domingo, 25 de agosto de 2024

Cándido

 


Desengáñense los ingenuos: el ser humano no es un animal especialmente admirable, como bien demuestran la Historia o su simple proximidad. Voltaire, que era un magnífico observador y analista de su entorno, sabía de sobra que sus congéneres eran “embusteros, cautelosos, pérfidos, ingratos, salteadores, débiles, inconstantes, viles, envidiosos, tragones, borrachos, avarientos, ambiciosos, crueles, calumniadores, disipados, fanáticos, hipócritas y tontos” (la secuencia, tan escalofriante como lúcida, puede leerse en el capítulo XXI de este volumen). De ahí que la lectura de Cándido se convierta en un espejo terrible, en el que nos vemos reflejados, como especie, con escalofriante exactitud.

Al principio, nos encontramos en el castillo de un barón en Westfalia. Allí vive nuestro protagonista, embelesado con las doctrinas filosóficas de su maestro Pangloss (quien considera que este es el mejor de los mundos posibles, y que todo en él sucede de la manera más sensata y recta) y enamorado como un tierno adolescente de la sin par Cunegunda, hija del barón. Por desgracia, la noble familia no parece muy dispuesta a consentir los devaneos sentimentales de su heredera con un plebeyo ayuno de títulos y fortuna; y Cándido, cómo no, termina expulsado de manera ignominiosa del castillo. Desde ese momento, sufrirá mil y un reveses por los caminos del mundo: será reclutado con engaño para que luche en la guerra en las filas del rey de Bulgaria (el capítulo III es un excelente resumen de lo que Voltaire pensaba sobre el militarismo); sufrirá palizas y naufragios; cruzará el Atlántico y se topará en América con las mismas lacras que azotan Europa (hipocresía, latrocinios, abusos jesuíticos, venganzas); conocerá el reino de El Dorado (el único lugar del mundo donde sí que parece existir la justicia: la pena es que sea ficticio); y, al fin, después de atravesar todo el orbe, asistir con asombro a varias anagnórisis y sufrir reveses sin cuento, comprende que la única manera sensata de ser feliz consiste en plantar un huerto y vivir de tu trabajo, sin depender de riquezas u honores que vengan de otros seres humanos. Entre el optimismo absoluto de Pangloss y el pesimismo absoluto de Martín, Cándido tendrá que encontrar el punto de equilibrio, si es que existe.

Concebida como una parodia de las novelas de aventuras (personajes que actúan como clichés, viajes constantes, estructura circular), Voltaire consigue en esta narración divertida y cáustica un retrato durísimo sobre el mundo que nos rodea, ese pantano en el que nadie se preocupa por nadie, todos estamos expuestos a sufrir abusos y raramente muestra la luz de la bondad o la justicia.

viernes, 23 de agosto de 2024

Respóndeme

 


Es posible que los seres humanos nos parezcamos, más de lo que nos gustaría (al fin y al cabo, la vanidad nos puede), a ese barquito de papel sobre el que compuso una canción Joan Manuel Serrat: pequeños artefactos sin brújula, movidos por el viento y sometidos al vaivén azaroso de las aguas. Miramos a nuestro alrededor y no entendemos; miramos hacia el cielo y no entendemos; miramos nuestras manos y, con un estremecimiento, tampoco entendemos. Somos árboles de un bosque inabarcable, células de un organismo demasiado vasto, luces perdidas en una oscuridad impenetrable.

La escritora Susanna Tamaro nos propone en Respóndeme un tríptico narrativo sobre esas zozobras, que nos llevan hacia cuevas demasiado tenebrosas. En el primero de los relatos (“Respóndeme”), una chica llamada Rosa, que solamente ha conocido el envés de la vida, se adentra por un sendero de autodestrucción, que incluye el sexo alcoholizado, el robo y la iconoclastia, hasta llegar a un punto sin retorno. En el segundo (“El infierno no existe”), una viuda reconstruye para nosotros su experiencia matrimonial, erosionada por la desdicha y craquelada por las rudezas de un marido maltratador, que odió desde el nacimiento a su hijo Michele, al que consideró débil y quizá bastardo. Y en el tercero (“El bosque en llamas”) advertimos con horror creciente cómo los celos conducen a un esposo hacia conductas tan deplorables como sangrientas.

Pero la sustancia de estos relatos, insistiré en ello, no se reduce a los pormenores argumentales, sino que proviene de la reflexión lúcida, filosófica, desgarrada, sobre las tristezas desorientadas del ser humano, que es incapaz de descubrir el camino de la felicidad y que, ahogado en un cuenco de lágrimas, manotea con una desesperación creciente mientras ansía la luz.

Ya dije, en una de mis primeras reseñas de la autora italiana (https://rubencastillo.blogspot.com/2021/12/para-una-voz-sola.html), que sus obras me parecían irregulares, pero que no desdeñaba la posibilidad de cambiar de idea si mis siguientes lecturas resultaban más satisfactorias. Pues bien: lo son. Susanna Tamaro cada vez me convence más y me interesa más. Seguiré con ella.

miércoles, 21 de agosto de 2024

Esperando al diluvio

 


Los libros de Dolores Redondo se han convertido, durante la última década, en piezas de éxito constante, que el público ha sancionado con su aplauso: bastaría con recordar su premio Planeta del año 2016 (Todo esto te daré) o la celebérrima Trilogía de Baztán. Como en mi blog y en mi experiencia lectora quiero explorar la mayor cantidad de caminos posibles, he querido saber si su literatura llamaba mi atención; y he elegido Esperando al diluvio, que me ha parecido un trabajo muy interesante. Para una persona no especialmente enamorada de la novela negra, como es mi caso, afrontar un volumen de casi quinientas páginas con esa temática constituía una prueba de fuego de notable envergadura, y reconozco que la autora ha superado con nota la prueba. El punto de partida (un asesino múltiple, que acaba con la vida de mujeres por culpa de un trauma infantil) no resulta desde luego fascinante, porque el mecanismo empieza a ser más viejo que las pirámides de Egipto, pero la forma en que la escritora donostiarra va dotando de densidad y de credibilidad a sus escenas sí que me ha parecido muy notable. Me he creído al “perseguidor” Noah Scott Sherrington, cuyas flaquezas anímicas y cuya salud quebrantada le otorgan una dosis de humanidad muy atractiva; me he creído al joven ertzaina Mikel Lizarso, tan idealista y a la vez tan maduro; me he creído a Rafa, el chico con parálisis cerebral que aroma de ternura el último tercio de la novela; me he creído la historia de amor de Maite, golpeada por la vida pero accesible a los nuevos rayos del sol; me he creído la redención última de Kintxo, porque todos podemos equivocarnos y, a la vez, alcanzar al fin la dignidad; me he creído hasta las figuras secundarias, como la dueña de la pensión donde se hospeda Noah, o la sagaz psiquiatra Elizondo, o el hierático capitán Lester Finnegan. En todos ellos ha puesto Dolores Redondo un exquisito cuidado compositivo, extensible a las ambientaciones escénicas (tanto del brumoso Glasgow como del más cercano Bilbao, con su guerra de banderas, sus rutas de txikiteo y su idiosincrasia norteña), el lenguaje de los diferentes protagonistas e, incluso, las circunstancias médicas que rodean al inspector irlandés. Quizá lo más impresionante ha sido constatar cómo los numerosos hilos de la historia, lejos de trenzarse en unos casos y quedar libres en otros (lo cual habría sido también legítimo, porque la vida presenta muchas veces esa estructura), se anudan al fin de un modo cartesiano, para que la obra no presente flecos prescindibles o meros adornos espurios. Y, desde luego, aplaudo la forma en que describe la terrible tormenta que se abatió sobre Bilbao en agosto de 1983, que sirve como decorado (y casi como personaje) para el final de la obra, que adquiere con sus millones de litros de agua un tono apocalíptico.

En suma, una novela muy bien construida, vigorosa en su trazo, tensa cuando tiene que serlo, tierna cuando lo pide la historia y que me ha revelado a una escritora a la que volveré a visitar dentro de poco.

lunes, 19 de agosto de 2024

Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar

 


Que una gaviota vuele por el firmamento con sus compañeras, buscando un lugar donde instalar e incubar sus huevos, no es suceso prodigioso. Que una gaviota, por culpa de un despiste, se vea impregnada por una ola de petróleo y comprenda que sus horas están contadas, tampoco es (por desgracia) suceso prodigioso. Pero que dicha ave consiga llegar hasta un balcón, aterrice allí de forma abrupta y convenza a un gato que vive en la casa para que cuide a su futuro polluelo y lo enseñe a volar, ya pertenece, gloriosamente, al ámbito de la maravilla. Ese es el juego narrativo que nos propone el chileno Luis Sepúlveda en el libro Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar, que edita el sello Tusquets y está adornado con ilustraciones de Miles Hyman.

Cómo no sentir compasión por la pobre gaviota Kengah, víctima de los crímenes contaminadores del ser humano, que vive inmerso en la ceguera de convertir los mares en su basurero. Cómo no experimentar simpatía por el entrañable gato Zorbas, que se ha quedado solo en casa después de que sus dueños salgan para unas vacaciones que durarán un mes. Cómo no sonreír una y otra vez con las divertidas ocurrencias de los gatos Sabelotodo, Secretario y Colonello (o con las maldiciones rocambolescas de Barlovento, el gato marino). Cómo no sucumbir a la tentación de pensar que el Poeta que ayuda a los gatos (y que lee a Bernardo Atxaga) no es otro que el propio Sepúlveda.

Al final, enternecidos por la historia y embriagados por su tratamiento literario, llegamos a la página 136 y, cuando apenas faltan diez líneas para terminar el libro, escuchamos que “sólo vuela el que se atreve a hacerlo”. Volemos, pues.

sábado, 17 de agosto de 2024

El jardín quemado


 

El sanatorio psiquiátrico que dirige el doctor Garay presenta características de lo más peculiares: no se administra a los pacientes ningún tipo de medicación; las visitas, sin estar prohibidas, se autorizan con cuentagotas; y el patio (el “jardín”, en palabras de Garay) presenta un aspecto desolado, cubierto por ceniza. Pero esa situación será cuestionada por la joven doctora Benet, quien teóricamente está realizando en el centro sus prácticas de licenciatura, aunque su objetivo es otro: aclarar qué ocurrió allí en mayo de 1939. En aquella fecha fatídica, un grupo de soldados fascistas victoriosos irrumpió en el lugar, sembraron el terror, se bebieron el vino que Garay les ofreció para tranquilizarlos y congraciarse con ellos y, al fin, el capitán del grupo pronunció diez palabras fatídicas: “Por lo menos debe de haber doce rojos ahí fuera”. Para que el furor homicida de aquellos malnacidos no alcanzase dimensiones más terribles, alguien tenía que señalar a las víctimas que iban a ser fusiladas. Y se hizo. Ahora, la doctora Benet está convencida de que uno de los ajusticiados fue el poeta Blas Ferrater, cuya última obra se perdió. Es el momento de interrogar a todos los presentes, para decidir quién pronunció los nombres y aplicarle el castigo judicial adecuado (“La democracia va a levantar muchas máscaras”, sentencia Benet). La gran pregunta es si será posible, si los miembros de aquella comunidad están preparados para hablar; y, mucho peor, si están preparados para asumir que la guerra ha terminado y que son libres para abandonar los muros de aquel centro. Garay no lo tiene muy claro (“¿Quién los está esperando? ¿Qué hay para ellos ahí fuera? No podrían reconocer ese país al otro lado del muro. Estos hombres fueron vencidos. No pueden volver a un país que no fue posible. Fuera del jardín, enfermarían”), pero deja que Benet formule sus preguntas. Otra cosa será que consiga encajar las respuestas.

Una obra sinuosa, densa y llena de símbolos terribles, que demuestra la maestría teatral de Juan Mayorga, quien consigue enfrentarnos con los peores fantasmas de nuestro ayer y de nuestro interior.

jueves, 15 de agosto de 2024

La noche de San Silvestre

 


Existe una estirpe de libros que, aparte de sus bondades literarias, instalan en nuestra mente una semilla (o muchas semillas) de reflexión, de inquietud, de melancolía, porque la persona que los ha compuesto ha pretendido ir más allá de la mera corteza formal de las historias. En esos casos, la sensatez pide que avancemos con lentitud por sus páginas, deteniéndonos en cada frase para no dejar que se pierda la música emocional que la sustenta. El último ejemplo que me ha sido dado descubrir es el volumen de relatos La noche de san Silvestre, que ha publicado la editorial Balduque y cuyo autor es el madrileño Luis Bravo. Allí me he encontrado con declinaciones personales y literarias de melancólica textura (“Final”); con relaciones amorosas donde el fervor unilateral no resulta suficiente como para mantener viva la llama de la pasión y del compromiso (“Kolonak”); con casas rurales en las que burbujean historias antiguas que quizá merezcan ser llevadas al papel por medio de la literatura (“Compendio de lirios”); con vueltas al hogar de la niñez, ahora malheridas por el musgo, la hiedra y las viejas rencillas entre hermanas (“Negra ingratitud”); o con la diminuta y exquisita aventura editorial que emprendió el narrador con su amigo Valentín, que declaraba con rotundidad que no tenía “intención de llegar a los treinta” (“El naufragio dulce”).

Historias barnizadas de melancolía, porque quizá la lucidez consiste en ver que ese sentimiento es la base (o la conclusión) de todo cuanto acaece. Luis Bravo, pese a su juventud (1994), ya parece haber iniciado su recorrido por ese sendero.

martes, 13 de agosto de 2024

Los complementarios

 


Confesaré desde el principio una inclinación personal que, quizá, resulte un poco chirriante para algunas de las personas que me lean: a mí no me interesan casi nada las reflexiones filosóficas de Antonio Machado. Lo adoro como poeta, desde hace cuarenta años; pero jamás he sentido demasiada admiración por sus páginas más “intelectuales”. Primero, porque mi preparación terminológica en el ámbito de la filosofía es muy reducida; y segundo, porque de los autores a quienes dedica sus más frecuentes aproximaciones (Hegel, Kant, Leibniz) tampoco atesoro demasiados conocimientos. Se me indicará entonces que el problema está en mí, y no en el poeta sevillano. Bien: concedido. Pero recuérdese que yo he dicho que sus páginas filosóficas no me interesan, no que sean malas o despreciables.

Partiendo de ese punto, añadiré que, en este volumen, amorosamente ordenado y anotado por Guillermo de Torre, he podido encontrarme con notables líneas, que he subrayado con admiración, y con documentos de primera importancia para entender al poeta de Campos de Castilla. Adentrarme en esta colección de textos juveniles y de madurez, dispersos por revistas o inéditos, ha sido como mirar en los cajones de su mesa de despacho, como acceder a sus carpetas menos famosas, como hojear y ojear algunos de sus borradores. Y me he enterado de su opinión sobre los proyectos literarios (“En arte no salva la intención; el arte es el reino de las realizaciones”); sobre el uso de determinados recursos literarios (“Los buenos poetas son parcos en el empleo de metáforas”) o moldes estróficos (“Todavía se encuentran algunos buenos sonetos en los poetas portugueses. En España son bellísimos los de Manuel Machado. Rubén Darío no hizo ninguno digno de mención”); sobre su desprecio por la cultura clasista (“Arriba, los hombres capaces de conocer el sánscrito y el cálculo infinitesimal; abajo, una turba de gañanes que adore al sabio como a un animal sagrado”); sobre los políticos que rigen la vida de un país (“Si el auriga sabe su oficio, sigamos con él y paguémosle puntualmente su salario. Si guía mal habrá que despedirlo. Porque dentro de su coche vamos todos”); sobre sus admirados Pío Baroja o Miguel de Unamuno (las cartas que intercambió con el vasco son de lectura memorable); sobre las obras de los autores rusos, que le parecen lo más prometedor del panorama europeo; e incluso algunas sentencias de su inefable Juan de Mairena (“De cada diez novedades que pretenden descubrirnos, nueve son tonterías. La décima y última, que no es una necedad, resulta a última hora que tampoco es nueva”). Si a esto le añadimos el texto entrañable, aunque sin terminar, que proyectó para ser pronunciado ante la Real Academia Española a la hora de ocupar su sillón, se advierte que muchas de las páginas de este tomo son realmente aprovechables.