Nada
más abrir este libro, nos dice el jienense Antonio Muñoz Molina que el ritmo de
las películas de Eric Rhomer se caracteriza por su “lentitud vegetal” (p.11);
y, en el último de sus textos, asegura que admira la “exactitud de
cristalografía” (p.322) que tiene la prosa de Josep Pla. Creo que con esos ejemplos,
que sirven como arranque y como conclusión de la obra, se entenderá
perfectamente mi constante adoración por el escritor de Úbeda, quien busca y
encuentra siempre el adjetivo, el sustantivo o el verbo más elegantes, lúcidos
e inesperados, con el rigor de un tallista de diamantes. Lo puede comprobar
cualquier persona que se adentre en sus libros: da igual que esté escribiendo
relatos, novelas o artículos de prensa. Muñoz Molina no descuida jamás el
estilo, la forma de la escritura, el léxico y la sintaxis. Eso lo
convierte para mí en admirable ejemplo. Pero es que, además, comparto siempre
el fondo de lo que dice: su moderación a la hora de juzgar, su templanza
a la hora de definir, su disciplina de la gratitud (es un lector que guarda
fidelidad amable a quienes lo han nutrido desde la infancia), su análisis
calmado de todos los temas que aborda (desde el terrorismo hasta la envidia,
desde el comercio de reliquias hasta la personalidad de los tiranos que han
sembrado de muerte y barbarie el siglo XX). Y esa continencia prudente no la
abandona ni siquiera cuando se defiende de los insultos que recibe o de las
biliosas críticas que lo atacan por motivos extraliterarios (aquella penosa
ocasión en que Camilo José Cela y sus palmeros lo atacaron con “mala leche
profesional, conspiradora y bronquítica”, por creerse en posesión de todos los
derechos para que nadie les hiciera sombra, Muñoz Molina se limita a responder:
“Nos cabe la tranquilidad de que ninguno de nosotros es un genio, alivio grande
en un país tan superpoblado de ellos”).
Añadamos un detalle más, para que se entienda lo agradable que ha sido leer Unas gafas de Pla (que me regaló Marta, mi mujer, con motivo de mi jubilación): es el libro más bello que he tenido nunca en las manos. Bello como objeto, quiero decir: ocho centímetros de alto, seis centímetros de ancho. Poco más que una caja antigua de cerillas. Pero qué caja, oigan. La tocaré de vez en cuando, por puro deleite sensual. Y le sugiero que se animen a hacer lo mismo.





