En
la localidad de Gamones se acaba de producir un descubrimiento bastante
espectacular: una tinaja, con muchas joyas antiguas de oro y plata en su
interior, ha sido descubierta mientras un personaje llamado don Lino estaba
desbrozando un cortafuegos con su tractor. Esa es, al menos, la versión
oficial, aunque los responsables de la investigación arqueológica sospechan que
quizá el pueblerino estaba utilizando un detector de metales en las
inmediaciones del castro en busca de riquezas. Obviamente, no lo pueden probar,
así que tienen que dar por buena la versión de don Lino y personarse allí, para
continuar la excavación y, en su caso, delimitar el monto económico de la
recompensa que como descubridor le ha de ser adjudicada.
Jero
es la persona a la que recurre el subdirector general del ramo para que dirija
la excavación, pero va a tardar muy poco en descubrir que los lugareños (medio
centenar de bastuzos unicejos que se niegan a ser “invadidos” por Madrid y que
amenazan incluso con colgar de un nogal a quienes les “roben” la mina)
están dispuestos a recurrir a las amenazas y la violencia para impedir su
trabajo. Y a fe que lo harán.
Volvemos a encontrar en esta novela al Miguel Delibes que conoce bien (y que cuenta como nadie) las fricciones que se producen cuando el mundo urbano y el mundo rural coliden, con su cargamento de agravios históricos, suspicacias y testarudeces por ambos lados. Siempre una maravilla volver al genial autor de Valladolid.






