lunes, 8 de junio de 2026

Mientras dure el resplandor

 


¿Cuántas veces nos equivocamos en nuestras vidas? Y, sobre todo, ¿cómo reaccionamos ante esos errores? Ambas preguntas pueden parecer inanes, pero quizá encierran más dolor y más angustia de los que parece. Juzgamos, mentimos, traicionamos, relegamos y no siempre somos conscientes del alcance de nuestros yerros y despropósitos, aunque acabemos recibiendo su factura. Pueden ser errores políticos, errores laborales, errores amorosos, errores amistosos, errores domésticos. ¿Quién no es capaz de recordar, al menos, media docena de los que ha cometido?

Germán Vieitez (nadie está libre de esas torpezas) también lo ha hecho. Comenzó sus estudios universitarios y, enamorado como un crío, lo dejó todo para acudir al rescate de Clara, cuyos padres pretendían encerrarla en un local disciplinario regentado por religiosas. Esa desviación (que él asumió con voluntad heroica) lo condujo al matrimonio y la paternidad (Beatriz), pero pronto comenzaron otras desviaciones, otras encrucijadas, otros dados lanzados al viento. Hubo amantes (por ambos lados), hubo discusiones, hubo colores que se degradaban y, por decirlo con el sustantivo precioso que elige el autor para su título, resplandores que se extinguieron. Sobre ese bastidor, el orensano Bernar Freiría borda las más de cuatrocientas páginas de esta novela, que se desarrolla entre los años finales del franquismo y los primeros del gobierno socialista de 1982. El escenario en que se mueven los protagonistas es conocido y poliédrico: la revolución de los claveles en Portugal, las cargas de los grises, el alborear de la democracia, los pelotazos empresariales (incluidos los urbanísticos), los locales de moda relacionados con la movida, el irrumpir explícito de las drogas, las bandas neonazis por las calles, la corrupción policial y judicial… Pero lo que más anonada en este libro no es la vasta exposición social (si me apuran, ese dibujo puede realizarlo casi cualquiera que lea o recuerde), sino la profunda, valiosa, reveladora indagación psicológica que el autor emprende con singular maestría: los personajes son vistos, pero también explorados y diseccionados, hasta el punto de que laten con verdad, como si fueran de carne y sangre. “Germán tenía una capacidad de penetración psicológica fuera de lo común”, nos dice el autor en la página 154; pero es que otro tanto podría decirse de él. Habilidoso tanto en los diálogos como en los análisis de sus caracteres, Bernar Freiría consigue que sus figuras respiren, además de mostrarnos cómo el idealismo y el pragmatismo suelen protagonizar combates de los que raramente se sale ileso. ¿Ha sido Germán un espíritu libre o un egoísta? ¿El precio que paga por su forma de vivir lo ha pagado solamente él o quienes lo rodean? “Tú querías libertad, arte, poesía. O eso decías. En realidad, lo que querías era no tener ningún compromiso”. Esas son las palabras que su hija Beatriz le escupe en la página 371, y quizá no le falte razón. Pero, ¿cuántos “germanes” hemos conocido en nuestra vida? O, hurgando un poco más, ¿acaso nosotros mismos hemos sido Germán (o hemos sido Clara)? Un volumen intenso y removedor, cuya lectura les recomiendo.

domingo, 7 de junio de 2026

Para servir a Dios y a usted

 


Conozco desde hace años (tengo esa fortuna) los libros de José Cubero, y he ido dejando mis opiniones en este blog, maravillado siempre por su versatilidad y su gracia. Diez años de seguimiento que comenzó en 2016 con las indelebles Memorias de un niño murciano (https://rubencastillo.blogspot.com/2016/09/memorias-de-un-nino-murciano.html) y que llega hoy a su undécimo capítulo con el convincente tomo de relatos Para servir a Dios y a usted (Bookalia, 2026), donde vuelvo a encontrarme con el narrador cercano, cordial, tierno e irónico que tanto me gusta, capaz de combinar memoria y fantasía en adecuadas dosis, perfectamente mezcladas. En sus páginas descubrimos huérfanos que, criados en locales tétricos regidos por la Iglesia y el gobierno franquista, tienen que luchar para sobrevivir (“Para servir a Dios y a usted”); locos inofensivos que, presionados por la idiotez de sus congéneres, terminan explotando con preocupante violencia contenida (“El misántropo”); estraperlistas que bajan la guardia y sufren un revés en su negocio (“El contrabandista”); aparcamientos precarios que terminan generando una situación irreversible para el sufrido dueño del vehículo (“La grúa”); ingratas experiencias sexuales que el protagonista querrá olvidar cuanto antes (“La primera cana al aire”); jóvenes aficionados al toreo de salón que, cuando tienen la oportunidad de concretar frente a un becerro su vocación, comprenden el grave peligro al que se enfrentan (“Una afición frustrada”); o el quiebro final que nos regala un relato aparentemente tranquilo sobre una leve incidencia médica (“El grano”).

José Cubero, que parece andar por la vida con los ojos muy abiertos y con una especial habilidad para encontrar las historias ocultas de las cosas, nos entrega en este volumen diecinueve ocasiones para la sonrisa, el espeluzno o la reflexión. Busquen el libro. Ya verán.

sábado, 6 de junio de 2026

Bajo tolerancia


 

Quedan ustedes invitados a la fiesta. Anímense, cojan un vaso y paseen por este salón que José Agustín Goytisolo habilita para que deambulemos a nuestro libre albedrío. Al principio, escucharán cómo se habla de la profesión más antigua del mundo (quizá también la más desprestigiada), con la cual no se gana demasiado dinero, se sufren burlas y se es señalado. En efecto, se está refiriendo a la poesía. Repuestos de la sorpresa, y quizá con una sonrisa instalada en los labios, leerán el hermoso, sencillo y hondo poema funeral que le dedica al poeta Alfonso Costafreda, que “se bebió más de un litro de café / para empujarse todas las pastillas / de cuatro o cinco frascos de un somnífero” en el año 1974. Después se enterarán de que Luis Cernuda no vive en los grises manuales polvorientos en los cuales sus compañeros de generación (y los críticos posteriores) se empeñaron en instalarlo, sino en los ojos y el corazón de sus lectores actuales, que poco a poco lo van comprendiendo en su pura integridad. O que Gabriel Ferrater, aquel gran “marginado auténtico”, ha sido mitificado tras su muerte por quienes, en vida, no le prestaron atención o no llegaron a entenderlo. O que al ensayista y poeta alemán Hans Magnus Enzensberger le robaron pronto la maleta que eligió junto a José Agustín.

Pero sigan, sigan paseándose libremente por el salón. No seré yo quien distraiga su atención mencionándoles los nombres de Jaime Gil de Biedma, Henry Miller, José Lezama o Salvador Allende: caminen y observen. Beban y charlen. Fumen y escuchen. José Agustín Goytisolo nos ha abierto las puertas para que conozcamos este museo de devociones personales, para que asistamos como invitados a esta fiesta donde prolifera el gin-tonic, para que grabemos en nuestra memoria esta reunión de versos y música. No desaprovechen la ocasión.

viernes, 5 de junio de 2026

Mi profesorado favorito


 

La gratitud es uno de los atributos que con más nitidez y con más vigor nos habla de una persona, porque comporta matices de reconocimiento, de humildad, de alegría y de divulgación. Supone decir “Siento orgullo por haber conocido a esta persona y lo manifiesto públicamente”. Lo cual, en tiempos de egolatría, de vanidad y de altivez como los que vivimos, en los que sentirse “discípulo” se antoja desdoro y en los que pocos se avienen a reconocer sus deudas intelectuales o humanas, es alto y noble sentimiento. Pascual Vera Nicolás, adhiriéndose a esa línea egregia, acaba de publicar el volumen Mi profesorado favorito, donde informa de aquellas personas que, en su vida, han cumplido un papel digno de aplauso y apuntación.

En esa enciclopedia emocional habitan lecturas, cafés, charlas y anécdotas que se extienden por décadas, de tal forma que las doscientas ochenta páginas del tomo se aproximan al espíritu de un diario: mucha emoción, mucha intimidad, mucha sinceridad. Pascual Vera nos habla del venerable Manuel Muñoz Cortés (que vino a Murcia tras haber trabajado con Menéndez Pidal), del bioquímico José Antonio Lozano Teruel (“que comenzó la democratización de la UMU”), del traductor Ángel-Luis Pujante (cuyas versiones de Shakespeare son legendarias), de Javier García del Toro (“El Indiana Jones cartagenero”), de Francisco Javier Díez de Revenga (gloria viva de la universidad española), del filósofo Jorge Novella (quien siente debilidad por María Callas y por el buen vino), de la filóloga Charo Guarino (a la que atribuye el don de la ubicuidad), de la incansable promotora cultural Isabelle García Molina (responsable del Aula de Poesía de la UMU) o de los escritores Aurora Saura, Santiago Delgado o María Dueñas.

Nadie en su sano juicio elevará protestas porque falte esta o aquella persona, pues el autor ya establece desde el posesivo del título su espíritu subjetivo. Tampoco nadie en su sano juicio dejará de acercarse a este tomo si quiere conocer a algunas de las personas más valiosas de la cultura murciana, desde María Moliner hasta la actualidad. Muy recomendable.

jueves, 4 de junio de 2026

Crimen en el paraíso salado

 


Nos encontramos en las dunas del parque regional de Las Salinas, en San Pedro del Pinatar. Es un lugar delicioso y apacible, cuya calma va resultar trizada por una abrupta anomalía: un paseante encuentra el cadáver de un hombre desnudo, que tiene un poema enrollado en la mano y otro inicuamente introducido en el recto. Su documentación lo identifica como Jordi Puigdemont Mas. Son dos apellidos que de inmediato provocan el enarcado en las cejas del lector. ¡No se tratará del “Puigdemont” que…! ¡No se tratará del “Mas” que…! Pues sí, se trata de un pariente de Carles Puigdemont y Artur Mas, vinculado también con Jordi Pujol. La piel de los políticos y cuerpos de seguridad locales (no solamente la de la persona que está leyendo) se eriza: las repercusiones de este asesinato pueden ser terribles. De inmediato se piensa en el inspector Isco Vivas para que asuma el control de las pesquisas, porque el modus operandi recuerda al de Marta, la mujer que intentó matar con veneno a Vivas. Esa cuenta pendiente (que tan escocido lo tiene) puede quedar resuelta si el inspector logra localizar y detener a la asesina.

Así arranca la novela Crimen en el paraíso salado, de Francisco Javier Illán Vivas (Bookalia Ediciones, 2026), que nos va llevando de sorpresa en sorpresa y que el escritor de Molina de Segura adorna con referencias no solamente a lugares que le resultan cercanos y queridos, sino también a escritores de su entorno: Jesús Cánovas (p.17), Pedro Javier Martínez (p.51), Vicente García Hernández (p.65), Pedro González Núñez (p.100) o Guillermina Sánchez Oró (p.217). En esta cacería implacable (se nos advierte que Marta es “más astuta que una zorra, más esquiva que un leopardo de las nieves y más peligrosa que una taipán del interior”, p.68) asistiremos a golpes, espionajes, visillos que cubren miradas siniestras, venenos inmisericordes y hasta la muerte de algún animal, queridísimo por el inspector. Obviamente, no puedo entrar en más detalles, sin estropearles la lectura.

Explica Francisco Javier Illán Vivas que ha tardado ocho años en terminar esta novela y los lectores le pedimos (yo le pido, de corazón) que dedique otros ocho para conseguir una continuación que esté a la misma altura que esta. La estaremos esperando.

miércoles, 3 de junio de 2026

Memorias de un desmemoriado

 


Conviene precisar un elemento importantísimo antes de que ustedes se adentren en este volumen de Benito Pérez Galdós, titulado Memorias de un desmemoriado: no son unas memorias al uso. Es decir, que si alguien cobija la esperanza de conocer mejor al escritor recorriendo las páginas de esta obra se puede ir olvidando del asunto. Saldrá decepcionado (lamento aguarle la fiesta) quien aliente esa ilusión. Lo que aquí se ofrece  a los lectores es, después de unas leves pinceladas de orden autobiográfico (que después detallaré), un repertorio de sus viajes, que lo llevaron hasta Oporto (“Una ciudad agradabilísima”), Colonia (cuya catedral se le antoja “el monumento gótico más grande y perfecto que en el orbe existe”), Berlín (“Población grandona, triste”), Postdam (“El Versalles prusiano”), Nápoles (“Ciudad alegre, bulliciosa, que a sus innumerables encantos añade la holganza y la superstición”) o Azpeitia (“El pueblo me pareció feísimo”). De forma ocasional, también nos desliza alguna opinión sobre personajes históricos (“El Cielo dio a María Estuardo un buen palmito, pero le negó el adorno de una clara inteligencia”), sobre escritores predilectos (define a Dickens como “mi maestro más amado”) o sobre miembros de la realeza (“La amabilidad de Isabel II tenía mucho de doméstica”).

¿Y qué nos cuenta Galdós de sí mismo? Pues realmente poco, para las expectativas que genera el título de la obra. Que fue un estudiante más bien ocioso, aficionado a faltar a clase; que durante su juventud acudía con frecuencia al teatro y que comenzó a escribir algunos dramas; que cuando concibió la idea de escribir una serie de novelas sobre la historia de España su amigo el periodista José Luis Albareda le sugirió el título general de “Episodios nacionales”; que fue estafado por su editor, que le escamoteaba las ganancias de sus libros (de tal forma que dice que “no lleva trazas de figurar entre los accionistas del Banco de España”); que en la toledana iglesia de San Pablo, las monjas le mostraron “el cuchillo con que fue degollado el apóstol titular de aquella casa” y que él, a mitad de camino entre la humorada y la irreverencia, decidió “afilar con el cuchillo de San Pablo el lápiz que usaba yo para mis apuntes”; que conoció a la jovencísima actriz María Guerrero y quedó encandilado con su talento (“La voz, el gesto y la prestancia de la actriz me encantaron”); y que, después de escuchar con atención a la reina Isabel II, estaba convencido de que si hubiera estado bien acompañada y bien aconsejada, España no se habría hundido de la forma en que lo hizo. En suma, un libro que contiene menos informaciones jugosas de las que buscaba, pero que, siendo un baedeker, está redactado por don Benito. Vaya una cosa por la otra.

martes, 2 de junio de 2026

Espléndido naufragio


 

Sostener que la infancia es nuestro paraíso perdido se me antoja un error. Sé que muchas personas repiten o aplauden ese marbete, pero yo no creo en su verdad. Nunca lo he hecho. No se pierde (no se pierde nunca) aquello que se guarda en la memoria. Y la niñez constituye un territorio del que conservamos abundantes imágenes, así que yo apostaría, más bien, por la fórmula “paraíso intacto”, porque creo que refleja con más exactitud la idea central: que todos los amigos, los paisajes, los familiares, las anécdotas de aquel tiempo se encuentran congeladas e indestructibles en nuestra mente. Quizá ahora veamos envejecidos a los compañeros de entonces, pero nos basta cerrar los ojos para recuperarlos como eran, como siempre fueron, como siempre serán. Quizá visitemos las calles de “cuando entonces” (preciosa fórmula de Juan Carlos Onetti, que Francisco Umbral insistía en que era suya) y seamos incapaces de descubrir en ellas la vejez digna que atesoraban, o las pobrezas que exhibían, pero sabemos que un leve abatimiento de párpados nos permite recuperarlas sin cambios. El tiempo pasado está posado.

Antonio Garrido Hernández aborda en Espléndido naufragio un resumen de su ayer, explicándonos que era zurdo; que pese a nacer y vivir en Tetuán no aprendió árabe; que su padre organizaba batidas para cazar perdices y le administraba “correazos saudíes” cuando, como niño, organizaba alguna barrabasada; que las redes sociales le han permitido recuperar a algunos amigos de infancia; que la niñez tiende a la exageración y construye ambientes hiperbólicos (“Aquella acequia era nuestro Mississippi”); que su maestro don Luis era demasiado propenso al uso de la palmeta; que se encandiló con el Barcelona de Kubala; que sufrió la destemplanza climatológica durante su etapa burgalesa (“Todo el frío que tenía que pasar antes de que se produzca una nueva glaciación lo pase allí”). Y, sobre todo, nos habla de su voluntad de vivir, de vivir más, de vivir intensamente (“He visto a mis queridos hijos Carlos y Valentina empezar a tener canas, pues ahora quiero ver las canas de mis nietos y coger en brazos a un bisnieto. Sí, eso quiero”). Da igual que ustedes o yo no participemos de los paisajes o los nombres que invoca Antonio: sí que participamos (seguro) de su voluntad de refrescar recuerdos, de convertirlos en tinta, de compartirlos con aquellos que vienen a sucedernos. Por eso, este volumen lo ha escrito cada uno de nosotros en su corazón, aunque la mano ejecutora sea la suya.

Y permítanme también que les recomiende esta obra empezando por la conclusión: tiene uno de los mejores párrafos finales de libro que he leído jamás, sin exageraciones. Lamento no copiárselo aquí, por respeto a la editorial y al autor, pero acepten mi consejo y acudan al tomo, para poder disfrutarlo. Merece la pena. O, mejor dicho, merece la alegría. Toda la alegría del mundo.