viernes, 11 de septiembre de 2026

Andrómaca


 

Refresquemos, que nunca viene mal, nuestros recuerdos del mundo clásico. La ciudad de Troya acaba de ser aniquilada, después de una década de combates y estratagemas, tal y como nos contó Homero en sus libros. Héctor, domador de caballos y luchador glorioso, ha encontrado la muerte a manos del no menos glorioso Aquiles, dejando una viuda (Andrómaca) y un huérfano (Astianacte). Por decisión de los vencedores, el niño es despeñado desde lo alto de las murallas de Troya (para que se extinga el linaje de Héctor) y su esposa es llevada como botín de guerra por Neoptólemo. Ahora dejemos que se sucedan unos pocos años y descubramos de la mano de Eurípides cómo Andrómaca ha engendrado un hijo para su captor, y eso provoca la furia vengativa de su esposa Hermíone (que se considera objeto de alguna hechicería por parte de Andrómaca) y del padre de esta, Menelao. Ambos se empeñan en matar a la peligrosa Andrómaca, quien intenta defenderse con todo tipo de objeciones, aunque sabe que de poco han de servirle sus palabras (“Los que respiran aires de grandeza soportan con irritación argumentos más cabales por parte de quienes son inferiores a ellos”). Por suerte, el anciano Peleo reúne el coraje suficiente para enfrentarse a Menelao y, sin pelos en la lengua, le resume su opinión sobre Helena (esposa de Menelao y causante de la guerra de Troya): “Tras abandonar tu palacio se marchó de picos pardos a otro país con un jovencito. Por ella no deberías haber empuñado una lanza, sino haberle escupido al descubrir lo sinvergüenza que era y haberla dejado allí, pagando incluso con tal de no tener que volverla a admitir en palacio”. No se puede ser más contundente. ¿Conseguirá convencer (o al menos intimidar) al rey Menelao? La respuesta está en las páginas finales de Andrómaca, una tragedia sobre las humillaciones que soportan los vencidos y sobre el acero de la dignidad, que he podido leer en la traducción de José Luis Navarro y que, por desgracia, adolece de numerosos errores ortográficos y sintácticos: muchas veces aparece “ti” con tilde (así como “dio”, “vio”, “eso” y similares); separa el sujeto del predicado con coma (“Yo, la capturé”); y otros chirridos no menos inoportunos.

Un detalle final: ¿recuerdan aquel célebre poema de Bertolt Brecht (“Preguntas de un obrero que lee”), en el que se interrogaba sobre si Alejandro Magno o Julio César lograron solos sus victorias, sin la ayuda de sus soldados? Pues leamos las palabras que Peleo pronuncia ante Menelao: “Cuando un ejército levanta trofeos sobre los enemigos nadie se para a pensar que tras ellos está el esfuerzo de muchos hombres, sino que es el general quien se cuelga las medallas, él, uno más entre una inmensa multitud, que blande su lanza; no hace nada más que ningún otro y sin embargo tiene más fama que nadie”. Eurípides lo dijo mucho antes que el autor alemán.

jueves, 10 de septiembre de 2026

Clasificados y no tanto

 

Leo en muy poco tiempo, pero con una felicidad casi infantil, de tan alegre y juguetona, los poemas que Marina Colasanti recopila en su volumen Clasificados y no tanto y que, gracias a la traducción de Carlos Gumpert y con ilustraciones de Sean Mackaoui, publica El jinete azul (2011). Se trata de composiciones breves, volátiles, que en ocasiones rozan la estructura del haiku (“Cual golondrina, / descansa sobre el cable / el equilibrista”) y que en otras plantean simpáticos versos que invitan a la reflexión (“En la memoria de un pez / se graba solo un segundo. / Pero ¿cuánto vale el tiempo / en su mundo?”); observaciones dulces, que suscribirán muchos perrófilos (“Mi cachorro / resulta que es feliz: / lee la vida con la nariz”); paronomasias que se conservan o se crean en la traducción (“Paloma ofrece / servicio certero / de cartero”); e incluso textos que se acercan a la sociología (“Pensamiento rechazado / solicita / ser adoptado”) o la metafísica (“Busco / hermoso grafiti / sin muro”).

La curiosa naturaleza híbrida de las composiciones (fáciles en su forma, densas en su significado) permite que puedan ser leídas por adultos y también por niños. O por adultos que quieran compartirlas con niños. Ensayen ustedes las variantes. Me lo agradecerán.

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Los discursos de Miguel Delibes

 


Descubro con alegría un pequeño y agradable volumen donde se reúnen todos los discursos que el vallisoletano Miguel Delibes pronunció durante su larga y exitosa carrera como escritor; y, como no podía ser de otro modo, me abalanzo a recorrer sus páginas. En ellas encuentro las palabras que pronunció el día de su ingreso en la Real Academia Española (“El sentido del progreso desde mi obra”), en las que abogó por la necesidad de un progreso humano consciente de sus limitaciones, capaz de embridarse para no esquilmar la naturaleza, generando así la semilla de un futuro “donde la economía no fuese el eje de nuestros desvelos y se diese preferencia a otros valores”. Sus hondas reflexiones al respecto son de una firme e incontestable contundencia. El ser humano, voluntariamente ciego, “se ha acomodado a vivir sobre un volcán”, nos dice. Su angustioso interrogante, que él se formula como hipótesis (“¿No se nos habrán escapado de las manos las fuerzas que nosotros mismos desatamos y que creímos controlar un día?”), ya admite hoy una respuesta afirmativa, lamentablemente.

En el discurso en el que agradece el nombramiento como doctor honoris causa por la universidad de Valladolid, muy breve, asegura que su mérito consiste tan solo en haber escuchado el lenguaje del pueblo y haberlo llevado a sus novelas. Es una afirmación que, con variantes, repite en todas sus intervenciones. Me parece una hermosa muestra de su humildad, que lo aproxima a la figura del corifeo griego. Así, en las palabras que pronunció cuando fue nombrado Hijo Predilecto de Valladolid apela nuevamente a su condición de vallisoletano esencial: siempre ha sentido (repite) que necesita este paisaje, a esta gente. Y ha sentido que debía tributarle su amor y su fidelidad no apartándose de allí. “Yo soy un hombre del pueblo”, anotó como agradecimiento a la universidad del Sarre (Alemania) cuando lo distinguió con el título de doctor honoris causa. Y lo completó indicando que ni le gustan las ciudades, ni las prisas, ni las grandes concentraciones humanas, ni la polución. El dibujo que todas estas palabras nos aporta sobre el autor es nítido.

Leer a Delibes siempre es un placer, pero escucharlo de forma directa, sin que sus personajes lo difuminen con sus rasgos faciales o su tono de voz, es un auténtico privilegio, porque nos permite acercarnos a una figura irrepetible de la literatura española. Acudan a este libro.

martes, 8 de septiembre de 2026

Nada del otro mundo

 


Leí Nada del otro mundo en 1995, cuando vivía en otra ciudad, estaba casado con otra mujer, no tenía a mis cuatro hijos, trabajaba en un instituto diferente y aún no me había dejado crecer la barba. Ahora lo releo, con todas mis circunstancias cambiadas, salvo una: la fascinación que me sigue produciendo la prosa de Antonio Muñoz Molina. He comentado a veces que me leería hasta su lista de la compra, y salvo por parte de mis amigos (que saben que no exagero), la afirmación suele ser interpretada como hipérbole.

Los doce relatos que conforman el tomo vuelven a embriagarme, con su abanico variado de propuestas y, sobre todo, con la especial música de su sintaxis. “Nada del otro mundo” destila, dentro de una historia de inquietante aliento paranormal, un nítido aroma autobiográfico (el joven estudiante que, aunque termina cosechando éxito con sus libros, sufre cuando su antiguo compañero de piso le habla de que lo recuerda escribiendo “sus cosillas”); “Las aguas del olvido” nos traslada una historia de adulterio junto a cierto río andaluz de resonancia clásica; “La poseída” juega con la fantasía de un hombre  que equivoca el núcleo de su mirada; “Las otras vidas” nos sugiere que todos portamos en el corazón pasajes y zonas oscuras, que los demás nunca (o casi nunca) descubren; “El cuarto del fantasma” es quizá menos vigorosa, pero nos provoca una sonrisa cuando descubrimos que está protagonizada por Lorencito Quesada; y, como cierre del volumen, cinco maravillas sobre cráneos que surgen en una excavación; fantasmas cuyo corazón aún late; un hombre que se enamora sin esperanza de su compañera de trabajo; un periodista que sobrevive como autor de novelitas de quiosco; o un viejo profesor que se enamoró de una alumna adolescente y que, al final de sus días, se ve inmerso en una historia truculenta a la que asiste con estupor resignado.

Como sus demás libros, Nada del otro mundo puede ser abierto por cualquier página y anonada con el deslumbramiento de su exactitud verbal y su belleza. Gracias sean dadas.

lunes, 7 de septiembre de 2026

Las troyanas


 

La historia la conocemos por Homero, por novelas y por el mundo del cine: tras el rapto de Helena (esposa de Menelao) por parte de Paris, ambos se encierran en la ciudad de Troya, de la que es príncipe el secuestrador (o seductor). Y ese ultraje moviliza a todos los pueblos griegos, que se unen para cercar la malhadada ciudad y exigir la entrega de la reina. Diez años de asedio y combates que se resuelven (también conocemos la imagen) con el episodio del gigantesco caballo de madera, que los incautos troyanos introducen en sus dominios suponiéndolo un regalo de despedida de los acampados. Troya fue arrasada. El rey Príamo halló la muerte; los príncipes Héctor y Paris encontraron la muerte; todas las defensas fueron quebradas. Y llega el momento en que los triunfadores, ávidos de botín, se reparten los tesoros de la ciudad… y se reparten a sus mujeres.

En ese punto comienza la terrible, escalofriante tragedia de Eurípides, quien nos explica que el rey Agamenón (hermano de Menelao) se ha pedido a la joven virgen Casandra; y que Ulises exige como esclava a Hécuba, esposa del difunto Príamo. Todas las protagonistas lloran su desgracia, sabiéndose condenadas al ultraje y la humillación. Casandra está convencida de que destruirá el hogar de Agamenón si él la posee; pero quizá las dos más atribuladas sean Andrómaca (esposa de Héctor) y Hécuba. La primera sufre el triple horror de haber perdido a su marido, de estar condenada a convertirse en esclava y de saber que su pequeño hijo Astianacte va a ser arrojado desde las murallas de Troya, para que no quede posibilidad de que ningún heredero reconstruya la ciudad; la segunda, anciana y con su mundo puesto patas arriba, tendrá que servir al pérfido Ulises, uno de los grandes culpables de la destrucción de su patria.

Mezclando épica y lírica, Eurípides consigue emocionarnos casi en cada página, con la contundencia de su composición dramática y con los sentimientos de sus protagonistas: el desgarro de Hécuba (las palabras que pronuncia ante el cuerpo sin vida de su nieto son estremecedoras), la hipocresía de Helena (quien culpa de todo lo ocurrido a los padres de Paris, por haberlo engendrado; e incluso a su marido, por haberle dado hospedaje en su casa) o el dolor lacerante de Andrómaca (la cual mientras viaja en el barco sabe que su hijo está siendo empujado desde las almenas, sin que pueda hacer nada para evitarlo). No se cansa uno de leer a los grandes: en ellos está el germen de casi todo.

domingo, 6 de septiembre de 2026

Cotidianas

 


Abro un nuevo libro del uruguayo Mario Benedetti y me detengo unas horas en sus versos cristalinos. Qué limpieza de expresión. Qué capacidad para construir las imágenes más hermosas y más inesperadas. Qué juegos de vocablos tan bellos e imborrables. Es el niño-poeta: aquel que sabe descubrir las luces y los poderes de cada palabra, que los demás manejamos con inconsciencia gris. Pero el resultado de ese juego de apariencia inocente es la poesía honda, contundente, certera, irónica y espléndida de uno de los grandes autores del siglo.

A veces, la alegría se acerca hasta nosotros y nos lanza sus avisos para hacernos saber que quiere entrar (“Piedritas en la ventana”); a veces, son el alerce y el baobab los que dialogan, sin que los humanos seamos capaces de percibirlo (“De árbol a árbol”); a veces, el poeta enarbola su parcialidad, su aversión a la neutralidad de los ciegos o los cobardes, incluso sabiendo que esa terca obstinación le puede costar cara (“Soy un caso perdido”); a veces, constatará con acrimonia y pesadumbre cómo será el mundo si la bomba de neutrones aniquila a todos los seres vivos (“Las novedades del horror”); a veces, nos dejará poemas que resulta casi imposible imaginar sin la voz y la música de Joan Manuel Serrat (“Defensa de la alegría”, “Testamento de miércoles”); a veces, nos invitará a reflexionar sobre la forma en que registramos el paso del tiempo (“Síndrome”); y a veces, en fin, nos enunciará unas verdades tan sencillas que, casi siempre, se vuelven invisibles (“Unos como invasores / otros como invadidos / ¿qué país / no ha perdido la inocencia?”).

Ahora que yo también puedo decir, con el uruguayo, que “tengo un verano de doce meses” (por mi jubilación) intentaré seguir leyendo todos sus libros.

sábado, 5 de septiembre de 2026

La flor más grande del mundo

 


Cuando terminé de leer esta obra (veinte minutos me llevó, incluyendo los diez que dediqué a repasar las ilustraciones), pensé que no iba a comentarla. Que era una pérdida de tiempo. Que un texto que cabe en un folio (no exagero ni un ápice) no puede ser incluido sin bochorno en un blog de reseñas. Pero después, con más calma, he pensado que sí debía hacerlo, sobre todo para poner de manifiesto mi estupor por esta engañifa editorial. Utilizar el nombre del premio Nobel (al que admiro) y un texto ínfimo suyo para clavarle 21 euros a la persona que quiera conocer sus palabras dedicadas al mundo infantil es una inmoralidad.

Saramago comienza disculpándose por no saber escribir para niños, termina el relato disculpándose por no saber escribir para niños y, en medio, treinta líneas para decir que un niño sube a una colina y encuentra una flor. Atrápame esa mosca por el rabo. Te pueden decir que si la tapa dura, que si las ilustraciones, que si patatín y que si patatán. Pero lo dicho: no caigan en la trampa.