Se
ha dicho muchas veces que la guerra civil de 1936 es un “tema” del que se ha
abusado y que difícilmente genera historias y libros que aporten novedades. Me
permito discrepar de ese dictamen y lo haré con una consideración más amplia:
si llevamos hablando y escribiendo del amor o de la muerte desde hace tres mil
años, ¿acaso resulta razonable suponer que ochenta han bastado para extenuar
las posibilidades de una guerra, con su millonario catálogo de amores truncos y
muertes terribles? Creo que la respuesta es evidente. Centenares de miles de
vidas (y luego millones, con el paso de las décadas) se vieron afectadas por
aquel bélico disparate, que seguirá sirviendo como punto de reflexión y de
literatura durante muchísimo tiempo.
En
2003, el gallego Agustín Fernández Paz publicó Noche de voraces sombras,
que ahora disfruto en la traducción de Rafael Chacón y que explora otro ángulo
de aquella guerra: el modo en que un antiguo maestro (Ramón Peña) terminó en la
cárcel por sus ideas, perdió al amor de su vida (Sara Salgueiro) cuando ella
tuvo que huir hacia Buenos Aires y, sordo como consecuencia de un golpe, tuvo
que sobrevivir el resto de su vida trabajando como carpintero. Pero el modo en
que esa historia nos es contada incorpora tintes de ultratumba: su espíritu se
aparece a una descendiente suya (que fue bautizada con el nombre de Sara) para
que, registrando su habitación, descubra papeles, cartas y un diario, donde se
insinúa que debe buscar algo (“algo” que la persona que está leyendo
también ansía conocer) en la diminuta isla de San Simón, donde estuvo preso.
Con un relato donde se mezclan los episodios fantasmales con las reflexiones sobre el horror que genera el odio y la necesidad de mantener firmes y puras nuestras ideas, Fernández Paz dibuja una novela falsamente juvenil, porque su público es mucho más amplio: el de todas las personas que quieran comprender la infinita amargura que una guerra depara a quienes son avasallados por ella.






