Supe
de la existencia de este libro póstumo de Josefina Carabias hace bastante
tiempo, pero es ahora cuando el azar lo pone entre mis manos. Y reconozco que
recorrer sus páginas me ha resultado muy agradable, tanto por la forma sencilla
y eficaz con que está escrito como por el caudal de anécdotas y opiniones que
vierte sobre los protagonistas que lo pueblan. Buen oído y buena muñeca: dos
excelentes adornos para una periodista.
Comienza
el volumen hablándonos de Pío Baroja (“El hombre a quien considero el primer
novelista español contemporáneo”). Nos explica que lo conoció la noche del 14
de abril de 1931. Y que, “contra lo que se cree en general, don Pío era muy
risueño, sobre todo en la intimidad, y se le podía provocar la risa con
cualquier bobada”. Quién lo diría, si nos atenemos a las imágenes fotográficas
que de él se pueden localizar en libros o Internet. Como nota especialmente
simpática, yo destacaría la gratitud que siempre manifestó el escritor vasco
por un detalle que tuvo Josefina Carabias con él: gracias a un contacto de la
periodista, Baroja gozó en su casa, durante épocas de escasez, de un buen suministro
de carbón (era muy friolero).
Del
inigualable gallego Valle-Inclán afirma igualmente que “era simpatiquísimo y
además decía frases con las que siempre se podía hacer un buen reportaje”; y
también que “caerle en gracia a don Ramón era una de las cosas más fáciles que
podía haber en el mundo”. En septiembre de 1930, el escritor la acompañó a un
mitin donde se empezaba a gestar el gobierno de la república, que ganaría las
elecciones al año siguiente, y a punto estuvo de provocar un escándalo con sus
disensiones, expresadas con vehemencia en medio de un público hostil. Y otro
detalle digno de ser subrayado: Valle opina sobre el levantino Gabriel Miró y
lo define con ternura y cierta maldad rebajada: “Como persona creo que había
pocas mejores, pero como escritor resultaba lo más parecido a una monja
haciendo dulces”.
Gregorio
Marañón era un trabajador infatigable, que apenas dormía cinco horas diarias y
que fue el médico de cabecera de Benito Pérez Galdós. “La bondad es su rasgo
más saliente”, nos dice Carabias; de ahí que no sea extraña “la unanimidad con
que suscita las alabanzas”. Ramiro de Maeztu era partidario de la monarquía y
enemigo de la república. Cuando estalló la guerra civil no huyó, sino que
esperó la detención de los milicianos: “Tengo más de sesenta años, he hecho ya
cuanto tenía que hacer en la vida y estoy a bien con Dios. ¡Podéis matarme
cuando queráis!”, fueron las palabras que les dijo, según testimonio de su hijo.
A Pastora Imperio la entrevistó cuando volvió a los escenarios, y también acudió
a ella varias veces “para formar parte de una de esas sandeces que solemos
hacer en los periódicos y a las que damos el nombre de encuestas”. Llamaba la
atención por sus ojos verdes con puntitos dorados. Su nombre real era Pastora
Rojas, pero el empresario lo cambió por un comentario de Jacinto Benavente,
quien dijo que la niña valía un imperio. Su generosidad era tal que, en opinión
de Carabias, las tres cuartas partes de todo lo que ganó en su carrera
profesional lo destinó a remediar desgracias ajenas. Del torero Juan Belmonte
le impresionó la forma en que asumió su destino (“Se había hecho torero por la
fuerza de su triste situación y por influjo del ambiente, igual que los
chiquillos de Sigüenza se hacen curas, los de Bilbao marineros y los de
Barcelona viajantes de comercio”) y su reconocido miedo a los toros (afirmaba
que se acercaba tanto a ellos para no ver de lejos su envergadura). De Miguel
de Unamuno no lo cautivaron su condición misógina y polemista (aseguraba que
“concebir, gestar, parir y amamantar” eran, en su opinión, las tareas propias
de la mujer), pero sí la belleza cruda de su poesía, tan huérfana de música
(“Yo soy un poeta, pero lo que no soy es un tamborilero”). Lástima que,
poseyendo una mente tan culta y extraordinaria, se dilapidase tantas veces en
asuntos menores (“Don Miguel era un águila y por eso perdió el tiempo cuando se
puso a cazar moscas”).
Un libro para disfrutar, para aprender y, sobre todo, para tributar un aplauso en pie a Josefina Carabias: nadando a contracorriente, conquistó para la mujer un puesto merecido y justo dentro del periodismo español.






