Durante
siglos, los hombres han dispuesto la vida y las normas sociales a su plena
satisfacción, dejando a las mujeres en un puesto ingrato, obligadas a la
renuncia, la aquiescencia o la infelicidad, con rictus serios y corazones
malbaratados. La viuda doña Francisca de Asís Taboada (quien, pese a lo áspero
de su condición, apenas tiene treinta y dos años) vive en Madrid una existencia
tan rancia, tan bostezante y tan previsible como de ella se espera: asistencia
a los oficios religiosos, directrices morales rígidas (emanadas del padre
Urdax, su confesor), visitas protocolarias a casas tan honorables y aburridas
como la suya y, por supuesto, relaciones frías y acartonadas con cualquier
varón de su entorno, tenga la edad que tenga. Y ella, que es de una “formalidad
cantábrica” (la fórmula pertenece a su creadora, doña Emilia Pardo Bazán), se
aviene incluso con sinceridad a estos parámetros. En momentos de duda, se
permite alguna rebeldía interna (“¿Por qué no han de tener las mujeres derecho
para encontrar guapos a los hombres que lo sean, y por qué ha de mirarse mal
que lo manifiesten?”); pero, por regla general, responde perfectamente al canon
de la dama intachable. Hasta que aparece en su vida un donjuán andaluz llamado
Diego Pacheco, al que ella encuentra cada vez más irresistible (para sorpresa
del lector, porque el jovenzuelo reconoce ser mujeriego, gandul, veleidoso, sin
oficio ni beneficio, violento cuando se le contradice y bastante controlador).
Cada vez que el mozo se va, ella recupera la sensatez (“Cuando se va,
reflexiono y caigo en la cuenta; pero en viéndole… acabose, me perdí”), aunque
la cordura se desvanece en el momento en que vuelve a hacer acto de presencia,
con su desfachatez meridional y su gracia campechana. Asís, sabiendo que lo más
razonable es poner distancia entre ellos, para evitar las habladurías (“De poco
le sirve a una mujer pasarse la vida muy sobre aviso, si se descuida una hora”),
se repite a sí misma una y otra vez que no caerá, que no caerá, que no caerá…
hasta que se llega a las últimas páginas y descubrimos el asombroso desenlace
de la historia.
Reivindicativa, gran observadora (y gran crítica) de los absurdos rituales sociales de su tiempo (probablemente no menos ridículos que los nuestros), la gallega Emilia Pardo Bazán nos ofrece en Insolación un análisis magnífico sobre los corsés que atenazaban a las mujeres en el siglo XIX. Y lo hace, sobre todo, con una novela estupenda, cuya lectura sigue siendo amena y educativa.



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