Entramos
en el espacio escénico de Los árboles mueren de pie, invitados por el
gran Alejandro Casona, y lo que allí descubrimos no puede ser más chocante, con
personajes que van disfrazados (y que se cambian de disfraz) y con frases que
nos suenan a delirio o tomadura de pelo. Al cabo de varias páginas, la
perplejidad que sienten los personajes que han entrado con nosotros (Balboa e
Isabel) es tan enorme como la nuestra. ¿Qué es lo que está pasando? ¿Nos
encontramos quizá en un manicomio, en el que los orates han logrado hacerse con
el control? No lo vamos a averiguar hasta que aparece el doctor que dirige la
institución, quien le explica a Isabel que, en realidad, son personas que
trabajan para otorgar caridad y poesía al alma de las personas necesitadas (“¿Quién
ha pensado en los que se mueren sin un solo recuerdo hermoso? ¿En los que no
han visto realizado un sueño?”). Son constructores de sueños, aliviadores de
penas, maquilladores de la angustia: uno de los colaboradores reparte conejos
por el monte para hacer felices a los cazadores pobres; otro roba a los
ladrones primerizos para que abandonen la delincuencia… Ante la perplejidad de
Isabel, el doctor lo tiene claro: “Tal como va el mundo todos los que no somos
imbéciles necesitamos estar un poco locos”.
Encandilada
con el proyecto, Isabel se anima a participar en él, y pronto llega la ocasión
de estrenarse: el anciano Balboa necesita que un matrimonio joven se instale en
su casa, fingiendo ser su nieto (que abandonó el hogar hace veinte años) y su
esposa, para conseguir que la anciana abuela no muera de tristeza; y, sobre
todo, que no descubra que su auténtico nieto es un desalmado delincuente, dado
a todo tipo de crímenes. ¿Será posible mantener esta bondadosa farsa durante
unos días? Y las personas que la lleven a cabo, ¿serán después las mismas?
Adoro a Alejandro Casona. Ninguna de sus obras me ha decepcionado jamás. Tampoco lo hace ahora, con esta bella reflexión sobre la generosidad, la entereza, la dignidad y el amor. Así que la gran pregunta tal vez sea por qué no leo todas las que me faltan y las voy dejando en este Librario. Hummm, ¿por qué no?





