domingo, 24 de febrero de 2019

Lugares comunes




Nadar a favor de la corriente es ejercicio que se encuentra al alcance de muchas personas. Hacerlo al revés, ya no tanto. Y esa afirmación, que procede del mundo del deporte, podemos hacerla extensiva a la literatura. Irene Jiménez lo demostró en su libro Lugares comunes, publicado en Páginas de Espuma.
Dentro de los infinitos modos de elaborar cuentos, goza de especial fortuna el modelo “cortazariano”: es decir, historias muy bien urdidas que, al final, nos reservan una sorpresa, un giro, un mazazo que nos provoca pasmo y admiración. En este modelo, el escritor es una especie de prestidigitador, un amable farsante (en el mejor sentido de la palabra) que sabe desde el principio cómo envolvernos con su trama y que diseña su estrategia con el fin de seducirnos, maravillarnos y dejarnos con la boca (literaria) abierta.
Pero hay otros modos cuentísticos fuera de este modelo, que goza de los aplausos generales. E Irene Jiménez demuestra en este trabajo que sus preferencias se orientan por ahí, para gozo de quienes opinamos que no hay una sola forma de escribir, y que muchos son los senderos que nos pueden llevar al placer literario. Irene, en estos Lugares comunes, demuestra con elegancia y con excelente prosa que escribir es, ante todo, la elección de una mirada. Ella se fija en su entorno y lo radiografía; observa a los seres anodinos que deambulan por las calles, por las oficinas, por las fiestas, por los dormitorios, por los bulevares; anota los detalles de las existencias medianas o fracasadas; reflexiona sobre cosas tan aparentemente absurdas como “la diferencia entre llamarse Elena y llamarse Helena” (p.23); y nos da sus retratos pequeños, humildes, cotidianos, significativos.
Tal vez la modernidad comenzó cuando alguien supo darse cuenta de que no hace falta regresar de Troya, darse un paseo por los círculos infernales o fundar una dinastía gloriosa para convertirse en protagonista de una obra literaria, sino que cualquier ser, por gris que se antoja su existencia, puede alcanzar el mismo destino: a Leopold Bloom o a Bernardo Soares no seríamos capaces de distinguirlo de un frutero que pasea por la ciudad en su día libre.
Hace ya muchos años, escribió Francisco Umbral en su libro Mortal y rosa que “hay que descubrir la piedra filosofal todos los días, y encontrarla entre las piedras grises y torpes, que son las que más abundan”. Irene Jiménez demuestra, con este libro magnífico, que es una auténtica maestra en esas labores de búsqueda.

1 comentario:

La Pelipequirroja del Gato Trotero dijo...

Es como pisar en un barbecho, el pie se hunde entre crujidos con cada paso, cosa que en mi caso es adictivo, me encanta pisar los "gasones" y sentir como se deshacen bajo mis pies; lo que ocurre es que cada vez vas más rápido y pisas con más fuerza hasta que das con una piedra, de esas duras, de esas que hacen trizas el aradom y el pie...es mi versión de la teoría de la Piedra Filosofal de Umbral...jajajaja.
Referente al libro, sabes que pocas veces me resisto a tus recomendaciones. Esta vez tampoco.

Besitos.