Leo
el libro Paseo por la vida, de Gabriel Vegara Gálvez, que me sorprende
con sus versos cortos, rápidos, enigmáticos. Intuyo en ellos un buen número de
claves personales (amorosas, vitales) que, como es lógico, no puedo
desentrañar, porque pertenecen a la intimidad última del poeta. Pero su aroma
me lanza sugerencias, me propone retos; y yo, como creo que hará cualquier
lector del tomo, modelo mis conjeturas. Gabriel Vegara nos habla de mujeres que
pertenecen a otro, y que apenas permiten la aproximación del extasiado; nos
habla de nucas besadas y de abrazos conmovidos; de la juventud, con sus risas,
músicas y paisajes que no podrán ser olvidados (“Elisabeth”); de la radiante
luminosidad del sol (la palabra “sol” aparece en muchos de los sesenta poemas que
tiene el libro); de la música de Leonard Cohen y el cine de Wim Wenders; de los
homenajes que siente el impulso de dedicar a Rafael Alberti (“Quisiera ser…”),
a la mitología grecolatina y san Juan de la Cruz (“Alma”), a María Cegarra y
Miguel Hernández (“Luz de sur”).
En este juego poético de revelaciones parciales, pudorosas, incitantes, el poeta sugiere ámbitos en los que laten “profundidades que ocultan, que se abren y se cierran, que buscan y huyen”. Y me parece intuir casi siempre en sus versos una devoción juanrramoniana por decir la esencia, por acercarse al núcleo primordial del sentido, por ser exacto y apolíneo (aunque la lava palpite apenas se araña la tersa superficie de las palabras). De tal modo que leer este Paseo por la vida se convierte en un hermoso ejercicio de hermandad con el poeta; y, sobre todo, en un sugerente acercamiento a su muestrario de luces y sombras, a su abanico de sonrisas y lágrimas. Muy interesante.





