Mario
Vargas Llosa era un joven que, entusiasmado con las ideas de Jean-Paul Sartre
sobre el compromiso del escritor, abominaba en público de las obras del
“esteta” Jorge Luis Borges; pero que, a solas, como quien comete adulterio (son
palabras suyas), las leía con fervor y quedaba prendado con su universo
estilístico. Esa fascinación íntima, ese deslumbramiento, resulta evidente en
el volumen Medio siglo con Borges, un homenaje al escritor que (habla
don Mario) “nunca me decepcionó”, aunque no compartiesen ideología o mostrasen
lealtades divergentes: a Borges le gustaba la literatura fantástica, que Vargas
Llosa reconoce mirar con distancia; al peruano le fascinaban la política y el
sexo, que el argentino soslayaba o incluso desdeñaba. Lo crucial es que (cito
textualmente las palabras del premio Nobel) “la belleza e inteligencia del
mundo que creó me ayudaron a descubrir las limitaciones del mío, y la
perfección de su prosa me hizo tomar conciencia de las imperfecciones de la
mía”.
Uno
de los textos más conocidos de cuantos se incluyen en este volumen es la famosa
entrevista que Vargas Llosa le hizo para la radiotelevisión francesa en la que,
anotando lo pobre y precario de su vivienda, le dio a Borges la sensación de haber
conocido a un agente inmobiliario (“Los muebles son pocos, están raídos y la
humedad ha impreso ojeras oscuras en las paredes. Hay una gotera sobre la mesa
del comedor […]. Su dormitorio parece una celda: angosto, estrecho, con un
catre tan frágil que se diría de niño”). También nos da una fascinante nota
sobre el carácter del argentino: “Igual que su modestia, sus buenas maneras son
más un recurso literario que una virtud. En el fondo, sabe muy bien que es un
genio, aunque, para un escéptico como él, esas cosas no tienen importancia”.
Rendido a su brillantez, Vargas Llosa enuncia que “no es arriesgado afirmar que Borges ha sido lo más importante que le ocurrió a la literatura en lengua española moderna”. Pero que conviene tener mucho cuidado con su estilo, porque intentar imitarlo es tan evidente como inútil (“La revolución de Borges es unipersonal; lo representa a él solo”). Su literatura, despojada de las retóricas ampulosas del español tradicional (“El estilo borgiano [escribió Vargas Llosa en 1999] es uno de los milagros estéticos del siglo que termina, un estilo que desinfló la lengua española de la elefantiasis retórica, del énfasis y la reiteración que la asfixiaban, que la depuró hasta casi la anorexia y obligó a ser luminosamente inteligente”), se lee “con interés hipnótico”, porque sin duda es “prosa hechicera”. Y está llena, como todo el mundo sabe, de erudiciones culturales, aunque no conviene perder de vista un elemento crucial: “Lo que da grandeza y originalidad a esos cuentos no son los materiales que él usó sino aquello en que los transformó”. Vargas Llosa, con su prosa también hechicera, nos regala un libro magnífico para los amantes del universo borgiano.

1 comentario:
Con don Mario me pasa aproximadamente lo que a él con Borges: discrepa con la persona pero se rinde ante el autor. Son dos monstruos imprescindibles (juntos con algún otro). Que bien los calas, jodío.
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