sábado, 10 de octubre de 2026

La chica que amaba a Tom Gordon

 


El nombre de Stephen King, para la mayor parte de los lectores, es sinónimo de terror: ya saben, monstruos horribles, escalofríos bajando por la espalda, desequilibrios psíquicos, fenómenos inexplicables y lugares tenebrosos, que parecen cobrar vida y buscar la aniquilación o la locura de quienes penetran en ellos. Pero existen otros terrores que, por su condición natural, no deben ser desdeñados. Por ejemplo, la circunstancia (tan simple, tan habitual, tan de cuento de hadas) de perderse durante una excursión. En España, ese extravío puede incurrir en el ámbito de la banalidad porque, como indica el humorista Goyo Jiménez en uno de sus números cómicos, lo más grave que puede pasarte es que te ataque un topo o una ardilla. Pero imaginen que nos encontramos en el estado norteamericano de Maine: más de noventa mil kilómetros cuadrados, de los que casi el 90% están deshabitados. Puro territorio de bosques y ciénagas en el que viven zorros, osos negros, coyotes y una cantidad abrumadora de insectos. Y una vez que hayan imaginado ese territorio hostil coloquen allí a Trisha, una niña de nueve años que, mientras iba con su madre y con su hermano Pete, se ha desviado del camino y luego ha sido incapaz de volver al sendero. Durante los primeros minutos camina con rapidez para alcanzarlos, pero lo hace en el sentido erróneo; y se interna en un espacio en el que mosquitos y serpientes, en número sofocante, la cercan. En su mochila lleva agua, unas galletas, algo de bollería, una botella de zumo y un pequeño aparato de radio (con el que le gusta escuchar los partidos de su equipo favorito, los Red Sox, del que admira a su jugador Tom Gordon). Y comienza una odisea que se prolonga durante días: hunde los pies en un barro nauseabundo que le hace pensar en arenas movedizas; escucha durante la noche unos ruidos de ramas y de respiración; se unta la cara y los brazos con barro para aliviar el dolor de los picotazos y prevenir otros; come helechos que la hacen vomitar; bebe agua de un arroyo (ha decidido seguir la corriente para que la saque del bosque, e incluso aprende a atrapar pequeños peces con la capucha de su impermeable); avanza por ciénagas y laderas hasta salir de Maine y cruzar la línea de New Hampshire.

Con el paso de los días, Trisha comienza a tener alucinaciones, en las que cree estar acompañada por Tom Gordon (su figura, cercana a la de Joe DiMaggio en El viejo y el mar, de Hemingway, le sirve de compañía), pero en las que también cree ver a tres figuras encapuchadas, que le hablan de forma alternativa, y a un extraño ser de elevada estatura e intenciones nauseabundas, que esparce restos sanguinolentos de animales por donde ella pasa, para intimidarla y preparar su propia muerte. Esta pesadilla, matizada por la lluvia, el llanto, la desesperación y la soledad, terminará cuando, en las páginas finales, suenen unos disparos.

Una novela no especialmente célebre de Stephen King, pero que se lee con mucho interés.

viernes, 9 de octubre de 2026

Los figurantes


 

Me aproximo nuevamente a un libro de la francesa Delphine de Vigan, que se titula Los figurantes y que traduce Pablo Martín Sánchez para el sello Anagrama. En ella descubrimos a unos actores que van a participar como figurantes en una producción de cine y que se encuentran charlando y realizando pruebas de vestuario. No saben de qué va la película. No saben su título. Ignoran todos los detalles del guion. Y, para más desconcierto, a cada uno le han adjudicado unas prendas que no concuerdan con las que reciben los demás: a Bruno lo han vestido con gran elegancia; a Orso, con un pijama vintage; a Joyce, con vestido elegante y tacones… Corre, además, el rumor de que uno recibirá “un papelito”, es decir, “por lo menos cinco frases”, lo cual puede suponer una oportunidad para salir de su estatus de figurantes e ingresar en otro nivel. Esperan, hablan, esperan… De hecho, mientras esperan dicen que pueden leer a Beckett (guiño de índole cultural muy oportuno, por su Esperando a Godot).

Poco a poco, vamos descubriendo también las intimidades, anhelos y tristezas de estas personas: a Cécile la ha dejado su marido por una chica más joven (“A veces tengo la impresión de que todo es pasado, como si las cosas interesantes, emocionantes de la vida hubiesen sucedido ya. Y que o bien me las perdí, o bien no les presté suficiente atención. Un poco como si hubiese perdido el tiempo buscando algo sin demasiada importancia que me parecía muy importante”); Orso reflexiona sobre la vida, entre la languidez y la desesperanza (“Todos somos figurantes. Figuramos ser lo que no somos”); Bruno también lo hace, con un tono quizá más amargo (“No pido estar en primera línea, hace tiempo que entendí que no estoy hecho para eso. Pero de vez en cuando me gustaría que alguien me mirara y me dijera: Bruno, yo sí te veo. Veo que sirves para algo y quiero darte las gracias por ello”); Joyce se siente especial y adora estar en el foco, aunque sabe que sus posibilidades de éxito son bastante escasas (“Tengo 1.852 seguidores en Instagram. No es nada. Una miseria”); Nora entiende que son masa, meros comparsas que sirven de decorado humano para la gente con brillo (“No somos más que sombras movedizas, aisladas, borrosas, al servicio de los caprichos de las grandes estrellas”). Creo que no será necesario continuar aduciendo ejemplos. La intención metafórica de Delphine de Vigan es cristalina: todos somos figurantes, porque fingimos ser lo que no somos, porque nos ponemos máscaras y usamos disfraces para atravesar la vida, pero también porque carecemos de importancia social o histórica. Somos simples hormiguitas cósmicas, auténticos microbios siderales. Polvo, ceniza, sombra, nada, como diría el clásico. ¿Hay que rebelarse o asumirlo? Lean ustedes la obra, mírense en el espejo y decidan.

jueves, 8 de octubre de 2026

Paso de contarlo


 

Dedico una tarde de octubre a leer Paso de contarlo, una delgada selección de cuentos del salmantino César Martín Ortiz en la que encontramos una obra de teatro representada anualmente en un pueblecito, tan bienintencionada como desastrosa (“El Hamlet”); un apunte sobre el andaluz Paco Carmona, que ejerce de meridional en el Madrid moderno (“Flamenco”); el metacuento negativo que tiene como protagonistas a dos hermanas a las que el narrador ve pasear durante veinte años, aunque se resiste a fabular su historia (“Paso de contarlo”); aquel regente que decidió acuñar dos tipos de monedas diferentes en su país, en función del uso que se les pensaba dar (“Dinero virtuoso”); o la reparación imposible de una casa de pueblo, porque las diferentes obligaciones familiares del narrador le impiden dedicar tiempo a ella.

Cincuenta páginas para un libro discreto, agradable pero no memorable, que se lee en un suspiro.

miércoles, 7 de octubre de 2026

Los ciegos

 


Varias personas ciegas (hombres y mujeres, de diferentes edades) se encuentran sentadas en piedras, muy cerca del mar. Reinan entre ellas el miedo y la confusión, porque no saben exactamente dónde se encuentran. Saben que un anciano sacerdote del hospicio los ha sacado para que disfruten de los últimos rayos del sol, antes de que llegue la estación fría, pero ahora no saben por qué las ha dejado solas. Si es una burla, es cruel; si es un castigo, no aciertan a descubrir la causa. Zarandeados por el desasosiego, les parece escuchar pasos, tratan de orientarse por la dirección de la brisa o reflexionan sobre la tristeza que supone no haberse contemplado jamás las caras (“Nunca nos hemos visto los unos a los otros. Nos interrogamos y nos respondemos; vivimos juntos, siempre estamos juntos, ¡pero no sabemos lo que somos!”). Cualquier asidero es válido, para no sucumbir al horror. ¿Es que nadie va a rescatarlos? ¿No va a venir el sacerdote? ¿Tampoco se acercarán las monjas del hospicio, preocupadas por la tardanza? No saben qué hacer. Permanecer sentados les parece un suicidio; caminar, una temeridad; gritar, un gesto inútil. En ese momento, escuchan unos pasos sobre las hojas secas del suelo. ¿Quién podrá ser?

Precursor del teatro desgarrador de Samuel Beckett, Maurice Maeterlinck nos deja en esta pieza todo el miedo de los que no pueden valerse por sí mismos, y se saben obligados a buscar el auxilio de los demás. Terrible drama.

martes, 6 de octubre de 2026

Una niña está perdida en el siglo XX

 


Marius está huyendo. No sabemos de qué o de quién. Simplemente, está huyendo. Atraviesa la ciudad con tensión y prisa. Y de pronto se encuentra con Hanna, una niña de 14 años que porta una caja y que está buscando a su padre, a quien se supone en Berlín. Lo que la caja contiene son las fichas pedagógicas que pueden ayudarla en su educación, porque Hanna tiene trisomía 21 (síndrome de Down). Incomprensiblemente, Marius se arroga la misión de ayudarla, y en su búsqueda comienzan a encontrarse con todo tipo de personajes estrafalarios o simbólicos: Josef Berman (un fotógrafo que ha logrado reunir desasosegantes y asombrosas colecciones de imágenes, tanto de animales como de personas con discapacidad); Fried Stamm (quien, junto a sus hermanos, repartidos por toda Europa, llenan las ciudades de carteles para lograr la “desactivación de los hábitos mentales”); Moebius y Raffaela (dueños de un hotel cuyas habitaciones no tienen número sino nombres de campos de concentración nazis); Terezin (un anciano judío que escucha de manera obsesiva la música que lo acompañó mientras estuvo preso); Vitrius (un anticuario que vive en la cuarta planta de un edificio en ruinas, a la que se accede por una escalera que pende sobre el vacío y que completa un listado de números que inició un antepasado suyo); Agam (un miniaturista inquietante, capaz de reducir a un espacio infinitesimal un mensaje o el plano de una ciudad)…

Y a estos personajes cargados de simbolismo se les unen algunas escenas no menos perturbadoras, que el lector recorre con la piel erizada. El primer ejemplo podría ser el instante en que Marius y Hanna tienen que llegar, a oscuras, a su habitación, avanzando a tientas por los pasillos de un hotel. El segundo (hay un buen surtido de ellos, que no querría desbaratar con mi reseña), la secuencia final de la novela, en la que ambos son absorbidos por una multitud que grita de forma caótica y virulenta.

Una niña está perdida en el siglo XX nos propone un mundo de enigmas y de claves que es necesario interpretar y que se convierten en un código sofocante, poliédrico, revelador. Franz Kafka, Heinrich Böll y Bertolt Brecht se dan la mano en sus páginas.

lunes, 5 de octubre de 2026

Pero ¿qué será de este muchacho?

 


Durante las primeras páginas de este libro de Heinrich Böll (que traduce Joan Fontcuberta) confieso que la forma embarullada de su prosa estuvo a punto de derrotarme: frases truncas, con nombres y fechas que se mezclaban y creaban una niebla para mí ininteligible; alusiones crípticas; ritmo descoyuntado de la sintaxis; alusión a partidos políticos diminutos de la época, con sus porcentajes de voto… Llegué a plantearme abandonar el tomo (he perdido casi toda paciencia con los libros, habida cuenta de los millones que me quedan por leer). Por suerte, perseveré y me sumergí en un fresco que comprende cuatro años de la juventud bölliana, en los que mezcla algunos recuerdos de la escuela, la precaria situación familiar (agobiada por las deudas), el mefítico ambiente de los primeros rugidos del nazismo y la incertidumbre por el futuro.

Miembro de una congregación religiosa durante su etapa escolar (reconoce que faltaba a muchas clases), Heinrich admite que no tuvo problemas ideológicos en esta etapa (“Algunos desaprobaban mis ocasionales frívolas opiniones sobre Hitler y otros peces gordos del nazismo, pero a ninguno de ellos, ni siquiera al que era miembro de la SS, le pasó por la cabeza la idea de denunciarme”, p.26). De los doscientos alumnos del colegio, solamente tres (uno de ellos, Böll) no ingresaron en las Juventudes Hitlerianas. Uno de los que sí ingresaron murió, es curioso, en la guerra civil española de 1936 (“probablemente volando sobre Guernica”, p.40). Heinrich pronto aprendió a evadirse pedaleando en su bicicleta por los alrededores de la ciudad. No podía evitar ser “alérgico a los nazis” (p.54), a alguno de los cuales (Baldur von Schirach) llega a tildar de “botijo”.

En realidad, la escuela se convierte en una especie de hilo conductor que une otros detalles más significativos, sobre los cuales se detiene con más fruición. El novelista encabeza de hecho algunos capítulos de la obra con un procedimiento anafórico de gran ironía (“Sí, ya lo sé, la escuela, vuelvo a ello”, cap.4; “¡Oh sí, la escuela, claro, pero primero…”, cap.5; “¿La escuela? Sí, también”, cap.6; “Sí, la escuela”, cap.7; etc.) para, de inmediato, ponerse a hablar de cuanto ocurría fuera de las aulas. Quizá porque ha descubierto (lo dice en el capítulo 3) que “tal vez no es en la escuela, sino en el camino a la escuela donde aprendemos la vida”.

Unas memorias valiosas, en las cuales solamente encuentro dos elementos menos dignos de aplauso. El primero, como he indicado, la forma balbuciente en que el tomo arranca; el segundo, la sorpresa y el desagrado que me produce encontrarme con múltiples tildes (tercas y erróneas) en los pronombres neutros: “éso” (47), “ésto” (49), “aquéllo” (63). No sé a quién atribuir la torpeza, que chirría incluso para una persona de mediana formación gramatical.

domingo, 4 de octubre de 2026

Plenilunio


 

Es muy difícil, a estas alturas de mi devoción por el autor, intentar una reseña que resulte medianamente objetiva, o que cifre lo esencial del argumento, o que aporte alguna luz distinta sobre los perfiles de sus personajes. Además, he leído tantas reseñas y disecciones de la novela (Plenilunio) que, fatigado de inicio por la tentación absurda o desproporcionada de ser original, claudico gustoso. Un inspector que ha sido trasladado desde “el Norte” (País Vasco) y que ha vivido durante años amenazado por la banda terrorista ETA vive ahora muy lejos, en la zona meridional de España, donde se reencuentra con el padre Orduña (que fue su profesor durante la infancia) y donde tendrá que enfrentarse a un caso tan nauseabundo como perturbador: un asesino de niñas que ha acabado con la vida de Fátima de la manera más terrible (heridas, intento de violación, asfixia por introducción de sus bragas en la garganta) y que ha intentado lo mismo con Paula (quien logra sobrevivir). Su antiguo maestro le sugiere que busque la mirada del delincuente, porque es imposible que en sus pupilas no quede huella de los crímenes cometidos. Y con ese acicate el inspector hablará con todo tipo de personajes (vecinos de Fátima, su maestra, sus compañeros de clase, sus padres), cada vez más enfebrecido con la obsesión de capturar al maníaco. A la vez, en un doble equilibrio emocional, tiene que sobreponerse a sus demonios familiares (su pasado alcoholismo, su esposa internada en un sanatorio mental de forma transitoria, el miedo a sufrir en cualquier momento un atentado por parte de quienes no se van a detener hasta clausurar su respiración).

Quinientas páginas perfectas, marmóreas, agudísimas, en las que veremos al protagonista recuperando la fiebre del amor (que mantendrá una agria lucha contra sus “obligaciones” maritales), reflexionando sobre la maldad del ser humano y llegando a conclusiones atroces sobre el mundo que nos rodea. Todos los personajes de la novela parecen heridos o zarandeados por el estupor agrio de la incomprensión. Por qué los demás actúan como actúan. Por qué matan. Por qué violan. Por qué hacen daño a quienes tienen alrededor. Por qué traicionan. Al padre Orduña le produce horror que Dios tolere esas maldades. A Susana Grey le hiere que su hijo, después de haberle dedicado todo su esfuerzo de crianza en solitario, ahora prefiera irse con su padre. Al forense Ferreras, su izquierdismo utópico se le tambalea cuando advierte la zona oscura del ser humano. "Desde hace años no sabemos del todo quiénes están dentro de la ley y quiénes fuera, quiénes mienten y quiénes dicen la verdad" (se lee en el capítulo 26, quizá como resumen de todas sus perplejidades). Pero cuando todo eso, que destila acrimonia y que vuelve amarga la saliva, se sirve con la prosa inmaculada de Antonio Muñoz Molina resulta imposible no salir del libro con una rotunda sensación de ebriedad estilística.