Prohibido
suicidarse en primavera. Podría ser el título de una comedia, en la
que burbujeasen bromas, brillasen los juegos de palabras y flamearan las
banderas del optimismo y el buen humor. Podría ser también el título de un
drama amargo, donde se desnudara el alma de unos personajes heridos, que buscan
en la muerte el alivio eficaz y último para sus desventuras. Entonces aparecen
la mirada triste y la pluma inigualable de Alejandro Casona, y nos lanza un
interrogante: ¿Y por qué no ambas cosas? Para construir esa gloriosa mezcla nos
invita a imaginarnos “en el Hogar del Suicida, sanatorio de almas del doctor
Ariel”, un lugar donde las personas desesperadas pueden hospedarse mientras
piensan en el mejor modo de quitarse la vida. En realidad, se trata de un
centro dirigido por el doctor Roda (discípulo y admirador de Ariel, un
benefactor que pertenecía a una familia de suicidas y que logró evitar para sí
mismo ese destino deprimente fundando este espacio); y el objetivo de su
trabajo es lograr que sus usuarios desechen la idea de la muerte gracias a la
belleza del entorno y el trato con los demás. En este Hogar casi surrealista
encontraremos a un doctor que, sabiéndose gravemente enfermo, dio muerte a su
hija paralítica para que no se quedara sola tras su desaparición; a un
enamorado hiperbólico que no ha conseguido el amor de la cantante de ópera Cora
Yako; a Hans, que ha perdido todo cuanto tenía y que percibe este centro como
su destino final; a Chole, quien sabiéndose querida por dos hermanos (Fernando
y Juan), estima que el suicidio es la forma de liberarlos de su presencia
(Borges, en su cuento “La intrusa”, eligió una conclusión no menos drástica).
Son personas atribuladas, heridas por el desamor, huérfanas de brújulas, a
quienes Alejandro Casona nos presenta con infinita ternura y con infinita
bondad, y con los que se permite, además de una mirada compasiva, algunos
instantes de humor para aliviar su zozobra. Sirva como ejemplo la secuencia en
que una mujer llena de entusiasmo, le dice a su amado: “Yo te imaginaba
vibrante, apasionado… ¡Subiéndote por las paredes al verme, arrancando las
retamas al correr, saltándome a los hombros!”. El chico, avasallado por su
facundia, le replica con ingenio: “Tú te imaginabas un cruce de jabalí y
orangután”.
Ese es Alejandro Casona: el dramaturgo delicado, respetuoso y sensible, que dibuja sus obras con una enorme dosis de humanidad y que nos invita en todo momento a mirar con cariño y con piedad a sus criaturas. Porque podríamos ser nosotros.





