lunes, 14 de septiembre de 2026

Detective privado

 


El pobre Justino Lumbreras, agobiado por su insoportable, despótica, caprichosa y malhumorada jefa en la compañía de seguros Aurora, ha decidido abandonar el trabajo y dedicarse a una actividad para la que se ha preparado mediante un curso por correspondencia: la de detective privado. A su esposa (Gloria) y a sus hijas (Cande y Elisa) les sorprende la noticia, pero no tienen más remedio que aceptarla: si el padre ha decidido quemar las naves, la familia tiene que estar a su lado para apoyarlo. Durante unas semanas, la afluencia de casos es tan escasa como bochornosa: maridos que esperan descubrir una infidelidad de su mujer; el propietario de un vehículo, que está obsesionado con descubrir qué vecino le está rayando su coche con nocturnidad y alevosía… Pero, de pronto, una llamada de teléfono lo cambia todo: es la baronesa Von Bitter, quien desea contratar a Justino por una cantidad exorbitante de dinero para que descubra la identidad de quien le ha robado un valioso ejemplar de la Ilíada, que su difunto marido le regaló como prueba de amor. La vieja dama sospecha de un antiguo novio (el ex notario Wenceslao Calderón), que posiblemente quiere dañarla por no haberse casado con él, aunque lo que más intriga a Lumbreras es que dos empleados de la baronesa abandonasen el trabajo al mismo tiempo que desaparecía el libro. En ese momento, se inicia una apretada secuencia de actuaciones (entrevistas, persecuciones de coches, encuentros desagradables, diálogos con policías, espionajes), en las que participa con un papel principalísimo Cande, que asombra a su progenitor con su iniciativa y con sus dotes detectivescas (“No podía entender cómo la mente de su hija podía atar los cabos sueltos tan deprisa. A él le costaba más trabajo”, p.183).

Con este volumen simpático y ameno se inicia la serie de novelas juveniles que el caravaqueño Luis Leante ha ido redactando en los últimos tiempos con Justino Lumbreras como protagonista. Muy recomendable, sin duda.

domingo, 13 de septiembre de 2026

La casa de los siete balcones



Cuando se enumera el catálogo de grandes autores teatrales del siglo XX español hay varios nombres que siempre surgen: Federico García Lorca, Antonio Buero Vallejo, Fernando Arrabal. En ocasiones, se añaden los nombres de Antonio Gala, Lauro Olmo o Francisco Nieva. Pocas veces se completa con Alejandro Casona. Se suele recordar La dama del alba (sobre todo, porque se sigue leyendo en algunos institutos), pero poco más. Para mí, el asturiano Alejandro Rodríguez es uno de los grandes, aseveración que corroboro en cada nueva lectura o relectura. En este mes de septiembre he abordado La casa de los Siete Balcones, un drama doméstico que se vertebra sobre la esperanza, la ilusión, la locura, la falta de escrúpulos y la ambición, sobre las palabras que no consiguen salir de la boca y las que no llegan en las cartas, sobre la inocencia y sobre el amor imborrable.

Genoveva vio partir a su novio hacia América, hace varias décadas. Iba allí para conseguir una posición económica que les permitiese contraer matrimonio. Las noticias fueron otras: dicen que en Argentina se casó con otra mujer, olvidando a Genoveva. Pero la anciana se aferra a un trocito de carta que consiguió salvar del fuego, donde la llamaba “Mi querida queridísima”. ¿Cómo resignarse a creer que la ha olvidado? El cartero, cualquier día, le traerá una nueva carta, donde el novio le pedirá que se suba a un barco y acuda a su llamada amorosa. Entretanto, tiene que convivir con su sobrino Uriel (que parece mudo, pero que habla con sus parientes fallecidos), con su cuñado Ramón (un violento avaro, que quiere descubrir dónde ha ocultado Genoveva el oro y las joyas de su hermana, tras su muerte), con la sirvienta Amanda (que accede a ser la amante de Ramón, confiada en que tarde o temprano logrará convertirse en la señora de la casa) y con el médico don Germán (que vela por su salud, física y mental). Cercada por las presiones de su cuñado y conducida hasta el límite del llanto por el silencio de su novio, Genoveva solo accederá a revelar el sitio donde esconde su tesoro mediante un engaño cruel: hacerle creer que por fin ha llegado la ilusionante carta. Y Ramón y Amanda urdirán su estrategia.

Emocionante (y, en sus páginas finales, muy emocionante), esta pieza de Casona consigue poner lágrimas en los ojos de quien está leyendo. En los míos, desde luego, lo ha hecho.

sábado, 12 de septiembre de 2026

La Ciudad Dulce


 

En la página 86 de este libro se utiliza la palabra “rompecabezas”. En la página 100 se repite la misma palabra. Es una condición que la persona que está leyendo advierte pronto. Victoria Pelayo Rapado, tan hábil como maquiavélica, desliza en cada capítulo una serie de pistas, un adjetivo, un sustantivo, una imagen. Ocurre como en las mejores narraciones de Juan Carlos Onetti: hay que perseverar, hay que permanecer con la atención agudizada al 100%, hay que dejar que las piezas se vayan encajando poco a poco, para formar un mosaico, un puzle, ese dibujo que, al final, adquiere todo su sentido. Y qué asombroso sentido.

Todo comienza de forma sencilla: unos niños que pasean por sus zonas habituales de diversión. De repente, uno de ellos, Míguel (pronúnciese de forma grave) cae a una zanja llena de agua; y, a gritos, señala a Isa como la responsable del empujón que le ha hecho perder el equilibrio. Es el inicio del fin. De inmediato, la muchacha abandona la pandilla. Luego lo hará Fernando. ¿Es posible que un incidente tan banal, tan infantil, haya dinamitado el grupo, o quizá hay algo más, latiendo de fondo? Pero hay otros incidentes y personas que orbitan alrededor de esa diáspora: un hombre que viste de oscuro; un niño que es empujado por unas escaleras y está a punto de matarse; una niña que decide guardar silencio, inmune a todos los interrogatorios y terapeutas que se le infligen; un joven sacerdote que es enviado a Tenerife; un suicidio; unos huesos misteriosos que aparecen, durante una excavación… Todos los cristalitos están ahí, moviéndose con lentitud y con desconcierto de calidoscopio, pero todo queda explicado (¿todo?) en el capítulo final, donde una confesión dura, letánica, obsesiva, que repite una y otra vez las mismas palabras y las mismas inquisiciones, como si el llanto comenzase a producir la fermentación de la culpa, nos dejará con la piel erizada.

Hay que ser muy valientes para adentrarse en esta historia, porque nos enfrenta con espejos oscuros y con traumas infantiles de dolorosa densidad. Pero Victoria Pelayo es tan firme en su pulso narrativo y tan inteligente en la conformación de sus dibujos psicológicos que La Ciudad Dulce mereció el premio 2025 de novela Avant Ceuta. Harían ustedes bien en buscarla y leerla.

viernes, 11 de septiembre de 2026

Andrómaca


 

Refresquemos, que nunca viene mal, nuestros recuerdos del mundo clásico. La ciudad de Troya acaba de ser aniquilada, después de una década de combates y estratagemas, tal y como nos contó Homero en sus libros. Héctor, domador de caballos y luchador glorioso, ha encontrado la muerte a manos del no menos glorioso Aquiles, dejando una viuda (Andrómaca) y un huérfano (Astianacte). Por decisión de los vencedores, el niño es despeñado desde lo alto de las murallas de Troya (para que se extinga el linaje de Héctor) y su esposa es llevada como botín de guerra por Neoptólemo. Ahora dejemos que se sucedan unos pocos años y descubramos de la mano de Eurípides cómo Andrómaca ha engendrado un hijo para su captor, y eso provoca la furia vengativa de su esposa Hermíone (que se considera objeto de alguna hechicería por parte de Andrómaca) y del padre de esta, Menelao. Ambos se empeñan en matar a la peligrosa Andrómaca, quien intenta defenderse con todo tipo de objeciones, aunque sabe que de poco han de servirle sus palabras (“Los que respiran aires de grandeza soportan con irritación argumentos más cabales por parte de quienes son inferiores a ellos”). Por suerte, el anciano Peleo reúne el coraje suficiente para enfrentarse a Menelao y, sin pelos en la lengua, le resume su opinión sobre Helena (esposa de Menelao y causante de la guerra de Troya): “Tras abandonar tu palacio se marchó de picos pardos a otro país con un jovencito. Por ella no deberías haber empuñado una lanza, sino haberle escupido al descubrir lo sinvergüenza que era y haberla dejado allí, pagando incluso con tal de no tener que volverla a admitir en palacio”. No se puede ser más contundente. ¿Conseguirá convencer (o al menos intimidar) al rey Menelao? La respuesta está en las páginas finales de Andrómaca, una tragedia sobre las humillaciones que soportan los vencidos y sobre el acero de la dignidad, que he podido leer en la traducción de José Luis Navarro y que, por desgracia, adolece de numerosos errores ortográficos y sintácticos: muchas veces aparece “ti” con tilde (así como “dio”, “vio”, “eso” y similares); separa el sujeto del predicado con coma (“Yo, la capturé”); y otros chirridos no menos inoportunos.

Un detalle final: ¿recuerdan aquel célebre poema de Bertolt Brecht (“Preguntas de un obrero que lee”), en el que se interrogaba sobre si Alejandro Magno o Julio César lograron solos sus victorias, sin la ayuda de sus soldados? Pues leamos las palabras que Peleo pronuncia ante Menelao: “Cuando un ejército levanta trofeos sobre los enemigos nadie se para a pensar que tras ellos está el esfuerzo de muchos hombres, sino que es el general quien se cuelga las medallas, él, uno más entre una inmensa multitud, que blande su lanza; no hace nada más que ningún otro y sin embargo tiene más fama que nadie”. Eurípides lo dijo mucho antes que el autor alemán.

jueves, 10 de septiembre de 2026

Clasificados y no tanto

 

Leo en muy poco tiempo, pero con una felicidad casi infantil, de tan alegre y juguetona, los poemas que Marina Colasanti recopila en su volumen Clasificados y no tanto y que, gracias a la traducción de Carlos Gumpert y con ilustraciones de Sean Mackaoui, publica El jinete azul (2011). Se trata de composiciones breves, volátiles, que en ocasiones rozan la estructura del haiku (“Cual golondrina, / descansa sobre el cable / el equilibrista”) y que en otras plantean simpáticos versos que invitan a la reflexión (“En la memoria de un pez / se graba solo un segundo. / Pero ¿cuánto vale el tiempo / en su mundo?”); observaciones dulces, que suscribirán muchos perrófilos (“Mi cachorro / resulta que es feliz: / lee la vida con la nariz”); paronomasias que se conservan o se crean en la traducción (“Paloma ofrece / servicio certero / de cartero”); e incluso textos que se acercan a la sociología (“Pensamiento rechazado / solicita / ser adoptado”) o la metafísica (“Busco / hermoso grafiti / sin muro”).

La curiosa naturaleza híbrida de las composiciones (fáciles en su forma, densas en su significado) permite que puedan ser leídas por adultos y también por niños. O por adultos que quieran compartirlas con niños. Ensayen ustedes las variantes. Me lo agradecerán.

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Los discursos de Miguel Delibes

 


Descubro con alegría un pequeño y agradable volumen donde se reúnen todos los discursos que el vallisoletano Miguel Delibes pronunció durante su larga y exitosa carrera como escritor; y, como no podía ser de otro modo, me abalanzo a recorrer sus páginas. En ellas encuentro las palabras que pronunció el día de su ingreso en la Real Academia Española (“El sentido del progreso desde mi obra”), en las que abogó por la necesidad de un progreso humano consciente de sus limitaciones, capaz de embridarse para no esquilmar la naturaleza, generando así la semilla de un futuro “donde la economía no fuese el eje de nuestros desvelos y se diese preferencia a otros valores”. Sus hondas reflexiones al respecto son de una firme e incontestable contundencia. El ser humano, voluntariamente ciego, “se ha acomodado a vivir sobre un volcán”, nos dice. Su angustioso interrogante, que él se formula como hipótesis (“¿No se nos habrán escapado de las manos las fuerzas que nosotros mismos desatamos y que creímos controlar un día?”), ya admite hoy una respuesta afirmativa, lamentablemente.

En el discurso en el que agradece el nombramiento como doctor honoris causa por la universidad de Valladolid, muy breve, asegura que su mérito consiste tan solo en haber escuchado el lenguaje del pueblo y haberlo llevado a sus novelas. Es una afirmación que, con variantes, repite en todas sus intervenciones. Me parece una hermosa muestra de su humildad, que lo aproxima a la figura del corifeo griego. Así, en las palabras que pronunció cuando fue nombrado Hijo Predilecto de Valladolid apela nuevamente a su condición de vallisoletano esencial: siempre ha sentido (repite) que necesita este paisaje, a esta gente. Y ha sentido que debía tributarle su amor y su fidelidad no apartándose de allí. “Yo soy un hombre del pueblo”, anotó como agradecimiento a la universidad del Sarre (Alemania) cuando lo distinguió con el título de doctor honoris causa. Y lo completó indicando que ni le gustan las ciudades, ni las prisas, ni las grandes concentraciones humanas, ni la polución. El dibujo que todas estas palabras nos aporta sobre el autor es nítido.

Leer a Delibes siempre es un placer, pero escucharlo de forma directa, sin que sus personajes lo difuminen con sus rasgos faciales o su tono de voz, es un auténtico privilegio, porque nos permite acercarnos a una figura irrepetible de la literatura española. Acudan a este libro.

martes, 8 de septiembre de 2026

Nada del otro mundo

 


Leí Nada del otro mundo en 1995, cuando vivía en otra ciudad, estaba casado con otra mujer, no tenía a mis cuatro hijos, trabajaba en un instituto diferente y aún no me había dejado crecer la barba. Ahora lo releo, con todas mis circunstancias cambiadas, salvo una: la fascinación que me sigue produciendo la prosa de Antonio Muñoz Molina. He comentado a veces que me leería hasta su lista de la compra, y salvo por parte de mis amigos (que saben que no exagero), la afirmación suele ser interpretada como hipérbole.

Los doce relatos que conforman el tomo vuelven a embriagarme, con su abanico variado de propuestas y, sobre todo, con la especial música de su sintaxis. “Nada del otro mundo” destila, dentro de una historia de inquietante aliento paranormal, un nítido aroma autobiográfico (el joven estudiante que, aunque termina cosechando éxito con sus libros, sufre cuando su antiguo compañero de piso le habla de que lo recuerda escribiendo “sus cosillas”); “Las aguas del olvido” nos traslada una historia de adulterio junto a cierto río andaluz de resonancia clásica; “La poseída” juega con la fantasía de un hombre  que equivoca el núcleo de su mirada; “Las otras vidas” nos sugiere que todos portamos en el corazón pasajes y zonas oscuras, que los demás nunca (o casi nunca) descubren; “El cuarto del fantasma” es quizá menos vigorosa, pero nos provoca una sonrisa cuando descubrimos que está protagonizada por Lorencito Quesada; y, como cierre del volumen, cinco maravillas sobre cráneos que surgen en una excavación; fantasmas cuyo corazón aún late; un hombre que se enamora sin esperanza de su compañera de trabajo; un periodista que sobrevive como autor de novelitas de quiosco; o un viejo profesor que se enamoró de una alumna adolescente y que, al final de sus días, se ve inmerso en una historia truculenta a la que asiste con estupor resignado.

Como sus demás libros, Nada del otro mundo puede ser abierto por cualquier página y anonada con el deslumbramiento de su exactitud verbal y su belleza. Gracias sean dadas.