Si
no fuera porque, en literatura, confío mucho en los dictámenes del azar, me
asombraría haber tardado tanto tiempo en llegar hasta el drama El labrador
de más aire, de Miguel Hernández. Su poesía me ha fascinado desde
adolescente, y la revisité completa (y la subí al blog) durante el último
trimestre de 2021; pero su teatro, tras la experiencia poco luminosa de sus
montajes bélicos, permanecía incólume en la estantería. Puesto a solventar ese
vacío en 2026 me encuentro con la historia de Juan, foco de amor y suspiros
para todas las mozas del entorno (incluida su prima Encarnación), un aguerrido
muchacho que se enfrenta a tres conflictos de grave textura: primero, el odio
que le dispensa Alonso (que se la tiene jurada desde niño y que lo envidia por
su fuerza y por su éxito con las chicas); segundo, el agrio rencor de clase que
le tiene don Augusto, dueño de vidas y haciendas, quien no puede soportar la
firmeza orgullosa del muchacho, el cual se niega a doblegarse ante él; y
tercero, el amor súbito, impropio y no correspondido que el chico tributa a
Isabel, la hija desdeñosa de don Augusto. En ese ambiente, es fácil imaginar el
torrente de amores, desamores, venganzas y tragedias que se van sucediendo
durante el transcurso de la obra, sobre todo desde el momento en que don
Augusto, deseoso de forzar a Encarnación y enrabietado contra Juan, consigue
que Alonso acepte convertirse en el brazo que, lleno de odio, provoque la
muerte del protagonista en una emboscada nocturna.
Pero
hay otro aspecto de la pieza que, no siendo el amor, el rencor o el deseo,
avanza hasta el primer plano: su vertiente social. Así, cuando Juan se niega a
dejarse humillar o explotar por don Augusto y se gana el despido, su corazón se
llena de asombro al ver que sus amigos continúan yendo a la taberna para beber
vino, en lugar de sumarse al desplante. ¿Por qué aceptan la vileza del amo?
¿Por qué permiten que sus familias sigan pasando hambre por su capricho? Juan, dominado
por la acedía, les escupe una imagen visualmente política (“¿Por qué no
lleváis dispuesta / contra cada villanía / una hoz de rebeldía / y un martillo
de protesta?”) y también un consejo galvánico (“No estéis muertos por
costumbre, / y anhelando otro destino / salid ya de vuestro vino / y de vuestra
mansedumbre”). Es posible que no se consiga nada, pero al menos mantendrán
intacta su dignidad y se evitarán el sonrojo de recordar hasta la muerte su
cobardía.
Versificación elegante, rica, variada y altamente poética, al servicio de un drama muy bien construido.






