domingo, 19 de julio de 2026

Comelobos



 

Federico García Lorca, que lo tenía en alto grado, popularizó en su tiempo la noción de “duende”, esa magia insondable que consigue encandilar a las demás personas con el fulgor que emana del artista. No se puede explicar con palabras, ciertamente. Es un aura, un brillo, una energía que quizá ni el propio emisor sabe controlar, pero que sus oyentes o lectores perciben. Paco López Mengual lo tiene, en mi opinión: basta con abrir cualquiera de sus libros y, de inmediato, adviertes que el ritmo de sus palabras, la gracia de sus frases, el tono, quién sabe qué, te envuelve y embriaga. Es el más oral de nuestros escritores.

Con la publicación de Comelobos (Tirano Banderas, 2026), esa evidencia se pone otra vez de manifiesto. Para arrancar, nos pide que nos situemos en 1862 y que concentremos la mirada en la figura de Hans Christian Andersen, autor que triunfa en toda Europa con sus cuentos y que ha decidido visitar nuestro país. El resultado de aquel viaje (cualquier enciclopedia o buscador de Internet lo confirma) fue la publicación del tomo Viaje por España, que se puede encontrar en el Centro Virtual Cervantes para su lectura. Hasta aquí, todo bien. Pero de repente Paco sonríe y nos cuenta que el escritor danés no quiso incorporar al volumen una experiencia que vivió junto al bandolero Comelobos y su cuadrilla, porque durante aquellos días cometió varios delitos que, en caso de conocerse, le podrían haber deparado la cárcel e incluso la horca. Ahora, prescritos todos ellos, es el momento de darlos a la imprenta. ¿Ven qué fácil? ¿Ven qué recurso tan ingenioso, el de aprovechar las “grietas en lo real”, para que la atención de los lectores se exalte? Paco es un maestro en esas lides. Y de su teclado emergen bandoleros que se disfrazan de guardias civiles para robar carruajes, gitanas de intensos ojos negros que bailan de noche junto a la hoguera, ciegos fingidos que engatusan al público en la plaza de Santo Domingo de Murcia, gobernadores más simples que el mecanismo de un chupete, el cuerpo decapitado de un salteador de caminos (que, para sonrisa de todos, era conocido como El Marujo y nació en Molina de Segura) o la voz intuida de un recitador de romances que aparece en la página 24 y que se llama Emilio del Carmelo.

Paco tiene una coctelera mágica, donde deposita humor, sencillez, humanidad, talento narrativo e ingenio. Luego la agita. Y siempre salen historias maravillosas, como este Comelobos, que harían ustedes bien en leer.

sábado, 18 de julio de 2026

Las batallas en el desierto

 


Al bajar por la calle de Blanca donde me crie, casi al final, había un chico que se sentaba en la puerta de casa a coser alfombras de esparto. Un poco más allá vivía un policía, cuyo hijo (o él) se llamaba Ángel. A pocos metros estaba la pescadería de los hermanos Cano, donde yo compraba las sardinas que me encargaban mi abuela o mi tía Esperanza (detrás del mostrador había un bellísimo mural pintado por Pedro, el hermano pequeño, ahora reconocido internacionalmente). Muy cerca se podía ver el estanco, fabricado entero de madera, junto a las carteleras del cine, donde colocaban fotogramas del próximo estreno. Al lado, la peña, el pequeño casino al que mi padre acudió con los amigos durante un tiempo (conservo una fotografía de entonces). Después, la confitería de la Concha Parra (cuyo hijo Ricardo Candel terminaría siendo médico de renombre y amigo queridísimo de mi familia). Y, casi enfrente, el bar de Felicito. Soy capaz de recordar hasta los menores detalles de cada uno de esos sitios (incluido el mural de Pedro Cano, en el que me fascinaba la figura erguida de un hombre bigotudo, que sonreía con los brazos en cruz y sostenía pescados).

Imagino que, a estas alturas, cualquier persona que esté leyendo con amable paciencia mi reseña se preguntará a qué demonios viene esta rememoración, tan personal como en apariencia incongruente, y la respuesta es sencilla: en Las batallas en el desierto, el mexicano José Emilio Pacheco dedica el primer tercio de la obra a dibujar la acuarela del recuerdo: las calles de la infancia, los juguetes, los olores, el trazado polvoriento de las calles, todos los perfiles de un mundo ya perdido, en el que los protagonistas de la novela se desenvolverán.

El resto, siendo hermoso (no seré yo quien lo niegue), se limita a ser una “historia”: el modo en que el niño protagonista se enamora de Mariana, la madre de su mejor amigo, y vive los tormentos derivados de esa debilidad: que sus padres monten en cólera por la “perversión” del chico, que lo obliguen a acudir a la iglesia para confesarse (el cura le hace las típicas preguntas pervertidas que tan usuales eran -no sé si siguen siendo- entre los sacerdotes de la época) y que finalmente lo lleven al psiquiatra (un despacho donde le hacen tests de lo más ridículos, para llegar a conclusiones también ridículas). Para el narrador, todo este circo resulta incomprensible: ¿dónde está la maldad en el hecho de haberse enamorado? ¿Qué hay de sucio o de pecaminoso en algo tan natural? (“El amor es una enfermedad en un mundo en que lo único natural es el odio”, anota en el capítulo XI). Una obra breve, quizá no memorable, que me ha gustado más en su plano evocador que en el narrativo y que me ha devuelto por unas horas a mi propia infancia.

viernes, 17 de julio de 2026

El caso Kurílov


 

¿Qué nos cuenta Irène Némirovsky en su novela El informe Kurílov (que he leído en la traducción de José Antonio Soriano Marco para el sello Salamandra)? De forma muy resumida, la historia de León M., hijo de unos padres revolucionarios, que creció en su sanatorio para tuberculosos y que murió en Niza en 1932. Muy joven (en 1903), recibió del Comité el encargo de poner fin a la vida del ministro ruso de Instrucción Pública, Valerian Kurílov; y hacerlo, además, de forma bien visible, para que el pueblo compruebe el poder de los rebeldes antizaristas. El muchacho, un urbanita fervoroso (“Odio la naturaleza. No he sido feliz más que en las ciudades”), consigue que lo contraten como médico de Kurílov, y pronto se da cuenta de que un cáncer de hígado lo está matando. ¿Merece la pena matar a quien está condenado a morir en cuestión de meses? Esa es la pregunta que desde los primeros días atormenta al encendido revolucionario (oculto bajo la identidad de Mr. Legrand, médico suizo) quien, por su posición cercana al ministro, tiene ocasión de conocer a su segunda esposa (la antigua cantante Marguerite Eduardovna) y a sus hijos; pero también a los execrables adláteres que lo rodean: el codicioso Dahl, que ansía sorprendentemente su puesto (“Un ciudadano corriente tiene derecho a ser codicioso, porque sabe que de lo contrario morirá de hambre. Pero las personas que lo poseen todo, dinero, relaciones, tierras, jamás se dan por su satisfechos. No puedo entenderlo”); el anacrónico zar (que llega a exigirle a Kurílov que abandone a la cabaretera, si desea seguir siendo ministro); e incluso los revolucionarios que mantienen la conexión Suiza-Rusia (tan rígidos y tan implacables como sus víctimas).

Pero lo que nos está contando realmente Irène Némirovsky es algo mucho más denso y más interesante que un mero relato de urdimbre política, porque nos habla de temas que, pareciendo locales o coyunturales, son universales, como la depredación y las intrigas que rodean siempre a quienes frecuentan el poder; las luchas intestinas (tan tenues como implacables) que se ponen en funcionamiento para medrar; y, por encima de todo, la rica y desconcertante ambigüedad que impregna a todos los seres humanos, capaces de las mayores bajezas y de los sacrificios más admirables. Aquí no hay “buenos” y “malos”, porque todos los actores participan de la luz y de las tinieblas a la vez: todos son (todos somos) sublimes y rastreros, excelsos y execrables, ángeles fieramente humanos (para decirlo con Blas de Otero). La escritora de origen ucraniano nos ayuda para que no olvidemos esa verdad. Léanla.

jueves, 16 de julio de 2026

Cartas a Leonor


 

Recuerdo perfectamente (creo que muchos recordamos perfectamente) los días de la pandemia del covid. Aquella sensación de claustrofobia, de ansiedad, de temor, de incertidumbre, de zozobra. Aquellos números terribles de víctimas, que crecían a diario en las pantallas de la tele y el ordenador. Aquella desolación de calles vacías, vistas desde una ventana. Aquel silencio.

Lola también lo recordará, porque el confinamiento la alejó de su grupo de vóley, de sus amigas y del chico que le gustaba (Lucas), para encerrarla en un hogar pequeño, con sus padres (con quienes mantiene una relación fría y cortante) y con su abuela Leonor (a la que acogieron unos días antes, por sus problemas graves de memoria). Harta de aquella cárcel incómoda, su carácter se vuelve más irascible y responde a todos con acrimonia. Por fortuna, el temperamento dulce, calmado y conciliador de su abuela servirá para que todo se desarrolle con menos tensión, sobre todo desde el momento en que la anciana empiece a contarle a su nieta sus recuerdos de juventud, donde reinó la figura de Antonio, un muchacho de Soria… que no fue el abuelo de Lola. Los poemas de Campos de Castilla y una vieja carta del chico (la última que le envió) servirán para que Lola empiece a entender lo que realmente deberá hacer cuando terminen los días del coronavirus, guiada por una frase de Leonor, que se convierte en columna vertebral del relato: “La historia de esta familia continuará contigo: tú eres la memoria viva de tus abuelos, de tus padres, de todos los que se fueron y de los que no están. Mi historia personal desaparecerá conmigo porque nadie más la conoce”.

Con el desarrollo de una doble línea narrativa muy interesante (el ayer de la abuela y el hoy de la nieta), la novelista madrileña nos va guiando a los lectores hacia el mañana de todos los personajes, que se iniciará en un cementerio, donde tres lápidas se convierten en culminación y protagonistas de un relato magnífico, emotivo y admirable, en el que literatura, amor y vida enlazan sus dedos. ¿Un libro para jóvenes? Por supuesto. ¿Un libro para enamorados de la poesía? Que nadie lo ponga en duda. Pero, sobre todo, una novela profundamente humana, en la que se exploran las dudas juveniles (la amistad, el amor, las relaciones con los padres), la quebradiza condición de la “normalidad” (que puede verse alterada por algo tan asombroso como un virus) y la fortaleza que podemos extraer, si somos capaces de buscarla, dentro de nuestro espíritu. Un libro para llorar, para aprender y para aplaudir.

miércoles, 15 de julio de 2026

La muerte ajena

 


Los hechos son terribles: una chica de veintitrés años, llamada Juliana Gutiérrez, ha caído desde el quinto piso de un edificio del barrio de la Recoleta (Buenos Aires) y se encuentra en un hospital, debatiéndose entre la vida y la muerte. Pero son los detalles los que enturbian pronto la historia: la chica estaba drogada; la chica estaba desnuda; la chica estaba en el apartamento del empresario Santiago Sánchez Pardo; la chica trabajaba como escort (acompañante vip con derecho a prestaciones sexuales). De inmediato, surgen las dudas y las hipótesis: ¿se trata de un accidente, de un suicidio o de un asesinato? Añadamos más condimentos al plato principal: Juliana compartía padre con Verónica Balda, famosa periodista radiofónica, quien pronto comienza a interesarse por el caso, sobre todo porque los rumores crecen y se enredan de una forma imparable. Se habla de prostitución de lujo, se habla de empresarios que controlan el poder de forma secreta, se habla de intervención de los servicios secretos argentinos. Añadamos un segundo plato al menú: Juliana tenía grabaciones de audio, documentos fotografiados y todo tipo de pruebas que incriminaban a su sugar daddy (Santiago Sánchez) en tramas tan oscuras como inquietantes; y quería que esas pruebas llegaran a las manos de Verónica, para que las utilizase como base de una investigación y de un proceso legal.

Esos mimbres argumentales, que podría haber servido para construir una novela sencilla, rectilínea y comercial, sirven a Claudia Piñeiro para conformar un relato poliédrico, donde varios personajes se erigen sucesiva y complementariamente en narradores: Leticia Zambrano (quien trabaja con Verónica y compartió con ella el premio Rey de España de periodismo), Pablo Ferrer (pareja de Verónica) y, por supuesto, las revelaciones parciales, pero muy significativas, de Juliana, Santiago o la propia Verónica. A ese mosaico laberíntico es invitada a sumarse la persona que está leyendo, quien tendrá que unir las piezas y restablecer, en la medida de lo posible, lo que realmente ocurrió en este “entramado de sexo, poder, política y servicios secretos” que se parece, triste y certeramente, al mundo en que vivimos. La propia narradora bonaerense lo dice: “Estamos parados sobre el juego de la oca más siniestro, dando pasos hacia atrás. Es evidente que una ola ultraconservadora se esparce por el mundo entero, no sólo por nuestro país. Lo que parecía superado, regresa. Los consensos se rompen, los derechos que parecían adquiridos para siempre se ponen en cuestión y peligran. Lo que se callaba porque era vergonzante, ahora se grita a los cuatro vientos. Muy triste”. ¿Les suena ese análisis? ¿Están conformes con él? Frente a los novelistas que se atascan en una visión férrea o que nos invitan a aceptarla sin más vacilaciones, Piñeiro nos propone la duda (“La verdad no es lo que cuenta Pablo. La verdad no es lo que cuenta Zambrano. Tampoco es lo que cuento yo”). La realidad es un territorio cenagoso, donde el poder, los traumas familiares, el dinero, la prostitución, la libertad, la mentira y el crimen campean, y donde no cabe asumir posturas ingenuas o unilaterales: con esa zozobra, casi cuántica, debemos afrontar la lectura.

martes, 14 de julio de 2026

El viaje a ninguna parte

 


Ha habido, por fortuna, muchos libros con cuyo final me he emocionado, pero poquísimos con los que haya llorado (literalmente) mientras recorría sus últimas páginas, teniendo que pararme porque las lágrimas me empañaban los párrafos. Ahora me ha vuelto a ocurrir con El viaje a ninguna parte, de Fernando Fernán-Gómez. No soy palabrotero, como bien saben quienes me conocen, pero qué puta maravilla. Qué jodida genialidad. Qué impagable e irrepetible retrato sobre una profesión arrastrada y ambulante como fue la de los cómicos, aplaudidos durante el ratito de la representación y despreciados como perros durante las veintitrés horas restantes del día. Viviendo de mendrugos, soportando pedradas y expulsiones, mirados con suspicacia en tabernas y fondas, extranjeros en todos los pueblos de España e incluso enterrados fuera del espacio sagrado.

En esta obra escuchamos la voz de Carlos Galván, un viejo actor que está ingresado en la Residencia de Ancianos San Carlos Borromeo y que resume para el doctor Arencibia muchos detalles de su trayectoria. Le habla de sus difíciles inicios, cuando la compañía actuaba en bares, plazas y cuchitriles inmundos, sin más pago que algunas monedas lanzadas casi con desdén; de la  competencia que mantenían (tan desigual) con el cine (ah, el personaje de Solís), los seriales de la radio y el fútbol; de la desoladora tristeza de no comer todos los días, porque la recaudación no daba para esos dispendios (su hijo Carlitos juega partidos de fútbol porque le dan la merienda; y alguna chica de la compañía abandona para trabajar en un bar “de camareras” o se muestra dispuesta “a todo” a cambio del sustento); de la búsqueda constante de pueblecillos donde se les acepten dos o tres días de función, para saber que se comerá caliente esas jornadas. Uno de los personajes de la obra, mirando a la vez con desdén y con pena a los actores, les dicen que ellos son ya fantasmas, personajes anacrónicos a los que barrerá muy pronto el viento de la historia; y, aunque son conscientes de esa amarga verdad (“Yo sé que el teatro no morirá nunca. También es teatro lo que hacen por la radio. Y lo que echa el jodío Solís en su cine. Pero este nuestro de los caminos se ha acabado, está dando las boqueadas”), siguen dibujándose bigotes y declamando con sus voces gangosas, para provocar los aplausos y las carcajadas del público.

Al final, justo al final, descubrimos la última fantasía consoladora de Galván, que tiene un brillo inigualable y que les ruego que visiten, antes de ver la película. Les aseguro que aplaudirán, puestos en pie, al viejo cómico Fernando Fernán-Gómez.

lunes, 13 de julio de 2026

El gran gigante bonachón


 

Siempre me he sentido en deuda con aquellos autores y autoras cuyos libros me han emocionado, enseñado o distraído a lo largo de mi vida. Medio siglo como lector dan, es evidente, para muchas gratitudes. Pero desde hace veinte años, me siento particularmente deudor de aquellas autoras y autores cuyos libros han provocado sonrisas o caras de asombro a mis hijos. Es una felicidad especial, que cualquier padre o madre que haya leído para sus cachorros a la hora de dormir compartirá conmigo. Ver sus ojos brillantes, escuchar sus suspiros de alivio o responder a su petición de “una página más” no tiene precio.

Roald Dahl, merecedor siempre de mis aplausos, me regala otros momentos inolvidables con El gran gigante bonachón, la historia de un ser de apariencia monstruosa (ocho metros de altura, orejas descomunales, vestido de negro) que, descubierto por la huérfana Sofía, decide raptarla y llevársela a su lejano país, para que no denuncie su presencia a las autoridades. Pronto, la niña descubrirá que GGB es inofensivo, aunque no se pueda predicar otro tanto de sus nueve compañeros, antropófagos, brutales y el doble de altos que él, quienes realizan incursiones nocturnas por todos los países del mundo para llenar sus andorgas. ¿Existirá alguna forma de detenerlos? La única habilidad que GGB domina es ser capaz de inspirar sueños en los seres humanos. Pero esa destreza, ¿será útil para neutralizar a sus desagradables congéneres? Sofía, tan pizpireta como ingeniosa, comienza a poner en marcha su cerebro; y traza un plan en el que será necesaria la ayuda de la mismísima reina de Inglaterra.

Roald Dahl combina aquí los escalofríos con el sentido del humor (en especial, en las secuencias donde habla del gasipum, una bebida cuyas burbujas bajan en lugar de subir y provoca popotraques (pedos) tan aparatosos como risibles). Y, en un plano más trascendente, invita a sus jóvenes lectores a reflexionar sobre las contradicciones del ser humano. Es verdad que resulta horroroso ser comido por seres más fuertes, pero quizá los corderos, los cerdos o los patos piensen lo mismo de nosotros. La lección es dura, aunque inevitable: también los seres humanos fabricamos las normas, ay, a nuestra medida.