Si
tu padre ha sido un héroe de guerra, un torturador nazi, el descubridor de una
vacuna, un futbolista de élite, un presidente de gobierno o el primer hombre en
pisar la Luna, escribir sobre su vida resulta una tarea extremadamente simple:
sus propias acciones lo han convertido en “material novelesco” de primer orden
y tan solo hay que colocarlas por orden para que los lectores accedan a ellas.
Pero si ha sido una persona gris, sin más brillo aparente que el derivado de la
normalidad, el asunto se complica. ¿A quién puede interesarle que hizo la mili
en Bétera, que le gustaban las alubias estofadas o que jamás perdonó una
siesta? De tan banales como resultan sus ingredientes, el guiso deviene rancho
de cuartel.
Pero
Annie Ernaux se arriesga y nos cuenta que su progenitor abandonó los estudios
primarios sin acabarlos, porque tenía que trabajar; que su adolescencia fue
dura; que trabajó con poco entusiasmo, pero con aplicación, en una cordelería;
que luego reparó tejados (hasta que una caída lo alejó de ese horizonte
laboral) y que, finalmente, montó con su esposa un café-colmado en el que logró
estabilizar su vida económica. Nos habla también de sus complejos lingüísticos
(tenía pánico a quedar en evidencia hablando de forma inadecuada); de que jamás
visitó un museo; de que se sentía orgulloso por los estudios de su hija, pero
le preocupaba que se concentrara demasiado en ellos; y de que a los sesenta años
su salud comenzó a deteriorarse: le descubrieron problemas en el estómago.
Quizá se estén ustedes preguntando a dónde nos lleva todo esto, y la respuesta es tan sencilla como universal: no nos lleva a ningún sitio. Pero no por defecto de la autora, sino porque la normalidad de la vida es así: una hilera de pasos sobre la duna de un desierto que, de pronto, se cancela. Un día, Annie volvió a casa y el padre recayó de su grave enfermedad estomacal. Ella, que se quedó a su lado durante unos días, se encontraba leyendo la novela Los mandarines, de Simone de Beauvoir, pero no conseguía concentrarse. Y nos deja una confesión tan sencilla como conmovedora: sabe que “al llegar a alguna página de ese libro mi padre ya no viviría”. Eso es todo y así ocurrió. Como siempre. Como nos ha pasado o nos pasará a nosotros. La vida.






