miércoles, 30 de mayo de 2018

Poesía




Como no me gusta alejarme de ningún género durante demasiado tiempo (creo en la higiene cultural que supone abrirse a formatos cambiantes), termino el mes de mayo leyendo la Poesía de François Villon, que traduce y anota Juan Victorio (Altaya, Barcelona, 1996).
En general, me ha parecido una obra demasiado aherrojada por sus coyunturalismos (nombres propios, alusión a burdeles, etc), que hacen que su lectura actual pueda llegar a ser bostezante. Y en cuanto a los contenidos “ideológicos”, no salen demasiado de los tópicos conocidos del carpe diem, del ubi sunt y por ahí. Es decir, que pocas maravillas he podido degustar.
Me ha hecho sonreír con algunas comparaciones (“piensa menos que un armario”, “vale menos que el asa de un cubo”, etc); pero, en general, no me deja una huella imborrable.
“Aquel que se crea que los que murieron eran semidioses tiene mucho mérito”. “Sea en público o bien en privado, o en cualquier lugar, no se debe hablar de gentes capaces de vengarse de uno”. “Es triste vivir en los sueños que atan a los jóvenes a su juventud”. “Aquel que cree dañarme me ayuda eficazmente”. “Inimicum putes qui te presentem laudabit (Debes considerar como enemigo a quien te alaba en tu presencia)” (esta última sentencia dice haberla extraído del Seudo Catón).

lunes, 28 de mayo de 2018

Contra Unamuno y los demás




Acabo Contra Unamuno y los demás, un delicado libro de artículos y ensayos del valenciano Joan Fuster (Península, Barcelona, 1975), que me ha parecido muy interesante. Algunos de los textos, lo diré con franqueza, no me transmiten nada, porque no he leído a sus protagonistas (el filósofo Jaime Balmes, el historiador Claudio Sánchez Albornoz); pero no hay ninguno, eso también hay que admitirlo con franqueza, “mal escrito”, de ahí que la obra se lea con agrado.
Creo descubrir, además, a una persona inteligente y a un buen polemista en las líneas de Fuster, un hombre con una cultura solemne (aunque no “solemnizada”) y con fino humor. Me ha gustado, y no creo que me desagradase descubrir otro libro suyo.
“Nunca he pretendido tener razón, ni en estos asuntos ni en ningún otro: esta gloriosa imbecilidad la dejo a quienes se dedican profesionalmente a estar en posesión de la verdad”. “Proust (...) es una lata”. “La admiración no está reñida con la discrepancia, y a mí, por lo menos, me ocurre que admiro con más objetividad a aquellos de quienes discrepo”.

sábado, 26 de mayo de 2018

El orden de la vida




Onofre no es un hombre resuelto, ni atractivo, ni bien dotado para las relaciones sociales. Así que cuando abandonó Los Olmos y se fue hacia el sur, en dirección a Las Arenas, su equipaje emocional era tan precario como modestas sus esperanzas: encontrar un trabajo que le permitiese volver a su lugar de origen con algo de dinero y una cierta aureola de triunfo y, si fuera posible, encontrar también a una mujer con la que compartir su existencia. Un día, en el almacén donde trabajaba, alzó la vista y pudo ver a Irene, una chica de pasado tumultuoso por la que de inmediato se sintió atraído. Onofre, que a su timidez le añade un notorio exceso de kilos y un carácter pusilánime, imaginó que alguien como Irene jamás le prestaría atención. Para su sorpresa la muchacha le autorizó una cierta proximidad amistosa, que él maquilló con los afeites de la esperanza.
La relación, sí, se consolidó en forma de matrimonio. Onofre, sí, creyó que el arco iris comenzaba a brillar a su alrededor. Y la felicidad, sí, pareció durante un tiempo posible. Pero los paraísos no admiten en su seno más que a unos pocos afortunados, y el muchacho irá enfangándose en el barro de muchos errores y de muchas tristezas: primero, cuando acepta llevar en su furgoneta unos transportes irregulares, que lo colocan al margen de la ley (todo el dinero se le antoja poco para construir su sueño, que ahora contiene a Irene); segundo, cuando comprueba que la chica lo desdeña carnalmente (“El sexo no lo es todo, créeme. En ocasiones destruye a las parejas y emponzoña la amistad”); tercero, cuando comprende que haber tenido una hija no es suficiente anclaje para su mujer, quien, pasados unos años, opta por buscar fuera del hogar la pasión que en él no obtiene. Sometido a la injuria de la lástima y golpeado por la inmisericordia del desdén, además de asustado con las dimensiones que alcanza su compromiso con los narcotraficantes de la zona, Onofre toma una decisión durísima, que termina afectando a todas las personas de su entorno.
Pascual García nos traslada en estas páginas no sólo un argumento novelístico maravillosamente trenzado (con saltos hacia atrás y hacia adelante, con hilos de diferentes grosores y colores que se van combinando para formar el dibujo de la obra) sino también y sobre todo un sobrecogedor viaje por la mente de unos seres a quienes el Destino o el Azar ha arrojado a existencias infelices, bien porque no consiguen sentirse amados (Onofre), bien porque no consiguen amar (Irene), bien porque se quedan sin posibilidad de amar (Antonia). En ese viaje, la pluma de Pascual García se nos antoja a veces un microscopio y a veces un bisturí, pero siempre advertimos en ella una indesmayable brillantez, que aletea en todos sus libros y que en éste alcanza niveles de clásico.

viernes, 25 de mayo de 2018

Arte



En cuestión de una horita, me zampo la obra teatral de la francesa Yasmina Reza titulada Arte, en la versión de Josep María Flotats (Anagrama, Barcelona, 1999). Trata de tres amigos entre los que comienzan a surgir fricciones (y a destaparse trapos sucios) como consecuencia de que uno de ellos se ha gastado cinco millones de pesetas en un cuadro vanguardista del presuntamente genial Atrios: un cuadro blanco, con rayas blancas encima. En el trasfondo de las discusiones advertimos que el cuadro es una mera excusa para “ponerse en limpio” como amigos (de ahí el nítido color blanco de la tela, altamente simbólico); y que bajo las personalidades de los tres burbujean un sinfín de conflictos, de traumas, de tics.
Bien, vale. Todo eso lo entiendo, y soy capaz de justificarlo como “crítico”, como “lector curtido”, como “lector culto”. Lo que ya no me queda tan claro es si el trasfondo exegético que yo (y otros más preparados que yo) ayunten al texto dota a éste de calidad literaria. El enorme conflicto que a mí me producen las obras “sugeridoras” es que hacen depender la “calidad de la obra” de la presunta capacidad del lector. Y ese es un peligroso derrotero, porque un tontucio podría entonces estar legitimado para decir que el Quijote (pongo por caso) es obra esquemática —pues él no ha sabido entrar en sus abisales niveles de complejidad—. Quiero pensar que una obra debe tener unos niveles “objetivos” (?) de “literariedad” (perdón por el palabro), y que no puede sustentarse en la arbitraria y voluble actitud del lector.
Esta pieza teatral, en concreto, a mí me ha parecido floja desde el punto de vista estilístico, pero genial desde el punto de vista de lo que yo podría extraer analítica, ideológica y reflexivamente sobre ella. ¿Se trata entonces de un buen libro? No lo sé. Y no tener claro algo que tan claro debería resultarme me produce inquietud y desasosiego.

miércoles, 23 de mayo de 2018

Diario de Adán y Eva




Por primera vez en mi vida, me leo una obra completa de Mark Twain (creo que leí alguna siendo niño, pero no podría jurarlo, ni dejar constancia de que la acabase. El recuerdo es vago). Su título es Diario de Adán y Eva, y lo traduce Cristina García Ohlrich (Trama Editorial, Madrid, 1986). Me ha parecido un tomo agradable y simpático, aunque un poco simploncete en su moraleja final, que me parece que estropea la obra. Adán se queja desde el comienzo de que Eva “siempre está hablando”, y de que se empeña en bautizar sin su consentimiento las cosas del Edén. Buena humorada la que Twain introduce cuando dice que “la serpiente le aseguró (a Eva) que la fruta prohibida no era la manzana, sino las castañas”. Simpático el gesto de Adán quien, convencido de que su recién nacido hijo Caín es un pez, lo lanza al agua para ver si nada; y luego, ignorando su filiación humana, decide bautizarlo como “Canguro adamiensis”, y llega a creer que es un nuevo tipo de oso. También nos indica Twain que Eva es zurda. Y muchas más cosas, todas ellas divertidas.
Vale, vale. Está bien que Mark Twain juegue a desacralizar, y también me parece atinado que haga del humor un recurso narrativo de primer orden. Pero lo que no logro entender es por qué se pone tan blandengue en las páginas últimas, cuando la “tensión novelesca” no pide eso. Una sátira amable de los pecados del Edén no se puede cerrar con un cántico solemne en pro de la pareja (me parece). Por lo demás, sonrisas a pleno rostro.

lunes, 21 de mayo de 2018

Una pena en observación




Me detengo hoy en la obra Una pena en observación, de C.S. Lewis, traducida por Carmen Martín Gaite (Anagrama, Barcelona, 1997). Son las anotaciones que este escritor realizó tras la muerte de su esposa, víctima de un cáncer. Son meditaciones donde se nos obliga a pensar sobre el sentido de la vida, la fuerza o las resquebrajaduras de la fe, el poder del recuerdo y el vacío que nos queda cuando perdemos a una persona fundamental en nuestra existencia. Un libro bello y terrible, en el que he encontrado una consideración interesante: Dios no nos envía pruebas para medir las dimensiones de nuestra fe (que él conoce de antemano), sino para que nosotros seamos conscientes de ellas.
“Hay una especie de manta invisible entre el mundo y yo” (p.9). “Me pregunto si los afligidos no tendrían que ser confinados, como los leprosos, a reductos especiales” (p.19). “Es muy fácil decir que confías en la solidez y fuerza de una cuerda cuando la estás usando simplemente para atar una caja. Pero imagínate que te ves obligado a agarrarte a esa cuerda suspendido sobre un precipicio” (p.36). “Si los muertos no están en el tiempo, o por lo menos en nuestra clase de tiempo, ¿hay alguna diferencia notoria, cuando hablamos de ellos, entre era, es y será?” (p.37). “El tiempo en sí mismo no es ya más que otro nombre de la muerte” (p.39). “Creía que podría describir una comarca, elaborar un mapa de la tristeza” (p.83). “Los muertos puede que sean eso: puro intelecto” (pp.100-101).

sábado, 19 de mayo de 2018

Cómo me convertí en un estúpido




Leo la simpática novela Cómo me convertí en un estúpido, de Martin Page, traducida por Javier Albiñana (Tusquets, Barcelona, 2002). Tiene desparpajo, desenvoltura y talento narrador, pese a que de vez en cuando da la sensación de estar “demasiado de vuelta” para ser tan joven. Un poco pasado de rosca, pero bien. Me he sonreído no pocas veces con su originalidad y con su peculiar sentido del humor. Tampoco creo que se puedan extraer más conclusiones o enseñanzas de un volumen concebido, tan sólo, para entretener.
“Las palabras de nuestra mente gustan de aliviarnos y reconfortarnos al tiempo que nos engañan”. “La inteligencia es un mal por partida doble: hace sufrir y a nadie se le ocurre considerarla una enfermedad”. “No existe una cura de desintoxicación para la inteligencia”. “Como nunca había tenido de verdad la impresión de vivir, no temía la muerte”. “(Un escritor fallecido) Dejando una obra que influiría en generaciones de termitas”. “El intelectual es como un pianista que, por el hecho de utilizar con virtuosismo sus manos, creyera poseer aptitudes para ser, al mismo tiempo, jugador de póquer, boxeador, neurocirujano y pintor”. “No existe mayor suplicio que ser un ángel en el infierno, cuando un demonio se siente en su casa dondequiera que esté”.