jueves, 29 de mayo de 2014

Conversación con las Catedrales



Mario Vargas Llosa y Jorge Luis Borges. Jorge Luis Borges y Mario Vargas Llosa. Dos de los escritores más lúcidos, exitosos y brillantes del siglo XX. Dos polemistas de rango planetario. Dos tótems sagrados de la literatura contemporánea. Dos intelectuales que lo han dicho todo y sobre los que, en apariencia, todo se ha dicho. Pero como esas sorprendentes minas que siempre guardan una reserva ignota de oro, o como esa chistera de prestidigitador de la que brotan inesperadas palomas, he aquí que el uruguayo Rubén Loza nos entrega, gracias al sello Funambulista, un delicioso volumen donde recopila charlas y consideraciones de interés sobre ambos escritores, que aportan novedades y ángulos inesperados sobre los dos genios. El tomo se titula Conversación con las Catedrales (Encuentros con Vargas Llosa y Borges) y presenta un agradable formato de bolsillo, que se completa con el agrado de su contenido, lleno de anécdotas e informaciones golosas. La presentación que firma el propio Loza no puede ser más gráfica: “Uno y otro hablan de la literatura, de cómo escriben sus cuentos y sus poemas, del goce de la lectura, del germen de muchos de sus libros, del mundo en que vivimos, de la política, de la libertad y la democracia, así como de la falta de ambas, y también del compromiso del escritor con su tiempo, del regocijo de estar vivos, sobre la posibilidad de soñar y la capacidad de admirar” (p.14). ¿Se puede concebir una presentación más tentadora? Pero es que luego las páginas posteriores no desmerecen de tan primoroso arranque… Vargas Llosa reconocerá que siempre pensó en Borges como el más justo ganador del premio Nobel (p.27), califica de “pedestre” al presidente norteamericano George Bush (p.42), se muestra convencido de que Juan Carlos Onetti “va a pasar ese examen definitivo que es la prueba del tiempo” (p.69) y comenta su particular sistema de escritura, tan metódico como eficaz. Jorge Luis Borges queda retratado como un gigante de las letras, que jamás tuvo suerte en el amor, al que desdeñaron estúpidamente desde la Academia Sueca y que siempre hizo gala de un sentido del humor más hondo del que pudiera pensarse. Un ejemplo lo tenemos en la página 193: “Invitado a Rosario (Argentina) a dar una conferencia, cuando esta finalizó (era al mediodía y los invitados entraban al salón principal donde se había servido el almuerzo), Borges pasó al baño a lavarse las manos; abrió el grifo y cayó una gota de agua y luego otra y después otra. Inquietos fueron por él, y le preguntaron: ¿Qué pasa, Borges, no sale agua? Borges, inmutable, respondió: Sí; pero con escrúpulos”... No es extraño que con secuencias como ésta el libro de Rubén Loza resulte tan interesante y tan ameno. Merece ser leído, créanme.

martes, 27 de mayo de 2014

Las adivinaciones



De vez en cuando me apetece coger un libro de poesía, sentarme en un sillón cómodo, rodearme de todo el silencio posible, tener a mano una taza humeante de café y, simplemente, leer. Sin tomar notas, sin pensar que podría hacerle una reseña en un periódico o en una revista. Leer en silencio porque sí, por el gusto de recuperar al adolescente que cogía sus primeros volúmenes en la biblioteca de Blanca o en su cama y dejaba que las horas pasaran con lentitud invisible. Y si digo que me gusta realizar esos experimentos con la poesía es porque cuando cojo una novela me siento siempre tentado de ir resumiendo su argumento, ir trazando el perfil de sus protagonistas... La poesía es más pura, más despojada, más autónoma. Burbujas de palabras y de pensamiento, que te emocionan o te dejan indiferente.

Esta vez he pactado esa tregua con José Manuel Caballero Bonald y su libro Las adivinaciones (Adonais, 1952). Y me ha llevado una tarde entera. Ahora, puesto delante del teclado, podría recurrir a cuanto sé sobre el poeta gaditano, sobre sus premios e influencia en la literatura española, pero no haré nada por el estilo. Diré simplemente que durante muchos instantes de esta lectura me ha asaltado la Belleza y que con algunos de sus versos me he quedado flotando, con la mirada perdida en el vacío. Entiendo, pues, que el mejor comentario que le puedo tributar a este conjunto de poemas es copiar aquí esas líneas y que quede constancia de mi admiración. El resto sería manchar unas horas de gran pureza con palabras bastardas. Y no me apetece. Quedémonos, tan sólo, con esos versos de Caballero Bonald: “El pecho inextinguible de la muchacha amada”. “Entra la noche como un trueno / por los rompientes de la vida”. “Reúno en mi memoria las vidas que he amado, / los sitios donde estuve, los libros que habité, / toda la realidad y sueño en que consisto”. “Eso es vivir: ir olvidando”. “Soy lo que he sido”. “Nada me pertenece / sino aquello que perdí”.

sábado, 24 de mayo de 2014

La oscuridad infernal



Existe un porcentaje de escritores —muy pequeño, en realidad— que, olvidando la habitual pátina de egoísmo que la creación estética comporta, reservan una parte de su tiempo y de su entusiasmo a las obras de otros autores, que leen con fruición y que comentan con largueza. Y lo más asombroso del asunto es que tal enajenación no merma su ritmo de escritura, que es tenaz y laborioso. Francisco Javier Illán Vivas (Molina de Segura, 1958) pertenece a ese segmento de intelectuales. A sus tareas de vate, cuentista y novelista une, sin aparente fatiga, las de antólogo, reseñista, presentador, editor y prologuista de un buen número de piezas ajenas.
Pero si hoy viene hasta aquí, una vez más, es por la aparición en el sello ADIH (Asociación de Divulgaciones e Investigaciones Históricas) de su esperada novela La oscuridad infernal, que constituye la última entrega de la saga “La cólera de Nébulos”. La primera de sus partes (La Maldición) apareció en 2004; la segunda (El rey de las Esfinges), en 2008. Con este volumen se cierra la trilogía fantástica y, como es natural, continúa la línea de los anteriores a la hora de presentarnos ciudades míticas, guerreros legendarios afectados por maldiciones, monstruos inimaginables y aventuras constantes. La fantasía de Francisco Javier Illán Vivas, patente desde las primeras páginas de La Maldición, se mantiene pujante hasta el final de la serie, sometiendo a todos sus lectores a un ritmo vertiginoso de sucesos que se van encadenando sin interrupción. No hay tregua para las sorpresas y para los giros narrativos, que pueblan La oscuridad infernal hasta el punto final.
Pero los ingredientes que nutren esta sólida obra no se quedan en lo meramente imaginativo, sino que también podemos detectar en los diversos capítulos de la novela una amplia selección de referencias culturales (europeas, americanas y asiáticas), incardinadas en el cuerpo de la obra con tino, oportunidad y una elegancia nada chirriante: las apacibles aguas del Cocito, a las que refirió más de una vez Dante Alighieri (p.47); las menciones a las puertas del Orco (p.78); la variada proliferación de sátiros, faunos, silenos, centauros y sirenas (p.118); la aparición del Tártaro, ese abismo insondable donde fueron arrojados los titanes para recibir su castigo (p.199); la aproximación al Walhalla, el salón de los muertos de la mitología nórdica (p.223); la laguna Estige o Estigia (p.258); la figura espeluznante del barquero Caronte (p.267)... El murciano Francisco Javier Illán Vivas mezcla todas esas menciones y las pone habilidosamente al servicio de su narración, logrando como resultado una historia atractiva, que no defraudará a sus incondicionales.

Hace tres años, aproximadamente, cuando reseñé en este mismo lugar la primera entrega de esta dilatada trilogía, acababa mi comentario con unas palabras que hoy quisiera reproducir: «Bien harían los amantes de Tolkien y otros novelistas fantásticos acercándose a las páginas de Francisco Javier Illán Vivas. Es más que probable que encontrasen en ellas muchos motivos para aficionarse a este escritor, tan pletórico de recursos como convincente». Sigo pensando lo mismo. Creo que estamos ante una de las personas que más esfuerzo han puesto en la Región por levantar una cosmogonía de héroes y de traidores, de monstruos y de asechanzas, de palacios y de desiertos, de mezquindades y de triunfos. Y como fondo, siempre, las pulsiones más hondas de la especie humana.

jueves, 22 de mayo de 2014

Carta de una desconocida



Hay una magia y un fulgor especiales en los amores secretos. Una persona que adora en silencio a otra, y cuyos labios están sellados, queda envuelta de manera inevitable por una luz trágica, casi sobrenatural; y, a veces, por un dolor también sobrenatural. Todo queda en su interior, hirviendo, dando vueltas, girando sobre sí mismo, tiñéndose de matices y sin poder verterse al exterior.
El vienés Stefan Zweig es el autor de esta Carta de una desconocida, que traduce Berta Conill para el sello Acantilado; y la esencia de la obra se sustenta sobre dicha idea. El protagonista masculino es un escritor famoso, joven y con fama de seductor, que recibe una carta sorprendente en la que una mujer (la otra protagonista de la novela) que acaba de perder a su hijo le explica que siempre ha estado enamorada de él. Desde que era una niña. Poco a poco, ella le irá haciendo revelaciones sobre los vínculos que los han unido durante años (“Lo único que te pido es eso, que creas todo lo que te cuento: una no miente en la hora de la muerte de su único hijo”) y acaba por detallarle un buen número de encuentros sentimentales y hasta sexuales que mantuvieron... sin que él logre recordarlos.
En esa línea de confesiones y sorpresas, la mujer reconocerá ante su ídolo amoroso, sin orgullo y sin vergüenza, que llegó a pagar la educación de su hijo entregándose a amantes ricos (“Me ganaba el cariño de todos aquellos a los que me ofrecía, todos me han estado agradecidos, me han dado afecto, todos me han querido... ¡Tú no, tú eres el único que no me ha querido!”), y que la mera limosna de haber compartido algunas horas de su vida con él ha sido suficiente para que no se considere una amargada.

¿Amor, obsesión? Difícil resulta etiquetar los sentimientos de esta mujer tierna, entregada y sumisa, que no duda a la hora de idealizar  —casi deificar— al hombre del que se enamoró siendo una cría. Aparcados los prejuicios machistas y feministas, la lectura se torna deliciosa. Melancólica también, pero sobre todo deliciosa. Prueben.

sábado, 17 de mayo de 2014

Mar de Irlanda



No es muy frecuente, pero en ocasiones ocurre: coges el libro de un autor que no has frecuentado con anterioridad, te propones concederle una parte de tu tiempo, te instalas en un sillón cómodo y abre el volumen por su primera página. La mayor parte de las veces, bostezas en la quinta, vuelves a mirar el nombre del autor y, con suerte, le concedes un margen hasta la diez. Después, reclamado por lecturas u ocupaciones más placenteras, dejas el tomo. Pero en un porcentaje pequeño de los casos resulta que no sucede así. Hoy quiero traer a este recuadro la crónica de una de esas excepciones.
El libro se llama Mar de Irlanda, el autor es Carlos Maleno (Almería, 1977) y el sello que lo lanza al mercado es Sloper (con una preciosa imagen de portada de Julia Geiser). Por su estructura, se diría que son cuentos; pero en la edición se precisa con nitidez que se trata de una novela “disfrazada de libro de relatos en los que todo está conectado”. De ahí que te acerques ya con curiosidad a tan ambicioso proyecto. Y pronto quedas anonadado, porque te encuentras con alguien que afirma proceder del planeta Lux; con mujeres muertas que sin embargo parecen estar vivas, porque aparecen y desaparecen con guadiánica frecuencia; con hombres que se hacen enterrar vivos con una máscara de Felipe González puesta sobre la cara; con llamadas telefónicas que son respondidas desde el más allá; con vendedores de aspiradoras que esconden el maravilloso don de resucitar a los muertos, siempre que sean recientes; con mujeres de gran belleza, que se parecen a Nastassja Kinski y que quizá lo sean; con chicas que hacen autoestop, o que esparcen por el suelo los huesecillos blanqueados de todos los gatos que han ido teniendo durante su vida, o que regalan libros de Ray Loriga con un buen montón de líneas subrayadas, o que golpean a otras hasta matarlas, o que son Cristo; con muchachos tristes que leen a Robert Walser y se pasean por acantilados donde el mar golpea con furia o languidez; con seres desnortados que viajan hasta Ushuaia, la ciudad más austral del planeta; con doscientas mujeres desnudas (que en realidad no son mujeres) arrodilladas en un prado de Wisconsin; y con mil asombros más, que el autor combina de manera singular.
Podrá parecer que estamos ante una novela disparatada o juvenil, en la que el autor despliega sus armas narradoras con la única intención de epatarnos; pero no es así. Les puedo asegurar que, pese a lo que piensen los ingenuos (o los listillos), es relativamente fácil discernir en el libro de un debutante si sus propuestas son grano o paja, ganga o mena. Hay una música, un brillo, un fondo que los lectores avezados descubren pronto. Mar de Irlanda es una novela mercúrica, escurridiza, que crees tener asida con firmeza y que de pronto gira, te da esquinazo, se camufla, te sorprende con una pirueta. Y cuando crees que se está burlando de ti y te dispones a cerrarla, un guiño nuevo, un mohín cómplice, una caída lánguida de ojos... y te dejas llevar otra vez.

No conozco personalmente a Carlos Maleno. Nunca había leído una página suya. Pero desde ahora ya sé quién es. Me ha deslumbrado su tarjeta de visita.

miércoles, 14 de mayo de 2014

A media página



Pese al descrédito que suelen tener los libros misceláneos entre el común de los lectores (que los identifica con una especie de cajón de sastre), a mí me gustan mucho. De ahí que no dudase a la hora de sumergirme en uno firmado por —ni más ni menos— el madrileño Medardo Fraile. Y el volumen, con la excepción de la parte final (un anodino aunque respetable paseo que podría haberse titulado “Cuánto me gusta este libro”) y de algunos chirridos ortográficos que presenta el tomo (“Humberto Eco” en la página 222 o “Eliazer Cansino” en la 255), me ha resultado satisfactorio por muchas razones: su sentido del humor (“Es bien sabido que en este país se lee poco. Una solución sería rebajar nuestras ambiciones y, en vez de recomendar que se lean libros, aconsejar que sólo se lean capítulos. El editor podría enfajar el libro diciendo: «No se lea este tocho si no quiere, pero no se pierda usted los capítulos tal y tal»”, p.34), su ironía culta (afirma que el tiempo que se emplea en leer a escritores mediocres o completar sudokus se podría utilizar para estudiar Latín, Arte o Filosofía), su desdén por las exageraciones futbolísticas (“Faltan hinchas de la cultura y es evidente que nos sobran hinchas del deporte”, p.88), su convencimiento de que no siempre dirigimos la vista hacia lo importante (“El cosmos nos abre tiendas de delikatessen todos los días, pero no las queremos”, p.164), algunos juicios literarios significativos (“Flaubert, el escritor que menos pudo soportar la estupidez humana”, p.193) o su admiración por quienes desempeñan con fervor su actividad profesional (“No hay más ley de enseñanza que profesores de ley”, p.234).

Medardo Fraile, buen cuentista y buen ensayista, siempre regala horas dichosas a sus lectores. Recomendable.

domingo, 11 de mayo de 2014

Esta sombra no es mía



Durante algún tiempo se ha querido ofrecer en la literatura española la imagen absurda de que los autores, cuanto más jóvenes, más admirables resultaban: la adolescente que publicaba su primer volumen a los catorce años (Violeta Hernando, se llamaba la criatura); el chico desgarrado que le ofrecía al mundo su imprescindible narración llena de garitos, cerveza y eructos verbales (José Ángel Mañas, Ray Loriga y cualquiera que ustedes deseen añadir); o el prometedor zagalote que nos entrega su primera novela histórica antes de llegar a la mayoría de edad (Javier Rivas). Como contrapeso, las figuras de Alberto Méndez o Gonzalo Hidalgo Bayal, que no se han hecho presentes en las librerías hasta rozar las fronteras de la senectud, después de que la vida haya decantado su prosa.
Juan Serrano (Yecla, 1943) nos ofrece hoy, desde el sello zaragozano Lecturas Hispánicas, su amplia colección de relatos Esta sombra no es mía, compuesta por más de un centenar de narraciones. En ellas se observa que el autor, usando un lenguaje sencillo (no desprovisto de carga simbólica en algunas ocasiones), es capaz de construir un buen número de fabulaciones que giran alrededor de varios temas básicos: el amor, el paso del tiempo, el azar, las injusticias de la vida… e incluso el sentido del humor (presente en historias como “Paco Pijo”). Adentrándose en la lectura de estos cuentos uno descubre las insensateces que pueden cuajar en el mundo moderno (“Felices los pobres”); las posibilidades que tenemos a mano para acometer asesinatos simbólicos (“Al estilo bonzo”); las controversias legales que pueden brotar de una decisión generosa (“Antrópolis”); los crueles giros que puede dar la existencia en el transcurso de unos pocos años (“Delgado como un espárrago”, “Okupa calcinado”), las carambolas agridulces que nos puede reservar la vida (“La niña de mis ojos”)… Y luego, también, la respuesta a algunas interrogaciones chocantes: ¿qué siente un arquitecto al que se invita a remodelar el hogar de Belcebú? (“Los pilares del infierno”); ¿qué ocurre cuando se tala un árbol donde unos enamorados han grabado sus iniciales? (“Beso pasajero”); ¿y si en un velatorio, mientras cierras los párpados rebeldes del difunto, descubrieras en ellos el número de tu DNI, como una acusación de asesinato? (“Los ojos del muerto”).
Pero el tema más frecuentado por el autor es, sin duda, la mujer maltratada. A veces, se presenta en forma de violación (“El cuco vacío”); otras veces, el abuso físico se traduce en una amnesia que la marcará irremediablemente (“María del Olvido”), que la llevará hasta el diván curativo de un terapeuta (“Cura te ipsum”) o que la conducirá hasta los taludes del crimen (“No más lentejas”); en otras, la infidelidad del esposo la volverá una persona infeliz, amargada y metida en sí misma (“La piedra del Arabí”).

Decía el excéntrico J.D.Salinger que lo peor que podía hacer un escritor es ver publicado su libro, porque eso desvirtuaba la relación de pureza que existía entre un creador y sus páginas. Por fortuna para los lectores, ni Flaubert, ni Cervantes, ni Dostoievski, ni Antonio Muñoz Molina, se han guiado nunca por tan aparatosa boutade; y eso nos ha permitido disfrutar de sus obras. Disfruten ustedes ahora de Esta sombra no es mía, porque será difícil que en este volumen de más de trescientas páginas no encuentren bastantes historias de su agrado.