Cuatro
propuestas nos ofrece Joan Manuel Gisbert en su libro Los caminos del miedo,
y en todas se percibe, como no podía ser de otra manera, la solidez de un
narrador curtido y polivalente que ha merecido galardones como el premio Lazarillo,
el Nacional de Literatura Infantil y Juvenil, el Barco de Vapor, el Gran
Angular, el Edebé o el Cervantes Chico. Casi nada.
En
la primera (“La obsesión de Amberes”), nos habla de Solange y de Jules, dos
personas interesadas en el mundo del ocultismo que, sin conocerse, realizan la
misma acción: visitar una fábrica abandonada en la cual, según los expertos,
“se podía obtener una respuesta veraz a las incógnitas fundamentales de la
vida”. Los dos desean formular una pregunta parecida, relacionada con su propia
muerte, y muestran anhelo y a la vez pavor por el resultado de la consulta, que
queda consignada en un sobre cerrado. ¿Querrán abrirlo? ¿Querrán leerlo? ¿Serán
capaces de afrontar la brutal revelación que sus líneas contienen? Con una
mezcla de terror gélido, metafísica y ciertas gotas de humor, Gisbert consigue
un relato contundente y digno de aplauso, que sirve de primer plato en un menú
que, además, contiene un duelo a muerte en Sevilla, acompañado de premoniciones
macabras (“Los mensajeros de la muerte”); la angustia de una mujer cuando tiene
que cuidar la inquietante caja que le deja en custodia su vecino, quien tiene
un pavoroso ojo de cristal (“Pupilas de obsidiana”); o la paralizante gelidez
que pone a Hans de Turingia al borde de la muerte mientras viaja, subido en su
caballo, camino a Constanza (“En la llanura blanca”).
Que no se engañe nadie con la etiqueta de “autor LIJ” que suele adherirse junto al nombre del autor catalán: Joan Manuel Gisbert es un magnífico narrador que convence y encandila, sea cual sea la edad de la persona que abra el libro. Hagan la prueba.




.jpg)
