Descubro
en La sombra del águila, del cartagenero Arturo Pérez-Reverte, varios ingredientes
narrativos que consiguen mantenerme atento e interesado desde el principio de
la novela y que, al final, me inclinan hacia el balance positivo: su crudeza,
su humor, su logrado coloquialismo (es la voz de uno de los combatientes la que
nos desgrana esta historia), sus breves y justas dosis de ternura. En síntesis,
todo gira alrededor del 326 batallón de Infantería de Línea, un grupo de
soldados españoles que, tras haber sido enrolados a la fuerza en filas
napoleónicas, se encuentran ahora en plena batalla de Sbodonovo, en la cual todo
parece perdido para los galos en el flanco derecho. Y de pronto, cuando nadie
podía imaginarse una maniobra tan valerosa y tan desproporcionada, el grupo de
españoles se dirige por ese flanco hacia las tropas rusas. Su paso es firme; su
actitud, gallarda; su decisión, irrevocable. ¿Se quieren suicidar? ¿Se han
vuelto locos? ¿Son unos héroes? En realidad, ninguna de las tres cosas: se han
propuesto desertar. Parece que avanzan contra el enemigo, pero, sabiéndose
vigilados por el catalejo de Napoleón, esperan hasta encontrarse muy cerca de
los rusos para enarbolar la bandera blanca que llevan plegada y escondida y
liberarse del yugo gabacho. Los “mariscales, generales, edecanes, ayudantes y
correveidiles al completo” de la zona francesa, con el propio Bonaparte al
frente, se quedan asombrados con su arrojo y deciden apoyar la maniobra (que
juzgan altamente heroica) de esos tipos pequeñitos, morenos y malencarados que
están partiéndose el pecho por Francia y por su águila imperial, generándose un
malentendido de proporciones tan épicas como risibles, tan determinante como
casual. En ese combate, el panorama que encuentran los españoles es abrumador y
sangriento, aunque en ocasiones Pérez-Reverte lo maquille con ciertas
pinceladas de humor y literatura (“Húsares por la derecha, coraceros por la
izquierda y allá en su frente Estambul, o sea, Moscú, o sea, Sbodonovo, o sea
los cañones rusos que escupen metralla como por un grifo”). Hay sangre, hay
espeluznantes bayonetazos, explosiones, vísceras, gritos y escalofríos. Hay
hambre, gelidez, lobos que devoran los cuerpos que van quedando atrás en la
nieve. Hay guerra. Sin adornos retóricos, sin purpurina mentirosa, sin grandeur.
Peatones ensartando o desventrando peatones. Y algunas escenas que se quedan
grabadas en la memoria. Recordaré dos, que me parecen especialmente notables. La
primera, cuando Napoleón interroga al capitán García sobre el motivo real de su
avanzadilla suicida contra los rusos. Apretando las mandíbulas para no revelar
la verdad, el militar español responde: “No había otro sitio a donde ir, Sire”.
La segunda, cuando el soldado Mínguez, un gaditano homosexual que está
enamorado del capitán, se queda junto a él en el puente que sus compañeros
están atravesando y mueren juntos. El narrador, entero pero conmovido, remata
así la secuencia, con palabras llenas de viril ternura: “Mínguez se larga, con
su capitán, derecho a ese cielo a donde van, con dos cojones, los maricones de
San Fernando que también son pobres soldaditos valientes”.
Arturo Pérez-Reverte logra en esta novela retratar un chocante episodio, en el que tragedia y humor entrelazan sus dedos para conformar un relato inolvidable. Así que ya saben: léanlo, silvuplé.




