domingo, 9 de enero de 2022

Ligeros libertinajes sabáticos

 


No he tenido demasiada suerte en mi primera aproximación a la narrativa de la barcelonesa Mercedes Abad: sus Ligeros libertinajes sabáticos me han parecido bien titulados (sin duda son ligeros y más bien parecen una actividad sabática), pero quizá no tan bien redactados (es raro que no haya subrayado ningún primor literario en una obra presuntamente brillante, con lo que a mí me gusta aplaudir con los rotuladores).

Acudí a la obra porque me apetecía comprobar la calidad de un libro que fue galardonado con el VIII premio La Sonrisa Vertical (1986); y la experiencia no ha sido todo lo gratificante que yo esperaba: ni en el sentido estilístico ni en ningún otro. Es verdad que hay humor en la obra (hombres que se masturban con una tarta o que se dejan asfixiar por las nalgas de una mujer mastodóntica, mientras le practican sexo oral; mujeres que fallecen por el juego vaginal con un escorpión o una botella de champán; degustación de pinchos donde el palo es un falo; etc), y que algunas escenas resultan excitantes. Pero el resultado global es un volumen con demasiados altibajos, donde he perseguido sin éxito la localización de perlas literarias y que, al final, me ha dejado la sensación de haber perdido unas horas de lectura bastante tontas.

¿Probaré con otra obra de Abad? No lo descarto: lo que se escribe cuando se tienen veintipocos años no constituye siempre una muestra representativa del talento literario de una persona. Quizá busque una obra más madura. Ya veremos.

viernes, 7 de enero de 2022

Julio Cortázar y Cris

 


Sólo faltaría que a un libro-cronopio, a un libro-Cris, le hiciera yo una reseña seria y erudita. Jamás de los jamases. Creo que Julio (allá donde esté) y la propia Cristina (acá donde esté) me iban a mandar a la soberana mierda, mientras de fondo se deshilachaba el humo de sus cigarros por encima de un disco de Ray Charles. O sea, que no. Lo único importante es que en estas páginas la uruguaya le habla al argentino, y atiende a sus respuestas, y yo los escucho a ambos, y ahora ustedes (amables) me escuchan a mí. De esa forma, dale nomás. Si ustedes se adentran como he hecho yo en el libro podrán descubrir que a ambos les chiflaba escribir cartas; que ambos sentían adoración por los dinosaurios; que Julio no murió de cáncer (como tan aplicadamente se ha dicho), sino de otra dolencia mucho más moderna; que disfrutaban como niños con los dibujos siempre cambiantes de los caleidoscopios (“caleidoscopio” rima con “cronopio”); que Cris lo acompañaba a El Corte Inglés para que él se comprase polos nada fáciles de encontrar (recordemos que Julio medía casi dos metros)… Y luego, claro está, las divergencias: boxeo (él), fútbol (ella), historias de vampiros (él)… Pero entre esas burbujas privadas también existía comunicación, diálogo, porque años y años de amistad consiguen que se borren muchas fronteras: incluso la frontera entre la vida y la muerte, que nunca pudo destruir el vínculo que los unía.

Un vínculo que jamás se alimentó de mostraciones espectaculares (Cristina Peri Rossi inicia el libro escribiendo una docena de palabras de aspecto duro: “No fui al entierro de Julio Cortázar. No estoy en la foto”), sino de llamadas telefónicas, postales y charlas envueltas en el humo del tabaco. La escritora uruguaya explica también que no quiso entregar las cartas cortazarianas que conservaba para que Jaime Alazraki (que además le cayó mal cuando lo conoció) las incorporase a los tomos de correspondencia que andaba recopilando con Saúl Yurkievich. El nexo entre Julio y Cris (un nexo de jazz, ópera, tardes de playa, cafés compartidos, confidencias amorosas y lecturas comunes) no podía traducirse en un homenaje serio, universitario, rígido y con notas a pie de página, sino en este arco iris de sonrisas, revelaciones (quizá la más sorprendente es que Cortázar murió de sida, tras haber recibido sangre contaminada en una transfusión), guiños cómplices y añoranza perpetua.

Por eso Julio Cortázar y Cris es una obra tan hermosa, tan viva, tan inolvidable, tan corazón, tan cigarrillo, tan amor imposible, tan Barcelona, tan siempre.

miércoles, 5 de enero de 2022

El rey mago perdido

 


Después de varios años sin publicar ningún volumen de creación, Santiago volvió a las librerías en 1995 con una novela espléndida a la que puso el título de El rey mago perdido y que llevaba en su portada una hermosa litografía de David Roberts, fechada en 1822, y que representaba a la legendaria ciudad de Petra. La había comenzado a escribir en diciembre de 1989, la remozó en enero de 1992 y la consideró terminada en octubre de 1995. Tantos años de composición, revisión y detalles revelan que el autor le dedicó a este libro un extraordinario interés, y que su argumento lo estuvo acechando durante más de un lustro. Al final, tras un largo período de documentación y de escritura, la obra quedó lista para los lectores. De hecho, si tuviera que elegir una fórmula para definirla, yo diría que estamos ante la novela más novela de Santiago Delgado; la más cuajada, creativa y redonda de cuantas compuso en el siglo XX; la que con más acierto combina imaginación, diálogos, finura psicológica, personajes seductores, trama poderosa y final mágico. Lo tiene todo esta novela. Es una obra donde el autor juega con los elementos de una trama cultural conocida (la tradición cristiana sobre los primeros días de Jesús de Nazaret), pero donde se permite la licencia de vulnerar en varias ocasiones la ortodoxia de esa tradición, introduciendo grietas en la misma: un rey mago que se perdió, viajes astrales que justifican las voces que escuchan los otros tres reyes, una infancia egipcia de Jesús, la existencia real del abominable hombre de las nieves, etc. Santiago Delgado juega y novela, desde el respeto… pero también desde la fantasía. Y el resultado es una pieza memorable, en la que los lectores somos seducidos y llevados de la mano por las montañas y los valles de China, La India, Sudán, Arabia, Persia, Egipto y otras zonas; territorios auténticos pero mágicos; zonas donde volvemos a ser niños que escuchan historias.

Sostiene un relato escrito a finales del siglo XIX por el norteamericano Henry Van Dyke que existió un cuarto rey mago (llamado Arbatán), que se perdió antes de conseguir su propósito de ver a Jesús recién nacido. Santiago Delgado fabula de forma magistral sobre la posible existencia de ese cuarto astrónomo, que intentó –y no pudo– conocer al renovador del mundo. Para ello, une imaginación, referencias históricas y geográficas, leyendas tibetanas, textos sagrados, doctrinas filosóficas, ciudades míticas, páginas de la Biblia… y lo pone todo al servicio de una trama novelesca de notable solidez, donde la crudeza, el humor y la ternura se van entrelazando con calculada pericia.

Sin duda, uno de los libros mayores del novelista murciano.

martes, 4 de enero de 2022

La vida negociable

 


Si hay una palabra que defina perfectamente a Hugo Bayo, el protagonista de la novela La vida negociable, es sin duda sueños. Y no es algo que lo caracterizase tan sólo en la niñez o la adolescencia, sino que es una pulsión que atraviesa su vida de principio a fin. Hugo se ha pasado la vida fantaseando, creándose unas expectativas absolutamente anómalas sobre su destino o sobre sus capacidades: empezó imaginando que se convertiría en actor de fama mundial (porque juzgaba que podría hacerlo mejor que quienes contemplaba en la pantalla del cine), o en comerciante de éxito multimillonario (porque el truco estaba en comprar barato y luego revender en sitios estratégicamente elegidos, con altas ganancias), o en un hombre que vive en el campo, alejado del ruido y del consumismo estúpido de las ciudades, o en granjero que vive sin preocupaciones en una especie de Arcadia eterna, o en… Da igual. Sus sueños son siempre estrepitosos, disparatados, contradictorios entre sí. Y lo más llamativo es que el personaje apenas se molesta en adquirir por el camino las condiciones objetivas para alcanzar alguno de ellos: deduce que la vida acabará por entregárselos así, sin más. Mientras tanto, abusa económicamente de su madre (suponiéndola culpable de una actuación innoble y deslizándole venenosas insinuaciones para extorsionarla), desprecia a su padre (un administrador de fincas muy obeso y de profunda religiosidad, que siempre lo defiende y protege), trata con crueldad a su mejor amigo (con el que mantiene una extraña relación sexual) y, en fin, deja de lado los estudios porque alguien señalado por el Destino con tan altas luces no precisa formación académica como el resto de los mortales. Ese afán absurdo, megalómano y sin fundamento, como reconoce en la página 285, “ha sido siempre mi enfermedad crónica, el deseo inagotable, la fiebre y el ansia de futuro, la ambición de querer excederme a mí mismo, y acaso sea verdad que contra ese mal de juventud no hay mejor medicina que los años. Con los años, uno se acomoda a lo que hay, negocia con uno mismo y con el mundo, porque, como bien decía mi padre, todo en la vida es negociable, ahora comienzo a comprenderlo”.

Pero ni siquiera en ese instante de aparente lucidez Hugo Bayo se arrepiente de sus dislates. Basta leer las últimas páginas de la obra para darnos cuenta de que, al modo de Pablos, el buscón quevediano, no mejora quien cambia de sitio si no lo acompaña con un cambio de mentalidad. Y tal vislumbre no se aprecia en el protagonista.

Este arquitecto de castillos de humo, este ingeniero de puentes imaginarios, es tan sólo uno de los atractivos de la espléndida novela de Luis Landero, mago de las palabras y de la narración. Pero dejo en las manos de los lectores, como no podía ser de otro modo, descubrir por sí mismos el caudal de sus maravillas.

Un buen libro, sin duda.

lunes, 3 de enero de 2022

Distintas formas de mirar el agua

 


Un numeroso grupo de personas (dieciséis en total) caminan por tierras de León en dirección a un pantano, bajo cuyas aguas duermen varias localidades que fueron desalojadas hace décadas. La primera de estas personas (Teresa) lleva en sus manos un recipiente con las cenizas de su marido, Domingo, cuya extraña última voluntad consistió en pedir que lo incinerasen y lo esparcieran allí mismo, donde había nacido y de donde tuvo forzosamente que partir; el resto son los hijos, nueras, yernos y nietos del fallecido, que se suman al emotivo y triste cortejo. Mediante dieciséis monólogos interiores, Julio Llamazares nos permite que vayamos reconstruyendo las emociones que sacuden a todos los miembros de esta familia desarraigada, los dolores íntimos que la impregnan y los pormenores biográficos que todos ellos han ido desarrollando con el paso de las décadas: desde la semilla montañesa de Ferreras hasta las ramificaciones en Barcelona, Valladolid, Santander o Palencia.

Inevitablemente, ciertos elementos de la trama pueden antojarse repetitivos (las alusiones al abuelo y su condición adusta, la tristeza del abandono, etc), pero según se va avanzando en la lectura vamos advirtiendo cómo sobre ese tejido común se van añadiendo de forma hábil unos hilos de diferentes colores, que multiplican su condición panorámica: la hija que por fin comprende el ansia de su padre por volver a sus raíces, el nieto que ha terminado convirtiéndose en ingeniero (una profesión que su abuelo desdeñaba, porque ingenieros fueron quienes diseñaron el pantano que destrozó la quietud de su vida); la novia extranjera de uno de los descendientes (que se siente un poco apartada de los traumas de la familia); el niño que teme que algún día, cuando vengan de visita, lleguen a ver un pez que, tras devorar las cenizas, tenga la mirada de su abuelo; el joven Jesús, que no desea seguir regodeándose (como hace el resto) en el viejo sueño de la Arcadia perdida; o el parlamento final de Agustín, al que consideran un poco retrasado pero que aporta unos matices inauditos a la narración.

Todo lo que ocurre en esa mañana de abril, bajo el sol de la primavera leonesa, entre montañas imponentes y frente al agua que brilla como un espejo, constituye un canto a quienes sufrieron el desgarro del éxodo forzoso y perdieron su cuna, su paisaje, sus vínculos con la tierra. Y la belleza y la emoción contenida con las que Julio Llamazares convierte esas emociones en tinta son, simplemente, únicas.

domingo, 2 de enero de 2022

Las esquinas del aire

 


Hace algo más de veinte años, coincidiendo con la muerte de la barcelonesa Ana María Martínez Sagi (1907-2000), el escritor Juan Manuel de Prada publicó un libro extensísimo (casi seiscientas páginas) donde abordó la figura sorprendente y enigmática de esta mujer que fue lanzadora de jabalina, esquiadora, reportera, poeta, profesora universitaria, directiva del F.C. Barcelona, feminista, republicana y, por encima de todo, esclava de una pasión dulce y tormentosa, lacerante y sublime, que la mantuvo en pie durante toda su vida: la que sintió por Elisabeth Mulder, que también practicó la poesía y de la que estuvo secretamente enamorada.

Juan Manuel de Prada, decidido a contarnos con todo detalle aquella existencia poliédrica y hasta cierto punto desconocida, fundió tres caudales vigorosos para nutrir su obra: de un lado, unas arduas investigaciones hemerográficas (que le entregaron la vida social de Ana María); de otro, la lectura atentísima de sus libros de poemas (con los que obtuvo una imagen nítida de su vida espiritual); y, por fin, la escucha de unas cintas magnetofónicas grabadas por la escritora en sus días postreros (donde quedaba impresionada su vida cordial). Y el resultado no es una biografía, ni una novela, ni un ensayo. El resultado es un libro, un libro raro, espléndido y conmovedor, donde se busca exonerar del desdén y de la amnesia las peripecias de una mujer que sufrió mucho y que falleció en enero de 2000, erosionada por el olvido general.

Todos los recursos habituales en De Prada están aquí reunidos, para deleite de los lectores: la minuciosa capacidad descriptiva (esa librería de Joaquín Tabares, que tanto recuerda al agobiante cubil de Veguillas, de Las máscaras del héroe), el sentido del humor (una hilarante entrevista con Pere Gimferrer, que se encuentra en el capítulo IX del Libro Primero), la densa frondosidad de su léxico, la prodigiosa belleza de sus comparaciones o su fina hondura psicológica.

Una obra para disfrutar de la mejor literatura.

sábado, 1 de enero de 2022

Viaje sentimental por Inglaterra


Con una prosa que, desde el principio, se muestra saltarina, juguetona, digresiva, intercultural, sonriente y deudora de Laurence Sterne, y que nos conduce por las sucesivas etapas de un viaje planificado con meridional relajación por el autor y por Teresa, su acompañante, Antonio Rivero Taravillo nos va contando con gran sentido del humor los mil pormenores de un viaje lleno de sorpresas: problemas con la marcha atrás del coche alquilado, puentes por los que cruzó William Shakespeare, conexiones de los paisajes vistos con Claudio Rodríguez, Jorge Luis Borges o Javier Marías, contemplación de escenarios artúricos en Cornualles, continuas referencias cinematográficas o literarias que van salpicando el texto, el escaso interés que siempre ha sentido por las representaciones escénicas (“El teatro, ya sea sacro o profano, trágico o cómico, es algo que nunca ha calado muy hondo en mí”), el gracejo semántico que despliega continuamente (habla de un chubasco “al que por su morosidad, tan lenta, tozuda, concienzuda, no parecía cuadrarle el término precipitación”), la curiosa explicación de algunas etimologías maravillosas e incluso el despiste final en la vuelta hacia Heathrow, que a punto estuvo de impedir la subida al avión.

El libro, que recomiendo con entusiasmo, es tumultuoso, febril, alborotado de cultura y deslumbramientos, lleno de chispa; y también lleno de admiración y amor. Porque yo he tenido la sensación de que Viaje sentimental por Inglaterra, entre muchas otras cosas (las indicadas y las que dejo para que descubra el lector futuro), es un canto de amor: el lírico y pudoroso poema de quien está enamorado de unos idiomas, unos paisajes, unos versos intrincados, unos castillos laboriosamente ocultos por la vegetación, unas brumas. En ocasiones, este canto de amor es tenue; en otras, explícito y emocionante (“A veces me pregunto si los paisajes que voy viendo en mis viajes —abadías, fortalezas, ruinas— no serán el ectoplasma que yo proyecto en los lugares que visito: mi mundo interior hecho visible, instantánea o postales que el alma se envía a sí misma”); pero siempre está lleno de sugerencias y hechizos.

Una obra que elude las banalidades típicas de los libros de viaje y que encandila con su brillantez literaria. Muy muy muy recomendable.