martes, 19 de diciembre de 2023

Reino vegetal

 


Una vez le preguntaron a cierto escritor (les dejo que descubran su identidad utilizando algún buscador de Internet) con qué argumento podría escribirse una gran novela, que permitiera obtener éxito inmediato. Y él, tan amable como irónico, replicó que era muy fácil y facilitó la receta mágica para que todo el mundo la conociese: “Un hombre y una mujer se enamoran”. Lo que venía a decir nuestro inteligente entrevistado es que la literatura no emana ni depende de que el argumento sea asombroso, o retorcido, o comercial, o espléndido, sino de la forma que quien escribe utilice para ordenar los elementos, pulirlos y entregarlos al lector. Porque sí, queridos amigos y queridas amigas, es necesario repetirlo una vez más: la literatura está en el cómo.

En la novela Reino vegetal, Marc Colell acaba de entregarnos un ejemplo majestuoso de este último extremo, porque el “argumento” (permítanme el entrecomillado) resulta intrascendente, y sin embargo el libro es buenísimo. Imaginen una urbanización veraniega en la que se reúnen varias familias, cada una de las cuales tiene (lógicamente) sus peculiaridades y sus demonios íntimos: un viejo cantante retirado que usa peluquín y que cifra su actividad en recorrer treinta veces diarias la piscina comunitaria; unos expertos en tenis, que emplean toda su fuerza bruta en ser campeones en el torneo anual que los vecinos organizan; una persona que entrega una gran cantidad de dinero a dos primos para que practiquen sexo público, mientras los espía; una narradora principal (Carlota) que sigue triste después de la muerte de su gran amigo Ferran, adolescente como ella; un vigilante que se ocupa de la seguridad del entorno… Como pueden ver, nada del otro mundo. Ningún brillo shakespeareano, ningún psicologismo dostoievskiano, ninguna apoteosis tolstoiana. Y, sin embargo, qué espectáculo de lenguaje, de sintaxis, de ritmo, de introspección en los corazones humanos (en los miedos, en las esperanzas, en los desgarros, en las melancolías). Y qué páginas finales, créanme.

La novela la ha publicado el sello Ya lo dijo Casimiro Parker, que merece un aplauso por su apuesta. Difícilmente un sello comercial habría valorado la excelencia de este texto, pero cualquier lector que se adentre en la selva intelectual de estas páginas sí que lo hace, y se asombra conforme avanza, y se embriaga (como se embriaga Carlota con el vino nocturno) conforme recorre sus pasillos, se asoma a sus ventanas o desciende a sus sótanos. Una auténtica joya de tinta, que no deben ustedes perderse.

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