jueves, 27 de agosto de 2026

Últimas soledades del poeta Antonio Machado


 

Leo, con más estupor que provecho y con más decepción que alegrías, el tomo Últimas soledades del poeta Antonio Machado, compuesto por su hermano José. Lo adquirí hace años en una librería de segunda mano, pero, por azares de todo tipo, aún no me había adentrado en sus páginas. Si finalmente lo he hecho ha sido porque mi admirado Antonio Muñoz Molina le dedicó un elogio bastante notable, y eso me ha recordado su existencia. A mí, lamento decirlo, me ha parecido un tomo más bien inane, que incorpora futilidades, hipérboles prescindibles y frases de don Antonio que, de ser literales, me entristecen, quizá porque a los lectores devotos no nos gusta admitir que nuestros dioses fueron humanos, demasiado humanos.

Vayamos a los ejemplos concretos. Se pregunta José en la página 14 si su hermano Antonio fue feliz alguna vez en su vida y llega a la absurda conclusión de que “los que hemos estado gran parte de su vida a su lado, creemos poder afirmar que en ningún momento de ella lo ha sido”. ¿Nunca? ¿Ni un solo día? La mitificación es tan notoria que provoca mi primer enarcado de cejas. Avanzo hasta la página 45 y descubro que Antonio tenía una costumbre muy extraña, que cumplía “a altas horas de la noche” y que no era otra que poner la cabeza debajo de un chorro de agua fría que manaba del caño de una fuente, para aclararse las ideas. Tras eso, continuaba con sus rimas. Segundo enarcado de cejas. Llego después hasta la página 69 y sufro un escalofrío al leer estas palabras, que José atribuye a Antonio: “Desengáñate, la mujer que logre alcanzar la más clara inteligencia, nunca llegará a la del hombre más carente de ella”. Es triste que así pensase (si la memoria de José es exacta) el autor de Campos de Castilla. Algo más tarde, en la página 116, me entero de que sentía aversión por los animales, y en especial por el perro, al que consideraba “un animal de un servilismo verdaderamente repugnante”. ¿Será necesario que siga espigando este tipo de informaciones banales o directamente insufribles? Mis respetos para don José por este intento de analizar la vida y obra de su hermano Antonio, pero me parece que el resultado es más contraproducente que valioso.

miércoles, 26 de agosto de 2026

Cuerpo perseguido

 


“Quisiera estar por donde anduve”. Con esas cinco palabras (con ese verso dulce, melancólico, impregnado de añoranza) comienza el volumen Cuerpo perseguido, del malagueño Emilio Prados, que se construye con poemas por lo general breves, de vuelo airoso, en los que las asonancias y una cierta frialdad apolínea constituyen, en mi opinión, sus mejores armas. El poeta, con una voz que se nos figura humilde, añade que querría sentirse “igual que un vaso limpio / de agua pura, / como un ángel de vidrio / en un espejo”; y después completa la imagen afirmando que “Hay un niño que cuelga de mis ojos”. Quizá todo esté ahí, en esas tres pinceladas llenas de recato y lirismo, en esas tres aseveraciones de enorme belleza contenida.

Después, nos hablará de vientos y de sangres, de cuerpos amados y de la luz del amanecer, de párpados que se cierran en silencio, de flechas que cruzan por el aire, de crepúsculos y oraciones, de manos que aletean como pájaros, de rostros que flotan en la luz. A ratos, creemos estar leyendo a Jorge Guillén; a ratos, a Pedro Salinas. Es una curiosa mezcla. Pero, sobre todo, ya digo, son ejercicios de contención expresiva, en los cuales las palabras no buscan brillar, sino iluminar. Son conceptos distintos: no quieren ser ellas las protagonistas, sino insinuarnos un sendero por el que llegar al mensaje lírico, a la almendra poética, que Prados camufla con pudor. No gustará a quien busque una poesía pirotécnica, pero sí a todo lector al que le guste respirar la pureza de lo medido, de lo escueto, de lo insinuado. Y, sobre todo, a los lectores que disfrutan y se emocionan cuando encuentran estrofas como esta (sección “Nuevos vínculos”, poema XIII): “Yo sé que soy romántico de huidas; / que sueño porque un sueño es mi figura, / pero si persiguiera yo a mi ausencia / y a descansar saliera de otra hechura / inmóvil me hallaría en pie en mi cuerpo, / como un fantasma mío de mi fuga”.

lunes, 24 de agosto de 2026

La barca sin pescador

 


Ricardo Jordán ha sido un hombre poderoso y millonario, que ha convertido el mundo de la Bolsa en una fuente inagotable de ingresos. A su alrededor, todos le admiran; o, más bien, le odian y temen, porque ha dejado una implacable estela de cadáveres a su espalda. Nada le importan los demás: son meras marionetas carentes de valor, que utiliza para sus fines. Pero en el momento en que se alza el telón de la obra, las tornas han cambiado: su principal rival está logrando que sus acciones se desmoronen, ha provocado la desconfianza de sus socios e incluso se ha reunido en secreto con Enriqueta, la amante de Ricardo. ¿Es el final de su imperio? Así parece, hasta que irrumpe en escena un siniestro personaje vestido de negro, que se identifica como el Demonio y que le propone un pacto para recuperar todo su poder y toda su fortuna: que decida la muerte de una persona anónima que vive a miles de kilómetros, un pobre pescador que se llama Péter Anderson. Despojado de escrúpulos, Ricardo firma el documento y logra, al instante, volver a ser quien era.

Como se puede observar, lo que plantea hasta ese punto el cántabro Alejandro Casona es nítido: una revisión moderna del mito de Fausto. Pero lo que interesa sobre todo de La barca sin pescador es el modo en que, arrepentido de su acto, Ricardo emprende viaje hacia el Norte, donde conoce a las personas que rodearon a Péter y convive con ellas. El remordimiento y la culpa, lentamente, impregnan su alma, hasta convencerlo de una verdad que ahora juzga cristalina: que los seres humanos no son muñecos absurdos y prescindibles, sino criaturas dignas de amor y compasión, de quienes conviene estar cerca, porque su compañía irradia calor, ternura y plenitud. Estela, la viuda de Péter, ha ido sintiendo cómo en su pecho vacío ocupa cada vez más espacio el intruso Ricardo; y, dándose cuenta de la mutación que su alma ha experimentado, le dice: “¿Sabe lo que me parece a veces? Que usted ha nacido aquí, entre nosotros; que luego ha vivido lejos muchos años con la memoria perdida. Y que ahora está empezando otra vez a reconocer a los suyos” (acto III). Así es. Ricardo, rodeado por la sencillez y la bonhomía de los habitantes de aquella aldea de pescadores, descubre las auténticas verdades de la vida: la cooperación, la escucha, el mirar a los ojos de las demás personas. ¿Será necesario añadir que la elección de los nombres por parte de Casona es, como tantas otras veces, simbólica? “Jordán” es el río donde, bautizado Jesús, accedió a una vida nueva; “Estela” es un sinónimo de camino, trazado sobre las aguas… La enumeración podría seguir, añadiendo un toque más a esta obra de sugerente ingenuidad y de atractiva sencillez, que se sigue leyendo con agrado.

domingo, 23 de agosto de 2026

Una mujer

 


Enfrentarse a la muerte de la madre. Escribir para ordenar los sentimientos, los recuerdos, las ideas. Annie Ernaux lo hace en Una mujer, un relato que no es una biografía, ni tampoco una novela (ella misma se encarga de aclararlo en los párrafos finales del volumen), sino un álbum de sellos emocionales, una revista del corazón (en el puro y limpio sentido). Tras dos años de permanencia en el centro asistencial donde tuvo que ingresarla a causa de su demencia, le llega a la escritora la notificación de su muerte. Y se inician diez meses de lágrimas, de silencio, de reconstrucción de la vida de su madre, aquella niña que (nos lo ha explicado la autora francesa en otros libros suyos) se enorgullecía de no haberse quedado en el campo; que montó un local de bebidas y alimentación con su marido; que engordó hasta los 89 kilos; que hacía mucho ruido al limpiar; que una vez, por culpa de la bebida, vomitó junto a la narradora; que cuando era mirada con mucha intensidad por su hija le preguntaba si tenía monos en la cara; que descorchaba las botellas metiéndoselas entre las piernas; que terminó usando gafas bifocales; que ingresó en el Alzheimer tan rápida como dolorosamente.

En estas páginas adivinamos el impulso terapéutico y nos estremecemos con el tono apolíneo con el que Ernaux trata de dibujar a la mujer que la trajo al mundo. Es hermoso, triste y conmovedor. Para leer en silencio.

sábado, 22 de agosto de 2026

Medio siglo con Borges

 


Mario Vargas Llosa era un joven que, entusiasmado con las ideas de Jean-Paul Sartre sobre el compromiso del escritor, abominaba en público de las obras del “esteta” Jorge Luis Borges; pero que, a solas, como quien comete adulterio (son palabras suyas), las leía con fervor y quedaba prendado con su universo estilístico. Esa fascinación íntima, ese deslumbramiento, resulta evidente en el volumen Medio siglo con Borges, un homenaje al escritor que (habla don Mario) “nunca me decepcionó”, aunque no compartiesen ideología o mostrasen lealtades divergentes: a Borges le gustaba la literatura fantástica, que Vargas Llosa reconoce mirar con distancia; al peruano le fascinaban la política y el sexo, que el argentino soslayaba o incluso desdeñaba. Lo crucial es que (cito textualmente las palabras del premio Nobel) “la belleza e inteligencia del mundo que creó me ayudaron a descubrir las limitaciones del mío, y la perfección de su prosa me hizo tomar conciencia de las imperfecciones de la mía”.

Uno de los textos más conocidos de cuantos se incluyen en este volumen es la famosa entrevista que Vargas Llosa le hizo para la radiotelevisión francesa en la que, anotando lo pobre y precario de su vivienda, le dio a Borges la sensación de haber conocido a un agente inmobiliario (“Los muebles son pocos, están raídos y la humedad ha impreso ojeras oscuras en las paredes. Hay una gotera sobre la mesa del comedor […]. Su dormitorio parece una celda: angosto, estrecho, con un catre tan frágil que se diría de niño”). También nos da una fascinante nota sobre el carácter del argentino: “Igual que su modestia, sus buenas maneras son más un recurso literario que una virtud. En el fondo, sabe muy bien que es un genio, aunque, para un escéptico como él, esas cosas no tienen importancia”.

Rendido a su brillantez, Vargas Llosa enuncia que “no es arriesgado afirmar que Borges ha sido lo más importante que le ocurrió a la literatura en lengua española moderna”. Pero que conviene tener mucho cuidado con su estilo, porque intentar imitarlo es tan evidente como inútil (“La revolución de Borges es unipersonal; lo representa a él solo”). Su literatura, despojada de las retóricas ampulosas del español tradicional (“El estilo borgiano [escribió Vargas Llosa en 1999] es uno de los milagros estéticos del siglo que termina, un estilo que desinfló la lengua española de la elefantiasis retórica, del énfasis y la reiteración que la asfixiaban, que la depuró hasta casi la anorexia y obligó a ser luminosamente inteligente”), se lee “con interés hipnótico”, porque sin duda es “prosa hechicera”. Y está llena, como todo el mundo sabe, de erudiciones culturales, aunque no conviene perder de vista un elemento crucial: “Lo que da grandeza y originalidad a esos cuentos no son los materiales que él usó sino aquello en que los transformó”. Vargas Llosa, con su prosa también hechicera, nos regala un libro magnífico para los amantes del universo borgiano.

viernes, 21 de agosto de 2026

Ni tiro, ni veneno, ni navaja


 

Dedico un par de horas (el tomo es breve) a leer Ni tiro, ni veneno, ni navaja, con el que Gloria Fuertes obtuvo en 1965 el premio Guipúzcoa de poesía. Y vuelvo a sentir la grata voz (honda en su fondo, sonriente en la forma) de una poeta capaz de enfrentarse con sencillez a los temas más arduos y espinosos (el desamor, la muerte, la tristeza, la soledad) y resolverlos con saltarina eficacia. Nos indica desde sus primeros versos que aspira a una obra “que consiga emocionar”, sin preocuparse de mediciones (“¡Nunca sílabas contar!”) y anhelando ser lo más clara posible. Con esas directrices, la escritora madrileña aplaude el arrojo de quienes se lanzan a conseguir lo que anhelan (“Date”); escupe su desprecio contra la muerte, “amiga de lo ajeno”, que suele hacer más daño a los que se quedan que a la propia víctima; escribe una carta a la Sociedad de Amigos y Protectores para que se lleven de su casa un fantasma impertinente que no la deja en paz; o aprieta los dientes para redondear la dura “Nana del niño muerto”, definiendo a su protagonista como pequeño criminal, porque con su muerte ha matado el corazón de su madre.

Versos cortos, alígeros, juguetones, llenos de estupendos juegos verbales (“Me arma de paz y ciencia”; “¿Qué pasa en este mundo donde me hundo?”) que adornan con sonrisas y música unos dolores que se presienten intensos y paralizantes, pero que quedan aliviados con el árnica de la poesía. Me ha gustado.

jueves, 20 de agosto de 2026

Cuánto vale una heladera

 


Después de dos aproximaciones muy gratificantes a la novelística de Claudia Piñeiro me acerco hasta las páginas de Cuánto vale una heladera y otros textos de teatro, que reúne seis producciones breves, pero muy valiosas, donde se combinan humor y tragedia, cotidianidad y magia, claustrofobia y recuerdos. Me ha parecido muy notable. Con las tres primeras entregas del tomo he disfrutado por motivos distintos: en Cuánto vale una heladera, por el modo en que combina un disparate burocrático con su solución humorística; en Verona, por la telaraña familiar que condensa, llena de hilos pegajosos llenos de reproches, cuentas pendientes, mezquindades y egoísmos; y en Morite, Gordo, por el juego de avances y retrocesos temporales, que nos van completando una historia de amor y muerte. Pero donde realmente la escritora argentina alcanza su cénit dramático es en las tres propuestas que completan el tomo: Un mismo árbol verde (donde Silvia y Dora, que viven en la Argentina, pero tienen un duro pasado armenio, nos invitan a reflexionar sobre exilios y genocidios, que parecen buscarse y tejer una malla atemporal), Tres viejas plumas (en cuyas páginas asistimos a la reconstrucción de un viejo trauma familiar, que separó a Marcelo de su padre durante ocho años, hasta que el azar vuelve a reunirlos de manera agria) y Con las manos atadas (en la que la escribana Elena y su empleado Gutiérrez son inmovilizados por un ladrón y tienen que pasar unas horas aislados en la oficina, hasta que a la mañana siguiente alguien venga a rescatarlos).

Con una admirable habilidad, Claudia Piñeiro rellena su coctelera con la letra Ñ, los crímenes de los turcos, algunas frases inmortales de William Shakespeare, un orgasmo inesperado, un chico incapaz de guardar rencor a su hermano, un tipo del que nadie parece recordar el nombre o una madre que no murió por culpa de la tos, sino por la lujuria insensata de su esposo. Y una vez agitada esa mezcla nos sirve un cóctel que contiene amor, deseo, irritación, soledad, melancolía, derrota y decepciones. No desaprovechen la oportunidad de adentrarse en este libro: les gustará, estoy seguro, tanto como a mí.