En
el año 2013 leí una antología de poemas y fábulas que, altamente eróticos,
firmaba el ilustrado Félix María de Samaniego; y se me quedó el gusanillo de
acudir al tomo completo de sus picardías y obscenidades, empeño que ahora
cumplo. Es el célebre volumen El jardín de Venus, cuya recatada cubierta
no nos ofrece (ni muchísimo menos) una pista sobre las barbaridades sexuales
que la obra contiene. Cómo eran estos intelectuales de apariencia apolínea
cuando se abandonaban a la veta dionisíaca, madre mía. Tremendos. Pero
tremendos de verdad. Alejado de cualquier melindre, el escritor alavés nos
habla de una moza que, para medir con el máximo rigor la competencia priápica
de un muchacho, se sube a su cama y “con diez desagües consiguió aflojarlo”; de
una dama que, por recatado consejo de su asesor espiritual, yace con un hombre
y, para rebajar en lo posible la voluptuosidad del trance, lo invita a que
adentre sus atributos viriles “por cierta industriosísima abertura” que ella ha
practicado en su camisón; de un marido que, consciente de que su mujer está a
punto de morir y que nadie podrá volver a probar “el ojal del encanto, / en que
pecara un santo”, se sube a ella y le suministra “cinco entradas”, que
reactivan en la agonizante dama las ganas de vivir; de un atractivo muchacho
que, introducido en un convento cordobés, provoca las delicias de todas las
monjas, “de modo que era el gallo / de aquel santo y purísimo serrallo”, porque
dispone de “un dánosle hoy de buen tamaño”; de un diablo que abandona el
cuerpo de una mujer cuando uno de los exorcistas que la trata, alterado por la
lujuria, “por tres veces la introdujo / de sus riñones el ardiente flujo”; o de
un marido anciano que, en trance fornicador con su joven esposa, deja escapar
ciertos vientos inoportunos por vía trasera, “porque la edad en tales ocasiones
/ afloja del violín los diapasones”.
Juguetón, procaz y siempre sonriente (resulta imposible indignarse con ninguno de los poemas, por más que algunos rozan lo sacrílego), oscilando entre la lubricidad y la irreverencia, Samaniego saca a bailar a un buen número de frailes, ancianas que acuden a misa, estudiantes desocupados, loros indiscretos, lavanderas voluntariosas, preceptores rijosos, esposos distraídos, mercaderes insaciables y monjas casquivanas, que participan en una danza festiva que ni ha perdido gracia ni capacidad excitante a pesar del paso de los años.






