Un
chico acude a la biblioteca pública porque tiene que devolver dos libros y
porque desea sacar alguna obra sobre la recaudación de impuestos en el imperio
otomano (se le ha ocurrido, vaya por Dios, que puede ser interesante saber cómo
se organizaba el sistema tributario turco). Sin más explicaciones, la
funcionaria que lo atiende le indica que debe buscar la sala 107, que se
encuentra en el sótano. Allí se encuentra con un anciano de aspecto iracundo
que pone en sus manos tres gruesos volúmenes sobre el tema y que le indica que
debe leérselos allí (no existe la posibilidad del préstamo domiciliario para
esas obras) y que permanecerá en esa celda durante un mes, hasta que consiga
memorizarlos. Ya, ya imagino que quien lea esta reseña estará frunciendo el
ceño, pero el asunto no ha hecho más que comenzar, porque el chico tendrá que
vérselas también con otros dos seres anómalos: un hombre-oveja (mansurrón,
obediente, lacayuno), que le lleva la comida y le concede algunas frases de
conversación; y una niña irrealmente guapa que se ofrece para ayudarlo a
escapar. De fondo, se rememora la historia del enorme perro negro que mordió al
chico años atrás. Al final (no teman, no voy a destriparles el colofón), la
historia se convierte en un espectáculo pirotécnico que provocaría el aplauso
de los surrealistas.
¿Interpretación psicoanalítica? Pues yo qué sé. Seguramente, sí. Pero qué pereza, a estas alturas de la película, tener que aventurar lo que quiso decir el autor. Imagino que este tipo de narraciones (en las que la persona que está leyendo tiene que interpretar qué ha querido decir el profundísimo autor) tendrán su público, claro. Casi todo lo tiene en literatura. Yo no formo parte de este.






