Los
libros de Ángeles Caso jamás me decepcionan. Los descubrí de forma azarosa y,
uno tras otro, me convencen y reciben mi aplauso. Su forma de narrar me fascina
desde la primera hasta la última de sus páginas. Así que vuelvo a adentrarme en
otra, como es lógico. En esta ocasión, se trata de la novela Donde se alzan
los tronos, una vigorosa reflexión (ampliamente documentada y bellamente
expuesta) sobre las nauseabundas trastiendas del poder y sobre la forma astuta,
y a veces inicua, en que se diseñan las coronaciones, las guerras o las
alianzas entre países.
Todo
comienza a finales del siglo XVII cuando Carlos II, enfermo y débil, debe
elegir a la persona que herede su trono. Su esposa Mariana lo presiona para que
firme el testamento (carecen de hijos) y nombre al archiduque Carlos; pero las
intenciones del cardenal Portocarrero son otras muy distintas: quiere que
entregue el trono a los Borbones franceses, en la persona de Felipe, duque de
Anjou, futuro rey Felipe V de España, más bien reacio a asumir tal compromiso. Vive
demasiado bien en la corte de Versalles y las informaciones que le llegan sobre
España (nobles siempre vestidos de negro, rancio catolicismo ñoño, escasa
afición a la higiene y los lujos) no resultan demasiado seductoras.
Celebrada
la boda en España entre Felipe de Anjou y María Luisa de Saboya (de apenas 13
años), la princesa de los Ursinos, Mariana de la Trémoille, quien ha sido
comisionada por el rey francés para que tutele el matrimonio y que se va a
convertir en la auténtica protagonista de la obra, comienza a ejercer su influencia
sobre el matrimonio (“El poder la excitaba más de lo que nunca la había
excitado el cuerpo más deseable de todos los que habían compartido su lecho”,
p.83). Y, como es obvio, es objeto de infinitos ataques por parte de sus
enemigos, que fingen creer todas las insidias que sobre ella se vierten (“Una
calumnia era un festín hacia el que todos se abalanzaban exhibiendo sus mejores
galas y enseñando entre los dientes sus lenguas bífidas”, p.134). Durante dos
centenares de páginas la veremos maniobrar, interceptar correos, urdir
voluntades, amañar enlaces nupciales, sugerir destierros, deslizar indirectas
y, en suma, organizar las vidas de quienes tiene alrededor, llevada por su
ambición. Esta omnipotencia se truncará solamente cuando aparezca en la vida
del rey la figura de Isabel de Farnesio.
Con
una habilidad admirable, Ángeles Caso nos va describiendo el ridículo de los
protocolos palatinos (esos lunares postizos, esos maquillajes patéticos, esa
mugre que se almacena por no recurrir al peligro sanitario del baño), la
endiablada complejidad de las insidias y las venganzas, el poder de los
religiosos, la necedad de los médicos y, sobre todo, la obsesiva persecución
del poder que enloda el corazón de casi todos los protagonistas.
Una narración memorable (centrada en una mujer inteligente y astuta que luchó contra los prejuicios y limitaciones de su tiempo), en cuyo transcurso podemos comprender muchos detalles cruciales de la historia de Europa.





