Ahora
que ya no tengo hijos pequeños a quienes leer por las noches (el menor, que
acaba de empezar el instituto, ya empieza a renegar de esa costumbre, por
parecerle algo infantil), descubro el placer de leer en voz alta, fingiendo que
aún disfruto de ese paraíso. Aprovecho mi jubilación para, en mi butaca del
patio, poner voces y adoptar tonos, como si todavía unas orejas diminutas
estuvieran pendientes de mis palabras. Lo voy a hacer de vez en cuando. Y
estreno la experiencia con el libro Bicicletas de nariz, de mi querida
Marisa López Soria, quien me habla del pobre Máximo, un niño con carencias
visuales, que lo hacen propenso a las caídas y que le ocasionan mil problemas,
entre jocosos y tremebundos: compañeros que no quieren jugar con él, porque
advierten sus limitaciones; un señor que lo tiene que salvar cuando está a
punto de cruzar un paso de cebra con semáforo en rojo; una señora con exceso de
peso que, en la playa, es confundida por él con una ballena… “Lo máximo que me
veo son las uñas de los pies”, confiesa cabizbajo en la página 28.
Por
fortuna, ese problema tiene una solución fácil: ponerle unas gafas. El chico
las elige de color rosa y se muestra exultante: es como llevar una bicicleta
sobre la nariz. En su grupo de amigos, como siempre, hay disparidad de
opiniones sobre la novedad oftalmológica, pero terminará imperando el cariño,
que los une más todavía.
Mezclando ternura, humor, juegos de palabras y unas rimas tan simpáticas como pizpiretas, Marisa López Soria redondea una historia que encantará a cualquier niño que la lea. O que la escuche, como le sucede a mi invisible espectador.






