Cada
vez que mis manos abren un nuevo libro de Noelia Lorenzo Pino intuyo que me
aguarda una novela excepcional: sus precedentes la avalan. Con La última
luciérnaga (Plaza & Janés, 2026) he vuelto a experimentar esa gozosa
sensación. Y con un añadido que probablemente se irá intensificando con el paso
del tiempo: sus novelas ganan una tras otra en complejidad técnica y
argumental, sin que pierdan (he ahí el prodigio) ni un gramo de transparencia.
Sobre todo, porque consigue implicar a los lectores en una atmósfera que los
intriga y los convierte en partícipes. Abres la novela y descubres a una chica
que está espiando durante la celebración de un funeral y que centra su mirada
en otra mujer que, tras una mascarilla y situándose a cierta distancia, parece
asistir al sepelio; luego se nos habla de una muchacha que aprende al lado de
su madre el oficio de costurera; más tarde, un anciano es encontrado sin vida,
atado a una silla y con aparentes muestras de violencia o tortura; algo después,
una mujer es acuchillada mientras está a punto de encenderse el alumbrado
navideño de la ciudad… Son muchos detalles inconexos, que podrían convertir una
novela mediocre en un ceremonial confuso. Pero Noelia Lorenzo no es mediocre,
ni siquiera buena: es magistral. Con una sonrisa, nos pide paciencia. Va
destapando cartas sobre el tapete y, conforme tu boca lectora se abre de
asombro, ella enarca las cejas y continúa desplegando su impecable repóker o su
escalera de color, con tan seductora y adrenalínica eficacia que, en la página
trescientas, estás lamentando que la novela no tenga mil.
Otra
de las virtudes que siempre he aplaudido en la narrativa de Noelia, y que
vuelvo a aplaudir en La última luciérnaga, es su capacidad para crear
personajes con densidad casi geológica. Es decir, figuras que no responden a un
cliché, sino que muestran una profusión de emociones, traumas, recovecos y
sorpresas que los asemeja a esos dibujos que, en los libros de ciencias,
muestran las capas de la Tierra: superficie vegetal, capa arenosa, capa
pedregosa, capa granítica y, en lo hondo, magma. Así son Brianna, Mari Carmen,
Aia, Martín y el resto de personajes que componen esta ficción negra, tan
espectacular como siempre.
¿Quieren un resumen del argumento? Pues me veo en la dolorosa obligación de desilusionarles: sería una vileza estropear ese placer que deben alcanzar por sí mismos. Recibirán (eso sí puedo adelantárselo) una buena dosis de secuestros, persecuciones en coches bajo la lluvia, navajazos, muertes “accidentales”, paternidades y maternidades puestas en cuestión, embarazos no deseados o espionajes prolongados durante años. Y todo ello servido con una escritura que los convencerá (si aún no la conocen) o que les producirá un aplauso sin límites. Ya hace tiempo que atesoro la convicción de que Noelia Lorenzo Pino es una de las voces más potentes, firmes y admirables del panorama negro nacional. La última luciérnaga lo corrobora con holgura. Muy, muy grande.





