Decía
Nietzsche (un tipo que, mientras le crecía el bigote, pensaba) que el hombre
superior es un niño y un bailarín. Un niño, porque juega con la existencia; un
bailarín, porque convierte cada salto, cada pirueta, cada giro, en una apuesta
y un riesgo. Creo que al filósofo de Röcken no le molestaría que yo incluyese a
José Antonio Jiménez-Barbero en ese ámbito, porque sus libros incorporan
siempre, a partes iguales, brillantez y riesgo, inocencia y arrojo. Como
afirmaba Camilo José Cela, mantenerse dentro de una línea sabiendo que es
exitosa resulta sin duda legítimo (la mayor parte de los escritores lo hacen),
pero más admirable se antoja acometer peligros, proponer rutas poco transitadas
y pensar que el creador tiene que mostrar, a veces, alma de funambulista.
En
Todos hacen daño (que obtuvo el I Premio Maluma de novela), el amante
del género va a encontrar todos los ingredientes que lo hacen feliz: crímenes
tan brutales como inesperados, identidades encubiertas, policías que se han
dejado seducir por las mieles infames del dinero, investigadores privados que recorren
calles y locales de alterne, traiciones, odios, fidelidades peligrosas, piratas
informáticos, mercenarios venidos de Europa del Este, chicas vírgenes que son
secuestradas y violadas para convertirlas en prostitutas… Nada echará en falta,
se lo puedo asegurar. Tampoco podrá quejarse del ritmo de la obra, tramado con
un primor casi cinematográfico y con altas dosis de adrenalina (no se pierdan las
secuencias en las que las balas silban, auténticamente taquicárdicas). Ni del
modo en que el autor trenza, y luego destrenza, las hebras de su relato,
dejando solamente una (la más inquietante) en suspenso. Pero me parece incluso
más importante señalar lo que va a descubrir en estas páginas el lector que no
sea demasiado entusiasta del género: una excelente demostración de cómo contar
maravillosamente una historia, dando profundidad a los personajes, diseñando un
ritmo endiablado y logrando que, al final, el corazón palpite de rabia y de
zozobra (también de ternura y de alivio), porque el autor ha conseguido que su
relato fluya por las venas de quien ha decidido sumergirse en él.
Discrepo, eso también lo debo decir, con el título de la obra. No todos hacen daño. Es una generalización con la que no puedo estar de acuerdo. Algunos no hacen daño, sino que “hacen alegría”. Por ejemplo, José Antonio Jiménez-Barbero, cada vez que tiene la buena idea (y se toma el arduo trabajo) de escribir una novela. Ojalá ese gozo se repita muchas veces más.




