miércoles, 20 de mayo de 2026

Los carros vacíos


 

No estamos en el Londres victoriano, ni tampoco en las verdes campiñas de Gran Bretaña, ni siquiera a finales del siglo XIX. No tenemos delante a Sherlock Holmes y su ayudante el doctor Watson. Estamos en La Mancha, en un pueblo de Ciudad Real llamado Tomelloso, en pleno siglo XX. Allí trabaja como jefe de la guardia municipal Manuel González, al que todos conocen con el sobrenombre de Plinio, quien se encuentra realmente en apuros porque, tras el asesinato de dos meloneros en el otoño pasado, aparece en pleno agosto otra víctima. En todos los casos, el modus operandi es idéntico: un navajazo firme y rotundo, dado por la espalda, cerca del corazón. No hay sospechosos. El criminal no deja pistas que permitan conducir a su detención. Las fuerzas vivas de la localidad (el alcalde, el sargento de la guardia civil) presionan a Plinio para que resuelva cuanto antes esa oleada de asesinatos; y él se devana los sesos con la ayuda de su particular doctor Watson: el veterinario don Lotario. Para más inri, aparece un cuarto cadáver, que presenta más navajazos de los habituales. ¿Está el escurridizo asesino variando su método o quizá se trata de un imitador? Mientras reflexiona y pasea por el pueblo, agobiado por la falta de pistas, Plinio recibe la noticia de que el juez ha pedido ayuda a Ciudad Real, para que envíen a la policía secreta. ¿Podrá resolver el caso, antes de que su profesionalidad y su buen nombre sufran ese oprobio?

Con esta primera novela dedicada al personaje de Plinio (publicada en 1965), el escritor Francisco García Pavón iniciaba una serie de relatos que alcanzaría grandes éxitos de público y también de crítica (el premio de la Crítica o el Nadal recayeron en sendas aventuras del personaje), convirtiéndose en un icono de nuestras letras. Muy agradable primer paso, al que seguirán otros en este blog, no me cabe duda.

martes, 19 de mayo de 2026

El lugar

 


Si tu padre ha sido un héroe de guerra, un torturador nazi, el descubridor de una vacuna, un futbolista de élite, un presidente de gobierno o el primer hombre en pisar la Luna, escribir sobre su vida resulta una tarea extremadamente simple: sus propias acciones lo han convertido en “material novelesco” de primer orden y tan solo hay que colocarlas por orden para que los lectores accedan a ellas. Pero si ha sido una persona gris, sin más brillo aparente que el derivado de la normalidad, el asunto se complica. ¿A quién puede interesarle que hizo la mili en Bétera, que le gustaban las alubias estofadas o que jamás perdonó una siesta? De tan banales como resultan sus ingredientes, el guiso deviene rancho de cuartel.

Pero Annie Ernaux se arriesga y nos cuenta que su progenitor abandonó los estudios primarios sin acabarlos, porque tenía que trabajar; que su adolescencia fue dura; que trabajó con poco entusiasmo, pero con aplicación, en una cordelería; que luego reparó tejados (hasta que una caída lo alejó de ese horizonte laboral) y que, finalmente, montó con su esposa un café-colmado en el que logró estabilizar su vida económica. Nos habla también de sus complejos lingüísticos (tenía pánico a quedar en evidencia hablando de forma inadecuada); de que jamás visitó un museo; de que se sentía orgulloso por los estudios de su hija, pero le preocupaba que se concentrara demasiado en ellos; y de que a los sesenta años su salud comenzó a deteriorarse: le descubrieron problemas en el estómago.

Quizá se estén ustedes preguntando a dónde nos lleva todo esto, y la respuesta es tan sencilla como universal: no nos lleva a ningún sitio. Pero no por defecto de la autora, sino porque la normalidad de la vida es así: una hilera de pasos sobre la duna de un desierto que, de pronto, se cancela. Un día, Annie volvió a casa y el padre recayó de su grave enfermedad estomacal. Ella, que se quedó a su lado durante unos días, se encontraba leyendo la novela Los mandarines, de Simone de Beauvoir, pero no conseguía concentrarse. Y nos deja una confesión tan sencilla como conmovedora: sabe que “al llegar a alguna página de ese libro mi padre ya no viviría”. Eso es todo y así ocurrió. Como siempre. Como nos ha pasado o nos pasará a nosotros. La vida.

lunes, 18 de mayo de 2026

Voces de piedra


 

Se ha dicho muchas veces, pero no importa repetir las verdades, con la ilusión de que más personas las escuchen: pasamos por delante de muchos sitios (e incluso, ay, de muchas personas), pero no solemos tener la curiosidad de mirarlos; es decir, de preguntarnos por su íntima entraña, por sus detalles, por su origen, por su sentido. Devienen bultos, y nuestra indiferencia los cosifica todavía más, convirtiéndolos en magma gris. Hasta que llegan unas pupilas afectuosas y nos piden que atendamos, porque van a insuflar vida en ese paisaje aparentemente anodino. Lo hizo Ramón Gómez de la Serna con infinitos cachivaches menores; lo hizo Azorín, paseándose por diminutos lugares de Castilla; lo hace Andrés Trapiello, informándonos sobre el Rastro madrileño; y, más recientemente, lo ha hecho Santiago Delgado con el trabajo Voces de piedra, donde se concentra en la catedral de Murcia y en sus tallas (retratadas bellamente por Ana Bernal), a las que dota de vida mediante monólogos que dibujan lo más notable o llamativo de cada vida. Así, Tomás de Aquino, el Doctor Angélico, recuerda que escribió al monarca Alfonso “para que fundase universidad en esa tierra”; Teresa de Ávila manifiesta su preferencia por ser recordada “como una mujer en oficio de las cosas cotidianas”; san José lamenta que los calendarios acostumbren a designarlo como “padre putativo” de Jesús (“que no es afortunada añadidura; sí lo fue en cambio su lectura abreviada, que yo celebro: Pepe”); san Leandro subraya sus aportaciones al III Concilio de Toledo (que se celebró en el año 589); santa Ana exhibe orgullosa el rótulo con el cual se la designa en esta ciudad del sureste español (“La agüelica, que dicen en Murcia”); san Basileo añora la paloma que, posada sobre su mano derecha, ahora ya no existe; san Petronio, fundador de la universidad de Bolonia, porta desde hace siglos la cruz de su fe; y san Pablo (por no agotar los cincuenta y cinco monólogos) pone de manifiesto su importancia en la cristalización de la religión cristiana (“Acaso el resto completo de mis compañeros, discípulos de Jesús, sintieron mejor su carisma, y primaron a las razones de su corazón para asumir la doctrina del Maestro. Yo apuntalé las palabras y los hechos”).

Una obra hermosa y culta, editada con primor por la Real Academia Alfonso X el Sabio en el año 2025.

domingo, 17 de mayo de 2026

La niña lectora


 

Puede parecer una historia infantil, pero su cargamento de lágrimas, de tesón y de denuncia social la convierten en algo más. En mucho más. Estamos en los meses posteriores a la Semana Trágica de 1909 y nos encontramos en la costa cantábrica, concretamente en los alrededores de una fábrica de tabaco de A Coruña. Allí trabaja, en condiciones insalubres, la cerillera Leonor, casada con el trapero Helenio y madre, entre otros, de Liberto y Nonó. Él es un muchacho que tiene ingenio, iniciativa y ganas de aprender. De hecho, acostumbra a leer en voz alta para su familia (“Las palabras estaban contentas en su boca”). También es reivindicativo: protesta públicamente contra la guerra de Marruecos, lo que ocasiona un intento de detención por parte de las autoridades. Ella es una niña despierta, que ha aprendido a leer y que, cortándose el pelo como un chico, logra asistir a la escuela. Muerta la madre por culpa de la tisis, Nonó decide superar el dolor acudiendo a la fábrica de tabaco. Y allí encuentra su destino.

Delicado en las descripciones, firme en la denuncia de las miserables condiciones de trabajo de las cigarreras, Manuel Rivas nos entrega una historia lírica, robusta y conmovedora (bellamente ilustrada por Susana Suniaga), que puede (y debe) ser leída en voz alta. A ser posible, mientras tus hijos escuchan.

sábado, 16 de mayo de 2026

El aprendiz

 


De las manos delicadas de Ana María Matute brotó, en 1972, la obra El aprendiz, que leo ahora en la edición de 2013. En ella nos pide que imaginemos un pequeño pueblecito cuyos habitantes viven dominados por la avaricia implacable del viejo Ezequiel, un usurero cuyos préstamos abusivos lo han convertido en el personaje más temido de la localidad. Todos sus congéneres (el panadero, el carnicero, el lechero, el carbonero, el huevero) lo miran con auténtico terror, hasta el día en que aparece en la aldea un niño, que logra convencer al prestamista para que lo contrate como sirviente: apenas le pide un lugar para dormir y poco más. Astuto y taimado, este accede, sin saber que la presencia del muchacho (y sobre todo de su escoba) van a poner patas arriba su mundo y el de quienes lo rodean.

Con un aroma dickensiano y con pinceladas fabulísticas, la escritora barcelonesa nos entrega una historia conmovedora y educativa sobre el valor de la bondad y sobre la redención del espíritu humano, que cautivará a los más pequeños y que tocará también el corazón a los mayores. Hermosa.

viernes, 15 de mayo de 2026

La cueva del cíclope

 


Si a usted no le interesa lo que Arturo Pérez-Reverte opina sobre las cosas y las personas (escritores, libros, política, etc) se puede ahorrar este tomo. Si le interesa, adelante. Es legítimo no abrirlo, pero no es legítimo (porque revela sandez) abrirlo para denigrarlo. A mí no se me ocurriría consultar un volumen con los tuiteos de José Luis Martín Vigil, Fernando Vizcaíno Casas o Corín Tellado, pero tampoco se me ocurriría hacerlo para despotricar contra sus personas o sus opiniones. Temo que hayamos perdido buena parte de las hermosas virtudes que rodean y adornan el respeto. En este volumen se habla de autores que adoro, de autores que considero banales y de autores que ignoro (lógicamente); de libros que me fascinan y de libros que me provocan aburrición (lógicamente)… Pero si he aceptado gustoso el ejercicio de adentrarme en estas páginas es porque muchas del autor cartagenero me han acompañado en los últimos años y siento admiración por él. A despecho de quienes se apuntan a etiquetas o aceptan criterios ajenos, yo prefiero leer al escritor X (sea quien sea) para saber lo que opino sobre el escritor X.

Entiendo que muchas de las páginas les puedan parecer, porque lo son, repetitivas (consultas sobre la literatura relacionada con la guerra civil, gustos literarios del autor, preguntas sobre sus obras), pero les animo a que se adentren y sean perseverantes en la lectura; porque, cuando empiecen a pensar que sería conveniente saltarse alguna página (o varias, porque el libro supera las mil cuatrocientas), de pronto aparece la sorpresa de una fórmula curiosa (“A Góngora la fuerza se le iba en perífrasis. Estilo sonajero”), o se descubre un trallazo tan legítimo como contundente (“Amélie Nothomb me parece la quintaesencia de lo inane en versión cursi”), o sonreirán con un tirabuzón simpático (“Henry Miller a mí me gustó. Pero tampoco le pondría un piso”), o saltará ante sus pupilas un desafecto literario (cuando habla de Los detectives salvajes, del argentino Roberto Bolaño, utiliza este endecasílabo demoledor: “Me aburrí como una cigala hervida”), o verán que emite una opinión política con filo de bisturí (“Bruselas es una casta de golfos autosatisfechos”).

Verán muchísima educación en las respuestas de Arturo Pérez-Reverte (quienes lo consideran desdeñoso, soberbio o brusco se van a llevar una sorpresa), leerán excelentes recomendaciones literarias (que les sugiero que apunten) y conocerán algunos detalles preciosos sobre el escritor (su afición por Tintín, la biblioteca familiar, su infancia o su hija). Preguntado por la vigencia y modernidad de los clásicos, el escritor responde: “Los grandes siempre son. Nunca fueron. Eso los diferencia de nosotros, los juntaletras provisionales. Servimos para ir tirando”. Para quitarse el sombrero, no me lo negarán. Anímense a quitárselo, como yo, durante el millar y medio de páginas del tomo. No se van a arrepentir.

jueves, 14 de mayo de 2026

Lunes


 

Un libro es plenamente eficaz cuando consigue el objetivo que el autor o autora se había marcado. Este reciente volumen de Care Santos (titulado Lunes y que sirve como arranque de la saga “Laberinto”) lo es, porque durante su lectura sientes que las palabras de la escritora barcelonesa, el desarrollo de la historia y las reacciones de los personajes que en ella actúan te provocan incomodidad. Es tan llano como contundente: te dejan muy mal cuerpo. Y puesto que el objetivo consiste precisamente en eso, el éxito es absoluto.

Nos encontramos en el hogar (a punto de ser vendido) donde viven Nayara y su hermano Ferran, junto a su madre y el perro Gorro. El padre está en la cárcel, por estafa. Desde el viernes (han pasado tres días), Nayara está más silenciosa de lo habitual, más hosca de lo habitual, más reconcentrada y triste de lo habitual. Al principio, parece el típico bache adolescente, ocasionado por cualquier minucia, y que el tremendismo de la edad magnifica hasta dimensiones catastróficas. Pero cuando empieza a insistir en la idea de considerarse un estorbo, de sentir ganas de vomitar y de anhelar la muerte, se eriza la piel. ¿Qué ocurrió realmente antes del fin de semana? ¿Por qué está tan amargada, tan hundida? Todo comenzará a aclararse (en realidad, a enturbiarse) cuando en el instituto empiece a circular un vídeo asqueroso en el que cinco mastuerzos (capitaneados por Enzo, el “novio” de Nayara) abusan de ella de un modo nauseabundo. Ahí comenzamos a entender todo lo que burbujea en el corazón y en el cerebro de la chica. Y también sentimos ganas de vomitar. Y también nos quedamos hundidos, hasta el punto de no saber qué sentir con exactitud cuando se produce una muerte a mitad de la obra.

Libro, como digo, incómodo, enervante, que Care Santos maneja con buen pulso y del que pronto conoceremos más entregas de estructura analéptica: sus títulos (Domingo, Sábado y Viernes) así invitan a imaginarlo. Les contaré entonces, pero me temo lo mejor. Y lo peor.