jueves, 9 de julio de 2009

Los objetos nos llaman



Sería injusto, a estas alturas de su trayectoria, pretender dar un retrato literario de Juan José Millás, así que me ahorraré la pedantería. A la torre Eiffel o a la Estatua de la Libertad no es necesario explicarlas. Pero lo que no omitiré será la anotación de un hecho que juzgo incontestable: Millás cada vez escribe mejor. Y no se trata tan sólo de una cuestión estilística, o temática, o estructural. Es el hecho de haber accedido a un dificilísimo estadio de “naturalidad narrativa”, como la que demostró Miguel de Cervantes en sus páginas mejores: las frases y las imágenes se van encadenando de modo fluido, armónico, necesario. Las historias (disparatadas unas, emocionantes otras, seductoras todas) van desfilando ante nuestros ojos con la elegancia simple que sólo alcanzan a adquirir los mejores narradores del mundo. Y Juan José Millás (lea sus libros quien me juzgue hiperbólico) forma parte de ese selecto grupo. Su última entrega cuentística, publicada por el sello Seix Barral bajo el título de Los objetos nos llaman, es una increíble demostración de cuanto aquí trato de explicar: setenta y cinco cuentos donde el ingenio, el humor, la fantasía y la tierna ironía de Millás se amalgaman para seducir al lector. Esa vieja etiqueta que usan los publicistas de “No podrá dejar el libro una vez empezado” es, en este volumen, rigurosamente exacta. Personas que están muertas sin saberlo; maniquíes que sudan en los escaparates; las mentiras que rodean el mundo de los Reyes Magos; matrimonios mal avenidos, que se articulan sobre las peleas constantes; llamadas que se reciben desde la ultratumba; un padre con poderes negativos, que es capaz de predecir las cosas que no van a suceder; un hombre que se enamora de la chica que le hace encuestas telefónicas; alguien que, a los cincuenta años, consigue que sus padres le confiesen la verdad: que es cojo de nacimiento... La explosión de historias es tan fértil, tan deslumbrante, tan proteica, que sólo alcanzaría a ser totalmente justo si detallara los setenta y cinco argumentos, uno detrás de otro. Y ésa es otra: ¿qué narrador que no sea un prodigio de talento imaginativo se puede permitir el lujo de regalar a sus lectores, en un solo libro, tal cantidad de cuentos, sin caer en la avaricia calculadora de desarrollar quince o veinte, y guardar los restantes para futuras publicaciones? Estamos ante el Millás más generoso, el Millás más brujo, el Millás más genial. La madurez de los grandes es un regalo para la Historia de la Literatura.

viernes, 26 de junio de 2009

Ventanilla de cuentos corrientes





Umbral dijo en uno de sus libros que España es una gran desperdiciadora de hombres, y que por eso malbarató a Antonio Machado dando clases de francés y a Ortega y Gasset en el periodismo. Siguiendo la línea, podría decirse también que dilapidó del mismo modo al genial Enrique Jardiel Poncela en las sentinas más bien cochambrosas de las revistas, los semanarios, las gacetas ilustradas y demás quincallería cultural. Docenas de cuentos suyos quedaron embalsamados, como mariposas de ingenio y metáforas, en el tedio polvoso de las hemerotecas. Pero, por fortuna, siempre hay editores como Jesús Egido, dispuestos a rescatarlos para los lectores actuales. Nace así Ventanilla de cuentos corrientes, publicado con el sello Rey Lear, un manojo de dieciséis relatos que nos hacen pensar y reír a partes iguales. Lo hacemos con la historia abracadabrante de un fervoroso soltero, que incurre en la desdicha del matrimonio (“Un marido sin vocación”, donde Jardiel no usa la letra E); y en “El chófer nuevo”, que nos expone las tropelías de un conductor anómalo y suicida; y en “Los vecinos del principal derecha”, donde conocemos los pormenores de una invasión de piso tan surreal como premeditada. ¿Y qué decir de ese apunte irónico que titula “La señorita Nicotina”? ¿Y cómo olvidarnos de los renglones de “El domador y los dos ancianos”, un maravilloso experimento de sociología cazurra y algo sardónica? Tampoco son desdeñables las líneas donde nos demuestra que la oratoria puede ser tan funesta como risible (“¡Mátese usted y vivirá feliz!”); o aquellas otras donde nos hace partícipes del escarmiento que un hombre le inflige a una mujer, para moderar su sed histérica y snob de aventuras (“Noche de sábado”)... Jardiel era un auténtico maestro de la ironía, y un escritor de notable espectro, muy habilidoso y versátil. Este pequeño tomito de la editorial madrileña Rey Lear puede ser una buena forma de refrescar nuestra admiración, o de inaugurarla.

lunes, 15 de junio de 2009

Cuaderno escolar




Juan Ramón Santos es tan joven que nació en Plasencia. Y escribe tan bien, tan maravillosamente bien, que se atreve a titular su última entrega con el rótulo de Cuaderno escolar. Una imagen de Le Corbusier bautiza los ojos desde la portada de ese libro. Y luego vienen cuarenta y dos pequeñas historias. Cuarenta y dos prodigios de humor, ingenio, dominio del relato y buena literatura. En sus páginas se nos habla de un vendedor de juguetes próximo a la jubilación; de unas personas que esperan la apertura de un extraño mercado; de una anómala sucesión de rostros que, bajo las siglas AP, parecen estar en busca y captura con la inaudita recompensa de 1979 dólares; de caníbales salvados de la pena capital gracias a la sagacidad lingüística de su abogado; de dos curiosos ucranianos, que beben como esponjas; del mayor devorador de petit-suisses del mundo; de la maldad intrínseca que atesoran los interruptores de la luz en medio de la noche; y de muchas historias más, tan impactantes como breves y bien contadas.
Decía el ladino Baltasar Gracián (ustedes quizá lo recuerden) que más obran quintaesencias que fárragos. Y es verdad casi siempre.
La Junta de Extremadura, que ha tenido el buen juicio de poner tapas a la colección de historias que ha inventado Juan Ramón Santos, se merece un aplauso enorme, extasiado y fervoroso. Y yo, desde la otra punta de España, se lo envío. No me cabe la menor duda de que buscaré a partir de ahora los libros sucesivos (que vendrán, y serán maravillosos) de este escritor. Apúntense su nombre. Es un consejo de amigo.

sábado, 6 de junio de 2009

El rufián





La inmensa mayoría de los lectores españoles oyeron hablar por primera vez de Armando Buscarini gracias a la novela Las máscaras del héroe, de Juan Manuel de Prada. Allí se nos presentaba a Antonio Armando García Barrios (tal era su auténtico nombre) como un poeta hiperbólico, estrafalario, locoide, con un ego desmesurado y con un comportamiento social, cuando menos, chocante. Pero la gran sorpresa vino cuando, acudiendo a Internet y otras fuentes de información, descubrimos que todo aquello era verdad: Buscarini (adoptó ese apellido por ser el de su presunto padre, al que jamás conoció) vendía por las calles sus propios cuadernillos de poemas, extorsionaba a las personas de su entorno (especialmente a los hermanos Álvarez Quintero) y manifestaba conductas esquizoides con accesos de furia. Su propia madre se encargó de ingresarlo en el manicomio de Logroño, en el que terminaría muriendo en 1940, sin haber cumplido los 36 años. Fruto de las peculiaridades de este poeta bohemio, su obra ha quedado siempre en un segundo plano, eclipsada por su vida aciaga. Pero desde hace algún tiempo, la editorial riojana que ostenta su apellido (y que conducen los hermanos Rubén y Diego Marín) se ha propuesto recuperar su legado literario para que podamos valorarlo de un modo justo. Así, tras la publicación de sus cartas y de sus poemas, ahora le ha tocado el turno al teatro, la narrativa y las memorias. El tomo que contiene estas piezas ha salido a las librerías con el título de El rufián y está compuesta por una serie de obras que se inician con Sor Misericordia (1923) y acaban con el drama que da título al conjunto (1928). Acompañan a estas composiciones las palabras prologales de Luis Antonio de Villena, que bailan un minué muy bien ritmado para no decir con claridad lo que la lectura sí nos hace evidente a los lectores: que Armando Buscarini era un autor desdeñable, y que sus presuntas genialidades (que sólo él consideraba tales) no son sino ripios, tramoyas llenas de agujeros, diálogos sin poder verbal, errores de construcción de las frases, escenas indebidamente aceleradas o abruptamente truncas, psicologías risibles, autocomplacencia que oscila entre el engreimiento (“No se puede ni remotamente discutir mi personalidad de poeta lírico”, p.73) y el desdén trufado de descalificaciones (“Todavía quedan algunos insensatos que, no teniendo en qué emplear el tiempo, se dedican a desacreditarme diciendo que no valgo”, p.299) y otras lacras que nos obligan a juzgar sus obras como el pataleo de un adolescente soberbio, huérfano de cultura, que entiende como una agresión lo que no es más que dictamen exacto: tildarlo de mediocre sería benevolente. Hay, cómo no, algunos aciertos aislados (tampoco demasiados), pero que no justifican la soberbia de Armando Buscarini. Ni la perla más hermosa del mundo constituye de por sí una joyería. Gracias a la estupenda idea de los hermanos Marín (publicar al autor, para que la Historia lo califique por sus obras, y no por sus actos) disponemos de un argumento sólido para estipular que, en esa “larga pléyade aún no dilucidada del todo críticamente” de la que habla De Villena (p.11) para referirse a la bohemia del primer tercio del siglo XX, Buscarini no pasaría de ser un elemento anecdótico. Y eso con suerte.

martes, 2 de junio de 2009

El fuego



Nunca me han importado las cifras de venta que alcanza un libro, porque es un dato que, ostensiblemente, se encuentra fuera de lo literario. El hecho de que Veinte poemas de amor y una canción desesperada haya vendido millones de copias no le resta calidad al volumen (ni tampoco se la añade). A mí las obras me gusta juzgarlas por mí mismo, y no con un informe económico al lado. Si me logran emocionar, o cautivar, aplaudo; y si no, pues abucheo, que para eso he pagado el tomo y gozo de libertad de expresión. Así de transparente. Aclarada esa premisa puedo afirmar sin ningún tipo de rubor que uno de los best-sellers que más me ha seducido en las últimas décadas es, sin ninguna duda, El ocho, de Katherine Neville. Ahora, la editorial Plaza & Janés, merced a la traducción conjunta de Ana Alcaina, Laura Manero, Laura Martín de Dios y Nuria Salinas, nos entrega a los lectores la muy esperada continuación de la novela, con el título de El fuego, y la pregunta es inmediata: ¿mantiene Neville el alto nivel que marcara en su anterior producción? ¿Logra idénticos objetivos a los cosechados con El ocho?
Sinceramente, creo que no... Pero ojo: El fuego sigue siendo una novela de gran valía, donde la emoción, la documentación, los giros argumentales, los tipos psicológicos y la peripecia que la autora construye están muy bien. Aparecen en sus páginas menciones a Lord Byron, Napoleón, Geber, Carlomagno, Ibn al-Arabi, la guerra de Irak del año 2003, la cocina vasca, el ajedrez, etc, y lo mezcla todo con explosiva efectividad. ¿Dónde está pues la gran diferencia con El ocho? Yo diría que en dos frentes fundamentales: el primero es la pérdida de la sorpresa (los procedimientos se geminan como si Neville empleara el antiguo papel carbónico. Ha ideado un cliché y se niega a abandonar sus carriles) y el segundo es el abuso de las preguntas transferibles (llamaré así a las interrogaciones que los personajes se formulan a sí mismos, y que no tienen otra misión que la de despertar los mismos interrogantes en la mente de los lectores. Una especie de preguntas retóricas ‘inducidas’).

Salvados esos escollos, convendremos en que la novela despliega un alto poder de seducción; que sus ambientaciones históricas son tan detallistas que se ganan sin problemas el aplauso de los lectores; que la autora consigue en casi todas sus páginas intrigarnos, removernos y azuzar nuestra curiosidad por los misterios del anonadante ajedrez de Montglane; y que Alexandra Solarin tiene el brío novelesco de su madre, Catherine Velis, la protagonista de la anterior entrega. Es un conjunto de riquezas suficiente para animarnos a que abramos la última obra de esta «versión femenina de Humberto Eco», como se rotula con despiste tipográfico en la página 542. El fuego les llenará muchas horas de placer literario. Sumérjanse en él y es probable que no se arrepientan.

domingo, 31 de mayo de 2009

Tres pasos por el misterio



Si algún profesor que imparta clases en secundaria no sabe quién es el escritor Agustín Fernández Paz es porque algo no funciona bien en el sistema. Un novelista que ha obtenido premios como el Lazarillo, el Edebé, el Barco de Vapor o el Nacional de Literatura Infantil y Juvenil ha de ser conocido (profesionalidad y pundonor obligan) por todos aquellos que tienen como misión la de contagiar a los más jóvenes el entusiasmo por la lectura, por los libros, por las historias hermosas y bien contadas. Ahora, la editorial Anaya acaba de enriquecer nuestra colección de obras del autor gallego con Tres pasos por el misterio, un volumen donde se dan cita otras tantas narraciones de misterio, intriga y terror, maravillosamente escritas. En la primera, “Las sombras del faro” nos encontramos con Miguel, un hombre de casi cincuenta años que vuelve, tres décadas después de haberse ido, a la localidad de Pontebranca. Allí conoció a Marta... y allí también se vio envuelto en un misterioso enigma que giraba alrededor de un faro al que los lugareños no osaban acercarse. La solución del tenebroso asunto tendrá más que ver (pronto lo descubrirá) con los horrores de la guerra civil española de 1936 que con el mundo de la ultratumba o de la pura fantasía adolescente. La segunda propuesta, menos extensa pero igualmente prodigiosa, lleva por título “La serpiente de piedra” y nos sumerge en un universo bien distinto: ahora leemos las notas que escribe con cierta prisa un hombre que, aficionado desde joven a la arqueología, se fue especializando en la investigación de los megalitos. Un día, la excavación que está desarrollando en A Roza das Modias le depara el descubrimiento de algo increíble: una serpiente articulada, de piedra, que ningún especialista alcanza a explicar, y que él traslada al museo donde trabaja, para exhibirla y convertirla en objeto de admiración. Y ahí es donde se desata la pesadilla: unos extraños visitantes, que resultan ser adoradores de la Diosa Serpiente, comienzan a frecuentar el museo con sospechosa asiduidad. Y realizan extraños rituales nocturnos, donde sangre, locura y siniestros presagios se unen para aturdir al protagonista. Finalmente, la tercera narración, que lleva por título “Una historia de fantasmas”, nos transporta hasta el Camino de Santiago. Unos peregrinos, que distraen el ocio de las noches recitando poemas y contándose episodios de amor, terminarán descubriendo que un libro de José Ángel Valente puede ser el instrumento que utilice un hombre fallecido en un accidente para comunicarse con su amada. Con una prosa estupenda, unos personajes trazados con gran detalle y un manejo prodigioso de los tiempos narrativos, Agustín Fernández Paz vuelve a demostrarnos que la literatura de calidad carece de toda etiqueta cronológica, y que hay auténticos genios de las letras que, por voluntad propia, eligen entre los más jóvenes a sus lectores naturales. Leerlo y admirarlo son operaciones consecutivas. Para comprobar tal afirmación no hace falta más que abrir este volumen y sumergirse en sus primeras páginas. El hechizo de las buenas letras es inmediato.

sábado, 23 de mayo de 2009

Negro sobre fondo azul





José María Jiménez es una caja de sorpresas. No contento con la noble tarea de curar el cuerpo de la gente (es médico, de la cosecha del 55), se dedica en los últimos años a curarnos también el alma, a base de pequeñas historias llenas de inteligencia, sensibilidad y buen pulso narrativo. La primera demostración salió publicada en la Editora Regional de Murcia con el precioso título de El guardián de las mareas; y ahora, la pujante Tres Fronteras Ediciones se anima a lanzar, en su colección ‘La Biblioteca del Tranvía’, su obra Negro sobre fondo azul, cuatro relatos donde volvemos a constatar la pericia de su autor. En el primero de ellos (“Tauromaquia”) nos perfila, con tres pinceladas, una historia de burla y toreo que sólo al final, borgianamente (cómo no acordarse de aquel prodigioso cuento que se titulaba ‘La casa de Asterión’, del maestro argentino), nos descubrirá su secreto... En el segundo (“La primera muerte”) se nos hace reflexionar sobre el abrupto final de Darius H., un chico que, sin haber cumplido la veintena, encuentra la muerte en un combate bélico. Una bala decidió “alojarse en su cerebro como un huésped ruin” (pág.15) y ahí terminó todo. Las páginas posteriores, magistralmente moduladas, son el conjunto de reflexiones que José María Jiménez articula alrededor de esa muerte: el sinsentido de la guerra, el horror de la caducidad, cierto panteísmo reconfortante... La tercera propuesta es “Bien, Rony, bien”, donde juega con varios planos narrativos para contarnos una historia más compleja que las anteriores, en la que un médico se convierte en eje y protagonista. La serie atroz de sucesos, que parecen encaminarnos hacia la tragedia, se resuelve al final de un modo inesperado. La ingratitud, la brutalidad y el fatum juegan al corro en las páginas de este texto... Y la última historia es la que da título al tomo: la aventura acuática de dos niños que se suben a una barca y que viajan por el río (una atmósfera que recuerda por momentos al libro La isla de las ratas, de Santiago Delgado). Al fin, el lector descubrirá que se trata de un viaje más profundo y más misterioso de lo que pudiera parecer. Segundo libro de cuentos de José María Jiménez, y segundo acierto. No es mal rumbo.