Lo
ha vuelto a hacer. Javier Mije ha dado un puñetazo en la mesa y ha escrito una
novela absolutamente redonda, lírica, desgarrada, contundente y descomunal; una
novela donde el escritor protagonista nos va dibujando la crónica de su vida
con Verónica, a la que conoció en una aplicación de citas y que lo sometió a un
auténtico torbellino sexual y vital. Él sabe, en el fondo, lo que es una pareja
(“Dos cuerpos vinculados por su fragilidad. La fusión de dos heridas en una
unidad familiar”, p.24); y sabe también que quiere a Verónica, que la ama, que
disfruta con sus excesos de dominatrix y con sus cataratas de dulzura (“No me
importaba ser cursi, sentimental o que mi comportamiento pareciera ridículo a
quienes nos contemplaban, ni me preocupa que el lector encuentre estas
confesiones irrisorias o extravagantes. El amor te devuelve a la infancia”,
p.59).
Admira
y maravilla en esta narración el cuidadoso dibujo que el sevillano elabora
sobre cómo fue construyéndose su personaje protagonista: un colegio escolapio
en el que no fue feliz; su desasosegante inicio en el mundo del sexo; sus
búsquedas insatisfactorias en el mundo de Tinder; sus distracciones recientes con
internet; sus pasados pensamientos suicidas; su éxtasis durante los días que
compartió con Verónica. El resultado es una figura poliédrica, convincente,
llena de meandros luminosos y recodos de sombra. Javier Mije ha realizado una
labor espléndida, tanto en el plano arquitectónico como en el psicológico, que
lo debe llenar de orgullo. No debió de experimentar una sensación muy distinta
Pigmalión mientras creaba a Galatea. Es una historia (hay que decirlo con
rotundidad) de inteligente desarrollo y de exquisito rigor compositivo.
Asistimos
aquí al chequeo de un alma herida y confusa, que desconfía de encontrar el
bálsamo de la felicidad y que, cuando lo obtiene, lo descubre provisional y
quebradizo, por la misma condición nebulosa de las relaciones interpersonales,
que en el caso de Verónica alcanzan un vértigo de pozo o de firmamento: siente
que él no la ama del modo que necesita, y eso le provoca crisis nerviosas, que
se manifiestan con reproches y encierros (“Verónica se opaca y la casa se opaca
con ella”). Así de turbulento y desaforado, de espídico y agrio, de dulce y
cortante, de tormentoso y celestial es su vínculo, continua montaña rusa en la
que resulta imposible mantener un equilibrio que se prolongue en el tiempo.
La
primera palabra del libro es “poco”; la última, “infierno”. El tobogán de
bajada es más que evidente.
Pero es que, además, esta magnífica crónica, esta honda y versátil reflexión sobre el amor y sobre la condición humana, está impregnada de abundantes y agudas observaciones sobre la timidez (“El mundo se ha transformado en algo brutal. La timidez es un lujo, un tumulto de cabezas contempladas desde la última fila, donde quienes no alzan la voz hasta el histrionismo reciben solo las raciones más pequeñas”, p.12), la condición pragmática de nuestro tiempo (“En un mundo que ha capitulado ante las leyes del mercado rara vez ocurre algo que no sea práctico, cuantificable, lucrativo, reglado. Lo humano es feo”, p.37) o sobre la ambivalencia de la posesión amorosa (“¡Qué feliz soy! ¡Qué desgraciado!”, p.143). Léanla. Me agradecerán el consejo.






