Ricardo
Jordán ha sido un hombre poderoso y millonario, que ha convertido el mundo de
la Bolsa en una fuente inagotable de ingresos. A su alrededor, todos le
admiran; o, más bien, le odian y temen, porque ha dejado una implacable estela
de cadáveres a su espalda. Nada le importan los demás: son meras marionetas
carentes de valor, que utiliza para sus fines. Pero en el momento en que se
alza el telón de la obra, las tornas han cambiado: su principal rival está
logrando que sus acciones se desmoronen, ha provocado la desconfianza de sus
socios e incluso se ha reunido en secreto con Enriqueta, la amante de Ricardo.
¿Es el final de su imperio? Así parece, hasta que irrumpe en escena un
siniestro personaje vestido de negro, que se identifica como el Demonio y que
le propone un pacto para recuperar todo su poder y toda su fortuna: que decida
la muerte de una persona anónima que vive a miles de kilómetros, un pobre
pescador que se llama Péter Anderson. Despojado de escrúpulos, Ricardo firma el
documento y logra, al instante, volver a ser quien era.
Como se puede observar, lo que plantea hasta ese punto el cántabro Alejandro Casona es nítido: una revisión moderna del mito de Fausto. Pero lo que interesa sobre todo de La barca sin pescador es el modo en que, arrepentido de su acto, Ricardo emprende viaje hacia el Norte, donde conoce a las personas que rodearon a Péter y convive con ellas. El remordimiento y la culpa, lentamente, impregnan su alma, hasta convencerlo de una verdad que ahora juzga cristalina: que los seres humanos no son muñecos absurdos y prescindibles, sino criaturas dignas de amor y compasión, de quienes conviene estar cerca, porque su compañía irradia calor, ternura y plenitud. Estela, la viuda de Péter, ha ido sintiendo cómo en su pecho vacío ocupa cada vez más espacio el intruso Ricardo; y, dándose cuenta de la mutación que su alma ha experimentado, le dice: “¿Sabe lo que me parece a veces? Que usted ha nacido aquí, entre nosotros; que luego ha vivido lejos muchos años con la memoria perdida. Y que ahora está empezando otra vez a reconocer a los suyos” (acto III). Así es. Ricardo, rodeado por la sencillez y la bonhomía de los habitantes de aquella aldea de pescadores, descubre las auténticas verdades de la vida: la cooperación, la escucha, el mirar a los ojos de las demás personas. ¿Será necesario añadir que la elección de los nombres por parte de Casona es, como tantas otras veces, simbólica? “Jordán” es el río donde, bautizado Jesús, accedió a una vida nueva; “Estela” es un sinónimo de camino, trazado sobre las aguas… La enumeración podría seguir, añadiendo un toque más a esta obra de sugerente ingenuidad y de atractiva sencillez, que se sigue leyendo con agrado.





