Cuando
me siento en el sillón y abro un libro de Andrés Ortiz Tafur, ya sé que me voy
a sorprender. No sé cómo ni por dónde, pero tengo claro que el escritor de
Linares va a conseguir dejarme K.O. con la magia, la fantasía y la rotundidad
de sus historias. Me ocurre con algunos escritores (Monzó, Cortázar, Moyano,
Olgoso) y por esa razón me gusta volver continuamente a sus páginas. Ahora lo
hago con Caminos que conducen a esto, un chispeante volumen que publicó
en El Desván de la memoria y que leo en la edición de 2013.
Con
la inagotable destreza de un prestidigitador, Andrés nos habla de una mujer no
especialmente agraciada, que se instala en cierto lugar y aspira a convertirlo
en un refugio para personas feas, que olviden allí sus traumas; de sueños que
se expanden hacia la vigilia, o que establecen enigmáticos diálogos con ella;
de asombrosas naranjas blancas (tan infrecuentes como las manzanas azules); de
una Eva insaciable que no termina de encontrar en el Edén su pareja idónea,
para decepción y abatimiento de Adán; de homenajes al más universal de los
cantantes nacidos en la provincia de Jaén (“Eva tomando el sol”, “A esa hora
maldita (en que los bares a punto están de cerrar)”); del novio que padece una
inquietante disfunción eréctil y no sabe cómo afrontar la relación (cercana ya
al matrimonio) con su paciente pareja; de las figuras coloreadas que se saludan
o despiden en lo alto de una montaña, provocando la perplejidad de los
montañeros que las observan desde abajo; o de un hombre (llamado Marcial) cuyo
tono de voz es insufriblemente elevado, incluso para la mujer con la que
convive.
De todas las combinaciones de seriedad, humor y excelente literatura, la que nos ofrece Andrés Ortiz Tafur en sus obras me parece una de las más notables de nuestro país, así que les sugiero (si me lo permiten) que acudan a sus libros. Me terminarán concediendo la razón.





