sábado, 25 de abril de 2026

Doce escenas cervantinas

 


Vuelve Santiago Delgado a este blog, que es su casa, de la mano de su deliciosa obra Doce escenas cervantinas, que publica la Fundación El Mural de Arte de Hernández Carpe y que se presta (así lo he entendido desde el principio y así lo he hecho) a ser leída en voz alta, como homenaje doble: al viejo maestro alcalaíno y al vigoroso prosista murciano. En estas páginas descubrimos a un Miguel de Cervantes dispuesto a la alegría de bailar una chacona (así lo confiesa en grata conversación con su personaje principal), aunque las fuerzas ya no lo acompañen en su vejez; a una Preciosa, gitanilla ilustre, que ofrece sus consejos a la sobrina de don Alonso Quijano para que consiga los amores del bachiller; a un agonizante novelista que, mientras se apresta a redactar sus últimas voluntades, trae a la memoria a Promontorio, el hijo natural que tuvo en Italia (convertido después en jesuita) y afirma haber sido “razonablemente feliz y razonablemente infeliz. Como todos vosotros” (p.25); a un Sancho Panza que muestra su admiración y su complacencia por el mundo de la música; a un Monipodio que defiende con buen tino su hermandad de pobres, frente al insaciable egoísmo acaparador de los poderosos (“Olvidados e ignorados estamos del Rey Nuestro Señor, y sabiéndolo nos valemos por nosotros mismos, sin que la república se resienta”, p.35); a una Dulcinea que, despojada del aburrimiento de ser musa etérea, reivindica su derecho a ser mujer de carne y hueso, con sus alborotos cordiales y su carne feliz; a un Sansón Carrasco que traslada el ataúd con los restos de don Quijote para inhumarlos en lugar desconocido, donde siguen, anónimos; y a otros personajes no menos conocidos y seductores del entorno quijotesco.

“Aún hay sol en las bardas”, escribe Miguel de Cervantes en el capítulo III de la segunda parte de su inmortal novela. Aún hay sol (mucho sol) en la pluma de Santiago Delgado, inagotable y proteico, al que siempre alegra leer y comentar.

viernes, 24 de abril de 2026

Paseo por la vida


 

Leo el libro Paseo por la vida, de Gabriel Vegara Gálvez, que me sorprende con sus versos cortos, rápidos, enigmáticos. Intuyo en ellos un buen número de claves personales (amorosas, vitales) que, como es lógico, no puedo desentrañar, porque pertenecen a la intimidad última del poeta. Pero su aroma me lanza sugerencias, me propone retos; y yo, como creo que hará cualquier lector del tomo, modelo mis conjeturas. Gabriel Vegara nos habla de mujeres que pertenecen a otro, y que apenas permiten la aproximación del extasiado; nos habla de nucas besadas y de abrazos conmovidos; de la juventud, con sus risas, músicas y paisajes que no podrán ser olvidados (“Elisabeth”); de la radiante luminosidad del sol (la palabra “sol” aparece en muchos de los sesenta poemas que tiene el libro); de la música de Leonard Cohen y el cine de Wim Wenders; de los homenajes que siente el impulso de dedicar a Rafael Alberti (“Quisiera ser…”), a la mitología grecolatina y san Juan de la Cruz (“Alma”), a María Cegarra y Miguel Hernández (“Luz de sur”).

En este juego poético de revelaciones parciales, pudorosas, incitantes, el poeta sugiere ámbitos en los que laten “profundidades que ocultan, que se abren y se cierran, que buscan y huyen”. Y me parece intuir casi siempre en sus versos una devoción juanrramoniana por decir la esencia, por acercarse al núcleo primordial del sentido, por ser exacto y apolíneo (aunque la lava palpite apenas se araña la tersa superficie de las palabras). De tal modo que leer este Paseo por la vida se convierte en un hermoso ejercicio de hermandad con el poeta; y, sobre todo, en un sugerente acercamiento a su muestrario de luces y sombras, a su abanico de sonrisas y lágrimas. Muy interesante.

jueves, 23 de abril de 2026

El amor que pasa

 


En diciembre de 1955, un sevillano que ha intercambiado un buen número de cartas con una muchacha catalana a la que no ha visto nunca en persona llega por fin a la localidad donde ella vive y se presenta ante su familia. La madre de la chica no tiene un buen concepto de los andaluces, así que el joven es recibido con ciertas suspicacias. El sevillano, que acarrea un largo historial de conquistas amorosas y que es aficionado a la poesía, el ciclismo, la manzanilla y la Feria de Abril, se encuentra de pronto en un ambiente donde todo se le antoja extraño; pero su empeño en lograr la mano de la chica es enérgico. Sabe que la ama. Sabe que quiere convertirla en su esposa. Sabe que logrará hacerla feliz. Está dispuesto a ponerlo todo de su parte para conseguir su propósito. Él se llama Antonio; ella se llama Claudina (no Maribel, como le decía en sus cartas). En El amor que pasa se nos cuenta el largo y complicado camino que los llevó a convertirse en marido y mujer y que los transformaría, tres lustros después, en padres de la escritora Care Santos.

Consultadas más de mil quinientas hojas de cartas, además de páginas inéditas escritas por sus padres en sus diarios, la novelista de Mataró ha reconstruido aquella historia de tenacidad, paciencia y amor, llena de meandros, ramas adventicias, complicaciones, avances y retrocesos, con novias abandonadas (Teresa) y novios soslayados (Pardo), con dificultades idiomáticas (Antonio se obstinaba durante los primeros meses de su relación epistolar en considerar el catalán un dialecto), con caracteres disímiles (jovial él, taciturna ella) y con graves decisiones que debieron ser tomadas en poco tiempo. Meticulosa y llena de cariño por ambos, Care aborda en estas páginas su prehistoria. Y confiesa que lo hace no solamente por ella misma, sino también “para los nietos del protagonista” (cap. “Cincuenta novias”). Por eso extiende su investigación hasta los abuelos y bisabuelos, a lo largo de pueblos, apellidos y provincias, en una confluencia de anécdotas y genes y riñas familiares y distanciamientos y casualidades, que irán conformando a la autora de estas páginas.

Care Santos nos ha contado, como digo, la historia de amor y vida de sus padres (“Escribir una novela es regalar una historia a quienes pueden amarla igual que tú”, dice en el capítulo “La vida”). Pero quienes no los conocimos, quienes somos esencialmente ajenos a esas existencias, recibimos su dibujo narrativo como un regalo, porque en realidad nos está invitando a que pensemos en nuestros propios padres, en aquellas anécdotas que creíamos olvidadas, en aquellas fotografías que conservamos y que ahora de pronto ansiamos ver de nuevo, en aquellas cartas o postales que quizá nos esperen en un viejo cajón o en una caja polvorienta. No sabemos quiénes fueron Antonio Santos y Claudina Torres, pero sí que sabemos quiénes fueron (en mi caso) Rubén Castillo y María del Rosario Gallego. Y la devoción de Care Santos, su excelencia como novelista, nos permite imaginar, sonreír o soñar durante el transcurso de la obra. Yo, además, he llorado como un crío con la escena final, cuyos detalles no voy a contarles, pero que son bellísimos y conmovedores. Gracias por contarnos su historia, Care. Gracias por contarnos la tuya. Gracias por contarnos la nuestra.

miércoles, 22 de abril de 2026

Poemas del hoyporhoy

 


Si leo en voz alta un libro de Mario Benedetti (como acabo de hacer con Poemas del hoyporhoy), dejando un minuto de silencio entre texto y texto, la mañana de jubilación se convierte en una mañana de júbilo. Creo que voy a repetir esa grata sensación muchas veces más, en los próximos meses, con él y con otros (y otras) poetas.

El volumen que acabo de terminar (compuesto entre 1958 y 1961) nos traslada reflexiones sobre la precariedad que siempre acongoja a los pobres (“La crisis”), sobre la feliz holganza consuetudinaria en que viven los privilegiados (“Los pitucos”), sobre la manipulación descarada y mentirosa que sirve para ganar elecciones (“Ese voto”), sobre las oraciones que no deberían quedarse en meros ejercicios de amnesia y resignación (“Un padrenuestro latinoamericano”) o sobre la amarga incomunicación que a veces dejamos que impregne las relaciones con nuestros semejantes (“Cinco veces triste”). Aprendo mucho con los poemas del uruguayo. Me emociono mucho con su sencillez y con el tono coloquial que sabe imprimir a sus versos, huérfanos casi siempre de puntuación. En su caso, se hace notoriamente verdad aquello que pregonaba Francisco de Quevedo: que escucho con los ojos a un muerto, porque tengo la sensación (fortísima, casi física) de que Benedetti me está hablando, que me dice sus palabras, que las susurra para mí.

Insisto: repetiré con más títulos del uruguayo. Llevo haciéndolo tres décadas; y ahora que dispongo de más tiempo, con más razón.

martes, 21 de abril de 2026

De cómo los turcos descubrieron América

 


Propone el brasileño Jorge Amado tres títulos posibles para esta obra. El primero es Los esponsales de Adma (que es el que, ciertamente, abre la narración); el segundo es De cómo los turcos descubrieron América (que figura en la cubierta del volumen); el tercero es De cómo el árabe Jamil Bichara, desbravador de selvas, de visita en la ciudad de Itabuna para aliviar tristezas, ganó allí fortuna y casamiento. Huelga decir que, con tan jocoso como desconcertante preámbulo, el lector se prepara para adentrarse en un relato donde el humor ocupe parte principal. Y así es. Pero (conviene advertirlo, en los tiempos actuales) también es un relato donde la “corrección política” brilla por su ausencia, porque se habla de hombres que salen de noche para frecuentar prostitutas, de la necesidad de mantener a las esposas a raya con un par de tortas a tiempo y de otras nociones que, lógicamente, no forman parte de lo más admirable del género humano. No obstante, insisto (como hace Jorge Amado) en la idea del humor como base de la narración: nos encontramos en un territorio alígero y bromista. Quien sea incapaz de aceptar ese punto de vista hará bien en no adentrarse en la obra.

Su eje argumental nos presenta a Raduan Murad, un fullero que llegó a Brasil en 1903 y que rehúye escrupulosamente toda actividad laboral, porque la base de su economía son los naipes (“No había trabajador más asiduo y puntual en mesas de póquer o de cualquier otro juego”, cap.2). Para ayudar a su amigo Ibrahim Jafet, dueño de un comercio que vive amargado por la destemplanza de su feísima hija Adma, planea convencer a su compadre Jamil Bichara para que acepte casarse con ella, a cambio de convertirse en el nuevo dueño del negocio de Jafet. Jamil, que es un hombre extremadamente aficionado a las mujeres con “tetas pequeñas, culos grandes, el pitisús prieto y cálido” (cap.3), se aviene a conocer a la muchacha, porque el negocio matrimonial puede resultar lucrativo. Y queda impactado negativamente por ella. “Feúcha, pero simpática, activa en el cuidado de la casa, gentil y atenta, de amena conversación; en definitiva: una solterona afable, cuyo único defecto fuera no ser bonita. Eso había pensado, pero se encontró con una estantigua, un adefesio de cara avinagrada y peores modos” (cap.12). Así que, para moderar tanto su amarga condición como su poca templanza, Jamil calibra que “Adma, para curarse, precisaba de inmediato los dos remedios, el rabo y una buena tunda, en dosis generosas” (cap.13). Aunque, viendo lo horrenda y áspera que es, quizá lo mejor sea aplicarle “poco badajo y mucho vergajo” (cap.14).

Imagino que, a estas alturas, ciertas personas que estén leyendo la reseña habrán fruncido el ceño y otras habrán sonreído. Les aconsejo que hagan lo segundo: es (lo repito y lo subrayo) un texto de humor, no un tratado de buenas costumbres. Jorge Amado no pretende aplaudir estos comportamientos, sino utilizarlos como base para un relato que, en su final, volverá a sorprendernos con más rizos de humor, hasta que todos los protagonistas (todos, sin faltar uno, se lo aseguro) queden felices y sonrientes.

lunes, 20 de abril de 2026

Encuentro en el abismo

 


Dos temas capitales se trenzan en las páginas de Encuentro en el abismo, del zaragozano José María Latorre: el nazismo y el satanismo. Dos temas, además (me adelanto a las cejas fruncidas del posible lector de esta reseña), que han sido objeto de uso y abuso en miles de libros. Es verdad, no habré de perder tiempo en desmentirlo. Pero creo que, al haberse concentrado más en el segundo que en el primero, el resultado narrativo, que podría haber sido banal, es bastante notable. Todo comienza cuando Fritz Hoffmann, hijo de un experto alemán en reliquias, se entera durante su infancia (1939) de la existencia del Bastón de Mando, un enigmático objeto de culto que, por lo que parece, tiene un origen ancestral y es buscado ansiosamente por los ocultistas nazis. Pero, de inmediato, el panorama novelesco (que no se antojaba demasiado apetecible con este arranque, por lo que tiene de manido e incluso de “adolescente”) da un giro cuando descubrimos a Fritz convertido en adulto e instalado en un pequeño pueblo de la costa de Madagascar, donde trabaja como submarinista. Su existencia es ciertamente gris, pero la llegada a la localidad de unos alemanes que vienen desde Argentina provocará que ese tono gris vaya poco a poco convirtiéndose en rojo: en concreto, por la sangre que comienza a verterse en su entorno.

Quien se adentre en sus páginas va a implicarse en la búsqueda de un objeto mágico (obviamente), pero también descubrirá un ambiente muy seductor para quienes amen el mundo submarino y una atmósfera fétida de rituales satánicos que le pondrán los pelos de punta (les recomiendo de forma especial el capítulo 8, donde el brujo Beshi ayudará a los protagonistas a enfrentarse al Mal en una secuencia tan aterradora como bien pautada). La mano que tenía Latorre para ese tipo de ambientaciones era magnífica. Compruébenlo.

domingo, 19 de abril de 2026

La bomba

 


Tres niños de unos diez años que juegan en las afueras de su pueblo encuentran, semienterrado, un enigmático objeto de metal. Y, siendo tres las miradas que recaen sobre el misterioso artefacto, tres son también las interpretaciones que este suscita: Ying Tao cree que es un resto arqueológico; Juan Pablo opina que se trata de un tesoro; Hamid lo sospecha una nave de origen extraterrestre. Pero el juego que Jordi Sierra i Fabra diseña para este libro se enriquece cuando descubrimos que Ying Tao, que vive en Asia y cuya familia trabaja en los arrozales, explica que sus mejores amigos se llaman Hu San y Koiko; y cuando descubrimos que Hamid, que vive en un territorio de Oriente Medio que ha sufrido muchas guerras y muchos cambios fronterizos, indica que los suyos se llaman Akim y Yaiza; y cuando descubrimos que Juan Pablo, habitante de una zona de América Latina donde los paramilitares y la guerrilla se matan entre sí, tiene como amigos a Edelmiro y Melinda. Es entonces cuando advertimos con admiración el alto valor simbólico del relato. Estos niños son todos los niños. Su aldea es cualquier aldea. La inocencia es cualquier inocencia. Y su amistad se llama concordia.

El autor, con modestia encomiable, subtitula la obra con el rótulo de “Una fábula en tres dimensiones”; pero tampoco resultaría disparatado ampliar ese marbete para calificarla de “Una alegoría en cuatro dimensiones”, porque su lección fue verdad, es verdad y lo seguirá siendo en el futuro. Es decir, que su espíritu incorpora el tiempo. Da igual hacia dónde se dirija la mirada, da igual el rincón del mundo en el que fijemos los ojos: la barbarie, el horror, el sinsentido jamás tendrán justificación cuando sieguen vidas humanas. Así que esta narración de amistad, candor, ilusiones y sosiego adquiere un alto brillo mientras la leemos. Ahora bien, al lector le espera una gran pregunta, que recorre e ilumina toda la parte final de la novela: ¿cómo se convierte una bomba, terrible y destructora, en objeto de inspiración (Ying Tao), súplica (Hamid) o esperanza (Juan Pablo)? Esa parte, y discúlpenme si les dejo con la intriga, me gustaría que la descubriesen por sí mismos.