La
correspondencia de una persona nos permite conocer, muchas veces, aspectos
íntimos de ella que no se vierten en su faceta pública y que pueden llegar a
ser sumamente reveladores. Y cuando esa
persona es Lope de Vega Carpio, el más famoso dramaturgo de la historia de
España, la publicación de dichas líneas ya adquiere rango de auténtico
acontecimiento. La editorial Cátedra, de la mano de Antonio Carreño, acaba de poner
en manos de los lectores el grueso volumen Cartas
(1604-1633), en el que se reúnen, anotan y explican más de trescientas
misivas del Fénix de los Ingenios, la mayor parte de las cuales están dirigidas
al duque de Sessa.
En el
apartado de los juicios literarios, Lope se muestra tan sincero como
contundente: elogia hiperbólicamente a Francisco de Quevedo, desdeña la valía
del Manco de Lepanto (“Ninguno hay tan malo como Cervantes ni tan necio que
alabe a Don Quijote”, carta 1), pone
reparos a dramaturgos como Aristófanes (“Yo no le hallo tan gracioso como la
Antigüedad le celebra. Débense de haber resfriado los donaires con el mucho
tiempo que ha que los dijo”, carta 16) y, sobre todo, se ensaña contra Góngora,
cuyas Soledades juzga como “un
cuaderno de versos desiguales y consonantes erráticas” (carta 75), y al que no
tiene problemas en dirigirse con estas palabras durísimas: “Homero y Virgilio
fueron poetas heroicos; Horacio y Píndaro, líricos; Juvenal y Marcial,
satíricos; Terencio y Plauto, cómicos; vuesa merced y Merlín Cocaio, ridículos”
(carta 83).
En el
apartado de sus peripecias vitales descubrimos detalles tan curiosos como que
Lope fue asaltado por unos desconocidos en diciembre de 1611, salvándose de la
muerte de puro milagro (carta 52); que fue acusado de hereje a finales de 1616
y tuvo que defenderse minuciosa y enérgicamente (carta 138); que sufrió un
grave robo en su domicilio en agosto de 1617 (carta 215); o que necesita con
cierta urgencia una sotana nueva, porque la actual ya está muy raída (carta 245).
Pero las
anotaciones más impactantes (también las más bochornosas) son aquellas en las
que Lope se obstina en prosternarse ante el duque, como si fuera un felpudo.
Una y otra vez le repite en sus cartas que está a su entera disposición y que
es su esclavo, pero en ocasiones trasciende los límites retóricos e incurre en
afirmaciones tan aparatosas como cuando reconoce que se disciplina todas las
noches para que Dios bendiga al duque (carta 37) o incluso que “si mi sangre
fuese necesaria a un caballo de vuestra excelencia, no dudaría sacármela toda”
(carta 13).
Una obra indispensable para
adentrarse en el pensamiento y en la vida del potro más gallardo del teatro
español de todos los tiempos.
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