jueves, 20 de agosto de 2026

Cuánto vale una heladera

 


Después de dos aproximaciones muy gratificantes a la novelística de Claudia Piñeiro me acerco hasta las páginas de Cuánto vale una heladera y otros textos de teatro, que reúne seis producciones breves, pero muy valiosas, donde se combinan humor y tragedia, cotidianidad y magia, claustrofobia y recuerdos. Me ha parecido muy notable. Con las tres primeras entregas del tomo he disfrutado por motivos distintos: en Cuánto vale una heladera, por el modo en que combina un disparate burocrático con su solución humorística; en Verona, por la telaraña familiar que condensa, llena de hilos pegajosos llenos de reproches, cuentas pendientes, mezquindades y egoísmos; y en Morite, Gordo, por el juego de avances y retrocesos temporales, que nos van completando una historia de amor y muerte. Pero donde realmente la escritora argentina alcanza su cénit dramático es en las tres propuestas que completan el tomo: Un mismo árbol verde (donde Silvia y Dora, que viven en la Argentina, pero tienen un duro pasado armenio, nos invitan a reflexionar sobre exilios y genocidios, que parecen buscarse y tejer una malla atemporal), Tres viejas plumas (en cuyas páginas asistimos a la reconstrucción de un viejo trauma familiar, que separó a Marcelo de su padre durante ocho años, hasta que el azar vuelve a reunirlos de manera agria) y Con las manos atadas (en la que la escribana Elena y su empleado Gutiérrez son inmovilizados por un ladrón y tienen que pasar unas horas aislados en la oficina, hasta que a la mañana siguiente alguien venga a rescatarlos).

Con una admirable habilidad, Claudia Piñeiro rellena su coctelera con la letra Ñ, los crímenes de los turcos, algunas frases inmortales de William Shakespeare, un orgasmo inesperado, un chico incapaz de guardar rencor a su hermano, un tipo del que nadie parece recordar el nombre o una madre que no murió por culpa de la tos, sino por la lujuria insensata de su esposo. Y una vez agitada esa mezcla nos sirve un cóctel que contiene amor, deseo, irritación, soledad, melancolía, derrota y decepciones. No desaprovechen la oportunidad de adentrarse en este libro: les gustará, estoy seguro, tanto como a mí.

miércoles, 19 de agosto de 2026

Lorca y el mundo gay

 


Federico García Lorca vivió en el inicio de la adolescencia lo que Ian Gibson ha llamado con tristeza “el calvario del instituto”, no solamente porque un grupo de compañeros lo motejaba de Federica, sino porque incluso uno de sus profesores, “muy poseído de macho” (p.54), lo relegó al último banco de la clase, como humillación complementaria. Ese calvario se repitió en su último día de vida, cuando un salvaje llamado Juan Luis Trescastro Medina le disparó en el culo “por maricón” y luego fue presumiendo de esa inmundicia por los bares de Granada. De ahí que libros como Lorca y el mundo gay no constituyan un proceso de búsqueda morboso, anecdótico o innecesario, sino un trabajo tan admirable como imprescindible. Federico fue homosexual. Y la tortura perenne de tener que vivir su condición de forma camuflada (comenzaba a liberarse cuando la brutalidad de la guerra civil abortó el proceso, con la vileza de su asesinato), escondiendo las alusiones, ideando metáforas ambiguas o utilizando símbolos o palabras que no fueran delatoras, condicionó su obra. ¿Cómo no va a ser fundamental conocer los detalles de su sexualidad para mejor entender su poesía y su teatro?

Explorando epistolarios, manteniendo entrevistas personales, concertando citas telefónicas, desempolvando periódicos y revistas con décadas de olvido encima, leyendo memorias y dietarios y, a veces, accediendo a interesantes hallazgos gracias a la generosidad espontánea de algunos herederos, Ian Gibson construye una obra monumental, en la que conocemos, por ejemplo, a María Luisa Natera, el adolescente amor perdido de Federico (la cual murió en Madrid en 1983). ¿Fue ella la niña rubia de ojos azules que aparece en los poemas juveniles del autor granadino? Es muy probable. “Pude haberla conocido, haber escuchado de sus propios labios cómo fue. Pero entonces no sabía nada de ella. Qué rabia me da” (anota Gibson en la página 68); también se nos recuerdan sus relaciones (en los primeros años amistosas, pero después enrarecidas) con el homófobo Luis Buñuel, al que conoció en la Residencia de Estudiantes; o su complicado vínculo admirativo y erótico con Salvador Dalí (no se pierdan la historia de Margarita Manso, tal vez ocurrida en la primavera de 1926); o su encandilada fascinación por Emilio Aladrén, Eduardo Blanco-Amor, Luis Cernuda y Rafael Rodríguez Rapún, de quienes se nos reúnen aquí interesantes anécdotas.

Después de su ciclópeo esfuerzo de investigación, al irlandés le siguen causando dolor e impotencia los centenares de cartas que, relacionadas con el mundo de Federico García Lorca, se han perdido o permanecen ocultas, por asco, pudor o vergüenza de los herederos (“¿Dónde están ahora, si es que están? No lo sé. Esperemos que no hayan sido destruidas, por demasiado personales, y que algún día afloren y se publiquen. Uno se cansa de tanta desaparición, tanto silencio, tanta tergiversación, tanto no querer decirnos cómo fue”, p.321). Y lamenta que otras (como las que tuvo en su poder Rafael Martínez Nadal) solamente fueran reveladas en una pequeña parte (Luis Antonio de Villena aseguraba haber visto una en la que Federico reconocía con gozo su participación en una orgía con negros). Repitámoslo: Federico García Lorca fue homosexual. No se trata de ninguna mancha vergonzosa que deba ser ocultada, sino de un hecho personal que dejó huellas en su literatura, que tanto amamos. Para quienes lo asesinaron, su condición sí que constituía estigma (“Tal vez si se encuentran los restos sabremos qué hicieron con su víctima, antes de acabar con él, aquellos miserables energúmenos fascistas. Algunos dicen que no importa. No puedo estar de acuerdo. Creo que tenemos derecho a conocer todo lo que se pueda sobre aquel acto criminal”, p.379); pero no debería constituirlo para quienes seguimos leyendo y admirando al granadino. Ian Gibson se erige, otra vez (tantas veces), en héroe, luz y referencia. Gracias eternas.

martes, 18 de agosto de 2026

Otoños y otras luces

 


Ha pasado algo muy curioso mientras leía el poemario Otoños y otras luces, de Ángel González: he sentido cómo reinaba el silencio a mi alrededor. No creo que haya sido, aunque lo parezca, una sensación subjetiva. Estoy en condiciones de jurar que se ha hecho el silencio mientras leía. Antes de adentrarme en sus hojas era consciente de que se trata del último volumen publicado por Ángel González (“después de nueve años de silencio”, reza la solapa, como si la ausencia de publicación comportara para el poeta silencio), así que admito que una cierta dosis de sugestión sí que puede haber mediado. Pero, de verdad, ha sido como si todo se detuviera a mi alrededor, como si mi despacho, la casa, la calle entera, guardasen una respetuosa quietud mientras sonaban las palabras del ovetense.

Habla de otoños que declinan, dejándonos el oro de sus luces; de amadas que renuncian a seguir queriendo al poeta (“No recuerdo un invierno tan frío como este”); de rayos de sol inesperados que destellan en la nieve; de lánguidas constataciones (“Sé que llegará el día en que ya nunca / volveré a contemplar / tu mirada curiosa y asombrada”); de glosas entusiastas a C.R. (Claudio Rodríguez); de alboradas que anuncian el misterio de un nuevo día (“Canta un gallo, mil gallos. Amanece”); del decepcionante “envoltorio de bisutería / que ocupa hoy el lugar / del amor verdadero”; o de ideas tan amargas como escalofriantes (“Hay mañanas en las que no me atrevo a abrir el cajón de la mesilla de noche por temor a encontrar la pistola con la que debería pegarme un tiro”).

La triste belleza sin continuación de unos poemas finales. Léanlos.

lunes, 17 de agosto de 2026

Los días prometidos


 

Al poco de salir el libro de poemas Los días prometidos, de Pedro Marín, allá por el año 2002, mi hermano Jose Cantabella me dijo que lo leyera, que seguro que iba a gustarme. Y lo hice. Y lo hizo. Ahora, casi un cuarto de siglo después (cómo pasa el tiempo, silencioso e implacable), vuelvo a sus páginas. Y encuentro de nuevo aquel ritmo bien pautado de endecasílabos, aquella música excelente y aquellas elegantes asonancias, que envuelven sus reflexiones sobre el paso del tiempo, sobre el afán de huir de la rutina cotidiana, en la que el tedio del trabajo impulsa a salir por las noches a deambular por la ciudad (“Canción de un lunes de octubre”) o genera un insomnio aterrador (en el poema “Otra noche” se leen estos dos versos tristes, de amanecer agobiante: “Comienza la jornada, y estás muerto / de cansancio. Y estás vivo”).

Desde entonces, salvo que mis búsquedas a través del ciberespacio hayan sido torpes, ningún otro libro ha publicado el autor (que la solapa de Los días prometidos identifica como nacido en Alcantarilla). Me parece una pena, vista la brillantez de esta obra. Aunque quizá quien nos ha regalado una rosa no precise regalarnos después un ramo de ellas, porque el aroma ya nos ha sido comunicado.

domingo, 16 de agosto de 2026

Cuaderno San Martín

 


Me sorprendió (no habré de ocultarlo) uno de los primeros versos de este libro, que Jorge Luis Borges tituló Cuaderno San Martín y que está fechado en 1929. El poema que lo abre se titula “Fundación mítica de Buenos Aires” (después de que el argentino rectificase el adjetivo mitológica, con el que prefirió rotularlo en la primera edición); y en él me asaltó una pella de barro: “Pensando bien la cosa”. ¿Pensando bien la cosa? Qué raro coloquialismo, en el escrupuloso y exquisito poeta. Pero intuyo que fue un desliz, porque a partir de ahí, como no podía ser de otro modo, los versos vuelan con alas de mármol y nos hablan de atardeceres en los baldíos, de muchachas “comentadas por un vals de organito”, de patios con arriates, de almacenes por donde merodean malevos, del jardín de su infancia, de rostros antiguos “que se estarán desvaneciendo en daguerrotipos” y de orilleros que tañen guitarras. Es decir, ese universo inicial que el poeta rememora para convertirlo en tinta, con sus fórmulas inconfundibles, llenas de encanto, ritmo y majestad (“La gravitación del amor, que nos justifica”, “El redoble, endiosador de pechos, de los tambores / en los entierros militares”).

¿Estamos ya ante Borges? Yo diría que casi, aunque aún no. Pienso en un niño silencioso que, mientras pasea a solas por la playa, encuentra un vidrio verde, redondeado por el mar. Lo coge con unción. Sabe que es hermoso y lo acaricia con las yemas de los dedos. Nota un escalofrío bajando por su espalda. Lo coloca en la palma de la mano y deja que el sol lo acaricie. Lo mira desde distintos ángulos. Hay belleza en él, mucha belleza, pero todavía no es esmeralda. Su inteligencia se lo insinúa y su vanidad no lo aturde. Decide darle el nombre de Cuaderno San Martín y lo guarda en el bolsillo, antes de seguir caminando.

sábado, 15 de agosto de 2026

Presencia

 


Recuerdo aquella antigua y maravillosa entrevista que Joaquín Soler Serrano le hizo a Julio Cortázar (y que he escuchado ocho o diez veces en mi vida, gracias al auxilio de Youtube) en la que el escritor argentino explicaba que su libro de poemas Presencia había salido en 1938 en una edición de 250 ejemplares, “destinados a los amigos”. Y añadía que lo escamoteaba de su bibliografía porque no estaba convencido de que reflejase el nivel literario que él pretendía alcanzar. Verdaderamente, quien lo lea (yo acabo de hacerlo) sentirá la extrañeza de que “eso” sea Julio. Y me apresuro a indicar que “eso” no implica desdén o burla, sino desajuste. Habituado a reconocer cierto estilo, cierta forma, cierta música en las líneas de Cortázar, aquí no lo percibo; pero tal evidencia no me ha impedido disfrutar con el desafío de estos sonetos contundentes, cincelados con exquisita meticulosidad, en los que aparecen referencias a Mallarmé, Baudelaire, Cocteau o Góngora; en los que se cita los apellidos de Ravel o de Bach (esa música clásica que, junto al jazz, tanto moduló la sensibilidad cortazariana); en los que brillan algunas paronomasias deliciosas (“El lago ya no es lago, sino halago”); y en los que he detectado y subrayado algunas rimas irónicas (sonidos/alaridos), culturales (refranes/Manes), pensativas (torbellino/Destino), arriesgadas (simbioica/heroica) o incluso sentenciosas (perdura/sepultura). El resultado son unos sonetos impecables, impregnados por esa fría belleza que tienen las mejores “casas de catorce tablas” (Neruda dixit).

Dice Julio Cortázar en uno de estos sonetos que “en el aire hay un mundo de caminos”. Sin duda, él estaba empezando a descubrir algunos de ellos, para gloria de quienes lo seguimos leyendo con indeclinable admiración.

viernes, 14 de agosto de 2026

El laboratorio del doctor Nogueira

 


Rosa Novoa, la ayudante del doctor Roberto Nogueira (“El mayor cerebro que jamás hubo en la Tierra, el nuevo mesías destinado a hacer feliz a la humanidad”), está apuntando en su cuaderno todas las ideas y actuaciones de este, para que no caigan en el olvido (“Supe con certeza que cualquier palabra que saliese de su boca era sagrada, y como tal debía ser recogida para la posteridad, antes de que sus ecos se perdiesen en el aire y acabasen muriendo”). Él la contrató hace dos años, para ser su secretaria en la gran mansión que habita; y le terminó revelando la misión secreta que alentaba desde hacía tiempo: erradicar la infelicidad del planeta. Hijo de campesinos gallegos y heredero casual de la gran fortuna de un tío de Brasil, ultimó sus estudios licenciándose “en Química Esotérica en la Universidad de Melanesia, en Física Viviente en la de Tombuctú y en Procesos de la Materia Orgánica en la no menos prestigiosa Universidad de Antananarivo”, evitando los grandes centros oficiales y creándose una identidad secreta (Alfredo da Silva). A partir de entonces, comenzó una dilatada y oculta carrera de experimentos para mejorar la vida de sus coetáneos.

Un lector adulto, como es lógico, apenas puede evitar la sonrisa ante la petulancia del personaje, que se considera desdeñado y perseguido por la cultura oficial (palabras como “conjura”, “confabulación”, “boicot” o “conspiración” vertebran su vocabulario) y que aspira a ser el redentor de la humanidad (así de humilde es la criatura) gracias a ocurrencias tan disparatadas como las pastillas contra la calvicie, un líquido que enriquezca el lenguaje de sus semejantes, otro que solucione el racismo haciendo que todas las personas tengan la piel blanca o unas agujas que eliminan los malos recuerdos de las personas tristes. Pero un lector de pocos años, que no alcanzará a descubrir la parodia risible de esta novela (tan evidente y tan simpática), disfrutará mucho con esas egocéntricas exhibiciones de vanidad. Y también lo hará cuando Rosa, buscando a un voluntario para probar el último invento del doctor, encuentre en la calle a un hombre con gafas, bigote y poco pelo, del que descubre que se llama Agustín Fernández Paz. Pero lo que hablan durante ese encuentro, perdónenme, pertenece al secreto del sumario: descúbranlo ustedes, si gustan.