martes, 10 de marzo de 2026

Las sustituciones

 


En todas las historias de este espléndido volumen de Santiago Casero (que fue galardonado con el XXX Premio Tiflos de la ONCE) aletea la sospecha de que no somos sino entes provisionales que ocupamos espacios provisionales; y que una leve brisa (o un huracán) puede desinstalarnos de la zona que creemos nuestra, de la felicidad o la calma que creemos nuestras. Una editora que se desplaza en avión entre España y Portugal para absorber un pequeño sello lisboeta; un traductor que se encandila con su homóloga en una reunión política de altísimo nivel entre Reagan y Gorbachov; una mujer que, mientras adquiere un regalo para su amante, descubre a su marido haciendo lo mismo para la suya; un hombre que, víctima de un desajuste aeroportuario, se ve zarandeado por la amargura y por la decepción en las calles de Nápoles; una pareja que, ajena a la paternidad, se refugia en una adopción canina para maquillar provisionalmente su vacío… Todos ellos caminan por la existencia sin querer admitir que, como se indica en la página 96 del tomo, “las sustituciones tienen una vigencia corta, una fecha de caducidad variable, pero que acaba venciendo siempre”. Quizá porque hacerlo implica aceptar que el gris es el color que nos acecha en cada esquina y que la luz, aunque pueda parecernos el gran porvenir que nos espera, no es más que un simulacro.

Con una prosa excelente y con un sentido de la construcción cuentística fuera de toda duda, Santiago Casero nos entrega un tomo magnífico, donde se nos invita a conocer mejor al ser humano, explorando su alma y diseccionando su corazón. Háganse el gran favor de leerlo. Les va a encantar. Y, seguramente, descubrirán que sus textos también están hablando de ustedes.

lunes, 9 de marzo de 2026

Antídoto contra la locura

 


Sabía de la afición y del amor de Carmen Granero por la poesía, pero aún no había tenido la oportunidad de adentrarme en un libro suyo. Y ahora, gracias a la feliz intermediación de su sobrino Antonio, he podido hacerlo. La obra, publicada por el sello Tirano Banderas, se titula Antídoto contra la locura y nos muestra la plenitud sensorial y emocional de un corazón que mira, piensa y escribe; de un corazón que, sabio y reflexivo, contempla el mundo y absorbe sus perfiles; de un corazón que, pese a ser consciente de que somos “pequeños átomos”, también lo es de nuestra condición de seres “únicos e imprescindibles” (p.13).

Entregada al análisis de su entorno, Carmen (quien se reconoce “huérfana, aun teniendo padres”, porque todos atesoramos soledades que humillan nuestros hombros) construye poemas con delicadas asonancias (léase, por ejemplo, el titulado “Niebla”); nos habla de refugios interiores, en los que resguardarse de las asechanzas de la tristeza (“Ya no tengo lugar donde esconderme. El mundo está llorando. Solloza amargamente. Miro dentro de mí. Voy buscando un rincón”); se auxilia con versos entrañables de sus poetas favoritos (“Con ellos encontré el horizonte”); consigue líneas que toda madre querría haber escrito, pensando en sus hijos (“Los pasos que no vuelven”); se extasía con los acordes emanados de la guitarra de Carlos Piñana (“Solo del viento”); nos pasea por diversos puntos de Europa (Florencia, la Toscana, Burgos); nos regala preciosos textos primaverales (bellísimo resulta el titulado “Renacimiento”); o alcanza metáforas tan poderosas como la que puede encontrarse en la “Oda a la alegría”, donde nos habla del sol y nos dice que es “un caballo henchido de luciérnagas”.

Ha sido una auténtica felicidad descubrir que la gran persona que es Carmen no se diferencia ni un ápice de la gran poeta que se descubre en estos versos. Les toca a ustedes descubrirlo.

sábado, 7 de marzo de 2026

Los hermanos Bravo

 


Pues qué quieren ustedes que les diga: que cada libro suyo que leo me lo deja más claro. Tengo que leer todo lo que haya publicado Ignacio Martínez de Pisón. Me gusta y me convence. En esta ocasión me he acercado hasta las páginas de su obra juvenil Los hermanos Bravo, narrada por Eduardo, uno de los protagonistas. La acción se sitúa en un pequeño hostal de carretera al que la construcción de una moderna autovía ha dejado aislado y sin apenas clientes. Por fortuna, un hombre que viaja en un despampanante Alfa Romeo ha decidido instalarse allí durante unos días y altera la existencia de Juan, Rafa y Eduardo, los tres hermanos. De un modo tangencial, también altera la de Socorro, hija del encargado de la gasolinera cercana, que está convencida de que la presencia del hombre (y sus raras visitas a la abandonada Casa del Muerto) obedecen a la búsqueda de un tesoro. Huelga indicar que las conexiones con la novela de Robert Louis Stevenson son tan evidentes como deliberadas por parte de Martínez de Pisón, quien combina de un modo admirable el humor, la ternura, el despertar de la adolescencia, el misterio y la creación literaria para entregarnos un relato que conquista al lector.

Cruzándose con esa línea vertebral aparecen otras ramas no menos importantes en el desarrollo de la familia: las aficiones musicales de Rafa (que imita de forma habilidosa a Julio Iglesias y que participa en un concurso de televisión), el amor al ciclismo de Juan (quien se ha empeñado en proclamarse vencedor de una carrera local, cuyo premio es una preciosa bicicleta profesional), las mentiras postales de Socorro (que elude el fracaso de su padre creándole un presente más luminoso) o la entereza de los padres (que ven cómo su negocio les es arrebatado por unos indeseables, sin que tal infamia les haga derrumbarse). Un libro muy hermoso, que pueden leer los más jóvenes y que también suscita el aplauso de quienes lo fuimos. Búsquenlo.

jueves, 5 de marzo de 2026

Noches sin dormir


 

“Comencé este diario el 16 de enero y lo terminé el 16 de mayo de 2015. Sólo unos días de primavera nos fueron concedidos, por tanto; son los recuerdos de nuestro último invierno en Nueva York”. Así lo resume, al terminar la obra, la gaditana Elvira Lindo. Once años de permanencia en Estados Unidos llegaban a su fin. Durante los primeros (2004-2006) su marido, el escritor Antonio Muñoz Molina, desempeñó el cargo de director del Instituto Cervantes; los restantes, impartió clases en la universidad. Y una vez que la decisión de regresar a España (o tal vez de instalarse en Lisboa) quedó planteada, ella comenzó este diario, donde quedan registradas todo tipo de actividades y emociones: paseos por las calles sepultadas por la nieve, en el invierno más frío que se recuerda en la ciudad; visitas a exposiciones de pintura; asistencia a conciertos en el Carnegie Hall, donde tienen la oportunidad de escuchar un magnífico programa con piezas de Shostakovich, Beethoven y Stravinsky; charlas con su asistenta Rubiela, vegana y con un arsenal de anécdotas de sus trabajos anteriores; sus frecuentes insomnios, que llegan a preocuparla; la contemplación de personajes peculiares, que oscilan entre la insania y el pintoresquismo; conversaciones con su esposo (no se pierdan aquella en la cual Antonio se confesaba deprimido porque una taquillera del cine le había preguntado si era senior); recuerdos familiares sobre su padre, su madre o detalles de su infancia; poemas que compone a vuela pluma y que ahora transcribe con total naturalidad (simpatiquísimo el que incluye este exabrupto jocoso: “Le pueden ir dando mucho por culo a la juventud. / A mí que me devuelvan sólo las tetas”); asistencia a algún desfile de moda (que se le antoja un auténtico “culto a lo alienígena”, donde las modelos empiezan a ser “muchachas de complexión de libélula”); y un sinfín de retratos sobre amigos y conocidos del mundillo neoyorquino.

Consciente (y no arrepentida) de que se ha dispersado en mil frentes durante su vida profesional (radio, TV, prensa, libros, fotografía, teatro) y que ha destinado un poco de sí misma a cada tarea, Elvira Lindo se define inteligente y graciosamente como “escritora homeopática”. Puede ser. Pero yo no considero que se trate de una mala decisión: considero que sus libros y sus fotografías son estupendos; y le agradezco mucho las horas maravillosas que me ha regalado con obras como esta. Seguiré leyéndola con admiración y con respeto.

martes, 3 de marzo de 2026

La moneda de Carver

 


Me encantan las prosas que respiran limpieza, que dibujan su línea de un modo elegante y definido. Y la de Javier Morales, según tuve la oportunidad de descubrir en su libro Lisboa, que reseñé en el año 2018 (https://rubencastillo.blogspot.com/2018/04/lisboa.html), y en el no menos hermoso La despedida, del que di cuenta en este blog en 2020 (https://rubencastillo.blogspot.com/2020/04/la-despedida.html), pertenece sin duda a ese grupo exquisito. Ahora, he enriquecido dos tardes de mi vida leyendo su obra La moneda de Carver, publicada en Reino de Cordelia, que contiene ocho excelentes relatos donde se nos habla de unos personajes que saltan de un cuento a otro, trazando pasarelas bellísimas entre ellos. Así, el Samuel que, siendo niño, nos cuenta la historia que protagoniza con su padre y con el díscolo Dominico en la plantación donde trabaja su progenitor (“El tiempo del tabaco”), visita siendo joven la ciudad de Lisboa (¡otra vez la capital portuguesa!) y conoce allí a Tammy, con la que terminará contrayendo matrimonio (“Viaje a la Ciudad Blanca”). Algo más tarde, lo veremos documentándose para escribir una biografía de Gabriel y Galán (“Gayga”). Pero los juegos y los guiños textuales no se acaban ahí: la traductora que actúa como protagonista en el relato “El perrito de la dama” asiste a un intenso taller de escritura cuyo coordinador se llama Javier (el propio Javier Morales dirige talleres de ese estilo).

Como es natural, este tipo de recursos no se sustentarían por sí mismos, salvo en un plano anecdótico; pero es que el escritor cacereño los inserta en una prosa, como arriba indico, absolutamente espléndida, donde la mirada del narrador, los arabescos del lenguaje y la elección del punto de vista siempre resultan atinados. De esa manera, “Cementerio alemán” o “La moneda de Carver” (por citar solo dos de las propuestas) alcanzan una altura admirable y se convierten en textos de los que la memoria no querrá prescindir. Todos mis aplausos.

lunes, 2 de marzo de 2026

El perro loco

 


Afirma el yeclano José Luis Castillo-Puche, en un prólogo que compuso para acompañar esta historia: “Yo no soy, por supuesto, un autor para niños, ni siquiera para jóvenes. Comprendo que mi literatura es fuerte, es bronca y más bien áspera”. Puede que tenga razón, pero tal vez las historias fuertes, broncas y ásperas puedan también calar en el espíritu de personas jóvenes. Desde luego, entiendo que El perro loco reúne todas las condiciones para que así sea.

Nos encontramos aquí con Pepico, un niño del Altiplano. Su familia, hondamente religiosa, tiene que huir de su pueblo natal cuando estalla la guerra civil de 1936, y refugiarse en la cercana Murcia. Se llevan con ellos, después de varias tentativas de abandonarla, a la perrita Lilí, un animal cariñoso, inteligente y fiel, que parece comprender las cosas mejor que los humanos y que los salva en algunas ocasiones más bien comprometidas ante milicianos que realizan registros. Es una época difícil, en la que nadie parece encontrarse a salvo, porque los enfrentamientos bélicos siempre sacan lo peor de las personas que se ven envueltas en su locura (“Lo tremendo es que haya insensatos que quieran hacernos creer que las guerras son necesarias, o que las guerras son episodios heroicos que la humanidad necesita, o que las guerras pueden traer algo bueno. Todo mentira. Las guerras son el oprobio y la vergüenza de la humanidad, las guerras son la barbarie que nos asemeja a las fieras”, asegura en el capítulo 25). Los odios, las venganzas, los ajustes de cuentas, las mezquindades, las delaciones, los temblores impregnan el corazón de todos los protagonistas. Y, cuando la situación se vuelve punto menos que insostenible, Pepico tiene que vestirse con el uniforme del ejército leal a la República y subirse a un tren que lo llevará al frente.

Novela antibelicista, profundamente tierna en su visión de los animales, El perro loco consigue trasladarnos un relato sencillo, conmovedor e inolvidable sobre el despertar a la vida adulta, el poder devastador de las guerras y la estupidez homicida en la que puede incurrir el ser humano cuando lo convencen de que “el de la acera de enfrente” es un enemigo del que conviene protegerse o al que conviene exterminar. Digno de aplauso, como siempre, José Luis Castillo-Puche.

sábado, 28 de febrero de 2026

La Fundación


 

Tomás se encuentra sumamente feliz en la Fundación, un centro en el que novelistas, matemáticos, ingenieros y otros profesionales de elevado talento conviven y son becados para desarrollar su creatividad. Comparte habitación con Asel, Max y Lino; disfrutan de cerveza fresquísima en su nevera y de un servicio de camareros que les trae comida y cena sin necesidad de desplazarse; pueden fumar a placer; disponen de teléfono; y Tomás, para redondear paradisíacamente su estancia, recibe visitas de su novia Berta, también becada por la Fundación. Lo extraño es que, salvo Asel, todos parezcan incómodos y miren a Tomás de manera torva o rencorosa, dirigiéndole pullas y rechinando los dientes. Poco a poco, mientras descubre cómo la música ambiental, las lujosas lámparas o el teléfono desaparecen, el lector va comprendiendo que lo observa todo con los ojos de Tomás, y que la realidad es mucho más triste y mucho más angustiosa: todos ellos se encuentran en una cárcel infecta (alguno ha sido incluso torturado) y les espera la muerte. ¿Ha perdido Tomás el juicio o finge la Fundación para no dejarse devorar por el miedo… y por la culpa?

Tan contundente y tan simbólico como en Buero es habitual, este drama pone ante nuestras pupilas una amarga reflexión sobre las traiciones que a veces somos capaces de infligir, sobre el poder coercitivo que puede usarse para doblegar el ánimo y, claro está, sobre la fantasía como refugio para evadirse de un entorno hostil. Puede ser una cárcel en cualquier régimen totalitario; puede ser una cárcel en cualquier país; puede ser una cárcel en cualquier época. El modo en que el Poder no democrático destroza la vida de los disidentes es universal. Y también lo es el drama de Buero Vallejo.

En la última página, en la última secuencia, nos queda una duda terrible: ¿dibuja un horizonte de esperanza, haciendo que los condenados sean trasladados a otra celda, de la que quizá puedan escapar más fácilmente? ¿O tal vez el traslado no tenga otro destino que el paredón y unas agrias detonaciones? El hecho de que, una vez desocupada la celda, nuevos presos sean conducidos a ella, nos hace tragar saliva en silencio.