Sé lo que vais a decir y os concedo la razón: este libro es una fruslería, un tomo intrascendente, que no va a ninguna parte y que forma parte de ese turbión de páginas que se encuentran habitualmente en los cajones de obras de segunda mano, porque nadie las quiere conservar y se venden al peso. Aceptado. Pero qué queréis que os diga: ayer tenía ganas de pasar el rato y esbozar unas sonrisas. Y este tomo me ha servido. Se titula, horriblemente, Diccionario del español eurogilipuertas y su autor es el catedrático de ciencias naturales Luis Díez Jiménez, que vivió un tiempo de fama por sus recopilaciones de disparates y de anécdotas. Aquí, alejado del rigor filológico y amparándose tan solo en su criterio personal, va despachándose contra ciertos modismos y usos verbales (algunos de los cuales el tiempo se encargó de enterrar) y facilitándonos algunas definiciones simpáticas sobre objetos cotidianos. Como digo, nada del otro mundo. Pero si se quiere pasar un rato divertido, lo innegable es que sigue valiendo. Anoto algunas de sus frases más chocantes: “Colectivo de trabajadores de la enseñanza, que a uno le recuerda más a los picapedreros que a los catedráticos”. “Hay melones que hablan de crímenes injustificables; pero, ¿es que hay crímenes justificables?”. “Bicicleta: Pantorrillas con ruedas”. “Aspiradora: Fonendoscopio del suelo”. “El único amor no correspondido es el amor propio”. “Freud: Señor que veía un exaquisoctaedro y se imaginaba a una señora en pelota”. “Ríos: Hermosas, poéticas y líricas corrientes de aguas fecales”.





