sábado, 3 de febrero de 2024

El olvido que seremos

 


Existe un tipo de valentía que jamás van a entender, por mucho que se esfuercen (y tampoco harán el intento, puesto que escapa a su comprensión), aquellas personas que todo lo resuelven mediante la brutalidad y el salvajismo: la valentía de elegir la calma. La valentía de mirar, apretar los dientes y refugiarse en la sensatez. La valentía de la serenidad. Y esa valentía es la que empapa, construye y guía de forma serenísima las páginas de El olvido que seremos, del colombiano Héctor Abad Faciolince. No era, desde luego, lo “lógico”, porque el escritor nos está contando la vida de un hombre, su padre, que fue asesinado por los poderes fácticos de su país (legales o ilegales) de forma vil e inmisericorde: a balazos y en plena calle. Para un hijo que idolatra a su progenitor, este acto vandálico podría haberse convertido en el detonante de un comportamiento animal, irreflexivo y virulento; mas no fue así. El autor de estas líneas nos dice que la causa hay que buscarla en su cobardía, pero yo me permito poner en duda esa explicación. Con el acto cívico de elegir palabras en lugar de balas, de ordenar recuerdos en lugar de cartuchos, de iluminar anécdotas en lugar de provocar fogonazos con bombas, Héctor Abad Faciolince apuesta por el mármol del libro. Un mármol (es hombre inteligente y lo sabe bien) que también será pulverizado por el paso de los años, porque ya somos el olvido que seremos y porque todo (desde los seres humanos hasta el planeta mismo) será una vez olvido y desintegración y nada. Pero qué gran orgullo cívico y qué gran felicidad literaria que, durante veinte años, este narrador haya meditado, pulido y conformado el modo de convertir su dolor en un torrente de palabras, que los demás podemos recorrer sobre la canoa de nuestra admiración, plenos de escalofríos y lágrimas, dejando que nuestras manos se sumerjan en la corriente y sientan su frescor, su liquidez azul, su belleza.

En El olvido que seremos hay mucha grandeza, y no solamente me refiero a la literaria, que he completado con la audición de varias entrevistas realizadas al autor con motivo de este libro: la grandeza de quien no usa la adrenalina, sino los vocablos. Nos queda la palabra, decía un poeta español. Nos quedan siempre las palabras, nos dice también este novelista colombiano. Qué enorme suerte, haber descubierto esta obra, que ya se ha convertido para mí en inolvidable.

“Cuando uno lleva por dentro una tristeza sin límites, morirse ya no es grave”, anota con languidez vigorosa en la página 178. Me pongo en pie ante la persona que ha convertido esa tristeza sin límites en un monumento literario.

1 comentario:

Juan Carlos dijo...

Esta novela fue objeto de tertulia en el grupo de lectura al que asisto. Es magnífica por todo: tema y manera de presentarlo. También he visto la película que sobre ella no hace mucho que se realizó y que dirigió Fernando Trueba con un Javier Cámara en el papel del padre vilmente asesinado. Me encantó la peli y si no la has visto, te la recomiendo, pues creo que se acomoda con bastante fidelidad a la novela de Faciolince.
Literatura buena de verdad, sí señor. Se nota en tu reseña que te ha llegado muy hondo el relato. Y es normal que así haya sido pues el tema es fuerte y las palabras y frases que utiliza para presentarlo y expresarlo son de una extrema belleza.
Un fuerte abrazo, Rubén.