martes, 8 de septiembre de 2026

Nada del otro mundo

 


Leí Nada del otro mundo en 1995, cuando vivía en otra ciudad, estaba casado con otra mujer, no tenía a mis cuatro hijos, trabajaba en un instituto diferente y aún no me había dejado crecer la barba. Ahora lo releo, con todas mis circunstancias cambiadas, salvo una: la fascinación que me sigue produciendo la prosa de Antonio Muñoz Molina. He comentado a veces que me leería hasta su lista de la compra, y salvo por parte de mis amigos (que saben que no exagero), la afirmación suele ser interpretada como hipérbole.

Los doce relatos que conforman el tomo vuelven a embriagarme, con su abanico variado de propuestas y, sobre todo, con la especial música de su sintaxis. “Nada del otro mundo” destila, dentro de una historia de inquietante aliento paranormal, un nítido aroma autobiográfico (el joven estudiante que, aunque termina cosechando éxito con sus libros, sufre cuando su antiguo compañero de piso le habla de que lo recuerda escribiendo “sus cosillas”); “Las aguas del olvido” nos traslada una historia de adulterio junto a cierto río andaluz de resonancia clásica; “La poseída” juega con la fantasía de un hombre  que equivoca el núcleo de su mirada; “Las otras vidas” nos sugiere que todos portamos en el corazón pasajes y zonas oscuras, que los demás nunca (o casi nunca) descubren; “El cuarto del fantasma” es quizá menos vigorosa, pero nos provoca una sonrisa cuando descubrimos que está protagonizada por Lorencito Quesada; y, como cierre del volumen, cinco maravillas sobre cráneos que surgen en una excavación; fantasmas cuyo corazón aún late; un hombre que se enamora sin esperanza de su compañera de trabajo; un periodista que sobrevive como autor de novelitas de quiosco; o un viejo profesor que se enamoró de una alumna adolescente y que, al final de sus días, se ve inmerso en una historia truculenta a la que asiste con estupor resignado.

Como sus demás libros, Nada del otro mundo puede ser abierto por cualquier página y anonada con el deslumbramiento de su exactitud verbal y su belleza. Gracias sean dadas.

lunes, 7 de septiembre de 2026

Las troyanas


 

La historia la conocemos por Homero, por novelas y por el mundo del cine: tras el rapto de Helena (esposa de Menelao) por parte de Paris, ambos se encierran en la ciudad de Troya, de la que es príncipe el secuestrador (o seductor). Y ese ultraje moviliza a todos los pueblos griegos, que se unen para cercar la malhadada ciudad y exigir la entrega de la reina. Diez años de asedio y combates que se resuelven (también conocemos la imagen) con el episodio del gigantesco caballo de madera, que los incautos troyanos introducen en sus dominios suponiéndolo un regalo de despedida de los acampados. Troya fue arrasada. El rey Príamo halló la muerte; los príncipes Héctor y Paris encontraron la muerte; todas las defensas fueron quebradas. Y llega el momento en que los triunfadores, ávidos de botín, se reparten los tesoros de la ciudad… y se reparten a sus mujeres.

En ese punto comienza la terrible, escalofriante tragedia de Eurípides, quien nos explica que el rey Agamenón (hermano de Menelao) se ha pedido a la joven virgen Casandra; y que Ulises exige como esclava a Hécuba, esposa del difunto Príamo. Todas las protagonistas lloran su desgracia, sabiéndose condenadas al ultraje y la humillación. Casandra está convencida de que destruirá el hogar de Agamenón si él la posee; pero quizá la dos más atribuladas sean Andrómaca (esposa de Héctor) y Hécuba. La primera sufre el triple horror de haber perdido a su marido, de estar condenada a convertirse en esclava y de saber que su pequeño hijo Astianacte va a ser arrojado desde las murallas de Troya, para que no quede posibilidad de que ningún heredero reconstruya la ciudad; la segunda, anciana y con su mundo puesto patas arriba, tendrá que servir al pérfido Ulises, uno de los grandes culpables de la destrucción de su patria.

Mezclando épica y lírica, Eurípides consigue emocionarnos casi en cada página, con la contundencia de su composición dramática y con los sentimientos de sus protagonistas: el desgarro de Hécuba (las palabras que pronuncia ante el cuerpo sin vida de su nieto son estremecedoras), la hipocresía de Helena (quien culpa de todo lo ocurrido a los padres de Paris, por haberlo engendrado; e incluso a su marido, por haberle dado hospedaje en su casa) o el dolor lacerante de Andrómaca (la cual mientras viaja en el barco sabe que su hijo está siendo empujado desde las almenas, sin que pueda hacer nada para evitarlo). No se cansa uno de leer a los grandes: en ellos está el germen de casi todo.

domingo, 6 de septiembre de 2026

Cotidianas

 


Abro un nuevo libro del uruguayo Mario Bendetti y me detengo unas horas en sus versos cristalinos. Qué limpieza de expresión. Qué capacidad para construir las imágenes más hermosas y más inesperadas. Qué juegos de vocablos tan bellos e imborrables. Es el niño-poeta: aquel que sabe descubrir las luces y los poderes de cada palabra, que los demás manejamos con inconsciencia gris. Pero el resultado de ese juego de apariencia inocente es la poesía honda, contundente, certera, irónica y espléndida de uno de los grandes autores del siglo.

A veces, la alegría se acerca hasta nosotros y nos lanza sus avisos para hacernos saber que quiere entrar (“Piedritas en la ventana”); a veces, son el alerce y el baobab los que dialogan, sin que los humanos seamos capaces de percibirlo (“De árbol a árbol”); a veces, el poeta enarbola su parcialidad, su aversión a la neutralidad de los ciegos o los cobardes, incluso sabiendo que esa terca obstinación le puede costar cara (“Soy un caso perdido”); a veces, constatará con acrimonia y pesadumbre cómo será el mundo si la bomba de neutrones aniquila a todos los seres vivos (“Las novedades del horror”); a veces, nos dejará poemas que resulta casi imposible imaginar sin la voz y la música de Joan Manuel Serrat (“Defensa de la alegría”, “Testamento de miércoles”); a veces, nos invitará a reflexionar sobre la forma en que registramos el paso del tiempo (“Síndrome”); y a veces, en fin, nos enunciará unas verdades tan sencillas que, casi siempre, se vuelven invisibles (“Unos como invasores / otros como invadidos / ¿qué país / no ha perdido la inocencia?”).

Ahora que yo también puedo decir, con el uruguayo, que “tengo un verano de doce meses” (por mi jubilación) intentaré seguir leyendo todos sus libros.

sábado, 5 de septiembre de 2026

La flor más grande del mundo

 


Cuando terminé de leer esta obra (veinte minutos me llevó, incluyendo los diez que dediqué a repasar las ilustraciones), pensé que no iba a comentarla. Que era una pérdida de tiempo. Que un texto que cabe en un folio (no exagero ni un ápice) no puede ser incluido sin bochorno en un blog de reseñas. Pero después, con más calma, he pensado que sí debía hacerlo, sobre todo para poner de manifiesto mi estupor por esta engañifa editorial. Utilizar el nombre del premio Nobel (al que admiro) y un texto ínfimo suyo para clavarle 21 euros a la persona que quiera conocer sus palabras dedicadas al mundo infantil es una inmoralidad.

Saramago comienza disculpándose por no saber escribir para niños, termina el relato disculpándose por no saber escribir para niños y, en medio, treinta líneas para decir que un niño sube a una colina y encuentra una flor. Atrápame esa mosca por el rabo. Te pueden decir que si la tapa dura, que si las ilustraciones, que si patatín y que si patatán. Pero lo dicho: no caigan en la trampa.

viernes, 4 de septiembre de 2026

El labrador de más aire

 


Si no fuera porque, en literatura, confío mucho en los dictámenes del azar, me asombraría haber tardado tanto tiempo en llegar hasta el drama El labrador de más aire, de Miguel Hernández. Su poesía me ha fascinado desde adolescente, y la revisité completa (y la subí al blog) durante el último trimestre de 2021; pero su teatro, tras la experiencia poco luminosa de sus montajes bélicos, permanecía incólume en la estantería. Puesto a solventar ese vacío en 2026 me encuentro con la historia de Juan, foco de amor y suspiros para todas las mozas del entorno (incluida su prima Encarnación), un aguerrido muchacho que se enfrenta a tres conflictos de grave textura: primero, el odio que le dispensa Alonso (que se la tiene jurada desde niño y que lo envidia por su fuerza y por su éxito con las chicas); segundo, el agrio rencor de clase que le tiene don Augusto, dueño de vidas y haciendas, quien no puede soportar la firmeza orgullosa del muchacho, el cual se niega a doblegarse ante él; y tercero, el amor súbito, impropio y no correspondido que el chico tributa a Isabel, la hija desdeñosa de don Augusto. En ese ambiente, es fácil imaginar el torrente de amores, desamores, venganzas y tragedias que se van sucediendo durante el transcurso de la obra, sobre todo desde el momento en que don Augusto, deseoso de forzar a Encarnación y enrabietado contra Juan, consigue que Alonso acepte convertirse en el brazo que, lleno de odio, provoque la muerte del protagonista en una emboscada nocturna.

Pero hay otro aspecto de la pieza que, no siendo el amor, el rencor o el deseo, avanza hasta el primer plano: su vertiente social. Así, cuando Juan se niega a dejarse humillar o explotar por don Augusto y se gana el despido, su corazón se llena de asombro al ver que sus amigos continúan yendo a la taberna para beber vino, en lugar de sumarse al desplante. ¿Por qué aceptan la vileza del amo? ¿Por qué permiten que sus familias sigan pasando hambre por su capricho? Juan, dominado por la acedía, les escupe una imagen visualmente política (“¿Por qué no lleváis dispuesta / contra cada villanía / una hoz de rebeldía / y un martillo de protesta?”) y también un consejo galvánico (“No estéis muertos por costumbre, / y anhelando otro destino / salid ya de vuestro vino / y de vuestra mansedumbre”). Es posible que no se consiga nada, pero al menos mantendrán intacta su dignidad y se evitarán el sonrojo de recordar hasta la muerte su cobardía.

Versificación elegante, rica, variada y altamente poética, al servicio de un drama muy bien construido.

jueves, 3 de septiembre de 2026

La Nardo


 

Dedico dos tardes (dos tardes satisfactorias e intensas) a leer La Nardo, de Ramón Gómez de la Serna, una novela confeccionada con párrafos muy cortos, con frases breves y poéticas, como de orfebrería o macramé. En ella se nos cuenta el desarrollo vital de Aurelia, una chica que, tras la muerte de su padre y el nuevo matrimonio de su madre, trabaja en el puesto familiar en la Ribera de Curtidores. Es lectora de novelas románticas y, escultural y bellísima, se defiende con desparpajo frente a quienes la cortejan con malas intenciones. El proyecto de la madre consiste en casarla con un viudo adinerado, pero la chica, renuente a ese destino, se abalanza en los brazos de Samuel, un chisgarabís con mucha labia, que se convierte en su novio (al principio) y en su proxeneta (muy poco después). Él empieza a pasearla por calles y verbenas, consiguiendo que los ojos de los demás varones relampagueen de deseo; y, astuto, saca pingüe provecho de esas ansias. La cortejará un supuesto empresario del mundo del cine; la cortejará un rico (que la introduce en el mundo de la morfina); la cortejará un médico (el cual le firmará recetas para conseguir más morfina); la cortejará también un millonario venezolano; y, por fin, tras mil episodios de “pecaduría lunar” (es la fórmula que emplea Ramón en el capítulo XXVI), conocerá a un hombre casado, del que se enamorará realmente y con el que proyectará un doble suicidio, para liberarse y vivir su amor en el sosiego mudo de la eternidad. Esta escena, que se recrea en el capítulo XXVIII, resulta tan bella como estremecedora, tan agria como inolvidable. Una de las mejores que le he leído al autor.

Nos encontramos ante un libro crudo, incómodo, en el que asistimos a un paseo por los infiernos de la degradación (prostitución, drogas, marginalidad) y en el que Gómez de la Serna nos regala muchas de sus ramonadas (“El reloj hacía con sus manillas el punto grueso de la red de horas para contener la historia”,  cap.III; “Estos huecos redondos que se ven en la luna son plazas de toros que hay por allá”, cap.VI; “Las acacias con su ramaje inquieto y alegre hacían cosquillas en la oreja a los faroles”, cap.VI; “La vida tenía gesto de acantilado”, cap.XXVII; etc.). Curiosa novela, llena de desgarro, existencialismo y amargura, muy digna de ser leída.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Ficciones

 


Sé lo que voy a encontrarme cuando reabro las páginas de Ficciones, de Jorge Luis Borges (creo que es mi tercera visita), pero esa convicción no rebaja el placer de la lectura, que realizo esta vez con un lápiz rojo en la mano. Como quien señala mariposas mientras pasea por el campo, voy subrayando, sobre todo, algunos verbos, que me fascinan por su condición áurea (ese espejo que “inquietaba el fondo de un corredor”; ese hombre que “interrogó el volumen XLVI” de una enciclopedia; esos periódicos que, al hablar de un libro, “dispensaron su ditirambo”; esos alumnos que “fatigaban las gradas”; o ese museo y esa enorme biblioteca que “usurpaban la planta baja”). Como el propio Borges dijo, al hablar de las kenningar, yo también he experimentado un placer casi filatélico al identificar y alinear esos vocablos.

Por supuesto, también he recuperado la embriaguez de recordar los volúmenes (que pronto serán cien) que impondrán el mundo de Tlön sobre el mundo actual; los sinuosos y estimulantes acercamientos del narrador a cierta novela del abogado Mir Bahadur Alí; la experiencia casi metafísica de Pierre Menard, que se concentra en la escritura literal y necesaria del Quijote; los sueños del soñador que vertebra “Las ruinas circulares”; la inquietante lotería babilónica, que impregna o impugna la sociedad entera (acaso la vida entera) con sus azares ramificados e interminables; el pasmoso juego delirante de la biblioteca de Babel; la memoria sofocantemente angustiosa de Funes; la herida que publica la ignominia en la cara de Vincent Moon; el milagro secreto con el que Dios quiso galardonar o torturar a Jaromir Hladík; la elaborada revisión de la divinidad de Judas; el deleitoso secreto que envuelve a los integrantes de la Secta del Fénix; o ese cuchillo sobre el que se cierra la mano de Dahlmann en una llanura del sur, en el relato que Borges califica como su, posiblemente, mejor cuento.

Jorge Luis Borges y Antonio Muñoz Molina son los dos únicos autores, si la memoria no me traiciona, que jamás me han aburrido o defraudado con ninguno de sus libros. Es un espléndido balance, que me genera una enorme gratitud.