jueves, 3 de abril de 2025

Ángel de tierra

 


El padre. La figura del padre. Está ahí desde la infancia, protector como un árbol, invisible a veces, en la segunda fila de un palpitar que suele poner a la madre en primer término, al menos durante los primeros años. Y de pronto, sin que quizá reparemos en ese paso adelante, su figura se llena de luz; y entendemos su papel, su importancia, su impronta. Antonio Marín Albalate se concentra en esa mirada del hijo hacia el padre (mirada admirativa, extasiada, agradecida) en su poemario Ángel de tierra, en el cual el sustantivo “padre” aparece en todos los poemas, absolutamente en todos. Sesenta veces.

Nos dibuja en sus versos la imagen de un hombre que ya “peina sus cuatro pelos azules”, que representa “la ternura triste de un invierno muy delicado”, que se mantiene en ocasiones “autista en su galaxia de silencio”, que aún despliega ante el hijo “su honda paciencia de pan”, que tiene “un par de palmeras en sus ojos”, que “teme la industria del frío” y que, por desgracia, “es ya casi un ocaso”. Desde la fascinación y desde el amor más hondo, el poeta convirtió durante los años 1997 y 1998 esa figura languideciente en versos, que luego publicó en 2001, unos meses después del fallecimiento de su progenitor.

Un texto sin duda emotivo, donde infancia, madurez y senectud unen sus dedos para entregarnos unas páginas poéticas magníficas.

martes, 1 de abril de 2025

Muro de escribir cosas que me dicen que existo

 


Un terremoto. Eso supone para mí la lectura de cualquier libro de Miguel Sánchez Robles, al que conocí hace veinticinco años (o por ahí) y al que re-conozco con infinito asombro y admiración año tras año, página tras página, poema tras poema. No he conocido otra voz como la suya, capaz de inquietarme, de removerme, de descolocarme, de hacerme pensar y sentir. Cada título suyo es un cáliz de belleza y dolor, que cojo y me quema los dedos, que bebo y me abrasa la garganta, que rumio y me desconfigura el cerebro. Perdonadme que resulte tan confuso a la hora de “reseñar” sus obras (líbreme Dios de intentar tal desatino), pero es que Miguel se ha quedado con todas las palabras, con todas las emociones, con toda la luz; y a los demás solamente nos queda leer en silencio sus líneas, y sentir que eso que ha escrito lo hemos pensado nosotros sin palabras, en esa especie de nebulosa a la que llamamos melancolía, o tristeza, o desamparo. Pero, claro, él lo dice siempre mejor: usa barro, lágrimas, sueños, rompimientos de gloria, escaparates, pantallas de televisión, cielos nubosos, trigo que nace, brújulas… El resultado es estremecedor.

“No sé cómo empezar”, nos dice desde el primer verso, porque entiende que “casi todo es naufragio”. Más tarde, deja la mirada perdida y nos aclara: “No vivo de verdad. / Huyo del tiempo. / Arrastro la nostalgia / de lo que no pasó”. Luego murmura: “Me dan miedo los ojos de los galgos / y pensar muy despacio / que la luz de las estrellas ya ha ocurrido”. Y luego nos estremece con fórmulas tan contundentes como reveladoras: “Me da miedo vivir embalsamado”. Y llegas a las páginas 65-67 y las lees dos, tres, cuatro veces. En bucle. Y descubres que este autor es mágico, y lúcido, y especial. Para mí, al menos.

A este poeta no se lo puede explicar, ni resumir, ni convertir en etiquetas: hay que leerlo. Es único. Es imprescindible. Es un puto genio.