sábado, 25 de julio de 2026

La realidad de la ficción

 


Cuatro fueron las “divagaciones” (así las califica el autor, Antonio Muñoz Molina) que el público de la Fundación Juan March, en Madrid, tuvo la oportunidad de escuchar durante el mes de enero de 1991. Y, dos años más tarde, quedaron fijadas en el volumen La realidad de la ficción, publicada por Renacimiento, con un cierto desaliño ortográfico. Anotaré unos pocos ejemplos, con menos saña que tristeza: “Billie Hiliday”, p.13; “convinándose”, p.25; “Frabrizio del Dongo”, p.35; “himnotice”, p.59; “pernuria”, p.60; etc. Por fortuna, la claridad y la belleza con las que el escritor andaluz nos va hablando de la construcción de la obra literaria, de los personajes, de la elección del punto de vista o del lector nos permiten olvidar o al menos equilibrar esos arañazos visuales que maltratan nuestras pupilas.

Accedemos, nos dice, al mundo de la ficción desde la infancia, escuchando las historias orales que nos cuentan, y eso estimula nuestra imaginación y amplía nuestra curiosidad. Algunos adultos, después, desdeñan ese punto de partida; pero “curiosamente, estas personas que desconfían tanto de las historias imaginarias son las más proclives a embobarse con las formas más degradadas de la ficción, y por no haberse creído las aventuras de don Quijote y del capitán Nemo acaban tragándose no sólo los disparates de Rambo, sino los de los locutores de la televisión”. Y unos pocos de esos adultos, que han conseguido afilar su sentido de la observación (“Hay que saber mirar”) se convierten después en escritores. Todos los seres humanos “somos una mezcla inquietante de realidad y de ficción, de verdad y mentira, un precipitado de signos cuya fisonomía y carácter dependen no de su propia identidad, sino del modo en que los elabora nuestra mirada y nuestra imaginación”; y el escritor se esfuerza en destilar todos esos elementos para construir edificios verbales y emocionales que perduren en el corazón y la memoria de los demás.

Muñoz Molina, ilustrándolo con ejemplos de sus propias obras, nos habla del modo en que se elige el punto de vista, la voz del narrador, el nombre de los personajes o la estructura de la obra, y nos deja un volumen exquisito sobre la creación literaria, muy recomendable para escritores jóvenes, aunque cualquiera la pueda disfrutar con aplauso. Resulta imposible resumir una obra así: hay que subirse al bote y dejar que el remero nos vaya explicando el paisaje conforme nos desplazamos por el curso del río. Háganlo, por favor.

viernes, 24 de julio de 2026

El vigilante del salón recreativo

 


“Soy un hombre modesto”. Con estas palabras se presenta Ventura, la persona que, tras la muerte de Esteban Amat, accedió al puesto de vigilante en los Billares Sanchís (que ahora reciben el nombre de Salón Recreativo Galaxia), donde lleva treinta años. Esteban era un ser despreciable, un pederasta que “sodomizaba con espasmos de remero a los chavales en el water” (p.8). Ventura, por el contrario, es un hombre sin deseos ni ambiciones (“Lo que más me gusta de mí mismo es la abulia”), que ha tenido alguna relación sexual más bien sórdida con una tal Emma; que disfruta con la lectura, entendida como otra forma de la laxitud (“Tengo que leer, así serán otros los que piensen por mí, leer me relaja”); que no muestra las mismas aficiones que sus congéneres (“No tengo televisión”) y que se desenvuelve con pocas pertenencias (“Mi casa apenas tiene muebles, ni electrodomésticos”). No juzga que su modo de vida, aislado y poco sociable, haya sido negativo (“El silencio ha servido para fortalecerme”), pese a saber que su jornada laboral es demasiado larga (“De diez de la mañana a nueve de la noche”) y que su vida, en sí misma, es insignificante (“Soy un documental en blanco y negro”). Los demás quizá sean más felices, pero él se limita a observarlos sin que la ambición o la envidia lo alteren (“Me comporto como los cautos espectadores de una obra teatral que no sé si por educación, prudencia o simple cobardía, no se atreven a abandonar la sala”), entre otras cosas porque es consciente de la flaqueza de su temperamento (“Soy extremadamente tímido”), circunstancia que con seguridad le facilita la existencia (“He aprendido algo fundamental para que a uno lo dejen vivir en paz: hay que respirar y callarse”).

Si desean conocer la historia completa de este singular personaje les sugiero que acudan hasta las páginas de El vigilante del salón recreativo, del malagueño José Antonio Garriga Vela. Creo que les puede llamar mucho la atención.

jueves, 23 de julio de 2026

El reino de los mil pájaros


 

Hace cinco generaciones, el rey y la reina de un lejano país de oriente optaron por separarse y, como consecuencia, también el territorio sobre el que mandaban quedó dividido en dos bloques (la parte amarilla y la parte azul), enfrentados de forma irreconciliable. Ciento cincuenta años después, la zona amarilla (que recibe el nombre de Tah-Ching) está gobernada por el Mandarín, un hombre belicoso que ha tomado la decisión trascendente de declarar la guerra inmediata para que sus vecinos de la zona azul (Tah-Chang) dejen de estar bajo el dominio de la Emperatriz y pasen a convertirse en súbditos suyos. Simétricamente, escuchamos que la citada Emperatriz, animada por su Consejera y su Ministra, ha tomado la misma decisión: enfrentarse a los rebeldes amarillos y unificar el reino bajo su femenino y autoritario mandato. ¿Es la guerra inevitable? ¿Nadie logrará impedir que se produzca ese desperdicio de vidas? La respuesta se encuentra en los hijos de tan ambiciosos dirigentes: el príncipe Yi-Jie, amante de los pájaros, el deporte, la poesía y la flauta (por la parte amarilla) y la princesa Xia-Mei, que adora el arpa, las flores y los gatos (por la parte azul). Casualmente, se encuentran en un prado sin reconocerse; y quedan extasiados al mirarse.

Con ese planteamiento y ese arranque, el valenciano Juan Ramón Barat elabora su obra El reino de los mil pájaros, una pieza teatral especialmente dirigida a los niños y jóvenes, donde florece la ingenuidad y donde menudean los juegos de palabras basados en la condición oriental del drama (“Lo estamos engañando como a un chino”, página 9; “Todo eso que dices me suena a chino”, página 16; “El bazar de los chinos”, página 19; “Si no queréis las dos que os castigue con una tortura china”, página 51; etc). Un alegato contra la guerra y a favor del amor que apela a los sentimientos más nobles del alma humana. Simpático.

miércoles, 22 de julio de 2026

El caso del artista cruel

 


Kurti Innauer es un artista plástico de Innsbruck tan petulante como exitoso: convive con una chica llamada Timna (que tiene la edad de su hija Klara), bebe como una auténtica esponja, se muestra desdeñoso con quienes le tributan su admiración, mantiene la relación con su esposa (Gundula) porque es su marchante y ha conseguido que sus cuadros, crueles, horrendos y desagradables (mezcla sangre, huesos, cristales y hasta cocaína con sus pigmentos) se vendan por auténticas fortunas (“Cada uno tiene un tipo de sensibilidad: yo veo lo cruel, lo repugnante del mundo y del ser humano, igual que otros ven solo lo rosa y lo cursi. Hay quien pinta gatitos blancos jugando con un ovillo de lana, hay quien retrata desnudos de mujer, hay quien pinta paisajes. Yo pinto cadáveres mutilados, drogadictos, torturas. Para todo hay mercado”).

Y, de pronto, un terremoto sacude su existencia y la pone patas arriba: su joven amante es encontrada muerta en el bosque. Klara, que podría ser sospechosa del crimen, se encontraba viajando en tren en ese momento. La esposa de Kurti, que podría ser también sospechosa del crimen por despecho, se encontraba a muchos kilómetros, con una sólida coartada. Y el propio Kurti, según testimonio de unos amigos que fueron a visitarlo esa tarde y de un vecino con el que mantuvo una agria discusión, estaba profundamente borracho, tirado en el sofá. Todos parecen quedar fuera de las sospechas iniciales… pero alguien tiene que haberla matado. Un collar exclusivo y carísimo que llevaba la víctima (y que ahora ostenta en su cuello la hija de Kurti), un cuadro presuntamente robado hace años (y que luce en el despacho del amante de Gundula) y una misteriosa cinta de audio que ha desaparecido se unirán al enredo para convertir El caso del artista cruel en una novela sinuosa, enigmática y justísima ganadora del premio Edebé de literatura juvenil. Si tienen oportunidad, les recomiendo que no se la pierdan: Elia Barceló nunca defrauda.

martes, 21 de julio de 2026

Los caminos del miedo

 


Cuatro propuestas nos ofrece Joan Manuel Gisbert en su libro Los caminos del miedo, y en todas se percibe, como no podía ser de otra manera, la solidez de un narrador curtido y polivalente que ha merecido galardones como el premio Lazarillo, el Nacional de Literatura Infantil y Juvenil, el Barco de Vapor, el Gran Angular, el Edebé o el Cervantes Chico. Casi nada.

En la primera (“La obsesión de Amberes”), nos habla de Solange y de Jules, dos personas interesadas en el mundo del ocultismo que, sin conocerse, realizan la misma acción: visitar una fábrica abandonada en la cual, según los expertos, “se podía obtener una respuesta veraz a las incógnitas fundamentales de la vida”. Los dos desean formular una pregunta parecida, relacionada con su propia muerte, y muestran anhelo y a la vez pavor por el resultado de la consulta, que queda consignada en un sobre cerrado. ¿Querrán abrirlo? ¿Querrán leerlo? ¿Serán capaces de afrontar la brutal revelación que sus líneas contienen? Con una mezcla de terror gélido, metafísica y ciertas gotas de humor, Gisbert consigue un relato contundente y digno de aplauso, que sirve de primer plato en un menú que, además, contiene un duelo a muerte en Sevilla, acompañado de premoniciones macabras (“Los mensajeros de la muerte”); la angustia de una mujer cuando tiene que cuidar la inquietante caja que le deja en custodia su vecino, quien tiene un pavoroso ojo de cristal (“Pupilas de obsidiana”); o la paralizante gelidez que pone a Hans de Turingia al borde de la muerte mientras viaja, subido en su caballo, camino a Constanza (“En la llanura blanca”).

Que no se engañe nadie con la etiqueta de “autor LIJ” que suele adherirse junto al nombre del autor catalán: Joan Manuel Gisbert es un magnífico narrador que convence y encandila, sea cual sea la edad de la persona que abra el libro. Hagan la prueba.

lunes, 20 de julio de 2026

Insolación

 


Durante siglos, los hombres han dispuesto la vida y las normas sociales a su plena satisfacción, dejando a las mujeres en un puesto ingrato, obligadas a la renuncia, la aquiescencia o la infelicidad, con rictus serios y corazones malbaratados. La viuda doña Francisca de Asís Taboada (quien, pese a lo áspero de su condición, apenas tiene treinta y dos años) vive en Madrid una existencia tan rancia, tan bostezante y tan previsible como de ella se espera: asistencia a los oficios religiosos, directrices morales rígidas (emanadas del padre Urdax, su confesor), visitas protocolarias a casas tan honorables y aburridas como la suya y, por supuesto, relaciones frías y acartonadas con cualquier varón de su entorno, tenga la edad que tenga. Y ella, que es de una “formalidad cantábrica” (la fórmula pertenece a su creadora, doña Emilia Pardo Bazán), se aviene incluso con sinceridad a estos parámetros. En momentos de duda, se permite alguna rebeldía interna (“¿Por qué no han de tener las mujeres derecho para encontrar guapos a los hombres que lo sean, y por qué ha de mirarse mal que lo manifiesten?”); pero, por regla general, responde perfectamente al canon de la dama intachable. Hasta que aparece en su vida un donjuán andaluz llamado Diego Pacheco, al que ella encuentra cada vez más irresistible (para sorpresa del lector, porque el jovenzuelo reconoce ser mujeriego, gandul, veleidoso, sin oficio ni beneficio, violento cuando se le contradice y bastante controlador). Cada vez que el mozo se va, ella recupera la sensatez (“Cuando se va, reflexiono y caigo en la cuenta; pero en viéndole… acabose, me perdí”), aunque la cordura se desvanece en el momento en que vuelve a hacer acto de presencia, con su desfachatez meridional y su gracia campechana. Asís, sabiendo que lo más razonable es poner distancia entre ellos, para evitar las habladurías (“De poco le sirve a una mujer pasarse la vida muy sobre aviso, si se descuida una hora”), se repite a sí misma una y otra vez que no caerá, que no caerá, que no caerá… hasta que se llega a las últimas páginas y descubrimos el asombroso desenlace de la historia.

Reivindicativa, gran observadora (y gran crítica) de los absurdos rituales sociales de su tiempo (probablemente no menos ridículos que los nuestros), la gallega Emilia Pardo Bazán nos ofrece en Insolación un análisis magnífico sobre los corsés que atenazaban a las mujeres en el siglo XIX. Y lo hace, sobre todo, con una novela estupenda, cuya lectura sigue siendo amena y educativa.

domingo, 19 de julio de 2026

Comelobos



 

Federico García Lorca, que lo tenía en alto grado, popularizó en su tiempo la noción de “duende”, esa magia insondable que consigue encandilar a las demás personas con el fulgor que emana del artista. No se puede explicar con palabras, ciertamente. Es un aura, un brillo, una energía que quizá ni el propio emisor sabe controlar, pero que sus oyentes o lectores perciben. Paco López Mengual lo tiene, en mi opinión: basta con abrir cualquiera de sus libros y, de inmediato, adviertes que el ritmo de sus palabras, la gracia de sus frases, el tono, quién sabe qué, te envuelve y embriaga. Es el más oral de nuestros escritores.

Con la publicación de Comelobos (Tirano Banderas, 2026), esa evidencia se pone otra vez de manifiesto. Para arrancar, nos pide que nos situemos en 1862 y que concentremos la mirada en la figura de Hans Christian Andersen, autor que triunfa en toda Europa con sus cuentos y que ha decidido visitar nuestro país. El resultado de aquel viaje (cualquier enciclopedia o buscador de Internet lo confirma) fue la publicación del tomo Viaje por España, que se puede encontrar en el Centro Virtual Cervantes para su lectura. Hasta aquí, todo bien. Pero de repente Paco sonríe y nos cuenta que el escritor danés no quiso incorporar al volumen una experiencia que vivió junto al bandolero Comelobos y su cuadrilla, porque durante aquellos días cometió varios delitos que, en caso de conocerse, le podrían haber deparado la cárcel e incluso la horca. Ahora, prescritos todos ellos, es el momento de darlos a la imprenta. ¿Ven qué fácil? ¿Ven qué recurso tan ingenioso, el de aprovechar las “grietas en lo real”, para que la atención de los lectores se exalte? Paco es un maestro en esas lides. Y de su teclado emergen bandoleros que se disfrazan de guardias civiles para robar carruajes, gitanas de intensos ojos negros que bailan de noche junto a la hoguera, ciegos fingidos que engatusan al público en la plaza de Santo Domingo de Murcia, gobernadores más simples que el mecanismo de un chupete, el cuerpo decapitado de un salteador de caminos (que, para sonrisa de todos, era conocido como El Marujo y nació en Molina de Segura) o la voz intuida de un recitador de romances que aparece en la página 24 y que se llama Emilio del Carmelo.

Paco tiene una coctelera mágica, donde deposita humor, sencillez, humanidad, talento narrativo e ingenio. Luego la agita. Y siempre salen historias maravillosas, como este Comelobos, que harían ustedes bien en leer.