miércoles, 29 de julio de 2026

Don de gentes


 

Como en todos los volúmenes donde se recopilan artículos de prensa, en este Don de gentes, de Elvira Lindo, se alinean infinidad de asuntos, tan heterogéneos como sugestivos: el nuevo modelo de masculinidad que emana de la serie Los Soprano; la admiración que siente por actores como Jeff Bridges, Rafaela Aparicio, Manuel Aleixandre o Katherine Hepburn; el aburrimiento de que las estrellas de cine o los políticos de renombre ya no acepten más entrevistas que las pactadas; su tristeza por la muerte de José Luis López Vázquez, al que Charles Chaplin consideraba el mejor actor del mundo (“El recuerdo que deja un viejo cómico está amarrado al de nuestra propia vida”); maravillas  irónicas en las que aboga por líneas de autobuses que vayan llevando a los opinadores profesionales de un plató a otro, porque “el verdadero contertulio es el que tiene tres tertulias de media al día. Con menos de eso eres un desgraciao”; su estupor irónico al ser considerada “favorita” para ganar un premio Planeta al que no se ha presentado; su entusiasmo por las novelas de Simenon; su rechazo a que se manipulen los cuentos infantiles tradicionales para adaptarlos a la “modernidad” ñoña y políticamente correcta (“Los cuentos clásicos están hechos de acero, han soportado el paso del tiempo, adiestran al niño en las emociones puras: el amor, el abandono, la pena, el ansia de superación y el triunfo del inteligente contra el bruto”); la emoción que la embargó cuando el profesor Maurer la lleva a visitar la casa donde Louisa May Alcott escribió la novela Mujercitas; su simpatía y su admiración por Miquel Barceló; su aversión a la sobreprotección de los niños, que los paraliza y anquilosa (“Están agilipollados de tanto estar en casa o en actividades extraescolares”); su repudio por los políticos corruptos y, sobre todo, por quienes les siguen aplaudiendo (“Ellos han actuado dentro de la lógica del sinvergüenza, han hecho su trabajo. Pero, ¿y la gente votándoles? Ahí sí que me rayo, ¿ves tú?”); o la carta abierta que dirige al anacrónico juez Ferrín Calamita, perpetrador de sentencias neandertales. Mil temas, como es lógico.

¿Qué me gusta especialmente de este volumen? Por supuesto, muchos de los asuntos que trata; pero, sobre todo, su forma de avanzar sinuosamente. Es decir, que la escritora gaditana no se dedique a desarrollar la idea de manera rectilínea, sino que baile, zigzaguee, dirija los ojos aquí o allá, meandree, nos invite a reparar en los detalles anexos: ese artículo científico o divulgativo que acaba de leer, esta vieja canción que relaciona con el asunto del que habla, aquella anécdota que ahora aporta su sonrisa... El punto de partida estaba claro; el punto de llegada es nítido; pero, gozosamente, la escritora nos ha hecho mirar el camino, nos ha hecho gozar del trayecto. Con el paso de los años, olvidaremos casi todo del viaje (de cualquier viaje, en realidad), pero la amnesia no diluirá el tono, la gracia, la luz de la persona que nos acompañó en él. Estoy convencido.

martes, 28 de julio de 2026

Elena sabe

 


Elena es una mujer que viva sola y que, a su edad avanzada, tiene que añadir el rigor inmisericorde de la enfermedad de Parkinson. Su médico le prescribió unas cápsulas de Levodopa, con las que consigue mitigar la rigidez de sus miembros, que la mayor parte de los días apenas la dejan caminar. Ese acto en apariencia sencillo para los demás (adelantar un pie y después el otro) se erige para ella en esfuerzo ímprobo. Pero un tenaz proyecto la impulsa a lanzarse a la calle: desea por encima de cualquier otra cosa esclarecer la muerte de su hija Rita, que el lluvioso día de Corpus Christi fue encontrada colgando de una cuerda en el campanario de la iglesia. Todo el mundo dio por hecho que se trataba de un claro suicidio, pero Elena sabe que su hija odiaba y temía las tormentas. ¿Cómo iba a encaminarse hacia la iglesia en medio de la lluvia? Todas las personas que rodean a Elena (el juez, el comisario, los vecinos, el sacerdote, los amigos, incluso el novio de Rita) aceptan la idea del suicidio, pero algo en su interior se rebela contra esa hipótesis. ¿Ha de resignarse a guardar silencio y dar por válida la versión oficial? Reacia al conformismo, Elena decide visitar a Isabel, una mujer a la que su hija auxilió veinte años atrás para pedirle que la ayude a esclarecer los hechos.

Magnífica analista de los pasillos interiores del alma, Claudia Piñeiro construye en Elena sabe una honda reflexión sobre el Parkinson, una enfermedad que la protagonista no tiene (“Ella lo padece, lo sufre, lo maldice, pero tenerlo no, tener implica voluntad de agarrar algo, de sostener, y ella no, eso sí que no”) y que, con sus desagradables tentáculos, condiciona y paraliza a todas las personas de su entorno. Y, como complemento, nos desliza un interrogante perturbador, tan áspero que raramente (o nunca) nos lo planteamos de forma voluntaria: ¿conocemos de verdad (sus angustias, sus miedos, sus esperanzas, sus zozobras) a quienes se encuentran a nuestro alrededor? Muy recomendable.

lunes, 27 de julio de 2026

La camarera de Bach


 

Siempre he mirado con desconfianza la expresión “a caballo entre…”, porque me parece tan rudimentaria como discutible: los cambios y las transiciones no se producen (en casi ningún ámbito de la vida o el arte) a gran velocidad, sino de forma lenta, tectónica, casi invisible. En ese sentido, Madlene Findelkind sería más bien (como también lo es La Celestina, por citar un ejemplo ilustre) una bisagra entre dos mundos: parte de ella pertenece al mundo antiguo; parte, al mundo moderno. Mas la historia de esta mujer no va “a caballo”, sino a doloroso paso de tortuga, porque nadie se lo va a poner fácil, ya que varias contrariedades pesan sobre ella: es huérfana, es una criada, es pobre, ha estado en la cárcel y ha sido madre soltera. Pero su voluntad es tan clara como firme: quiere salir de su condición. Quiere aprender a leer y escribir. Quiere liberarse de la tríada “criada, esposa o ramera”, porque esos estados se le antojan variantes de la preterición. Madlene anhela la dignidad de ser ella misma, sin someterse a los cánones rancios de un mundo que languidece con demasiada lentitud. Siendo niña, estuvo interna en un orfanato, del que la liberó un gran hombre, que luego la encomendó como sirvienta en el hogar de Johann Sebastian Bach, de donde salió un tiempo después, acusada injustamente de robo, portando en su seno un hijo del afamado compositor. Desde entonces, conoció innúmeras humillaciones (soportó miradas lascivas, fue violada, tragó saliva mientras era juzgada por quienes se sentían por encima de ella, escuchó insultos, padeció desdenes y exilios), pero su voluntad se mantuvo erguida, aferrándose a una idea tan revolucionaria como peligrosa en aquel siglo XVIII, y aun en la actualidad: ¿por qué tiene que resignarse la mujer a ser inferior? ¿Acaso no es igual que el hombre?

Rodeada de personajes tan ilustres como significativos (músicos como Bach o Scarlatti, filósofos como Voltaire, naturalistas como Buffon, mujeres poderosas como la marquesa de Pompadour), Madlene Findelkind se convierte en bandera y en metáfora de un tiempo complicado y de una idea feliz: que todos merecen una oportunidad, sean pobres o ricos, mujeres u hombres; que todos pueden aspirar a la educación y deben ser tratados con respeto; que todos merecen tocar las estrellas, aunque sea “alzándose sobre las puntas de unos zapatos prestados”. Antonio Gómez Rufo es el autor de esta interesante, documentada y educativa novela, que he leído con mucho agrado.

sábado, 25 de julio de 2026

La realidad de la ficción

 


Cuatro fueron las “divagaciones” (así las califica el autor, Antonio Muñoz Molina) que el público de la Fundación Juan March, en Madrid, tuvo la oportunidad de escuchar durante el mes de enero de 1991. Y, dos años más tarde, quedaron fijadas en el volumen La realidad de la ficción, publicada por Renacimiento, con un cierto desaliño ortográfico. Anotaré unos pocos ejemplos, con menos saña que tristeza: “Billie Hiliday”, p.13; “convinándose”, p.25; “Frabrizio del Dongo”, p.35; “himnotice”, p.59; “pernuria”, p.60; etc. Por fortuna, la claridad y la belleza con las que el escritor andaluz nos va hablando de la construcción de la obra literaria, de los personajes, de la elección del punto de vista o del lector nos permiten olvidar o al menos equilibrar esos arañazos visuales que maltratan nuestras pupilas.

Accedemos, nos dice, al mundo de la ficción desde la infancia, escuchando las historias orales que nos cuentan, y eso estimula nuestra imaginación y amplía nuestra curiosidad. Algunos adultos, después, desdeñan ese punto de partida; pero “curiosamente, estas personas que desconfían tanto de las historias imaginarias son las más proclives a embobarse con las formas más degradadas de la ficción, y por no haberse creído las aventuras de don Quijote y del capitán Nemo acaban tragándose no sólo los disparates de Rambo, sino los de los locutores de la televisión”. Y unos pocos de esos adultos, que han conseguido afilar su sentido de la observación (“Hay que saber mirar”) se convierten después en escritores. Todos los seres humanos “somos una mezcla inquietante de realidad y de ficción, de verdad y mentira, un precipitado de signos cuya fisonomía y carácter dependen no de su propia identidad, sino del modo en que los elabora nuestra mirada y nuestra imaginación”; y el escritor se esfuerza en destilar todos esos elementos para construir edificios verbales y emocionales que perduren en el corazón y la memoria de los demás.

Muñoz Molina, ilustrándolo con ejemplos de sus propias obras, nos habla del modo en que se elige el punto de vista, la voz del narrador, el nombre de los personajes o la estructura de la obra, y nos deja un volumen exquisito sobre la creación literaria, muy recomendable para escritores jóvenes, aunque cualquiera la pueda disfrutar con aplauso. Resulta imposible resumir una obra así: hay que subirse al bote y dejar que el remero nos vaya explicando el paisaje conforme nos desplazamos por el curso del río. Háganlo, por favor.

viernes, 24 de julio de 2026

El vigilante del salón recreativo

 


“Soy un hombre modesto”. Con estas palabras se presenta Ventura, la persona que, tras la muerte de Esteban Amat, accedió al puesto de vigilante en los Billares Sanchís (que ahora reciben el nombre de Salón Recreativo Galaxia), donde lleva treinta años. Esteban era un ser despreciable, un pederasta que “sodomizaba con espasmos de remero a los chavales en el water” (p.8). Ventura, por el contrario, es un hombre sin deseos ni ambiciones (“Lo que más me gusta de mí mismo es la abulia”), que ha tenido alguna relación sexual más bien sórdida con una tal Emma; que disfruta con la lectura, entendida como otra forma de la laxitud (“Tengo que leer, así serán otros los que piensen por mí, leer me relaja”); que no muestra las mismas aficiones que sus congéneres (“No tengo televisión”) y que se desenvuelve con pocas pertenencias (“Mi casa apenas tiene muebles, ni electrodomésticos”). No juzga que su modo de vida, aislado y poco sociable, haya sido negativo (“El silencio ha servido para fortalecerme”), pese a saber que su jornada laboral es demasiado larga (“De diez de la mañana a nueve de la noche”) y que su vida, en sí misma, es insignificante (“Soy un documental en blanco y negro”). Los demás quizá sean más felices, pero él se limita a observarlos sin que la ambición o la envidia lo alteren (“Me comporto como los cautos espectadores de una obra teatral que no sé si por educación, prudencia o simple cobardía, no se atreven a abandonar la sala”), entre otras cosas porque es consciente de la flaqueza de su temperamento (“Soy extremadamente tímido”), circunstancia que con seguridad le facilita la existencia (“He aprendido algo fundamental para que a uno lo dejen vivir en paz: hay que respirar y callarse”).

Si desean conocer la historia completa de este singular personaje les sugiero que acudan hasta las páginas de El vigilante del salón recreativo, del malagueño José Antonio Garriga Vela. Creo que les puede llamar mucho la atención.

jueves, 23 de julio de 2026

El reino de los mil pájaros


 

Hace cinco generaciones, el rey y la reina de un lejano país de oriente optaron por separarse y, como consecuencia, también el territorio sobre el que mandaban quedó dividido en dos bloques (la parte amarilla y la parte azul), enfrentados de forma irreconciliable. Ciento cincuenta años después, la zona amarilla (que recibe el nombre de Tah-Ching) está gobernada por el Mandarín, un hombre belicoso que ha tomado la decisión trascendente de declarar la guerra inmediata para que sus vecinos de la zona azul (Tah-Chang) dejen de estar bajo el dominio de la Emperatriz y pasen a convertirse en súbditos suyos. Simétricamente, escuchamos que la citada Emperatriz, animada por su Consejera y su Ministra, ha tomado la misma decisión: enfrentarse a los rebeldes amarillos y unificar el reino bajo su femenino y autoritario mandato. ¿Es la guerra inevitable? ¿Nadie logrará impedir que se produzca ese desperdicio de vidas? La respuesta se encuentra en los hijos de tan ambiciosos dirigentes: el príncipe Yi-Jie, amante de los pájaros, el deporte, la poesía y la flauta (por la parte amarilla) y la princesa Xia-Mei, que adora el arpa, las flores y los gatos (por la parte azul). Casualmente, se encuentran en un prado sin reconocerse; y quedan extasiados al mirarse.

Con ese planteamiento y ese arranque, el valenciano Juan Ramón Barat elabora su obra El reino de los mil pájaros, una pieza teatral especialmente dirigida a los niños y jóvenes, donde florece la ingenuidad y donde menudean los juegos de palabras basados en la condición oriental del drama (“Lo estamos engañando como a un chino”, página 9; “Todo eso que dices me suena a chino”, página 16; “El bazar de los chinos”, página 19; “Si no queréis las dos que os castigue con una tortura china”, página 51; etc). Un alegato contra la guerra y a favor del amor que apela a los sentimientos más nobles del alma humana. Simpático.

miércoles, 22 de julio de 2026

El caso del artista cruel

 


Kurti Innauer es un artista plástico de Innsbruck tan petulante como exitoso: convive con una chica llamada Timna (que tiene la edad de su hija Klara), bebe como una auténtica esponja, se muestra desdeñoso con quienes le tributan su admiración, mantiene la relación con su esposa (Gundula) porque es su marchante y ha conseguido que sus cuadros, crueles, horrendos y desagradables (mezcla sangre, huesos, cristales y hasta cocaína con sus pigmentos) se vendan por auténticas fortunas (“Cada uno tiene un tipo de sensibilidad: yo veo lo cruel, lo repugnante del mundo y del ser humano, igual que otros ven solo lo rosa y lo cursi. Hay quien pinta gatitos blancos jugando con un ovillo de lana, hay quien retrata desnudos de mujer, hay quien pinta paisajes. Yo pinto cadáveres mutilados, drogadictos, torturas. Para todo hay mercado”).

Y, de pronto, un terremoto sacude su existencia y la pone patas arriba: su joven amante es encontrada muerta en el bosque. Klara, que podría ser sospechosa del crimen, se encontraba viajando en tren en ese momento. La esposa de Kurti, que podría ser también sospechosa del crimen por despecho, se encontraba a muchos kilómetros, con una sólida coartada. Y el propio Kurti, según testimonio de unos amigos que fueron a visitarlo esa tarde y de un vecino con el que mantuvo una agria discusión, estaba profundamente borracho, tirado en el sofá. Todos parecen quedar fuera de las sospechas iniciales… pero alguien tiene que haberla matado. Un collar exclusivo y carísimo que llevaba la víctima (y que ahora ostenta en su cuello la hija de Kurti), un cuadro presuntamente robado hace años (y que luce en el despacho del amante de Gundula) y una misteriosa cinta de audio que ha desaparecido se unirán al enredo para convertir El caso del artista cruel en una novela sinuosa, enigmática y justísima ganadora del premio Edebé de literatura juvenil. Si tienen oportunidad, les recomiendo que no se la pierdan: Elia Barceló nunca defrauda.