Hortensia
y Abelardo se encuentran reunidos con otras personas para celebrar su fiesta de
compromiso. No pueden ser más felices. El problema empezará cuando se escuchen
unas detonaciones y, a renglón seguido, todos entren en el salón y descubran el
cuerpo de un hombre que, tumbado en el sofá, se ha quitado la vida. ¿Quién es
ese intruso? ¿Y por qué ha elegido precisamente su casa para acabar con todo?
Al cúmulo de criadas, vecinos y amigos pronto se unirán el juez (al que han
despertado en plena noche para que levante el cadáver) y el forense (quien debe
inspeccionar ocularmente la escena y se llama, por supuesto, Casimiro). El
espectador (o el lector) empieza a fruncir las cejas y a esbozar una sonrisa,
que se irá incrementando conforme avance el delirio de los diálogos, llenos de
nervios, sílabas trabucadas, juegos de palabras y disparates. No podía ser de
otra manera, siendo una pieza escrita por Enrique Jardiel Poncela. En ese
instante, el juez, muy indignado por la proliferación de personas que abarrotan
la sala y que no lo dejan enterarse de nada, se queja de tener ante sí “nueve
personas que han aprovechado el suicidio de un infeliz para pasar entretenidas
la noche”. Y el forense, tan aturullado como él, rubrica: “Y si las dejamos
presenciar la autopsia, reparten programas” (acto II). La única posibilidad de
aclarar el suceso consiste en repetir la escena: todos salen de la habitación,
apagan la luz… y vuelve a escucharse un atroz disparo. ¿Acaso el suicida ha
vuelto a suicidarse? ¿O alguien más se ha sumado al horror de esta noche
inolvidable?
Por supuesto, no les pienso contar nada más de la trama. Bueno estaría. Pero sí les diré que cuando el cadáver del señor García se siente en el sofá y bostece, el juez constatará que el estupor adormece sus facciones. O, dicho con palabras más claras, que “la imbecilidad barniza sus párpados” (acto III). Puro Jardiel. Y a partir de ahí, el disloque. No se lo pierdan, háganme caso.





