Cada
amor, como cada muerte y cada vida, crece y se dibuja con ropajes distintos. Es
cierto que hay patrones, repeticiones y recurrencias; pero también es verdad
que los matices (que pueden llegar a ser millonarios) convierten en única cada
experiencia. El inteligente y brillante narrador alemán Bernhard Schlink, que
lo sabe muy bien, nos entrega en Amores en fuga una serie de relatos
que, traducidos por Joan Parra Contreras, leo con auténtico placer. Y en ellos
descubro obsesiones, liturgias, decepciones, esplendores y lágrimas que, en
proporciones variables, jalonan siete experiencias de gran intensidad: el hombre
que ha crecido junto a un cuadro misterioso que su padre ha querido proteger y
ocultar, sin que hasta sus años adultos se formule preguntas y extraiga
conclusiones sobre el mismo (“La niña de la lagartija”); una amistad surgida
entre personas del Berlín Este y el Berlín Oeste, en los años que rodean a la
inminente destrucción (mal llamada “caída”) del Muro (“El salto”); el viudo
que, en pleno dolor por la pérdida de su mujer, descubre de forma triste y
azarosa que ella mantuvo una aventura con otro hombre durante años (“El otro”);
el exitoso arquitecto que, voluble y sin someterse a cortapisas morales,
mantiene vínculos sexuales con dos amantes, a la vez que sigue casado con Jutta
(“Guisantes”); el joven alemán que, enamorado de una chica judía y consciente
de que pertenecen a mundos antagónicos, decide acometer un acto simbólico para
merecer su amor (“La circuncisión”); la tristeza de un enviado de paz que,
tarde (casi siempre es tarde cuando se descubren las cosas importantes),
comprende que no ha sido demasiado cariñoso con la persona a la que más quiere
(“El hijo”); o el hombre que, perseguido por un sueño recurrente, se descubre
atrapado por él mientras viaja con su esposa por los Estados Unidos (“La mujer
de la gasolinera”).
Los relatos son de una belleza y una perfección formal muy notables, pero quizá su mayor atractivo resida en la manera en que capturan y convierten en tinta las decepciones, los yerros, las congojas irremediables que asaltan al ser humano cuando mira hacia atrás y comprende que, en cierta bifurcación que la vida le puso delante, optó por el camino equivocado.





