La
editorial Liliputienses, que anda de celebración (sus lectores andamos de
celebración siempre), acaba de poner ante nuestros ojos el poemario Criaturas
no domésticas, de la mexicana Zel Cabrera. Y ha sido curioso cómo, apenas
leídas dos o tres páginas del volumen, me haya venido a la memoria una frase
que Ramón Gómez de la Serna dejó consignada en su Diario póstumo: “Los
repetidos sellos de “archívese” que nos quieren o nos van poniendo a la espalda
no deben resistirse; hay que escapar apenas se les sienta”. Quizá de eso trata
la rebeldía de Zel Cabrera: de ser poeta no doméstica, iluminadora de grutas. Ella
lo dice de un modo más explícito: “Escribir me hace una criatura salvaje,
exagera mis rasgos de animal, olfato, tacto, vista, alerta, no civilizada, sin
horarios, sin rutinas, sin amor, sin más patria que las palabras, sin más
patria que este poema”. Perteneciente a una dinastía (a un mundo, en realidad)
de mujeres habilitadas para el ámbito doméstico o resignadas a él (su abuela,
su madre), ella se confiesa incapaz de amoldarse a sus registros: odia fregar
los platos, no dobla bien la ropa limpia, se aburre eligiendo productos en el
supermercado, se le quema el arroz. Por eso busca su universo en la poesía.
Pero no en cualquier tipo de poesía, sino en la concebida como alboroto de
verdad y desgarro, en la que saca las uñas y deja surcos de sangre, en la que
reivindica su decisión de no ser una muñeca bonita para agrado de los demás.
Y
de pronto, cuando ese territorio ha quedado establecido y parece marcar los
senderos del poemario, la voz comienza a hablarnos (y la saliva del lector se
agría) de una relación tóxica que padeció: aquel hombre que desdeñaba sus
versos (porque los sospechaba superiores a los suyos), que le pedía depilarse
el pubis (para cumplir sus fantasías de pedófilo masturbador), que la pretendía
boba y “femenina”. Zel Cabrera no fue feliz (¿cómo podría serlo?) en aquel
tiempo de convencionalismos y renuncias, en el que todo, hasta los colores,
estaban regulados (“Si tienes vulva te toca el rosa”) y en el que urgía plegarse
a la vieja domesticación social de los roles impuestos por los varones (“Rejas
que llamaron hogar, los hijos que Dios mande, y vivieron felices para
siempre”).
Criaturas no domésticas es una maravilla de texto, de los que abren los ojos y te obligan a reorganizar la mente. Se agradece mucho que, de vez en cuando, nos llegue un soplo de aire fresco de este calibre para reflexionar.






