miércoles, 11 de mayo de 2022

Estampaciones

 


Me gustan (siempre me han gustado) los libros de cuentos que me proponen un grupo de historias, temas y emociones diferentes, porque eso me permite valorar la versatilidad de quien compone la obra, su destreza para adaptarse a mundos y registros heterogéneos. Así que el volumen Estampados, que firma la madrileña Alena Collar y que publica el sello Editores Policarbonados, tenía que llamarme, casi seguro, la atención. Lo ha hecho. Me he encontrado en sus páginas con una autora que se permite jugar inteligentemente con sintagmas coloquiales (“les entró la soñarrera”, “a veces se le va la olla”, “nos dan las uvas”, “en cuantito lo hizo se murió”) y que da cabida generosa al humor, que impregna no pocos relatos y los hace muy agradables para los lectores: el hombre que descubre su destino tras encontrar en una casa abandonada unos paraguas rojos, el ángel que baja a la Tierra para elaborar un censo, el jardinero que vuelve del más allá para pedir que alguien riegue un rosal, la mujer mayor que considera reales las imágenes que salen de su televisor, el extraterrestre que se queda sin batería en su ovni, etc.

Pero, a la vez y de forma compatible, Alena Collar nos deja ante los ojos algunas historias profundamente tristes (el anciano arrumbado por su hija en un centro de la tercera edad) e incluso melancólicas (el hombre que se queda en un silencio profundo mientras contempla una vieja fotografía, donde se lo ve de niño junto a su madre).

¿Me permiten que subraye y les recomiende dos historias especiales de este libro? Si es así, apúntense los títulos “Como las flores” y “Mañana no irá al concierto”. Creo que me agradecerán la sugerencia.

lunes, 9 de mayo de 2022

La piel intrusa

 


No es, desde luego, una lectura fácil ni complaciente (tampoco “tradicional”) la que nos sugiere la argentina Yanina Rosenberg en las páginas de La piel intrusa, que edita en España el sello Páginas de Espuma. Cuando decida introducirse en sus catorce historias, el lector deberá estar prevenido y no llamarse a engaño, porque se va a encontrar con atmósferas, personajes y reacciones que lo llevarán fuera de su normalidad y lo herirán con sus uñas de extrañeza. Hay que respirar hondo y mantener los sentidos bien concentrados, bien afilados, para ser capaz de no perderse los detalles. Hay que aceptar las reglas de Rosenberg sin discusión. Y cuando se cumplen esos requisitos nos encontraremos con madres que guardan en frascos de cristal los restos de sus intervenciones quirúrgicas (“El monstruo”), con chicas que salen de un examen y protagonizan una situación tensa y sofocante en el interior de un bar (“El estimulante sabor de la libertad”), con mujeres que creen descubrir a su hija en cada una de las muchachas que encuentra tras las diversas puertas de su edificio (“Evelina”), con madres separadas que parecen haber tomado una decisión drástica frente a la impertinencia dolorosa e inaguantable de su hija (“Mariposas en la pared”), con metamorfosis botánicas que participan de lo lírico y de lo tenebroso (“Septiembre en la piel”) o con maridos que parecen haberse congelado en un mutismo insensible de estatua o cadáver (“La humedad de la culpa”).

El lector siente cómo sus ojos, de continuo, se abren asombrados; y cómo casi en todos los relatos la saliva pugna por atascar la garganta. Es así. No hay otra forma de adentrarse en estos relatos más que la aceptación incondicional de las pautas salvajes, anómalas y rompedoras que Yanina Rosenberg estipula. Háganlo. Es un libro muy distinto a todos los que posiblemente conocen.

sábado, 7 de mayo de 2022

La huella

 


Lo normal es que un elefante se enamore de una elefanta, y que formen así una familia para tener elefantitos. Pero al protagonista de esta historia, que escribió Marisa López Soria e ilustró Eva Poyato, le ocurrió algo totalmente diferente y sin duda mucho más singular: se encandiló con un pez dorado. Se lo encontró mientras burbujeaba con su trompa en el agua de un río y, de inmediato, se dio cuenta de que había surgido entre ellos el amor. A partir de entonces, brotaron dos tipos de emociones: de un lado, las positivas (las que experimentan el pez y el elefante, que juegan y están juntos todo el tiempo posible); del otro, las negativas (las que manifiestan sentir los otros paquidermos, que no ven con buenos ojos la anómala relación de su compañero, que les parece antinatural).

Por desgracia, se acerca con rapidez una crecida del río, que pondrá en peligro a toda la comunidad de los elefantes. Así que se impone la necesidad de abandonar la zona a toda velocidad: el elefante enamorado tiene que despedirse de su amado pez. ¿Será para siempre? ¿Será algo momentáneo?

Dueña de una gracia innegable (y sobradamente demostrada en sus numerosos libros publicados), Marisa López Soria entrega para los lectores más jóvenes de la casa una historia tierna, arrebatadora y dulce, que Eva Poyato embellece aún más con sus dibujos prodigiosos. Dos creadoras llenas de talento, al servicio de nuestros hijos pequeños. Benditas sean.

viernes, 6 de mayo de 2022

Mujeres que leían

 


Cuando se puso a escribir esta obra, quizá Rosa Huertas no era consciente de todo lo que estaba a punto de consignar en sus páginas (la forma inicua en que las mujeres han estado silenciadas en el mundo de la cultura durante siglos; los cortinajes que se han colocado alrededor de las creadoras para mantener su obra en la oscuridad; el humillante paternalismo desdeñoso que sobre ellas se ha desplegado con triste eficacia). Pero la grandeza de esta obra, que se titula Mujeres que leían y que fue publicada por el sello Tres Hermanas en 2019, reside en que, detallando anécdotas de su núcleo familiar, nos ha dejado el imborrable dibujo de unas mujeres que “ni siquiera supieron que podían soñar” (p.23) y que “se rebelaron ante el destino” (p.112), reclamando sin aspavientos una justicia y una igualdad que ahora Rosa les reconoce con su hermoso homenaje sentimental y literario.

Habría que ser muy obtuso para negar la cruel manipulación, la cruel campaña de silencio, la cruel postergación implacable que sobre las mujeres se ha ejercido desde tiempo inmemorial: se les hizo creer que eran inferiores, fueron ocultados de forma deliberada sus logros y méritos, se les negaron derechos básicos sin que mediase ningún tipo de explicación, se ocultaron sus nombres (a veces, incluso se les arrebató un porcentaje no pequeño de su grandeza convirtiéndolas en las “esposas de”, incluida Madame Curie) y se ridiculizaron sus intentos por cantar, esculpir, pintar o escribir, como si fueran seres de segunda categoría. Todo eso nos lo resume Rosa Huertas hablándonos de su madre (que no pudo cantar en el colegio, con seis años, Noche de paz, porque sus padres no podían permitirse la compra de un traje de pastorcilla, y que no pudo resarcirse de esa tristeza hasta ochenta años después), de su tía abuela Robertina (que leía de forma voraz unos libros que, años después, fueron quemados por ser “peligrosos”), de otras mujeres de su familia (que escribieron partituras que solamente aparecieron años más tarde, cuando ellas ya no existían) y de ella misma (que se sumó al mundo de las lectoras empedernidas gracias a los libros de Elena Fortún y que siempre soñó con publicar sus propios libros: ella sí ha cumplido su sueño).

Heredera de un valiente grupo de mujeres inteligentes, Rosa Huertas escribe en la página 133 de este libro un párrafo que no me resisto a copiar entero: “Ellas, las que nos precedieron, dejaron su impronta en la casa. Sentí que su presencia flotaba en el aire, como si aún se pasearan, leyendo; como si Robertina siguiera sentada en el banco del porche con El Quijote entre las manos. La lectura nos hace crecer, nos levanta del suelo. Nadie sabe adónde va, pero sí podemos saber de dónde viene. Yo sé que vengo de ellas, las mujeres que leían. La lectura me une a todas, las desconocidas, y nos abrazamos en silencio desde el tiempo”.

Yo, el sobrino de la bibliotecaria Esperanza Castillo, también vengo de mujeres que leían. Y me pongo en pie para tributarles un aplauso, en el cual incluyo a la gran Rosa Huertas, autora de este libro maravilloso.

martes, 3 de mayo de 2022

El juego del culpable

 


En el diccionario de la Real Academia la voz “diabla” está admitida como forma coloquial y femenina de “diablo”, así que no habrá problema en afirmar que la madrileña Beatriz Olivenza es, con todos los merecimientos y todos los honores, una auténtica diabla. Hace con sus historias lo que le da la gana: crea personajes de sólida potencia, los introduce en tramas magníficas y los va conduciendo hasta que el final (siempre espectacular) nos deja a los lectores con la boca abierta y la piel estremecida. Pues bien, la diabla Beatriz Olivenza lo ha vuelto a hacer en las páginas de El juego del culpable, una novela corta con la que obtuvo el XV Premio “Encina de Plata” y que ahora edita el sello Premium.

El arranque, desde luego, no puede ser más espectacular (aunque no resume, ni mucho menos, todas las maravillas que la obra contiene): unas preadolescentes que están bañándose en el mar acaban de darse cuenta de que Gabi, el hermano pequeño de una de ellas, no aparece por ningún lado. Lo han llevado con ellas, más bien a regañadientes, y el pequeñajo apenas ha necesitado un descuido en la vigilancia para convertirse en humo. ¿Dónde está? ¿Se ha escondido para gastar algún tipo de broma a su hermana y amigas? ¿O, más angustiosamente, se habrá ahogado? Con pinceladas magistrales, Beatriz nos va dibujando la inquietud creciente de las chicas, los primeros cigarrillos secretos, las emociones que las rodean desde hace días (familias que no desean verlas juntas, prejuicios sociales y raciales, algunas conversaciones más cuchicheadas que explícitas, silencios significativos, insinuaciones abruptas de promiscuidades e infidelidad, recelos) y, de fondo, las imágenes del tiempo en que suceden los hechos: una Amparo Muñoz que acaba de coronarse como Miss Universo, la sintonía pegadiza del Un, dos, tres, la nieta de Franco que se acaba de casar hace unos meses…

Tejedora implacable y genial, Beatriz Olivenza mueve los hilos con sus dedos de bruja narrativa y nos entrega una reflexión inquietante sobre las culpas que heredamos, sobre los prejuicios que se nos adhieren y sobre el carácter tenebroso que pueden adoptar los juegos mal entendidos.

ME-MO-RA-BLE.

lunes, 2 de mayo de 2022

Harvey

 


Harvey está viviendo unas horas realmente complicadas, mientras espera que se dicte sentencia en el juicio que contra él hay entablado. La causa del mismo no se especifica con nitidez, pero es claramente sexual: parece que ha sido acusado de utilizar su posición (es un importante personaje del mundo del cine americano) para obtener favores horizontales de un buen número de jovencitas. Para agotar la espera se encuentra en la casa que un amigo millonario le ha prestado en Connecticut, donde dispone de sala de proyección, bañera con hidromasaje, un criado a su servicio, bebidas caras y todo tipo de atenciones. Incluso recibe la visita de una de sus hijas, Kristin, acompañada por su nieta Ruby. Cada cierto tiempo, charla por teléfono con sus abogados o con la periodista Joan, a quien le concederá (eso asegura) la primera entrevista tras la absolución.

Porque Harvey, pese a todo, confía en ser exonerado de los cargos. Vive en la gran América, por Dios santo. Roman Polanski se lo montó con una adolescente y se encuentra libre. Por qué no iban a proceder de la misma forma con él. Al fin y al cabo (se dice con perfecto cinismo), sus “víctimas” son mujeres mayores de edad. Sabían perfectamente lo que querían y él se lo facilitó. A cambio, siempre se paga un precio. Es el mercado. Es la esencia de la vida.

La gran sorpresa es que, junto a la casa de su amigo Vogel, hay otra vivienda. Y de ella ve salir al propietario, que no es otro que el célebre escritor Don DeLillo, al que Harvey querría adaptar al cine cuando todo esto pase. Sabiéndolo hombre discreto y monje de su privacidad, Harvey intentará acercamientos discretos al famoso novelista, para hacerle saber que lo ha reconocido… pero que puede confiar en su reserva.

Emma Cline construye aquí una novela breve, afilada y que elude toda tentación panfletaria, donde queda retratado el interior de un energúmeno que se cree, en el fondo, como se creía Harvey Weinstein, una persona normal.

Francamente notable.

domingo, 1 de mayo de 2022

El vaho en los espejos

 


Tenía Dionisia García una edad bastante infrecuente (47 años) cuando decidió entregar a la imprenta su primer poemario, titulado El vaho en los espejos, que le publicó el Patronato de Cultura de la Diputación Provincial. En un mundo de prisas y arrebatos, lo cierto es que se agradece bastante la humildad paciente de quien desea depurar su lenguaje poético hasta llegar a un modo digno de pasar a los lectores; y El vaho en los espejos pertenece sin duda a esa estirpe de libros. Desde el maravilloso poema inicial, que comienza con la palabra “Tiemblo” y que nos habla de la perturbadora contemplación del tiempo que huye y nos erosiona, arrebatándonos los paisajes, las emociones y a las personas (“Habrá lilas”) hasta el soneto que cierra el volumen, donde realiza un hermosísimo homenaje a Antonio Machado, todo en esta obra parece estar equilibrado, medido, bordado con primor meticuloso.

Hablo de cuando se refiere al mar y nos deja en los ojos “su belleza mojada: / cuando tiembla de verdes o cabalga de espuma, / o se asoma mordiendo los bordes de la tierra”. Hablo de cuando nos enumera, con voz entrecortada, todo lo que dejaremos a este lado cuando la muerte, con su fría eficacia, nos capture y neutralice (“No estaremos”). Hablo de cuando se coloca, emocionada, ante la tumba de Miguel Hernández y le tributa dieciséis versos memorables. Hablo de cuando reconstruye la figura de José María Párraga, soñador de palomas y de mujeres que miraban el viento (“El pintor”).

Un poemario lleno de serenidad, lucidez e imágenes hermosas, que consigue que, mientras lees, el silencio se vaya adueñando de ti. Pocos autores lo logran.