domingo, 25 de enero de 2026

Bonsáis

 


Desde hace tiempo, parece evidente que las expectativas laborales de nuestros hijos son peores que aquellas que rodearon nuestra propia juventud: sus sueldos son pequeños, la relación entre su preparación académica y su trabajo se ha deteriorado y las posibilidades de bienestar que se asocian a esas condiciones (vivienda incluida) han sufrido una merma importante. Sin ponernos anteojos utópicos ni vendas oculares que la camuflen, esa es la situación real, salvo raras excepciones. Y de tal premisa parte la escritora Chelo Sierra para componer la novela Bonsáis, con la que fue finalista en el XII premio “Encina de Plata”, hace unos años.

Tres jóvenes la protagonizan: Ismael (matemático extremeño que sobrelleva como puede los desdenes de Hugo, su amor imposible), Karmen (publicista vasca que carga sobre los hombros una pesada losa: ser hija de Elvira Mancebo, la creativa más famosa del país) y Mery (psicóloga alicantina que se aleja del hogar para no asistir a la consunción de su madre, enferma terminal de cáncer). Los tres viven en un piso de alquiler, cochambroso y frío, mientras trabajan en diferentes sectores de una conocida marca de galletas. Allí se les encargan tareas que no se corresponden con su preparación profesional (traer cafés, hacer fotocopias, rellenar galletas con gotitas de chocolate), se les pagan sueldos de miseria y se les prodiga, sobre todo a ellas, un trato vejatorio (desde gritos hasta tocamientos de culo).

Un día, la idea brota en la mente de Karmen y se propaga a los demás: ¿y por qué no sabotear la compañía? ¿Por qué no generar una situación caótica que le cueste dinero a la empresa y que, a ser posible, provoque la ruina de esos jefes machistas e impresentables que las están humillando?

Déjenme que les lea un trocito de la página 102, donde se cifra el sentido del título de la obra: “Ay, los bonsáis […]. Los esculpimos con mimo, los formamos para que sean perfectos, podamos las ramas defectuosas… […] Pero les impedimos crecer. No es culpa vuestra, somos nosotros, la sociedad, las circunstancias, los que no os dejamos crecer. Vosotros no, vosotros sois perfectos, la generación bonsái. Algún día, nos daremos cuenta y os dejaremos crecer y echar raíces”.

Un relato lúcido, amargo y certero, donde el humor y la tristeza se unen para conformar un análisis muy fiel del mundo que nos rodea.

sábado, 24 de enero de 2026

La pistola de mi padre

 


Todas las familias (que no os engañen sus sonrisas superficiales) están cuajadas de zonas oscuras, de viejos secretos, de traumas silenciosos o silenciados. Y eso que llamamos armonía no es, quizá, sino el meticuloso esfuerzo que en su seno se realiza para que las fricciones, los rencores, las viejas afrentas, las traiciones o las deudas queden maquillados (incluso sinceramente). A veces, ese dolor no tiene nada que ver con quienes nos rodean en el seno familiar; a veces, sí. Pero en todos los corazones se guarda una sentina cuya puerta, de bisagras chirriantes y con el picaporte oxidado, conviene no abrir.

El escritor valenciano Rafael Soler nos invita a un terrible espectáculo narrativo (de apariencia inofensiva) en su trabajo La pistola de mi padre, que publica el sello Contrabando. En él nos presenta a la familia Cortázar, donde cada miembro (hasta el guadiánico y tangencial Roberto) esconde en los bolsillos sus rarezas, sus odios, sus heridas: el patriarca Aníbal, que trabajó como viajante de comercio hasta que se reconvirtió en dueño de un bar en Madrid; su esposa Rosario, que es consciente de que la trayectoria de su familia no ha sido precisamente amable y que se reconforta con tientos a la botella de anís; Carlos, el hijo, que camufla en las conquistas amorosas con alumnas su fracaso esencial como escritor, pues no ha logrado el éxito que esperaba; Isabel, la hija, aquejada de un trastorno bipolar que tortura su alma y la existencia de quienes la rodean. Cada uno de ellos se enfrenta a los problemas de forma aislada, sin abrirse a los demás: Aníbal, con el rencor hacia su hermano Roberto y con las caricias furtivas al arma que esconde en una caja; Rosario, grabando cintas de audio donde confiesa sus frustraciones, sus torpezas, sus esperanzas inútiles; Carlos, convirtiendo en metáforas parciales su vida fracasada (esposa que le pide el divorcio, alumnas que lo abandonan al poco de iniciar su relación, hijas con las que se comunica mal); Isabel, redactando un diario sincopado y neurótico, que guarda al fondo del armario.

Este gran tratado sobre la incomunicación y sobre los secretos familiares, que alcanza cotas psicológicas y líricas de elevada altura, exige del lector una mirada que acompañe estrechamente a la narradora de la historia, “tan discreta” (como se define a sí misma en la página 129). Se aprende mucho haciéndolo.

jueves, 22 de enero de 2026

Antonio y Cleopatra

 


Vuelvo hasta las páginas de William Shakespeare, para que recree ante mí los tumultuosos amores entre Marco Antonio y la reina Cleopatra. Y, como siempre hago cuando me enfrento a una obra del Bardo, algunas secuencias las repito en voz alta, tras haberlas leído en silencio. La sonoridad que logra el profesor Ángel-Luis Pujante en su traducción, desde luego, ayuda mucho.

Ocioso resultaría detallar los pormenores históricos del drama, porque resultan sobradamente conocidos. Lo importante es la condición visceral y volcánica de estos amores, que Antonio alimenta en su corazón pese a que su cerebro lo lleve hasta la boda con la hermana de César (“Aunque esta boda me dé paz, mi placer está en Oriente”). Romano y egipcia se atraen, se inflaman, se buscan, se aman, se vuelcan; ambos se dejan llevar por la fogosidad de una pasión que los lleva al arrebato, a los celos, al incendio íntimo, incluso a la cólera (cuando se sospechan engañados por el otro). Y ese torrente de emociones, gracias al Cisne de Stratford, se convierte en unas secuencias dramáticas inolvidables, donde las palabras y la sangre se funden de manera prodigiosa.

Las escenas finales, en las que la soberana egipcia decide administrarse la muerte para no ser exhibida por César como botín de guerra, son de una belleza trágica conmovedora, que conviene leer en un silencio reverencial.

Eric Clapton no lo sé, pero William Shakespeare sí que era Dios.

miércoles, 21 de enero de 2026

Rapsoda

 


Ninguna persona sensata confunde, en literatura (ni en casi nada), la cantidad con la calidad. Jorge Luis Borges, que no me parece sospechoso de idiocia, dejó anotado que un hexámetro bien construido puede ser más valioso y más bello que un grave volumen atiborrado de páginas prescindibles. Y el jesuita Baltasar Gracián, tan poco amigo de oropeles, anotó que más obran quintaesencias que fárragos. Los haikus, quién lo dudará, condensan esas ideas en su reducido vaivén de sílabas.

Acabo de leer, en apenas quince minutos, la obra Rapsoda, que Liliputienses le publica al bonaerense Lucas Soares; y creo que también sirve para ejemplificar cuanto arriba queda dicho. La voz de un viejo rapsoda susurra aquí palabras que van cayendo como pétalos y que, rozándose o colidiendo, se estimulan entre sí y generan imágenes. Pero, sobre todo, generan silencios, porque este libro (que la editorial nos presenta en un agradable formato de bolsillo) parece atravesado por brisas silentes que lo dotan de un aura especial. Es como si la persona que está leyendo contemplase al viejo rapsoda sentado en el suelo, al modo búdico, y estudiase sus gestos, contemplase los movimientos de su cara y, sin abrir los labios, esperara su mensaje.

Prueben a leerlo como he hecho yo: con unos auriculares de insonorización. Ya me dirán qué les parece el experimento.

martes, 20 de enero de 2026

Viaje a Mauritania

 


Soy, siguiendo la fórmula que utilizó Emir Rodríguez Monegal en su libro sobre Pablo Neruda, un viajero inmóvil. De hecho, no creo que existan demasiadas personas que puedan ser definidas como “inmóviles” con más exactitud que yo. Mi ideal de vida consiste en no salir de mi casa más que un par de veces al mes, siempre con el mismo amigo, a tomar cerveza en el (preferiblemente) mismo lugar. Pueden creerme. Soy, como pregonaba de sí mismo el maestro Jorge Luis Borges, “decididamente monótono”. Pero (y aquí viene lo curioso) me encanta conocer las experiencias viajeras de la gente a la que admiro: sea en forma de fotografías (Julio García Luján) o de palabras (Manuel Moyano). En este grupo último (es decir, quienes registran literariamente sus ambulaciones) incluyo a mi entrañable Mariano Sanz Navarro, al que este blog sigue con interés y gratitud.

Su última entrega es este fascinante Viaje por Mauritania, que nos permite seguir conociendo más detalles de ese mundo norteafricano que tan próximo tenemos y que, ay, tan escasamente nos preocupa o imanta. Son siete mil kilómetros de ruta que se inicia en Santomera y que tiene su primera parada en Fez, “capital cultural de Marruecos, reserva de tradiciones y cuna de ortodoxos” (p.23). Desde allí se desplazó hasta Rabat y Bouznika, donde tiene oportunidad de tomarse una coca-cola que tiene un pequeño secreto: “Escocia, 12 años” (p.41). Y así, paso a paso, Mariano nos va describiendo paisajes, costumbres, tipos humanos, curiosidades del lugar (ese aeropuerto clausurado por orden de Hassan II), ciudades con tres nombres (véase la página 62), hoteles de los cuales es “mejor no dejar memoria” (p.102), morabitos reverenciales y, quizá por encima de todo, silencios nocturnos que se graban en el corazón para siempre (“Dormir en el desierto es una experiencia impactante que descubrí hace años en el Tiris, en mi primera excursión a la tumba de  Chej el-Maami. La oscuridad cae rápidamente y de pronto es noche cerrada. Hay que recurrir a las linternas si no se ha encendido fuego. Hacia media noche, como si se descorriera un telón gigantesco que mantenía las estrellas ocultas, aparecen en todo su esplendor. El viajero que reposa, el rostro contra el cielo, es consciente de su pequeñez y se pierde en reflexiones acerca de la belleza y profundidad de ese mundo sobre el que con frecuencia se pasa de forma inconsciente. Momentos así son suficientes para llenar de contenido el viaje”, p.139).

Si sienten curiosidad por esa cercana parte del planeta que se encuentra al sur de España y con la que nos unen no pocos lazos, les recomiendo que visiten las páginas de este Viaje a Mauritania. Les va a gustar.

lunes, 19 de enero de 2026

Un esqueleto con careta

 


Concedamos lo evidente: nos encontramos ante un escritor olvidado. Su nombre es posible que ni siquiera les suene: Francisco Bonmatí de Codecido. A mí, desde luego, no me sonaba hasta que Pedro Jesús y Contxu me regalaron la obra estas Navidades. El pie de imprenta explica que fue publicada en Madrid, en 1948, y el texto va precedido por una imagen algo estrafalaria del escritor, pluma en ristre, rodeado por criaturas singulares (elfos, gnomos, machos cabríos) y ataviado con una capa española. El papel de la edición es viejo y huele enormemente a lignina. Todo el contorno de la cubierta, algo más grande de lo habitual, se pliega en un rizo agrietado que rodea el paralelepípedo del tomo. Todo, como puede verse, caduco y demodé.

Pero las posibles sonrisas escépticas se acaban cuando se aborda la lectura del libro, porque la novela es realmente buena. Que sí, que tiene excesos (supernumeraria de adjetivos, florida de más en el lirismo de las descripciones, efectista o reiterativa en algunos tramos); pero que se lee todavía con auténtico gusto, porque incorpora no solo las trazas de un narrador muy solvente, sino también las especias de un literato llamativo, que sazona sus páginas con imágenes de gran plasticidad. Les pondré algunos ejemplos: nos acerca hasta el sonido de unas campanas al amanecer y nos dice que su tañer es “rocío de cobre” (p.24); nos acompaña por una carretera que “iba ensartando pueblos en su blanca espada polvorienta” (p.34); nos comenta que un implacable sol veraniego tiene “rabietas de gritos de oro” (p.39); nos aconseja que penetremos en un jardín donde “dormían los colores” (p.42); define los focos nocturnos de un coche como “injuria de luz” (p.261); o nos explica que los pies de un caminante cansadísimo están “insultados de sendas” (p.271). Ese tipo de destellos, qué quieren que les diga, creo que tienen su mérito; y esta obra los incorpora por docenas.

¿La historia, dicen ustedes? Permítanme que hoy no me anime a facilitarles demasiados datos al respecto, porque su condición misteriosa, casi policial, se vería dañada por mi resumen, tal vez indiscreto. Quédense tan solo con la idea de que incorpora amores, muertes, celos, infidelidades monstruosas, tormentas, incendios y bastantes sorpresas argumentales. ¿Un cóctel romántico, dicen? Pues quizá sí, pero yo he disfrutado mucho leyéndola en pleno 2026. Por algo será. Les sugiero que prueben.

sábado, 17 de enero de 2026

Cuentos mitológicos y otros relatos


 

A finales de 2022, de forma azarosa, llegó a mis manos el hermoso libro de Elena Prado-Mas que se titula Nueve cuentos republicanos (https://rubencastillo.blogspot.com/2022/11/nueve-cuentos-republicanos.html), que me resultó tan agradable y tan convincente que, un tiempo después, repetí con El testamento de Cervantes (https://rubencastillo.blogspot.com/2024/06/el-testamento-de-cervantes.html). Así que cuando se aproximaba la fecha en que Papá Noel visita mi casa le incluí en la lista de peticiones el volumen Cuentos mitológicos y otros relatos, que apareció generosamente bajo mi árbol navideño la mañana del 25 de diciembre. Vuelve a ser (gracias sean dadas al Cielo) una maravilla narrativa.

En la primera parte del tomo, la escritora madrileña explora nueve historias de inspiración clásica, pero ambientadas en el mundo actual: un pianista que ejecuta cierta partitura de Chopin para que su amada Eurídice regrese del mundo de las tinieblas hospitalarias; un polémico e inescrupuloso presentador televisivo que se llama Acteón y que se ve envuelto en una telaraña tan repugnante como las que él mismo ha utilizado para aumentar las audiencias de su programa; un joven universitario llamado Apolo que pierde a la persona amada y que la recupera de un modo imprevisto; la amarga experiencia por la que tiene que pasar la ingenua veterinaria Leda en una fiesta organizada por su empresa; los ardides de Ariadna para que su hermano deforme participe junto a ella en un show televisivo y, luego, la ayude a conquistar el amor de otro de los concursantes; o las relaciones imposibles entre una profesora universitaria y un joven exalumno.

Este primer bloque de historias es majestuoso y brillante, pero no menos conmovedores resultan los relatos del segundo, donde nos encontraremos con poetas purísimos que no se dejan inquietar por las mieles de la gloria, con unas clases de preparación para el parto que oscilan entre el humor y la estafa, con juegos infantiles que se convierten en emblemas del amor eterno o con curiosas piruetas cervantinas, como la que cierra el tomo.

¿Me permiten un consejo? Les sugiero que lean este libro en 2026. Es una obra espléndida, por su lenguaje, por su técnica compositiva y por sus argumentos. La voz narrativa de la autora alcanza un esplendor sereno, que encandila y convence siempre. Ya saben que en este blog comprometo mi palabra (puedo equivocarme, pero nunca mentirles) sugiriéndoles solamente las obras que entiendo mejores. Los Cuentos mitológicos y otros relatos de Elena Prado-Mas pertenecen a ese grupo.