Conviene
precisar un elemento importantísimo antes de que ustedes se adentren en este
volumen de Benito Pérez Galdós, titulado Memorias de un desmemoriado: no
son unas memorias al uso. Es decir, que si alguien cobija la esperanza de
conocer mejor al escritor recorriendo las páginas de esta obra se puede ir
olvidando del asunto. Saldrá decepcionado (lamento aguarle la fiesta) quien
aliente esa ilusión. Lo que aquí se ofrece
a los lectores es, después de unas leves pinceladas de orden
autobiográfico (que después detallaré), un repertorio de sus viajes, que lo
llevaron hasta Oporto (“Una ciudad agradabilísima”), Colonia (cuya catedral se
le antoja “el monumento gótico más grande y perfecto que en el orbe existe”),
Berlín (“Población grandona, triste”), Postdam (“El Versalles prusiano”),
Nápoles (“Ciudad alegre, bulliciosa, que a sus innumerables encantos añade la
holganza y la superstición”) o Azpeitia (“El pueblo me pareció feísimo”). De
forma ocasional, también nos desliza alguna opinión sobre personajes históricos
(“El Cielo dio a María Estuardo un buen palmito, pero le negó el adorno de una
clara inteligencia”), sobre escritores predilectos (define a Dickens como “mi
maestro más amado”) o sobre miembros de la realeza (“La amabilidad de Isabel II
tenía mucho de doméstica”).
¿Y qué nos cuenta Galdós de sí mismo? Pues realmente poco, para las expectativas que genera el título de la obra. Que fue un estudiante más bien ocioso, aficionado a faltar a clase; que durante su juventud acudía con frecuencia al teatro y que comenzó a escribir algunos dramas; que cuando concibió la idea de escribir una serie de novelas sobre la historia de España su amigo el periodista José Luis Albareda le sugirió el título general de “Episodios nacionales”; que fue estafado por su editor, que le escamoteaba las ganancias de sus libros (de tal forma que dice que “no lleva trazas de figurar entre los accionistas del Banco de España”); que en la toledana iglesia de San Pablo, las monjas le mostraron “el cuchillo con que fue degollado el apóstol titular de aquella casa” y que él, a mitad de camino entre la humorada y la irreverencia, decidió “afilar con el cuchillo de San Pablo el lápiz que usaba yo para mis apuntes”; que conoció a la jovencísima actriz María Guerrero y quedó encandilado con su talento (“La voz, el gesto y la prestancia de la actriz me encantaron”); y que, después de escuchar con atención a la reina Isabel II, estaba convencido de que si hubiera estado bien acompañada y bien aconsejada, España no se habría hundido de la forma en que lo hizo. En suma, un libro que contiene menos informaciones jugosas de las que buscaba, pero que, siendo un baedeker, está redactado por don Benito. Vaya una cosa por la otra.






