La editorial Traspiés, continuando con su excelente
colección de libros ilustrados, nos propone ahora un texto del veterano Jack
London al que pone formas y colores la joven madrileña Mar del Valle: La fuerza de los fuertes, que traduce
Rafael R. Vargas Figueroa y que comienza con un prólogo muy ameno donde se nos
explica que el singular escritor de San Francisco fue durante su juventud
vendedor de periódicos, hielo y chatarra, contrabandista de ostras, policía
marítimo, cazador de focas en la costa japonesa, carbonero, vagabundo (estuvo
un mes en la cárcel a causa de tal condición), orador callejero, buscador de
oro, corresponsal de guerra... y muy poco después, gracias a la atinada
difusión de sus libros, el escritor mejor pagado de su país. Pero el éxito literario,
que le llegó a partir de 1903, no impidió que la mala fortuna en otros ámbitos
siguiera golpeándole: alcoholismo, incendio de su casa, negocios que nos
prosperaban, uremia...
Pero es que luego la historia que tenemos en este
tomo es igualmente atractiva: el viejo cavernícola Barba-Larga explica a sus
tres nietos, mientras devoran un oso, que en el pasado los miembros de su tribu
(los comepeces) actuaban en solitario, sin formar grupo, y eso facilitaba que
los enemigos (los comecarne) consiguieran la victoria cada vez que se
enfrentaban. Tal situación les obligó a transformar su forma de organizarse y
dieron en instaurar algunas importantes reformas: Fuy-Fuy se convirtió en jefe
de la tribu, Gran-Manteca se transformó en el líder religioso y Tres-Piernas en
el principal propietario de las zonas de cultivo... Pero esta vertebración
social trajo consecuencias inmediatas y no demasiado halagüeñas: el hijo de
Fuy-Fuy (Diente-de-Perro) consiguió que el cargo de jefe fuera hereditario;
Gran-Manteca decretó que las órdenes de Dios llegarían al pueblo directamente a
través suyo, sin discusión posible; y Tres-Piernas fue cercando con piedras sus
propiedades, para que nadie hollase sus plantaciones. Como se puede observar,
la trama de la tribu se va complicando hasta el punto de que «estaba bastante
claro entonces que el numeroso grupo de los que no trabajaban se lo comían
todo» (p.42). A partir de ese instante, los poderes políticos, económicos y
religiosos se van haciendo con el control, sin arredrarse ante ninguna
represalia o ningún crimen para mantener su estatus.
La conclusión que nos permite extraer Jack London
es tan contundente como nítida: todos los vicios, abusos, extorsiones y monstruosidades
de nuestra sociedad (desigualdad social, egoísmo salvaje, plusvalía,
monopolios, mentiras institucionales, infravaloración de la mujer, etc) procede
de orígenes remotos, que él cifra en una especie de pasado simbólico, cuyas
alegorías nos alcanzan.
London, que fue un hombre que trabajó durante mucho
tiempo en las capas más bajas de la sociedad y que conocía perfectamente las
sevicias que la pobreza inflige a los seres humanos, consignó en La fuerza de los fuertes un mensaje
libertario de gran intensidad moral y de notable vigor narrativo: si los
avasallados fueran capaces de unirse de una manera eficaz, a los que detentan
el poder no les quedaría sino echarse a temblar, porque su imperio de siglos
habría llegado a su fin.
Un asombroso libro que, bajo su apariencia ingenua
y sus personajes trogloditas, esconde auténtica pólvora narrativa. Muchos
harían bien en leérselo, ahora que tantos se habla de indignación y de cambio en el mundo.
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