Diecisiete horas dura ya el interrogatorio al que el inspector Maigret y su equipo están sometiendo a Carl Andersen, un aristócrata danés venido a menos que vive en una singular encrucijada francesa, donde solamente hay una gasolinera, la pequeña casa de un agente de seguros y la mansión (desvencijada y ruinosa, pero enorme) donde viven Carl y su hermana Else. Y el motivo de ese interminable interrogatorio es también singular, cuando no escalofriante: el coche del danés ha aparecido en el garaje del agente de seguros, mientras que el de este, con un cadáver dentro, se ha encontrado en el garaje de Carl. Aparte de la escenificación macabra o juguetona de ese delito, la identidad de la víctima tampoco es muy tranquilizadora: se trata de un corredor de diamantes de Amberes cuyo nombre es (o era) Isaac Goldberg. Persuadido de que Andersen no es el responsable del crimen (se trata, a todas luces, de un hombre educado, sereno y aparentemente pacífico), Maigret lo deja libre; pero se desplaza con su ayudante Lucas hasta la encrucijada, y comienza a formular preguntas, dándose cuenta de que el caso, formado por piezas tan sencillas, es mucho más complejo de lo que cabría imaginar. Cuando comiencen a aparecer objetos robados, joyas valiosas y hasta alijos de droga, Maigret descubrirá que se está enfrentando a una situación mil veces más peligrosa de lo que pudo prever al inicio del caso. En la escena final, con todos los habitantes de la encrucijada detenidos y esposados, nadie parece inocente y comienzan a descubrirse embrolladas conexiones entre ellos (nombres falsos, pasados carcelarios, relaciones sexuales inesperadas), en un crescendo que la veteranía narrativa de Simenon logra mantener en pie, pese a su condición desconcertante y tumultuosa.
Librario íntimo
viernes, 18 de septiembre de 2026
jueves, 17 de septiembre de 2026
Paco Yunque
Decía
el peruano César Vallejo que hay golpes en la vida tan fuertes… Sí, los hay sin
duda. Y los sufren, sobre todo, como lamentaba el mexicano Mariano Azuela, “los
de abajo”. En esta historia, quien se ve obligado a agachar la cabeza, morderse
los labios y llorar de impotencia es Paco Yunque, un chico pobre cuya madre
trabaja como sirvienta para el inglés Dorian Grieve, gerente de los
ferrocarriles de la The Peruvian Corporation y alcalde del pueblo. César
Vallejo nos invita a que presenciemos el primer día de escuela de este pobre
chico, aturullado por el jaleo de sus compañeros, intimidado por la presencia
autoritaria del maestro, cohibido por la frialdad del recinto escolar y, sobre
todo, paralizado ante los desafueros de Humberto, hijo de Dorian, quien lo
considera “su muchacho” y entiende que puede abusar de él, pegarle y robarle
los trabajos. ¿Alguien sale en su defensa? Sí, pero resulta inútil, porque el
maestro, que siempre se encuentra casualmente de espaldas cuando el chico
comete sus tropelías, se niega a castigar a Humberto (“Bueno. Yo creo en lo que
usted dice. Yo sé que usted no miente nunca”). Los demás tienen claro que no lo
castiga “porque su papá es rico”. Es el triunfo de la arrogancia hipócrita
sobre la inocencia inerme.
El retrato que César Abraham Vallejo Mendoza nos facilita sobre la sociedad peruana (sobre cualquier sociedad) es tan duro como riguroso: la soberbia y la conciencia de ser superior se mama en casa. Humberto sabe que su padre tiene mucho dinero y mucho poder. Los demás, por tanto, están obligados a transigir con sus caprichos, a someterse a sus brutalidades, a callarse ante sus vilezas. Y Paco Yunque (simbólico apellido) es aún demasiado niño para rebelarse contra el martillo que lo golpea.
miércoles, 16 de septiembre de 2026
Los hijos de la piedra
Me
acerco hasta otra obra teatral de Miguel Hernández, que se titula Los hijos
de la piedra y que gira alrededor de una zona minera y agrícola que
pertenece a la pequeña localidad de Montecabra. Todos los protagonistas,
cualquiera que sea el sector donde ganan su jornal, están contentos con la
forma en que los trata su patrón, don Pedro, un hombre razonable y generoso,
que ni se cree por encima de ellos, ni los trata de forma injusta. Pero cuando
se produce su muerte y todo queda en manos de otro “Señor” (ni nombre se le da)
las cosas se tuercen, por ser el nuevo propietario una persona despótica,
ambiciosa y altanera, que les rebaja el salario, aumenta las horas de trabajo y
se refugia siempre detrás de los guardias civiles, que defienden su status con
las armas. Además, el repugnante amo se ha empeñado en forzar a Retama (la
mujer del pastor) y, literalmente, demuestra ser un sádico (“Me gusta irritar y
humillar a esta especie de gente”). De tal modo que el ambiente idílico que se
respiraba en las primeras páginas queda convertido con rapidez en un infierno, que
provoca hambre y desesperación entre los mineros y que los fuerza a rebelarse
(aunque les cuesta dar el paso, dada su mansedumbre) contra el inicuo
personaje, al que terminan ahorcando. ¿Una pintura maniquea? Mucho, cómo
negarlo. A veces, incluso diría que roza la caricatura: los buenos son
buenísimos; los malos, esperpénticos. Pero hay que ser comprensivos y juzgar la
pieza dentro de su marco histórico (1935), en los meses duros, calientes y
tensos que estaban preparando el estallido de la guerra civil.
Con un lenguaje mucho más poético que teatral (a veces, tiene que hacerse un gran esfuerzo para “creer” a los personajes, cuyo nivel lírico los vuelve irreales, impostados), Miguel Hernández se alinea de forma nítida del lado de quienes sufren, del lado de quienes dependen del capricho y la magnanimidad de ese amo que, con un simple gesto, los puede condenar a la hambruna o la cárcel.
martes, 15 de septiembre de 2026
Inbox
Alexia
es una chica de 16 años que nació en Barcelona y que ha vivido una infancia
sumamente peculiar: tras la muerte de su madre en un accidente doméstico (y con
un padre que se dio a la fuga cuando su hija era todavía un bebé), tiene que
trasladarse a vivir con su abuelo paterno, a México. Estando allí, consigue la
dirección de correo electrónico de Benedict Woodward, su escritor favorito; y
se decide a escribirle. Al principio, él contesta malhumorado, porque teme
sufrir el acoso de una fan alocada, impertinente o sospechosa; después, sus
respuestas se van suavizando, hasta que se inicia entre ellos un diálogo
espaciado, cada vez más personal, donde las confidencias de la muchacha (que
quiere ser escritora, que la convivencia con su abuelo es compleja, que
frecuenta una librería donde quizá comience a trabajar) y del escritor (que ha
estado en una clínica para personas alcohólicas, que su mujer murió, que su
hijo es un rebelde con el que se lleva mal) salpican el texto. Pero Alexia,
después de haber sido espiada por una figura que parece controlarla desde los
alrededores de la librería y de sufrir una persecución en medio de la noche,
sospecha que no todo está tan claro como aparenta en este intercambio de
mensajes.
Una novela agradable y amena, quizá menos densa de lo habitual en Care Santos, que se lee con bastante fluidez y que gustará al público juvenil que sigue a la autora de Mataró.
lunes, 14 de septiembre de 2026
Detective privado
El
pobre Justino Lumbreras, agobiado por su insoportable, despótica, caprichosa y
malhumorada jefa en la compañía de seguros Aurora, ha decidido abandonar el
trabajo y dedicarse a una actividad para la que se ha preparado mediante un
curso por correspondencia: la de detective privado. A su esposa (Gloria) y a
sus hijas (Cande y Elisa) les sorprende la noticia, pero no tienen más remedio
que aceptarla: si el padre ha decidido quemar las naves, la familia tiene que
estar a su lado para apoyarlo. Durante unas semanas, la afluencia de casos es
tan escasa como bochornosa: maridos que esperan descubrir una infidelidad de su
mujer; el propietario de un vehículo, que está obsesionado con descubrir qué
vecino le está rayando su coche con nocturnidad y alevosía… Pero, de pronto,
una llamada de teléfono lo cambia todo: es la baronesa Von Bitter, quien desea
contratar a Justino por una cantidad exorbitante de dinero para que descubra la
identidad de quien le ha robado un valioso ejemplar de la Ilíada, que su
difunto marido le regaló como prueba de amor. La vieja dama sospecha de un
antiguo novio (el ex notario Wenceslao Calderón), que posiblemente quiere
dañarla por no haberse casado con él, aunque lo que más intriga a Lumbreras es
que dos empleados de la baronesa abandonasen el trabajo al mismo tiempo que
desaparecía el libro. En ese momento, se inicia una apretada secuencia de
actuaciones (entrevistas, persecuciones de coches, encuentros desagradables,
diálogos con policías, espionajes), en las que participa con un papel
principalísimo Cande, que asombra a su progenitor con su iniciativa y con sus
dotes detectivescas (“No podía entender cómo la mente de su hija podía atar los
cabos sueltos tan deprisa. A él le costaba más trabajo”, p.183).
Con este volumen simpático y ameno se inicia la serie de novelas juveniles que el caravaqueño Luis Leante ha ido redactando en los últimos tiempos con Justino Lumbreras como protagonista. Muy recomendable, sin duda.
domingo, 13 de septiembre de 2026
La casa de los siete balcones
Cuando
se enumera el catálogo de grandes autores teatrales del siglo XX español hay
varios nombres que siempre surgen: Federico García Lorca, Antonio Buero
Vallejo, Fernando Arrabal. En ocasiones, se añaden los nombres de Antonio Gala,
Lauro Olmo o Francisco Nieva. Pocas veces se completa con Alejandro Casona. Se
suele recordar La dama del alba (sobre todo, porque se sigue leyendo en
algunos institutos), pero poco más. Para mí, el asturiano Alejandro Rodríguez
es uno de los grandes, aseveración que corroboro en cada nueva lectura o
relectura. En este mes de septiembre he abordado La casa de los Siete
Balcones, un drama doméstico que se vertebra sobre la esperanza, la
ilusión, la locura, la falta de escrúpulos y la ambición, sobre las palabras
que no consiguen salir de la boca y las que no llegan en las cartas, sobre la
inocencia y sobre el amor imborrable.
Genoveva
vio partir a su novio hacia América, hace varias décadas. Iba allí para
conseguir una posición económica que les permitiese contraer matrimonio. Las
noticias fueron otras: dicen que en Argentina se casó con otra mujer, olvidando
a Genoveva. Pero la anciana se aferra a un trocito de carta que consiguió
salvar del fuego, donde la llamaba “Mi querida queridísima”. ¿Cómo resignarse a
creer que la ha olvidado? El cartero, cualquier día, le traerá una nueva carta,
donde el novio le pedirá que se suba a un barco y acuda a su llamada amorosa.
Entretanto, tiene que convivir con su sobrino Uriel (que parece mudo, pero que
habla con sus parientes fallecidos), con su cuñado Ramón (un violento avaro,
que quiere descubrir dónde ha ocultado Genoveva el oro y las joyas de su
hermana, tras su muerte), con la sirvienta Amanda (que accede a ser la amante
de Ramón, confiada en que tarde o temprano logrará convertirse en la señora de
la casa) y con el médico don Germán (que vela por su salud, física y mental).
Cercada por las presiones de su cuñado y conducida hasta el límite del llanto
por el silencio de su novio, Genoveva solo accederá a revelar el sitio donde
esconde su tesoro mediante un engaño cruel: hacerle creer que por fin ha
llegado la ilusionante carta. Y Ramón y Amanda urdirán su estrategia.
Emocionante
(y, en sus páginas finales, muy emocionante), esta pieza de Casona consigue
poner lágrimas en los ojos de quien está leyendo. En los míos, desde luego, lo
ha hecho.
sábado, 12 de septiembre de 2026
La Ciudad Dulce
En
la página 86 de este libro se utiliza la palabra “rompecabezas”. En la página
100 se repite la misma palabra. Es una condición que la persona que está
leyendo advierte pronto. Victoria Pelayo Rapado, tan hábil como maquiavélica,
desliza en cada capítulo una serie de pistas, un adjetivo, un sustantivo, una
imagen. Ocurre como en las mejores narraciones de Juan Carlos Onetti: hay que
perseverar, hay que permanecer con la atención agudizada al 100%, hay que dejar
que las piezas se vayan encajando poco a poco, para formar un mosaico, un
puzle, ese dibujo que, al final, adquiere todo su sentido. Y qué asombroso sentido.
Todo
comienza de forma sencilla: unos niños que pasean por sus zonas habituales de
diversión. De repente, uno de ellos, Míguel (pronúnciese de forma grave) cae a
una zanja llena de agua; y, a gritos, señala a Isa como la responsable del
empujón que le ha hecho perder el equilibrio. Es el inicio del fin. De
inmediato, la muchacha abandona la pandilla. Luego lo hará Fernando. ¿Es
posible que un incidente tan banal, tan infantil, haya dinamitado el grupo, o
quizá hay algo más, latiendo de fondo? Pero hay otros incidentes y personas que
orbitan alrededor de esa diáspora: un hombre que viste de oscuro; un niño que
es empujado por unas escaleras y está a punto de matarse; una niña que decide
guardar silencio, inmune a todos los interrogatorios y terapeutas que se le
infligen; un joven sacerdote que es enviado a Tenerife; un suicidio; unos
huesos misteriosos que aparecen, durante una excavación… Todos los cristalitos
están ahí, moviéndose con lentitud y con desconcierto de calidoscopio, pero
todo queda explicado (¿todo?) en el capítulo final, donde una confesión dura,
letánica, obsesiva, que repite una y otra vez las mismas palabras y las mismas inquisiciones,
como si el llanto comenzase a producir la fermentación de la culpa, nos dejará
con la piel erizada.
Hay que ser muy valientes para adentrarse en esta historia, porque nos enfrenta con espejos oscuros y con traumas infantiles de dolorosa densidad. Pero Victoria Pelayo es tan firme en su pulso narrativo y tan inteligente en la conformación de sus dibujos psicológicos que La Ciudad Dulce mereció el premio 2025 de novela Avant Ceuta. Harían ustedes bien en buscarla y leerla.






