El
padre. La figura del padre. Está ahí desde la infancia, protector como un
árbol, invisible a veces, en la segunda fila de un palpitar que suele poner a
la madre en primer término, al menos durante los primeros años. Y de pronto,
sin que quizá reparemos en ese paso adelante, su figura se llena de luz; y
entendemos su papel, su importancia, su impronta. Antonio Marín Albalate se
concentra en esa mirada del hijo hacia el padre (mirada admirativa, extasiada,
agradecida) en su poemario Ángel de tierra, en el cual el sustantivo
“padre” aparece en todos los poemas, absolutamente en todos. Sesenta veces.
Nos
dibuja en sus versos la imagen de un hombre que ya “peina sus cuatro pelos
azules”, que representa “la ternura triste de un invierno muy delicado”, que se
mantiene en ocasiones “autista en su galaxia de silencio”, que aún despliega
ante el hijo “su honda paciencia de pan”, que tiene “un par de palmeras en sus
ojos”, que “teme la industria del frío” y que, por desgracia, “es ya casi un
ocaso”. Desde la fascinación y desde el amor más hondo, el poeta convirtió
durante los años 1997 y 1998 esa figura languideciente en versos, que luego
publicó en 2001, unos meses después del fallecimiento de su progenitor.
Un texto sin duda emotivo, donde infancia, madurez y senectud unen sus dedos para entregarnos unas páginas poéticas magníficas.