Con una
prosa que, desde el principio, se muestra saltarina, juguetona, digresiva,
intercultural, sonriente y deudora de Laurence Sterne, y que nos conduce por
las sucesivas etapas de un viaje planificado con meridional relajación por el
autor y por Teresa, su acompañante, Antonio Rivero Taravillo nos va contando
con gran sentido del humor los mil pormenores de un viaje lleno de sorpresas: problemas
con la marcha atrás del coche alquilado, puentes por los que cruzó William
Shakespeare, conexiones de los paisajes vistos con Claudio Rodríguez, Jorge
Luis Borges o Javier Marías, contemplación de escenarios artúricos en
Cornualles, continuas referencias cinematográficas o literarias que van
salpicando el texto, el escaso interés que siempre ha sentido por las
representaciones escénicas (“El teatro, ya sea sacro o profano, trágico o
cómico, es algo que nunca ha calado muy hondo en mí”), el gracejo semántico que
despliega continuamente (habla de un chubasco “al que por su morosidad, tan
lenta, tozuda, concienzuda, no parecía cuadrarle el término precipitación”),
la curiosa explicación de algunas etimologías maravillosas e incluso el
despiste final en la vuelta hacia Heathrow, que a punto estuvo de impedir la
subida al avión.
El libro,
que recomiendo con entusiasmo, es tumultuoso, febril, alborotado de cultura y
deslumbramientos, lleno de chispa; y también lleno de admiración y amor. Porque
yo he tenido la sensación de que Viaje sentimental por Inglaterra, entre
muchas otras cosas (las indicadas y las que dejo para que descubra el lector
futuro), es un canto de amor: el lírico y pudoroso poema de quien está
enamorado de unos idiomas, unos paisajes, unos versos intrincados, unos
castillos laboriosamente ocultos por la vegetación, unas brumas. En ocasiones,
este canto de amor es tenue; en otras, explícito y emocionante (“A veces me
pregunto si los paisajes que voy viendo en mis viajes —abadías, fortalezas,
ruinas— no serán el ectoplasma que yo proyecto en los lugares que visito: mi
mundo interior hecho visible, instantánea o postales que el alma se envía a sí
misma”); pero siempre está lleno de sugerencias y hechizos.
Una obra que elude las banalidades típicas de los libros de viaje y que encandila con su brillantez literaria. Muy muy muy recomendable.
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