Dedico
un día completo a la lectura de Cada cosa en su sitio, de Azorín, que es
un libro, como casi todos los suyos, donde resulta complicado utilizar las
etiquetas convencionales. ¿Son cuentos, realmente? Digamos que son páginas de
Azorín. Es lo más atinado. O, si se quiere, pequeños cuentecillos que quizá no
sean tales, valga la paradoja. Antes bien, parecen viñetas, dibujos de
acuarela, leves pinturas de orden psicológico, apuntes casi al modo
carpetovetónico, en los que los personajes charlan mientras pasean por el
monte, dialogan en la consulta de un médico, en la celebración de un bautizo,
sentados frente a un balcón o degustando un poco de vino, morigeradamente. Esas
situaciones le permiten al escritor de Monóvar reflexionar sobre la luna, los
primores de los olivos, el disfrute de los paisajes campesinos, los viejos
relojeros vocacionales, la inveterada costumbre madrileña de ir a tomar el sol
en la Puerta del Sol, el trabajo brumoso de las almazaras, los avatares de la
historia de España o el carácter melancólico de ciertos espíritus… Y eso sin
olvidarnos de algunas sorpresas morrocotudas (que también las hay en el tomo y
que anonadan por venir del “conservador” Azorín). Por ejemplo, uno de sus
personajes anhela la diversificación administrativa de España (“Siempre, en
España, se han usado las palabras patria y nación con referencia a las
regiones. Los autores clásicos están llenos de eso. Y si antiguamente se
hablaba de nación, en la certidumbre de que existen varias naciones en España,
con más verdad se puede hablar hoy. La nación es comunidad de tradiciones y
sentimientos. Hoy lo sabemos perfectamente. Nación es Cataluña y nación es
Vasconia”); y otro (por quedarme en dos citas y dejar el resto para el futuro
lector), repudia abiertamente la férrea intransigencia de la religión católica,
con su infame Inquisición (“Se consuela uno un poco pensando que dentro de
algunos siglos no habrá en España ni persecuciones por las ideas, ni represión
del pensamiento, ni procesos arbitrarios, ni mucho menos bárbaras torturas”).
En todas las páginas, Azorín establece su propio ritmo de escritura, esas frases cortas que tanto irritan a algunos, la lentitud de su mirar (“No he de salir ya de este paso. No salir de su paso, es decir, no perder la serenidad, la ecuanimidad, es una norma esencial en la vida. Otros que escriban como quieran: yo escribo… como escribo”, p.128). Y, por supuesto, las obligadas visitas al diccionario que las páginas del alicantino Azorín exigen, con su vocabulario inusual, antiguo, de rancio abolengo. Anotaré diez de esas palabras, por si alguien quiere someterse a examen: galicinio, crezneja, tabelión, engurrio, liara, alborga, maganto, cojijo, ostugo y revellín. Vocablos que yo ignoraba y que, probablemente, jamás usaré o volveré a ver escritos en otros autores; pero que me encanta descubrir en las páginas de don José, como quien ojea paños antiguos al revolver las entrañas del arca de la abuela.






