lunes, 15 de diciembre de 2008

Cómo hablar de los libros que no se han leído



Terrible paradoja... He de hablar hoy de un libro que ha escrito el ensayista francés Pierre Bayard, que ha traducido Albert Galvany, que ha publicado el exquisito sello Anagrama y que se titula —pásmese el lector— Cómo hablar de los libros que no se han leído. ¿De qué manera puedo escribir y qué cosas puedo comentar para que se crea que, efectivamente, yo sí me he leído ese volumen? Porque, de forma notoria, la editorial catalana ha jugado a epatar: la obra original se titula, en francés, Comment parler des livres que l’on n’a pas lus? Y ese signo de interrogación, al ser eliminado en la versión española, convierte un rótulo perplejo y dubitativo en otra cosa bien distinta: el encabezamiento de un manual cínico o capcioso.
Pero, obviamente, no es ésa la intención de Pierre Bayard. Lo que él pretende explicarnos, bajo la especie de la desfachatez, es que todos somos, en realidad, no-lectores. Primero, porque leer veinte, cincuenta o cien libros al año, en un mundo que produce durante ese tiempo varios millones de títulos, no nos autoriza a definirnos como ‘lectores’. Y segundo porque, lo reconozcamos o no, olvidamos el 90% de cada libro nada más acabarlo. De ahí que la pretensión soberbia de ‘haber leído’ tal o cual obra no sea más que la gesticulación infantiloide de un engreído o un pedante, que no resistiría una encuesta sobre cien detalles de la obra una semana después de haberla cerrado. Somos —lo dice Bayard— lectores metonímicos: sólo leemos una parte de cada obra: la que incorporamos a nuestra memoria (e incluso esa porción de datos está sujeta a constantes modificaciones).
En ese orden de razonamientos hay que entender sus aparentes boutades, como la que desliza en la página 13 («Para hablar con rigor de un libro, es deseable no haberlo leído del todo, e incluso no haberlo abierto nunca»), en la página 26 («Quien mete las narices en los libros se ha echado a perder para la cultura, e incluso para la lectura») o en otros lugares de la obra.
Hablar sobre libros no leídos deja de ser, según el intrépido análisis de Pierre Bayard, un rasgo de incultura. Por el contrario, el ensayista francés valora esa habilidad como un rasgo elogiable, digno adorno de personas flexibles y sinceras. No en vano se invoca en la primera página del tomo una chilindrina del genial dandy Oscar Wilde («Jamás leo los libros que debo criticar, para no sufrir su influencia»). ¿Qué nos propone realmente Pierre Bayard en este ensayo? ¿Un exabrupto cínico? ¿Una entronización de la desidia o el analfabetismo? En modo alguno. Sus argumentos son tan sólidos como nuevos, y merecen ser considerados como la avanzadilla de una sorprendente revolución cultural. Júzguela por sí mismo quien lo dude.

La frontera infinita



Deben de ser muy pocos los interesados en la literatura española del siglo XX que desconozcan el nombre y la obra del gallego Celso Emilio Ferreiro. Pero como lo más popular de él fueron sus versos es probable que el grueso de esos lectores desconozcan que escribió dos libros de narrativa: “A fronteira infinda” y “A taberna do galo”. La editorial Faktoria K publicó el año pasado una traducción de esos relatos (hecha por el propio autor), que ha ilustrado Marc Taeger y que contiene once historias sumamente interesantes, donde Celso Emilio Ferreiro plasmó sus emociones del mundo del exilio. “El alcalde” nos traslada un cuento de hálito periodístico, expresionista y sinóptico, donde nos habla de un mandatario iracundo y rencoroso, que venga la muerte de su hijo fusilando a siete inocentes en Teimud; “Extraño intermedio” es la escalofriante historia de Cayetano Pérez Padrón, que es detenido y torturado salvajemente por un error, y que pondrá fin a esta ignominia tomándose un tubo de somníferos y encontrando el alivio consolador de la muerte; “El gallego Esteban” ofrece un mundo sin ley, donde la autoridad es ejercida por los que hacen del coraje un método de supervivencia; “El tímido” es la triste historia de Pablo (“Treinta años, hijo único, soltero, onanista y tímido sexual”, página 77), que inventa a Raquel y que sucumbe bajo las ruedas de un tren cuando corre hacia ella, delirante y esperanzado; “La raíz en el aire” tiene como protagonista a Silveira, quien después de una infancia difícil en Galicia se encuentra ahora trabajando para la Shell Petroleum Corporation de Maracaibo; “El filántropo” está narrado desde la perspectiva de un niño, que destroza el retrato de un tío-abuelo suyo llamado Olegario cuando la familia se entera de que éste, millonario indiano, ha donado todo su dinero y sus propiedades a instituciones benéficas; “Mi pana bulda” es el relato de un engaño y una quimera sexual, que une a un soldado honesto y lúbrico con una mujer enamorada de otro hombre... Y así hasta completar las once narraciones magníficas que forman el tomo. Celso Emilio Ferreiro, procurador de los tribunales, agente de seguros, poeta, gallego, hombre sensible y dotado de un fino sentido del humor, observador agudo de su entorno, elegante estilista, construyó en “La frontera infinita” un vademécum de desgarros y exilios que ningún buen lector debería perderse. Es una forma magnífica de que los lectores más jóvenes conozcan a uno de los escritores más completos de la literatura española del siglo XX.

Hola, mi amor, yo soy el Lobo



Que Luis Alberto de Cuenca es un poeta de reconocido prestigio nacional e internacional es cosa sabida. Que fue director de la Biblioteca Nacional y Secretario de Estado de Cultura, también. Que ha sido galardonado con el Premio de la Crítica y con el Premio Nacional de Traducción, también. No obstante, es menos famosa su faceta como letrista de la Orquesta Mondragón, que lo llevó a escribir canciones como “Caperucita feroz” o “Garras humanas”, para que las popularizase el inefable Javier Gurruchaga.
Ahora, la siempre sorprendente editorial Rey Lear nos ofrece una selección de poemas de este mago de las palabras, consensuada por Jesús Egido y Miguel Ángel Martín e ilustrada simpáticamente por este último. Y en ella descubrimos de la mano de Luis Alberto de Cuenca cómo los reyes antiguos se enamoraban de una forma fatal de sus hijas más adorables (“Amour fou”); cómo el desengaño puede mezclarse con el humor y convertirse en dos endecasílabos irónicos (“¡Qué mal mientes, amor! Si no te gusto / dímelo. Pensaré en un buen suicidio”); cómo las mujeres con problemas conyugales pueden ser aconsejadas con sarcasmo y con gracia (“La malcasada”); cómo el desayuno puede ser la comida más sensual y más placentera del día; cómo las hijas de los reyes y los monstruos pueden protagonizar historias menos truculentas que las comúnmente pregonadas por los libros más atroces de nuestra infancia (“La princesa y el dragón”); o cómo las fábulas pueden ser leídas de un modo distinto, según los ojos de la persona que se acerque a ellas (“La sirenita”).
En estos poemas breves, heterogéneos, calientes, activos, amargos, dulces, irónicos y vivaces, el dandy Luis Alberto de Cuenca introduce alusiones a Jaime Gil de Biedma, Juan Manuel de Prada, Pessoa, Borges o Coleridge; pero no se arredra a la hora de mezclarlos con Indiana Jones, el rock and roll, Lon Chaney, su Ford Fiesta rojo, el Joker, Mae West, Flash Gordon o las burbujas del champán, en una mixtura deliberadamente pop que tiene mucho de juego libérrimo y algo de las enumeraciones caóticas de Leo Spitzer.
De tal manera que la poesía, por fin, se convierte en una ceremonia donde las palabras juegan a lanzarse por toboganes (como quería el gran Julio Cortázar) y se dan la mano para bailar al corro, mientras los lectores disfrutan con sus luces, sus colores, sus gritos de felicidad, sus espontáneos giros y vaivenes. Si sólo nos ha sido dada una vida, la poesía sí que puede ser (lamento contradecir al espléndido Gabriel Celaya) sin pecado un adorno. Antologías tan hermosas como ésta que nos propone la editorial Rey Lear sirven para reconciliarse con el gozo de leer.

domingo, 28 de septiembre de 2008

La soledad del ángel de la guarda



Se ha hablado en muchas ocasiones de la soledad del corredor de fondo, y de la soledad de los héroes; pero hay una soledad más ardua y más cenagosa, porque se tiñe casi siempre de anonimato y hasta puede verse salpicada por el desprecio ajeno: la soledad del guardaespaldas. Así lo entiende al menos Raúl Guerra Garrido, y lo plasma en una novela que lleva por título La soledad del ángel de la guarda y que ha editado el sello Alianza.
No se habla en ella, jamás, del País Vasco, pero tampoco hubiera sido preciso, dado el desarrollo y la textura de los acontecimientos que se nos cuentan. La persona que debe ser protegida es un catedrático jubilado de universidad, cuyo pensamiento y actitudes molestan grandemente a los Malos (así los califica el narrador de los hechos, que no es otro que el propio guardaespaldas). Este Viejo Profesor es nominado como don Olegario Álvarez del Río en las primeras páginas de la obra, pero pronto se transforma en don Obdulio Fernández del Campo, y luego en don Octavio Núñez del Teso, y posteriormente en don Orencio, don Olgonio, don Olivio, don Olierto, don Onofre, don Ovidio, don Orlando y don Olmio. ¿Qué importa (parece decirnos Guerra Garrido) el nombre? Importa su condición de triste diana ambulante, para quien todos procuran elaborar una ignominia: compañeros de la Facultad que lo insultan, para que nadie los crea situados en su mismo bando (p.181); manifestantes que lo motejan de fascista, por hablar de la libertad (p.140); amigos que lo saludan en recintos cerrados, pero que se niegan a hacerlo en la calle (p.200); etc.
Pero es que para el guardaespaldas tampoco son fáciles las cosas: tiene que sufrir el calvario de vivir solo (para no implicar a su novia Yoli en sus actividades); su única amiga fiel es su pistola Betty (su teoría es que el arma «es como la picha: no la saques sin motivo ni la envaines con deshonor», p.42); se ve envuelto sin desearlo en una tensa situación dentro de una herriko taberna; debe proteger al Viejo Profesor en el desalojo de un cine (por amenaza de bomba); y, al final, verá confirmados sus peores miedos, en las secuencias postreras del volumen.
Raúl Guerra Garrido (premio Nacional de las Letras 2006), cuya trayectoria ha sido tan impoluta como brillante, nos entrega con esta obra una reflexión lúcida, de gran solidez formal, llena de juegos fraseológicos que recuerdan al Roa Bastos de Yo, el Supremo, y con docenas de guiños para lectores avezados («Llamadme Ismael, dijo Pepe», p.46; «Éste es el corazón de las tinieblas», p.77; «Fuese y no hubo nada, como en la copla», p.182; etc), en la que nos estremecemos con los temores más profundos de un hombre que vive en el límite del vértigo.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

La sociedad de la decepción



Todo territorio —social, cultural, económico, político— necesita una conciencia. O, al menos, la mirada de alguien lúcido que, exteriormente, analice con inteligencia sus derroteros y su posible futuro. Gilles Lipovetsky es una de esas miradas, si nos referimos al mundo occidental. Sus reflexiones sobre el capitalismo europeo y americano, sus dictámenes sobre la modernidad y sus juicios sobre la cultura liberal circulan ampliamente en libros como La felicidad paradójica o La era del vacío. Ahora el sello Anagrama acaba de lanzar La sociedad de la decepción, una larga entrevista que el pensador mantuvo con Bertrand Richard, y que traduce Antonio-Prometeo Moya.
Se nos explica en sus páginas que los occidentales habitamos en un mundo hipersatisfecho, donde abunda al especie del «turboconsumidor nómada» (p.50); pero que ya comienzan a ser frecuentes las personas que, recelosas de esa aceleración sin límites, se dan cuenta de que el camino es inviable. No hay rutas de avance continuo en un planeta cuyos recursos se erosionan, y ni siquiera nos quedan las ilusiones infantiles de antaño («Ya no tenemos grandes sistemas portadores de esperanza colectiva, de utopías capaces de hacer soñar, de grandes objetivos que permitan creer en un mundo mejor», p.63). Y es que, en efecto, mientras que las sociedades tradicionales se refugiaban en el fervor religioso o en la persecución de libertades cada vez más avanzadas y estables, el mundo postmoderno se ha edificado sobre «la incitación incesante a consumir, a gozar, a cambiar» (p.23). Este panorama que nos dibuja Lipovetsky es, desde luego, desalentador, pero él no pretende tachar de execrable o agónico el mundo en que vivimos («Me he negado siempre a la denuncia apocalíptica, es demasiado fácil», p.18), sino que pretende diseccionarlo sin prejuicios, sin maquiavelismos, con rigor. Es verdad que hemos perpetrado insensateces, pero no mayores que las de nuestros antepasados («El hombre actual no es más egoísta e inhumano que el de antes: en los dominios tradicionales, la envidia corroía a las personas y la consagración del deber no impidió ni las guerras mundiales ni los campos de exterminio», p.109).
Y a continuación, la gran pregunta: ¿existe todavía un modo de reconducir esta tendencia y de generar un nuevo modelo político y social? Gilles Lipovetsky cree que sí, y que éste sólo podrá brotar del sistema educativo, que ayudará al hombre a redefinir su conducta («El papel de la escuela será primordial para aprender a situarse en la hipertrofia informativa. Uno de los grandes desafíos del siglo XXI será inventar nuevos sistemas de formación intelectual», p.92). Es decir, que sólo repensando nuestro mundo podemos tener esperanzas de sobrevivir y de avanzar. Libros como La sociedad de la decepción nos pueden ayudar en la búsqueda de soluciones para seguir pensando que el futuro existe.

La doncella de Orleáns



De François Marie Arouet (que adoptó el seudónimo de Voltaire en 1719), uno de los escritores más notables que Francia ha producido a lo largo de su historia, se han propalado desde finales del siglo XVIII asertos extremados y más bien desconcertantes. En el catálogo de denuestos, quizá el más granítico se lo dedicó Madame de Stäel, al afirmar en su libro De l’Allemagne que Voltaire gozaba «riéndose como un demonio o un mono de la miseria de esta raza humana con la que él no tiene nada en común». Y el más elogioso de los ditirambos se lo adjudicó el argentino Jorge Luis Borges al decir que su prosa era quizá la mejor de Francia, y aun del mundo.
La editorial Rey Lear nos ofrece, de este personaje posiblemente genial, la obra La doncella de Orléans, traducida por Juan Victorio, donde el corrosivo poeta y filósofo francés revisa la biografía de Juana de Arco, aquella joven que manifestó haber escuchado la voz de Dios y que, guiada por el sagaz san Dionisio, posibilitó la coronación de Carlos VII en Reims (1429), para luego ser quemada dos años más tarde, acusada de herejía. Mucho más tarde, en 1920, alcanzó para la iglesia católica el status oficial de santa… Pero Voltaire no sería Voltaire si, con una gran dosis de humor, acidez y zumba, no desmontase pieza a pieza toda la parafernalia mística y sexual que rodea a la jovencita francesa y nos ofreciese una versión de la historia, digamos, ‘alternativa’, para que contemplemos la vida de la doncella de Orléans desde el lado del descreimiento, desde la ladera de la ironía, desde la atalaya de la burla.
Así, nos muestra a san Dionisio (patrón de Francia) y a san Jorge (patrón de Inglaterra) peleándose a espadazo limpio y rebanándose orejas y narices, hasta que el arcángel san Gabriel decide poner un poco de orden en semejante pugna; y veremos cómo el desconfiado rey Carlos solicitará a sus médicos que revisen a Juana y le extiendan un certificado de virginidad; y, por supuesto (Voltaire en estado puro), veremos a un buen número de religiosos lúbricos; a monjas ardientes que cobijan en su convento a un guapo semental para uso y disfrute de la abadesa; e incluso a un burro (el de Juana) que adquiere mágicamente el don del habla, y lo utiliza para declararse a su ama.
Una obra, pues, llena de disparates humorísticos y que nos permite volver a gozar con las deliciosas maldades de este enciclopedista irónico, culto, mordaz y lleno de perspicacia psicológica y literaria, que nunca fatiga ni ofende a los lectores dotados de inteligencia. A eso lo llaman los preceptistas ser un clásico.

jueves, 6 de marzo de 2008

Días de diario



Disponemos en España de pocos genios literarios vivos. Existen, sí, varios escritores prodigiosos (Manuel Rivas, Juan Marsé, Quim Monzó); pero genios, lo que se dice genios, sólo disponemos, en mi opinión, de dos: Antonio Muñoz Molina y Juan Manuel de Prada. Y ambos, curiosamente, publican con el sello Seix Barral.
Ahora, el jienense Muñoz Molina ve publicado con esa misma editorial su breve obra Días de diario, un cuaderno de bitácora mínimo, humilde, delicioso en su desnudez retórica, donde nos va dando cuenta de cuatro meses en la vida del autor. Cuatro meses (desde julio hasta noviembre de 2005) en los que el narrador andaluz y su esposa, la también novelista Elvira Lindo, estuvieron en la ciudad de Nueva York, escribiendo, paseando, empapándose de otra cultura, otro clima y otras amistades; cuatro meses donde no les pasó nada excepcional, salvo el mero milagro de vivir, de componer sus obras, de charlar sobre mil y un temas, de añorar a la familia, de respirar otra atmósfera.
Todo este volumen tiene la tibieza humana de un álbum de fotografías: su madre (a la que llama por teléfono con cierta languidez), su padre recién fallecido, sus hijos, las noticias que lo perturban (como las que rodean al terrible huracán Katrina), los paisajes y sus colores, los restaurantes que van descubriendo, algunas consideraciones pedagógicas de gran interés («Siempre he pensado que a los hijos hay que exponerlos a las obras maestras del arte, igual que al aire saludable y al sol», p.62); reflexiones serenamente lúcidas sobre cuestiones sociales («La política crea conflictos donde no existían y agrava los ya existentes en lugar de resolverlos. Véase la alarmante actualidad española. La política, en países como España, es echar sal en las heridas y gasolina en el fuego, y encender hogueras donde no las había. El presente inquieta más cuando se piensa en lo que fue el pasado», p.54)… Y, de fondo, la gestación del libro El viento de la Luna, que tiene al autor ocupado y preocupado («Me da mucho miedo pensar que la novela no salga bien, porque en estos tiempos creo que es imprescindible y urgente para mí terminar una buena novela. Vital para mi buen nombre y para mi confianza en mí mismo, tan debilitada últimamente», p.9).
Para todos aquellos que, engañados por las dimensiones del volumen, puedan deducir que nos encontramos ante una obra menor de Antonio Muñoz Molina, convendría recordar la prudente advertencia del arcipreste de Hita acerca de las virtudes de lo pequeño: en una diminuta colección de páginas honestas y bien trazadas puede haber más belleza que en un mamotreto de medio millar de folios. Aquí, estén ustedes seguros, ocurre de ese modo.