Muchas
cosas descubrirá quien tenga la buena idea de sumergirse en las páginas
exquisitas de Vilanos por el aire, la colección de aforismos que La Isla
de Siltolá le publicó al sevillano Antonio Rivero Taravillo en 2017: su mirada
crítica sobre el mundo de la informática (“Un ordenador es eso: un imperativo
mandamás y mandarín que tiraniza, déspota de disco duro, nuestras vidas”); la
perspicacia de sus observaciones sobre los teléfonos móviles (“Se hace bien en
llamarlo móvil a secas, sin teléfono. Porque para lo que menos sirve es para
hablar”); su convicción de que unos buenos versos se expanden en nuestra mente
con más vigor que una mala narración en prosa (“Una mala novela, no importa el
número de sus páginas, es siempre más corta que un buen poema”); el poder
terrible que puede cobijarse en una consonante supernumeraria (“Qué horror las
erratas. Te velo luego, acabo de escribir a un amigo, mandándolo sin
querer al otro barrio”); definiciones que suscribirían miles de autores, desde
Gómez de la Serna hasta Cioran (“¿Qué es la vida sino una prolija escritura de
nuestra necrológica?”); la fina ironía que esgrime contra ciertos galardones,
cuyos nombres sospechamos (“Hay premios literarios cuya dotación económica se
diría una indemnización: tal desprestigio es ganarlos”); una inversión de
papeles que, viendo el rumbo de los tiempos, quizá no resulte tan disparatada
ni distópica (“Habrá un día en que el único lector que quede estará firmando
libros a sus autores, puestos en larguísima cola”); el humor, con consecuencias
quirúrgicas (“Los servicios de urgencias de los hospitales cada vez atienden a
más personas que se tragan las comas delante de los vocativos cuando escriben”)
o basado en espléndidos juegos de palabras (“Qué molestos son para los ojos
algunos escrit-orzuelos”).
Podría
detenerme aquí, y los aforismos que he recopilado resultarían suficientes como
para llamar la atención del lector sobre este volumen, pero es que también
encontrará, si sigue avanzando por sus páginas, aforismos plenamente poéticos
(“En el jardín, entre los cantos de las otras aves, también la temperatura es
pájaro”); las reflexiones políticas que, cada vez, resultan más ciertas (“Los
retretes del Congreso deben de estar limpísimos. Sus señorías dejan las
deposiciones para el hemiciclo”); o tristes constataciones mercantiles (“Librería:
Rótulo que precede a ese otro de Se traspasa”).
Como verán, he dejado que casi todo el espacio (y el peso) de esta reseña resida en las palabras del propio Antonio. No podía ser de otro modo, habida cuenta de la perfección y la belleza que las mismas atesoran. “Las reseñas mejor escritas” (nos asegura en la página 24) “son las que se ocupan de libros mediocres”. Esta aspira a ser una reseña medio decente, porque el libro es magnífico.





