miércoles, 21 de octubre de 2026

Mala luna


 

Iba a comenzar diciendo que no era necesario recordar la forma en que murió el poeta Miguel Hernández. Pero, pensándolo mejor, sí creo que es necesario y de justicia. Miguel, uno de los poetas más populares y queridos de España, murió de tuberculosis sin que sus carceleros fascistas ni los representantes de la Iglesia (uno de ellos, Luis Almarcha, muy cercano al vate) movieran un dedo para salvar su vida. Así de rotundo y así de incontestable. ¿El pecado que cometió para merecer ese trato inhumano? Muy sencillo: haber escrito y haber luchado del lado de la república durante la inicua guerra civil de 1936. Lean cualquiera de las biografías que hay publicadas sobre el poeta si desean conocer los espeluznantes detalles de sus últimos días.

Aquí, la novelista Rosa Huertas explora una posibilidad narrativa tan sugerente como plausible: ¿es posible que Miguel redactase durante sus semanas finales algunos poemas que, manuscritos, alguien sacase de la celda? Y esos poemas, ¿se conservan en algún lugar desconocido? José Castillo, el abuelo de Clara, está convencido de que el cuaderno de tapas negras que su paisano Aurelio sustrajo de la maleta de Miguel tras enterarse de su muerte contiene esos inéditos. Y que es necesario recuperarlo, antes de que alguien lo destruya o lo utilice con fines partidistas (el hijo de Aurelio ahora se dedica a la política). Comienza de ese modo una aventura en la que Clara, con el auxilio de Víctor (nieto de Aurelio), buscará ese último vestigio de la creatividad de Miguel Hernández. Y en esa exploración aprenderá (aprenderán ambos, porque Víctor también abre los ojos) a descubrir que las personas no somos bloques monolíticos, sino que tenemos facetas, aristas, ángulos, luces y sombras: nadie es (siempre y para todos) como aparenta ser. De ahí la necesidad de escuchar, mirar y entender, sin dejarse guiar por prejuicios o por conclusiones aceleradas. Ni una sola de sus líneas es panfletaria. Ni una sola de sus páginas es prescindible. Una espléndida novela.

martes, 20 de octubre de 2026

Misión al pueblo desierto

 


No hará falta insistir demasiado en mi admiración y en mi constante aplauso al teatro de Antonio Buero Vallejo. Comencé a leerlo en 1985, justo cuando entraba en la universidad, y no he abandonado desde entonces la satisfactoria costumbre de acercarme a sus páginas con regularidad. Dicho eso (y dicho también que lo considero el dramaturgo español más importante de la segunda mitad del siglo XX), la lectura de Misión al pueblo desierto me ha dejado bastante frío (aunque el adjetivo que me apetezca escribir sea “decepcionado”). No es, en mi opinión, una obra a la altura de su nivel. Es habilidosa, evidentemente. Se sustenta sobre un armazón impecable, solo faltaría. Pero carece de la chispa y de la profundidad que encuentro siempre en sus argumentos y en sus desarrollos teatrales. Aquí, la trama es floja, las situaciones son repetitivas o increíbles (la tozudez con la que Damián desconfía una y otra vez, una y otra vez, de Plácido; el enamoramiento súbito que Lola experimenta por el maduro pintor viudo) y el final, queriendo ser simbólico, se queda en desangelado, feble y quebradizo. La idea de un cuadro del Greco que tiene que ser rescatado del palacio de unos marqueses en “zona de nadie” durante la guerra civil de 1936 entiendo que daba para mucho más que para esta nadería, con mucho relleno (sobre las ideas revolucionarias y sobre la mirada estereoscópica en el mundo de la pintura) y mucha situación “estirada” (con diálogos huecos y morosos). Qué pena me da decirlo (aunque lo digo, porque en mi blog no miento). Acudiré pronto a otro título del dramaturgo alcarreño para olvidarme de este bache.

lunes, 19 de octubre de 2026

La mano que tengo

 


No sé si alguna vez han mirado ustedes con atención una mano. No me refiero a una mano ajena (la de su madre en la cama del hospital, cada vez más quieta; la de su padre conduciendo, cada vez más arrugada), sino a una propia. Yo sí lo he hecho, con cierta frecuencia. Miro sus arrugas, sus poros, el movimiento de sus articulaciones, su inagotable versatilidad, su humilde y tenaz servidumbre. Me permiten (nos permiten) escribir, sostener libros o herramientas, aferrar el volante, coger productos en los pasillos del supermercado, acariciar, saludar, señalar, pulsar botones. En este precioso álbum ilustrado, Ignacio Sanz (con sus versos graciosos) y Moisés Yagües (con sus dibujos magníficos) nos invitan a que repitamos la ceremonia de mirarlas, desde el humor, pero también desde la gratitud: nuestra cotidianidad quedaría visiblemente mermada sin su silencioso trabajo. Léanselo a alguien de pocos años. Verán cómo sonríe. Y, posiblemente, estén sembrando en su cabeza la curiosidad y el asombro para que, dentro de algunas décadas, vuelvan a mirárselas con una sonrisa melancólica.

domingo, 18 de octubre de 2026

Las flores del mal



Me adentro por segunda vez (la primera fue a los dieciocho años y me da a mí que no me enteré de nada; o, siendo misericordiosos, de muy poquito) en Las flores del mal, de Charles Baudelaire. Utilizo la traducción de Carlos Pujol. Ninguna novedad supondrá decir que es un poemario que rompió moldes y que levantó ampollas en la sensibilidad lectora de su tiempo: alusión a cadáveres putrefactos, satanismo, hediondez, mujeres venales, flores marchitas, lobos que husmean, tinieblas densas como la pez, cuervos que planean en círculos macabros, tumbas que esperan ávidas, alusiones frecuentes a los gusanos (“Amigos negros, sordos y ciegos”), primaveras fangosas, bestias que se agitan en el frío de la oscuridad, serpientes que danzan, opio por doquier, adoraciones explícitamente satánicas o fuentes de sangre. No le faltaba ingrediente (bien claro resulta) con el que épater le bourgeois. Y es que, bajo su máscara de fragilidad drogadicta, hay en Baudelaire una poderosa musculación, que lo lleva a establecer su territorio con vigor enérgico: lo parcela, lo rotura y luego, tras alzar su bandera sin que le tiemble el pulso, mira con desafío a los observadores externos. Este es mi espacio. Estas son mis obsesiones y mis directrices. Acéptalas o sigue tu camino. No hay términos medios, como puede ocurrir con otros poetas menos viscerales. Con Charles Baudelaire tienes que elegir un lado de la línea: o Pinto o Valdemoro. Nada de indecisiones. Nada de matices. Blanco o negro. Pocas veces se habrá publicado en la historia de la poesía un volumen tan contundente y gravitatorio como este, del que anoto algunos versos que he subrayado en mi ejemplar: “Los pecados son tercos”. “He alcanzado a tocar el otoño del alma”. “El amante jadeando junto a su enamorada / es como un moribundo que acaricia su tumba”. “Es de necios construir sobre algún corazón”. “Siempre el Diablo hace perfectamente bien lo que hace”. “La lujuria y la muerte son dos buenas muchachas”. “El violín, corazón en zozobra”. Con Baudelaire hay que atreverse, pero qué convulsión cuando se avanza por sus versos. Inolvidable.

sábado, 17 de octubre de 2026

Esencia

 


Dedico una tarde de octubre (con luz de ceniza cayendo sobre las páginas del libro) a la obra Esencia, publicada por La Isla de Siltolá, y observo de qué manera, con honda palabra conmovida, Efi Cubero desgrana allí sus emociones ante el Guernica picassiano (“me abisma”, concluye); ante las obras del Greco que brillan en Toledo (“palimpsesto de capas y más capas”); ante las pipas oceánicas de Ai Weiwei, que alfombraban la Tate Modern londinense; ante la majestad fluente del Sena, divisado desde el Pont Neuf, antes de asistir a una instalación de Anish Kapoor; ante las obras inmortales de Diego Vélazquez (“casi táctiles, casi etéreas, casi realistas, casi abstractas”); ante el impacto escultórico que experimenta “en los laberintos de Alicia Larraín, en los árboles torturados de Roxy Paine, en el arpa eólica de Luke Jerram, en las configuraciones modulares de Kenneth Snelson, en las redes de irregulares geometrías de Richard Deacon o en los arcos infinitos de Andreu Alfaro”; ante las alucinaciones perturbadoras de Martín Ramírez.

Parecería fácil etiquetar esta obra como un “libro de arte comentado”, pero juzgo que va mucho más allá. Esencia es un volumen que hace doblarte (“doble arte”, arte sobre el arte), y que ahí radica su máximo esplendor. Efi Cubero no se limita a contemplar los grupos escultóricos (y sobre todo los cuadros) con curiosidad o con embeleso, sino que parece habitarlos. Los mira con pausa, con inteligencia sensible. Y, cuando venimos a darnos cuenta, nos ha dado la mano y nos ha pedido que entremos en el lienzo. Que paseemos entre sus figuras y colores. Que nuestro corazón lata al ritmo de las pinceladas y de la luz interior. Que seamos uno con la materia y el alma de la composición. Mirar de frente una obra de arte nos proporciona mucha belleza, pero la escritora pacense nos invita a que lo hagamos también por detrás, por el lado, por abajo y por encima. Que afilemos la mirada y que sintamos la honda respiración de las tonalidades, la textura de cada trazo, el vuelo ondulado de los dedos que acarician la tela. Un volumen que tiene delicadeza de mármol y contundencia de seda. Memorable.

viernes, 16 de octubre de 2026

La biblioteca secreta


 

Un chico acude a la biblioteca pública porque tiene que devolver dos libros y porque desea sacar alguna obra sobre la recaudación de impuestos en el imperio otomano (se le ha ocurrido, vaya por Dios, que puede ser interesante saber cómo se organizaba el sistema tributario turco). Sin más explicaciones, la funcionaria que lo atiende le indica que debe buscar la sala 107, que se encuentra en el sótano. Allí se encuentra con un anciano de aspecto iracundo que pone en sus manos tres gruesos volúmenes sobre el tema y que le indica que debe leérselos allí (no existe la posibilidad del préstamo domiciliario para esas obras) y que permanecerá en esa celda durante un mes, hasta que consiga memorizarlos. Ya, ya imagino que quien lea esta reseña estará frunciendo el ceño, pero el asunto no ha hecho más que comenzar, porque el chico tendrá que vérselas también con otros dos seres anómalos: un hombre-oveja (mansurrón, obediente, lacayuno), que le lleva la comida y le concede algunas frases de conversación; y una niña irrealmente guapa que se ofrece para ayudarlo a escapar. De fondo, se rememora la historia del enorme perro negro que mordió al chico años atrás. Al final (no teman, no voy a destriparles el colofón), la historia se convierte en un espectáculo pirotécnico que provocaría el aplauso de los surrealistas.

¿Interpretación psicoanalítica? Pues yo qué sé. Seguramente, sí. Pero qué pereza, a estas alturas de la película, tener que aventurar lo que quiso decir el autor. Imagino que este tipo de narraciones (en las que la persona que está leyendo tiene que interpretar qué ha querido decir el profundísimo autor) tendrán su público, claro. Casi todo lo tiene en literatura. Yo no formo parte de este.

jueves, 15 de octubre de 2026

Little Jump

 


La historia de la literatura está llena de amores contrariados, trágicos o llorosos; y son tantas las variantes de esa imposibilidad que incluso su mera enumeración se antoja inabarcable. Mónica Rodríguez nos traslada en su novela juvenil Little Jump una formulación de gran actualidad y de gran tristeza, porque sus protagonistas (Jaia y Jota) pertenecen a mundos antagónicos. No al modo célebre de Romeo y Julieta (donde estaban enfrentadas las familias), sino al más radical del enfrentamiento entre judíos y palestinos. Jaia pertenece a los primeros; Jota, a los segundos. Hay muros, alambradas y soldados que los separan, como si un foso terrible se abriera entre sus pies. Pero hay un objeto que los acerca, de un modo tan peculiar como magnético: un monopatín. Jaia lo maneja con soltura; y esa destreza le permite concebir el sueño de viajar hasta Mineápolis para poder participar en un campeonato. El mundo de Jota es más concreto, más duro, más pobre: sus tierras han sido ocupadas y tanto él como sus amigos se refugian en ilusiones que les hagan evadirse: Hudhud quiere ser atleta olímpico; Coluber quisiera llegar a ser marino; Zurdo planea estudiar en la universidad “para luchar por que nadie nos volviera a arrebatar lo que era nuestro” (p.18). Un pintor amigo, llamado Río Dadá, que actúa como factor de cohesión entre ambos mundos y que confía en el poder del arte para unir las almas, es quizá la figura adulta más importante de la novela.

La escritora ovetense consigue en estas páginas que participemos de la escisión espiritual que se opera dentro del atormentado Jota, que ama a Jaia (cuando la ve por las noches) y que odia a los suyos (cuando contempla sus fusiles y tanques por el día), en un equilibrio terrible y lacerante (“Yo estaba partido en dos. Yo era dos personas”, reconoce en la página 61). La muchacha, mucho más serena, lo tiene claro en su análisis de la situación: ellos deben convertirse en protagonistas de la concordia, en los artífices de la paz, porque “nos han engañado. A todos. A tu pueblo y al mío. A ti y a mí. Nuestros dirigentes nos han engañado” (p.87). Alrededor, gases lacrimógenos, disparos, patrullas nocturnas, desprecio y rencor, aunque la novela se ocupe de atemperarlo con algunos momentos de poesía dulce y confortadora, que alivia la aspereza del panorama (señalaré solamente una de esas perlas bellísimas: cuando Jota se refiere en la página 119 a la risa de su hermana Azahara y afirma que es “pan de semillas”). Una hermosa, educativa y triste historia.