sábado, 10 de enero de 2026

Antiguo y mate

 


Me acerco hasta los relatos que Dionisia García reunió bajo el título de Antiguo y mate y que fueron publicados en 1985 por parte de la Editora Regional de Murcia. Como siempre ocurre con esta autora, la belleza embriaga desde las primeras líneas, pero sobre todo me sorprende de forma especial en cada uno de los cuentos el “efecto aislante” que la mirada de Dionisia despliega sobre las vidas de sus protagonistas. Es como si lograra sorprenderlos (y dibujarlos) en el minuto preciso en que todo se aquilata y cobra significado, en el aleph de sus existencias diminutas o derrotadas o atormentadas: vemos a la mujer de Juan recapitulando el declive lánguido de su esposo (“Ahora es el silencio”); al detenido que mantiene la dignidad de su postura sedente mientras lo torturan (“Ángulo recto”); a la chica que pierde unos valiosos dibujos de la galería de arte donde trabaja (“Máscaras de papel”); al pintor que se obsesiona con la imagen de una mujer que parece implorar su auxilio en el metro parisino (“Montparnasse, andén uno”); al triste anticuario David Goldssenberg, que tras el horror del nazismo ha cambiado de identidad (“Mr. Thomas”). A todos ellos los observa Dionisia con piedad, cautela y delicadeza, para comunicarnos su intimidad atribulada. Y cuánto se agradece que nos lo cuente.

Por eso, en estas propuestas narrativas el andamiaje argumental (tan tenue, tan revelador) se construye sobre imágenes, sobre luces, sobre silencios… Hay que estar muy pendientes, porque incluso el aire significa, incluso los silencios dicen, como en los mejores relatos de Onetti.

Busquen el libro y compruébenlo.

viernes, 9 de enero de 2026

El profesor de música


 

Es curioso cómo funciona el azar: ahora que estoy en las últimas semanas de mi carrera como profesor (no de música, pero sí de literatura), tropiezo con esta novela de la parisina Yaël Hassan, que leo gracias a la traducción de Ana María Navarrete, y me encuentro con la historia de un docente que se encuentra, él también, en su último curso. Durante años, ha sentido que su trabajo no era valorado por sus alumnos (demasiado ruidosos, demasiado maleducados) y que lo mejor era retirarse cuanto antes, para sentarse en su sillón y agotar sus últimos años escuchando a sus compositores favoritos con la ayuda de unos auriculares. Pero ahora, cuando la puerta de salida está abriéndose frente a sus ojos, descubre a Malik, un alumno árabe que siente devoción por el violín y que quisiera ser capaz de aprender a tocarlo. Amable, el viejo profesor judío (su nombre es Simón Klein) insiste en que debe decantarse por el piano, sin que sirva de nada la educada insistencia del chiquillo. ¿Por qué se resiste el anciano a introducirlo en el aprendizaje del violín? Para saberlo, tendremos que avanzar por la historia y descubrir un doloroso trauma que se desarrolló entre los muros inhóspitos del campo de concentración de Auschwitz, donde Simón y toda su familia sufrieron las agresiones y torturas de los nazis. Su esposa, Bella, trata de convencerlo para que se sobreponga a la amargura (“¡No rompas su sueño solo porque rompieron el tuyo! ¡No sería justo!”, p.50), pero el esfuerzo para sobreponerse no es tan fácil de acometer. Salir del pozo (de todos los pozos) lleva su tiempo.

Una novela breve, emotiva y muy dulce, que puede ser leída tanto por jóvenes como por adultos: cada lector(a) encontrará en ella unas lecciones tan diferentes como igual de valiosas.

jueves, 8 de enero de 2026

Discordancias

 


“La soledad me pesa”, se lamentaba el protagonista de Rinoceronte, de Eugène Ionesco. Y Hermann Hesse, quizá contestándole desde las páginas de su novela Demian, indicaba que “cada cual tiene que probar la dureza de la soledad”. Eso es lo que hacen, cada uno a su modo, los personajes que pueblan los relatos de Discordancias, de Elena Casero: enfrentarse a su soledad, rebelarse contra ella, tratar de asimilarla o vulnerarla, vencer o morir en el intento. Con habilidad, la autora valenciana nos propone casi una veintena de historias cuyos protagonistas sufren un engaño (“Tu melena negra”), se embarcan en suicidios sucesivos cuyo final no deja de adoptar tintes humorísticos (“Inconvenientes del matrimonio”), se ven atrapados por el insomnio (“Una noche en el páramo”), planean charlas telefónicas tan conmovedoras como imposibles (“Una llamada a deshora”), sufren la desidia de un hijo estupidizado por la lectura (“El jinete”), contratan a una prostituta en Nochebuena (“Isolina”) o afrontan su mendicidad con la alegría de saber que su récord olímpico aún no ha sido superado (“Su mejor salto”).

Resulta imposible sustraerse al influjo emocional de estas criaturas maltrechas, zaheridas por la grisura o la decepción, que siguen respirando por inercia y que se aferran a recuerdos o ilusiones (la mentira del ayer, la mentira del mañana) para no pensar en la realidad del hoy, tan amarga como injusta. Da igual que sean hombres o mujeres, da igual su raza o su edad, da igual su nivel económico: todos pertenecen a la estirpe de los derrotados. Si es que esa estirpe (ay) no incluye a la especie humana en su conjunto.

martes, 6 de enero de 2026

El agua del buitre

 


Desde que leí y reseñé en este mismo blog su libro Tipos duros (https://rubencastillo.blogspot.com/2024/12/tipos-duros.html) me dije que tenía que abismarme en otra obra del autor; y hoy, día de Reyes de 2026, cumplo mi palabra con El agua del buitre, un volumen de relatos que salió a la luz en 2020 (año aciago) en Baile del Sol.

El abanico de sorpresas que el volumen brinda es muy notable y cubre grandes zonas del espíritu humano: los miedos que nos atenazan, las amarguras y hasta las perplejidades de la infidelidad, el soplo erosivo de los calendarios, la densa textura de nuestros sueños… Para conseguir que todas esas emociones alcancen el ánimo del lector, Andrés abre su caja de sorpresas y nos habla de piedras que, al ser golpeadas con el pie, recitan versos de Antonio Machado (“Golpe a golpe”); de ancianos que han muerto y que esperan con paciencia que alguien descubra su cadáver y lo coloque en el lugar deseado (“Clemente”); de familias en las que el alcohol, la violencia y las lágrimas enrarecen el transcurrir de los días (“La fosa séptica”); de situaciones matrimoniales que provocan un escalofrío en la columna (“El bar de abajo”); de escritores que urden asombrosas artimañas para lograr de su editor una moratoria a la hora de entregar su novela (“Los autos locos”); de la adquisición de un mueble baratísimo, que se convierte en símbolo y en delta de amarguras enquistadas (“Román paladino”) o de personas que suben y bajan escaleras de forma mecánica y ritual, sin que los impulse ningún motivo aparente (“La costumbre”).

Todas las propuestas, una vez leídas, te dejan pensativo y resultan admirables. Lo podrán comprobar ustedes mismos, si tienen el buen gusto de adentrarse en este tomo. Pero les confieso una debilidad personal, que no tiene por qué ser la suya: “Sábado noche”. Lo he leído tres veces, en bucle, paladeándolo. Y me parece una maravilla.

domingo, 4 de enero de 2026

El oro de los sueños


 

José María Merino publicó en 1986 su primera novela juvenil, que se titula El oro de los sueños y que yo leo en este arranque de 2026, cuatro décadas más tarde. Me agrada decir que he disfrutado como un chiquillo con las aventuras que en sus páginas quedan consignadas. Su protagonista y narrador es Miguel Villacé Yólotl, un quinceañero mestizo que se quedó huérfano de padre cuando este se encontraba en una expedición de conquista en América y que ahora, invitado por su tío y autorizado por su madre, se convierte a su vez en miembro de una nueva expedición, que tiene como objetivo localizar el misterioso reino de Yupaha, rico en oro. En esa expedición se relacionará con Juan Gutiérrez, un pilluelo que tiene su misma edad; con el Adelantado don Pedro de Rueda y su bella prometida doña Ana de Varela (que lo encandila con sus rubísimos cabellos); o con fray Bavón, tan valiente como rudo. Durante meses, tendrá que soportar duras jornadas de hambre, lluvias de flechas de los indígenas, millones de mosquitos, maquinaciones indignas y desdenes; pero también conocerá las mieles de la amistad, el impacto de una milagrosa anagnórisis o el descubrimiento de algunos tesoros inesperados.

El resultado es una novela muy agradable, donde se reflexiona sobre la avaricia, sobre los curiosos meandros que pueden zarandear nuestra existencia y sobre el coraje que siempre es necesario para sobrevivir y tirar hacia adelante.

sábado, 3 de enero de 2026

Así que pasen treinta años

 


He empezado este libro de Javier Marías con la misma felicidad y con la misma melancolía con las que lo he terminado, porque sé que nunca habrá más artículos suyos en la librería, esperándome. Así que he leído cada texto en medio de un silencio sagrado. Porque eso constituyen para mí, desde hace muchos años, las opiniones del madrileño: la serenidad, la lucidez, el razonamiento, la buena prosa y la agudeza. A veces, lógicamente, no estoy de acuerdo con las conclusiones a las que llega (igual me pasa con Muñoz Molina, con Almudena Grandes e incluso con mi mujer); pero jamás lo he visto desbarrar con estupideces, con extremismos o con discursos sandios. Mi respeto lo tiene. Mi admiración, también.

En las páginas deliciosas, inteligentes y sensatísimas de Así que pasen treinta años he vuelto a tener noticia de su indiferencia por los premios (literarios o cinematográficos), que desde hace tiempo premian sobre todo las “periferias” (temática, condición sexual del autor, etc.) sin centrarse en lo puramente artístico de la obra; de la vileza de tantos políticos, que medran gracias a sus falacias, tergiversaciones y volubilidades interesadas; de las limitadas dimensiones (cada vez más cortas) de la fama, que terminará de abandonarnos a todos en el magma del olvido; de la imparable degradación estética y humana de ciudades como Madrid o Barcelona, en manos de especuladores inmobiliarios o fanáticos políticos; de su repulsa por el concepto de “tolerancia”, que implica una actitud elitista de quien “disculpa” a otros o los “soporta” con buen gesto exterior; de sus vacilaciones a la hora de elegir el tema semanal; o de su amor por el fútbol “a la antigua”, sin inyecciones millonarias de oligarcas rusos o jeques saudíes.

“Nuestras sociedades están perdiendo su capacidad de escandalizarse. Esa fue siempre la estrategia y el objetivo de los dictadores más dañinos. Incurren en un desafuero tras otro, graduándolos; logran que la gente se acostumbre y ya no vea ni como anomalías lo que son aberraciones”, nos advierte. Más nos valdría hacer caso a uno de los escritores más inteligentes y cultos que han pisado España en las últimas décadas.

viernes, 2 de enero de 2026

Tsugumi

 


Leo mi tercer libro de la japonesa Banana Yoshimoto, que se titula Tsugumi y que traducen Albert Nolla y Bibiana Morante. Y, como en mis dos aproximaciones anteriores, vuelvo a sentir la fascinación de una atmósfera: la que crea la autora con sus personajes, con sus diálogos, con sus paisajes. Desde el principio puede escucharse la voz (tan cristalina, tan delicada) de Maria Shirakawa, quien conoce desde niña a Tsugumi, hija de los dueños del hostal Yamamoto. Sabe muy bien que su amiga es “mala, deslenguada, egoísta, consentida y retorcida” (p.11), pero también es consciente de que “fuera de casa, era otra persona” (p.14). Quizá la razón de ese temperamento agresivo, burlón, descarado y hasta insolente haya que buscarla en la quebradiza salud de la muchacha, que siempre parece estar al borde de la muerte, con fiebres, temblores y achaques. Es como si, sabiéndose tan débil en lo físico, Tsugumi buscara acorazarse, protegerse, impedir que nadie se le acerque demasiado.

Pero cuando, un tiempo después, Maria vuelve a pasar el verano junto a su amiga (la familia va a desprenderse de su hostal en unas semanas), un tercer personaje irrumpirá con fuerza entre ellos: el joven, educado y simpático Ryoichi, del que Tsugumi cree enamorarse.

Elegante en el trazado de sus escenas, Yoshimoto consigue una historia hermosa (y, por instantes, terrible), que me sirve para inaugurar el año literario 2026.