sábado, 16 de mayo de 2026

El aprendiz

 


De las manos delicadas de Ana María Matute brotó, en 1972, la obra El aprendiz, que leo ahora en la edición de 2013. En ella nos pide que imaginemos un pequeño pueblecito cuyos habitantes viven dominados por la avaricia implacable del viejo Ezequiel, un usurero cuyos préstamos abusivos lo han convertido en el personaje más temido de la localidad. Todos sus congéneres (el panadero, el carnicero, el lechero, el carbonero, el huevero) lo miran con auténtico terror, hasta el día en que aparece en la aldea un niño, que logra convencer al prestamista para que lo contrate como sirviente: apenas le pide un lugar para dormir y poco más. Astuto y taimado, este accede, sin saber que la presencia del muchacho (y sobre todo de su escoba) van a poner patas arriba su mundo y el de quienes lo rodean.

Con un aroma dickensiano y con pinceladas fabulísticas, la escritora barcelonesa nos entrega una historia conmovedora y educativa sobre el valor de la bondad y sobre la redención del espíritu humano, que cautivará a los más pequeños y que tocará también el corazón a los mayores. Hermosa.

viernes, 15 de mayo de 2026

La cueva del cíclope

 


Si a usted no le interesa lo que Arturo Pérez-Reverte opina sobre las cosas y las personas (escritores, libros, política, etc) se puede ahorrar este tomo. Si le interesa, adelante. Es legítimo no abrirlo, pero no es legítimo (porque revela sandez) abrirlo para denigrarlo. A mí no se me ocurriría consultar un volumen con los tuiteos de José Luis Martín Vigil, Fernando Vizcaíno Casas o Corín Tellado, pero tampoco se me ocurriría hacerlo para despotricar contra sus personas o sus opiniones. Temo que hayamos perdido buena parte de las hermosas virtudes que rodean y adornan el respeto. En este volumen se habla de autores que adoro, de autores que considero banales y de autores que ignoro (lógicamente); de libros que me fascinan y de libros que me provocan aburrición (lógicamente)… Pero si he aceptado gustoso el ejercicio de adentrarme en estas páginas es porque muchas del autor cartagenero me han acompañado en los últimos años y siento admiración por él. A despecho de quienes se apuntan a etiquetas o aceptan criterios ajenos, yo prefiero leer al escritor X (sea quien sea) para saber lo que opino sobre el escritor X.

Entiendo que muchas de las páginas les puedan parecer, porque lo son, repetitivas (consultas sobre la literatura relacionada con la guerra civil, gustos literarios del autor, preguntas sobre sus obras), pero les animo a que se adentren y sean perseverantes en la lectura; porque, cuando empiecen a pensar que sería conveniente saltarse alguna página (o varias, porque el libro supera las mil cuatrocientas), de pronto aparece la sorpresa de una fórmula curiosa (“A Góngora la fuerza se le iba en perífrasis. Estilo sonajero”), o se descubre un trallazo tan legítimo como contundente (“Amélie Nothomb me parece la quintaesencia de lo inane en versión cursi”), o sonreirán con un tirabuzón simpático (“Henry Miller a mí me gustó. Pero tampoco le pondría un piso”), o saltará ante sus pupilas un desafecto literario (cuando habla de Los detectives salvajes, del argentino Roberto Bolaño, utiliza este endecasílabo demoledor: “Me aburrí como una cigala hervida”), o verán que emite una opinión política con filo de bisturí (“Bruselas es una casta de golfos autosatisfechos”).

Verán muchísima educación en las respuestas de Arturo Pérez-Reverte (quienes lo consideran desdeñoso, soberbio o brusco se van a llevar una sorpresa), leerán excelentes recomendaciones literarias (que les sugiero que apunten) y conocerán algunos detalles preciosos sobre el escritor (su afición por Tintín, la biblioteca familiar, su infancia o su hija). Preguntado por la vigencia y modernidad de los clásicos, el escritor responde: “Los grandes siempre son. Nunca fueron. Eso los diferencia de nosotros, los juntaletras provisionales. Servimos para ir tirando”. Para quitarse el sombrero, no me lo negarán. Anímense a quitárselo, como yo, durante el millar y medio de páginas del tomo. No se van a arrepentir.

jueves, 14 de mayo de 2026

Lunes


 

Un libro es plenamente eficaz cuando consigue el objetivo que el autor o autora se había marcado. Este reciente volumen de Care Santos (titulado Lunes y que sirve como arranque de la saga “Laberinto”) lo es, porque durante su lectura sientes que las palabras de la escritora barcelonesa, el desarrollo de la historia y las reacciones de los personajes que en ella actúan te provocan incomodidad. Es tan llano como contundente: te dejan muy mal cuerpo. Y puesto que el objetivo consiste precisamente en eso, el éxito es absoluto.

Nos encontramos en el hogar (a punto de ser vendido) donde viven Nayara y su hermano Ferran, junto a su madre y el perro Gorro. El padre está en la cárcel, por estafa. Desde el viernes (han pasado tres días), Nayara está más silenciosa de lo habitual, más hosca de lo habitual, más reconcentrada y triste de lo habitual. Al principio, parece el típico bache adolescente, ocasionado por cualquier minucia, y que el tremendismo de la edad magnifica hasta dimensiones catastróficas. Pero cuando empieza a insistir en la idea de considerarse un estorbo, de sentir ganas de vomitar y de anhelar la muerte, se eriza la piel. ¿Qué ocurrió realmente antes del fin de semana? ¿Por qué está tan amargada, tan hundida? Todo comenzará a aclararse (en realidad, a enturbiarse) cuando en el instituto empiece a circular un vídeo asqueroso en el que cinco mastuerzos (capitaneados por Enzo, el “novio” de Nayara) abusan de ella de un modo nauseabundo. Ahí comenzamos a entender todo lo que burbujea en el corazón y en el cerebro de la chica. Y también sentimos ganas de vomitar. Y también nos quedamos hundidos, hasta el punto de no saber qué sentir con exactitud cuando se produce una muerte a mitad de la obra.

Libro, como digo, incómodo, enervante, que Care Santos maneja con buen pulso y del que pronto conoceremos más entregas de estructura analéptica: sus títulos (Domingo, Sábado y Viernes) así invitan a imaginarlo. Les contaré entonces, pero me temo lo mejor. Y lo peor.

miércoles, 13 de mayo de 2026

Como yo los he visto


 

Supe de la existencia de este libro póstumo de Josefina Carabias hace bastante tiempo, pero es ahora cuando el azar lo pone entre mis manos. Y reconozco que recorrer sus páginas me ha resultado muy agradable, tanto por la forma sencilla y eficaz con que está escrito como por el caudal de anécdotas y opiniones que vierte sobre los protagonistas que lo pueblan. Buen oído y buena muñeca: dos excelentes adornos para una periodista.

Comienza el volumen hablándonos de Pío Baroja (“El hombre a quien considero el primer novelista español contemporáneo”). Nos explica que lo conoció la noche del 14 de abril de 1931. Y que, “contra lo que se cree en general, don Pío era muy risueño, sobre todo en la intimidad, y se le podía provocar la risa con cualquier bobada”. Quién lo diría, si nos atenemos a las imágenes fotográficas que de él se pueden localizar en libros o Internet. Como nota especialmente simpática, yo destacaría la gratitud que siempre manifestó el escritor vasco por un detalle que tuvo Josefina Carabias con él: gracias a un contacto de la periodista, Baroja gozó en su casa, durante épocas de escasez, de un buen suministro de carbón (era muy friolero).

Del inigualable gallego Valle-Inclán afirma igualmente que “era simpatiquísimo y además decía frases con las que siempre se podía hacer un buen reportaje”; y también que “caerle en gracia a don Ramón era una de las cosas más fáciles que podía haber en el mundo”. En septiembre de 1930, el escritor la acompañó a un mitin donde se empezaba a gestar el gobierno de la república, que ganaría las elecciones al año siguiente, y a punto estuvo de provocar un escándalo con sus disensiones, expresadas con vehemencia en medio de un público hostil. Y otro detalle digno de ser subrayado: Valle opina sobre el levantino Gabriel Miró y lo define con ternura y cierta maldad rebajada: “Como persona creo que había pocas mejores, pero como escritor resultaba lo más parecido a una monja haciendo dulces”.

Gregorio Marañón era un trabajador infatigable, que apenas dormía cinco horas diarias y que fue el médico de cabecera de Benito Pérez Galdós. “La bondad es su rasgo más saliente”, nos dice Carabias; de ahí que no sea extraña “la unanimidad con que suscita las alabanzas”. Ramiro de Maeztu era partidario de la monarquía y enemigo de la república. Cuando estalló la guerra civil no huyó, sino que esperó la detención de los milicianos: “Tengo más de sesenta años, he hecho ya cuanto tenía que hacer en la vida y estoy a bien con Dios. ¡Podéis matarme cuando queráis!”, fueron las palabras que les dijo, según testimonio de su hijo. A Pastora Imperio la entrevistó cuando volvió a los escenarios, y también acudió a ella varias veces “para formar parte de una de esas sandeces que solemos hacer en los periódicos y a las que damos el nombre de encuestas”. Llamaba la atención por sus ojos verdes con puntitos dorados. Su nombre real era Pastora Rojas, pero el empresario lo cambió por un comentario de Jacinto Benavente, quien dijo que la niña valía un imperio. Su generosidad era tal que, en opinión de Carabias, las tres cuartas partes de todo lo que ganó en su carrera profesional lo destinó a remediar desgracias ajenas. Del torero Juan Belmonte le impresionó la forma en que asumió su destino (“Se había hecho torero por la fuerza de su triste situación y por influjo del ambiente, igual que los chiquillos de Sigüenza se hacen curas, los de Bilbao marineros y los de Barcelona viajantes de comercio”) y su reconocido miedo a los toros (afirmaba que se acercaba tanto a ellos para no ver de lejos su envergadura). De Miguel de Unamuno no lo cautivaron su condición misógina y polemista (aseguraba que “concebir, gestar, parir y amamantar” eran, en su opinión, las tareas propias de la mujer), pero sí la belleza cruda de su poesía, tan huérfana de música (“Yo soy un poeta, pero lo que no soy es un tamborilero”). Lástima que, poseyendo una mente tan culta y extraordinaria, se dilapidase tantas veces en asuntos menores (“Don Miguel era un águila y por eso perdió el tiempo cuando se puso a cazar moscas”).

Un libro para disfrutar, para aprender y, sobre todo, para tributar un aplauso en pie a Josefina Carabias: nadando a contracorriente, conquistó para la mujer un puesto merecido y justo dentro del periodismo español.

martes, 12 de mayo de 2026

Claridad

 


Ilumino una mañana de mayo leyendo en voz alta el poemario Claridad, con el que José Agustín Goytisolo obtuvo el premio Ausias March en el año 1959. Ha sido una excelente decisión sacar este libro de la estantería y dejar que sus hojas vayan pasando lentamente por mis ojos. Comienza la obra con una ensoñación de plenitud y felicidad, a la sombra de un almendro (“Cinco años”), pero pronto irrumpe en ella la guerra de 1936, que trajo “un polvo de odio y una / tristísima ceniza / que caía y caía / sobre la tierra y sigue / cayendo en mi memoria / en mi pecho; en las hojas / del papel en que escribo” (“Queda el polvo”). Recordando en silencio, el poeta vuelve a ser como un niño aturdido, atropellado por unos años angustiosos y difíciles, con los bombardeos alrededor y, después, con aquellos maestros agrios, la sensación de estar en un pozo del que resultaba casi imposible salir, la tristeza infinita de haber perdido a su madre, quien fue asesinada en un bombardeo de la aviación golpista en 1938 (a ella le tributa composiciones como “Un día estabas cantando” o “La nana de Julia”). Pero también, afortunadamente, estaban los amigos de niñez, que fueron importantes y a quienes no ha olvidado.

Con este poemario de gran agilidad (los poemas son breves y sus asonancias los llenan de una sonoridad vigorosa: véase, por ejemplo, “Tal morder una manzana”); lleno de nostalgia, melancolía y emociones tenues; lleno de guiños admirativos a Rosalía de Castro (“Mar de ayer”), Antonio Machado (“Homenaje en Colliure”), Miguel Hernández (“Historia conocida”) o Federico García Lorca (“Me cuentan cómo fue”); y lleno de poemas que parecen música (en algún caso, la música la pone Paco Ibáñez con su guitarra, como ocurre en “El lobito bueno”); José Agustín Goytisolo continúa entusiasmándome.

lunes, 11 de mayo de 2026

Fantasmas de luz

 


Damián trabaja desde muy niño como operador en el cine Soñadores, donde tuvo como maestro y guía al señor Alfredo (ah, ese homenaje a Cinema Paradiso). Al cumplirse los treinta y cinco años en la empresa, se le comunica que todos los que trabajan en los cines de la empresa van a ser despedidos, porque el propietario ha tomado la decisión de vender los locales. Marga, la esposa de Damián, también fue prejubilada en su trabajo hace un tiempo. Así que, de pronto, sus vidas van a experimentar un giro asombroso, que tendrá una consecuencia inesperada: sus cuerpos se van volviendo transparentes (“Él y Marga parecían ir disolviéndose lentamente en el aire”, cap.7); y, por fin, llegan a la invisibilidad. Superado el estupor de los primeros días, Damián aprovecha la coyuntura para robar prendas de ropa y películas en algunos comercios; pero en seguida llega el momento de enfrentarse a la realidad: ¿cómo vivir siendo invisibles? ¿Cómo relacionarse con los demás? ¿Cómo comprar alimentos y medicinas?

Mientras se encuentra en un parque, Damián escucha una voz: dice llamarse Luis (es otro invisible) y le explica que pertenece a un Grupo de Rescate, cuya misión es localizar a todas las personas invisibles, para hacerles saber que pueden organizarse y, cuando sean miles o millones por todo el planeta, “construir un mundo nuevo. Un mundo mejor y más justo, que nunca más condenase a nadie a vivir en la invisibilidad”. No resultará necesario detenernos mucho en el tinte metafórico de esta propuesta.

Pero hay una segunda parte en el libro que, en forma de recortes de película, nos va facilitando otras informaciones sobre los protagonistas: que Damián siente fascinación por la actriz Julianne Moore; que Marisa, una de las trabajadoras del cine Soñadores, siempre ha estado enamorada en secreto de él; que el dueño de la empresa, desde el principio, maniobró astutamente para vender todos los cines y convertirlos en un boyante negocio inmobiliario; que Ismael, el hijo de Damián y Marga, mientras prepara su doctorado en Berlín ha encontrado a la mujer de su vida; que Marga se juntó con una compañera de trabajo para crear una floristería y convertirse (aunque no tuvieron éxito) en empresarias… Lo más valioso de estos “recortes”, a mi entender, es la forma en que enriquecen la visión que tenemos de la pareja protagonista, que ahora nos son revelados de otra manera: como un hombre reconcentrado en sí mismo y en su pasión cinéfila y como una mujer que, víctima de esa obsesión, no llegó a ser feliz del todo en su matrimonio, porque se sintió siempre en segundo plano. Estupendo relato sobre las pasiones (en este caso, el cine) y cómo pueden convertirse en insatisfacción o vacío para quienes comparten vida con la persona absorbida por ellas.

domingo, 10 de mayo de 2026

Un día de fiebre


 

Teniendo aún relativamente cercana mi lectura del libro de relatos Los ojos de los peces, de Rubén Abella (https://rubencastillo.blogspot.com/2025/05/los-ojos-de-los-peces.html), me acerco hasta las páginas de su novela Un día de fiebre. Y salgo totalmente deslumbrado. Qué maravilla. Por la densidad y la musculación de cada historia, podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que estamos ante varias novelas dentro de esta novela. No hablo de “cuentos conectados” (lo cual también sería legítimo), sino de algo mucho más denso: un poderío de narraciones que se sostienen novelescamente por sí mismas, como las admirables pistas de un circo modélico, pero que multiplican su esplendor al unirse.

Como es natural, no les voy a resumir las líneas de esas historias, porque resultaría mezquino privarles de ese placer. Bastará decirles que la acción se centra en un día en el que la ciudad de Madrid es zarandeada por un pequeño terremoto y, a partir de ese punto, el escritor vallisoletano nos va mostrando las líneas que trazan por la ciudad un bombero que está convaleciente de una caída; otro bombero, que está a punto de ser padre y que vive sofocado por las amenazas de un rufián al que debe dinero; una anciana que fallece mientras estaba subida a una escalera; una chica que sufre las consecuencias de una novatada brutal perpetrada en el colegio mayor; un juez que rehúye todo compromiso sentimental y que vive un azar de amantes superpuestas; el propietario de un restaurante al que todavía escuece una durísima herida sufrida años atrás; o (y la enumeración no es exhaustiva) una profesora universitaria que lamenta el deterioro de su labor, en un mundo de jóvenes caprichosos y reacios al esfuerzo. Y es que Un día de fiebre se yergue no solamente como una egregia narración, ya les digo, sino también como una espléndida radiografía del ser humano, porque Rubén Abella indaga en los corazones y las mentes de sus personajes con una exactitud que asombra y maravilla, consiguiendo dibujarnos un cuadro inmejorable de los miedos, las flaquezas, las ilusiones, las miserias y las decepciones que cada uno de ellos (cada uno de nosotros) almacena en el sótano del alma.

Grandísima, preciosa novela. Que puede (y eso la hace más grande) ser releída con placer renovado, porque no importa tanto el argumento como el dibujo dulce y hermoso de sus personajes, los cruces (y conexiones, y divergencias) que la vida opera con ellos, al modo de un perfecto mecanismo de relojería. Créanme: memorable.