La
historia de la literatura está llena de amores contrariados, trágicos o
llorosos; y son tantas las variantes de esa imposibilidad que incluso su mera
enumeración se antoja inabarcable. Mónica Rodríguez nos traslada en su novela
juvenil Little Jump una formulación de gran actualidad y de gran
tristeza, porque sus protagonistas (Jaia y Jota) pertenecen a mundos
antagónicos. No al modo célebre de Romeo y Julieta (donde estaban
enfrentadas las familias), sino al más radical del enfrentamiento entre judíos
y palestinos. Jaia pertenece a los primeros; Jota, a los segundos. Hay muros,
alambradas y soldados que los separan, como si un foso terrible se abriera
entre sus pies. Pero hay un objeto que los acerca, de un modo tan peculiar como
magnético: un monopatín. Jaia lo maneja con soltura; y esa destreza le permite
concebir el sueño de viajar hasta Mineápolis para poder participar en un
campeonato. El mundo de Jota es más concreto, más duro, más pobre: sus tierras
han sido ocupadas y tanto él como sus amigos se refugian en ilusiones que les
hagan evadirse: Hudhud quiere ser atleta olímpico; Coluber quisiera llegar a ser
marino; Zurdo planea estudiar en la universidad “para luchar por que nadie nos
volviera a arrebatar lo que era nuestro” (p.18). Un pintor amigo, llamado Río
Dadá, que actúa como factor de cohesión entre ambos mundos y que confía en el
poder del arte para unir las almas, es quizá la figura adulta más importante de
la novela.
La escritora ovetense consigue en estas páginas que participemos de la escisión espiritual que se opera dentro del atormentado Jota, que ama a Jaia (cuando la ve por las noches) y que odia a los suyos (cuando contempla sus fusiles y tanques por el día), en un equilibrio terrible y lacerante (“Yo estaba partido en dos. Yo era dos personas”, reconoce en la página 61). La muchacha, mucho más serena, lo tiene claro en su análisis de la situación: ellos deben convertirse en protagonistas de la concordia, en los artífices de la paz, porque “nos han engañado. A todos. A tu pueblo y al mío. A ti y a mí. Nuestros dirigentes nos han engañado” (p.87). Alrededor, gases lacrimógenos, disparos, patrullas nocturnas, desprecio y rencor, aunque la novela se ocupe de atemperarlo con algunos momentos de poesía dulce y confortadora, que alivia la aspereza del panorama (señalaré solamente una de esas perlas bellísimas: cuando Jota se refiere en la página 119 a la risa de su hermana Azahara y afirma que es “pan de semillas”). Una hermosa, educativa y triste historia.






