El
nombre de Stephen King, para la mayor parte de los lectores, es sinónimo de
terror: ya saben, monstruos horribles, escalofríos bajando por la espalda,
desequilibrios psíquicos, fenómenos inexplicables y lugares tenebrosos, que
parecen cobrar vida y buscar la aniquilación o la locura de quienes penetran en
ellos. Pero existen otros terrores que, por su condición natural, no deben ser
desdeñados. Por ejemplo, la circunstancia (tan simple, tan habitual, tan de
cuento de hadas) de perderse durante una excursión. En España, ese extravío
puede incurrir en el ámbito de la banalidad porque, como indica el humorista
Goyo Jiménez en uno de sus números cómicos, lo más grave que puede pasarte es
que te ataque un topo o una ardilla. Pero imaginen que nos encontramos en el
estado norteamericano de Maine: más de noventa mil kilómetros cuadrados, de los
que casi el 90% están deshabitados. Puro territorio de bosques y ciénagas en el
que viven zorros, osos negros, coyotes y una cantidad abrumadora de insectos. Y
una vez que hayan imaginado ese territorio hostil coloquen allí a Trisha, una
niña de nueve años que, mientras iba con su madre y con su hermano Pete, se ha
desviado del camino y luego ha sido incapaz de volver al sendero. Durante los
primeros minutos camina con rapidez para alcanzarlos, pero lo hace en el
sentido erróneo; y se interna en un espacio en el que mosquitos y serpientes, en
número sofocante, la cercan. En su mochila lleva agua, unas galletas, algo de
bollería, una botella de zumo y un pequeño aparato de radio (con el que le
gusta escuchar los partidos de su equipo favorito, los Red Sox, del que admira
a su jugador Tom Gordon). Y comienza una odisea que se prolonga durante días:
hunde los pies en un barro nauseabundo que le hace pensar en arenas movedizas;
escucha durante la noche unos ruidos de ramas y de respiración; se unta la cara
y los brazos con barro para aliviar el dolor de los picotazos y prevenir otros;
come helechos que la hacen vomitar; bebe agua de un arroyo (ha decidido seguir
la corriente para que la saque del bosque, e incluso aprende a atrapar pequeños
peces con la capucha de su impermeable); avanza por ciénagas y laderas hasta
salir de Maine y cruzar la línea de New Hampshire.
Con
el paso de los días, Trisha comienza a tener alucinaciones, en las que cree
estar acompañada por Tom Gordon (su figura, cercana a la de Joe DiMaggio en El
viejo y el mar, de Hemingway, le sirve de compañía), pero en las que
también cree ver a tres figuras encapuchadas, que le hablan de forma
alternativa, y a un extraño ser de elevada estatura e intenciones nauseabundas,
que esparce restos sanguinolentos de animales por donde ella pasa, para
intimidarla y preparar su propia muerte. Esta pesadilla, matizada por la
lluvia, el llanto, la desesperación y la soledad, terminará cuando, en las
páginas finales, suenen unos disparos.
Una novela no especialmente célebre de Stephen King, pero que se lee con mucho interés.






