Tengo
que admitir, como punto de arranque, que las primeras páginas de Poemas de
otros, de Mario Benedetti, me han dejado muy frío. No tenía la impresión de
estar leyendo a mi admiradísimo uruguayo. Todo era discreto y gris. Correcto, qué
duda cabe, pero menos elevado de lo habitual, menos brillante, más chato, más
repetitivo. Por fortuna, pronto las cosas empiezan a cambiar y me inundan composiciones
como “Apenas y a penas”, “No te salves”, “Rostro de vos”, “Te quiero”,
“Todavía” o las convertidas en canción por Joan Manuel Serrat (“Táctica y
estrategia”, “Los formales y el frío” y “Hagamos un trato”). Ahí, todo se llena
de luz y Benedetti vuelve a encharcar mis ojos y a hacer que mi corazón palpite
más rápido, gracias a infinitud de detalles: su definición de la vida como
“excursión a la muerte”; sus juegos de palabras (“Con paz ni compás”); o sus
adjetivaciones maravillosas. El oxígeno se colorea e inunda mis pulmones de
gratitud y de aplauso.
Con Benedetti tengo establecido un diálogo regular y un deseo férreo: leer todos sus libros, con lentitud golosa. Quiero, como él, “que la muerte pierda su asquerosa y brutal puntualidad” y que, si no lo hace, al menos que “no nos agarre muertos de vergüenza”. Quiero saber cómo se siente cuando contempla, en un viejo álbum de fotos, el rostro de una mujer antaño amada, con la que nada lo une ya; quiero sonreír cuando me hable de la decisión de unos amantes pobres de olvidarse del romanticismo ñoño de la luna y sumergirse en la cama, para dedicarse a los placeres del sexo; quiero que un escalofrío colonice mi nuca y baje por mi espalda cuando hable para mí el hombre que ha sido torturado, pero que no ha delatado a nadie. Y, por supuesto, he cumplido con Poemas de otros el mismo ceremonial que siempre cumplo con Benedetti: leerlo con pausa y en voz alta, sentado con un café en mi despacho. “A vos / lector mi prójimo / qué te parece”, me pregunta. Me parece que siempre voy a admirarlo a usted. Eso me parece, maestro.






