En
el primer texto de este libro (todos breves, todos disparatados, todos llenos
de sorpresas) nos encontramos con un filósofo que, tras tocarse la sien con un
dedo, asevera: “Aquí dentro reúno toda la fuerza del absurdo”. Inequívocamente,
Javier Tomeo nos está facilitando la clave para enfrentarnos a esta obra:
aceptar que la gobiernan el delirio, el humor, la retranca, el surrealismo. Que
nadie se esfuerce (y, si lo hace, está perdiendo el tiempo) en buscar
significados lógicos o deducir mensajes metafóricos del oscense. Lo que hay es
juego. Lo que hay es fantasía chisporroteante. Lo que hay es desenfado. Nos
irán saliendo en el camino unos guerreros muertos en cierta batalla, que
continúan charlando tranquilamente de sus cosas; una artista de circo que
resulta ser un varón travestido; un hombre que le pide a un campesino que lo
plante en su bancal, para ver si fructifica (conviene recordar que la película
“Amanece que no es poco”, donde se recurre a una escena parecida, se rodó un
año después del libro); un rústico que, a base de soplidos, es capaz de apagar
estrellas en el firmamento; un barbero inhábil que, después de provocarle
sangre dos veces a la persona que está afeitando, decide terminar con la
carnicería matándolo de un tajo firme; dos viajeros de tren que se pelean
estúpidamente por la corbata que lleva uno de ellos; un par de esqueletos del
cementerio que tratan de animarse entre sí, augurando que vendrán sin duda
tiempos mejores; o esa broma cervantina del padre que, constatando que su hijo
no cree que el molino que está viendo sea un gigante, afirma con gesto grave:
“Me preocupas”.
Algunas de las historias te dejan frío, otras te provocan una sonrisa, otras incluso te invitan a meditar. Es un poliedro simpático e intrascendente, que se lee en tres horas y que se olvida en tres minutos.






