martes, 14 de mayo de 2024

Fantomas contra los vampiros multinacionales

 


Para desconcierto y horror de Julio Cortázar (que es el protagonista de la obra y que lee la noticia mientras viaja en tren), se está produciendo un salvaje atentado mundial contra la cultura: desaparecen libros de forma masiva, son incendiadas importantes bibliotecas (Calcuta, Tokio, Bogotá, Buenos Aires, Moscú), escritores muy notables (como Alberto Moravia) son amenazados de forma directa con la muerte si continúan su labor… ¿Qué demonios está ocurriendo? Conversando por teléfono con Susan Sontag (cuyas piernas han sido fracturadas por escribir artículos contra estas atrocidades), el argentino comprende que la confabulación es tan abrupta, tan preocupante y tan fascista que requiere la intervención de Fantomas. Todo el mundo intelectual está consternado (Octavio Paz, Heinrich Böll, Juan Rulfo, Osvaldo Soriano, Gabriel García Márquez, Caetano Veloso, Lezama Lima, Cristina Peri Rossi, Eduardo Galeano) y todos sus integrantes confían en la intervención de Fantomas… salvo, precisamente, Susan Sontag, que es la más realista del grupo y percibe la raíz honda del problema (“Fantomas es admirable y se juega la vida a cada paso, pero nunca le entrará en la cabeza que los otros son legión y que solamente con otras legiones se les puede hacer frente y vencerlos”, p.70). ¿Y quiénes son (conviene preguntárselo a estas alturas del resumen) “los otros”? La respuesta es sencilla, a la vez que oscura: las terribles multinacionales que, manejando a los políticos como títeres, dominan el mundo a través de los mercados. Esos grupos empresariales (cuyo poder resulta del todo inimaginable para quienes no están dentro) lo controlan todo, lo dominan todo: son quienes gobiernan en la sombra. No se trata de una paranoia, ni de una idea infantil: es la realidad que los hechos corroboran. Por eso (verbaliza Sontag), la respuesta contra ellos no tiene que configurarse alrededor de un héroe, sino que debe ser colectiva, consciente y firme (“El error está en presuponer al líder, Julio, en no mover un dedo si nos falta, en esperar sentados que aparezca y nos reúna y nos dé consignas y nos ponga en marcha”, p.71).

Cortázar, que acababa de formar parte del Tribunal Russell II, escribe una obra que, bajo su apariencia lúdica y humorística, contiene más sangre y más lágrimas de las que podría suponerse. Lo fácil es motejarla de maniquea o de capciosa, pero esos lanzamientos de barro (la palabra “demagogia” ha sido siempre una eficaz arma arrojadiza) ya dejaron de funcionar hace bastante tiempo. Es hora, quizá, de admitir que llevan siglos engañándonos. Es hora, quizá, de abrir los ojos.

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