Puede
resultar paradójico, pero dar las gracias es uno de los acontecimientos más
raros que el ser humano puede protagonizar. No me refiero a dirigirse con
respeto y amabilidad a un camarero, a un profesor, a un vecino, a cualquier
comerciante. Todo eso son, aunque admirables, puras fórmulas sociales. Aludo más
bien a la ceremonia de mirar a los ojos de la otra persona, tragar saliva y
decir “gracias” con sílabas que salgan del corazón, y no de la garganta. El
ritual de decirle, con voz conmovida, que es importante para nosotros, y que
nos sentimos en deuda con ella, y que queremos decírselo para que tenga
constancia de esa maravilla y de ese milagro. La escritora Delphine de Vigan
reflexiona sobre ese asunto en su novela Las gratitudes, poblada por
personajes que, de un modo u otro, sienten ese noble y humanísimo impulso. Su
protagonista es la anciana judía Michèle Seld, a quienes sus íntimos llaman
Michka. Después de una niñez atribulada (su madre la tuvo que entregar en
custodia a unos campesinos para proteger su vida, a finales de la Segunda
Guerra Mundial), ahora es una mujer herida por la senectud, que le ha provocado
afasia. Marie, una mujer que vive en su mismo edificio y que se ha criado a su
lado (Michka la ha cuidado como si fuera su hija), consigue que sea ingresada
en un centro geriátrico, donde la trata el pedagogo Jérôme (quien no se habla
con su padre por un incidente familiar antiguo). Todos ellos quieren manifestar
su gratitud a alguien, todos sienten que una deuda emocional hondísima debe
quedar resuelta antes de que la muerte cercene su respiración. Y eso es todo. No
creo necesario estropearles el disfrute aportando más detalles sobre el
espíritu o la trama de la obra: lo dejo en sus manos. Créanme que se van a
conmover.
Sí que añadiré dos notas: la primera, que el modo simpático en que Michka utiliza palabras erróneas en sus frases me ha hecho recordar La tesis de Nancy, de Ramón J. Sender (con la diferencia de que, en la obra de De Vigan, el humorismo es más melancólico que hilarante, porque evidencia el deterioro cognitivo de la protagonista); la segunda, que estas páginas me han permitido cambiar la imagen negativa que mi anterior lectura de esta autora me deparó (lo cual me alegra, pues me anima a seguir explorando otros libros suyos). Me alegra rectificar mi juicio.





