viernes, 2 de enero de 2026

Tsugumi

 


Leo mi tercer libro de la japonesa Banana Yoshimoto, que se titula Tsugumi y que traducen Albert Nolla y Bibiana Morante. Y, como en mis dos aproximaciones anteriores, vuelvo a sentir la fascinación de una atmósfera: la que crea la autora con sus personajes, con sus diálogos, con sus paisajes. Desde el principio puede escucharse la voz (tan cristalina, tan delicada) de Maria Shirakawa, quien conoce desde niña a Tsugumi, hija de los dueños del hostal Yamamoto. Sabe muy bien que su amiga es “mala, deslenguada, egoísta, consentida y retorcida” (p.11), pero también es consciente de que “fuera de casa, era otra persona” (p.14). Quizá la razón de ese temperamento agresivo, burlón, descarado y hasta insolente haya que buscarla en la quebradiza salud de la muchacha, que siempre parece estar al borde de la muerte, con fiebres, temblores y achaques. Es como si, sabiéndose tan débil en lo físico, Tsugumi buscara acorazarse, protegerse, impedir que nadie se le acerque demasiado.

Pero cuando, un tiempo después, Maria vuelve a pasar el verano junto a su amiga (la familia va a desprenderse de su hostal en unas semanas), un tercer personaje irrumpirá con fuerza entre ellos: el joven, educado y simpático Ryoichi, del que Tsugumi cree enamorarse.

Elegante en el trazado de sus escenas, Yoshimoto consigue una historia hermosa (y, por instantes, terrible), que me sirve para inaugurar el año literario 2026.

miércoles, 31 de diciembre de 2025

Lo que sé de Esmeralda

 


“Es como si estuviera escuchando un serial radiofónico”, exclama uno de los personajes en la página 109 de esta novela. Y, en el mejor de los sentidos, es así, porque el autor (el ilicitano Andrés Guilló Javaloyes) ha sabido continuar el tono envolvente, cercano, mágico y coloquial que inauguró con Esmeralda sin brillo. En aquellas páginas, que ya comenté en este mismo blog (https://rubencastillo.blogspot.com/2024/12/esmeralda-sin-brillo.html) nos desgranó la fascinante historia de Esmeralda, una vedette bellísima que tuvo el coraje de enfrentarse a todo y a todos en unos tiempos difíciles, recorriendo España con sus espectáculos, haciendo que su belleza y su talento artístico fueran reconocidos en cuantos lugares visitó y manteniendo con firmeza su derecho al amor, aunque este viniera de una persona que, por su posición económica y social, quizá no era la más sencilla para iniciar un proyecto sólido. Conocimos allí al modisto Paquito; conocimos al inspector Manuel Sanchís, tan brusco como noble; conocimos los deseos y las envidias que despertó la escultural Esmeralda; y conocimos, en fin, la forma increíble de su muerte. Uso a conciencia el adjetivo “increíble”, porque muy pocos aceptaron como válida la explicación oficial que se dio a la misma: un suicidio pactado junto a su amante. Quedaban muchos flecos por aclarar; quedaban muchos secretos por descubrir; quedaban muchas heridas por cauterizar.

Por eso, Andrés Guilló ha tenido la excelente idea de ofrecernos una continuación de aquel enigma, que se inicia de un modo tan estremecedor como virulento: en el mismo sitio donde apareció el cuerpo de Esmeralda aparece ahora, dieciséis años después, el de una joven prostituta llamada Reme, que ha sido estrangulada con un pañuelo blanco de seda. El corazón de Sanchís se encoge al conocer la noticia, pero se encogerá mucho más cuando se repita el procedimiento con otra prostituta, que replica los detalles del crimen: un pañuelo de seda, ausencia de agresiones sexuales, ninguna pista aparente.

Y ahora llega el momento en que ustedes, lo sé, van a odiarme, porque no les voy a suministrar más detalles. Se trata de un enigma policial y no seré yo quien les estropee el placer de irlo desvelando página a página, de la mano de Manuel Sanchís, de Carlos, de Bernardo o de Margarita. ¿Que les va a encantar? Lo doy por seguro. ¿Que al terminarla sonreirán de placer, pensando que puede haber una tercera parte? También lo doy por seguro. Una forma intensa y maravillosa de terminar el año literario 2025.

lunes, 29 de diciembre de 2025

Modelos de mujer

 


No sé en qué año comencé a leer a Almudena Grandes. Calculo que sería cuando estaba terminando mis estudios en la universidad de Murcia: fue la época en que la autora madrileña obtuvo el premio La sonrisa vertical y empezó a aparecer con asiduidad en la prensa. Digamos, pues, que 1990. Luego seguí leyendo sus obras (no todas), y he continuado con esa tendencia desde que tengo este blog, cuyas puertas le abrí encantado con títulos como Los aires difíciles, Castillos de cartón, Mercado de Barceló, Las edades de Lulú, Estaciones de paso, Inés y la alegría, El lector de Julio Verne, ¡Adiós, Martínez! y La herida perpetua (tienen ustedes las nueve reseñas en este mismo blog). Ahora completo otra aproximación: los relatos contenidos en Modelos de mujer, que me fascina.

Los personajes de Migue (que tiene retraso cognitivo y que se enamora de un fantasma relacionado con la guerra civil), de la química Malena (que mantiene un duro combate contra la comida, dada su tendencia a engordar), de la niña Bárbara (que se enfrenta al horror de la muerte a través de las palabras de una monja con la cabeza perdida), de la absorbente y turbadora madre que retiene a su hija con procedimientos químicos, de la mujer que encuentra en los balcones su sistema de comunicación con el primer hombre que la rondó sentimentalmente, de la joven doctoranda que consigue conquistar el corazón de un director de cine (sin que la fascinante belleza de una bellísima modelo sirva de nada para desviar su atención) y de la matemática Berta (la buena hija que ha vivido esclavizada por una madre distante y ahora impedida en cama) se convierten página a página en poderosos imanes que te mantienen adherido a sus historias, donde siempre se nos pide que escuchemos a una mujer que sufre. Y qué placer hacerlo, porque el modo de narrar de la madrileña es sublime.

Lo he dicho y escrito varias veces, pero no me importa repetirme: quiero leer una tras otra todas las producciones de Almudena e irlas subiendo a mi blog. En 2026 continuaré con el proyecto.

domingo, 28 de diciembre de 2025

¿Quién mató a Palomino Molero?

 


Ya sé que va a sonar a estupidez, pero me siento en deuda con Mario Vargas Llosa. A él, que nunca llegó a conocerme y que, de haberlo hecho, ni siquiera me recordaría, quizá la frase le provocaría una sonrisa. Pero puedo asegurar que no es petulancia, ni pose, ni aserto paradójico para llamar la atención: es puramente que me siento en deuda con él. ¿Por qué? Resulta fácil de aclarar: porque durante años (muchos años, demasiados años) he ido aplazando su lectura, diciéndome que alguna vez la emprendería, y no animándome nunca con demasiado vigor a cumplirla. Ahora bien, si se me preguntase por qué he actuado así, juro que no sabría contestar. No le “tengo manía” al peruano; no he quedado decepcionado con su lectura; no lo creo inferior a García Márquez o Cortázar. Es solamente que, por lo que sea, estoy a punto de cumplir sesenta años y apenas hay dos reseñas suyas en mi blog. Me comprometo a enmendar ese yerro durante 2026.

Para activar ese protocolo dedico un par de días a leer ¿Quién mató a Palomino Molero? Y salgo con un estupendo sabor de boca. Quizá no se trate de su obra maestra (es evidente), pero qué bien hecha está, qué sinuosidad de diálogos más bien llevados, qué construcción novelesca más sólida y convincente, qué espléndida combinación de tragedia y humor, de sencillez y de profundidad. Recordemos su arranque: Lituma, un guardia que está destinado en el puesto de Talara, es avisado por un pastor sobre el descubrimiento de un cadáver. Pero no se trata de un crimen sin más: alguien se ha ensañado brutalmente con el pobre chico, no solamente ahorcándolo, sino también quemándolo con cigarrillos, ensartándole un palo por el recto y tratando de seccionar sus genitales. La escena es tan agria que resulta imposible asistir a la misma sin sentir el vómito acercándose a los labios. ¿Quién se ha mostrado tan sañudo con el pobre Palomino Molero, un chico de la zona que, además de cantar boleros y ser querido por todo el mundo, estaba destinado en la base aérea? Ese será el interrogante al que Lituma y su superior, el teniente Silva, deberán encontrar respuesta durante las próximas semanas.

Para esclarecer los hechos, tendrán que interrogar a algunas personas de la citada base militar (el coronel Mindreau y su hija Alicia, el teniente Dufó) y enfrentarse a las habladurías de todo el pueblo, que oscilan entre la indignación y los rumores. Qué asombroso el personaje del teniente Silva (perspicaz y meticuloso en las investigaciones, pero ridículo en su cortejo sexual desaforado alrededor de doña Adriana); qué densos los perfiles psicológicos de los Mindreau (cada lector tendrá que decidir a cuál de los dos, padre o hija, cree); y, sobre todo, qué sensación de relato, clásico, solvente y cautivador. Como mandan los cánones. Como a mí me gusta. Me quito el cráneo.

sábado, 27 de diciembre de 2025

Los silencios del Dr. Murke

 


Disfruto en este final de diciembre del volumen de relatos Los silencios del Dr. Murke, de Heinrich Böll, gracias a la traducción de Carmen Ituarte. Y me deja un buen sabor de boca (¿se podrá decir eso de un libro?), sobre todo en los tres primeros, que están aromados con un delicado sentido del humor. Se trata de “Los silencios del Dr. Murke” (donde conozco a un culto y solitario pensador, que trabaja en la radio y que tiene como afición la de guardar recortes magnetofónicos en los que se registran silencios), “No sólo en Navidad” (que me ha sorprendido con la delirante historia de la tía Milla, que enloquece cuando se retira del salón el abeto navideño y a la que toda la familia, piadosa y afectuosamente, decide engañar durante días, semanas, meses y por fin años haciéndole creer que todos los días es Nochebuena) y “Algo va a pasar” (con ese empleado que, refractario a toda forma de trabajo, encuentra en una funeraria el destino idóneo para su labor profesional).

Después, para completar el tomo, Böll incluye dos relatos más (“Diario en la capital” y “El destructor”), que tratan temas más agrios y más ríspidos (el retorno del nazismo, bajo disfraz democrático, en el primer caso; los desequilibrios mentales de un hombre obsesionado con el papel de envolver y con los folletos publicitarios, en el segundo). Creo que estas dos historias, al perder la especia del humor, resultan menos atractivas. O, al menos, así me ha parecido a mí.

Es la tercera vez que incluyo un libro de Heinrich Böll en este Librario íntimo; y me parece que no será la última.

viernes, 26 de diciembre de 2025

El décimo hombre

 


Treinta prisioneros franceses se hacinan en una celda, como rehenes de los nazis. Y un anochecer se les comunica una terrible noticia: tres serán fusilados al alba. Ellos mismos deben elegir quiénes formarán ese trío. El azar determina que uno de los desafortunados sea Jean-Louis Chavel, un rico abogado cuya cobardía lo lleva a pronunciar una frase tentadora y terrible: está dispuesto a donar todos sus bienes (dinero, propiedades) a quien acepte morir en su lugar. El joven al que llaman Janvier (y que realmente se llama Michel) acepta, para que su hermana y su madre abandonen la pobreza. Y el trueque se rubrica mediante la redacción de un contrato rudimentario y la firma de un testamento.

Así arranca la propuesta novelística que Graham Greene nos coloca ante los ojos con el título de El décimo hombre, que leo en la traducción de Jaime Zulaika. Ese inicio cenagoso y perturbador adoptará otros ropajes cuando Chavel (que ahora ha conmutado su apellido por el de Charlot) retorne a sus posesiones de St. Jean de Brinac. ¿Lo mueve el afán de recuperación? No exactamente. Más bien se trata de una maniobra lánguida, que le permita observar de cerca su antiguo hogar, que ha permanecido más de dos siglos en manos de su familia y que ahora pertenece a las Mangeot (la madre y la hermana de Michel). Thérèse, que todavía es muy joven y que odia profundamente a Chavel por el trato indigno que sugirió a su hermano, ofrece a Charlot un puesto como sirviente en la casa. Y él lo acepta, quizá porque necesita sentirse de nuevo protegido entre sus paredes de infancia; quizá porque aspira a hacerse perdonar; quizá porque servir como criado en la casa que fue suya pueda ser considerado una forma de expiación.

Durante unas semanas, todo se mantiene en ese delicado equilibrio, hasta que unos nudillos golpean la puerta en medio de la noche y el intruso que reclama su apertura diga llamarse Jean-Louis Chavel.

Gran reflexión sobre las decisiones equivocadas, sobre la culpa, sobre el rencor y sobre la ceguera voluntaria, que Greene nos sirve en forma novelística, rematada con una secuencia prodigiosa: cuando el protagonista, moribundo, está firmando su último papel, escribe “Jean-Louis Ch…” y ahí se detiene. Quizá porque ya ni siquiera sabe cuál es su nombre real. Quizá porque ya ni siquiera sabe quién es.

miércoles, 24 de diciembre de 2025

El único animal

 


Leer las páginas de Chelo Sierra produce una sensación parecida a contemplar el fluir elegante y lleno de susurros de un riachuelo (si la broma me fuera disculpada, hablaría de un riaChelo): todo parece tan sencillo, tan natural, tan hermoso, que no concebimos que pueda ser de otra manera; y llegamos a perder la noción del tiempo, enfrascados en el éxtasis de su historia. Ignoro si la consecución de ese estilo ha comportado para la escritora madrileña un trabajo ímprobo o si ha brotado de forma espontánea. Tampoco se lo quiero preguntar, porque valoro mucho el secreto de cada artista. Pero desde el lado de acá, desde el lado de quien desliza sus ojos por las líneas, la absorción es absoluta, y eso es lo que finalmente cuenta.

Quien decida comprobarlo adentrándose en las páginas de El único animal se encontrará con la intemperancia de unos huéspedes exigentes, que conduce a los dueños de un hotel a tomar decisiones (“El ruido de los pájaros al caer”); con la performance animalista de dos jóvenes que trabajan en una multinacional (“Crema antiarrugas”); con el triste espectáculo de un negocio decadente, relacionado con el mundo de los caballos (“Rezar por rezar”); con la intimidante construcción que se está erigiendo en una zona céntrica de la ciudad (“El proyecto Elisabeth”); con la oleada (o el oleaje) de peces muertos que aparecen, por miles, en una playa turística (“Demasiadas veces”); con la atinada mezcla de humor y ecología que traspasa un relato sorprendente (“Kamikazes”); con los meticulosos preparativos que urde un anciano que vive solo ante la visita semanal de su hija (“Verticales 3”); con los inconvenientes que suponen para los dueños de un perro sus días de descanso en un hotel, resueltos en amargura final (“Pet friendly”); o con un magnífico cuento inverso, donde se reflexiona sobre los misterios (o las miasmas) del arte y del espíritu humano (“Rebobinando a Hirst (versión libre)”).

Hay más, por supuesto. Mucho más. Muchísimo más. El talento sólido e incuestionable de Chelo Sierra se extiende por los canales venecianos de la ironía, de la hondura psicológica o de la reflexión existencial; y lo hace con una fermosa cobertura literaria de primera magnitud. Léanla, por Dios santo y bendito. Y se harán, como yo, cofrades de su prosa.