Tras
seis meses sin leer ningún libro del guatemalteco Eduardo Halfon vuelvo a uno
de sus títulos: Mañana nunca lo hablamos, un eneaedro de historias donde
se respira un continuo perfume autobiográfico, que tan grato y tan brillante se
vuelve en su pluma: el niño que se interroga sobre lo que habría pasado si su
padre, como le dice, se hubiera ahogado a su misma edad (“El baile de la
marea”); el niño que acompaña a su tío, bombero voluntario, por los escenarios
derruidos que un terremoto ha provocado en la ciudad (“Polvo”); el niño que
vuelve a casa apesadumbrado, con una carta del colegio donde intuye malas
noticias para él (“El poder de la euforia”); el niño enfermo, que sufre
terribles dolores de cabeza y ha de ser hospitalizado (“Muerte de un cácher”);
el niño que padece la llegada de unos militares, que invaden la casa donde su
tío Salomón está a punto de leer el futuro en los restos de una taza (“El
último café turco”); el niño que encuentra, con su hermano, unas revistas
pornográficas y son descubiertos por su madre (“Mujeres buenas y mujeres
malas”); o el niño que ve interrumpida la normalidad de su existencia cuando sus
padres le explican que van a trasladarse a Miami, porque la atmósfera de su
país resulta ya irrespirable y vuelan demasiadas balas (“Mañana nunca lo
hablamos”).
Cada relato es una pequeña joya de delicada factura, con perfiles de acuarela, que nos entrega una arista anímica del autor. Creo que leer este libro es una magnífica idea. Les sugiero que lo hagan.





