El
pobre Justino Lumbreras, agobiado por su insoportable, despótica, caprichosa y
malhumorada jefa en la compañía de seguros Aurora, ha decidido abandonar el
trabajo y dedicarse a una actividad para la que se ha preparado mediante un
curso por correspondencia: la de detective privado. A su esposa (Gloria) y a
sus hijas (Cande y Elisa) les sorprende la noticia, pero no tienen más remedio
que aceptarla: si el padre ha decidido quemar las naves, la familia tiene que
estar a su lado para apoyarlo. Durante unas semanas, la afluencia de casos es
tan escasa como bochornosa: maridos que esperan descubrir una infidelidad de su
mujer; el propietario de un vehículo, que está obsesionado con descubrir qué
vecino le está rayando su coche con nocturnidad y alevosía… Pero, de pronto,
una llamada de teléfono lo cambia todo: es la baronesa Von Bitter, quien desea
contratar a Justino por una cantidad exorbitante de dinero para que descubra la
identidad de quien le ha robado un valioso ejemplar de la Ilíada, que su
difunto marido le regaló como prueba de amor. La vieja dama sospecha de un
antiguo novio (el ex notario Wenceslao Calderón), que posiblemente quiere
dañarla por no haberse casado con él, aunque lo que más intriga a Lumbreras es
que dos empleados de la baronesa abandonasen el trabajo al mismo tiempo que
desaparecía el libro. En ese momento, se inicia una apretada secuencia de
actuaciones (entrevistas, persecuciones de coches, encuentros desagradables,
diálogos con policías, espionajes), en las que participa con un papel
principalísimo Cande, que asombra a su progenitor con su iniciativa y con sus
dotes detectivescas (“No podía entender cómo la mente de su hija podía atar los
cabos sueltos tan deprisa. A él le costaba más trabajo”, p.183).
Con este volumen simpático y ameno se inicia la serie de novelas juveniles que el caravaqueño Luis Leante ha ido redactando en los últimos tiempos con Justino Lumbreras como protagonista. Muy recomendable, sin duda.




