sábado, 25 de noviembre de 2023

Adam Haberberg

 


Adam Haberberg fue un niño como muchos otros. Un niño que salía triste en las fotografías de grupo del colegio, que creció en una familia media, que disfrutó de amistades, que soñó con un futuro espléndido. Ahora, a sus 47 años, todo parece haber comenzado a pudrirse a su alrededor: su esposa Irène ya no lo ama (es posible que incluso tenga un amante), su ilusión de convertirse en un escritor de éxito hace tiempo que se fue por el desagüe (publica novelas de aeropuerto, con seudónimo), la relación con sus hijos es fría (la amargura cotidiana y sus cambios de humor lo apartan de ellos) y, para colmo de males, el oftalmólogo le acaba de comunicar que tiene graves problemas en los ojos y podría perder el uso de uno (al menos uno) de ellos. Así que cuando comienza la novela no nos resulta extraño que Adam haya decidido sentarse en un banco del Jardin des Plantes, silencioso y triste, para observar a los avestruces mientras piensa en su vida, malbaratada y declinante.

Observemos ahora cómo se acerca un segundo personaje hasta nosotros: se trata de Marie-Thérèse Lyoc, una antigua compañera de clase que goza de un buen sueldo vendiendo productos de merchandising y que, milagrosamente (Adam ha perdido mucho pelo y tiene una ostensible barriga), lo reconoce. Apenas unos minutos después, ella lo invita a cenar en su casa: le parece una oportunidad para ponerse al día contándose cómo les ha ido. Adam, feble pero cortés, acepta.

El juego narrativo que nos propone la parisina Yasmina Reza en esta novela (que traduce Gonzalo Garcés para Anagrama) no se desliza entonces hacia lo erótico, como parecería previsible, sino hacia otros horizontes más densos y más agrios: la revisión de dos existencias que no han alcanzado sus objetivos. Marie-Thérèse se ha maquillado el fracaso con ortopedias auxiliares (los electrodomésticos, la risa, una vieja carta); pero Adam no dispone de asidero alguno al que aferrarse y siente pánico (“Estoy cansado de desmoronarme. Tengo miedo”). Sabe muy bien que no ha conseguido el éxito, en ninguna de sus vertientes (ni con los libros, ni en el amor, ni en la paternidad); y ahora se siente al borde del acantilado, con ganas de llorar, incomprendido, solo. Su salud pende de un hilo, su matrimonio pende de otro. Ojalá encontrara el modo de escribir una buena historia, que le sirviera para demostrar (y demostrarse) que sí tiene talento.

Quien sí lo tiene, y a raudales, es Yasmina Reza. Este volumen es una nueva demostración, que les invito a leer a la mayor brevedad.

1 comentario:

Juan Carlos dijo...

No he leído nada de Yasmina Reza, aunque guardo un recuerdo indeleble de la representación de "Arte". La vi representada por Carlos Hipólito, José María Pou y Flotats. La recuerdo como si la hubiera visto hoy mismo, tal fue la impresión que me causó, y eso que han pasado ya algo más de veinte años. También he visto en cine y en teatro "Un dios salvaje": magnífica, estupenda
Esta novela que traes no la conocía pero me la apunto pues tu reseña me la hace muy atractiva.
Un abrazo