Hay
muchos tipos de sueños literarios: hay quien fantasea con la posibilidad de
alcanzar la gloria con sus libros; hay quien vendería su alma (a veces lo
hacen) por un premio de resonancia; hay quien envidia la biblioteca de Andrés
Trapiello o la de Umberto Eco. Mi sueño es más concreto y más sencillo: un
mundo en el que no se agotasen los libros de Antonio Muñoz Molina porque, una
vez leído uno, apareciesen otros dos. Una fantasía de libro de arena de Borges,
que cada vez se me antoja más difícil de sostener, porque voy leyendo las obras
del autor granadino a mayor velocidad de la que él utiliza, como es lógico,
para escribir y publicar.
Ahora
he terminado La huerta del Edén, un volumen de artículos centrados en la
temática andaluza pero que, en realidad, nos hablan de muchas más cosas: de la
concepción misma de la cultura, del ser humano y del mundo en que vivimos. En
eso, la mirada de Antonio Muñoz Molina es proverbialmente admirable, porque su
lucidez, su serenidad y su sentido común son capaces de embriagar a cualquiera
que se acerque a sus páginas. Aquí, generoso y brillante, el ubetense nos
sugiere la idea de que el auténtico paraíso es una huerta bien cuidada, que
remite al solaz honorable y primigenio del ser humano. Y después, texto a
texto, nos comunica la indignación (mesurada e irónica) a causa del absurdo de
que un centro educativo andaluz no lleve el nombre de Miguel de Cervantes por
no haber nacido en aquella zona de España; proclama la necesidad de preservar
nuestros árboles y nuestra cultura (“Hay que practicar una beligerancia sin
cuartel contra el arboricidio y contra el analfabetismo. Salvar el bosque de la
Alhambra, igual que preservar una biblioteca, es entregar al porvenir la memoria
práctica de lo mejor que somos”); reivindica la importancia modesta, casi
litúrgica, de las cosas olvidadas (“Malbaratar el agua es como tirar y
desperdiciar la vida, y el simple acto cotidiano de cortar a tiempo un grifo es
un gesto valioso de rebeldía contra la sinrazón del despilfarro, una manera de
no rendirse a la conspiración del desierto”); pregona la necesidad de la
cultura, para que no nos manipulen de forma torticera (“La ignorancia es
peligrosa sobre todo por las ocasiones de éxito que ofrece a la demagogia”);
dispara su desdén contra las supersticiones, que ahora incluso se ven avaladas
por periódicos, televisiones y hasta políticos oportunistas y avispados; exige austeridad
a los gobernantes, por pura decencia institucional (se trata de dinero público);
aconseja disciplinarse en el sentido común, la racionalidad y la cultura
(“Hacerse una persona bien educada e instruida, atenta a disfrutar de la vida y
de los saberes que nos permiten conocerla y juzgarla mejor, es un ejercicio de
paciencia que dura todos los años que a cada uno le sean concedidos”); defiende
a ultranza lo público y los viejos ideales de la izquierda (“Hay un motivo por
el cual los liberales españoles, tan proclives a la melancolía, somos inmunes a
la nostalgia: cómo vamos a añorar el pasado, si no llegamos a salir nunca de
él”); o, entre muchos otros asuntos, se queja del andalucismo profesional,
folclórico-religioso, fomentado por las autoridades, que ocultan así los
seculares atrasos económicos y sociales de una tierra herida por la
precariedad.
La diferencia con otros volúmenes de Antonio Muñoz Molina es que aquí se muestra como una voz, en mi opinión, más irónica y, en ocasiones, más cáustica, sobre todo a la hora de elegir ciertos vocablos, más agresivos de lo habitual en él (“En los cines andaluces se estrenan las mismas películas subnormales de Stallone, de Bruce Willis o de Disney que pueden verse en Estambul o en Iowa”). Y un detalle final, que traslado por si alguien quiere convertirlo en un número: no he contado el número de veces que Muñoz Molina repite el adjetivo “civil” en este libro, pero entiendo que se trata de uno de esos vocablos hondos y reveladores, que nos permiten conocer la entraña de su pensamiento. Admirable.






