En
diciembre de 1955, un sevillano que ha intercambiado un buen número de cartas
con una muchacha catalana a la que no ha visto nunca en persona llega por fin a
la localidad donde ella vive y se presenta ante su familia. La madre de la
chica no tiene un buen concepto de los andaluces, así que el joven es recibido
con ciertas suspicacias. El sevillano, que acarrea un largo historial de
conquistas amorosas y que es aficionado a la poesía, el ciclismo, la manzanilla
y la Feria de Abril, se encuentra de pronto en un ambiente donde todo se le
antoja extraño; pero su empeño en lograr la mano de la chica es enérgico. Sabe
que la ama. Sabe que quiere convertirla en su esposa. Sabe que logrará hacerla
feliz. Está dispuesto a ponerlo todo de su parte para conseguir su propósito. Él
se llama Antonio; ella se llama Claudina (no Maribel, como le decía en sus
cartas). En El amor que pasa se nos cuenta el largo y complicado camino
que los llevó a convertirse en marido y mujer y que los transformaría, tres
lustros después, en padres de la escritora Care Santos.
Consultadas
más de mil quinientas hojas de cartas, además de páginas inéditas escritas por
sus padres en sus diarios, la novelista de Mataró ha reconstruido aquella
historia de tenacidad, paciencia y amor, llena de meandros, ramas adventicias,
complicaciones, avances y retrocesos, con novias abandonadas (Teresa) y novios
soslayados (Pardo), con dificultades idiomáticas (Antonio se obstinaba durante
los primeros meses de su relación epistolar en considerar el catalán un
dialecto), con caracteres disímiles (jovial él, taciturna ella) y con graves
decisiones que debieron ser tomadas en poco tiempo. Meticulosa y llena de
cariño por ambos, Care aborda en estas páginas su prehistoria. Y confiesa
que lo hace no solamente por ella misma, sino también “para los nietos del
protagonista” (cap. “Cincuenta novias”). Por eso extiende su investigación
hasta los abuelos y bisabuelos, a lo largo de pueblos, apellidos y provincias,
en una confluencia de anécdotas y genes y riñas familiares y distanciamientos y
casualidades, que irán conformando a la autora de estas páginas.
Care Santos nos ha contado, como digo, la historia de amor y vida de sus padres (“Escribir una novela es regalar una historia a quienes pueden amarla igual que tú”, dice en el capítulo “La vida”). Pero quienes no los conocimos, quienes somos esencialmente ajenos a esas existencias, recibimos su dibujo narrativo como un regalo, porque en realidad nos está invitando a que pensemos en nuestros propios padres, en aquellas anécdotas que creíamos olvidadas, en aquellas fotografías que conservamos y que ahora de pronto ansiamos ver de nuevo, en aquellas cartas o postales que quizá nos esperen en un viejo cajón o en una caja polvorienta. No sabemos quiénes fueron Antonio Santos y Claudina Torres, pero sí que sabemos quiénes fueron (en mi caso) Rubén Castillo y María del Rosario Gallego. Y la devoción de Care Santos, su excelencia como novelista, nos permite imaginar, sonreír o soñar durante el transcurso de la obra. Yo, además, he llorado como un crío con la escena final, cuyos detalles no voy a contarles, pero que son bellísimos y conmovedores. Gracias por contarnos su historia, Care. Gracias por contarnos la tuya. Gracias por contarnos la nuestra.





