domingo, 2 de agosto de 2026

El tesoro

 


En la localidad de Gamones se acaba de producir un descubrimiento bastante espectacular: una tinaja, con muchas joyas antiguas de oro y plata en su interior, ha sido descubierta mientras un personaje llamado don Lino estaba desbrozando un cortafuegos con su tractor. Esa es, al menos, la versión oficial, aunque los responsables de la investigación arqueológica sospechan que quizá el pueblerino estaba utilizando un detector de metales en las inmediaciones del castro en busca de riquezas. Obviamente, no lo pueden probar, así que tienen que dar por buena la versión de don Lino y personarse allí, para continuar la excavación y, en su caso, delimitar el monto económico de la recompensa que como descubridor le ha de ser adjudicada.

Jero es la persona a la que recurre el subdirector general del ramo para que dirija la excavación, pero va a tardar muy poco en descubrir que los lugareños (medio centenar de bastuzos unicejos que se niegan a ser “invadidos” por Madrid y que amenazan incluso con colgar de un nogal a quienes les “roben” la mina) están dispuestos a recurrir a las amenazas y la violencia para impedir su trabajo. Y a fe que lo harán.

Volvemos a encontrar en esta novela al Miguel Delibes que conoce bien (y que cuenta como nadie) las fricciones que se producen cuando el mundo urbano y el mundo rural coliden, con su cargamento de agravios históricos, suspicacias y testarudeces por ambos lados. Siempre una maravilla volver al genial autor de Valladolid.

sábado, 1 de agosto de 2026

Vida de un piojo llamado Matías

 


Dejando aparte la gracieta del subtítulo (“Un relato para jóvenes de 8 a 88 años”), que incurre en un procedimiento ya tan sobado como cansino (y que espero que no fuera sugerido por el propio autor), diré que me lo he pasado bien leyendo las páginas de Vida de un piojo llamado Matías, del donostiarra Fernando Aramburu. Nos cuenta la historia de un parásito que nace en la nuca de un maquinista y que, desde sus primeros días, debe sobreponerse a un sinfín de peligros: las arduas exploraciones de las uñas o el peine; el ímpetu de la ducha o la furia huracanada del secador (“En ambos casos logré salvarme por un pelo, al que me mantuve agarrado lo mejor que pude”); o la incertidumbre por descubrir que está solo en un territorio amplísimo. Pero lo verdaderamente interesante llega cuando el diminuto tiráptero empieza a relacionarse con otros seres: una pioja dicharachera (con la que descubre un vínculo familiar muy tierno), una pulga (que será amable con él) o una peligrosa cuadrilla de enemigos que, siervos del Rey de la Caspa y muy celosos de sus límites territoriales, lo esclavizan. Con ingenio, Aramburu nos invita a reflexionar sobre la xenofobia, la importancia de la bondad o el hedonismo, en una novela que gustará más a los pequeños que a los grandes. Idónea para una tarde de café granizado y ventilador.

viernes, 31 de julio de 2026

El mensajero del Apocalipsis



Imaginen que estamos en el año 1936 y que John Maynard Keynes (profesor en Cambridge y uno de los economistas más influyentes del siglo XX) entra como una exhalación en la célebre galería Sotheby’s, donde van a ser subastados un buen número de manuscritos de Isaac Newton. Imaginemos que consigue hacerse con algunos lotes interesantes, entre los cuales descubre con sorpresa varios textos en los que el reputado científico detalla sus experimentos con la alquimia y algunas conclusiones sobre la posible fecha del final de la Humanidad (el Armagedón de los judíos o el Apocalipsis de los cristianos). Hasta aquí, todo bien; entre otras cosas, porque Peter Harris (supuesto novelista estadounidense cuya identidad aclararé más tarde) no inventa absolutamente nada: todo ocurrió así. Son hechos históricos. De tal forma que cuando la acción se desplaza hasta el siglo XVIII y asistimos al robo de esos documentos de la biblioteca personal de Newton, el lector se prepara para una trama (ahora sí novelesca) centrada en sociedades secretas, misterios ancestrales y personas que, con antifaces, nombres falsos y ausencia total de escrúpulos (varias muertes se irán sucediendo durante sus páginas), provocan continuas descargas de adrenalina. El problema es que “Peter Harris” utiliza ese anzuelo (tal vez legítimo, pero sin duda tramposo) y luego tira por otro camino absolutamente antagónico, centrado en la avaricia, la falsificación de moneda y los bajos fondos ingleses, con sus rufianes, sus putas andrajosas, sus borrachines pendencieros y sus callejones oscuros. Y a mí, que soy lector agradecido, pero que valoro mi tiempo, la estratagema no deja de incomodarme. No tanto porque juegue a esconderme la bolita, como un trilero experimentado (ese camino narrativo estoy dispuesto a admitirlo e incluso a aplaudirlo), sino porque no hay bolita. Yo adquirí esta novela y le dediqué horas de mi tiempo porque se me habló de profecías, documentos antiguos, organizaciones que se mueven en la sombra, dispuestas a hacerse con conocimientos que afectan al calendario de Dios. A cambio, he recibido una trama enredada, llena de nudos y de avance renco, en la que de vez en cuando se alude a la condición esotérica de los papeles newtonianos (se llega a indicar el año exacto en el que se producirá el fin del mundo)… para de inmediato apartar ese detalle y seguir guiándonos por una trama llena de clérigos indignos, tabernas apestosas, mugre ecuménica y personajes barriobajeros.

“Peter Harris” (seudónimo que, según la Wikipedia, esconde al historiador José Calvo Poyato) no ha escrito una mala novela, líbreme Dios de incurrir en esa falsedad, pero sí una novela que no responde a las fórmulas publicitarias con las que fue vendida. No sé si ese tipo de cosas hay que aplaudirlas.

miércoles, 29 de julio de 2026

Don de gentes


 

Como en todos los volúmenes donde se recopilan artículos de prensa, en este Don de gentes, de Elvira Lindo, se alinean infinidad de asuntos, tan heterogéneos como sugestivos: el nuevo modelo de masculinidad que emana de la serie Los Soprano; la admiración que siente por actores como Jeff Bridges, Rafaela Aparicio, Manuel Aleixandre o Katherine Hepburn; el aburrimiento de que las estrellas de cine o los políticos de renombre ya no acepten más entrevistas que las pactadas; su tristeza por la muerte de José Luis López Vázquez, al que Charles Chaplin consideraba el mejor actor del mundo (“El recuerdo que deja un viejo cómico está amarrado al de nuestra propia vida”); maravillas  irónicas en las que aboga por líneas de autobuses que vayan llevando a los opinadores profesionales de un plató a otro, porque “el verdadero contertulio es el que tiene tres tertulias de media al día. Con menos de eso eres un desgraciao”; su estupor irónico al ser considerada “favorita” para ganar un premio Planeta al que no se ha presentado; su entusiasmo por las novelas de Simenon; su rechazo a que se manipulen los cuentos infantiles tradicionales para adaptarlos a la “modernidad” ñoña y políticamente correcta (“Los cuentos clásicos están hechos de acero, han soportado el paso del tiempo, adiestran al niño en las emociones puras: el amor, el abandono, la pena, el ansia de superación y el triunfo del inteligente contra el bruto”); la emoción que la embargó cuando el profesor Maurer la lleva a visitar la casa donde Louisa May Alcott escribió la novela Mujercitas; su simpatía y su admiración por Miquel Barceló; su aversión a la sobreprotección de los niños, que los paraliza y anquilosa (“Están agilipollados de tanto estar en casa o en actividades extraescolares”); su repudio por los políticos corruptos y, sobre todo, por quienes les siguen aplaudiendo (“Ellos han actuado dentro de la lógica del sinvergüenza, han hecho su trabajo. Pero, ¿y la gente votándoles? Ahí sí que me rayo, ¿ves tú?”); o la carta abierta que dirige al anacrónico juez Ferrín Calamita, perpetrador de sentencias neandertales. Mil temas, como es lógico.

¿Qué me gusta especialmente de este volumen? Por supuesto, muchos de los asuntos que trata; pero, sobre todo, su forma de avanzar sinuosamente. Es decir, que la escritora gaditana no se dedique a desarrollar la idea de manera rectilínea, sino que baile, zigzaguee, dirija los ojos aquí o allá, meandree, nos invite a reparar en los detalles anexos: ese artículo científico o divulgativo que acaba de leer, esta vieja canción que relaciona con el asunto del que habla, aquella anécdota que ahora aporta su sonrisa... El punto de partida estaba claro; el punto de llegada es nítido; pero, gozosamente, la escritora nos ha hecho mirar el camino, nos ha hecho gozar del trayecto. Con el paso de los años, olvidaremos casi todo del viaje (de cualquier viaje, en realidad), pero la amnesia no diluirá el tono, la gracia, la luz de la persona que nos acompañó en él. Estoy convencido.

martes, 28 de julio de 2026

Elena sabe

 


Elena es una mujer que viva sola y que, a su edad avanzada, tiene que añadir el rigor inmisericorde de la enfermedad de Parkinson. Su médico le prescribió unas cápsulas de Levodopa, con las que consigue mitigar la rigidez de sus miembros, que la mayor parte de los días apenas la dejan caminar. Ese acto en apariencia sencillo para los demás (adelantar un pie y después el otro) se erige para ella en esfuerzo ímprobo. Pero un tenaz proyecto la impulsa a lanzarse a la calle: desea por encima de cualquier otra cosa esclarecer la muerte de su hija Rita, que el lluvioso día de Corpus Christi fue encontrada colgando de una cuerda en el campanario de la iglesia. Todo el mundo dio por hecho que se trataba de un claro suicidio, pero Elena sabe que su hija odiaba y temía las tormentas. ¿Cómo iba a encaminarse hacia la iglesia en medio de la lluvia? Todas las personas que rodean a Elena (el juez, el comisario, los vecinos, el sacerdote, los amigos, incluso el novio de Rita) aceptan la idea del suicidio, pero algo en su interior se rebela contra esa hipótesis. ¿Ha de resignarse a guardar silencio y dar por válida la versión oficial? Reacia al conformismo, Elena decide visitar a Isabel, una mujer a la que su hija auxilió veinte años atrás para pedirle que la ayude a esclarecer los hechos.

Magnífica analista de los pasillos interiores del alma, Claudia Piñeiro construye en Elena sabe una honda reflexión sobre el Parkinson, una enfermedad que la protagonista no tiene (“Ella lo padece, lo sufre, lo maldice, pero tenerlo no, tener implica voluntad de agarrar algo, de sostener, y ella no, eso sí que no”) y que, con sus desagradables tentáculos, condiciona y paraliza a todas las personas de su entorno. Y, como complemento, nos desliza un interrogante perturbador, tan áspero que raramente (o nunca) nos lo planteamos de forma voluntaria: ¿conocemos de verdad (sus angustias, sus miedos, sus esperanzas, sus zozobras) a quienes se encuentran a nuestro alrededor? Muy recomendable.

lunes, 27 de julio de 2026

La camarera de Bach


 

Siempre he mirado con desconfianza la expresión “a caballo entre…”, porque me parece tan rudimentaria como discutible: los cambios y las transiciones no se producen (en casi ningún ámbito de la vida o el arte) a gran velocidad, sino de forma lenta, tectónica, casi invisible. En ese sentido, Madlene Findelkind sería más bien (como también lo es La Celestina, por citar un ejemplo ilustre) una bisagra entre dos mundos: parte de ella pertenece al mundo antiguo; parte, al mundo moderno. Mas la historia de esta mujer no va “a caballo”, sino a doloroso paso de tortuga, porque nadie se lo va a poner fácil, ya que varias contrariedades pesan sobre ella: es huérfana, es una criada, es pobre, ha estado en la cárcel y ha sido madre soltera. Pero su voluntad es tan clara como firme: quiere salir de su condición. Quiere aprender a leer y escribir. Quiere liberarse de la tríada “criada, esposa o ramera”, porque esos estados se le antojan variantes de la preterición. Madlene anhela la dignidad de ser ella misma, sin someterse a los cánones rancios de un mundo que languidece con demasiada lentitud. Siendo niña, estuvo interna en un orfanato, del que la liberó un gran hombre, que luego la encomendó como sirvienta en el hogar de Johann Sebastian Bach, de donde salió un tiempo después, acusada injustamente de robo, portando en su seno un hijo del afamado compositor. Desde entonces, conoció innúmeras humillaciones (soportó miradas lascivas, fue violada, tragó saliva mientras era juzgada por quienes se sentían por encima de ella, escuchó insultos, padeció desdenes y exilios), pero su voluntad se mantuvo erguida, aferrándose a una idea tan revolucionaria como peligrosa en aquel siglo XVIII, y aun en la actualidad: ¿por qué tiene que resignarse la mujer a ser inferior? ¿Acaso no es igual que el hombre?

Rodeada de personajes tan ilustres como significativos (músicos como Bach o Scarlatti, filósofos como Voltaire, naturalistas como Buffon, mujeres poderosas como la marquesa de Pompadour), Madlene Findelkind se convierte en bandera y en metáfora de un tiempo complicado y de una idea feliz: que todos merecen una oportunidad, sean pobres o ricos, mujeres u hombres; que todos pueden aspirar a la educación y deben ser tratados con respeto; que todos merecen tocar las estrellas, aunque sea “alzándose sobre las puntas de unos zapatos prestados”. Antonio Gómez Rufo es el autor de esta interesante, documentada y educativa novela, que he leído con mucho agrado.

sábado, 25 de julio de 2026

La realidad de la ficción

 


Cuatro fueron las “divagaciones” (así las califica el autor, Antonio Muñoz Molina) que el público de la Fundación Juan March, en Madrid, tuvo la oportunidad de escuchar durante el mes de enero de 1991. Y, dos años más tarde, quedaron fijadas en el volumen La realidad de la ficción, publicada por Renacimiento, con un cierto desaliño ortográfico. Anotaré unos pocos ejemplos, con menos saña que tristeza: “Billie Hiliday”, p.13; “convinándose”, p.25; “Frabrizio del Dongo”, p.35; “himnotice”, p.59; “pernuria”, p.60; etc. Por fortuna, la claridad y la belleza con las que el escritor andaluz nos va hablando de la construcción de la obra literaria, de los personajes, de la elección del punto de vista o del lector nos permiten olvidar o al menos equilibrar esos arañazos visuales que maltratan nuestras pupilas.

Accedemos, nos dice, al mundo de la ficción desde la infancia, escuchando las historias orales que nos cuentan, y eso estimula nuestra imaginación y amplía nuestra curiosidad. Algunos adultos, después, desdeñan ese punto de partida; pero “curiosamente, estas personas que desconfían tanto de las historias imaginarias son las más proclives a embobarse con las formas más degradadas de la ficción, y por no haberse creído las aventuras de don Quijote y del capitán Nemo acaban tragándose no sólo los disparates de Rambo, sino los de los locutores de la televisión”. Y unos pocos de esos adultos, que han conseguido afilar su sentido de la observación (“Hay que saber mirar”) se convierten después en escritores. Todos los seres humanos “somos una mezcla inquietante de realidad y de ficción, de verdad y mentira, un precipitado de signos cuya fisonomía y carácter dependen no de su propia identidad, sino del modo en que los elabora nuestra mirada y nuestra imaginación”; y el escritor se esfuerza en destilar todos esos elementos para construir edificios verbales y emocionales que perduren en el corazón y la memoria de los demás.

Muñoz Molina, ilustrándolo con ejemplos de sus propias obras, nos habla del modo en que se elige el punto de vista, la voz del narrador, el nombre de los personajes o la estructura de la obra, y nos deja un volumen exquisito sobre la creación literaria, muy recomendable para escritores jóvenes, aunque cualquiera la pueda disfrutar con aplauso. Resulta imposible resumir una obra así: hay que subirse al bote y dejar que el remero nos vaya explicando el paisaje conforme nos desplazamos por el curso del río. Háganlo, por favor.