jueves, 16 de abril de 2026

Las gratitudes

 


Puede resultar paradójico, pero dar las gracias es uno de los acontecimientos más raros que el ser humano puede protagonizar. No me refiero a dirigirse con respeto y amabilidad a un camarero, a un profesor, a un vecino, a cualquier comerciante. Todo eso son, aunque admirables, puras fórmulas sociales. Aludo más bien a la ceremonia de mirar a los ojos de la otra persona, tragar saliva y decir “gracias” con sílabas que salgan del corazón, y no de la garganta. El ritual de decirle, con voz conmovida, que es importante para nosotros, y que nos sentimos en deuda con ella, y que queremos decírselo para que tenga constancia de esa maravilla y de ese milagro. La escritora Delphine de Vigan reflexiona sobre ese asunto en su novela Las gratitudes, poblada por personajes que, de un modo u otro, sienten ese noble y humanísimo impulso. Su protagonista es la anciana judía Michèle Seld, a quienes sus íntimos llaman Michka. Después de una niñez atribulada (su madre la tuvo que entregar en custodia a unos campesinos para proteger su vida, a finales de la Segunda Guerra Mundial), ahora es una mujer herida por la senectud, que le ha provocado afasia. Marie, una mujer que vive en su mismo edificio y que se ha criado a su lado (Michka la ha cuidado como si fuera su hija), consigue que sea ingresada en un centro geriátrico, donde la trata el pedagogo Jérôme (quien no se habla con su padre por un incidente familiar antiguo). Todos ellos quieren manifestar su gratitud a alguien, todos sienten que una deuda emocional hondísima debe quedar resuelta antes de que la muerte cercene su respiración. Y eso es todo. No creo necesario estropearles el disfrute aportando más detalles sobre el espíritu o la trama de la obra: lo dejo en sus manos. Créanme que se van a conmover.

Sí que añadiré dos notas: la primera, que el modo simpático en que Michka utiliza palabras erróneas en sus frases me ha hecho recordar La tesis de Nancy, de Ramón J. Sender (con la diferencia de que, en la obra de De Vigan, el humorismo es más melancólico que hilarante, porque evidencia el deterioro cognitivo de la protagonista); la segunda, que estas páginas me han permitido cambiar la imagen negativa que mi anterior lectura de esta autora me deparó (lo cual me alegra, pues me anima a seguir explorando otros libros suyos). Me alegra rectificar mi juicio.

miércoles, 15 de abril de 2026

La última bestia


 

Resulta muy fácil, demasiado fácil, destrozar una vida. Sobre todo, cuando cinco mastuerzos embrutecidos por el alcohol deciden terminar las fiestas del pueblo violando de forma grupal a una chiquilla asustada que ha acudido a la verbena sin que su familia lo sepa. Y resulta también muy fácil, demasiado fácil, suponer que el paso de los años terminará por curar las heridas físicas y emocionales de esa chiquilla, convertida ya en una adulta que vive a centenares de kilómetros. Pero no es así. Algo tan abominable, tan asqueroso, tan infame, no puede ser borrado del cerebro y del corazón, por mucho que los calendarios sigan fluyendo y por mucho que la memoria se obstine en suprimirlo del alma. Blanca, la sobrina del párroco de Calixe (Galicia), lo sabe muy bien. No importa que ahora trabaje como doctora en Cataluña. No importa que hayan transcurrido tres décadas. No importa que la anestesia parezca haber adormecido sus miembros. Bastará que unas imágenes le muestren de nuevo a uno de sus agresores (el único al que pudo ver con nitidez, en medio de la oscuridad de aquel bosque, en el verano de 1989) para que se reactiven el dolor, las lágrimas, el asco… y los deseos de venganza. Si aquellos cinco energúmenos, aquellos cinco desalmados, aquellos cinco salvajes, no tuvieron piedad de su inocencia, y la profanaron, y la vejaron, y la usaron como si fuera un objeto, ¿por qué ha de perdonar, por qué ha de olvidar, por qué ha de conformarse con la rabia estática? Ahora es una mujer fuerte, que dispone de vigor y de recursos, así que es la hora de emprender la cacería.

Con esta novela dura e inquietante, Josan Mosteiro consigue que nos removamos incómodos en el sillón, mientras asistimos a un elaborado plan de venganza (o de justicia: que cada lector(a) decida qué etiqueta adjudicarle) donde proliferan las asfixias, las amputaciones y la sangre, que mantiene en vilo la respiración de la persona que tiene el libro entre sus manos. Aquellos nauseabundos jóvenes que utilizaron la fuerza y las amenazas para someter el cuerpo de una niña temblorosa ahora ejercen profesiones respetables, porque la vida puede ser así de paradójica, pero Blanca no está dispuesta a permitir que la amnesia borre sus culpas y se mostrará implacable en su aniquilación.

Esta segunda entrega de las aventuras de la periodista Asunta Loureiro no dejará que convirtamos La última bestia en una novela inofensiva, sino que nos obligará a reflexionar sobre los límites entre la justicia y la venganza, entre la culpa y el perdón, llevándonos a la gran pregunta: ¿tiene razón Blanca al actuar del modo en que lo hace? Decidan ustedes. Tras haber leído su novela juvenil La guerra de Nico, que obtuvo el premio Edebé y que reseñé aquí en mayo de 2024 ( https://rubencastillo.blogspot.com/2024/05/la-guerra-de-nico.html), he querido conocer otra vertiente de este escritor, Josan Hatero, que cultiva el thriller bajo el seudónimo de Josan Mosteiro. No será mi último acercamiento a sus libros.

martes, 14 de abril de 2026

Rimpianto

 


Un mismo destino une a los malos estudiantes y a los buenos novelistas: suspender. Los primeros, porque su escaso caudal de conocimientos no les permite alcanzar el éxito en los exámenes; los segundos, porque con la brillantez de su prosa son capaces de anular en la mente del lector la sensación de tiempo y, sacándolo de su circunstancia (como diría Ortega y Gasset), lo instalan en otro ámbito. Pedro Antonio Martínez Robles, viejo conocido para quienes se pasean por este blog, ha demostrado en Rimpianto que pertenece sin ningún género de dudas al segundo bloque y que es un maestro a la hora de suspender. Porque basta leer unas pocas páginas para que nos sintamos en un mundo perdido, a la vez lejano y cercano, que el escritor de Calasparra quiere recuperar a través de la especulación, de la memoria y del auxilio de unos manuscritos (reales) guardados por el protagonista, Antonio Arcadio de la Esperanza Robles Pérez, un tío suyo.

Volvemos a la guerra civil de 1936 y encontramos allí a un muchacho que opta por combatir al lado de la República y que, cuando el final de la contienda lo impregna de derrota, debe salir de España y queda confinado en diversos reductos de concentración en Francia. Nada excepcional en aquellos años. El chico (y esto tampoco resulta excepcional) está enamorado de una muchacha (Elena), con la que se comunica de forma dificultosa a través de cartas tangenciales y más bien crípticas, que consiguen burlar a medias los mecanismos de la censura postal. El aliento de ese amor lo mantiene vivo, le suministra fuerzas para seguir, cifrándolo todo en una ilusión: poder reencontrarse con ella y comenzar una vida juntos. Fíjense qué fácil. Fíjense qué humano. Fíjense qué comprensible. Pero la crudeza de la situación española incluía padres encarcelados, hermanos hambrientos y escasas posibilidades de salir adelante para una mujer joven y bonita, salvo que aceptase ciertas salpicaduras que implicaban la humillación y el bochorno, el descrédito y la ignominia. Si quiere que el brillante abogado don Emilio Pagán libre de la cárcel a su progenitor, Elena tendrá que aceptar miradas melosas, y manos en el hombro, y piropos interesados, y llaves que no querría haber cogido. Lógicamente, las noticias vuelan; y Antonio (quien sigue rodeado de alambradas en suelo francés) sentirá el desgarro de la traición y de las lágrimas.

La vida sigue, claro está, porque es su obligación terca, pero nada volverá a ser lo mismo en el alma de Antonio, que paseará su desolación a lo largo de países y décadas, incapaz de conseguir la dicha, hasta que su sobrino lo conozca en 1972, regresado de su exilio para morir en su casa natal, afectado por una cirrosis hepática. Ese narrador (que no es otro que Pedro Antonio Martínez Robles) dice que ha intentado con respecto a su tío “la reconstrucción de un puzle, no tanto la que fue su vida, sino la que pudo ser y no fue” (p.225). Exactamente es así. Dolorosamente es así. Porque la guerra civil (y también la larga y cruda postguerra) fue eso: un escenario de millones de vidas erosionadas, deshechas o heridas. Una larga y poliédrica humillación conformada por miles de pequeñas humillaciones. Un largo silencio poblado de silencios.

Permítanme que calle aquí, y que les deje a ustedes adentrarse por sí mismos en esta brillante y cautivadora novela que los llevará hasta Labécède-Lauregais, hasta Castelnaudary, hasta Agde, hasta Céret; que los llevará a conocer a doña Úrsula (la Vieja Loba), a don Rómulo Vergara, a Panadés, a Marcela, a Renée; que los moverá a la rabia, la compasión, la tristeza y la melancolía; que les permitirá sentir frío, bajar por silenciosas escaleras de caracol, leer viejos cuadernos y respetar el silencio de ancianas que recuerdan. Verán ustedes el modo en que muchas personas y familias pasaron en aquel tiempo “de la promesa de una incipiente felicidad a la atrocidad desoladora de ver el futuro teñido del negro más absoluto” (p.286); y comprenderán por qué el autor dice que lleva años sintiendo con respecto a esta historia “una sensación de deuda familiar y afectiva que me creo en la obligación de saldar” (p.379). Rimpianto es un libro majestuoso e inolvidable, que nos reconcilia con las historias terribles, verdaderas y amargas que tienen que ser contadas y que tienen que ser leídas.

lunes, 13 de abril de 2026

Falso movimiento

 


Recuerdo una película que vi hace muchísimos años. No guardo memoria del título, ni del argumento, pero estaba protagonizada (eso sí lo sé) por un personaje que, durante una noche entera, iba dando tumbos por la ciudad, adentrándose por callejones oscuros, visitando garitos infectos y deambulando por avenidas desangeladas. Se cruzaba con prostitutas, con posibles rufianes, con posibles drogadictos, con posibles locos. Al amanecer, volvía a su puesto de trabajo. Era algo así, muy surrealista y muy cenagoso. Te dejaba un evidente mal cuerpo. Y es una sensación que he recuperado desde las primeras cincuenta páginas de la novela Falso movimiento, de Alejandro Gándara: Fran, un abogado que defiende a mafiosos y que tuvo una juventud jaranera y alcohólica, busca ahora a su hija de quince años por las calles de Madrid. No sabe dónde está. Solamente tiene la nebulosa información de que ha salido con su novio Chapi y que desde hace varias horas debería estar en casa. Incapaz de convencerla para que vuelvan junto a su madre, Fran emprende con su hija una búsqueda extraña en busca de su novio, que los lleva por pensiones de mala muerte, suburbios llenos de basura y locales clandestinos. Sumidos en la fiebre de ese rastreo, Carlota verá con asombro cómo su padre incurre en allanamientos de morada, emplea los puños contra camareros poco dispuestos a colaborar, la abofetea, roba un vehículo haciendo un puente, compra droga para sonsacarle información al vendedor y, por fin, usa un nombre falso para penetrar en la guarida del lobo… “Toda la noche”, se lee en el capítulo 16, “había sido un viaje hacia lo que no conocía, pero que existía”. No les revelaré lo que sucede en las últimas páginas, pero les aconsejo que se preparen para todo, porque ni nos encontramos ante una novela juvenil (que aparezca en la colección Gran Angular de SM es chocante), ni tampoco ante un texto donde la violencia o la angustia sean adornos puramente argumentales. El capítulo final les va a permitir entender las motivaciones, más psicológicas que adrenalínicas, del personaje protagonista.

Gándara nos instala en un territorio hostil, vertiginoso, desagradable, por el que resulta muy incómodo transitar, pues nos saca de eso que algunos llaman “la zona de confort” y nos recuerda que hay otros mundos, ríspidos y vomitivos, no muy lejos de donde habitamos. Muy bien hecha, pero también muy desasosegante.

domingo, 12 de abril de 2026

El secreto de Gabriela Salazar


 

Conozco desde hace años la historia de las ratlines, es decir, las rutas que usaron los nazis para escapar de la justicia y obtener una inadmisible impunidad (que gobiernos como el de Juan Domingo Perón en Argentina o el de Francisco Franco en España contribuyeron a mantener). También he leído bastante sobre la turbia connivencia del Vaticano, algunos de cuyos altos jerarcas (como el obispo Alois Hudal) apoyaron, encubrieron o fomentaron la huida de execrables criminales de guerra. Y, por supuesto, soy consciente de que Bariloche (Argentina) o Marbella (España) se convirtieron en paraísos terrenales para estos monstruos. Así que adentrarme en las páginas de El secreto de Gabriela Salazar, de César Mallorquí, no me ha sorprendido “informativamente”; pero sí que me ha embriagado desde el punto de vista literario, porque me encantan las historias intrigantes y bien contadas. Y esta participa de ambas cualidades.

En este tomo fascinante se nos invita a que ordenemos las piezas de un puzle que se extiende en el espacio (Argentina, Suiza, Alemania, Austria, Italia, España, Israel) y en el tiempo (desde 1952 hasta la segunda década del siglo XXI), con una historia que gira alrededor de un misterioso cuaderno de la Ahnenerbe, la hedionda organización creada por Heinrich Himmler, que permanece en paradero desconocido y en el cual se consigna una información que podría servir para crear el Cuarto Reich. En ese punto, algunos lectores suspicaces podrían estar alzando las cejas y preguntándose si nos encontramos ante la típica novela juvenil o conspiranoica, de trucos efectistas y naipes tramposos. La respuesta es rotunda: no. Hay en esta fascinante narración muertes, hay venganzas, hay personajes que cambian de identidad, hay servicios secretos, hay abominaciones y hasta comportamientos nauseabundos, sí; pero también mucha información histórica, muchos (inquietantemente muchos) sucesos reales, que Mallorquí maneja con habilidosa eficacia narrativa. Vamos a asistir a un relato donde proliferan los nazis, evidentemente, aunque no menos crucial será la presencia en sus líneas de los ustachas, de serbios y croatas, de las instalaciones del Mossad, de millonarios de la Costa del Sol, de ministros de la España franquista, de policías aduaneros que se dejan corromper, de monjes que prefieren olvidar. En suma, una novela en la que los apellidos Reinhardt, Salazar, Campbell, Hauser, Gruber o Shahar inundarán sus retinas y les provocarán más de un escalofrío. Acudan a ella sin dudarlo.

sábado, 11 de abril de 2026

Oppi, una obsesión


Todo es extraño y cambiante en el mundo del adolescente Navarro: su padre no está en casa, su madre y él deben cambiarse de edificio (porque van a dinamitar el bloque en el que ahora viven), sus amigos del instituto son peculiares (incluido El Patinador, que nunca va a pie)… Y de pronto, un día, entra en clase como una tromba una chica nueva apellidada Oppi. Nadie sabe nada de ella. Viste de forma cambiante. Es guapa. Es desenvuelta. Y también encandila: sobre todo cuando, una tarde, detiene su moto Honda junto a Navarro y se ofrece a llevarlo hasta su destino. El problema vendrá cuando, al día siguiente, el profesor que les da la asignatura de matemáticas, apellidado Espada, entre en clase diciendo que le han robado la moto: es una Honda. Navarro traga saliva y siente que el pánico lo invade cuando el profesor anuncie que va a entrevistarse personalmente con cada alumno del aula para ver si disponen de información sobre ese robo. Navarro no puede quitarse del cerebro una sospecha: que Oppi es la culpable del delito, sobre todo porque Espada le puso un cero en su asignatura.

A partir de entonces se inician unos días turbulentos en los que la cabeza de Navarro (que, según se dice al final de la novela, terminaría siendo escritor) no deja de girar y atormentarlo. ¿Qué ha de hacer? ¿Cómo procede comportarse? ¿A quién debe tributar su fidelidad: al profesor (que siempre ha sido amable con él) o a Oppi (de quien se ha enamorado irremisiblemente)? Elegante en el desarrollo de su narración, el granadino Justo Navarro nos regala una historia intensa y cercana sobre los amores adolescentes, los caprichos del azar y los misterios que encierran, en ocasiones, las personas que se encuentran a nuestro alrededor.

viernes, 10 de abril de 2026

Paraíso


 

Hace diez años apareció ante mis ojos la figura literaria del sevillano Javier Mije, con su libro El camino de la oruga, que me pareció espléndido (https://rubencastillo.blogspot.com/2016/01/el-camino-de-la-oruga.html); y ahora su nombre vuelve a mis manos con el volumen Paraíso, que edita La isla de Siltolá y que, desde su primera propuesta (“¿Para qué están los días?”), te deja temblando gracias a su personaje protagonista, una mala bestia racista, sexista y desagradable en su trato con los demás. A continuación, cuando aún no has tenido tiempo de recuperarte, te sorprende el catálogo de frases hechas que se alinean bajo el rótulo de “Cómo hacer que te pasen cosas buenas”, y entonces la cabeza te explota y te dices: “Madre mía, madre mía”. Tienes claro que vas a leerte el libro de un tirón.

Así ha sido, en efecto, y he podido encontrarme con textos para la reflexión en silencio (“Gente”), para llorar (“Bolsas”), para disfrutar de la belleza inmarcesible de su conclusión (“Fototropismo”), para sonreír con sus parodias localistas (“Agenda cultural”), para asombrarse de cómo ilustra bellamente el final de un amor (“A-92”), para ver cómo juega a reformular refranes célebres (“Proverbios y pesares”) o para disfrutar de su humor agridulce (que tal vez sea más bien acrimonia lúcida), aplicado a la literatura (“La primavera de las escobas”), el sexo (“La condena”), la anatomía lírica (“Corazón”) o la codicia comercial (“A-4”). Y qué decir de sus maravillosas secuencias anafóricas o sus enumeraciones caóticas (como las que aparecen en “Benditos”, en “Dios” o en la bellísima “Nobel”), cuyo sentido descubrimos al final o con una lectura atenta. O de la entrada que da título al libro, maravillosa y digna de releerse mil veces. Tantas posibilidades. Tantas propuestas distintas. Tantos aciertos.

En la contraportada dice que son “cien relatos, cien destellos de realidad”. No es mala etiqueta. También podría haber dicho que nos encontramos ante un libro de filosofía, porque, en lo profundo, Paraíso es esencialmente eso: un tratado hondo, inteligente y reposado sobre la especie humana, sobre sus quebrantos y sus miserias, sobre sus salvoconductos y sus glorias, sobre el ayer y sobre el porvenir. Leer estas páginas regala horas de reflexión y sabiduría: no es pequeño éxito, en el mundo en que vivimos. Búsquenlo: es maravilloso.