jueves, 13 de agosto de 2026

Mensajes de un mundo olvidado

 


Leo el volumen Mensajes de un mundo olvidado, donde se recopilan algunos de los artículos y conferencias de Stefan Zweig, traducidos por Esther Cruz y que ven la luz en el sello Catedral. Y he quedado tan deslumbrado y he subrayado tantos fragmentos en el volumen que voy a limitarme a cederle la palabra.

En “El mundo en vela” (1914), el austríaco nos traslada sus reflexiones sobre el sueño intranquilo que en aquel año sofocaba a los habitantes del mundo, perplejos ante “la terrible realidad de la humanidad: la guerra de todos contra todos”, ante la cual no cabe sino sentirse desolado (“De qué manera tan terrible parece extenderse la aniquilación absoluta sobre este mundo perturbado”). En “La torre de Babel” (1916), Stefan Zweig indica que, viendo la tenacidad con la que los hombres se aprestaron a construir la famosa torre de Babel, “por primera vez Dios tuvo miedo de los seres humanos, pues eran fuertes cuando se asemejaban a él, cuando eran una única entidad”. Y descubrió que “solo sería más fuerte que ellos si los seres humanos dejaban de ser pacíficos y sembraba la discordia”. Con el paso del tiempo, los humanos fueron olvidándose de ese individualismo insensato e infértil y volvieron a compartir sus saberes, sus vidas y su comercio. Dios, nuevamente preocupado por esa reunificación, volvió a mostrarse cruel y permitió la actual guerra (“Este es el terrible momento actual. La nueva torre de Babel, el gran monumento de la unidad espiritual de Europa, ha caído, y quienes la construyeron se han disuelto”). En “La historia como poeta” (1931) acepta que la historia no siempre es brillante: más bien es anodina y tediosa, pero tiene momentos especiales en los que actúa como poeta, generando episodios mágicos e inolvidables (“La historia pasa años fluyendo con normalidad a un ritmo casi monótono, pero en algunos instantes extraordinarios, de pronto, las orillas se juntan, brotan los rápidos, surge una corriente frenética, una tensión excitante, y de golpe la escena histórica se llena y rebosa con una horda de figuras”. De los pueblos que han sido grandes narradores (como Grecia o Roma) conservamos, nos dice, muchísima más información que de los demás. No se trata de que fueran los únicos, sino que “se contaron” mejor (“De esto eran también conscientes todos los príncipes y califas de la antigüedad y de la Edad Media: no basta con el acto, debe haber algo que lo reseñe, algo que lo conserve vivo, y por eso mantenían a sus trovadores, músicos y cronistas”). En “La idea europea en su evolución histórica” (1932) se muestra como un fervoroso creyente en el concepto de Europa (y en su necesario liderazgo mundial) y alude a “esa generación nuestra que creía en la unidad de Europa como en un evangelio”. Aquel factor de cohesión que fue el latín, y que más tarde asumió la música, ahora lo protagoniza la tecnología. Él cree que prevalecerá la unión frente a las disputas, “pero no me atrevo a prometer tal cosa. Pido disculpas por ser un pusilánime”. Por desgracia, vemos “cómo las decisiones más importantes se retrasan siempre, cómo las resoluciones más cruciales no se preparan en el último momento, sino en el siguiente”. En “La unificación de Europa. Un discurso” (1934) afirma que    la idea de Europa no es algo instintivo y natural, sino “el fruto lentamente madurado de un pensamiento superior”. En “1914 y hoy” (1936) vaticina la inminente preparación de otra guerra, y declara con dolor: “Quienes hoy desean la guerra operan con un riesgo cien veces menor que sus predecesores de 1914, porque pueden desarrollar sus actividades abiertamente y sin impedimentos, porque ya no han de buscar medias tintas morales que disfracen sus planes y, sobre todo, porque están seguros de la absoluta indefensión y la obediencia incondicional de sus conciudadanos”. En “El sentido de la creación artística” (1938) vemos un importante intento de explicar cómo se gesta y se desarrolla una obra de creación: desde los ejemplos de artistas que crean casi sin correcciones (Mozart o Van Gogh) hasta los que requieren mil ensayos y mil enmiendas (Beethoven). Lo usual suele ser una mezcla de inspiración y de trabajo (soplo divino y esfuerzo humano). En “La historiografía de mañana” (1939) asevera que  el odio no es un impulso que brote de un modo espontáneo, sino que se cultiva, se mima, se riega con la propaganda adecuada. De ahí que resulte tan fácil manipular a las masas con la apelación a los instintos más virulentos. ¿El remedio? Una pedagogía del respeto y la unión (“Para que la nueva generación sea mejor, más humana y sobre todo más feliz que la nuestra, que ha estado guiada por la guerra en mitad de su existencia y ha quedado por tanto con el corazón machacado, habrá que educarla mejor y de manera más humana”). Todas las engañifas que nos han inculcado sobre lo especial, único y maravilloso que era nuestro país tenían un solo objetivo: “Convertirnos en ciudadanos patrióticos, en futuros soldados, en súbditos sin voluntad”. Por eso, los libros escolares nos hablan, en un 90% de los casos, de héroes y de fechas de batallas: para afianzar en nuestra mente la idea de que la guerra es aquello que hace avanzar al mundo (“Se cuenta la historia como exclusivamente bélica”). Habría que realizar un esfuerzo para contar la historia sin convertirla en un glorificado rosario de charcos de sangre. Hay que “liberar el mundo de dicha hipnosis”, antes de que sea demasiado tarde. Y por eso conviene insistir en que “los tres mil años de nuestra humanidad consciente no han sido solo un juego sangriento de gladiadores que un dios ebrio mandaba representar absurdamente, sino que en esta grandiosa obra de teatro somos nosotros mismos los héroes, los narradores, los poetas, los creadores”. En “La Viena de ayer” (1940) eleva un encendido canto elogioso a su ciudad natal, donde “uno siempre tenía la sensación de respirar aire internacional y no estar confinado a una lengua, una raza, una nación, una idea”. Y en el escrito “En esta hora oscura” (1941), que cierra el volumen, Zweig reflexiona sobre la hora siniestra que está viviendo el mundo por culpa del nazismo (“Quizá la más oscura de toda la historia”).

Hay que leer a Stefan Zweig, porque con él se disfruta y se aprende. Hay que leerlo siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

miércoles, 12 de agosto de 2026

Donde nadaban los dragones

 


Me imagino al autor de Donde nadaban los dragones redactando estas palabras (“Los personajes, ficticios, y las tramas, claramente novelescas, son fruto de la imaginación del autor”) y decidiendo si colocarlas al final de la obra o al principio. E imagino su sonrisa de gato de Cheshire optando por la primera opción, cuando los lectores ya han decidido (mecachis) qué caras y qué identidades se esconden detrás de infames, corruptos y venales protagonistas de la obra. Muy astuto. Pero es que cuando se afronta una novela ambientada en el Mar Menor, con su anoxia y sus aguas colmatadas de nitratos y fosfatos tóxicos; con sus vertidos ilegales y sus agropotentados de mierda; con sus vandalismos y sus sobornos para que nadie investigue más de la cuenta; resulta imposible inhibirse en una posición neutral, blanca o equidistante.

“Los hipocampos [se lee en la página 177] son, junto a otras especies sensibles, un indicador biológico de la salud ambiental de la laguna. Los dragones de mar, tan antiguos y venerados que los fenicios […] representaban a sus dioses cabalgándolos. Miles de años con nosotros, formando parte de nuestra historia, y apenas queda ninguno”. Son solamente un ejemplo, pero que ilustra el drama de un espacio natural bellísimo y destrozado por la avaricia irresponsable de quienes nunca tienen bastante cuando tienen muchísimo; y convierten su codicia en un arma de destrucción, importándoles un bledo todo lo que no sean sus cuentas bancarias. Por eso, Donde nadaban los dragones no es solamente una espléndida novela criminal (donde asistiremos a atropellos, decapitaciones, allanamientos de morada y otras trepidantes aventuras), sino, sobre todo, un libro incómodo y valiente, lleno de referencias literarias, cinematográficas y televisivas, donde nos resulta fácil identificar a las figuras empresariales que infectan el sureste español y a las figuras políticas que lo mangonean a su antojo, tanto en la zona del Cabo de Palos (se nos habla de que “un honrado político que gobernó en la región decidió, porque así le salió de las gónadas, regalar el emblemático faro a un amigote para convertirlo en un exclusivo hotel de lujo”. Y que, cuando se destapó el asunto, “en reconocimiento a su pesetera maniobra, al político apañado lo premiaron, según dicta una rancia tradición, con una patada hacia arriba. Ahora calentaba, pagado de sí mismo, un importante sillón en la sede de su partido en Madrid”, p.70) como en la propia capital murciana (con un presidente que vive como un pachá junto a un “yacimiento arqueológico (único en Europa) que se desmoronaba, olvidado, a los mismos pies de la sede gubernamental”, p.237). En efecto, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

Así que prepárense para acompañar al inspector de policía Lucas Daireh, a la agente medioambiental Aitana Ferrer y a la anciana y lenguaraz doctora Escarbajal en sus pesquisas por los campos cartageneros, donde tendrán que lidiar con miradas suspicaces, pintadas amenazadoras, desplantes burocráticos y hasta con una DANA. El brillante Antonio J. Ruiz Munuera no les va a dar respiro, créanme. Y les aseguro que van a aprender mucho sobre las mafias (ficticias, claro) y sobre las corrupciones políticas (también ficticias, claro) que se abaten sobre el dolorido, paciente y ya muy quebrantado Mar Menor. Memorable.

martes, 11 de agosto de 2026

La piedra oscura

 


Conocía los datos objetivos del asunto. Se llamaba Rafael Rodríguez Rapún (“El hombre de las Tres Erres”), secretario de la compañía teatral La Barraca y último amante intenso de Federico García Lorca. Asesinado el poeta, Rafael se incorporó al ejército de la República, tras superar un curso de habilitación en artillería (curiosamente desarrollado en la localidad murciana de Lorca) y murió en 1937, justo un año después de Federico. Pero el dramaturgo Alberto Conejero, en su obra La piedra oscura, nos facilita otro ángulo sobre el personaje. Lo vemos aquí, herido en una celda y vigilado por un jovencísimo soldado llamado Sebastián, a la espera de que se ejecute al amanecer su sentencia de muerte. Al principio, su relación es tensa y cargada de silencios, porque el carcelero ha sido adiestrado en la desconfianza; pero pronto se va relajando ese clima y Rafael abre poco a poco las puertas de su corazón: le explica su relación con Federico, el dolor que lo asoló cuando le informaron de su asesinato y, sobre todo, le pide que busque a Modesto Higueras y que puedan ser recuperados unos discos de gramófono, unos inéditos y unas cartas del poeta.

Queda establecida así la pauta dramática: dos personas de ideas opuestas, que se mueven en un espacio reducido. En ese circuito claustrofóbico, Rafael se va sincerando (sabe que son sus horas últimas) y Sebastián va comprendiendo que participa de un horror represor y vengativo. Ese juego de equilibrios convence y emociona, porque elude etiquetas maniqueas y se centra sobre todo en el plano humano: dos seres desvalidos, arañados por el horror. Rafael, explicando cómo la sonrisa de Federico lo atraía como un imán, aunque se empeñada en frecuentar también muchachas, para tener hijos y formar una familia clásica. Sebastián, mostrando su angustia y sus vacilaciones, consciente de la crueldad de quienes lo rodean. Me ha emocionado.

lunes, 10 de agosto de 2026

Un carmen en Granada

 


Hace muchos años que siento una admiración profunda por los trabajos del hispanista Ian Gibson, sobre todo los relacionados con Federico García Lorca y Antonio Machado. Como filólogo, me parecen referencias inexcusables para mi formación; como enamorado de la lectura, monumentos. Así que cuando llegó hasta mis ojos el volumen Un carmen en Granada (XXXV Premio Comillas de Historia, Biografía y Memorias en el año 2023), tuve claro que terminaría por leerlo sin demasiada tardanza. En este agosto de 2026 cumplo la ceremonia y subrayo bastantes líneas del mismo.

Nacido en una familia protestante de la rama metodista (muy rígidos en su forma de interpretar la religión), en el Dublín de 1939, Gibson reconoce que creció rodeado por múltiples traumas, relacionados con la sexualidad (la lactancia, los órganos genitales o la menstruación no podían ni siquiera ser mencionados); que durante décadas estuvo obsesionado con su tendencia a ruborizarse; que su padre mantenía una actitud inflexible frente al alcohol y las apuestas; que uno de los docentes que lo martirizó durante su infancia fue el deleznable profesor de matemáticas William Boggs (“Me complace poder señalar que el apellido Boggs significa, en jerigonza inglesa, ‘sentina’. Boggs me parecía una mierda de ser humano y su nombre lo decía todo”); que la relación con su madre nunca fue especialmente amable (“Es terrible tener que decirlo, pero casi la odiaba y era ya plenamente consciente de que mi única posibilidad de ser algo en la vida consistía en escaparme cuanto antes de casa”), aunque en la vejez ha aprendido a juzgarla con más distancia (“No tuvo la culpa de ser como era: resentida, amargada, frustrada, sin horizontes, siempre soñando con el hombre alto y apuesto con quien creía que habría sido feliz. No me dio la ternura que tanto necesitaba cuando era niño”); que fue desde pequeño, y lo sigue siendo en la vejez, un apasionado ornitólogo; que su primera experiencia sexual, incompleta, la tuvo a los quince años con una chica llamada Jean; o que no le duele reconocer que siempre sintió una profunda envidia por el exitoso jugador de rugby Tony O’Reilly, dos años mayor que Ian (“Sospecho, y sería el colmo, que me sobrevivirá”).

Y por supuesto, una fecha para enmarcar y subrayar en rojo: el 11 de marzo de 1957 (pronto se cumplirán cincuenta años), en la librería Eason’s, descubrió sus primeros poemas de Antonio Machado y Federico García Lorca, que después se convertirían en objeto de amplias y fecundas investigaciones. A esa etapa dedica unas páginas preciosas, hablándonos de quienes lo ayudaron a esclarecer la verdad sobre el asesinato de Federico García Lorca y de quienes lo insultaron y trataron de silenciarlo. El resultado es un libro espléndido, que he leído mientras tragaba saliva (Ian Gibson llega a unos extremos de sinceridad que asombran) y que merece todos los aplausos.

domingo, 9 de agosto de 2026

El cuaderno rojo

 


Todas las que aparecen en este delgado volumen son, nos dice el autor, “historias verdaderas”. Es decir, sucesos que acaecieron y que el norteamericano Paul Auster convirtió después en palabras, que luego tradujo y prologó Justo Navarro. Por tanto, no pertenecen al mundo de la fantasía, ni son estrictamente cuentos: es más bien un repertorio de anécdotas, de trocitos de realidad, de rememoraciones. Redactados con sencillez y de forma breve, estos apuntes mantienen la frescura de relatos orales, de imágenes que brotan del mundo del recuerdo y el autor nos traslada, como si nos estuviera enseñando algunas fotografías curiosas del álbum familiar.

Así, vemos a Paul Auster trabajando en una granja del sur de Francia en el año 1973, pasando apuros económicos y consiguiendo alivios gastronómicos gracias a un fotógrafo apellidado Sugar; a un tío del escritor que, a punto de perder una pierna durante la Segunda Guerra Mundial, la terminó conservando y encontró trabajo como vendedor de seguros en Chicago; al amigo pintor (brillante, pero con poco éxito artístico) que, al cabo de muchos años, recuperó a su amor de juventud universitaria y alcanzó la estabilidad económica (ella era rica); al tipo curioso que lo acompañaba en las cuatro ocasiones en que Paul Auster sufrió pinchazos en alguna rueda de su vehículo; o en cómo salvó de morir aplastada bajo un Chevrolet a una amiga de su hermana, quien no se enteró nunca de esta operación de salvamento. Elegante, sinóptico y reflexivo, el famoso escritor norteamericano nos deja asomarnos a algunos episodios de su ayer, en un simpático libro, más curioso que imprescindible.

sábado, 8 de agosto de 2026

Historias mínimas

 


En el primer texto de este libro (todos breves, todos disparatados, todos llenos de sorpresas) nos encontramos con un filósofo que, tras tocarse la sien con un dedo, asevera: “Aquí dentro reúno toda la fuerza del absurdo”. Inequívocamente, Javier Tomeo nos está facilitando la clave para enfrentarnos a esta obra: aceptar que la gobiernan el delirio, el humor, la retranca, el surrealismo. Que nadie se esfuerce (y, si lo hace, está perdiendo el tiempo) en buscar significados lógicos o deducir mensajes metafóricos del oscense. Lo que hay es juego. Lo que hay es fantasía chisporroteante. Lo que hay es desenfado. Nos irán saliendo en el camino unos guerreros muertos en cierta batalla, que continúan charlando tranquilamente de sus cosas; una artista de circo que resulta ser un varón travestido; un hombre que le pide a un campesino que lo plante en su bancal, para ver si fructifica (conviene recordar que la película “Amanece que no es poco”, donde se recurre a una escena parecida, se rodó un año después del libro); un rústico que, a base de soplidos, es capaz de apagar estrellas en el firmamento; un barbero inhábil que, después de provocarle sangre dos veces a la persona que está afeitando, decide terminar con la carnicería matándolo de un tajo firme; dos viajeros de tren que se pelean estúpidamente por la corbata que lleva uno de ellos; un par de esqueletos del cementerio que tratan de animarse entre sí, augurando que vendrán sin duda tiempos mejores; o esa broma cervantina del padre que, constatando que su hijo no cree que el molino que está viendo sea un gigante, afirma con gesto grave: “Me preocupas”.

Algunas de las historias te dejan frío, otras te provocan una sonrisa, otras incluso te invitan a meditar. Es un poliedro simpático e intrascendente, que se lee en tres horas y que se olvida en tres minutos.

viernes, 7 de agosto de 2026

Dar la vida y el alma

 


Para las personas que hayan leído Tríbada, de Miguel Espinosa, imagino que será sorprendente que la compare con Dar la vida y el alma, de Marina Mayoral. No lo hago tanto por la intensidad literaria de sus páginas (que juzgo superior en el caravaqueño) como por el espíritu que impregna ambas obras: la voluntad de analizar y entender todos los meandros íntimos de sus personajes. El asunto o argumento queda convertido en ambas obras en pura anécdota, porque la mirada de quien escribe se concentra en los móviles de sus personajes, en sus impulsos, en sus esperanzas, en sus temores. Consciente de esa condición, Espinosa prefería con buen criterio la etiqueta de ‘libro’ a la de ‘novela’, pero entiendo que la autora gallega ensaya otro mecanismo: el manejo de dos líneas alternas, que se trenzan a lo largo de la obra como sinusoides independientes. En la primera (la más puramente novelesca), nos habla de Amelia, una chica jovencísima (18 años) que, tras su noche de bodas en París, es abandonada por su marido, Carlos, que la deja sin nada: ropa, dinero o calzado. Eso no la impulsa a la venganza o la amargura, sino hacia la conformidad: sigue considerándose casada con él y rehúye toda posible denuncia, para consternación o enfado de la familia (que no entiende su actitud) y para asombro de la ciudad (que mira con estupor y con respeto su gesto de conformidad cristiana). Enrique, un chico que la amaba desde antes de su boda y que la sigue queriendo platónicamente, se casará con Carmen, consciente de que ella nunca accederá a la anulación del matrimonio. De hecho, cuando las garras de la enfermedad arañen a Carlos en su vejez, Amelia acudirá para estar a su lado, contra todo pronóstico. En la segunda línea, Mayoral, auxiliándose con referencias a otros escritores (Eduardo Mendoza, Benito Pérez Galdós, Mercè Rodoreda, Emilia Pardo Bazán, Mario Vargas Llosa, Gabriel Miró, el arcipreste de Hita, Espronceda, Larra, Bécquer o Stendhal, entre otros), se adentra por un interesante sendero de análisis, donde psicología y sociología se dan la mano para hacernos reflexionar sobre la historia: ¿qué sintieron sus protagonistas? ¿Qué fue lo que motivó sus actos? ¿Qué porcentaje de amor, de religión, de conveniencia social o de terquedad impregnó las actuaciones de Amelia, de su padre, de Carlos, de Enrique, de Lola, de Carmen? Y, además, ¿cuánto nos revelan los recovecos de esta historia de la propia narradora, que ha sido abandonada por su pareja y que no puede evitar reflejar sus ideas en el libro (“A mí me sorprende cómo algunas mujeres luchan por retener al hombre que se ha enamorado de otra, o incluso al que se ha cansado de ellas y se enreda una y otra vez en aventuras buscando nuevas ilusiones. Yo me siento incapaz de hacer otra cosa que no sea facilitarle el camino para que se vaya”)?

A la postre, poco importa que hablemos de personajes reales o imaginarios; y poco importa que la voz narradora corresponda a Marina Mayoral o no (solamente un lector muy cotilla puede estar interesado en esos pormenores). Liberados del poder coyuntural del tiempo y del registro civil, los análisis y elucubraciones de Dar la vida y el alma, que me parecen muy valiosos, adquieren corporeidad por sí mismos y fijan su propio territorio. Notable.