Para quienes entienden el libro como un objeto lleno de palabras y que, colocado en la báscula, provoca el movimiento de las agujas o de los dígitos por su peso, la obra Variaciones en blanco, con la que Ada Salas obtuvo el IX premio de poesía Hiperión, supondrá un motivo de asombro. Son muy pocas sus páginas y, en cada una de ellas, pocas las palabras que se reúnen. Hay más silencio que voz. Más blanco que negro. Hasta el punto de que se podría decir (sin que la pincelada de humor implique burla de ningún tipo) que la autora, más que extremeña, es extrema. Por fortuna, tengo muy recientes las palabras que Luis Campodónico le dijo a Jean-Michel Fossey en una entrevista: “Los escritores que creen demasiado en las palabras olvidan que la finalidad de la palabra poética es conducir al silencio, al silencio esencial”. ¿Ocurre así en este poemario? ¿Conduce su lectura al silencio esencial? Mi respuesta es rotunda: sí. Aleteando entre las líneas cortas y los taludes blancos y sincopados de las páginas, Ada Salas deja que en nuestra mente retumbe la reflexión, se extienda el sonido invisible del eco y brillen las aristas de sus pocas y mágicas palabras. Es como una brisa oriental que, mientras leemos en la soledad de nuestro sillón, nos rodea y nos acuna, insinuándonos la profundidad de lo susurrado, la firmeza de esas quintaesencias que, como dijo Baltasar Gracián, obran más que los fárragos. “Más allá un bosque innumerable de silencios”, leemos en la página 70, casi terminando el libro. Aconsejo leer la obra de noche, en el mayor de los silencios y en la mayor de las soledades. Y pensar en cada poema durante unos segundos, antes de pasar al siguiente. La belleza se degusta con calma.




