domingo, 26 de mayo de 2024

Amor en juego

 


Cinco son los grupos que, según el grado de intensidad, pueden trazarse según Elena Ferrándiz para practicar los juegos asociados al sentimiento amoroso: enamoramiento, conquista, emparejados, desiguales y, por fin, solitarios. Y para cada uno de esos niveles la autora propone una serie de actividades lúdicas, tan divertidas como metafóricas, que pueden verse en este libro publicado por el sello barcelonés Thule.

En el enamoramiento, dominan juegos como la ruleta o la gallinita ciega, y en ellos interviene una buena porción de azar, que acelera el corazón y lo impulsa hacia el cielo (es decir, hacia otro corazón), anhelando un vínculo que esté aromado por el perfume de la eternidad.

En la conquista (vocablo que ya Jorge Manrique, guerrero y poeta, usaba en sus poemas menores), conviene que los jugadores se tornen expertos en disfraces, en el póquer y en el pilla-pilla. Huelga añadir comentarios.

En la etapa de emparejados, cuando las partidas son más largas, las opciones se deslizan hacia el ajedrez y los juegos de rol, donde las estrategias y la adopción de una personalidad inteligente resultan claves.

En el tramo de bajada, cuando las partes de la experiencia amorosa ya no actúan al unísono (“Mientras que para uno es solo un pasatiempo, al otro le va la vida en la partida, y termina perdiéndola irremediablemente”), los juegos dominantes serán la peonza y el yo-yó.

Y, al fin, “cuando el corazón no tiene compañero de juego con quien compartir movimientos y latidos”, es la hora de concentrar los ojos y la mente en los naipes del solitario.

Un libro simpático, muy bien ilustrado por la propia Elena Ferrándiz, que puede amenizar una tarde de lectura.

jueves, 23 de mayo de 2024

El Nudo

 


Resulta admirable que la escritora Monserrat del Amo sintiese la necesidad de estar innovando en el mundo de la narrativa juvenil incluso en sus años de senectud, cuando tantos otros autores ya se han rendido, mucho más jóvenes, a la molicie de la repetición de fórmulas. Sirva como ejemplo su obra El nudo, con la que obtuvo en 1978 el Nacional de Literatura Infantil y Juvenil, y que presenta una ficción con tres partes bien diferenciadas. En la primera nos habla de las peripecias de Manu, Kimu, Gud y otra porción de personajes que viven en lo alto de una montaña escarpada. Forman una tribu de cazadores, tecnológicamente retrasada, pero que viven en perfecta armonía interior, en una especie de Sangri-La con tintes edénicos… hasta que se enteran de que los habitantes del llano, armados y belicosos, pretenden invadir su mundo y convertirlos en esclavos. Transmutados entonces en defensores de su modo de vida, los niños de la tribu comenzarán a comunicarse mediante el sonido de sus arcos, y crearán de ese modo mítico la música. En la tercera parte del volumen nos dedicaremos a hacer alpinismo con Agustín, Gonzalo y María, que escalan una alta montaña y que, una vez en la cumbre, descubren un detalle que los desconcierta: una figura con una escafandra, que resulta ser un extraterrestre y que reacciona de un modo muy peculiar al contacto con los seres humanos.

Pero lo más importante es el segmento central (la parte segunda del libro), sin duda su zona más chocante: una serie de páginas que están en blanco. Es el lector quien tendrá que dar su versión de los hechos y establecer la conexión que, a su juicio, vincula las dos historias. Tendrá que unir los hechos y dar su interpretación. La montaña es la misma en las dos narraciones, pero el resto está sujeto a opiniones: los aborígenes inventan la música y eso los “eleva”; el ser extraterrestre decide conocernos y “baja”. Juego de contrastes, sin duda lleno de significados y sugerencias. Pero lo más importante es que, dominándolo todo, está la pluma de Monserrat del Amo, reina sutil, diosa sabia y sonriente, que maneja hilos invisibles para llevar a sus jóvenes lectores por el sendero de los libros de la mejor manera posible: proponiéndoles historias vibrantes, muy bien contadas y con una enseñanza final que les llegue con nitidez y los deje pensativos.

miércoles, 22 de mayo de 2024

Yo maté al caudillo

 


Cuando los lectores nos sumergimos, alborozados, en un nuevo libro de Paco López Mengual, sabemos con bastante precisión lo que vamos a encontrarnos en él: una prosa encantadora, personajes fascinantes y gran sentido del humor en muchas de las páginas. Pero, sobre todo, lo que domina (quizá se trate de una sensación especial, que no sé si el resto de lectores comparten) es una tremenda sugestión de oralidad. Algo así como si el propio autor se encontrara a mi lado, leyéndome los textos. Es una sensación muy agradable y, para mí, constituye la marca de la casa. Lo oigo hablándome de las cartas del doctor Mengele, aquel nazi nauseabundo; lo oigo contándome las anonadantes profecías del difunto primito Serafín; lo oigo relatándome la historia de los pollitos que nacieron en la nevera, tras adquirir unos huevos de dudosa frescura; lo oigo resumiéndome la memoria del escritor Salvador Cuesta, que quizá asesinó al dictador Francisco Franco, sin que la Historia haya recogido tal magnicidio en sus anales; lo oigo, en fin, cuando deja en mis ojos sus relatos sobre hombres con cuernos, abuelos exploradores, sirenas inesperadas o mujeres barbudas. Algunos de estos relatos los he leído por cuarta o quinta vez y, pueden creerme, siguen siendo muy agradables y dignos de visita, porque el autor domina el arte de la seducción narrativa.

Paco se ha convertido, lenta y gozosamente, en el bardo de Molina de Segura, en el juglar de la Vega Media, en el hombre que pone voz a bandoleros, tumbas de personajes olvidados, calles con historia silenciosa, leyendas a las que él retira el polvo con sus dedos hábiles y gusanos que mantienen la vieja tradición de la sed y las metamorfosis.

Léanlo, escúchenlo, acompáñenlo. Es un gozo de la literatura viva.

lunes, 20 de mayo de 2024

El hombre que paseaba con libros

 


Existen (perdóneseme la perogrullada) muchos tipos de lectores: el compulsivo, el reflexivo, el irregular, el amnésico, el intermitente, el que se concentra en un género, el que… Y es posible que todas las personas que puedan estar leyendo esta reseña conozcan a algún candidato cercano para cada una de dichas variantes. Es más difícil encontrarse con un lector monje: es decir, un solitario que se dedica a leer con voracidad, entregándose al mundo de los libros en cuerpo y alma. En la novela El hombre que paseaba con libros, de Carsten Henn (que leo en el sello Maeva, traducida por Elena Abós Álvarez-Buiza), se nos facilita la historia de uno de ellos: el anciano Carl Kollhoff, que distribuye a pie, artesanal y amorosamente, los libros que encargan los clientes de la librería A las puertas. Durante años, ha desarrollado esta labor bajo las órdenes de su amigo Gustav, pero desde su triste fallecimiento ha tomado el control del local su hija Sabine Gruber, que pretende dotarlo de un aire más moderno, más funcional. Y su primera medida no puede resultar más hiriente: desea despedir a Carl. Entretanto, el fervoroso proselitista (que no solamente entrega los libros, sino que bautiza con nombres literarios a los clientes y conversa con ellos, recomendándoles obras que puedan hacerlos más felices) se sorprende cuando una niña de nueve años, Shasha, se empeña en acompañarlo en su recorrido. Los vínculos que se establecen entre el viejo lector, la pizpireta Shasha y los principales clientes de la librería (un señor chapado a la antigua, un tímido analfabeto, una maestra retirada, una mujer golpeada por su marido) nos llevan de la mano por una narración dulce, entrañable y de imposible abandono.

Si un libro puede resultar inolvidable por una sola palabra (yo jamás olvidaré el adjetivo “cremoso”, que el narrador de Los misterios de Madrid aplicó a un ruidoso salivazo), El hombre que paseaba con libros también puede serlo por una escena: la que tiene lugar entre las páginas 98 y 100 cuando Sabine impide a Carl que acuda al hospital a visitar a su padre, y el viejo Kollhoff se dedica a leer en voz alta y firme, desde el otro lado de la puerta, hasta que se apaga la respiración de su entrañable amigo.

Un libro hermoso y muy emotivo, que encantará a todas las personas que amen la literatura.

sábado, 18 de mayo de 2024

Compañía

 


Acabo de terminar un interesante libro de relatos de Cristina Cerrada, que se titula Compañía y que fue publicado por el sello Lengua de Trapo después de que obtuviese el premio de narrativa Caja Madrid. En sus páginas me he encontrado con todo tipo de personajes singulares, que han capturado mi atención y me han conseguido intrigar: un acosador que se obsesiona con el control de su vecina Dana; un quinceañero que tras sufrir el abandono de la figura paterna se tatúa un lobo en el pecho; un recién divorciado que se entera de que la nueva pareja de su exmujer va a sufragar la estancia de sus hijos en un colegio extranjero (que él no podría pagar); una muchacha que se entera por teléfono de la muerte de su abuelo y decide cumplir una promesa que le hizo; una mujer que, mientras convive con su marido y con su suegra, se obsesiona con la idea de que las hormigas están invadiendo su casa; un hombre al que la policía acusa del asesinato de su familia y que arguye con firmeza que se trataba de extraterrestres… Son muchas figuras, colocadas en un buen número de situaciones distintas, que nos revelan las mil facetas del espíritu humano, capaz de luces y ciénagas, de soledades y heroísmos, de mezquindad y de esplendor.

Creo que se trata de una autora a la que querré volver, después de dos experiencias lectoras satisfactorias, para comprobar si otro de sus libros me interesa tanto como este. Algo me dice que lo más probable es que sí.

jueves, 16 de mayo de 2024

Río Cárdeno

 


Que levante la mano quien, en su juventud, no se haya sentido galvanizado por impulsos idealistas, quien no haya ardido por alguna causa noble y arrebatadora, que lo hiciera sentirse un héroe cinematográfico. Juan Plata, desde luego, forma parte de ese grupo temporal y sentimental. Hijo de una costurera y de un padre desconocido (aunque parece evidente que se trata del abogado Francisco Griñón), su infancia ha transcurrido en medio de estrecheces y señalamientos, viendo cómo su madre se dejaba los dedos y los ojos para labrarle un futuro; y de pronto, cuando una beca sutilmente impulsada por Griñón le está permitiendo seguir estudios jurídicos en Salamanca, descubre que en su pueblecito, Aracia (un pequeño lugar que “parecía sacado de un relato de Rulfo”, p.179), chirría el fantasma amenazante de un proyecto que incluye la compra de numerosas zonas de secano a precios elevados. ¿Quién (y por qué) muestra tanto empeño en hacerse con esas hectáreas infértiles, llenos de pedruscos y matorrales inútiles? Cuando descubra los nombres de los responsables y el objetivo de su complot, a Plata se le ilumina en la cabeza la idea de combatir la ignominia y proteger a sus conciudadanos, sin calibrar que se enfrenta a fuerzas que lo superan y que no dudarán en neutralizarlo y avasallarlo. Como los muñidores de voluntades son habilidosos, todo se le pondrá en contra: su novia dudará de él, su madre dudará de él, sus amigos dudarán de él. Y Juan Plata descubrirá que el hermoso gesto de los héroes del Oeste americano queda muy bonito en pantalla, pero destroza el corazón y erosiona el espíritu cuando se vive en primera persona, en la realidad. Después de muchos años viviendo en el candor juvenil, conociendo solamente la epidermis rosada del mundo, ha llegado el momento de descubrir los tumores que la rellenan por dentro, implacables y mefíticos.

Hace ya muchos años que sigo con fervor y con admiración creciente los libros de Juan Ramón Santos, porque me fascina su capacidad para convertir en música (en música clásica) la prosa: es un maestro del ritmo, de la escultura sintáctica, del léxico exacto y revelador. Para mi gran felicidad (aunque no para mi sorpresa), en Río Cárdeno vuelve a repetir el prodigio. Les aconsejo que lo descubran.

martes, 14 de mayo de 2024

Fantomas contra los vampiros multinacionales

 


Para desconcierto y horror de Julio Cortázar (que es el protagonista de la obra y que lee la noticia mientras viaja en tren), se está produciendo un salvaje atentado mundial contra la cultura: desaparecen libros de forma masiva, son incendiadas importantes bibliotecas (Calcuta, Tokio, Bogotá, Buenos Aires, Moscú), escritores muy notables (como Alberto Moravia) son amenazados de forma directa con la muerte si continúan su labor… ¿Qué demonios está ocurriendo? Conversando por teléfono con Susan Sontag (cuyas piernas han sido fracturadas por escribir artículos contra estas atrocidades), el argentino comprende que la confabulación es tan abrupta, tan preocupante y tan fascista que requiere la intervención de Fantomas. Todo el mundo intelectual está consternado (Octavio Paz, Heinrich Böll, Juan Rulfo, Osvaldo Soriano, Gabriel García Márquez, Caetano Veloso, Lezama Lima, Cristina Peri Rossi, Eduardo Galeano) y todos sus integrantes confían en la intervención de Fantomas… salvo, precisamente, Susan Sontag, que es la más realista del grupo y percibe la raíz honda del problema (“Fantomas es admirable y se juega la vida a cada paso, pero nunca le entrará en la cabeza que los otros son legión y que solamente con otras legiones se les puede hacer frente y vencerlos”, p.70). ¿Y quiénes son (conviene preguntárselo a estas alturas del resumen) “los otros”? La respuesta es sencilla, a la vez que oscura: las terribles multinacionales que, manejando a los políticos como títeres, dominan el mundo a través de los mercados. Esos grupos empresariales (cuyo poder resulta del todo inimaginable para quienes no están dentro) lo controlan todo, lo dominan todo: son quienes gobiernan en la sombra. No se trata de una paranoia, ni de una idea infantil: es la realidad que los hechos corroboran. Por eso (verbaliza Sontag), la respuesta contra ellos no tiene que configurarse alrededor de un héroe, sino que debe ser colectiva, consciente y firme (“El error está en presuponer al líder, Julio, en no mover un dedo si nos falta, en esperar sentados que aparezca y nos reúna y nos dé consignas y nos ponga en marcha”, p.71).

Cortázar, que acababa de formar parte del Tribunal Russell II, escribe una obra que, bajo su apariencia lúdica y humorística, contiene más sangre y más lágrimas de las que podría suponerse. Lo fácil es motejarla de maniquea o de capciosa, pero esos lanzamientos de barro (la palabra “demagogia” ha sido siempre una eficaz arma arrojadiza) ya dejaron de funcionar hace bastante tiempo. Es hora, quizá, de admitir que llevan siglos engañándonos. Es hora, quizá, de abrir los ojos.