viernes, 12 de junio de 2026

Mil cosas

 


Lo explicaba el personaje de Calderón: “¿Qué es la vida? Un frenesí”. Y seguro que, si viviera en los tiempos actuales, lo subrayaría con más rotundidad, tan angustiado como perplejo. Por culpa del móvil, del trabajo, del caos urbano en que vivimos y de las exigencias estresantes y crecientes de la vida cotidiana, todos andamos zarandeados por Mil cosas, como reza el título de la novela de Juan Tallón: correos electrónicos que asaltan nuestros ordenadores, mensajes que inundan nuestros teléfonos, agobios con los horarios, compañeros con los que resulta difícil convivir, timos informáticos ante los que conviene estar prevenido, problemas de salud de nuestros padres, papeleos burocráticos que debemos cumplimentar… Así que los escasos días en que gozamos de vacaciones (quien tenga la suerte de poder pagar una escapada) se erigen en paréntesis y oasis, en horizonte y meta.

Travis es subdirector de una revista y las tareas y problemas lo desbordan: ese colaborador que no cumple los plazos o vende el reportaje a la competencia, esos jefes que nunca se sabe si están satisfechos con tu trabajo, esas cartas que tienen que ser enviadas (aunque jamás se encuentre el hueco para hacerlo), esos pañales que hay que comprar en la farmacia (que ha cerrado cuando llegas ante su puerta), ese coche que necesita un recambio urgente, esos calores que abofetean la ciudad y oprimen los sesos. Anne es su esposa y tampoco su situación es fácil: atiende por teléfono a los clientes en una empresa, soporta a una jefa estirada, sufre las insinuaciones eróticas de un compañero rijoso, intenta cumplir sus tareas como madre de la mejor forma que puede, sueña con pasar unos días en Edimburgo… Ambos están deseando que lleguen las vacaciones (de hecho, se enfrentan al último día de trabajo), pero las últimas horas, las larguísimas últimas horas, se les están haciendo tan empinadas (el calor por encima de los cuarenta grados tampoco ayuda mucho) que parece que la conclusión no llegue nunca.

Convincente, asombrosa y rotunda primera aproximación a la narrativa de Juan Tallón, con el que repetiré, pese a los malos ratos que me ha hecho pasar con las descargas de adrenalina (durante) y con la abrupta angustia llorosa (después). Qué cabrón.

jueves, 11 de junio de 2026

¡Buena idea, ratón Pérez!

 


Desde hace miles de años, los ratones más avispados se acercan a los elefantes mientras están durmiendo y, con habilidad y sin hacerles apenas daño (salvo el tirón de la sorpresa), les arrebatan un colmillo. No se trata de maldad gratuita, ni de un robo que carezca de lógica, sino de una actividad altamente importante para los seres humanos: ese marfil se utiliza para elaborar dientes de leche con los que abastecer a las criaturas que van naciendo. Como es lógico, los paquidermos no se muestran entusiasmados con esta actividad y han desarrollado un miedo casi patológico por los roedores. Algunos han comenzado a beber abundantes dosis de café para mantenerse despiertos y no sufrir la bochornosa amputación. Pero un ratón, más avispado que los demás, ha concebido una idea que permita el cese de esos latrocinios: recoger por las noches los dientes que se les han caído a los niños y reutilizarlos para las siguientes generaciones.

Con gracia y con un discurso maravillosamente conmovedor, Fernando Lalana (en la parte literaria) y María Fe Quesada (en el apartado plástico) nos regalan un cuento precioso, que mantiene viva la vieja tradición del ratón Pérez. No dejen de visitar el relato: les va a gustar.

miércoles, 10 de junio de 2026

La noche de los Nibelungos


 

Álex Sistiaga tiene 53 años y es veterinario. Tras el abandono de su mujer (Sara) y el desgaste emocional que supone la gelidez distante de su hijo (Hugo), otro mazazo se deja caer sobre su cabeza: la muerte de Mario, gran amigo de la infancia. Pero ese cúmulo de erosiones y heridas no constituye (a pesar de su aspecto aparatoso) más que el preámbulo de la tragedia que se fragua en torno a él, porque tras la cremación de Mario comienza el auténtico apocalipsis: desaparece en la ciudad toda conexión a Internet, los móviles dejan de estar operativos y, lo peor de todo, de las profundidades de la Tierra surge una oleada de seres sigilosos y violentos que comienzan a expandir el horror. Son monstruos de elevada estatura que violan a las mujeres, matan y devoran a los hombres y, cuando el sol aparece de nuevo sobre el horizonte, se retiran dejando un panorama sangriento en las calles. Es la primera noche de los Nibelungos, a la que sucederán otras, de forma ininterrumpida. Cada vez que llega la oscuridad, llegan ellos. Se ha terminado la paz. Se ha terminado toda civilización. Es el comienzo del horror.

De esa manera comienza La noche de los Nibelungos, de Miguel Ángel Casaú, una distopía inquietante y visceral en la que Sistiaga, convertido en superviviente y en héroe forzoso, tendrá que aprender a moverse en un mundo hostil, lleno de fauces agresivas, sonidos perturbadores y sombras tan veloces como nauseabundas. En los escasos momentos en que puede sentirse tranquilo, porque la luz solar lo protege, Álex recuerda episodios de su niñez (esos recuerdos cumplen al final de la novela un papel crucial, ya se lo advierto) y reflexiona hondamente (es otro de los grandes atractivos del libro) sobre los males de este mundo idiota que los seres humanos hemos ido construyendo (o dejando que otros nos construyeran y nos dominara): los móviles omnipresentes, el plástico contaminante, la insolidaridad, el egoísmo, el afán de ganar dinero a toda costa, la burocracia hipertrofiada, el desdén por los diferentes… No dejen de leer con cuidado esos pensamientos de Sistiaga, porque señalan con nitidez las lacras de una sociedad equivocada y estúpida, que tenemos alrededor.

Ya solamente con esos ingredientes La noche de los Nibelungos sería un texto merecedor de aplauso, pero es que Miguel Ángel Casaú se atreve a ir un paso más allá e imprime un giro inesperado en las últimas páginas, que convierten esta aparente distopía… en otra cosa, mucho más sorprendente. Descubran de qué se trata y, si quieren, luego me cuentan.

martes, 9 de junio de 2026

SER

 


Decide la editorial Tres Hermanas adentrarse en el mundo de la poesía, y lo hace con esta colección Rhēma, que dirige Jesús Feliciano Castro Lago y cuya primera entrega reúne los nombres de Rubén Martín Díaz, Itziar Mínguez Arnáiz, David López Sandoval y Aurora H. Camero. Cuatro voces que, en palabras del director, “no se suman: dialogan”. La fórmula es bonita, pero además atinada, porque siendo autores de escansión y tono tan distintos, es cierto que respiran un aura conjunta. Rubén nos habla de pájaros que se posan en lo imposible y vuelan transparentes; o nos asegura que “es la luna la piedra más porosa” y que la noche es la ecuación con más incógnitas. Itziar nos susurra sobre el destino de Pompeia, fallecida muy joven hace dos mil años y cuyos restos ahora reposan en un museo, despertada “de ese breve descanso eterno / que es la muerte”. David nos regala sentencias profundamente graves y paradójicas (“Dejad que vuestros hijos abracen la tristeza”) y nos recuerda que un hombre (también una mujer) está tejido por “los cuerpos que ha adorado”. Aurora, más juguetona con la formulación visual de sus propuestas, nos adentra en la felicidad de pasar “toda la noche en brazos de tu dulce compañera” y nos interroga sobre a qué ángel hemos decidido decapitar. Como se puede apreciar, son torrentes muy distintos, que portan aguas de diferentes colores, que precisamente por ello conforman al unirse una suerte de bandera poética: merece la pena conocerla y recorrerla con calma. Yo, como suelo hacer con los versos, he optado por leerlos en voz alta, en la soledad de mi despacho. Recomiendo el experimento.

En suma, todo en este volumen revela ebullición y belleza, emanada de cuatro gargantas líricas de enorme poderío que, juntas (tiene razón Castro Lago), dialogan, se hermanan, se potencian y alcanzan una altura notable.

lunes, 8 de junio de 2026

Mientras dure el resplandor

 


¿Cuántas veces nos equivocamos en nuestras vidas? Y, sobre todo, ¿cómo reaccionamos ante esos errores? Ambas preguntas pueden parecer inanes, pero quizá encierran más dolor y más angustia de los que parece. Juzgamos, mentimos, traicionamos, relegamos y no siempre somos conscientes del alcance de nuestros yerros y despropósitos, aunque acabemos recibiendo su factura. Pueden ser errores políticos, errores laborales, errores amorosos, errores amistosos, errores domésticos. ¿Quién no es capaz de recordar, al menos, media docena de los que ha cometido?

Germán Vieitez (nadie está libre de esas torpezas) también lo ha hecho. Comenzó sus estudios universitarios y, enamorado como un crío, lo dejó todo para acudir al rescate de Clara, cuyos padres pretendían encerrarla en un local disciplinario regentado por religiosas. Esa desviación (que él asumió con voluntad heroica) lo condujo al matrimonio y la paternidad (Beatriz), pero pronto comenzaron otras desviaciones, otras encrucijadas, otros dados lanzados al viento. Hubo amantes (por ambos lados), hubo discusiones, hubo colores que se degradaban y, por decirlo con el sustantivo precioso que elige el autor para su título, resplandores que se extinguieron. Sobre ese bastidor, el orensano Bernar Freiría borda las más de cuatrocientas páginas de esta novela, que se desarrolla entre los años finales del franquismo y los primeros del gobierno socialista de 1982. El escenario en que se mueven los protagonistas es conocido y poliédrico: la revolución de los claveles en Portugal, las cargas de los grises, el alborear de la democracia, los pelotazos empresariales (incluidos los urbanísticos), los locales de moda relacionados con la movida, el irrumpir explícito de las drogas, las bandas neonazis por las calles, la corrupción policial y judicial… Pero lo que más anonada en este libro no es la vasta exposición social (si me apuran, ese dibujo puede realizarlo casi cualquiera que lea o recuerde), sino la profunda, valiosa, reveladora indagación psicológica que el autor emprende con singular maestría: los personajes son vistos, pero también explorados y diseccionados, hasta el punto de que laten con verdad, como si fueran de carne y sangre. “Germán tenía una capacidad de penetración psicológica fuera de lo común”, nos dice el autor en la página 154; pero es que otro tanto podría decirse de él. Habilidoso tanto en los diálogos como en los análisis de sus caracteres, Bernar Freiría consigue que sus figuras respiren, además de mostrarnos cómo el idealismo y el pragmatismo suelen protagonizar combates de los que raramente se sale ileso. ¿Ha sido Germán un espíritu libre o un egoísta? ¿El precio que paga por su forma de vivir lo ha pagado solamente él o quienes lo rodean? “Tú querías libertad, arte, poesía. O eso decías. En realidad, lo que querías era no tener ningún compromiso”. Esas son las palabras que su hija Beatriz le escupe en la página 371, y quizá no le falte razón. Pero, ¿cuántos “germanes” hemos conocido en nuestra vida? O, hurgando un poco más, ¿acaso nosotros mismos hemos sido Germán (o hemos sido Clara)? Un volumen intenso y removedor, cuya lectura les recomiendo.

domingo, 7 de junio de 2026

Para servir a Dios y a usted

 


Conozco desde hace años (tengo esa fortuna) los libros de José Cubero, y he ido dejando mis opiniones en este blog, maravillado siempre por su versatilidad y su gracia. Diez años de seguimiento que comenzó en 2016 con las indelebles Memorias de un niño murciano (https://rubencastillo.blogspot.com/2016/09/memorias-de-un-nino-murciano.html) y que llega hoy a su undécimo capítulo con el convincente tomo de relatos Para servir a Dios y a usted (Bookalia, 2026), donde vuelvo a encontrarme con el narrador cercano, cordial, tierno e irónico que tanto me gusta, capaz de combinar memoria y fantasía en adecuadas dosis, perfectamente mezcladas. En sus páginas descubrimos huérfanos que, criados en locales tétricos regidos por la Iglesia y el gobierno franquista, tienen que luchar para sobrevivir (“Para servir a Dios y a usted”); locos inofensivos que, presionados por la idiotez de sus congéneres, terminan explotando con preocupante violencia contenida (“El misántropo”); estraperlistas que bajan la guardia y sufren un revés en su negocio (“El contrabandista”); aparcamientos precarios que terminan generando una situación irreversible para el sufrido dueño del vehículo (“La grúa”); ingratas experiencias sexuales que el protagonista querrá olvidar cuanto antes (“La primera cana al aire”); jóvenes aficionados al toreo de salón que, cuando tienen la oportunidad de concretar frente a un becerro su vocación, comprenden el grave peligro al que se enfrentan (“Una afición frustrada”); o el quiebro final que nos regala un relato aparentemente tranquilo sobre una leve incidencia médica (“El grano”).

José Cubero, que parece andar por la vida con los ojos muy abiertos y con una especial habilidad para encontrar las historias ocultas de las cosas, nos entrega en este volumen diecinueve ocasiones para la sonrisa, el espeluzno o la reflexión. Busquen el libro. Ya verán.

sábado, 6 de junio de 2026

Bajo tolerancia


 

Quedan ustedes invitados a la fiesta. Anímense, cojan un vaso y paseen por este salón que José Agustín Goytisolo habilita para que deambulemos a nuestro libre albedrío. Al principio, escucharán cómo se habla de la profesión más antigua del mundo (quizá también la más desprestigiada), con la cual no se gana demasiado dinero, se sufren burlas y se es señalado. En efecto, se está refiriendo a la poesía. Repuestos de la sorpresa, y quizá con una sonrisa instalada en los labios, leerán el hermoso, sencillo y hondo poema funeral que le dedica al poeta Alfonso Costafreda, que “se bebió más de un litro de café / para empujarse todas las pastillas / de cuatro o cinco frascos de un somnífero” en el año 1974. Después se enterarán de que Luis Cernuda no vive en los grises manuales polvorientos en los cuales sus compañeros de generación (y los críticos posteriores) se empeñaron en instalarlo, sino en los ojos y el corazón de sus lectores actuales, que poco a poco lo van comprendiendo en su pura integridad. O que Gabriel Ferrater, aquel gran “marginado auténtico”, ha sido mitificado tras su muerte por quienes, en vida, no le prestaron atención o no llegaron a entenderlo. O que al ensayista y poeta alemán Hans Magnus Enzensberger le robaron pronto la maleta que eligió junto a José Agustín.

Pero sigan, sigan paseándose libremente por el salón. No seré yo quien distraiga su atención mencionándoles los nombres de Jaime Gil de Biedma, Henry Miller, José Lezama o Salvador Allende: caminen y observen. Beban y charlen. Fumen y escuchen. José Agustín Goytisolo nos ha abierto las puertas para que conozcamos este museo de devociones personales, para que asistamos como invitados a esta fiesta donde prolifera el gin-tonic, para que grabemos en nuestra memoria esta reunión de versos y música. No desaprovechen la ocasión.