Mario
Vargas Llosa es un maestro de la novela. Y la rabia que me acongoja es haber
tardado tanto en acercarme a sus obras: ocupado con Borges, con García Márquez,
con Rulfo y con Cortázar (que tantísimas alegrías me dieron), dejé que pasaran
los años sin sentir que los libros del peruano me llamaban. Ahora, para
remediar esa torpeza, estoy acelerando mi proceso de absorción de todos sus
volúmenes. Y eso me ha colocado ante Lituma en los Andes, un relato
poderoso y magnético protagonizado por el cabo Lituma y el guardia Tomás
Carreño, que trabajan en el puesto de la guardia civil en Naccos (una localidad
inventada que se sitúa en la sierra central andina de Junín). Tres son ya las
personas que han desaparecido misteriosamente, sin que nadie haya podido
aportar detalles que esclarezcan su evaporación. ¿Los habrá secuestrado Sendero
Luminoso? ¿O la explicación hay que buscarla en otro sitio? Lituma y Carreño,
pese a lo magro de su salario y lo escaso del reconocimiento social que el
pueblo les tributa (“Hay que tener poco cacumen para hacerse guardia civil.
Ganas miserias, nadie te traga y estás en primera fila para que te vuelen a
dinamitazos”, se nos dice en el capítulo III), se empeñan en descubrir qué ha
pasado. La atmósfera en la que viven es sofocante: obreros taciturnos que pasan
sus horas libres emborrachándose y que los miran con suspicacia; acciones
violentas de los senderistas, que matan con brutalidad incluso a extranjeros,
como la pareja francesa formada por Albert y Michèle, y que tampoco respetan a
los ecologistas que han acudido a Perú por amor a sus paisajes, como la señora
D’Harcourt; supersticiones sangrientas, relacionadas con los apus (dioses de
las montañas); derrumbamientos geológicos tremebundos, como el que está a punto
de costarle la vida a Lituma en las páginas finales… Pero también podemos
hallar en estas páginas algunas secuencias de humor (les aconsejo que no se
pierdan la hilarante forma en que Timoteo Fajardo, después de matar a un
sangriento pishtaco, logró salir de la enrevesada galería de grutas donde
moraba el engendro gracias a un recurso inspirado en Teseo, pero mucho más
escatológico) y, sobre todo, la intensa, atormentada y preciosa historia de
amor que une al guardia Tomás Carreño con la prostituta Mercedes, que nos lleva
en volandas durante más de doscientas páginas.
Y un detalle que no quiero dejar de apuntar: me ha encantado la forma en que Vargas Llosa trabaja los diálogos, sobre todo en aquellas secuencias en las que se mezclan, sin marcas textuales convencionales (uso de cursivas, por ejemplo), ámbitos temporales distintos (uno que ocurre en el presente y el otro en el pasado): es endiabladamente atrayente y sitúa la mente del lector en dos épocas distintas, como si sus ojos contemplaran dos escenas simultáneas. Lo dicho: un auténtico maestro.






