viernes, 8 de agosto de 2014

Aurora



No soy filósofo, ni mi preparación en ese terreno del saber es amplia, así que cuando me adentro en la obra de algunos de sus representantes (Cioran, Platón, Schopenhauer) lo hago con espíritu literario. Sin duda, eso limita mucho mi comprensión y mi aprendizaje, pero no mi disfrute. Y, en todo caso, más pobre me sentiría si, refugiándome en mis carencias de base, renunciase a estas fervorosas exploraciones.
En esa línea, recorro lenta y reflexivamente las páginas de Aurora, de Friedrich Nietzsche, que prologa y traduce Enrique López Castellón, y me vuelve a dejar boquiabierto el esfuerzo sobrehumano del pensador alemán para realizar su particular análisis del mundo, del pensamiento, del arte, de la política y de los hombres. Y utilizo el término sobrehumano a conciencia. Me anonada la forma en que enjuicia, disecciona o desdeña, aparentemente despojado de toda vinculación humana: habla del amor o de la amistad como si no tuviera amores o amigos; habla de los vínculos familiares como si careciese de ellos o le importara bien poco lo que pudieran pensar de él al leerlo; habla de los demás como el que observa microbios o pedruscos. Quizá por eso indica en el aforismo 503 que “puede que nuestros árboles no crezcan tan altos a causa de la hiedra y de las vides que se abrazan a ellos”. Qué vigor tremebundo advertir ese detalle... y actuar en consecuencia, alejándose de las ataduras. Es asombroso. Es anómalo y fascinante. Es durísimo. Tengo que continuar visitando sus obras.

Anoto a continuación las frases que he subrayado en el tomo, por parecerme llamativas, intrigantes o dignas de recordación: “Desde que el mundo es mundo, ninguna autoridad ha consentido ser objeto de crítica” (Prólogo). “En todas las épocas, los hombres se han hecho la ilusión de creer que ahora estamos mejor informados que en ninguna otra época” (Aforismo 2). “Casi siempre ha sido la locura la que ha abierto el camino a las nuevas ideas” (Aforismo 14). “¡Cuánta crueldad gratuita y cuánto martirio han causado las religiones que inventaron el pecado y los individuos que se valieron de ellas para disfrutar al máximo del poder!” (Aforismo 53). “Quizá no haya nada que hastíe tanto como un perpetuo vencedor” (Aforismo 71). “A un individuo que persigue la felicidad no hay que darle preceptos acerca del camino que conduce a ella, ya que la felicidad individual se produce según leyes que nadie conoce, y los preceptos externos no pueden hacer más que impedirla o dificultarla” (Aforismo 108). “Nada os pertenece tanto como lo que soñáis” (Aforismo 128). “La política es el campo de acción de cerebros mediocres, y este campo no debería estar abierto a los espíritus más elevados” (Aforismo 179). “Ese principio supremo de toda cultura, según el cual no hay que dar un alimento a nadie que no tenga hambre de él” (Aforismo 195). “Ningún pensador ha tenido aún la valentía de medir la salud de una sociedad y de los individuos que la componen en función del número de parásitos que es capaz de soportar” (Aforismo 202). “Conviene vivir en un ambiente donde resulte vergonzoso hablar de uno mismo y donde no se dé la necesidad de hacerlo” (Aforismo 364). “No olvida nada, pero lo perdona todo. Entonces será odiado doblemente, pues avergonzará doblemente a los demás, primero con su memoria y segundo con su generosidad” (Aforismo 393). “El alma del cristiano que se ha liberado del pecado suele hundirse después a causa de su odio al pecado. Mirad los rostros de los grandes cristianos. Son rostros de gente que odia mucho” (Aforismo 411). “No hay placer superior al de causar placer” (Aforismo 427). “Cuanto más nos elevemos, más pequeños pareceremos a los que no saben volar” (Aforismo 574).

miércoles, 6 de agosto de 2014

Los jardines de la memoria



Agotadas hace tiempo las posibilidades heroicas o militares de la novelística que trata sobre la Segunda Guerra Mundial o la guerra civil española de 1936, sigue abierto el inmenso caudal de las posibilidades humanas de esos conflictos. De ese venero fértil y en apariencia inagotable han brotado en los últimos años auténticas perlas, como Soldados de Salamina (Javier Cercas), Los girasoles ciegos (Alberto Méndez), La ladrona de libros (Markus Zusak), La llave de Sarah (Tatiana de Rosnay) o varias producciones recientes de Almudena Grandes.
En el año 2000 se editó en Francia un pequeño librito de Michel Quint que luego Ignacio Pérez Fernández tradujo para el sello Salamandra con el título de Los jardines de la memoria y que tiene como protagonista a un niño. Ese chaval se muestra en todo momento avergonzado de que su padre, que es maestro de profesión, emplee sus horas libres en amenizar fiestas, gratuitamente, vestido de payaso. Porque, además, sus actuaciones son tan patéticas y tan faltas de gracia que provocan un bochorno insufrible en su hijo. Un día, cuando menos lo puede esperar, un pariente de su padre llamado Gaston le explica que ambos se vieron involucrados en una operación de la Resistencia contra la invasión nazi en Francia y que, tras haber saboteado un transformador, fueron capturados por los alemanes como rehenes (sin saber que eran culpables del atentado). Fue entonces cuando conocieron a Bernhard Wiki, un soldado que tenía como tarea la de custodiarlos y que, en la vida civil, trabajaba como payaso. Sólo entonces entenderá el narrador por qué su padre comenzó, años después, a disfrazarse también de payaso. Y el propio narrador, por sorpresa, también lo hará para asistir a un juicio especialmente importante: el de Maurice Papon, un célebre colaboracionista francés.

Un libro discreto, más pirotécnico que brillante, pero con el que se puede pasar una buena tarde de lectura.

sábado, 2 de agosto de 2014

Mauthausen, después



Insistir en determinados temas, por enojosa o cruel que pueda resultar esa insistencia, es la garantía de que el olvido no se los trague o los desvirtúe. Y los campos de exterminio nazis (uno de los grandes horrores del siglo XX) es uno de esos temas. Se los ha glosado en películas, series de televisión, artículos y reportajes de prensa, novelas, conferencias y series de fotografías. Pero, por un misterioso magnetismo, siempre parece que quede algo por decir al respecto, siempre brotan ángulos inexplorados, revelaciones nuevas, matices truculentos o anonadantes. La catedrática Mercedes Vilanova, ampliamente reconocida y galardonada, es la responsable de una nueva vuelta de tuerca: las entrevistas a españoles, en su mayor parte de ideología comunista o anarquista, que lograron sobrevivir al campo de Mauthausen. Fueron realizadas oralmente entre mayo y noviembre de 2002 y se condensan en este interesante volumen que publica el sello Cátedra.
Gerhard Botz, autor del prólogo, nos lo condensa bien: «De los 7.200 prisioneros españoles en el campo de concentración nazi de Mauthausen, 5.000 murieron en él y sólo unos 2.200 vivieron lo bastante para ser liberados; únicamente una pequeña parte de ellos vivían aún al empezar el siglo XXI, y de estos 28 fueron entrevistados por Mercedes Vilanova» (p.16). En efecto, son los testimonios de esos veintiocho supervivientes los que sirven para trenzar la base de este tomo. A uno de ellos, el albañil José Egea Pujante, se le identifica en la página 156 como natural de «Arjucel, Murcia» (lapsus ortográfico que no borra su auténtica procedencia, fácil de deducir).
Todos ellos, cada uno con sus matices y con sus particulares recuerdos, vienen a insistir en media docena de ideas centrales: que la supervivencia no se conseguía con heroicidades, sino con astucias (y a veces con mezquindades o traiciones); que cuando se pasa hambre, auténtica hambre, horrorosa hambre, los melindres morales pasan a un segundo término; y que la fortaleza mental era clave para sobrevivir un día más, y luego otro día, y otro... Ningún tema queda fuera de este análisis de la profesora Vilanova: la homosexualidad dentro del campo, la presencia de prostitutas, la crueldad de los SS, las traiciones entre compañeros, los robos de comida... Y todo ello contado por veintiocho personas que estuvieron dentro durante meses o años. Aquí no hablan los analistas, ni los demagogos, ni los políticos de uno y otro signo: hablan los prisioneros; las voces cautivas, torturadas, denigradas, pisoteadas y finalmente emergentes.

Como detalles anecdóticos, muchos descubrirán en este volumen qué fue el Kommando César (un grupo organizado por César Orquín, anarquista de gran astucia que aprendió la lengua alemana, supo granjearse el respeto de sus guardianes nazis y se convirtió en un líder dentro de Mauthausen) o el hecho curioso de que el cineasta Luis García Berlanga fue uno más de los voluntarios que se alistaron en la fascista División Azul (p.117). Y si algún lector quiere completar las revelaciones tristes y brutales de este libro con la visión de bastantes fotografías sobre aquel nauseabundo campo de exterminio sólo tiene que acudir a la obra de Benito Bermejo que se menciona en la bibliografía (Francisco Boix, el fotógrafo de Mauthausen), que está disponible en varias de las bibliotecas públicas de la Región de Murcia. Allí podrá poner rostros y color a las indignidades nazis.

jueves, 31 de julio de 2014

Mundos



Leo el libro triste de una mujer triste. Se llamaba Gertrud Käthe Chodziesner, pero adoptó como apellido el nombre de la población donde habían nacido sus antepasados. Era judía y prima de Walter Benjamin: una muchacha silenciosa, tímida, que vivía siempre entre la grisura de los segundos planos. No tuvo nada de suerte en el amor. No tuvo nada de suerte en la literatura (su reconocimiento fue póstumo). No tuvo nada de suerte con la vida, en general: fue asesinada por los nazis. Berta Vias Mahou, traductora y prologuista del volumen, consigna su final en un párrafo apolíneo y espantoso: “Desapareció el 2 de marzo de 1943 en un transporte de judíos a Auschwitz. No se sabe si murió de frío en el camión (los deportados iban en camisa, tal y como los sacaban de las fábricas en las que los tenían trabajando) o si fue gaseada”.
En sus versos (largos, lánguidos, elegantísimos, dulces) nos habla de los amores que no llegaron a fructificar como ella hubiera deseado, porque la distancia o el desdén los erosionaron (“Nostalgia”); de metáforas delicadas que esconden el espíritu de la poeta (“El unicornio”); de mujeres que encuentran en la cocina y sus infinitos pormenores (especias, huevos, frutas, carnes) un espléndido caudal de referencias humanas y culturales, con las que manifestar su amor por el hombre de su vida (“Servir”); e incluso de aquel hijo que pudo haber nacido de su vientre y no lo hizo, porque las presiones familiares la obligaron a abortarlo (“Sin fruto”)... Y aquí y allá, salpicando el texto de joyas, versos que se quedan en la memoria por su difícil y transparente sencillez: de un animal muerto nos dice que “los gusanos roían su mirada rota”; al amante le dice, con los ojos llenos de lágrimas: “Vete, porque te quiero mucho”; o bien le indica que guarde silencio con una fórmula insuperable: “Pongo mi mano para que respire en tus labios”. Y cuando llega el momento de declararle su amor lo hace en el poema “El ángel en el bosque”, cuyo final no me resisto a copiar: “Mírame ahora en la oscuridad, tú, desde hoy mi patria. / Pues tus brazos se erigirán para mí en muros protectores, / y tu corazón será mi aposento y tu ojo mi ventana, / por la que brilla el amanecer. / Y la frente se alza a tu paso. / Tú eres mi casa en cualquier calle del mundo, en cualquier hondonada, en cualquier colina. / Tú, mi lecho, languidecerás conmigo extenuado / bajo el mediodía abrasador, te estremecerás conmigo / cuando azote una tormenta de nieve. / Pasaremos hambre y sed, juntos resistiremos, / juntos un día caeremos al borde del camino, cubierto de polvo, y lloraremos...”.

¿Hacen falta más razones (aparte de esos versos) para leer un libro?

miércoles, 30 de julio de 2014

Libros, buquinistas y bibliotecas




Que Azorín fue un lector voraz de todo tipo de volúmenes era algo que sabíamos de sobra los aficionados a la literatura. Pero el trabajo que ha abordado Francisco Fuster en la editorial Fórcola es, simplemente, impagable: ha rastreado «en los cerca de cinco mil quinientos artículos de prensa que publicó en distintos periódicos de España y Argentina durante sus más de sesenta años de profesión» (p.18) aquellos que el escritor de Monóvar dedicó al mundo de los libros, hasta conformar este volumen, que no duda en definir como «autorretrato de un bibliófilo».
Azorín reivindica en estas páginas dispersas el placer de la lectura («Por gusto han de ser leídas las obras literarias», p.28); señala que el capricho de los eruditos de poner infinitas notas a pie de página con miles de fruslerías filológicas se le antoja «deleznable, frívolo y pedantesco» (p.30); opina sobre las peculiaridades de la cultura española, en comparación con la del resto del continente europeo («Las naciones son grandes —como los individuos— por el espíritu. Grecia, Francia, Italia, Alemania han influido en el mundo por la inteligencia. Cuando toda Europa se renovaba, ¿qué hacía España?», p.32); deplora la falta de instinto comercial y de sano afán propagandístico de la mayor parte de los editores españoles de su tiempo, reacios a las técnicas que permitan difundir y vender mejor los libros; opina sobre la condición enriquecedora de las obras que leemos («Las lecturas que se hacen para saber no son, en realidad, lecturas. Las buenas, las fecundas, las placenteras son las que se hacen sin pensar que vamos a instruirnos», p.85); se sumerge en largas consideraciones sobre la importancia que tienen las lecturas durante la infancia y la adolescencia, indicando que jamás debe vedarse a los niños ninguna obra, que los libros especialmente compuestos para ellos se le antojan una tontería y que la principal virtud que han de atesorar esos primeros volúmenes es abrir para los chavales la puerta de la fantasía («La imaginación es la prenda más exquisita con que cuentan los humanos», p.214) ; y hasta se permite la inclusión en estas páginas de algunas pinceladas teñidas por la misantropía («Las visitas roen nuestro tiempo; por poco que se lleven, siempre se llevan cuatro o seis páginas posibles», p.88).
La obra, como no podía ser de otro modo siendo Azorín su autor, está compuesta en un estilo ágil, de frases cortas y directas, donde el maestro de la generación del 98 no deja de enseñarnos palabras olvidadas o marginales, que él refresca para nosotros. Por ejemplo, ¿han pensado alguna vez cómo se llama esa telita que separa los granos en el interior de una granada? ¿Y saben cuál es el nombre exacto de la telita que separa el huevo de su cáscara (visible cuando el huevo está cocido y le retiramos el envoltorio)? Pues ambos vocablos los tienen en la página 177, tan sonoros como marginales.

Azorín puede encandilar o irritar (algunos críticos opinan que es uno de los estilistas mayores de la prosa castellana del siglo XX; y otros, como Paco Umbral, abominan de él), pero jamás deja indiferente. Súmenle a esa condición única las magníficas fotografías en blanco y negro que completan el volumen y convendrán conmigo en que el delicioso sello Fórcola nos acaba de regalar una obra hermosa y admirable.

lunes, 28 de julio de 2014

Cuentos orientales



Marguerite Yourcenar. No es necesario añadir más sustantivos ni más adjetivos. Una gran dama de la literatura francesa. Una portentosa narradora. Me leo hoy de ella (traducidos por Emma Calatayud) sus Cuentos orientales, un volumen que se inicia con la historia del viejo pintor Wang Fô (a quien el emperador se ha empeñado en cegar y cortar las manos) y que se cierra con la historia de otro pintor, el melancólico y triste Cornelius Berg (que se encuentra decepcionado con la vida y los seres humanos, y se ha entregado a la molicie y el alcohol).
En medio, hay una colección de relatos realmente buenos, de los que cuatro me han impresionado de una forma especial: “La leche de la muerte” (una mujer que es emparedada y solicita que sus pechos queden sin tapar por los ladrillos, para seguir amamantando durante unos días a su bebé, generándose un milagro de incalculable belleza), “El último amor del príncipe Genghi” (un seductor otoñal que, acercándose a los inevitables días de la vejez, se retira a vivir como un anacoreta, mientras es atendido solícitamente por una mujer que lo amó sin esperanza durante sus años más desdeñosos), “Nuestra Señora de las Golondrinas” (de cómo un monje intransigente y circunspecto, que se llama Therapion, en su celo por destruir a las impías Ninfas, tapia su gruta construyendo delante una iglesia. Pero no cuenta con la Virgen María, quien, movida por la compasión, las convierte en golondrinas y deja que la iglesia se llene con sus nidos) y “La viuda Afrodisia” (mujer de un pope que fue asesinado por el proscrito Kostis, al final terminamos descubriendo que ella era en realidad la amante del bandolero, cuya cabeza no duda en robar cuando lo apresan y decapitan).

Para quienes ya conozcan las obras “mayores” de Marguerite Yourcenar (las Memorias de Adriano, Opus Nigrum, etc), aquí se presenta una excelente ocasión de conocer algunas páginas menos populares suyas, aunque no menos brillantes y exquisitas. Realmente hermoso.

sábado, 19 de julio de 2014

La fuerza de los fuertes



La editorial Traspiés, continuando con su excelente colección de libros ilustrados, nos propone ahora un texto del veterano Jack London al que pone formas y colores la joven madrileña Mar del Valle: La fuerza de los fuertes, que traduce Rafael R. Vargas Figueroa y que comienza con un prólogo muy ameno donde se nos explica que el singular escritor de San Francisco fue durante su juventud vendedor de periódicos, hielo y chatarra, contrabandista de ostras, policía marítimo, cazador de focas en la costa japonesa, carbonero, vagabundo (estuvo un mes en la cárcel a causa de tal condición), orador callejero, buscador de oro, corresponsal de guerra... y muy poco después, gracias a la atinada difusión de sus libros, el escritor mejor pagado de su país. Pero el éxito literario, que le llegó a partir de 1903, no impidió que la mala fortuna en otros ámbitos siguiera golpeándole: alcoholismo, incendio de su casa, negocios que nos prosperaban, uremia...
Pero es que luego la historia que tenemos en este tomo es igualmente atractiva: el viejo cavernícola Barba-Larga explica a sus tres nietos, mientras devoran un oso, que en el pasado los miembros de su tribu (los comepeces) actuaban en solitario, sin formar grupo, y eso facilitaba que los enemigos (los comecarne) consiguieran la victoria cada vez que se enfrentaban. Tal situación les obligó a transformar su forma de organizarse y dieron en instaurar algunas importantes reformas: Fuy-Fuy se convirtió en jefe de la tribu, Gran-Manteca se transformó en el líder religioso y Tres-Piernas en el principal propietario de las zonas de cultivo... Pero esta vertebración social trajo consecuencias inmediatas y no demasiado halagüeñas: el hijo de Fuy-Fuy (Diente-de-Perro) consiguió que el cargo de jefe fuera hereditario; Gran-Manteca decretó que las órdenes de Dios llegarían al pueblo directamente a través suyo, sin discusión posible; y Tres-Piernas fue cercando con piedras sus propiedades, para que nadie hollase sus plantaciones. Como se puede observar, la trama de la tribu se va complicando hasta el punto de que «estaba bastante claro entonces que el numeroso grupo de los que no trabajaban se lo comían todo» (p.42). A partir de ese instante, los poderes políticos, económicos y religiosos se van haciendo con el control, sin arredrarse ante ninguna represalia o ningún crimen para mantener su estatus.
La conclusión que nos permite extraer Jack London es tan contundente como nítida: todos los vicios, abusos, extorsiones y monstruosidades de nuestra sociedad (desigualdad social, egoísmo salvaje, plusvalía, monopolios, mentiras institucionales, infravaloración de la mujer, etc) procede de orígenes remotos, que él cifra en una especie de pasado simbólico, cuyas alegorías nos alcanzan.
London, que fue un hombre que trabajó durante mucho tiempo en las capas más bajas de la sociedad y que conocía perfectamente las sevicias que la pobreza inflige a los seres humanos, consignó en La fuerza de los fuertes un mensaje libertario de gran intensidad moral y de notable vigor narrativo: si los avasallados fueran capaces de unirse de una manera eficaz, a los que detentan el poder no les quedaría sino echarse a temblar, porque su imperio de siglos habría llegado a su fin.

Un asombroso libro que, bajo su apariencia ingenua y sus personajes trogloditas, esconde auténtica pólvora narrativa. Muchos harían bien en leérselo, ahora que tantos se habla de indignación y de cambio en el mundo.