miércoles, 10 de junio de 2026

La noche de los Nibelungos


 

Álex Sistiaga tiene 53 años y es veterinario. Tras el abandono de su mujer (Sara) y el desgaste emocional que supone la gelidez distante de su hijo (Hugo), otro mazazo se deja caer sobre su cabeza: la muerte de Mario, gran amigo de la infancia. Pero ese cúmulo de erosiones y heridas no constituye (a pesar de su aspecto aparatoso) más que el preámbulo de la tragedia que se fragua en torno a él, porque tras la cremación de Mario comienza el auténtico apocalipsis: desaparece en la ciudad toda conexión a Internet, los móviles dejan de estar operativos y, lo peor de todo, de las profundidades de la Tierra surge una oleada de seres sigilosos y violentos que comienzan a expandir el horror. Son monstruos de elevada estatura que violan a las mujeres, matan y devoran a los hombres y, cuando el sol aparece de nuevo sobre el horizonte, se retiran dejando un panorama sangriento en las calles. Es la primera noche de los Nibelungos, a la que sucederán otras, de forma ininterrumpida. Cada vez que llega la oscuridad, llegan ellos. Se ha terminado la paz. Se ha terminado toda civilización. Es el comienzo del horror.

De esa manera comienza La noche de los Nibelungos, de Miguel Ángel Casaú, una distopía inquietante y visceral en la que Sistiaga, convertido en superviviente y en héroe forzoso, tendrá que aprender a moverse en un mundo hostil, lleno de fauces agresivas, sonidos perturbadores y sombras tan veloces como nauseabundas. En los escasos momentos en que puede sentirse tranquilo, porque la luz solar lo protege, Álex recuerda episodios de su niñez (esos recuerdos cumplen al final de la novela un papel crucial, ya se lo advierto) y reflexiona hondamente (es otro de los grandes atractivos del libro) sobre los males de este mundo idiota que los seres humanos hemos ido construyendo (o dejando que otros nos construyeran y nos dominara): los móviles omnipresentes, el plástico contaminante, la insolidaridad, el egoísmo, el afán de ganar dinero a toda costa, la burocracia hipertrofiada, el desdén por los diferentes… No dejen de leer con cuidado esos pensamientos de Sistiaga, porque señalan con nitidez las lacras de una sociedad equivocada y estúpida, que tenemos alrededor.

Ya solamente con esos ingredientes La noche de los Nibelungos sería un texto merecedor de aplauso, pero es que Miguel Ángel Casaú se atreve a ir un paso más allá e imprime un giro inesperado en las últimas páginas, que convierten esta aparente distopía… en otra cosa, mucho más sorprendente. Descubran de qué se trata y, si quieren, luego me cuentan.

martes, 9 de junio de 2026

SER

 


Decide la editorial Tres Hermanas adentrarse en el mundo de la poesía, y lo hace con esta colección Rhēma, que dirige Jesús Feliciano Castro Lago y cuya primera entrega reúne los nombres de Rubén Martín Díaz, Itziar Mínguez Arnáiz, David López Sandoval y Aurora H. Camero. Cuatro voces que, en palabras del director, “no se suman: dialogan”. La fórmula es bonita, pero además atinada, porque siendo autores de escansión y tono tan distintos, es cierto que respiran un aura conjunta. Rubén nos habla de pájaros que se posan en lo imposible y vuelan transparentes; o nos asegura que “es la luna la piedra más porosa” y que la noche es la ecuación con más incógnitas. Itziar nos susurra sobre el destino de Pompeia, fallecida muy joven hace dos mil años y cuyos restos ahora reposan en un museo, despertada “de ese breve descanso eterno / que es la muerte”. David nos regala sentencias profundamente graves y paradójicas (“Dejad que vuestros hijos abracen la tristeza”) y nos recuerda que un hombre (también una mujer) está tejido por “los cuerpos que ha adorado”. Aurora, más juguetona con la formulación visual de sus propuestas, nos adentra en la felicidad de pasar “toda la noche en brazos de tu dulce compañera” y nos interroga sobre a qué ángel hemos decidido decapitar. Como se puede apreciar, son torrentes muy distintos, que portan aguas de diferentes colores, que precisamente por ello conforman al unirse una suerte de bandera poética: merece la pena conocerla y recorrerla con calma. Yo, como suelo hacer con los versos, he optado por leerlos en voz alta, en la soledad de mi despacho. Recomiendo el experimento.

En suma, todo en este volumen revela ebullición y belleza, emanada de cuatro gargantas líricas de enorme poderío que, juntas (tiene razón Castro Lago), dialogan, se hermanan, se potencian y alcanzan una altura notable.

lunes, 8 de junio de 2026

Mientras dure el resplandor

 


¿Cuántas veces nos equivocamos en nuestras vidas? Y, sobre todo, ¿cómo reaccionamos ante esos errores? Ambas preguntas pueden parecer inanes, pero quizá encierran más dolor y más angustia de los que parece. Juzgamos, mentimos, traicionamos, relegamos y no siempre somos conscientes del alcance de nuestros yerros y despropósitos, aunque acabemos recibiendo su factura. Pueden ser errores políticos, errores laborales, errores amorosos, errores amistosos, errores domésticos. ¿Quién no es capaz de recordar, al menos, media docena de los que ha cometido?

Germán Vieitez (nadie está libre de esas torpezas) también lo ha hecho. Comenzó sus estudios universitarios y, enamorado como un crío, lo dejó todo para acudir al rescate de Clara, cuyos padres pretendían encerrarla en un local disciplinario regentado por religiosas. Esa desviación (que él asumió con voluntad heroica) lo condujo al matrimonio y la paternidad (Beatriz), pero pronto comenzaron otras desviaciones, otras encrucijadas, otros dados lanzados al viento. Hubo amantes (por ambos lados), hubo discusiones, hubo colores que se degradaban y, por decirlo con el sustantivo precioso que elige el autor para su título, resplandores que se extinguieron. Sobre ese bastidor, el orensano Bernar Freiría borda las más de cuatrocientas páginas de esta novela, que se desarrolla entre los años finales del franquismo y los primeros del gobierno socialista de 1982. El escenario en que se mueven los protagonistas es conocido y poliédrico: la revolución de los claveles en Portugal, las cargas de los grises, el alborear de la democracia, los pelotazos empresariales (incluidos los urbanísticos), los locales de moda relacionados con la movida, el irrumpir explícito de las drogas, las bandas neonazis por las calles, la corrupción policial y judicial… Pero lo que más anonada en este libro no es la vasta exposición social (si me apuran, ese dibujo puede realizarlo casi cualquiera que lea o recuerde), sino la profunda, valiosa, reveladora indagación psicológica que el autor emprende con singular maestría: los personajes son vistos, pero también explorados y diseccionados, hasta el punto de que laten con verdad, como si fueran de carne y sangre. “Germán tenía una capacidad de penetración psicológica fuera de lo común”, nos dice el autor en la página 154; pero es que otro tanto podría decirse de él. Habilidoso tanto en los diálogos como en los análisis de sus caracteres, Bernar Freiría consigue que sus figuras respiren, además de mostrarnos cómo el idealismo y el pragmatismo suelen protagonizar combates de los que raramente se sale ileso. ¿Ha sido Germán un espíritu libre o un egoísta? ¿El precio que paga por su forma de vivir lo ha pagado solamente él o quienes lo rodean? “Tú querías libertad, arte, poesía. O eso decías. En realidad, lo que querías era no tener ningún compromiso”. Esas son las palabras que su hija Beatriz le escupe en la página 371, y quizá no le falte razón. Pero, ¿cuántos “germanes” hemos conocido en nuestra vida? O, hurgando un poco más, ¿acaso nosotros mismos hemos sido Germán (o hemos sido Clara)? Un volumen intenso y removedor, cuya lectura les recomiendo.

domingo, 7 de junio de 2026

Para servir a Dios y a usted

 


Conozco desde hace años (tengo esa fortuna) los libros de José Cubero, y he ido dejando mis opiniones en este blog, maravillado siempre por su versatilidad y su gracia. Diez años de seguimiento que comenzó en 2016 con las indelebles Memorias de un niño murciano (https://rubencastillo.blogspot.com/2016/09/memorias-de-un-nino-murciano.html) y que llega hoy a su undécimo capítulo con el convincente tomo de relatos Para servir a Dios y a usted (Bookalia, 2026), donde vuelvo a encontrarme con el narrador cercano, cordial, tierno e irónico que tanto me gusta, capaz de combinar memoria y fantasía en adecuadas dosis, perfectamente mezcladas. En sus páginas descubrimos huérfanos que, criados en locales tétricos regidos por la Iglesia y el gobierno franquista, tienen que luchar para sobrevivir (“Para servir a Dios y a usted”); locos inofensivos que, presionados por la idiotez de sus congéneres, terminan explotando con preocupante violencia contenida (“El misántropo”); estraperlistas que bajan la guardia y sufren un revés en su negocio (“El contrabandista”); aparcamientos precarios que terminan generando una situación irreversible para el sufrido dueño del vehículo (“La grúa”); ingratas experiencias sexuales que el protagonista querrá olvidar cuanto antes (“La primera cana al aire”); jóvenes aficionados al toreo de salón que, cuando tienen la oportunidad de concretar frente a un becerro su vocación, comprenden el grave peligro al que se enfrentan (“Una afición frustrada”); o el quiebro final que nos regala un relato aparentemente tranquilo sobre una leve incidencia médica (“El grano”).

José Cubero, que parece andar por la vida con los ojos muy abiertos y con una especial habilidad para encontrar las historias ocultas de las cosas, nos entrega en este volumen diecinueve ocasiones para la sonrisa, el espeluzno o la reflexión. Busquen el libro. Ya verán.

sábado, 6 de junio de 2026

Bajo tolerancia


 

Quedan ustedes invitados a la fiesta. Anímense, cojan un vaso y paseen por este salón que José Agustín Goytisolo habilita para que deambulemos a nuestro libre albedrío. Al principio, escucharán cómo se habla de la profesión más antigua del mundo (quizá también la más desprestigiada), con la cual no se gana demasiado dinero, se sufren burlas y se es señalado. En efecto, se está refiriendo a la poesía. Repuestos de la sorpresa, y quizá con una sonrisa instalada en los labios, leerán el hermoso, sencillo y hondo poema funeral que le dedica al poeta Alfonso Costafreda, que “se bebió más de un litro de café / para empujarse todas las pastillas / de cuatro o cinco frascos de un somnífero” en el año 1974. Después se enterarán de que Luis Cernuda no vive en los grises manuales polvorientos en los cuales sus compañeros de generación (y los críticos posteriores) se empeñaron en instalarlo, sino en los ojos y el corazón de sus lectores actuales, que poco a poco lo van comprendiendo en su pura integridad. O que Gabriel Ferrater, aquel gran “marginado auténtico”, ha sido mitificado tras su muerte por quienes, en vida, no le prestaron atención o no llegaron a entenderlo. O que al ensayista y poeta alemán Hans Magnus Enzensberger le robaron pronto la maleta que eligió junto a José Agustín.

Pero sigan, sigan paseándose libremente por el salón. No seré yo quien distraiga su atención mencionándoles los nombres de Jaime Gil de Biedma, Henry Miller, José Lezama o Salvador Allende: caminen y observen. Beban y charlen. Fumen y escuchen. José Agustín Goytisolo nos ha abierto las puertas para que conozcamos este museo de devociones personales, para que asistamos como invitados a esta fiesta donde prolifera el gin-tonic, para que grabemos en nuestra memoria esta reunión de versos y música. No desaprovechen la ocasión.

viernes, 5 de junio de 2026

Mi profesorado favorito


 

La gratitud es uno de los atributos que con más nitidez y con más vigor nos habla de una persona, porque comporta matices de reconocimiento, de humildad, de alegría y de divulgación. Supone decir “Siento orgullo por haber conocido a esta persona y lo manifiesto públicamente”. Lo cual, en tiempos de egolatría, de vanidad y de altivez como los que vivimos, en los que sentirse “discípulo” se antoja desdoro y en los que pocos se avienen a reconocer sus deudas intelectuales o humanas, es alto y noble sentimiento. Pascual Vera Nicolás, adhiriéndose a esa línea egregia, acaba de publicar el volumen Mi profesorado favorito, donde informa de aquellas personas que, en su vida, han cumplido un papel digno de aplauso y apuntación.

En esa enciclopedia emocional habitan lecturas, cafés, charlas y anécdotas que se extienden por décadas, de tal forma que las doscientas ochenta páginas del tomo se aproximan al espíritu de un diario: mucha emoción, mucha intimidad, mucha sinceridad. Pascual Vera nos habla del venerable Manuel Muñoz Cortés (que vino a Murcia tras haber trabajado con Menéndez Pidal), del bioquímico José Antonio Lozano Teruel (“que comenzó la democratización de la UMU”), del traductor Ángel-Luis Pujante (cuyas versiones de Shakespeare son legendarias), de Javier García del Toro (“El Indiana Jones cartagenero”), de Francisco Javier Díez de Revenga (gloria viva de la universidad española), del filósofo Jorge Novella (quien siente debilidad por María Callas y por el buen vino), de la filóloga Charo Guarino (a la que atribuye el don de la ubicuidad), de la incansable promotora cultural Isabelle García Molina (responsable del Aula de Poesía de la UMU) o de los escritores Aurora Saura, Santiago Delgado o María Dueñas.

Nadie en su sano juicio elevará protestas porque falte esta o aquella persona, pues el autor ya establece desde el posesivo del título su espíritu subjetivo. Tampoco nadie en su sano juicio dejará de acercarse a este tomo si quiere conocer a algunas de las personas más valiosas de la cultura murciana, desde María Moliner hasta la actualidad. Muy recomendable.

jueves, 4 de junio de 2026

Crimen en el paraíso salado

 


Nos encontramos en las dunas del parque regional de Las Salinas, en San Pedro del Pinatar. Es un lugar delicioso y apacible, cuya calma va resultar trizada por una abrupta anomalía: un paseante encuentra el cadáver de un hombre desnudo, que tiene un poema enrollado en la mano y otro inicuamente introducido en el recto. Su documentación lo identifica como Jordi Puigdemont Mas. Son dos apellidos que de inmediato provocan el enarcado en las cejas del lector. ¡No se tratará del “Puigdemont” que…! ¡No se tratará del “Mas” que…! Pues sí, se trata de un pariente de Carles Puigdemont y Artur Mas, vinculado también con Jordi Pujol. La piel de los políticos y cuerpos de seguridad locales (no solamente la de la persona que está leyendo) se eriza: las repercusiones de este asesinato pueden ser terribles. De inmediato se piensa en el inspector Isco Vivas para que asuma el control de las pesquisas, porque el modus operandi recuerda al de Marta, la mujer que intentó matar con veneno a Vivas. Esa cuenta pendiente (que tan escocido lo tiene) puede quedar resuelta si el inspector logra localizar y detener a la asesina.

Así arranca la novela Crimen en el paraíso salado, de Francisco Javier Illán Vivas (Bookalia Ediciones, 2026), que nos va llevando de sorpresa en sorpresa y que el escritor de Molina de Segura adorna con referencias no solamente a lugares que le resultan cercanos y queridos, sino también a escritores de su entorno: Jesús Cánovas (p.17), Pedro Javier Martínez (p.51), Vicente García Hernández (p.65), Pedro González Núñez (p.100) o Guillermina Sánchez Oró (p.217). En esta cacería implacable (se nos advierte que Marta es “más astuta que una zorra, más esquiva que un leopardo de las nieves y más peligrosa que una taipán del interior”, p.68) asistiremos a golpes, espionajes, visillos que cubren miradas siniestras, venenos inmisericordes y hasta la muerte de algún animal, queridísimo por el inspector. Obviamente, no puedo entrar en más detalles, sin estropearles la lectura.

Explica Francisco Javier Illán Vivas que ha tardado ocho años en terminar esta novela y los lectores le pedimos (yo le pido, de corazón) que dedique otros ocho para conseguir una continuación que esté a la misma altura que esta. La estaremos esperando.