Es
muy difícil, a estas alturas de mi devoción por el autor, intentar una reseña
que resulte medianamente objetiva, o que cifre lo esencial del argumento, o que
aporte alguna luz distinta sobre los perfiles de sus personajes. Además, he
leído tantas reseñas y disecciones de la novela (Plenilunio) que,
fatigado de inicio por la tentación absurda o desproporcionada de ser original,
claudico gustoso. Un inspector que ha sido trasladado desde “el Norte” (País
Vasco) y que ha vivido durante años amenazado por la banda terrorista ETA vive ahora
muy lejos, en la zona meridional de España, donde se reencuentra con el padre
Orduña (que fue su profesor durante la infancia) y donde tendrá que enfrentarse
a un caso tan nauseabundo como perturbador: un asesino de niñas que ha acabado
con la vida de Fátima de la manera más terrible (heridas, intento de violación,
asfixia por introducción de sus bragas en la garganta) y que ha intentado lo
mismo con Paula (quien logra sobrevivir). Su antiguo maestro le sugiere que
busque la mirada del delincuente, porque es imposible que en sus pupilas no
quede huella de los crímenes cometidos. Y con ese acicate el inspector hablará
con todo tipo de personajes (vecinos de Fátima, su maestra, sus compañeros de
clase, sus padres), cada vez más enfebrecido con la obsesión de capturar al
maníaco. A la vez, en un doble equilibrio emocional, tiene que sobreponerse a
sus demonios familiares (su pasado alcoholismo, su esposa internada en un
sanatorio mental de forma transitoria, el miedo a sufrir en cualquier momento
un atentado por parte de quienes no se van a detener hasta clausurar su
respiración).
Quinientas páginas perfectas, marmóreas, agudísimas, en las que veremos al protagonista recuperando la fiebre del amor (que mantendrá una agria lucha contra sus “obligaciones” maritales), reflexionando sobre la maldad del ser humano y llegando a conclusiones atroces sobre el mundo que nos rodea. Todos los personajes de la novela parecen heridos o zarandeados por el estupor agrio de la incomprensión. Por qué los demás actúan como actúan. Por qué matan. Por qué violan. Por qué hacen daño a quienes tienen alrededor. Por qué traicionan. Al padre Orduña le produce horror que Dios tolere esas maldades. A Susana Grey le hiere que su hijo, después de haberle dedicado todo su esfuerzo de crianza en solitario, ahora prefiera irse con su padre. Al forense Ferreras, su izquierdismo utópico se le tambalea cuando advierte la zona oscura del ser humano. "Desde hace años no sabemos del todo quiénes están dentro de la ley y quiénes fuera, quiénes mienten y quiénes dicen la verdad" (se lee en el capítulo 26, quizá como resumen de todas sus perplejidades). Pero cuando todo eso, que destila acrimonia y que vuelve amarga la saliva, se sirve con la prosa inmaculada de Antonio Muñoz Molina resulta imposible no salir del libro con una rotunda sensación de ebriedad estilística.




