sábado, 28 de febrero de 2026

La Fundación


 

Tomás se encuentra sumamente feliz en la Fundación, un centro en el que novelistas, matemáticos, ingenieros y otros profesionales de elevado talento conviven y son becados para desarrollar su creatividad. Comparte habitación con Asel, Max y Lino; disfrutan de cerveza fresquísima en su nevera y de un servicio de camareros que les trae comida y cena sin necesidad de desplazarse; pueden fumar a placer; disponen de teléfono; y Tomás, para redondear paradisíacamente su estancia, recibe visitas de su novia Berta, también becada por la Fundación. Lo extraño es que, salvo Asel, todos parezcan incómodos y miren a Tomás de manera torva o rencorosa, dirigiéndole pullas y rechinando los dientes. Poco a poco, mientras descubre cómo la música ambiental, las lujosas lámparas o el teléfono desaparecen, el lector va comprendiendo que lo observa todo con los ojos de Tomás, y que la realidad es mucho más triste y mucho más angustiosa: todos ellos se encuentran en una cárcel infecta (alguno ha sido incluso torturado) y les espera la muerte. ¿Ha perdido Tomás el juicio o finge la Fundación para no dejarse devorar por el miedo… y por la culpa?

Tan contundente y tan simbólico como en Buero es habitual, este drama pone ante nuestras pupilas una amarga reflexión sobre las traiciones que a veces somos capaces de infligir, sobre el poder coercitivo que puede usarse para doblegar el ánimo y, claro está, sobre la fantasía como refugio para evadirse de un entorno hostil. Puede ser una cárcel en cualquier régimen totalitario; puede ser una cárcel en cualquier país; puede ser una cárcel en cualquier época. El modo en que el Poder no democrático destroza la vida de los disidentes es universal. Y también lo es el drama de Buero Vallejo.

En la última página, en la última secuencia, nos queda una duda terrible: ¿dibuja un horizonte de esperanza, haciendo que los condenados sean trasladados a otra celda, de la que quizá puedan escapar más fácilmente? ¿O tal vez el traslado no tenga otro destino que el paredón y unas agrias detonaciones? El hecho de que, una vez desocupada la celda, nuevos presos sean conducidos a ella, nos hace tragar saliva en silencio.

jueves, 26 de febrero de 2026

El ardor de la sangre

 


Quizá las personas no nos limitemos a envejecer con el paso de los años, sino que, de un modo misterioso, nos veamos sometidos a una metamorfosis más profunda y nos convirtamos en otra cosa más extraña: en seres distintos. ¿Es igual el joven alocado, fogoso y lleno de adrenalina y pasiones que el anciano calmo, macerado de silencios y de reacciones meditadas y lentas? Sylvestre (también conocido por Silvio), protagonista de esta novela de Irène Némirovsky, afirma que no: que son dos personas diferentes. Y ha llegado a ese convencimiento porque él mismo lo ha podido observar sin lugar a dudas: durante su juventud fue alguien inquieto, entregado a las pasiones de la bebida, del viaje y del amor, incapaz de detenerse ante los obstáculos; y ahora, cuando la vejez lo ha devuelto a su paisaje de origen y vive en una cabaña en medio de Francia, huraño y arruinado, todo se ha vuelto tranquilo. “Pienso” (susurra en el capítulo 2) “que he hecho mucho camino inútil para volver al punto de partida”. Y entiende que esa evolución afecta por igual a todos sus semejantes: “El penoso y vano trabajo con el que la juventud intenta adaptar el mundo a sus deseos ha quedado atrás. Han fracasado y ahora descansan. Dentro de unos años, volverá a agitarlos una sorda inquietud, que esta vez será la de la muerte”. Desde la atalaya solitaria de su sillón, el espectáculo de la juventud se le antoja punto menos que incomprensible (“Desde hace algún tiempo, la gente joven me produce algo muy parecido al asombro, como si estuviera ante una especie animal distinta de la mía, como si fuera un perro viejo viendo bailar a unos ratones”).

Pero el corazón de Silvio guarda secretos; y sus ojos, si permanecen vigilantes, captan o sospechan los secretos de quienes lo rodean: esa esposa presuntamente honorable, pero que se dejó arrebatar por la pasión cuando la sangre aún ardía por sus venas; esa muchacha que no puede evitar entregarse a la lujuria con un vecino; ese chico que, jurando fidelidad inquebrantable a su pareja, se deja llevar por la ignominia de la traición; esos vecinos que espían con ojos de buitre las flaquezas de los demás (sobre todo si son forasteros), para quedarse con sus propiedades a la menor oportunidad… Sí, las sangres arden. Pero no se trata solo de impulsos sexuales: eso constituye una pequeña parte del enigma, como bien refleja Irène Némirovsky en la página final de su narración (“No es tan simple. La carne se conforma con poco. Pero el corazón es insaciable; el corazón necesita amar, desesperarse, arder en cualquier fuego”). Eso implica envidias, y las hay en esta obra; eso implica venganzas, y también las hay; eso implica muertes, y no faltan en sus páginas.

“He vivido lo bastante para saber que no hay corazón sencillo”, afirma el viejo Sylvestre en el capítulo 16. Y la autora ucraniano-francesa, que algo sabía de bucear en el alma humana, nos deja en El ardor de la sangre un relato bello y terrible sobre los meandros pasionales, los secretos y el paso del tiempo.

miércoles, 25 de febrero de 2026

Prosas profanas

 


Con Rubén Darío, las premisas están claras: sabes que sus versos van a estar henchidos de náyades, burbujeantes de cisnes, aromados de músicas sacras y brisas de oro, ahítos de princesas pálidas y altisonantes de púberes canéforas que ofrendan el acanto. O lo tomas o lo dejas. No hay posibilidad de pactar un término medio. Si consideras que es hermoso, pero te fatiga, léelo despacio y en dosis limitadas (puedes emplear una semana para acabar el libro). Si juzgas que es una pedantería insufrible, déjalo. El nicaragüense no te está engañando: muestra desde el principio sus cartas perfectamente nítidas (ebúrneas y esplendentes, diría él). Si decides entrar, te da la bienvenida; si decides ignorarlo, te ampara todo el derecho.

En estas Prosas profanas ocurre “tres cuarts de le prope”, como decía el gran Tip: Rubén se inventa vocablos (ese “pitagorizar” que alumbra el soneto ‘Ama tu ritmo’); reconoce sus admiraciones, introduciendo los nombres de poetas egregios en sus líneas (Verlaine, Heine, D’Annunzio, Horacio, Virgilio); ensaya rimas sorprendentes (lujurias / Asturias, extraterrestre / san Silvestre, Eulalia / Onfalia); construye aliteraciones de feliz recordación (“el ala aleve del leve abanico”, “la regia y pomposa rosa Pompadour”, “la libélula vaga de una vaga ilusión”); y, continua y fervorosamente, fragantiza (se me ha pegado) sus versos con templos, jardines, atardeceres, crisálidas, estrellas, tesoros, marfiles, abedules y labios orientales. Insisto: pueden ustedes tomarlo o dejarlo. Yo, desde luego, lo tomo.

lunes, 23 de febrero de 2026

La familia de Pascual Duarte

 


Continúo releyendo libros que, abordados en mi juventud, me apetece volver a visitar, para comprobar hasta qué punto mi opinión sobre ellos se mantiene o ha cambiado. En esta ocasión, lo hago con la novela inicial de Camilo José Cela, que también fue la primera de las suyas que leí: La familia de Pascual Duarte. Sigue antojándoseme magistral. Las brusquedades, los silencios, las reflexiones de este campesino que vino al mundo cerca de Almendralejo, hijo de un contrabandista portugués bebedor y violento y de una mujer flaca y desabrida, poco amiga de la higiene, sobrecogen y perturban. Es asombroso que un autor tan joven lograse un texto tan acabado, tan convincente, tan sólido.

Escenas como la muerte de la Chispa, o el acuchillamiento de la yegua, o la forma en que desvirga a su primera pareja, se quedan para siempre en la memoria. Y también lo hacen algunos personajes de la obra, por su condición chulesca (El Estirao), por su candor vulnerado (Mario), por su crueldad execrable (don Rafael) o por el oscuro sendero que la vida les llevó a asumir (Rosario).

Pero, sobre todo, me sedujo a los veinte (y ha vuelto a seducirme a los sesenta) el vuelo clásico de la sintaxis celiana: un equilibrio difícil pero siempre logrado entre naturalidad y barroquismo, que no solamente asombra por su perfección, sino también por la habilidosa forma en que el escritor gallego consigue que no disuene en la pluma de un personaje levemente alfabetizado, como Pascual. No descarto volver a leerla (no sé si entera, pero sí fragmentos) en los próximos años.

domingo, 22 de febrero de 2026

Pequeña historia de la literatura española

 


Publica Espasa, en sólido formato de tapa dura, el volumen Pequeña historia de la literatura española, de Nando López. Y sin duda esta edición constituye una espléndida noticia para los amantes de los libros, porque el tomo nos invita a participar en un agradable recorrido que, iniciándose en las jarchas del siglo X, nos conduce hasta la actualidad (se mencionan incluso obras publicadas en 2025, como Los íntimos, de Marta Sanz). Para ese viaje (que los protagonistas de la cubierta realizan en burros y rocín, pero que nosotros acometemos a lomos de libros), Nando López utiliza una documentación exhaustiva, abundantes citas elegidas con acierto y una atinada selección de autores y obras. Pero, sobre todo, recurre al espolvoreo del humor que, como un maná sonriente, impregna las páginas: así, cuando habla en la 106 de algunos textos de Fernández de Moratín, alude a "su Álbum de Venus -título versión light- o su Arte de putear -título versión hardcore-"; o cuando comenta en la 237 que Carmen Martín Gaite y Rafael Sánchez Ferlosio estuvieron casados lo etiqueta como "momento ¡Hola!". Son dos ejemplos espigados entre los centenares que atesora el volumen. El rigor, bien queda demostrado en este delicioso libro, no tiene por qué estar reñido con la amenidad.

Y, por supuesto, hay que subrayar también la importancia de las encantadoras ilustraciones de Luis Doyague, que lo mismo nos muestran a Eduardo Mendoza espiando en una esquina que a Valle-Inclán construyendo una embarcación, sin olvidarnos de ese don Quijote con camiseta de Superman o esa Gloria Fuertes que, en su papel de maestra, hace cantar a coro a José Hierro, Blas de Otero y Gabriel Celaya. Policromadas, divertidas y sorprendentes, sus imágenes provocan siempre una intensa curiosidad en la persona que está leyendo el libro. Docentes, padres y estudiantes son los destinatarios naturales de la obra. O sea, usted. O sea, yo. O sea, cualquiera.

sábado, 21 de febrero de 2026

El cine en la educación de los españoles

 


Hay pocas cosas más satisfactorias en el mundo que estar atrapado por una pasión noble. Y si esa pasión, además, te sirve para refinar tu gusto, incrementar tu cultura, enriquecer tu tiempo y ensanchar tu alma, es probable que sientas la necesidad de compartir con las demás personas tu entusiasmo. Eso explica que se redacten y se publiquen volúmenes como esta maravilla de Pascual Vera Nicolás, El cine en la educación de los españoles, que editaron conjuntamente la UNED y Editum.

En sus páginas no solamente se analiza la importancia capital que el cine tiene desde hace décadas en la conformación de nuestras vidas (nuestras referencias visuales, nuestros ídolos, nuestros modelos de comportamiento, incluso algunas de nuestras frases), sino el papel imprescindible que desarrolla en nuestros hábitos, nuestra forma de pensar. Y como el autor es consciente de que no puede existir “ninguna cinematografía que pueda dar la espalda totalmente a la realidad en la que ha sido generada” (p.25) se sumerge en un impresionante ejercicio de análisis que conecta películas y elementos sociológicos de la España de las últimas décadas. Recurriendo a diálogos y secuencias memorables de cientos de obras (el recorrido anonada por su ambición), Pascual Vera disecciona y explica las férreas conexiones entre la “realidad” y su conversión en imágenes, mostrando que el cine y la vida dialogan, se dan la mano, se conectan e impregnan entre sí. En ese sentido, recomiendo de forma especial la intensísima y valiosa sección cuarta del tomo (“La representación de la realidad social española a través del cine (1966-2000)”), donde utiliza innumerables películas de Pedro Lazaga, Manuel Gutiérrez Aragón, Mariano Ozores, José Luis Garci, Fernando Colomo, Pedro Almodóvar, Jaime de Armiñán, Fernando León de Aranoa, Bigas Luna, Josefina Molina, Luis García Berlanga, Carlos Saura o José Luis Borau para explicarnos de qué manera sus títulos han servido como reflejo del país en que surgieron; y de qué forma nos hablaron de temas tan interesantes como el amor, el matrimonio, la infidelidad, el machismo, la represión franquista, la homosexualidad, la emigración, la política o la educación de la época.

Pero, por encima de todos sus valores ensayísticos (que son muchos y que asaltan al lector en cada página que recorre), el atractivo principal de este volumen es, en mi opinión, la manera en que nos despierta volcánicamente las ganas de ver, o volver a ver, muchas de las películas que se mencionan en el texto. Solo por eso ya tendríamos que darle las gracias a Pascual Vera puestos en pie y aplaudiendo.

jueves, 19 de febrero de 2026

El invierno en Lisboa

 


En 1986, un treintañero jienense llamado Antonio Muñoz Molina irrumpió en el panorama novelístico español con su obra Beatus ille, un texto exigente, inusualmente maduro y que revelaba un fascinante dominio de los resortes literarios. La concesión del premio Ícaro no hizo sino ratificar lo que los lectores más rápidos y sagaces descubrieron desde la primera de sus páginas: que un portentoso narrador había llegado a la literatura. En 1987, ese mismo treintañero publicó este libro, El invierno en Lisboa, un relato jazzístico-policial de impecable factura y prolongada perfección que fue sancionado con el premio de la Crítica y con el Nacional: la ansiada confirmación de su excelencia no había tardado ni un año en producirse.

Recordemos la historia que nos propuso en esta segunda entrega. Nos hallamos en San Sebastián, en un local nocturno conocido como Lady Bird, regentado por Floro Bloom. Allí toca el pianista Santiago Biralbo, que suele acompañar al saxofonista Billy Swann. Entre el público se encuentra Lucrecia, una hermosa mujer que acompaña a Malcolm, contrabandista de arte. Ella escucha fascinada a Biralbo, quien termina también por obsesionarse con ella, aunque sepa que su corazón (en apariencia) pertenece a otro hombre. Reparemos después en el más bien inquietante Toussaints Morton, que revolotea alrededor de Malcolm, al que lo unen turbios negocios relacionados con un cuadro de Cézanne. Unos años después, estando ya en Madrid bajo el nombre de Giacomo Dolphin, Biralbo le va contando fragmentos de su historia al narrador, que fue íntimo amigo suyo en la época del Lady Bird. Ahora, añadan ustedes la música proteica del jazz, el alcohol que las noches invitan a consumir, las nieblas de la ciudad de Lisboa, paseos por callejones tan inquietantes como amenazadores y bastantes (quizá demasiados) secretos, medias verdades y dolorosas mentiras. Pero, sobre todo, añadan la prosa más excepcional que es concebible componer en idioma castellano. Ya tienen El invierno en Lisboa. Ya tienen a Antonio Muñoz Molina.

El resto se compone del silencio en que ustedes deben leer la obra, para no dejar que los ruidos exteriores los distraigan del fluir armónico de su sintaxis, de su léxico intenso, melancólico y exacto, de sus retratos anímicos inigualables. Les aseguro que la recompensa la degustarán en cada página, en cada párrafo, en cada frase. Y se convertirán (a mí me ocurrió) en seguidores y creyentes de esta religión llamada Antonio Muñoz Molina.

martes, 17 de febrero de 2026

Charlie y la fábrica de chocolate

 


No voy a resultar excesivamente original, me temo, si afirmo que leer por las noches para mi hijo pequeño Charlie y la fábrica de chocolate, de Roald Dahl (en la traducción de Verónica Head y con ilustraciones de Quentin Blake), ha sido una auténtica gozada. Él siempre me pedía un par de páginas más y yo, fingiendo que estaba cansado, pero claudicando al fin, siempre saciaba su deseo. Además, mi lectura ha sido bastante virginal, porque no he visto la versión cinematográfica que protagonizó Johnny Depp. Tampoco conocía, salvo a grandes rasgos, el argumento de la historia.

Me gusta la imaginación desatada del escritor británico. Me gusta la forma en que sabe envolver a sus jóvenes lectores (y a mí, que no lo soy tanto) con su fantasía y con su lenguaje. Y me gusta su constante apología de la letra impresa frente a la grisura de la mala educación, el consumismo y los excesos de pantallas, que él condensa en la televisión, aunque probablemente hoy lo haría en los ordenadores y en las tabletas (no en las de masticar, sino en las que mastican el cerebro de sus usuarios). Habrá quien sonría, considerando que la forma de ver las cosas de Roald Dahl es ingenua, arcaica o directamente fósil, porque todo apunta a que el futuro está en la hiperconectividad. Es posible. Desde luego, eso es lo que han decidido quienes se han hecho milmillonarios con el embobamiento digital de las masas. Pero mi hijo ha escuchado la historia con ojos llenos de fascinación, y me ha hecho saber su disconformidad con algunos puntos de la historia. Por ejemplo, que el señor Wonka tome la decisión de destrozar la casa de los Bucket y llevarse, velis nolis, a sus ocupantes. Mi Jorge me ha dicho que ahí se ha pasado, porque les podía haber preguntado qué querían ellos; y, si tan seguro estaba de que su propuesta era la mejor, debería convencerlos con su discurso, no irrumpiendo por el techo en su hogar, que queda destruido. “La casa era suya, papi. Y seguro que les gustaba. Les podía haber preguntado”. Tal vez no todo esté perdido, mientras nuestros hijos piensen así. Léanla. O, mejor, léansela en voz alta a un niño.

domingo, 15 de febrero de 2026

Mi vida al aire libre

 


Cómo no adentrarse en un libro donde Miguel Delibes, el gran Miguel Delibes, el admirable Miguel Delibes, nos cuenta sus experiencias deportivas o recreativas al aire libre. Y si descubrimos que, además, lo hace con grandes dosis de sentido del humor, miel sobre hojuelas.

Comienza explicándonos que, desde muy pequeño, acompañó al padre en sus excursiones cinegéticas, aficionándose de este modo a dos actividades que fueron constantes durante su vida: la caza y el amor por las caminatas. Siendo aún un adolescente, recibió como regalo “una escopetilla de 12 milímetros” con la que abatió su primera perdiz, aunque previamente se había convertido en todo un experto en lanzar piedras (con una de ellas mató incluso a una golondrina, lo que le causó tanto orgullo como remordimiento, porque en su niñez hondamente religiosa este pájaro tenía fuertes connotaciones cristianas).

Después nos habla de su afición por el fútbol, y recuerda que su último partido (con la novia entre el público) fue contra el Circo Feijoo, donde sufrió el bochorno de un encontronazo con un “chino malabarista”, el cual “no recuerdo bien dónde me puso la rodilla, me propinó un leve empellón y yo salí por los aires dando volteretas como proyectado por una ballesta”. La escena es para imaginársela. Y también lo es la hilarante descripción de los partidos “solteros vs. casados” (el párroco se alineaba con los casados, “por su condición sacerdotal”) de las fiestas de la Moreneta. En ellos, Miguel Delibes admite sin cortapisas su inoperancia (“De ordinario, mis disparos a puerta eran follones, flojos, rasos, inofensivos”).

Y cómo olvidarnos de sus actividades sobre ruedas: tanto cuando habla de los desplazamientos en bicicleta desde Molledo-Portolín hasta Sedano (casi 100 km) para ver a su novia como cuando recuerda las dos avispas que le picaron entre las piernas (“donde al motorista más podía dolerle”) yendo en su Montesa.

Para completar el volumen, nos resume sus prácticas tenísticas, sus afanes como alpinista juvenil y el gran amor a la pesca (sobre todo la trucha). Para el final nos reserva una anécdota sobre la caza: en enero de 1971, durante un lance más bien accidentado, tuvo la mala fortuna de romperse una pierna. “Miguel se ha tronzado una pata”, resumió jocosamente su hermano ante un amigo. ¿Cómo no recordar la secuencia que, casi con las mismas palabras, incluyó en su novela Los santos inocentes?

Un libro para sonreír, para disfrutar y para reencontrarse con un maestro de la prosa castellana.

sábado, 14 de febrero de 2026

Oscuro vuelo

 


Hace unas semanas (es mi particular reina maga de Oriente), Marta me regaló un libro de poemas que se titula Oscuro vuelo, del madrileño César Rodríguez de Sepúlveda (Bajamar Editores, 2022). Es una obra delgada, pequeñita, con menos de cincuenta páginas; pero la belleza que contiene y la elegancia de su composición la convierten en mucho más que un libro de bolsillo: es una concha marina, una pluma que baila en el viento, una lámina que no es oropel sino oro.

Como siempre hago con los libros de poesía (mis hijos deben de pensar que estoy mal de la cabeza), he leído cada texto en voz alta, dejando después que lo rodee el silencio. Y en estas líneas he encontrado una respiración cultural que me ha entusiasmado, porque Rodríguez de Sepúlveda nos habla de varios cuadros, que él recrea con versos espléndidos (Mondrian, Pollock, Vermeer, Coninxloo); de escenas relacionadas con el mundo de la religión (una interesante reflexión sobre la rebeldía de Lucifer, una diapositiva sobre la forma en que Yahvé se ensañó con la inocente curiosidad de la esposa de Lot, unos versos sobre el estupor malbaratado de quien, como Lázaro, solamente deseaba descansar); de referencias literarias que harán las delicias de los amantes de Homero o Julio Cortázar; y también de composiciones que los enamorados al cine (“Vivir para ver”) y los odontólogos (“Sala de espera”) disfrutarán de forma especial. Y, como cierre, un poema que me gustaría copiar aquí, pero que prefiero que disfruten por sí mismos acudiendo al libro: se titula “Despedida” y no les va a resultar fácil sustraerse a su embrujo.

Poemario hermoso, sólido y poliédrico, que me ha convencido de principio a fin.

Qué alegría tenerlo en mi biblioteca y en mi blog.

jueves, 12 de febrero de 2026

Historias marginales

 


En uno de sus poemas, el escritor alemán Bertolt Brecht se planteaba reticencias sobre los grandes personajes de la historia, interrogándose sobre si sus proezas las habían ejecutado ellos solos, o más bien su fama se debía (como pregonaba el sentido común) a los heroísmos sumados de las personas que los rodeaban. Ni Alejandro Magno conquistó medio mundo “por sí solo”, ni ningún faraón erigió pirámides “por sí solo”. Sin duda, tenía razón. Me ha venido el recuerdo de ese poema mientras leía las Historias marginales, del chileno Luis Sepúlveda, porque en sus páginas nos habla de héroes anónimos, de héroes no tanto “cansados” (Pérez-Reverte) como invisibles, de personas que enarbolaron su estandarte ético sin que los aplausos coronasen su tarea: el que luchó para que las multinacionales no esquilmasen las selvas de su país; el poeta que sobrevivió a la experiencia criminal del campo de concentración nazi; el sindicalista que no dejó de plantear reivindicaciones laborales, pese a que no siempre resultara fácil alzar el dedo y la voz; los obreros que arrancan de la montaña el mármol para que los artistas lo conviertan en arte (“Lectora, lector: cuando te enfrentes a una estatua esculpida en mármol de Carrara, piensa en los cavatori y en los marmolistas de Piedrasanta. Piensa en ellos y saluda su digno anonimato”, p.71); su amigo Freddy Taberna, quien “tenía un cuaderno con tapas de cartón y en él anotaba concienzudamente las maravillas del mundo, y estas eran más de siete: eran infinitas y se multiplicaban” (p.81); las delicadas y emotivas historias del perro Fernando y del gato Zorbas; la ingratitud como única recompensa para ciertas personas que lucharon para defender su país y ahora viven de una pensión miserable (puede verse el texto “Las Rosas Blancas de Stalingrado”); o, para cerrar una lista que quiero breve, con el fin de que ustedes acudan al libro y conozcan las demás historias, ese poema inspirador del checo Jan Palach que se reproduce en la página 105: “Yo me atrevo porque / tú te atreves porque / él se atreve porque / nosotros nos atrevemos porque / vosotros os atrevéis porque / ellos no se atreven”.

Quizá (es la conclusión a la que llego después de cerrar el libro) una parte de la felicidad de nuestras vidas radique en localizar (y merecer) a esos héroes discretos, a esos superhombres y supermujeres silenciosos. ¿Tienen ustedes claro cuáles son los suyos?

miércoles, 11 de febrero de 2026

Dirección noche

 


Es muy complicado explicar de qué va este libro. Posiblemente de todo y de nada. Vidas pequeñitas, vidas como la tuya y la mía. Fragmentos que parecen nimios, pero que constituyen la médula de lo que somos. Rupturas sentimentales nada grandilocuentes, pero sí irreversibles (“Arañas e insectos”); chicas que viajan en coche hacia Burdeos (“El bikini bordelés”); los lánguidos efluvios de un amor adolescente, que quedó clausurado, aunque no olvidado, hace años (“Dos canciones”); las peculiaridades de un matrimonio que se sostiene en apariencia, aunque él ame a otra mujer (“El ultraligero”); esa madre que consuela a su modo la ruptura sentimental que acaba de sufrir su hija (“Apotheke”); la muchacha que se corta su espléndida melena como único posible gesto de amor por su amiga lesbiana (“Sólo ella me llamaba Katy”); una mujer que se enfrenta con tristeza al paso de los años (“Señorita”).

Todos los personajes y todas las situaciones (las que he resumido y las que dejo para que ustedes descubran por sí mismos) pertenecen inequívocamente al ancho territorio de la normalidad, allí donde cualquiera puede reconocerse. Y la gran virtud que exhibe la oscense Cristina Grande consiste en convertir esas escenas cotidianas, esos sentimientos tan comunes, en literatura hermosa y cercana, en páginas que nos tocan el corazón y nos emocionan, porque sentimos que hablan de nosotros, de nosotras, de ti.

Un libro espléndido, que se merece todos los aplausos.

martes, 10 de febrero de 2026

Me olvidé de tu nombre

 


¿Qué va a encontrarse la persona que abra las páginas de Me olvidé de tu nombre, la última entrega prosística de Juan Serrano? La respuesta no puede ser sencilla, porque la condición poliédrica del tomo tampoco lo es. Resultaría más fácil, quizá, proceder por descarte, indicando lo que el libro no es: no es una novela, no es una colección de relatos, no es una secuencia de diapositivas. Pero, como es lógico, el común de los lectores fruncirá en este punto las cejas y pensará que no estoy aclarando absolutamente nada. Le doy la razón, porque lo que hace aquí el escritor de Yecla es poner en nuestras manos un prisma absorbente y multicolor que, levemente girado, nos revela luces y formas cambiantes: hay denuncia social, hay dolor humano, hay poesía, hay observación atenta e inteligente del entorno, hay reflexiones filosóficas. Díganme ustedes de qué modo y con qué etiqueta se puede resumir todo eso.

Digamos que Juan Serrano se yergue frente a la realidad para contemplarla con inusuales ojos líricos, incluso cuando el espectáculo es tan terrible como la tristeza de la viuda de un minero (“Las lágrimas de la mujer eran ojos de lluvia sin agua, sin párpados. Murciélagos en tropelía, espantados por el olor del grisú y su estruendo, volaron hacia el barranco. La naturaleza entera era el espejo de la soledad de la mujer ensimismada. Y le daba lo mismo que las flores del coche fúnebre reventaran de compasión o de rabia. Nada lograba sacarla de su tristeza acuchillada y absorta. Ella quería volver a estar con su marido. Sólo tenía ojos para saber si el humo que aún salía de la chimenea sabría escribir en el cielo, sobre las nubes blancas, las letras del nombre de su marido”, p.9) y que sabe cartografiar el alma de quienes lo rodean, porque su mirada se ha vuelto sabia, y honda, y reposada. Esa sabiduría, además, se condensa en frases que ustedes, de la misma forma que he hecho yo, subrayarán en su ejemplar del libro: “La palabra horada las vetas del acantilado del instante” (p.24); “Tardamos dos años en saber hablar, y una vida entera no basta para aprender a callar” (p.42); “Se me mueren las palabras cuando intento abrir lo que llevan dentro” (p.61); “La derrota más dura es el silencio inferido” (p.85); “No me digas quién eres, que no quiero traspasar, ni escapar, ni salir de esta ignorancia cómoda y bella” (p.93). “No sabes si existe el alma. Lo que sí sabes es que la sientes cuando escribes” (p.138).

Después de leer estas frases, que escojo entre cien posibles, ¿están seguros de que no les apetece buscar el libro y sumergirse en sus páginas? Yo lo haría.

lunes, 9 de febrero de 2026

El último sordo


 

Santiago, cuando sale del colegio, tiene una vida muy ajetreada: asistir a clases de informática y natación, protagonizar entrenamientos con su equipo de fútbol, estudiar los exámenes, colaborar en casa… Pero su padre, sin que la opinión del chico parezca importar, lo apunta también a clases de judo. Da igual que Santiago haya insistido en que no quiere (incluso ha llamado al Teléfono del Menor para quejarse): la voluntad paterna se ha impuesto. Al menos, eso le permite conocer a Guillermo, cuya hermana Belén (“La chica más guapa que yo conozco”) ha tomado la manía de preguntarle si tiene novia y cogerle de la mano. Por eso, como una especie de venganza inocente, Santiago le regala a su padre una trompetilla para sordos cuando llega el día del padre. Pero hay más cosas que están revolucionando su vida: por ejemplo, que su amigo Óscar está convencido de que ha visto un ovni en su jardín, y planean estar alertas a partir de entonces para poder verlo o hacerle fotos.

Con un lenguaje simpático y con capítulos tan breves como atractivos, Roberto Santiago dibuja una novela que resultó finalista en el premio Edebé de literatura infantil en 1996 y que nos habla del complicado tránsito que lleva de la niñez a la adolescencia. Se la he leído en cinco noches a mi hijo pequeño. Muy agradable.

sábado, 7 de febrero de 2026

Otelo

 


Resultaría absurdo que intentase resumir la obra Otelo, de William Shakespeare: sus pormenores argumentales son tan conocidos que me vería obligado a incurrir en el ridículo. Resultaría igualmente absurdo que intentase decir algo original o innovador sobre ella, porque los ríos de tinta que ha suscitado desde 1600 conforman un auténtico Amazonas: mis pretenciosas gotitas ni serían advertidas. Pero resulta que he leído este drama por quinta vez (la primera, en 1987; la última, ayer) y no me canso de visitarla. Qué escalofríos. Qué trama inquietante. Qué telaraña pegajosa la que urde Yago, donde ningún hilo queda al albur. En principio, se escuda en el odio que siente por el general Otelo porque cree que “ha montado” a su esposa Emilia (rencor que amplía a Casio porque, según manifiesta en la escena I del acto II, juzga que también el teniente lo ha hecho), pero la manera en que desdeña a su mujer nos deja bien claro que se trata de otra cosa: nadie despliega tan macabra escenografía (todos parecen marionetas en sus manos) por una persona que, bien claro resulta en las escenas finales, le importa tres pitos. En su opinión, todas las mujeres son unas furcias, incluida la suya.

William Shakespeare, con la habilidad diabólica de quien conoce muy bien el espíritu humano, construye un ser demoníaco, jánico, inescrupuloso, que juzgo el más aterrador de los suyos, porque atesora tanta maldad como inteligencia, tanto veneno como astucia, tanta sagacidad como gelidez de ánimo. Yago dirige un circo con media docena de pistas, y en cada una de ellas organiza, diseña y manipula a un personaje. Es capaz de mantener todos los platillos girando, como un equilibrista maléfico e infalible. De ahí que, a pesar de su condición totalmente nauseabunda, fascine y encandile. Es el protagonista absoluto de la obra. El dios oscuro y taimado que susurra en los oídos de todos, que emponzoña todos los corazones; y que lo hace, además, fingiendo lealtad y cariño indesmayable.

No me cabe duda de que esta pieza se encuentra a la altura de Hamlet. Y tampoco me cabe duda de que volveré a leerla dentro de unos años, si sigo vivo.

jueves, 5 de febrero de 2026

Donde se alzan los tronos


 

Los libros de Ángeles Caso jamás me decepcionan. Los descubrí de forma azarosa y, uno tras otro, me convencen y reciben mi aplauso. Su forma de narrar me fascina desde la primera hasta la última de sus páginas. Así que vuelvo a adentrarme en otra, como es lógico. En esta ocasión, se trata de la novela Donde se alzan los tronos, una vigorosa reflexión (ampliamente documentada y bellamente expuesta) sobre las nauseabundas trastiendas del poder y sobre la forma astuta, y a veces inicua, en que se diseñan las coronaciones, las guerras o las alianzas entre países.

Todo comienza a finales del siglo XVII cuando Carlos II, enfermo y débil, debe elegir a la persona que herede su trono. Su esposa Mariana lo presiona para que firme el testamento (carecen de hijos) y nombre al archiduque Carlos; pero las intenciones del cardenal Portocarrero son otras muy distintas: quiere que entregue el trono a los Borbones franceses, en la persona de Felipe, duque de Anjou, futuro rey Felipe V de España, más bien reacio a asumir tal compromiso. Vive demasiado bien en la corte de Versalles y las informaciones que le llegan sobre España (nobles siempre vestidos de negro, rancio catolicismo ñoño, escasa afición a la higiene y los lujos) no resultan demasiado seductoras.

Celebrada la boda en España entre Felipe de Anjou y María Luisa de Saboya (de apenas 13 años), la princesa de los Ursinos, Mariana de la Trémoille, quien ha sido comisionada por el rey francés para que tutele el matrimonio y que se va a convertir en la auténtica protagonista de la obra, comienza a ejercer su influencia sobre el matrimonio (“El poder la excitaba más de lo que nunca la había excitado el cuerpo más deseable de todos los que habían compartido su lecho”, p.83). Y, como es obvio, es objeto de infinitos ataques por parte de sus enemigos, que fingen creer todas las insidias que sobre ella se vierten (“Una calumnia era un festín hacia el que todos se abalanzaban exhibiendo sus mejores galas y enseñando entre los dientes sus lenguas bífidas”, p.134). Durante dos centenares de páginas la veremos maniobrar, interceptar correos, urdir voluntades, amañar enlaces nupciales, sugerir destierros, deslizar indirectas y, en suma, organizar las vidas de quienes tiene alrededor, llevada por su ambición. Esta omnipotencia se truncará solamente cuando aparezca en la vida del rey la figura de Isabel de Farnesio.

Con una habilidad admirable, Ángeles Caso nos va describiendo el ridículo de los protocolos palatinos (esos lunares postizos, esos maquillajes patéticos, esa mugre que se almacena por no recurrir al peligro sanitario del baño), la endiablada complejidad de las insidias y las venganzas, el poder de los religiosos, la necedad de los médicos y, sobre todo, la obsesiva persecución del poder que enloda el corazón de casi todos los protagonistas.

Una narración memorable (centrada en una mujer inteligente y astuta que luchó contra los prejuicios y limitaciones de su tiempo), en cuyo transcurso podemos comprender muchos detalles cruciales de la historia de Europa.

martes, 3 de febrero de 2026

La cuenta atrás de Justo Galeno

 


Después de haber conocido literariamente a Jesús Feliciano Castro Lago a finales de 2020 por su obra Amantes, poetas, víctimas y otros infelices (https://rubencastillo.blogspot.com/2020/12/amantes-poetas-victimas-y-otros.html), publicada por el sello Talentura, he reseñado en este blog otros tres libros suyos. Y ahora, encandilado con su prosa, me acerco hasta el quinto, que se titula La cuenta atrás de Justo Galeno y otros relatos (2022) y donde me vuelvo a encontrar con espléndidos relatos, como “Giocondas a 50 euros” (que nos propone un engaño artístico de agradable factura, del que fue fautor involuntario el vigilante del Louvre Vincenzo Peruggia), “Derecho a imaginar” (cuento de bellísimo dibujo circular sobre el poder de la fantasía), “Querido hijo” (esas cartas truncas que un padre garabatea para reconciliarse con su vástago), “El efecto pelirrojo” (simpático ejemplo del ‘efecto mariposa’), “Laberintos” (unas pequeñas teselas biográficas que se unen para formar un asombroso mosaico narrativo, ideado al modo de un laberinto alfabético) o la historia que da título al volumen, donde descubrimos a un chico hermético, entregado al estudio de la medicina, al que devora un amor imposible. “A la atención de la bibliotecaria” supone un precioso homenaje a las profesionales que trabajan en ese sector y que a mí, como sobrino de una, me ha emocionado particularmente. Al final, un espacio que lleva por título “Bonus Track” nos aporta unos microrrelatos que cierran el tomo.

Convincente en su dominio de los resortes narrativos, Castro Lago redondea un volumen de notable belleza, que se lee absorto y entusiasmado. Sospechaba que no iba a perderme ninguno de sus libros en el futuro, pero ahora estoy convencido de que así será.

lunes, 2 de febrero de 2026

Como meteoritos

 


Cuando abro el libro de un autor al que aún no he tenido la oportunidad de leer, todas las posibilidades están abiertas: puede parecerme admirable o mediocre; puedo terminarlo o dejarlo a las pocas páginas; puedo anotar su nombre o dejarlo ir (con mi gratitud, pero sin mi entusiasmo). En esta ocasión (y son ya muchas las veces que me ocurre con autores y autoras que aparecen en el sello Talentura), mi aplauso es tan espontáneo como intenso. Qué espléndido resulta, en mi opinión, el volumen de relatos Como meteoritos, del logroñés Alejandro Amelivia. Lo he disfrutado enormemente.

Cuando me adentré en la primera propuesta (que se titula “La chica de mis sueños”) y descubrí al inquietante personaje de El Soñador, me dije: Caramba. Pero, sin darme respiro, luego vinieron el mal cuerpo que genera la violencia etílica en “Kentucky Gentleman”; la terquedad cazurra de Hank y la sensualidad cromática de June en “La fatiga de los materiales”; la sofocante admiración por Charles Lynch que parece recorrer las venas de los habitantes de Hawthorne; el sueño premonitorio de Larry, al que su esposa Violet se niega a prestar ninguna atención; la inquietante cicatriz que cruza el rostro del cazador que irrumpe en la casita de “En el borde del claro”; los trucos (casi sonrientes) que despliegan una médium fraudulenta y su ayudante demasiado vivo en “Estrella blanca”; y, sobre todo, las líneas que forman “Ya nadie recuerda nada”, un cuento que tendría que ser leído y estudiado en todos los institutos y universidades de España como ejemplo de construcción narrativa y de eficacia literaria.

Cómo maneja Amelivia el cambio de narrador en sus relatos; cómo escoge las ambientaciones y las frases de sus personajes; cómo redondea y esmalta los finales. Impresionante, de verdad. Me ha parecido un libro admirable y digno de elogio. Están tardando en buscarlo.

domingo, 1 de febrero de 2026

Tercera residencia

 


Releo con entusiasmo renovado las páginas de Tercera residencia, que leí en 1988, con veintidós años. Y vuelven a fascinarme las dos líneas vertebrales que descubrí en estos versos encendidos y galvánicos de Pablo Neruda: en primer lugar, el viento surrealista, que llena de imágenes asombrosas los poemas y que los vuelve tan fascinantes; en segundo lugar, el aliento combativo que respiran las estrofas dedicadas a su militancia ideológica (la guerra civil de 1936, el Ejército Rojo, Simón Bolívar, etc.).

Por lo que respecta al primer apartado, confieso mi incapacidad para entender bastantes de los versos, porque las metáforas surrealistas y las adjetivaciones intrépidas que el chileno despliega continuamente me los vuelven impenetrables; pero, a la vez, constato también mi entusiasmo a la hora de interpretarlos, porque las sugerencias de Neruda dan pie a lecturas que, si no se corresponden con lo que él quería expresar, sí que revelan con claridad mi forma de leerlos.

En cuanto al bloque “político” (que muchos denigrarán por su tendenciosidad, pero que yo respeto por los durísimos momentos de guerra que le tocó vivir), no creo que resulte posible negar la validez lírica de estancias como “España en el corazón”. En un tiempo de urgencia y deflagraciones, de muerte y de traiciones, imagino que tiene que resultar punto menos que imposible mantenerse en una posición racional y equilibrada (aunque personas como Manuel Chaves Nogales sí que parecieron lograrlo). En esa efervescencia de ira y de angustia, Pablo canta a las Brigadas Internacionales, a la batalla del Jarama, a los antitanquistas… Y su voz, aunque el paso del tiempo moderase o corrigiese radicalmente algunas de sus aristas, no puede ser tildada de chata o panfletaria. Neruda consigue muchos poemas de belleza terrible, de retrato purulento, de crónica bombardeada.

Pertenezco al grupo de quienes discrepan con algunas de sus ideas y fervores, pero que aplaude sus versos. Una cosa, en literatura, no quita (no debe quitar) la otra.