miércoles, 21 de enero de 2026

Rapsoda

 


Ninguna persona sensata confunde, en literatura (ni en casi nada), la cantidad con la calidad. Jorge Luis Borges, que no me parece sospechoso de idiocia, dejó anotado que un hexámetro bien construido puede ser más valioso y más bello que un grave volumen atiborrado de páginas prescindibles. Y el jesuita Baltasar Gracián, tan poco amigo de oropeles, anotó que más obran quintaesencias que fárragos. Los haikus, quién lo dudará, condensan esas ideas en su reducido vaivén de sílabas.

Acabo de leer, en apenas quince minutos, la obra Rapsoda, que Liliputienses le publica al bonaerense Lucas Soares; y creo que también sirve para ejemplificar cuanto arriba queda dicho. La voz de un viejo rapsoda susurra aquí palabras que van cayendo como pétalos y que, rozándose o colidiendo, se estimulan entre sí y generan imágenes. Pero, sobre todo, generan silencios, porque este libro (que la editorial nos presenta en un agradable formato de bolsillo) parece atravesado por brisas silentes que lo dotan de un aura especial. Es como si la persona que está leyendo contemplase al viejo rapsoda sentado en el suelo, al modo búdico, y estudiase sus gestos, contemplase los movimientos de su cara y, sin abrir los labios, esperara su mensaje.

Prueben a leerlo como he hecho yo: con unos auriculares de insonorización. Ya me dirán qué les parece el experimento.

martes, 20 de enero de 2026

Viaje a Mauritania

 


Soy, siguiendo la fórmula que utilizó Emir Rodríguez Monegal en su libro sobre Pablo Neruda, un viajero inmóvil. De hecho, no creo que existan demasiadas personas que puedan ser definidas como “inmóviles” con más exactitud que yo. Mi ideal de vida consiste en no salir de mi casa más que un par de veces al mes, siempre con el mismo amigo, a tomar cerveza en el (preferiblemente) mismo lugar. Pueden creerme. Soy, como pregonaba de sí mismo el maestro Jorge Luis Borges, “decididamente monótono”. Pero (y aquí viene lo curioso) me encanta conocer las experiencias viajeras de la gente a la que admiro: sea en forma de fotografías (Julio García Luján) o de palabras (Manuel Moyano). En este grupo último (es decir, quienes registran literariamente sus ambulaciones) incluyo a mi entrañable Mariano Sanz Navarro, al que este blog sigue con interés y gratitud.

Su última entrega es este fascinante Viaje por Mauritania, que nos permite seguir conociendo más detalles de ese mundo norteafricano que tan próximo tenemos y que, ay, tan escasamente nos preocupa o imanta. Son siete mil kilómetros de ruta que se inicia en Santomera y que tiene su primera parada en Fez, “capital cultural de Marruecos, reserva de tradiciones y cuna de ortodoxos” (p.23). Desde allí se desplazó hasta Rabat y Bouznika, donde tiene oportunidad de tomarse una coca-cola que tiene un pequeño secreto: “Escocia, 12 años” (p.41). Y así, paso a paso, Mariano nos va describiendo paisajes, costumbres, tipos humanos, curiosidades del lugar (ese aeropuerto clausurado por orden de Hassan II), ciudades con tres nombres (véase la página 62), hoteles de los cuales es “mejor no dejar memoria” (p.102), morabitos reverenciales y, quizá por encima de todo, silencios nocturnos que se graban en el corazón para siempre (“Dormir en el desierto es una experiencia impactante que descubrí hace años en el Tiris, en mi primera excursión a la tumba de  Chej el-Maami. La oscuridad cae rápidamente y de pronto es noche cerrada. Hay que recurrir a las linternas si no se ha encendido fuego. Hacia media noche, como si se descorriera un telón gigantesco que mantenía las estrellas ocultas, aparecen en todo su esplendor. El viajero que reposa, el rostro contra el cielo, es consciente de su pequeñez y se pierde en reflexiones acerca de la belleza y profundidad de ese mundo sobre el que con frecuencia se pasa de forma inconsciente. Momentos así son suficientes para llenar de contenido el viaje”, p.139).

Si sienten curiosidad por esa cercana parte del planeta que se encuentra al sur de España y con la que nos unen no pocos lazos, les recomiendo que visiten las páginas de este Viaje a Mauritania. Les va a gustar.

lunes, 19 de enero de 2026

Un esqueleto con careta

 


Concedamos lo evidente: nos encontramos ante un escritor olvidado. Su nombre es posible que ni siquiera les suene: Francisco Bonmatí de Codecido. A mí, desde luego, no me sonaba hasta que Pedro Jesús y Contxu me regalaron la obra estas Navidades. El pie de imprenta explica que fue publicada en Madrid, en 1948, y el texto va precedido por una imagen algo estrafalaria del escritor, pluma en ristre, rodeado por criaturas singulares (elfos, gnomos, machos cabríos) y ataviado con una capa española. El papel de la edición es viejo y huele enormemente a lignina. Todo el contorno de la cubierta, algo más grande de lo habitual, se pliega en un rizo agrietado que rodea el paralelepípedo del tomo. Todo, como puede verse, caduco y demodé.

Pero las posibles sonrisas escépticas se acaban cuando se aborda la lectura del libro, porque la novela es realmente buena. Que sí, que tiene excesos (supernumeraria de adjetivos, florida de más en el lirismo de las descripciones, efectista o reiterativa en algunos tramos); pero que se lee todavía con auténtico gusto, porque incorpora no solo las trazas de un narrador muy solvente, sino también las especias de un literato llamativo, que sazona sus páginas con imágenes de gran plasticidad. Les pondré algunos ejemplos: nos acerca hasta el sonido de unas campanas al amanecer y nos dice que su tañer es “rocío de cobre” (p.24); nos acompaña por una carretera que “iba ensartando pueblos en su blanca espada polvorienta” (p.34); nos comenta que un implacable sol veraniego tiene “rabietas de gritos de oro” (p.39); nos aconseja que penetremos en un jardín donde “dormían los colores” (p.42); define los focos nocturnos de un coche como “injuria de luz” (p.261); o nos explica que los pies de un caminante cansadísimo están “insultados de sendas” (p.271). Ese tipo de destellos, qué quieren que les diga, creo que tienen su mérito; y esta obra los incorpora por docenas.

¿La historia, dicen ustedes? Permítanme que hoy no me anime a facilitarles demasiados datos al respecto, porque su condición misteriosa, casi policial, se vería dañada por mi resumen, tal vez indiscreto. Quédense tan solo con la idea de que incorpora amores, muertes, celos, infidelidades monstruosas, tormentas, incendios y bastantes sorpresas argumentales. ¿Un cóctel romántico, dicen? Pues quizá sí, pero yo he disfrutado mucho leyéndola en pleno 2026. Por algo será. Les sugiero que prueben.

sábado, 17 de enero de 2026

Cuentos mitológicos y otros relatos


 

A finales de 2022, de forma azarosa, llegó a mis manos el hermoso libro de Elena Prado-Mas que se titula Nueve cuentos republicanos (https://rubencastillo.blogspot.com/2022/11/nueve-cuentos-republicanos.html), que me resultó tan agradable y tan convincente que, un tiempo después, repetí con El testamento de Cervantes (https://rubencastillo.blogspot.com/2024/06/el-testamento-de-cervantes.html). Así que cuando se aproximaba la fecha en que Papá Noel visita mi casa le incluí en la lista de peticiones el volumen Cuentos mitológicos y otros relatos, que apareció generosamente bajo mi árbol navideño la mañana del 25 de diciembre. Vuelve a ser (gracias sean dadas al Cielo) una maravilla narrativa.

En la primera parte del tomo, la escritora madrileña explora nueve historias de inspiración clásica, pero ambientadas en el mundo actual: un pianista que ejecuta cierta partitura de Chopin para que su amada Eurídice regrese del mundo de las tinieblas hospitalarias; un polémico e inescrupuloso presentador televisivo que se llama Acteón y que se ve envuelto en una telaraña tan repugnante como las que él mismo ha utilizado para aumentar las audiencias de su programa; un joven universitario llamado Apolo que pierde a la persona amada y que la recupera de un modo imprevisto; la amarga experiencia por la que tiene que pasar la ingenua veterinaria Leda en una fiesta organizada por su empresa; los ardides de Ariadna para que su hermano deforme participe junto a ella en un show televisivo y, luego, la ayude a conquistar el amor de otro de los concursantes; o las relaciones imposibles entre una profesora universitaria y un joven exalumno.

Este primer bloque de historias es majestuoso y brillante, pero no menos conmovedores resultan los relatos del segundo, donde nos encontraremos con poetas purísimos que no se dejan inquietar por las mieles de la gloria, con unas clases de preparación para el parto que oscilan entre el humor y la estafa, con juegos infantiles que se convierten en emblemas del amor eterno o con curiosas piruetas cervantinas, como la que cierra el tomo.

¿Me permiten un consejo? Les sugiero que lean este libro en 2026. Es una obra espléndida, por su lenguaje, por su técnica compositiva y por sus argumentos. La voz narrativa de la autora alcanza un esplendor sereno, que encandila y convence siempre. Ya saben que en este blog comprometo mi palabra (puedo equivocarme, pero nunca mentirles) sugiriéndoles solamente las obras que entiendo mejores. Los Cuentos mitológicos y otros relatos de Elena Prado-Mas pertenecen a ese grupo.

viernes, 16 de enero de 2026

Encuentros con Anteo

 


Hay que ser muy estúpido para considerar que el ser humano tiene algún tipo de poder sobre la piel de la tierra. Puede encauzar ríos y construir pantanos, sí; puede roturar cultivos y allanar montañas, claro; puede erigir puentes y alzar estatuas, evidentemente. Pero cuando ruge el huracán, se yergue el tsunami, gira el tornado, eructa el volcán o agita sus maracas el terremoto, toda la soberbia de la especie humana se viene abajo con la facilidad temblorosa de un castillo de naipes. Solamente los más lúcidos comprenden que la armonía, la conexión y el respeto con la tierra (con la Tierra) se imponen como los caminos más sensatos, menos delirantes, más productivos. Y en ese ámbito conviene recordar la figura mitológica de Anteo, hijo de Poseidón y de Gea que obtenía su poder del contacto con el suelo que pisaba y que fue elegido simbólicamente por el poeta Francisco Sánchez Bautista para convertirse en protagonista de su poemario Encuentros con Anteo.

En sus páginas (construidas con heptasílabos y con alejandrinos gloriosos) se nos habla de un mundo arterial de acequias benefactoras (“Nelva, Aljada, Benetucer, Raal Viejo, / Aljufía y Alquibla, / donde el árabe tuvo arte y parte”). Allí brilla con su limo benéfico el río de su infancia, junto al cual un padre sonriente comparte “mesa redonda con los pobres”. Pero luego el esplendor de los versos no decae: las décimas (con fiebre) que le dedica al pensador don Miguel de Unamuno; los versos llenos de serenidad que tributa a Antonio Machado, León Felipe o Miguel Hernández; o ese hermoso y altísimo monumento poético que se titula “Encuentro con los humildes”, donde ruega que se les respete, porque son sus manos labriegas las que hacen posibles las cosechas que a todos nos alimentan. Don Francisco, al que tuve el honor (repito: el honor) de conocer, fue un poeta egregio, atemporal y exquisito. Por eso lo releo con frecuencia y con indesmayable admiración.

Permítanme que le ceda la palabra al poeta de Llano de Brujas, para que sus versos cierren esta nota:

“Si Marte ya se acerca con su trompa de guerra,

sus legiones autómatas de robots dirigidos

para que fríamente se aniquile la vida,

sigue sembrando, padre; sigue sembrando, hermano;

unámonos, sembremos; que del amor depende

que la tierra no sea campo de experimentos,

páramo inhabitable, muerta esfera rodante

en el vacío inmenso por el odio del hombre”.

jueves, 15 de enero de 2026

El regreso de la ira

 


Me adentro por un espacio narrativo titulado El regreso de la ira y que está firmado por Antonio Garrido Hernández. Es, permítanme que me adelante, espléndido. Y lo es, sobre todo, por la textura interna de sus páginas, donde el hilo argumental (una pareja de chicos homosexuales que son asesinados en la calle por energúmenos homófobos) quizá sea lo de menos, siendo importante. Y es que no nos encontramos frente a una historia típica (donde se nos cuenta lo que hacen unos personajes que se mueven por la ciudad) sino frente a una ebullición, una efervescencia de tinta, un volcán filosófico e intelectual cuyas páginas están atravesadas por graves reflexiones sobre el sentido de la vida, las variantes de la sexualidad moderna, la agresión de Putin sobre Ucrania, la monarquía española, el Mar Menor, la comprensión recta y actual de Friedrich Nietzsche, las ONGs, la subjetividad de la justicia, el lenguaje políticamente correcto, la eutanasia o los disparates que se gestan en Davos. En ese sentido, El regreso de la ira es una obra que resulta profundamente excitante, porque te obliga a pensar, te aporta ideas, te desbarata prejuicios, te suministra opciones. No hay tantos libros así, inteligentes y sensuales al mismo tiempo. Casi me siento tentado de definirlo como un aleph borgiano.

Para quienes se pregunten por los anclajes de la obra, digamos que transcurre en la ciudad levantina de Mirtea, cuyo periódico principal se llama Veritas y donde el partido político La Voz están subiendo como la espuma. No creo que se necesiten más detalles para ubicar el territorio novelesco, que nos coloca frente a un mundo que se va polarizando y radicalizando, por la derecha y por la izquierda. Y que asusta (sobre todo que asusta) por la proliferación de ira que fomenta, en ambos extremos: en un lado, para tensar a la sociedad y lograr objetivos de cambio “higiénico”; en el otro, para oponerse de forma virulenta a esos desafíos. Lejos de maniqueísmos, Antonio Garrido constata y lamenta “la ira reactiva de los siervos de babor como respuesta a la ira activa de los señores de estribor” (p.214). Ambos sectores creen haber hallado en la agresividad el camino idóneo para vencer a sus adversarios, sin recordar las palabras prudentes que Thomas More dejó anotadas en su libro Utopía: “Es una cosa inadecuada y estúpida y una señal de arrogante presunción obligar a todos los demás con la violencia y las amenazas a estar de acuerdo con aquello que uno cree que es verdadero”.

Lectura altamente recomendable.

martes, 13 de enero de 2026

39 escritores y medio


 

Disfruto enormemente el libro 39 escritores y medio, de Jesús Marchamalo, que contiene semblanzas de una serie de autores magníficos, a muchos de los cuales he tenido la felicidad de leer. Hay, desde luego, centenares de obras que insisten en este procedimiento (incluso con la sonrisa que se desprende del título: recordemos Los 38 asesinatos y medio del castillo de Hull, del brillante Enrique Jardiel Poncela), así que tendré que aclarar de inmediato por qué me ha fascinado tanto la apuesta marchamálica: creo que la clave, el núcleo, está en su capacidad para elegir (y elegir muy bien, además) un detalle y hacer que todo el retrato anímico gire alrededor de ese diamante. Así, nos habla de las gorras marineras de Alberti, de la penumbra en la que solía estar Baroja por no encender la luz, del escrúpulo de Cernuda con su segundo apellido, de aquella pirámide de cristal de la que se encaprichó Cortázar, del sumamente friolero Macedonio, de la exquisitez indumentaria de Gil-Albert, de la hiperacusia hiperbólica de Juan Ramón Jiménez, de la maleta perdida de Antonio Machado, de la orgullosa panza abacial de Neruda, del peculiar nombre de un escritor (“Claro que es una excentricidad llamarse Aub y ser valenciano, algo que ni siquiera se arregla con el segundo apellido, Mohrenwitch, que suena más a duque austrohúngaro, a coronel de dragones o húsares”), de los libros perdidos por Onetti (“Se casó y se separó cuatro veces, y por lo tanto perdió cuatro bibliotecas gananciales”), de la fervorosa bibliofilia de Alfonso Reyes (“Se construyó una casa con biblioteca que acabó siendo una biblioteca con casa”), de las aficiones cocotológicas de Unamuno o de la gatofilia de María Zambrano.

Y cómo no aludir a los magníficos dibujos de Damián Flores, que captan con una admirable eficacia los rasgos faciales de los protagonistas. Memorables.

Un libro hermoso y lleno de anécdotas curiosas, de perfiles llamativos, de vida, que les recomiendo que busquen.