Ninguna
persona sensata confunde, en literatura (ni en casi nada), la cantidad con la
calidad. Jorge Luis Borges, que no me parece sospechoso de idiocia, dejó
anotado que un hexámetro bien construido puede ser más valioso y más bello que
un grave volumen atiborrado de páginas prescindibles. Y el jesuita Baltasar
Gracián, tan poco amigo de oropeles, anotó que más obran quintaesencias que
fárragos. Los haikus, quién lo dudará, condensan esas ideas en su reducido
vaivén de sílabas.
Acabo
de leer, en apenas quince minutos, la obra Rapsoda, que Liliputienses le
publica al bonaerense Lucas Soares; y creo que también sirve para ejemplificar
cuanto arriba queda dicho. La voz de un viejo rapsoda susurra aquí palabras que
van cayendo como pétalos y que, rozándose o colidiendo, se estimulan entre sí y
generan imágenes. Pero, sobre todo, generan silencios, porque este libro (que
la editorial nos presenta en un agradable formato de bolsillo) parece
atravesado por brisas silentes que lo dotan de un aura especial. Es como si la
persona que está leyendo contemplase al viejo rapsoda sentado en el suelo, al
modo búdico, y estudiase sus gestos, contemplase los movimientos de su cara y,
sin abrir los labios, esperara su mensaje.
Prueben a leerlo como he hecho yo: con unos auriculares de insonorización. Ya me dirán qué les parece el experimento.






