domingo, 8 de noviembre de 2026

Voz y latido


 

No hay tiempo que perder, ni medias palabras que puedan servir como árnica: la primera sección de este poemario, compuesta por diecinueve sonetos (Hablan hombres oscuros), empieza a golpear con sus versos desde la primera página: la vida actual es horrenda, todos buscan de forma egoísta su avío, no hay esperanzas para el porvenir. “En este mundo hipócrita y contrahecho” (XII, 7) tenemos que acorazarnos, porque los demás solamente pretenden mantener lo suyo a toda costa y, si pueden, arrebatarnos lo nuestro. Es una lucha sin cuartel, un estruendo de agresividad y rapiña que domina allá donde mires, hasta el punto de que “este mundo infeliz se muere al raso” (XIV,2). Después, en la segunda sección del tomo (España, predio amado), el poeta de Llano de Brujas concentra su mirada sobre el país donde ha nacido, cuyo antiguo esplendor ahora languidece sin remedio (“Se me ha subido España a la cabeza /como un vino agrio y a la vez jugoso. / Me beberé, sediento, hasta su poso / aunque muera embriagado de tristeza”, I, 1-4). Con el ánimo abatido, pero con voluntad de trabajar por su recuperación, se nos explaya en catorce sonetos el tema noventayochista del ‘Me duele España’, que acuñara don Miguel de Unamuno.

Las demás secciones del libro están dedicadas a Miguel Hernández (a quien celebra con tercetos encadenados de muy bella factura), a la muerte de su propio hermano (cinco densos y doloridos sonetos), a los cuerpos enterrados de quienes lucharon en la guerra durante su juventud y ahora no pueden gozar del calmo espectáculo de un país en paz; y, como cierre, unos contundentes y marmóreos poemas sobre su corazón, su búsqueda de Dios o la exaltación de la huerta como paraíso en la Tierra. Otra delicia de don Francisco, que se puede releer con gozo inagotable.

sábado, 7 de noviembre de 2026

Vilanos por el aire

 


Muchas cosas descubrirá quien tenga la buena idea de sumergirse en las páginas exquisitas de Vilanos por el aire, la colección de aforismos que La Isla de Siltolá le publicó al sevillano Antonio Rivero Taravillo en 2017: su mirada crítica sobre el mundo de la informática (“Un ordenador es eso: un imperativo mandamás y mandarín que tiraniza, déspota de disco duro, nuestras vidas”); la perspicacia de sus observaciones sobre los teléfonos móviles (“Se hace bien en llamarlo móvil a secas, sin teléfono. Porque para lo que menos sirve es para hablar”); su convicción de que unos buenos versos se expanden en nuestra mente con más vigor que una mala narración en prosa (“Una mala novela, no importa el número de sus páginas, es siempre más corta que un buen poema”); el poder terrible que puede cobijarse en una consonante supernumeraria (“Qué horror las erratas. Te velo luego, acabo de escribir a un amigo, mandándolo sin querer al otro barrio”); definiciones que suscribirían miles de autores, desde Gómez de la Serna hasta Cioran (“¿Qué es la vida sino una prolija escritura de nuestra necrológica?”); la fina ironía que esgrime contra ciertos galardones, cuyos nombres sospechamos (“Hay premios literarios cuya dotación económica se diría una indemnización: tal desprestigio es ganarlos”); una inversión de papeles que, viendo el rumbo de los tiempos, quizá no resulte tan disparatada ni distópica (“Habrá un día en que el único lector que quede estará firmando libros a sus autores, puestos en larguísima cola”); el humor, con consecuencias quirúrgicas (“Los servicios de urgencias de los hospitales cada vez atienden a más personas que se tragan las comas delante de los vocativos cuando escriben”) o basado en espléndidos juegos de palabras (“Qué molestos son para los ojos algunos escrit-orzuelos”).

Podría detenerme aquí, y los aforismos que he recopilado resultarían suficientes como para llamar la atención del lector sobre este volumen, pero es que también encontrará, si sigue avanzando por sus páginas, aforismos plenamente poéticos (“En el jardín, entre los cantos de las otras aves, también la temperatura es pájaro”); las reflexiones políticas que, cada vez, resultan más ciertas (“Los retretes del Congreso deben de estar limpísimos. Sus señorías dejan las deposiciones para el hemiciclo”); o tristes constataciones mercantiles (“Librería: Rótulo que precede a ese otro de Se traspasa”).

Como verán, he dejado que casi todo el espacio (y el peso) de esta reseña resida en las palabras del propio Antonio. No podía ser de otro modo, habida cuenta de la perfección y la belleza que las mismas atesoran. “Las reseñas mejor escritas” (nos asegura en la página 24) “son las que se ocupan de libros mediocres”. Esta aspira a ser una reseña medio decente, porque el libro es magnífico.

viernes, 6 de noviembre de 2026

Billy Budd, marinero

 


Billy Budd, “el de los ojos cerúleos”, tiene 21 años y es gaviero de la Armada Británica hacia el final de la última década del siglo XVIII. Su forma de reclutamiento no ha sido voluntaria: cuando atravesaba el estrecho de Dover de camino a casa a bordo de un mercante inglés, su embarcación se cruzó con el H. M. S. Bellipotent, una potente nave de setenta y cuatro cañones, y el capitán del Derechos del Hombre (así se llama el mercante) no tiene más remedio que ceder a las pretensiones del capitán Edward Fairfax Vere, que lo reclama en nombre de Su Majestad. Como Billy Budd es un chico franco y amable, sin pizca de malicia, pronto se gana la admiración y el cariño de toda la tripulación, salvo la del maestro de armas Claggart, que lo toma entre ojos por algún motivo inexplicado. Con cierta saña, va reuniendo insidias contra el muchacho hasta que, por fin, lo denuncia ante el capitán Vere como participante en un presunto motín que se está fraguando a bordo. Tras varios interrogantes y una muerte accidental, Budd es sentenciado a la horca.

El argumento de esta novela de Herman Melville (que leo en la traducción de Miguel Temprano) es, como puede observarse, bastante simple; y ha llevado a un buen número de críticos a invocar el paralelismo con la figura bíblica de Jesús de Nazaret: William Budd es un muchacho candoroso, ajeno a cualquier rencor o maledicencia, que cuando está a punto de morir sigue mostrando amor por quienes lo condenan. Fuera esa o no la intención de Melville (la obra es tardía y se publicó, inacabada, de forma póstuma), lo cierto es que tal lectura no resulta descabellada. Y la narración, sin ser magistral, es hermosa.

jueves, 5 de noviembre de 2026

Brujas, hechizos y bastones de canela

 


Recuerdo que, cuando terminé la novela Cuando todos sean sombra (https://rubencastillo.blogspot.com/2023/03/cuando-todos-sean-sombra.html), pensé que estaba muy, pero que muy bien hecha. Sabía de la gran calidad de escritura de Manuel Susarte, porque ya le había reseñado otras dos obras antes, pero en 2023 descubrí que había dado un salto enorme. Ahora, tras leer Brujas, hechizos y bastones de canela (DobleCé Ediciones, 2026), considero que el salto ya no es enorme, sino espectacular. Todo en este libro brilla muy por encima de la media: su documentación (las fórmulas de tratamiento, los giros del lenguaje, la descripción de hogares y zonas campesinas, los roles sociales, la vestimenta de los protagonistas, las rutas y caminos, las estratagemas de bandoleros y rufianes), el forjado de la trama (que nos recuerda los grandes viajes de aprendizaje y aventura de la historia literaria: desde el Lazarillo o el Quijote hasta Escuela de mandarines) o el modelado de los personajes (sobre todo, los dos protagonistas: Luis de García y Entralgo y Elena del Valle). Entiendo que el largo período de construcción de la obra tuvo que ser enormemente laborioso para el autor, pero recuerdo muy bien lo que repetía mi madre cuando se afanaba sobre algún bordado con infinita paciencia: “Nadie va a preguntar cuánto tiempo tardó la persona que lo hizo, sino quién lo hizo”.

En Brujas, hechizos y bastones de canela disfrutamos (y creo que es su mejor virtud, digna de todos los aplausos) de una exquisita máquina del tiempo, que nos retrotrae al siglo XVI, con sus pobrezas, su obsesión por las brujas, sus caminos defectuosos, sus ignorancias médicas, sus clérigos miserables, sus melindres sobre el sexo y sus desigualdades. Manuel Susarte logra que, mientras leemos el libro, vivamos en ese ambiente, respiremos sus miasmas y experimentemos sus zozobras. No era nada fácil, porque conseguir que el lector actual olvide cuanto le rodea está al alcance de muy pocos; pero él lo logra con éxito en cada una de sus páginas. Y es también (no quiero dejar de mencionarlo), una extraordinaria historia de amor entre un inquisidor poco dado a las iracundias de su cargo (“Llevo a honra que ninguno de los encausados por mí ha padecido pena de tortura ni de fuego”, cap.II) y una hermosa muchacha que, rebelándose contra la postergación y el oscurantismo, decide que su condición femenina no habrá de impedirle aprender sobre hierbas y astros, sobre fenómenos meteorológicos y sobre cuantas señales estén alrededor del ser humano y puedan ser aprovechadas para la mejora de la vida. En esa historia de amor, aparte de dulzura y unas gotas finales de melancolía, también hay desenfreno sexual (les recomiendo que no se apresuren mientras leen los capítulos XXIII y XXIV, prodigiosamente atractivos).

Al final, esta novela majestuosa, de sólida armazón, convincente trazado y remate egregio se convierte en un libro admirable. Me alegro muchísimo de haberlo leído y de soñar con una posible continuación (allende los mares o aquende). “Espero haberlo conseguido”, anota el autor con prudencia en la página 226. Pues sí, lo ha conseguido plenamente. Doy fe.

miércoles, 4 de noviembre de 2026

Patio de luces y otros relatos

 


Vuelvo hasta Francisco Alemán Sainz para completar la relectura de Patio de luces (y otros relatos). Mi primera lectura debió de ser hacia 1980, cuando lo encontré entre los libros de mi tía Esperanza. Por aquel entonces aún no conocía de nada a este narrador, pero lo cierto es que pronto me cautivó la fantástica creatividad de muchas de sus imágenes, como cuando adjetiva a un viento de “municipal”; o cuando nos habla de una pequeña cafetería donde “los grandes espejos estaban huérfanos de nucas de mujer”; o cuando se refiere a “un sol casi pálido, falto de glóbulos amarillos”; o cuando alude a alguien que “no sabía si reírse o llorarse”. Esas palabras (y muchas otras similares) me bastaron para convertirme en admirador de su prosa, que contiene chispazos de auténtico genio. Como muestra, transcribo algunos de los que he subrayado en mi ejemplar (que no es el de mi tía, perdido en los cauces del tiempo): “La familia se formaba de cinco hijos y de la mujer, casi siempre encuadernada en marrón”. “El mar seguía lo mismo, monótono, igual, aguardando bañistas que poner en peligro para poder salir en los periódicos”. “Toda una vida es muy poco tiempo de veras importante, rodeado de muchos años silenciosos”. “Todos los después son duros”. “No se sabe nunca lo que ocurre de verdad. Se conoce la piel de las cosas, pero el pulso se nos escapa”. “La inteligencia se inicia en la segunda dioptría”. “La estupidez hiere, casi siempre, más que la maldad”. “Escribir novelas, escribir lo que sea, es una forma de ser infiel a la vida”. “No debe de volverse nunca a ninguna parte. Hay que seguir adelante, sin un regreso, sin un retroceso”.

¿Que no consiguió convertirse en uno de los escritores murcianos más famosos? No, desde luego, pero yo lo sigo leyendo con auténtico placer. Y, como yo (supongo), otras personas. Quizá no sea un mal destino literario: quedar en el corazón y en la gratitud de quienes no te conocieron, pero vuelven a ti con sana admiración.

martes, 3 de noviembre de 2026

Nanomoralia

 


Decir qué es lo que más me agrada encontrar en un libro de aforismos (ternura, ingenio, inteligencia, humor) es tan absurdo como improcedente, porque ante un buen volumen de ese género se quiebran o desnaturalizan todas las etiquetas que uno estipule como “esenciales”. Mientras se avanza por páginas de Chamfort, de Eder o de Wilde, lo único que procede es callarse, concentrar la mirada y tratar de aprender todo lo que se pueda en sus líneas. Ha vuelto a ocurrirme con Vicente Luis Mora y su Nanomoralia (La Isla de Siltolá, 2017), una obra exquisita que tiene ternura, ingenio, inteligencia y humor, entre otras muchas virtudes. Y que está presidida por dos fotos distintas del autor: la primera, con el cabello más largo, sonriente y vestido con colores claros; la segunda, con barba, gesto más serio, de oscuro y con gafas. Es una buena idea editorial.

Al adentrarnos en el tomo, descubrimos reflexiones poético-astronómicas (“Las rocas de la cara oculta de la luna jamás han visto el color azul”); dictámenes corporales que coquetean con el existencialismo (“El conocido fenómeno de que los hombres empequeñecen al envejecer no se debe a que estén viejos, sino a que están hundidos”); pinceladas de humor negro (“El terremoto recuerda el orgasmo a los muertos”); juegos de palabras enriquecidos con dinamita (“Hay mucha narrativa española basada en el copio y ego”); juicios técnicos que enervarán a los novelistas galdosianos o barojianos (“La narrativa es un videojuego en el que algunos no consiguen pasar la pantalla del siglo XIX”); líneas de un conceptismo dramático (“Somos humanos. Fallamos. Duele. No pasa nada”); consideraciones polémicas, que harían las delicias, o provocarían las lágrimas, de Manuel Chaves Nogales o Juan Ramón Jiménez (“En un país en guerra civil se sabe quiénes son los auténticos intelectuales: sin duda alguna, aquellos a quienes quieren matar los dos bandos”); tomas de postura tan férreas como inequívocas (“No me interesa la opinión de quienes no leen, porque la suya no es opinión, sino tendencia”); frases de humor gamberro (“Mi miopía os embellece”); fórmulas que merecen ser grabadas en mármol (“Libertad es que nadie pueda incluirte en un vosotros”); e incluso aforismos cuyo espíritu fatigado o surrealista te obliga a releer, por si has recorrido sus palabras con demasiada rapidez (“Estoy tan cansado que no puedo ir como dar en la sustancia cabezas formaldehído mira ese perro”).

Lo ofrecido aquí es un pálido resumen (no podía ser de otro modo) de una obra agradable, inteligente, provocadora y que está esperando tus ojos. No tardes.

lunes, 2 de noviembre de 2026

Poemas de otros


 

Tengo que admitir, como punto de arranque, que las primeras páginas de Poemas de otros, de Mario Benedetti, me han dejado muy frío. No tenía la impresión de estar leyendo a mi admiradísimo uruguayo. Todo era discreto y gris. Correcto, qué duda cabe, pero menos elevado de lo habitual, menos brillante, más chato, más repetitivo. Por fortuna, pronto las cosas empiezan a cambiar y me inundan composiciones como “Apenas y a penas”, “No te salves”, “Rostro de vos”, “Te quiero”, “Todavía” o las convertidas en canción por Joan Manuel Serrat (“Táctica y estrategia”, “Los formales y el frío” y “Hagamos un trato”). Ahí, todo se llena de luz y Benedetti vuelve a encharcar mis ojos y a hacer que mi corazón palpite más rápido, gracias a infinitud de detalles: su definición de la vida como “excursión a la muerte”; sus juegos de palabras (“Con paz ni compás”); o sus adjetivaciones maravillosas. El oxígeno se colorea e inunda mis pulmones de gratitud y de aplauso.

Con Benedetti tengo establecido un diálogo regular y un deseo férreo: leer todos sus libros, con lentitud golosa. Quiero, como él, “que la muerte pierda su asquerosa y brutal puntualidad” y que, si no lo hace, al menos que “no nos agarre muertos de vergüenza”. Quiero saber cómo se siente cuando contempla, en un viejo álbum de fotos, el rostro de una mujer antaño amada, con la que nada lo une ya; quiero sonreír cuando me hable de la decisión de unos amantes pobres de olvidarse del romanticismo ñoño de la luna y sumergirse en la cama, para dedicarse a los placeres del sexo; quiero que un escalofrío colonice mi nuca y baje por mi espalda cuando hable para mí el hombre que ha sido torturado, pero que no ha delatado a nadie. Y, por supuesto, he cumplido con Poemas de otros el mismo ceremonial que siempre cumplo con Benedetti: leerlo con pausa y en voz alta, sentado con un café en mi despacho. “A vos / lector mi prójimo / qué te parece”, me pregunta. Me parece que siempre voy a admirarlo a usted. Eso me parece, maestro.