Kurti
Innauer es un artista plástico de Innsbruck tan petulante como exitoso: convive
con una chica llamada Timna (que tiene la edad de su hija Klara), bebe como una
auténtica esponja, se muestra desdeñoso con quienes le tributan su admiración,
mantiene la relación con su esposa (Gundula) porque es su marchante y ha
conseguido que sus cuadros, crueles, horrendos y desagradables (mezcla sangre,
huesos, cristales y hasta cocaína con sus pigmentos) se vendan por auténticas
fortunas (“Cada uno tiene un tipo de sensibilidad: yo veo lo cruel, lo
repugnante del mundo y del ser humano, igual que otros ven solo lo rosa y lo
cursi. Hay quien pinta gatitos blancos jugando con un ovillo de lana, hay quien
retrata desnudos de mujer, hay quien pinta paisajes. Yo pinto cadáveres
mutilados, drogadictos, torturas. Para todo hay mercado”).
Y, de pronto, un terremoto sacude su existencia y la pone patas arriba: su joven amante es encontrada muerta en el bosque. Klara, que podría ser sospechosa del crimen, se encontraba viajando en tren en ese momento. La esposa de Kurti, que podría ser también sospechosa del crimen por despecho, se encontraba a muchos kilómetros, con una sólida coartada. Y el propio Kurti, según testimonio de unos amigos que fueron a visitarlo esa tarde y de un vecino con el que mantuvo una agria discusión, estaba profundamente borracho, tirado en el sofá. Todos parecen quedar fuera de las sospechas iniciales… pero alguien tiene que haberla matado. Un collar exclusivo y carísimo que llevaba la víctima (y que ahora ostenta en su cuello la hija de Kurti), un cuadro presuntamente robado hace años (y que luce en el despacho del amante de Gundula) y una misteriosa cinta de audio que ha desaparecido se unirán al enredo para convertir El caso del artista cruel en una novela sinuosa, enigmática y justísima ganadora del premio Edebé de literatura juvenil. Si tienen oportunidad, les recomiendo que no se la pierdan: Elia Barceló nunca defrauda.





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