Durante
las primeras páginas de este libro de Heinrich Böll (que traduce Joan
Fontcuberta) confieso que la forma embarullada de su prosa estuvo a punto de
derrotarme: frases truncas, con nombres y fechas que se mezclaban y creaban una
niebla para mí ininteligible; alusiones crípticas; ritmo descoyuntado de la
sintaxis; alusión a partidos políticos diminutos de la época, con sus
porcentajes de voto… Llegué a plantearme abandonar el tomo (he perdido casi
toda paciencia con los libros, habida cuenta de los millones que me quedan por
leer). Por suerte, perseveré y me sumergí en un fresco que comprende cuatro
años de la juventud bölliana, en los que mezcla algunos recuerdos de la
escuela, la precaria situación familiar (agobiada por las deudas), el mefítico
ambiente de los primeros rugidos del nazismo y la incertidumbre por el futuro.
Miembro
de una congregación religiosa durante su etapa escolar (reconoce que faltaba a
muchas clases), Heinrich admite que no tuvo problemas ideológicos en esta etapa
(“Algunos desaprobaban mis ocasionales frívolas opiniones sobre Hitler y otros
peces gordos del nazismo, pero a ninguno de ellos, ni siquiera al que era
miembro de la SS, le pasó por la cabeza la idea de denunciarme”, p.26). De los
doscientos alumnos del colegio, solamente tres (uno de ellos, Böll) no
ingresaron en las Juventudes Hitlerianas. Uno de los que sí ingresaron murió,
es curioso, en la guerra civil española de 1936 (“probablemente volando sobre
Guernica”, p.40). Heinrich pronto aprendió a evadirse pedaleando en su
bicicleta por los alrededores de la ciudad. No podía evitar ser “alérgico a los
nazis” (p.54), a alguno de los cuales (Baldur von Schirach) llega a tildar de
“botijo”.
En
realidad, la escuela se convierte en una especie de hilo conductor que une
otros detalles más significativos, sobre los cuales se detiene con más fruición.
El novelista encabeza de hecho algunos capítulos de la obra con un
procedimiento anafórico de gran ironía (“Sí, ya lo sé, la escuela, vuelvo a
ello”, cap.4; “¡Oh sí, la escuela, claro, pero primero…”, cap.5; “¿La escuela?
Sí, también”, cap.6; “Sí, la escuela”, cap.7; etc.) para, de inmediato, ponerse
a hablar de cuanto ocurría fuera de las aulas. Quizá porque ha
descubierto (lo dice en el capítulo 3) que “tal vez no es en la escuela, sino
en el camino a la escuela donde aprendemos la vida”.
Unas memorias valiosas, en las cuales solamente encuentro dos elementos menos dignos de aplauso. El primero, como he indicado, la forma balbuciente en que el tomo arranca; el segundo, la sorpresa y el desagrado que me produce encontrarme con múltiples tildes (tercas y erróneas) en los pronombres neutros: “éso” (47), “ésto” (49), “aquéllo” (63). No sé a quién atribuir la torpeza, que chirría incluso para una persona de mediana formación gramatical.




