Siempre
me he sentido en deuda con aquellos autores y autoras cuyos libros me han
emocionado, enseñado o distraído a lo largo de mi vida. Medio siglo como lector
dan, es evidente, para muchas gratitudes. Pero desde hace veinte años, me
siento particularmente deudor de aquellas autoras y autores cuyos libros han
provocado sonrisas o caras de asombro a mis hijos. Es una felicidad especial,
que cualquier padre o madre que haya leído para sus cachorros a la hora de
dormir compartirá conmigo. Ver sus ojos brillantes, escuchar sus suspiros de
alivio o responder a su petición de “una página más” no tiene precio.
Roald
Dahl, merecedor siempre de mis aplausos, me regala otros momentos inolvidables
con El gran gigante bonachón, la historia de un ser de apariencia
monstruosa (ocho metros de altura, orejas descomunales, vestido de negro) que,
descubierto por la huérfana Sofía, decide raptarla y llevársela a su lejano
país, para que no denuncie su presencia a las autoridades. Pronto, la niña
descubrirá que GGB es inofensivo, aunque no se pueda predicar otro tanto de sus
nueve compañeros, antropófagos, brutales y el doble de altos que él, quienes
realizan incursiones nocturnas por todos los países del mundo para llenar sus
andorgas. ¿Existirá alguna forma de detenerlos? La única habilidad que GGB
domina es ser capaz de inspirar sueños en los seres humanos. Pero esa destreza,
¿será útil para neutralizar a sus desagradables congéneres? Sofía, tan
pizpireta como ingeniosa, comienza a poner en marcha su cerebro; y traza un
plan en el que será necesaria la ayuda de la mismísima reina de Inglaterra.
Roald Dahl combina aquí los escalofríos con el sentido del humor (en especial, en las secuencias donde habla del gasipum, una bebida cuyas burbujas bajan en lugar de subir y provoca popotraques (pedos) tan aparatosos como risibles). Y, en un plano más trascendente, invita a sus jóvenes lectores a reflexionar sobre las contradicciones del ser humano. Es verdad que resulta horroroso ser comido por seres más fuertes, pero quizá los corderos, los cerdos o los patos piensen lo mismo de nosotros. La lección es dura, aunque inevitable: también los seres humanos fabricamos las normas, ay, a nuestra medida.





