Hay
un tipo de poetas para quienes no está reservada la gloria de las academias o
el fulgor pirotécnico de los premios comerciales, sino algo que, siendo menos
aparatoso, tal vez resulte más gratificante: el fervor popular. Son voces que
aspiran a ser pueblo; y que el pueblo, en ocasiones, admite y hace suyas.
Entiendo que, en ese sentido, el caso de Nicolás Guillén es paradigmático. La
forma en que el vate de Camagüey mira a su gente es cercana, “a nivel” (como
dijo el poeta del 27). Y la forma en que le habla se reviste de los mismos
colores: palabras e ideas que no resultan rimbombantes, ni pretenden el
refinamiento espurio de la pedantería. “Teresa es pueblo y habla como un oro”,
dejó escrito bellamente el gran Dámaso Alonso para referirse a la santa de
Ávila. Nicolás también es pueblo y habla como un barro, en el sentido más
respetuoso y admirativo de esa palabra. No quiere estar sobre un escenario,
micrófono en mano. No quiere un estrado, al que es preceptivo subirse con
chaqué o pajarita. Nicolás se sienta en medio de su gente y pone rimas a sus
dolores, a sus inquietudes, a sus orfandades. Les dice que Fulgencio Batista
tiene cogida la sartén por el mango y que abusa de su poder, pero que también
lo hizo Gerardo Machado hasta que la derrota lo desdibujó. Les dice que su país
sufre una bochornosa falta de democracia (“¿Elecciones? Musiquilla. / ¿La
democracia? Un cantar. / Aquí la cosa es durar / el mayor tiempo en la silla”).
Les dice que hay que seguir “el camino de Martí”. Les cuenta con tono amargo
(poema IX) que los periodistas son presionados con palizas para que no se
atrevan a levantar la voz contra el poder. Lamenta la forma en que las peores
enfermedades golpean a los más humildes (“La polio sigue extendida, / hay de
tifus ancho brote”). Y denuncia la atrocidad de que, en una isla rica en
productos naturales a mitad del siglo XX (los poemas son de 1952-1953), siga
habiendo una parte importante de la población que sufra necesidades
alimenticias (“La vida es en Cuba cruel / y el hambre, por nuestro mal, / si no
llegó a general, / ya es un hambre coronel”).
Con la barriga llena, con derecho al voto y con un centro sanitario a poca distancia de casa tal vez resulte fácil etiquetar de “demagogia” sus versos. En caso contrario ya es más difícil. Poesía necesaria.






