jueves, 27 de noviembre de 2025

Poemas de la oficina

 


Es difícil mantener los sueños (y ni siquiera la alegría de vivir) cuando se vive esclavizado por un trabajo estúpido, rutinario, absurdo, donde rellenas uno tras otro miles de formularios, realizas copias, archivas carpetas y te ves obligado a sonreír cuando el jefe llega después que tú, se va antes que tú y disfruta de más vacaciones que tú. Es la existencia gris del empleado del último peldaño, del tornillo más insignificante de la maquinaria, que el uruguayo Mario Benedetti retrata de forma impecable en estos Poemas de la oficina, donde se nos habla de ilusiones que se marchitaron y que, desde luego, no caben en el sobrecito marrón del sueldo; del ímpetu intacto que enarbola el recién llegado, que aún confía en alcanzar el éxito sentado frente a la mesa (“El nuevo”); del horario tedioso y sofocante, que parece estirarse como un chicle sin sabor (“Faltan para el domingo / como siete semanas”); de las esperanzas inútiles de felicidad, que se emplazan para el momento del retiro (“Pero el cielo de veras que no es este de ahora / ese cielo de cuando me jubile / habrá llegado demasiado tarde”); de la resignación, que cae sobre la cabeza del empleado como una ceniza gris (“Otro día se acaba y el destino era esto”); y de las breves sonrisas que brotan durante los quince días en los que se disfruta de vacaciones, tras los cuales se mira al calendario y se comprende que, otra vez, “aquí empieza el trabajo. / Mansamente. / Son / cincuenta semanas”.

Siempre resulta fascinante adentrarse por los libros de Benedetti, así que imagino que iré visitándolos todos. Espero poder hacerlo. Y que ustedes me acompañen.

miércoles, 26 de noviembre de 2025

El mal poema

 


Suele denigrarse la figura de Manuel Machado utilizando como contrapunto la de su hermano Antonio. Y aunque sea notoria (a favor del segundo) la diferencia, importa juzgar a los autores por sí mismos, en función de sus obras, no de lo que compuso y publicó su esposo (Zenobia Camprubí), su padre (Klaus Mann), su madre (Agustín Cerezales) o, ya que estamos, su hermano menor. ¿Es admirable la figura poética de Manuel Machado, considerada de forma objetiva? No me atrevería a decirlo con la boca muy grande, porque tengo mis reservas. Creo que nos entregó algunos destellos interesantes, pero que en su conjunto no deja de ser un vate discreto.

Tras leer El mal poema, en la cuidada edición de Luisa Cotoner para el sello Montesinos, descubro que el “Retrato” con el que se inician sus páginas es más gracioso que grandioso; que las mejores composiciones son, en mi opinión, aquellas en las que ensaya sonoridades juguetonas, quebradizas y zigzagueantes (como “La fiesta nacional”, cuya primera estrofa memoricé cuando era un niño, tras encontrarla en un libro del colegio); y que los poemas breves, alígeros y saltarines (“Yo, poeta decadente” o “Mi Phriné”) cautivan por su música pizpireta. Me queda, eso sí, una duda: ¿construye Manuel sus poemas con esa ironía displicente que parece empapar el tomo por mera pose… o porque no se vio capaz de elevarse a mayores alturas?

No lo juzgo un libro sólido y perdurable, pero me ha gustado leerlo y conocer algunas de sus composiciones andalucistas, bohemias y agitanadas, siempre tan resultonas.

martes, 25 de noviembre de 2025

Romancero

 

Tras una primera aproximación no desagradable al escritor argentino Leopoldo Lugones (el libro Alas, que ya comenté aquí en el año 2009: https://rubencastillo.blogspot.com/2009/10/alas_11.html), me acerco hasta los poemas contenidos en su Romancero, y la experiencia ya no me deja, ay, tan buen sabor de boca. Todas las composiciones que aquí recopila el autor son un sofoco continuo de amor arrebatado, pasional, volcánico; un amor puro y que no puede acabar sino con la muerte; un amor que no admite moderación ni calma. O sea, un arrebato romanticoide tras otro, que termina por cansar a partir de la página 20, por más buena voluntad que se le quiera poner a la lectura. Me encuentro, evidentemente, con pupilas que no son negras (qué ordinariez), sino violetas (p.138); con "tules" que siempre riman con "azules" y con "amor" que siempre rima con "dolor"; con tristes lágrimas para las que solo la tumba actuará como alivio; y con algunos intentos de ofrecer imágenes más originales, a riesgo de caer en la idiocia estupefaciente ("La rana no es más que una / tecla en la noche estival. / Una tecla de cristal / del piano de la luna"). Sultanes, amaneceres, reyes enamorados, abedules, visires, sombras esquivas, guitarras dolientes, esclavas bellísimas y ojos lánguidos que abaten sus pestañas como ocasos celestiales completan estas composiciones con su salpicoteo ñoño. En suma, unos poemas que parecen destinados a convertirse en billetitos seductores para doblegar el ánimo de señoritas dengues.

He tenido, eso sí, el coraje de recorrer las ciento cincuenta páginas del tomo, por si acaso encontraba algo más (lo que fuera) digno de apuntación. Espero que mi paciencia sea aplaudida.

lunes, 24 de noviembre de 2025

A las fracciones papá les llamaba quebrados

 


Abres este volumen de poesía porque te ha llamado mucho la atención su título: A las fracciones papá les llamaba quebrados, algo tenía que romperse. Con una sonrisa recuerdas que tu padre también te enseñó a sumar y restar quebrados, en las siestas bochornosas de un lejanísimo agosto. Lees el nombre del autor: Alkaíd Marino (Ciudad de México, 1980). Luego detienes tus ojos en el primer poema, donde la madre “partía el pan sobre la mesa de la escasez” y donde el padre “dividió el corazón de la familia”. E intuyes que vas a asistir a un triste espectáculo de aritmética triste, a operaciones de fractura. Y así es, en efecto.

El niño mal estudiante nos confiesa con amargura que, tras las quejas del maestro al padre, “el cinturón duele; duele en la espalda, en las piernas”; luego nos habla de incomunicación y desajuste en el ámbito doméstico (“Un número / sobre otro número: / mis padres jamás llegarían / a ningún resultado”); o comparte con la persona que está leyendo la zozobra que suponía acudir todos los días a clase (“Odié esa escuela: nadie quería ser mi amigo”); o susurra el impresionante poema “Concilio del insomnio”, donde se dirige al padre, que desapareció en su infancia. Y todo ese maelstrom de tristezas provoca que la voz que dicta este poemario se adentre en sí misma: “Me da miedo. Me da miedo ese lugar que soy. / Me da miedo la soledad. El frío que puedo ser: / estar solo conmigo. Esas cosas que malgasto, / que rompo, que termino siendo. Me da miedo”.

Un ejercicio durísimo de introspección, memoria y lágrimas que recomiendo leer en respetuoso silencio y en soledad.

domingo, 23 de noviembre de 2025

Cuando corríamos por la vida


 

¿Ante qué clase de obra nos encontramos al abrir las páginas de Cuando corríamos por la vida? La respuesta no es fácil, porque los poliedros no admiten resumen. Pero arriesgaré una hipótesis: un libro de amor, por encima de todo. Pero un amor expansivo, grande, tentacular, que adquiere ropajes diferentes: amor a la pareja, amor a los hijos, amor a la vida misma, al transcurrir del tiempo, a la exaltación de los sentidos físicos, al sexo, al olor de los tomates recién cogidos, al periquito que se murió en su jaula, después de haber alegrado con su trino redondo las estancias de la casa. Cuando corríamos por la vida es pura vida, palpitación, plenitud. El gozo lo traspasa y le da sentido. Nos habla de una niña que no entendió nunca por qué a los chicos les estaban permitidas cosas que a ella no; que se sumergió en los libros que su padre guardaba “en un mueble bajo, cerrado con llave”; que ha contemplado el “verde gris de los olivos”; que ha tratado de conseguir que sus hijos se conviertan en personas fuertes y felices; que ha circulado por la existencia como un barco valiente y decidido; que nos hace temblar de emoción mientras leemos el bellísimo homenaje “La cuerda que nos une”, dedicado a su progenitor; que nos conduce hasta el llanto (a mí, al menos) con el conmovedor poema que tributa a José Cantabella; y que, al cabo, nos relata muchos pliegues de su corazón y de su memoria con versos magníficos, que nos susurran y nos erizan bajo la excepcional ilustración que Carmen Cantabella asocia al poemario.

A veces, la tiniebla del miedo se ha acercado hasta su corazón (esas noches en que el hijo tarda demasiado en volver a casa) o hasta su familia (ese avispero que no les deja ocupar la terraza y que es necesario suprimir); pero también la lucha es vida, también el combate es éxito, también el coraje es memoria. Al cabo, la mixtura de luces y sombras conforma, siempre, nuestros calendarios. Y desde el hoy, contemplado retrospectivamente, todo adquiere dimensiones de conformidad y de plenitud. Somos porque fuimos. Desde aquel primer beso hasta ese salón donde envejecemos con orgullo y con dignidad. Juntos.

Qué bello volumen. Qué gran acierto pasear por sus páginas. Qué gran poeta es Teresa Vicente.

viernes, 21 de noviembre de 2025

El viaje de mi padre

 


“Es lo que pasa por no escuchar cuando puedes hacerlo: que luego te arrepientes de ello”. Son las palabras que anota Julio Llamazares para lamentarse por no haber prestado atención (o haberle formulado preguntas para conocer detalles) cuando su padre, antes de morir, le dijo que había cruzado media España (desde León hasta la costa de Valencia) durante la guerra civil, movilizado a los dieciocho años como radiotelegrafista, junto a su amigo Saturnino. Y Julio, con esa triste torpeza que a veces los hijos o los nietos no somos capaces de advertir hasta que es demasiado tarde, no prestó atención. Pero en 2024, fallecido el protagonista, su hijo decidió emprender ese viaje de recuperación o de expiación, de amor y de reconocimiento, de lealtad y de memoria. Consultó algunos detalles con el viejo Saturnino y, ochenta y seis años después, intentó reproducir aquel viaje atroz, en el que su padre y su amigo pasaron hambre, miedo y frío, enfrentándose a los bombardeos, las órdenes ladradas por los superiores, los disparos y el horror.

El resultado es El viaje de mi padre, un trabajo admirable, melancólico y estremecido, en el que Llamazares recorre vías de ferrocarril ya inundadas por los hierbajos, estaciones cuyos letreros y muros se caen, pueblos languidecientes en medio de la niebla (la desoladora despoblación de viejas zonas de Castilla), bares donde toma un vino con los parroquianos, antiguos aeródromos ahora reconvertidos en campos de manzanos, decrépitas trincheras que aún conservan el olor acre de la muerte, trozos de metralla e incluso restos de huesos que siguen brotando entre los matorrales y, sobrevolando esas imágenes, dos pensamientos que se repiten una y otra vez en el volumen: primero, el contraste entre el paisaje actual y el antiguo (cómo es posible que en estas plazas o calles tan pacíficas y tan silenciosas atronasen las bombas y se apilasen los cadáveres); segundo, el asombro de que algunas líneas ideológicas actuales se obstinen en olvidar aquello e, incluso, coqueteen con la idea de repetirlo.

Un libro para leer y para pensar, redactado por uno de los escritores más brillantes de nuestro país.

jueves, 20 de noviembre de 2025

Ciclo de primavera

 


No cabe aproximación racional u ortodoxa a las piezas literarias de Rabindranath Tagore, porque su fraseo es musical, lírico, vaporoso. Las líneas brotan y se elevan como columnas líricas, como llamaradas; llenas de colores, de aromas, de rumor de lirios. Así ocurre también con Ciclo de primavera, que leo en la traducción de Lauro Olmo y que publica el sello Edaf. Al principio, parece que asistimos a una ceremonia teatral o poética más o menos convencional (un rey caprichoso y débil, que se deja seducir por las palabras de Sruti-bhushan, es después convencido por el Poeta). Pero si intentamos seguirla de forma apolínea fracasaremos de modo estrepitoso, porque el Nobel hindú nos conduce por senderos de bruma, donde los pasos tienen que ser etéreos, y jamás firmes. La vida (parece decirnos el polímata de Calcuta) es una explosión de felicidad, un juego, una zona de luz y de risas. Y debemos aceptarlo con una sonrisa plena.

“Cuando nosotros muramos, Dios nunca repetirá la equivocación de crear otros seres tan absurdos como nosotros”, escribe con sorna. “No es tarea nada fácil dirigir a los hombres. Más fácil resulta empujarlos”, escribe con inteligencia.

Aceptemos la propuesta y dejemos que su música nos embriague y nos dirija. Solamente quienes se hagan niños y danzarines entrarán en el Reino de Tagore.