Varias
personas ciegas (hombres y mujeres, de diferentes edades) se encuentran
sentadas en piedras, muy cerca del mar. Reinan entre ellas el miedo y la
confusión, porque no saben exactamente dónde se encuentran. Saben que un
anciano sacerdote del hospicio los ha sacado para que disfruten de los últimos
rayos del sol, antes de que llegue la estación fría, pero ahora no saben por
qué las ha dejado solas. Si es una burla, es cruel; si es un castigo, no
aciertan a descubrir la causa. Zarandeados por el desasosiego, les parece
escuchar pasos, tratan de orientarse por la dirección de la brisa o reflexionan
sobre la tristeza que supone no haberse contemplado jamás las caras (“Nunca nos
hemos visto los unos a los otros. Nos interrogamos y nos respondemos; vivimos
juntos, siempre estamos juntos, ¡pero no sabemos lo que somos!”). Cualquier
asidero es válido, para no sucumbir al horror. ¿Es que nadie va a rescatarlos?
¿No va a venir el sacerdote? ¿Tampoco se acercarán las monjas del hospicio,
preocupadas por la tardanza? No saben qué hacer. Permanecer sentados les parece
un suicidio; caminar, una temeridad; gritar, un gesto inútil. En ese momento,
escuchan unos pasos sobre las hojas secas del suelo. ¿Quién podrá ser?
Precursor del teatro desgarrador de Samuel Beckett, Maurice Maeterlinck nos deja en esta pieza todo el miedo de los que no pueden valerse por sí mismos, y se saben obligados a buscar el auxilio de los demás. Terrible drama.




