En
la época en que las velocidades se extreman, en que todo parece iluminado por el
arrebato y la celeridad, Josep Pla reivindica la importancia de la lentitud,
salvo (nos dice con sorna) cuando está a punto de estropearse un litro de vino
y hay que bebérselo rápido; o cuando están a punto de cerrar las tiendas y urge
comprar un regalo para la querida. Así que se sube en el simbólico autobús que
circula lento por carreteras deficientes y nos va hablando de gentes y pueblos
que encuentra a su paso, de paisajes vistos por la ventanilla y de las mil
cosas pequeñitas, intrascendentes, gloriosas, que tal vez suceden a nuestro
lado y que no nos detenemos a observar, porque tenemos las pupilas fijadas con
ansia en el horizonte, contando los segundos que quedan para llegar: las
sardanas tocadas por el maestro relojero Garreta; las chicas que van al cine y
que, al volver, sienten el contraste entre lo fastuoso de la pantalla y su vida
pobre y austera; don Amadeo Vives y su creencia literal en la futura
resurrección de la carne; esos comerciantes que hablan entre sí de cómo trucar
sus sistemas de medición; la tristeza de que tantos hijos de campesinos sean
enviados a la ciudad “para hacer el bachillerato” y pierdan su conexión con el
mundo rural, quedando luego inutilizados, salvo escasas excepciones. tanto para
la ciudad como para el campo; ese sueño en el que se imaginó rentista en
Palafrugell (en el año 1905) con cuatro duros diarios de capital; la alegría (dinamizadora
y abaratadora de la vida) de los mercados; aquel madrugón que se dio para
acompañar a un cazador de becadas; o el gozo otoñal de buscar setas por la
pinada.
Abducidos por la necedad de nuestra vida moderna, que nos exige adquirir el último modelo de móvil, viajar a los sitios más exóticos, comprar el libro de moda (cada mes es uno distinto), escuchar a los cantantes que dictamine el mercado o emitir opiniones cada dos horas sobre el nuevo tema candente que surge, Josep Pla nos habla de la calma, de la observación, del reposo, de una vida no tanto retirada (al modo de fray Luis de León) como degustada: disfrutando el vaivén luminoso de la chimenea, bebiendo un vino con los amigos, charlando sin mirar el reloj, despreocupados por no tener dinero para comprar esa fruslería que, en realidad, tampoco necesitamos. Y, por supuesto, el gozo de encontrarnos con las frases de Pla, donde demuestra su perspicacia a la hora de valorar el mundo en que vivimos (“Todos y cada uno de nosotros consideramos que las vidas de todos y cada uno de los demás hombres son un simple negocio. Esta es la esencia de la época”), su cazurrería inteligente (“Los hombres y las mujeres podemos llegar a ser tenidos por animales racionales alguna vez, muy de tarde en tarde, esporádicamente”) o el descreimiento que manifiesta en la capacidad del progreso para unir a los pueblos del mundo (“Uno ha superado ya tantas cosas en la vida, que incluso se pueden superar estas adorables tonterías”). Un maestro, qué quieren que les diga. Lo adoro.






