya pueden imaginarse el derrotero de la narración: espionajes, fotografías, deducciones, charlas del grupo y, al fin, la sorprendente solución del enredo, que les dejaré que disfruten sin mí.

Da igual que escriba para un público infantil o para adultos: Juan Ramón Santos siempre resulta convincente y seductor. Qué gusto llevar leyéndolo tantos años. Anímense.

sábado, 7 de diciembre de 2024

Poema del otoño

 


Rubén siempre es Rubén. Y la fórmula, que podría ser entendida como una crítica negativa (aludiendo a su carácter repetitivo o previsible), la emito como elogio, porque sus versos siempre me han parecido muy notables: es uno de los raros ejemplos de escritor que funda un territorio especial, y que fija sus leyes, y que abrillanta en cada nueva entrega unos metales ya de por sí refulgentes. En Poema del otoño ocurre igual: nos encontramos con una presencia continua de nombres y referencias clásicas (el nicaragüense era un enamorado del mundo grecolatino, pero también de otras culturas antiguas, cuyos reyes o dioses le suministran un espléndido arsenal de erudiciones); nos encontramos con invitaciones vitalistas para que gocemos los placeres mundanos (aunque, en este libro, también afirme anhelar la vida recoleta, disciplinada y asexuada de los monjes, en el poema “La Cartuja”); y nos encontramos con algunas composiciones notablemente famosas de su producción, como “Los motivos del lobo” (donde analiza las maldades que la especie humana acumula, que la convierten en la más turbia de las alimañas), “Margarita, está linda la mar”, “El clavicordio de la abuela” o “La rosa niña” (que nos entrega una fábula religiosa muy delicada y, por momentos, conmovedora).

Pero donde realmente atruena y asombra la musculación lírica de Rubén es en los aspectos verbales. Nada resulta anodino en sus versos, porque de todo se sirve para fraguar sonoridades únicas: unos encabalgamientos constantes que, en otras manos, derrumbarían el ritmo del poema y que, en su caso, lo aquilatan (“Gozar de la carne, ese bien / que hoy nos hechiza, / y después se tornará en / polvo y ceniza”); unas rimas intrépidas, que jamás se conforman con la facilidad y que se adentran por caminos inexplorados (roe-Cloe, voz-Booz, van-Kayyam); o incluso aventuras estróficas arriesgadísimas, que resuelve con magistral aplomo (en el poema “Santa Elena de Montenegro” tiene la osadía de reunir veinticinco tercetos monorrimos sin que le tiemble el pulso).

Evidentemente, sus libros hay que leerlos de forma espaciada, porque se corre el peligro de “verlo todo igual” a partir de la página diez. Pero creo haber encontrado la solución idónea para soslayar ese problema: acercarme cada seis meses a uno de sus trabajos.

jueves, 5 de diciembre de 2024

Los amigos muertos

 


No soy muy aficionado a utilizar el verbo “enganchar” para referirme a los libros. Lo habré manejado, qué duda cabe (después de casi cuatro mil reseñas redactadas durante mi vida, cómo atreverme a asegurar que no he caído en ese vicio); pero procuro evitarlo. Fundamentalmente, porque me parece una palabra ambigua o equívoca (muchas novelas de Stephen King enganchan, sí, pero un anzuelo también lo hace, y eso no significa que resulte recomendable acercarse a él). Puestos a elegir, prefiero optar por otras fórmulas menos transitadas, como que el libro ha capturado mi atención (por ejemplo). Y les puedo asegurar que Los amigos muertos, de Saljo Bellver, lo ha conseguido sin ningún tipo de duda. ¿Por qué? Pues porque creo que la historia está muy bien contada; porque utiliza las dosis justas de humor y de intriga; porque los personajes resultan creíbles; y porque, siendo una novela de ambientación negra, no se atasca en el barro de sus tópicos.

Aquí el “investigador” (digámoslo de ese modo) es un profesor de literatura que, tras haberse prejubilado de la docencia, se encuentra de pronto con el asombro de que el pasado vuelve a él adoptando ropajes que no esperaba: muere uno de sus compañeros de pandilla juvenil y, en el funeral, descubre que otro de ellos (al que suponía muerto cuatro décadas antes) sigue vivito y coleando... hasta que lo asesinan de forma abrupta y encuentran junto al cuerpo una nota donde la víctima ha escritor el nombre del profesor (Dimas Rubio), un extraño dibujo y una frase asombrosa: “Él sabrá qué hacer”. Añadamos a esa intriga un policía suspicaz (el inspector Ernesto Casas); un misterioso perseguidor, que lanza amenazas allí donde encuentra a Dimas; un perro fiel, que se ve sacudido por el pánico cuando escucha tracas y cohetes (Zarra, diminutivo de Zarrapastroso); una hermana que vela constantemente por el bienestar de nuestro protagonista (Isabel)… y algunos otros personajes que irá descubriendo poco a poco la persona que se sumerja en estas páginas.

A mí, como les comentaba al principio, la novela me ha logrado convencer, así que se la recomiendo a ustedes sin ningún tipo de reserva, porque a sus virtudes narrativas añade interesantes consideraciones sobre la amistad, las decepciones que nos dejan caer encima los años y los secretos (a veces mezquinos) que pueden portar en el alma incluso aquellos a quienes consideramos parte indisoluble de nuestras vidas.

El libro puede ser, además (su presentación editorial es muy atractiva), un buen regalo navideño.

martes, 3 de diciembre de 2024

El placer de la Y

 


No he dejado que pasen demasiadas semanas desde que reseñé en mi blog mi anterior acercamiento a la obra cuentística de la murciana Irene Jiménez (https://rubencastillo.blogspot.com/2024/11/la-suma-y-la-resta.html) y ya me pongo con otro de sus trabajos, El placer de la Y, que leí hace seis o siete siglos y que ahora recupero. Nueva alegría (y grande, además) para mis ojos lectores, porque me he reencontrado con una prosa de elegancia exquisita, que dibuja con inigualable finura las piezas de un puzle magistral: el que sirve para esculpir, interior y exteriormente, a la escritora Marguerite Yourcenar (nacida Crayencour). Estos diez relatos, estas diez piezas se pueden unir desde luego de forma longitudinal y diacrónica (así quedan ordenadas en el tomo), pero también admiten un ensanchamiento radial, que conforma el volumen de una vida y de un temperamento: los de una mujer y una artista enfrentada a pérdidas, navegaciones, alejamientos de la patria, amores secretos y éxitos literarios.

En las páginas deliciosas y perfectas de Irene Jiménez descubrimos a la jovencita Marguerite leyendo los libros enjundiosos de su padre; notando que “posee ese gran capital que consiste en saber estar sola”; eligiendo el seudónimo Yourcenar “por el placer de la Y”, tras un buen cúmulo de tentativas anagramáticas; mirando y deseando a Grace mientras beben ouzo; viajando en la camioneta del amable señor Robbins; visitando con temblor el lugar donde fue asesinado Federico García Lorca (quizá el más redondo de todos los textos del libro); escribiendo sobre la muerte de Zenón de Elea; contemplando (entre la angustia y la indiferencia) cómo su acompañante Jerry está a punto de ahogarse cerca de Luxor; o asistiendo (qué maravilloso texto, también) al entierro de su amigo Jorge Luis Borges en Ginebra.

Irene Jiménez endulza la erudición (que suele ser áspera o, cuando menos, reseca) con el azúcar de un estilo impecable, airoso, inauditamente maduro, que dota de armónico vuelo a sus páginas y que le permite, incluso, algunos guiños humorísticos, como cuando hace que una Marguerite Yourcenar adolescente cobije pensamientos como el de la página 35: “Podría suceder, incluso, que una joven española poco mayor que ella acabara por seccionarla para unos cuantos relatos”.

Lo intuí y lo refrendo: qué grandísima narradora es Irene.

domingo, 1 de diciembre de 2024

La voz a ti debida

 


Yo tenía veintidós años y estaba, válgame Dios, enamorado, así que descubrir en la librería aquel ejemplar de La voz a ti debida y comprarlo fue todo uno. Había leído algún fragmento suelto, quizá en alguna antología que no atino a identificar (“no consigo acordarme”, para decirlo con fórmula cervantina), aunque me faltaba completar un recorrido por el volumen completo, el cual me retó (no era fácil para mí entender todos los matices de la obra), pero me embriagó y lo subrayé profusamente. Quién sabe dónde andará aquel viejo tomo de Castalia. Ahora vuelvo a comprarme un ejemplar (esta vez, en Cátedra), con el objetivo doble volver a Pedro Salinas y de comprobar si aquella antigua embriaguez se debía a mi estado emocional o a la pura belleza de sus versos.

“Tú vives siempre en tus actos”. Así comienza esta maravilla. “A esta corporeidad mortal y rosa / donde el amor inventa su infinito”. Así termina. Y, en medio, la imborrable impronta de un poeta intenso, inteligente, brillante… y enamorado. Un poeta que nos traza un recorrido por la siempre anhelada colina del amor (la pendiente de subida, el esplendor de la cúspide, la languidez de la bajada, la amargura que asola cuando la abandonamos) y que nos regala versos increíbles, cuya belleza combina la música y la matemática. Un amor que llegó como llegan la mayoría y que sigue los pasos universales: distinguiendo a la criatura elegida entre el resto de los seres y dotándola de preciosa singularidad (“Por detrás de las gentes te busco”); dejándose invadir por la convicción de haber encontrado a la persona perfecta, con una rapidez y un fervor que no admiten dudas (“Yo no necesito tiempo / para saber cómo eres: / conocerse es el relámpago”); creyendo que la mera existencia del otro ser nos justifica y llena de luz (“Qué alegría, vivir / sintiéndose vivido”); juzgando a la persona amada el aleph del mundo (“De ti salgo siempre, siempre / tengo que volver a ti”); indagando en ella, como quien busca el más inmenso de los tesoros (“Perdóname por ir así buscándote / tan torpemente, dentro / de ti. / Perdóname el dolor, alguna vez. / Es que quiero sacar / de ti tu mejor tú”); o, en fin, aceptando sin fisuras que ese amor que nos han tributado nos convierte en personas especiales (“Cuando tú me elegiste / (el amor eligió) / salí del gran anónimo / de todos, de la nada”).

Un volumen, para mí, imprescindible en la poesía española del siglo XX. Creo que no me moriré sin leerlo una vez más.