Posiblemente
no haya (o yo no la alcanzo a recordar) preterición más prolongada y más dura
que la que han sufrido, históricamente, las mujeres. No siempre los negros han
sido esclavizados, no siempre los homosexuales han sido señalados o
ridiculizados. Pero ellas sí que han sido situadas, siempre y en todo lugar, en
un escalón inferior con respecto a los representantes del género masculino. Es
una evidencia que admite pocas objeciones. Zaida Sánchez Terrer, con el
valiente poemario La soledad de las esferas, nos invita a reflexionar
sobre esa supurante herida y alza su voz enérgica contra ella. “No temo al
minotauro / sino a mi propio miedo”, afirma en el poema ‘Camino de mujer’; pero
consigue sobreponerse al mismo porque está buscando una puerta “que me lleve a
mi centro / para entrar en el reino / de mis seguridades”. Para lograrlo, nos
habla de aquella niña triste y ensimismada que, al llegar a los veinte años, se
enamoró de Manuela; del ejemplo inolvidable de Malala Yousafzai, que
protagoniza el estremecedor poema ‘Gul Makai’; de esa Cenicienta que quiso
descubrir qué se sentía siendo otra durante unas horas, pero que no necesitaba
que ningún príncipe azul la condecorara con sus atenciones, ni con su cárcel de
oro; o del modo en que cambiar unas simples palabras puede cambiar el sentido
de un poema (‘Inversión de Neruda’).
Reveladora,
íntima y osada, Zaida nos explica que después de atravesar “los pantanos de la
infancia” y de sobrevivir a “la torpe adolescencia”, por fin alcanzó la
plenitud cuando se reconoció a sí misma y se dejó inundar por “la luz de los
descubrimientos”; y que sufre por la inacción de quienes, pudiendo remediar la
violencia contra las mujeres, no mueven un dedo para lograrlo; y que continúa
asistiendo todos los años a la celebración gozosa y reivindicativa del 8 de
marzo; y que ser mujer es la esforzada tarea de Sísifo, tan exigente como
inacabable; y que los culpables del horror no siempre son quienes clavan
puñales o emplean sus puños (“Los que nos asesinan son muy pocos. / La
verdadera plaga que amenaza / la esencia y dignidad de las mujeres / está
cómodamente cada noche / sentada en su sillón, / viendo el telediario”).
Un poemario que abre los ojos sobre muchas cuestiones importantes de nuestra realidad social y que demanda nuestra colaboración para suturar heridas que llevan demasiado tiempo abiertas.





