martes, 21 de noviembre de 2023

El desorden del que te quejas

 


Una madre, desesperada por la agorafobia de su hija adolescente, abomina de las canciones “llenas de simplezas con rima” de Tony Gas; Diego el Punteras escucha con fastidio un “infumable” pareado que ultrajó sus orejas durante la juventud y que pertenecía al tema Desordéname, de Tony Gas; Ángela recuerda con repelús “esa canción insoportable del rockero trasnochado -¿Tony Gas?- que sonaba en casa de su madre a todas las horas”; el fallecido Eugenio rememora con envidia impotente las piruetas acrobáticas de su “admirado Tony Gas”; Eva, taladrada por el silencio de sus vecinos, querría escucharles al menos “tararear una canción, aunque fuera una de ese rockero ridículo que tanto les gusta a los viejos”; una mujer reúne fuerzas para llamar por teléfono a su hija, y se auxilia con un vinilo de Tony Gas, que la “retrotrae a su infancia”; el mastodóntico señor Anetham tiene sobre su mesa unos “cedés de Tony Gas”; Paula, la amante de Ana, “comenzó a canturrear una canción del Pleistoceno” (que, por supuesto, compuso e interpretaba Tony Gas); dos hermanas que acaban de convertirse en huérfanas escuchan en el hospital a un vecino de pasillo que está interesado en “comprar entradas para un concierto de Tony Gas”; un jubilado apático o amargado se pasa el día “viendo series, comiendo pistachos, dando cabezadas, rellenando boletos de la quiniela o escuchando a Tony Gas”; y un padre primerizo (no deseo agotar todas las historias del volumen) se preocupa por si a su bebé comienzan a gustarle “las cancioncitas del Tony ese” que le pone su suegra.

Después de todo ese despliegue de sonidos aislados, que impregnan para bien o para mal las vidas infinitesimales de los habitantes de este libro, Chelo Sierra concede al propio Tony Gas el protagonismo del último relato, para que observemos en él los perfiles del hastío, su devastación externa e íntima, la pobre trastienda resentida y hueca del ídolo. Por eso, yo diría que no solamente tenemos en las manos un gran libro de cuentos, sino también una exquisita partitura, un pentagrama en el que cada personaje se transforma en fusa, en corchea, en blanca; y lo hace con tonalidades de humor, de crueldad, de tristeza y de melancolía, para sugerir en la mente de los lectores una música tenue pero firme. Todo un acierto compositivo. Uno más, en la larga lista de los que atesora la espléndida escritora madrileña.

Léanla sin tardanza.

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