miércoles, 14 de septiembre de 2016

Baal



Baal es un poeta desconsiderado y de creciente gordura, que bebe más de la cuenta y carece de habilidades sociales. Su amigo Ekart intenta extirparlo del lodazal de alcohol en el que vive, pero el vate se aferra a su molicie gamberra y abrupta: escucha con desidia el interés del comerciante Mech por publicar sus versos; se acuesta sin amor con la jovencísima Johanna (pareja hasta entonces de su amigo Johannes); está a punto de acostarse con dos hermanas (aunque no le resulta posible, porque su patrona amenaza con echarlo por promiscuo, pues “corrompe a montones de pobres chicas, arrastrándolas a su cueva”); deja embarazada a Sophie, para inmediatamente después desdeñarla; y, en el culmen de su estropicio vital, termina matando a Ekart.
Éstos son algunos de los rasgos psicológicos y argumentales que cruzan la pieza Baal, de Bertolt Brecht, que leo en la traducción de Miguel Sáenz y que no me ha parecido especialmente notable. Ni siquiera mediana. Quien lo desee, puede medir las obras literarias por sus componentes ideológicos, por sus aportaciones sociológicas, por su onirismo, por su voluntad rupturista o por mil matices más, todos ellos respetables. Yo las mido únicamente por el efecto literario que me provocan. En ese sentido, Baal me parece un fiasco.

Me gusta mucho, eso sí, el párrafo que cierra la obra. Un personaje que ha visto morir a Baal dice: “Le pregunté cuando ya tenía estertores: ¿En qué piensas? Siempre quiero saber en qué se piensa. Y me dijo: Todavía escucho la lluvia. Se me puso carne de gallina en toda la espalda. Todavía escucho la lluvia, dijo”. Un final impresionante para una obra prescindible.

lunes, 12 de septiembre de 2016

Los físicos



Nos encontramos en un sanatorio mental fundado por Mathilde von Zahnd, en uno de cuyos pabellones se encuentran recluidos tres físicos, “tres locos inofensivos y entrañables, dóciles, fáciles de tratar y nada exigentes” (p.19). El primero de ellos cree ser Isaac Newton y, a despecho de lo manifestado por la directora del centro acerca de su condición sumisa, asesinó a una enfermera tres meses atrás; el segundo, creyéndose Albert Einstein, acaba de matar a otra; el tercero, mucho menos infuloso y mucho menos iracundo, se conforma con ser Möbius, un prometedor científico que ingresó en este centro asistencial cuando comenzó a decir que era visitado todos los días por el rey Salomón. No obstante, el clima enrarecido de la institución se volverá aún más irrespirable cuando el cándido Möbius acometa también un crimen idéntico a sus compañeros.
Pero la intriga no se detendrá ahí, porque el lector descubre muy pronto que las identidades y la condición mental de los tres inquilinos no son las que inicialmente pensaba, y la obra ramificaba sus sorpresas hasta un punto que anonada.
Las grandes preguntas que quedan implícitas tras cerrar el volumen son claras: ¿dónde están las fronteras entre la genialidad y la locura? ¿Es posible fijar unos límites al avance tecnológico? ¿Se puede esperar que éste avance por unos senderos que no dañen irreversiblemente a la especie humana?

Friedrich Dürrenmatt, traducido por Juan José del Solar para el sello Tusquets, ratifica en estas páginas su condición de dramaturgo intenso, sólido y lleno de inteligencia, capaz de conducir a sus personajes y a sus lectores por los caminos más insospechados. Un auténtico maestro.

sábado, 10 de septiembre de 2016

El código del demonio



Jesús de Nazaret selló con Judas Iscariote una extraña alianza en virtud de la cual, y como bien resume Heather Kennedy, una de las protagonistas de este libro, “Judas ayudó a morir a Jesús. A cambio, Dios les dio la Tierra a Judas y a su familia. Pero tendrían que esperar tres mil años para heredar. Treinta monedas de plata... por treinta siglos” (p.351). Desde entonces, los miembros de ese pueblo viven escondidos en galerías subterráneas, ajenos a la historia de los “hijos de Adán”. Su reino se llama Ginat’Dania y una de sus consignas más férreas consiste en mantener el secreto más absoluto sobre su emplazamiento, hasta que llegue el momento de recibir la herencia prometida.
La agente Heather Kennedy, que trabajaba en la Policía Metropolitana de Londres y que ahora se encuentra en excedencia, es contratada por el Museo Británico para que esclarezca qué ha ocurrido en su interior en las últimas horas. Aparentemente, alguien ha entrado y después ha desaparecido, sin que se aprecie robo o destrucción de ningún tipo en sus dependencias. A partir de ese instante comienza una investigación que la llevará hasta un enigmático libro escrito por Johann Toller en el siglo XVII, en el que se declaran cuáles serán los signos que anunciarán la segunda venida de Jesús y, por tanto, la clausura de la Historia y el comienzo del Reino de Dios. Y este descubrimiento se verá pronto ampliado con nuevos datos y personajes: una muchacha llamada Diema, que se muestra letal en el combate cuerpo a cuerpo; unos integrantes del Pueblo de Judas que, encabezados por el iluminado Ber Lusim, han decidido segregarse de la colectividad y adentrarse en el mundo de los hijos de Adán; un viejo y eficaz mercenario, Leo Tillman, que parece movido en esta aventura por unos resortes demasiado sentimentales, que lo terminarán por llevar hasta las puertas de la muerte... Y, de fondo, la amenaza que planean los disidentes liderados por Ber Lusim y el ideólogo Shekolni: provocar la muerte de un millón de personas para dar cumplimiento a las profecías de Toller y allanar la venida del Nuevo Orden.
Como se puede observar, esta nueva obra de Adam Blake (de quien se pregona misteriosamente en la solapa que “es el seudónimo de un aclamado novelista de éxito que escribe obras encuadradas en otro género literario”) contiene los ingredientes necesarios para suscitar el interés de numerosos lectores que, más interesados en el desarrollo de una trama magnética que en los primores literarios del texto, disfrutarán con este seductor conglomerado de combates cuerpo a cuerpo, profecías antiguas, misterios ancestrales, armas modernas y sus leves toques de sexo (hetero y homo). Y si se sale feliz de la experiencia, siempre se puede recurrir a la anterior novela del mismo autor: Los hijos de Judas, donde se explican los orígenes de toda esta trama y se la relaciona con los Rollos del Mar Muerto.

En suma, una propuesta muy acertada de la editorial Bóveda en la que se invierten bastantes días o incluso semanas de lectura (el volumen supera las seiscientas páginas), que encantará a los aficionados a los bestsellers de acción y y de misterios esotéricos y que, por su amenidad y su buena factura narrativa, no defraudará al resto de lectores.

miércoles, 7 de septiembre de 2016

Los amores equivocados



Uruguaya y española y poeta y pareja de Julio Cortázar y cuentista y traducida a más de veinte idiomas y novelista y premio Loewe, Cristina Peri Rossi ultimó en 2015 este glorioso volumen, Los amores equivocados, que el sello palentino Menoscuarto tuvo el buen juicio de editar.
En él descubrimos once relatos magistrales donde adentramos la mirada en un buen número de situaciones de la vida cotidiana, dominadas por relaciones sentimentales o eróticas llenas de ternura, dolor o bifurcaciones dolorosas: un camionero que recoge a una joven autoestopista y que, tras enterarse de que la muchacha quiere encontrar trabajo en un club de alterne, deberá afrontar una petición de lo más embarazosa (“Ironside”); una historia de fidelidad, idealismo y ciertos toques de ficción, que se desarrolla entre Montevideo y Barcelona (“Los amores equivocados”); un recién divorciado que debe afrontar un encuentro sexual con una enfermera (“Todo iba bien”); una traductora de 38 años que recoge, en medio del aguacero, a una muchacha de 19 que va a revolucionarle la vida (“De noche, la lluvia”); la deliciosa pero inestable relación que mantiene un psicólogo de 43 años con un hermoso chico de 17, que condiciona su forma de ver y sentir el mundo y que afectará incluso al ejercicio de su labor profesional (“Ne me quitte pas”); o la absorbente muchacha que dará un vuelco a la vida de una profesora universitaria cuya pareja, Elvira, se encuentra de viaje (“La escala Lota”).

El amor y el sexo, con sus tentáculos de hierro y azúcar, abrazarán a todos los protagonistas de estos magníficos relatos para convertirlos en seres vulnerables, ajenos a la estabilidad o la calma. Quizá porque el amor es un rayo que te parte los huesos y te esta estaqueado en la mitad del patio, como dijo el propio Julio Cortázar en Rayuela. Quizá porque el amor es una aventura sin coordenadas estables. Quizá porque en el sexo no hay brújulas. Quizá porque somos seres humanos, tan sólo seres humanos, y tenemos miedo, y frío, y ganas de amar y de ser abrazados.

lunes, 5 de septiembre de 2016

Vida y pasiones de Mallory



Pudo ser, y quizá lo fue, el primer hombre que pisaba la cima del Everest, la montaña terrestre más alta. Se llamaba George Leigh Mallory y, en 1924, se perdió su rastro cuando se encontraba, junto a Andrew Irvine, por encima de los ocho mil metros, a pocas horas de coronar la cima del mundo. Cuentan quienes sobrevivieron a esta expedición que Mallory llevaba una cámara de fotos para inmortalizar su éxito y también una fotografía de su esposa Ruth para depositarla en la cumbre. En 1999, cuando se consiguió localizar el cuerpo congelado de Mallory, ninguno de los dos objetos estaba en su poder. El enigma está servido.
Esta fascinante biografía, redactada por Peter y Leni Gillman y traducida por Silvia Gómez Castán para el sello Desnivel Ediciones, nos permite acceder a lo más íntimo de este singular personaje, que comenzó su carrera como escalador a los siete años subiendo sin permiso al tejado de la iglesia de St. Wilfrid, en Mobberley; que conoció a la bonita Ruth Turner en 1913 y se enamoró de ella en Venecia, a pocas semanas de que comenzase la Primera Guerra Mundial; que posó desnudo para una serie de fotografías realizadas por su amigo Duncan Grant; y, sobre todo, que intentó varias veces subir hasta lo más alto del Pico XV (llamado Chomolungma, “Diosa Madre del Mundo”, por quienes viven a sus pies; y ahora conocido como Everest, en homenaje al gran geógrafo de Gales). Por aquella obsesión lo sacrificó todo: la comodidad familiar, un empleo estable, relaciones sociales... Y obtuvo a cambio la muerte y quizá la gloria. Igual que se han ido encontrado numerosos objetos que lo acompañaron en su escalada (cortaúñas, brújula, cartas, bombonas de oxígeno), es posible que en los próximos años termine apareciendo la famosa cámara fotográfica y se resuelva otra parte del misterio.

Hasta entonces, nos podemos conformar con la lectura de esta obra deliciosa, que nos muestra la poderosa intensidad que animaba el corazón de George Mallory y que lo impulsó con vehemencia (deshidratado, con graves quemaduras en la piel, a treinta grados bajo cero, cegado por la nieve, exhausto) para intentar conseguir un sueño. Suya es la frase que aseguraba que quería subir al Everest “porque estaba ahí”. La pasión no necesita más argumentos.

sábado, 3 de septiembre de 2016

Los bosques imantados



Cada época transporta adheridas a su espalda, de forma inevitable, un buen número de necedades pseudocientíficas que, con el transcurso del tiempo, pueden resultar cristalinas o pasmosas para quienes las contemplan desde la distancia. Juan Vico (Badalona, 1975), uno de los pulsos narrativos más prometedores de los últimos años, ha decidido adentrarse en una de esas singularidades para convertirla en el eje de su novela Los bosques imantados, con unos resultados más que notables. La acción se sitúa en 1870 en las inmediaciones del bosque de Samiel, un territorio de gran fama entre los adeptos al magnetismo, que lo consideran un poderoso núcleo de actividad paranormal, del que pueden esperarse asombrosas experiencias. 
La novela se inicia cuando faltan pocos días para que se produzca un eclipse lunar que, en opinión de los expertos, multiplicará el poder magnético del citado bosque. Congregados por este hecho astronómico (y por la asombrosa noticia de que Locusto, un experto en ocultismo del que nadie conoce su aspecto o identidad, estará presente durante el eclipse) se dirigen hacia el pueblo dos tipos de personas, muy diferentes entre sí: de un lado, un enorme bloque de enfermos, investigadores y farsantes, que esperan curarse u obtener algún beneficio de aquel desconcertante cónclave; del otro, un pequeño grupo de periodistas que vienen a curiosear y redactar sus reportajes y que muestran (en especial Victor Blum) una actitud reticente ante la presunta “magia” del bosque. Cuando la iglesia de la localidad sea profanada (vacían los ojos de un Cristo y tiñen de rojo el agua de una pila), la situación comenzará a adquirir un aspecto preocupante. Y cuando aparezca muerto de un disparo un dibujante en el mismo límite del bosque comenzará a extenderse una tensa sensación de angustia, que empapa a los visitantes y también a los lugareños… 
Dosificando con gran talento la intriga, introduciendo informaciones sobre magnetismo o sobre ciencia sin asfixiar a los lectores y, sobre todo, redactando sus páginas con una impoluta perfección, Juan Vico consigue en Los bosques imantados una novela madura, seria, firme y convincente, donde misterio, lirismo y una magnífica prosa se mezclan con adecuadas dosis de humor y hasta de sexo. Uno de los libros mejor concebidos y mejor acabados de la temporada.

jueves, 1 de septiembre de 2016

El jardín de los cerezos



Para un espectador que observe la acción de esta obra desde una posición externa, la actitud de la señora Liubov Andréievna Ranévskaya resulta de lo más incomprensible y de lo más enervante. Tras permanecer durante varios años en el extranjero (en París), vuelve a la propiedad familiar y recibe, como una bofetada, la noticia de que las ingentes deudas acumuladas obligarán a vender el huerto de los guindos para satisfacer a los acreedores. El golpe, desde luego, es terrible. Pero Liubov Andréievna Ranévskaya no reacciona frente a él. Más bien, se acomoda en un esnobismo lánguido, preocupándose más de las formas que del fondo, y va dejando que los días transcurran. Carece de espíritu práctico, de decisiones, de vigor, de respuesta. Sabe que las jornadas se van consumiendo y que el desastre está cada vez más cercano, pero no mueve un dedo para articular una solución. El comerciante Ermolái Alexéievich Lopajin, queriendo servirle de ayuda, le aconseja que venda el terreno, para que pueda ser parcelado y servir para la construcción de dachas. Esa inyección económica será suficiente para resolver el conflicto. Pero la dama no acepta tomar esa decisión: por un lado, esa venta supondría la desintegración del patrimonio familiar; y, por el otro, la alejaría de un terreno que se encuentra adherido a su corazón, porque en él su hijo pequeño murió ahogado… Durante días, la inacción se convierte en la única postura visible de los antiguos señores y, cuando finalmente se produce la subasta pública de la propiedad, ésta es adquirida por Lopajin. Su familia fue en el pasado sierva, pero él ha conseguido convertirse gracias a su esfuerzo y su talento en un rico comerciante. El antiguo servidor es el nuevo propietario. Y los altivos señores de antaño tendrán que desalojar la propiedad, cuyos árboles Lopajin piensa talar, sin más contemplaciones, para convertir el huerto en zona urbanizable. Nos encontramos, por tanto, ante una obra con un fuerte componente social y psicológico, donde dos formas de ver la vida se cruzan y cambian de rango: una aristocracia rancia y adinerada, que se refugia en la música, el billar y los bailes para bostezar su ociosidad; y una clase humilde habituada al trabajo, que halla en él el mecanismo para conseguir un estatus más alto. Para los primeros, el huerto de los guindos (o jardín de los cerezos) es un espacio lírico, decadente, hermoso e inútil, por el que pasear a la luz de la luna; para los segundos, constituye un territorio lleno de oportunidades, sobre el que edificar viviendas y en el que construir un futuro más estable y sólido. Antón Chéjov consigue en las páginas de esta comedia triste una de sus piezas dramáticas más notables. En mi opinión, la que más.