domingo, 15 de febrero de 2026

Mi vida al aire libre

 


Cómo no adentrarse en un libro donde Miguel Delibes, el gran Miguel Delibes, el admirable Miguel Delibes, nos cuenta sus experiencias deportivas o recreativas al aire libre. Y si descubrimos que, además, lo hace con grandes dosis de sentido del humor, miel sobre hojuelas.

Comienza explicándonos que, desde muy pequeño, acompañó al padre en sus excursiones cinegéticas, aficionándose de este modo a dos actividades que fueron constantes durante su vida: la caza y el amor por las caminatas. Siendo aún un adolescente, recibió como regalo “una escopetilla de 12 milímetros” con la que abatió su primera perdiz, aunque previamente se había convertido en todo un experto en lanzar piedras (con una de ellas mató incluso a una golondrina, lo que le causó tanto orgullo como remordimiento, porque en su niñez hondamente religiosa este pájaro tenía fuertes connotaciones cristianas).

Después nos habla de su afición por el fútbol, y recuerda que su último partido (con la novia entre el público) fue contra el Circo Feijoo, donde sufrió el bochorno de un encontronazo con un “chino malabarista”, el cual “no recuerdo bien dónde me puso la rodilla, me propinó un leve empellón y yo salí por los aires dando volteretas como proyectado por una ballesta”. La escena es para imaginársela. Y también lo es la hilarante descripción de los partidos “solteros vs. casados” (el párroco se alineaba con los casados, “por su condición sacerdotal”) de las fiestas de la Moreneta. En ellos, Miguel Delibes admite sin cortapisas su inoperancia (“De ordinario, mis disparos a puerta eran follones, flojos, rasos, inofensivos”).

Y cómo olvidarnos de sus actividades sobre ruedas: tanto cuando habla de los desplazamientos en bicicleta desde Molledo-Portolín hasta Sedano (casi 100 km) para ver a su novia como cuando recuerda las dos avispas que le picaron entre las piernas (“donde al motorista más podía dolerle”) yendo en su Montesa.

Para completar el volumen, nos resume sus prácticas tenísticas, sus afanes como alpinista juvenil y el gran amor a la pesca (sobre todo la trucha). Para el final nos reserva una anécdota sobre la caza: en enero de 1971, durante un lance más bien accidentado, tuvo la mala fortuna de romperse una pierna. “Miguel se ha tronzado una pata”, resumió jocosamente su hermano ante un amigo. ¿Cómo no recordar la secuencia que, casi con las mismas palabras, incluyó en su novela Los santos inocentes?

Un libro para sonreír, para disfrutar y para reencontrarse con un maestro de la prosa castellana.

sábado, 14 de febrero de 2026

Oscuro vuelo

 


Hace unas semanas (es mi particular reina maga de Oriente), Marta me regaló un libro de poemas que se titula Oscuro vuelo, del madrileño César Rodríguez de Sepúlveda (Bajamar Editores, 2022). Es una obra delgada, pequeñita, con menos de cincuenta páginas; pero la belleza que contiene y la elegancia de su composición la convierten en mucho más que un libro de bolsillo: es una concha marina, una pluma que baila en el viento, una lámina que no es oropel sino oro.

Como siempre hago con los libros de poesía (mis hijos deben de pensar que estoy mal de la cabeza), he leído cada texto en voz alta, dejando después que lo rodee el silencio. Y en estas líneas he encontrado una respiración cultural que me ha entusiasmado, porque Rodríguez de Sepúlveda nos habla de varios cuadros, que él recrea con versos espléndidos (Mondrian, Pollock, Vermeer, Coninxloo); de escenas relacionadas con el mundo de la religión (una interesante reflexión sobre la rebeldía de Lucifer, una diapositiva sobre la forma en que Yahvé se ensañó con la inocente curiosidad de la esposa de Lot, unos versos sobre el estupor malbaratado de quien, como Lázaro, solamente deseaba descansar); de referencias literarias que harán las delicias de los amantes de Homero o Julio Cortázar; y también de composiciones que los enamorados al cine (“Vivir para ver”) y los odontólogos (“Sala de espera”) disfrutarán de forma especial. Y, como cierre, un poema que me gustaría copiar aquí, pero que prefiero que disfruten por sí mismos acudiendo al libro: se titula “Despedida” y no les va a resultar fácil sustraerse a su embrujo.

Poemario hermoso, sólido y poliédrico, que me ha convencido de principio a fin.

Qué alegría tenerlo en mi biblioteca y en mi blog.

jueves, 12 de febrero de 2026

Historias marginales

 


En uno de sus poemas, el escritor alemán Bertolt Brecht se planteaba reticencias sobre los grandes personajes de la historia, interrogándose sobre si sus proezas las habían ejecutado ellos solos, o más bien su fama se debía (como pregonaba el sentido común) a los heroísmos sumados de las personas que los rodeaban. Ni Alejandro Magno conquistó medio mundo “por sí solo”, ni ningún faraón erigió pirámides “por sí solo”. Sin duda, tenía razón. Me ha venido el recuerdo de ese poema mientras leía las Historias marginales, del chileno Luis Sepúlveda, porque en sus páginas nos habla de héroes anónimos, de héroes no tanto “cansados” (Pérez-Reverte) como invisibles, de personas que enarbolaron su estandarte ético sin que los aplausos coronasen su tarea: el que luchó para que las multinacionales no esquilmasen las selvas de su país; el poeta que sobrevivió a la experiencia criminal del campo de concentración nazi; el sindicalista que no dejó de plantear reivindicaciones laborales, pese a que no siempre resultara fácil alzar el dedo y la voz; los obreros que arrancan de la montaña el mármol para que los artistas lo conviertan en arte (“Lectora, lector: cuando te enfrentes a una estatua esculpida en mármol de Carrara, piensa en los cavatori y en los marmolistas de Piedrasanta. Piensa en ellos y saluda su digno anonimato”, p.71); su amigo Freddy Taberna, quien “tenía un cuaderno con tapas de cartón y en él anotaba concienzudamente las maravillas del mundo, y estas eran más de siete: eran infinitas y se multiplicaban” (p.81); las delicadas y emotivas historias del perro Fernando y del gato Zorbas; la ingratitud como única recompensa para ciertas personas que lucharon para defender su país y ahora viven de una pensión miserable (puede verse el texto “Las Rosas Blancas de Stalingrado”); o, para cerrar una lista que quiero breve, con el fin de que ustedes acudan al libro y conozcan las demás historias, ese poema inspirador del checo Jan Palach que se reproduce en la página 105: “Yo me atrevo porque / tú te atreves porque / él se atreve porque / nosotros nos atrevemos porque / vosotros os atrevéis porque / ellos no se atreven”.

Quizá (es la conclusión a la que llego después de cerrar el libro) una parte de la felicidad de nuestras vidas radique en localizar (y merecer) a esos héroes discretos, a esos superhombres y supermujeres silenciosos. ¿Tienen ustedes claro cuáles son los suyos?

miércoles, 11 de febrero de 2026

Dirección noche

 


Es muy complicado explicar de qué va este libro. Posiblemente de todo y de nada. Vidas pequeñitas, vidas como la tuya y la mía. Fragmentos que parecen nimios, pero que constituyen la médula de lo que somos. Rupturas sentimentales nada grandilocuentes, pero sí irreversibles (“Arañas e insectos”); chicas que viajan en coche hacia Burdeos (“El bikini bordelés”); los lánguidos efluvios de un amor adolescente, que quedó clausurado, aunque no olvidado, hace años (“Dos canciones”); las peculiaridades de un matrimonio que se sostiene en apariencia, aunque él ame a otra mujer (“El ultraligero”); esa madre que consuela a su modo la ruptura sentimental que acaba de sufrir su hija (“Apotheke”); la muchacha que se corta su espléndida melena como único posible gesto de amor por su amiga lesbiana (“Sólo ella me llamaba Katy”); una mujer que se enfrenta con tristeza al paso de los años (“Señorita”).

Todos los personajes y todas las situaciones (las que he resumido y las que dejo para que ustedes descubran por sí mismos) pertenecen inequívocamente al ancho territorio de la normalidad, allí donde cualquiera puede reconocerse. Y la gran virtud que exhibe la oscense Cristina Grande consiste en convertir esas escenas cotidianas, esos sentimientos tan comunes, en literatura hermosa y cercana, en páginas que nos tocan el corazón y nos emocionan, porque sentimos que hablan de nosotros, de nosotras, de ti.

Un libro espléndido, que se merece todos los aplausos.

martes, 10 de febrero de 2026

Me olvidé de tu nombre

 


¿Qué va a encontrarse la persona que abra las páginas de Me olvidé de tu nombre, la última entrega prosística de Juan Serrano? La respuesta no puede ser sencilla, porque la condición poliédrica del tomo tampoco lo es. Resultaría más fácil, quizá, proceder por descarte, indicando lo que el libro no es: no es una novela, no es una colección de relatos, no es una secuencia de diapositivas. Pero, como es lógico, el común de los lectores fruncirá en este punto las cejas y pensará que no estoy aclarando absolutamente nada. Le doy la razón, porque lo que hace aquí el escritor de Yecla es poner en nuestras manos un prisma absorbente y multicolor que, levemente girado, nos revela luces y formas cambiantes: hay denuncia social, hay dolor humano, hay poesía, hay observación atenta e inteligente del entorno, hay reflexiones filosóficas. Díganme ustedes de qué modo y con qué etiqueta se puede resumir todo eso.

Digamos que Juan Serrano se yergue frente a la realidad para contemplarla con inusuales ojos líricos, incluso cuando el espectáculo es tan terrible como la tristeza de la viuda de un minero (“Las lágrimas de la mujer eran ojos de lluvia sin agua, sin párpados. Murciélagos en tropelía, espantados por el olor del grisú y su estruendo, volaron hacia el barranco. La naturaleza entera era el espejo de la soledad de la mujer ensimismada. Y le daba lo mismo que las flores del coche fúnebre reventaran de compasión o de rabia. Nada lograba sacarla de su tristeza acuchillada y absorta. Ella quería volver a estar con su marido. Sólo tenía ojos para saber si el humo que aún salía de la chimenea sabría escribir en el cielo, sobre las nubes blancas, las letras del nombre de su marido”, p.9) y que sabe cartografiar el alma de quienes lo rodean, porque su mirada se ha vuelto sabia, y honda, y reposada. Esa sabiduría, además, se condensa en frases que ustedes, de la misma forma que he hecho yo, subrayarán en su ejemplar del libro: “La palabra horada las vetas del acantilado del instante” (p.24); “Tardamos dos años en saber hablar, y una vida entera no basta para aprender a callar” (p.42); “Se me mueren las palabras cuando intento abrir lo que llevan dentro” (p.61); “La derrota más dura es el silencio inferido” (p.85); “No me digas quién eres, que no quiero traspasar, ni escapar, ni salir de esta ignorancia cómoda y bella” (p.93). “No sabes si existe el alma. Lo que sí sabes es que la sientes cuando escribes” (p.138).

Después de leer estas frases, que escojo entre cien posibles, ¿están seguros de que no les apetece buscar el libro y sumergirse en sus páginas? Yo lo haría.

lunes, 9 de febrero de 2026

El último sordo


 

Santiago, cuando sale del colegio, tiene una vida muy ajetreada: asistir a clases de informática y natación, protagonizar entrenamientos con su equipo de fútbol, estudiar los exámenes, colaborar en casa… Pero su padre, sin que la opinión del chico parezca importar, lo apunta también a clases de judo. Da igual que Santiago haya insistido en que no quiere (incluso ha llamado al Teléfono del Menor para quejarse): la voluntad paterna se ha impuesto. Al menos, eso le permite conocer a Guillermo, cuya hermana Belén (“La chica más guapa que yo conozco”) ha tomado la manía de preguntarle si tiene novia y cogerle de la mano. Por eso, como una especie de venganza inocente, Santiago le regala a su padre una trompetilla para sordos cuando llega el día del padre. Pero hay más cosas que están revolucionando su vida: por ejemplo, que su amigo Óscar está convencido de que ha visto un ovni en su jardín, y planean estar alertas a partir de entonces para poder verlo o hacerle fotos.

Con un lenguaje simpático y con capítulos tan breves como atractivos, Roberto Santiago dibuja una novela que resultó finalista en el premio Edebé de literatura infantil en 1996 y que nos habla del complicado tránsito que lleva de la niñez a la adolescencia. Se la he leído en cinco noches a mi hijo pequeño. Muy agradable.

sábado, 7 de febrero de 2026

Otelo

 


Resultaría absurdo que intentase resumir la obra Otelo, de William Shakespeare: sus pormenores argumentales son tan conocidos que me vería obligado a incurrir en el ridículo. Resultaría igualmente absurdo que intentase decir algo original o innovador sobre ella, porque los ríos de tinta que ha suscitado desde 1600 conforman un auténtico Amazonas: mis pretenciosas gotitas ni serían advertidas. Pero resulta que he leído este drama por quinta vez (la primera, en 1987; la última, ayer) y no me canso de visitarla. Qué escalofríos. Qué trama inquietante. Qué telaraña pegajosa la que urde Yago, donde ningún hilo queda al albur. En principio, se escuda en el odio que siente por el general Otelo porque cree que “ha montado” a su esposa Emilia (rencor que amplía a Casio porque, según manifiesta en la escena I del acto II, juzga que también el teniente lo ha hecho), pero la manera en que desdeña a su mujer nos deja bien claro que se trata de otra cosa: nadie despliega tan macabra escenografía (todos parecen marionetas en sus manos) por una persona que, bien claro resulta en las escenas finales, le importa tres pitos. En su opinión, todas las mujeres son unas furcias, incluida la suya.

William Shakespeare, con la habilidad diabólica de quien conoce muy bien el espíritu humano, construye un ser demoníaco, jánico, inescrupuloso, que juzgo el más aterrador de los suyos, porque atesora tanta maldad como inteligencia, tanto veneno como astucia, tanta sagacidad como gelidez de ánimo. Yago dirige un circo con media docena de pistas, y en cada una de ellas organiza, diseña y manipula a un personaje. Es capaz de mantener todos los platillos girando, como un equilibrista maléfico e infalible. De ahí que, a pesar de su condición totalmente nauseabunda, fascine y encandile. Es el protagonista absoluto de la obra. El dios oscuro y taimado que susurra en los oídos de todos, que emponzoña todos los corazones; y que lo hace, además, fingiendo lealtad y cariño indesmayable.

No me cabe duda de que esta pieza se encuentra a la altura de Hamlet. Y tampoco me cabe duda de que volveré a leerla dentro de unos años, si sigo vivo.