Releo
con entusiasmo renovado las páginas de Tercera residencia, que leí en
1988, con veintidós años. Y vuelven a fascinarme las dos líneas vertebrales que
descubrí en estos versos encendidos y galvánicos de Pablo Neruda: en primer
lugar, el viento surrealista, que llena de imágenes asombrosas los poemas y que
los vuelve tan fascinantes; en segundo lugar, el aliento combativo que respiran
las estrofas dedicadas a su militancia ideológica (la guerra civil de 1936, el
Ejército Rojo, Simón Bolívar, etc.).
Por
lo que respecta al primer apartado, confieso mi incapacidad para entender
bastantes de los versos, porque las metáforas surrealistas y las adjetivaciones
intrépidas que el chileno despliega continuamente me los vuelven impenetrables;
pero, a la vez, constato también mi entusiasmo a la hora de interpretarlos,
porque las sugerencias de Neruda dan pie a lecturas que, si no se corresponden
con lo que él quería expresar, sí que revelan con claridad mi forma de leerlos.
En
cuanto al bloque “político” (que muchos denigrarán por su tendenciosidad, pero
que yo respeto por los durísimos momentos de guerra que le tocó vivir), no creo
que resulte posible negar la validez lírica de estancias como “España en el
corazón”. En un tiempo de urgencia y deflagraciones, de muerte y de traiciones,
imagino que tiene que resultar punto menos que imposible mantenerse en una
posición racional y equilibrada (aunque personas como Manuel Chaves Nogales sí
que parecieron lograrlo). En esa efervescencia de ira y de angustia, Pablo
canta a las Brigadas Internacionales, a la batalla del Jarama, a los
antitanquistas… Y su voz, aunque el paso del tiempo moderase o corrigiese
radicalmente algunas de sus aristas, no puede ser tildada de chata o panfletaria.
Neruda consigue muchos poemas de belleza terrible, de retrato purulento, de
crónica bombardeada.
Pertenezco al grupo de quienes discrepan con algunas de sus ideas y fervores, pero que aplaude sus versos. Una cosa, en literatura, no quita (no debe quitar) la otra.
