domingo, 4 de enero de 2026

El oro de los sueños


 

José María Merino publicó en 1986 su primera novela juvenil, que se titula El oro de los sueños y que yo leo en este arranque de 2026, cuatro décadas más tarde. Me agrada decir que he disfrutado como un chiquillo con las aventuras que en sus páginas quedan consignadas. Su protagonista y narrador es Miguel Villacé Yólotl, un quinceañero mestizo que se quedó huérfano de padre cuando este se encontraba en una expedición de conquista en América y que ahora, invitado por su tío y autorizado por su madre, se convierte a su vez en miembro de una nueva expedición, que tiene como objetivo localizar el misterioso reino de Yupaha, rico en oro. En esa expedición se relacionará con Juan Gutiérrez, un pilluelo que tiene su misma edad; con el Adelantado don Pedro de Rueda y su bella prometida doña Ana de Varela (que lo encandila con sus rubísimos cabellos); o con fray Bavón, tan valiente como rudo. Durante meses, tendrá que soportar duras jornadas de hambre, lluvias de flechas de los indígenas, millones de mosquitos, maquinaciones indignas y desdenes; pero también conocerá las mieles de la amistad, el impacto de una milagrosa anagnórisis o el descubrimiento de algunos tesoros inesperados.

El resultado es una novela muy agradable, donde se reflexiona sobre la avaricia, sobre los curiosos meandros que pueden zarandear nuestra existencia y sobre el coraje que siempre es necesario para sobrevivir y tirar hacia adelante.

sábado, 3 de enero de 2026

Así que pasen treinta años

 


He empezado este libro de Javier Marías con la misma felicidad y con la misma melancolía con las que lo he terminado, porque sé que nunca habrá más artículos suyos en la librería, esperándome. Así que he leído cada texto en medio de un silencio sagrado. Porque eso constituyen para mí, desde hace muchos años, las opiniones del madrileño: la serenidad, la lucidez, el razonamiento, la buena prosa y la agudeza. A veces, lógicamente, no estoy de acuerdo con las conclusiones a las que llega (igual me pasa con Muñoz Molina, con Almudena Grandes e incluso con mi mujer); pero jamás lo he visto desbarrar con estupideces, con extremismos o con discursos sandios. Mi respeto lo tiene. Mi admiración, también.

En las páginas deliciosas, inteligentes y sensatísimas de Así que pasen treinta años he vuelto a tener noticia de su indiferencia por los premios (literarios o cinematográficos), que desde hace tiempo premian sobre todo las “periferias” (temática, condición sexual del autor, etc.) sin centrarse en lo puramente artístico de la obra; de la vileza de tantos políticos, que medran gracias a sus falacias, tergiversaciones y volubilidades interesadas; de las limitadas dimensiones (cada vez más cortas) de la fama, que terminará de abandonarnos a todos en el magma del olvido; de la imparable degradación estética y humana de ciudades como Madrid o Barcelona, en manos de especuladores inmobiliarios o fanáticos políticos; de su repulsa por el concepto de “tolerancia”, que implica una actitud elitista de quien “disculpa” a otros o los “soporta” con buen gesto exterior; de sus vacilaciones a la hora de elegir el tema semanal; o de su amor por el fútbol “a la antigua”, sin inyecciones millonarias de oligarcas rusos o jeques saudíes.

“Nuestras sociedades están perdiendo su capacidad de escandalizarse. Esa fue siempre la estrategia y el objetivo de los dictadores más dañinos. Incurren en un desafuero tras otro, graduándolos; logran que la gente se acostumbre y ya no vea ni como anomalías lo que son aberraciones”, nos advierte. Más nos valdría hacer caso a uno de los escritores más inteligentes y cultos que han pisado España en las últimas décadas.

viernes, 2 de enero de 2026

Tsugumi

 


Leo mi tercer libro de la japonesa Banana Yoshimoto, que se titula Tsugumi y que traducen Albert Nolla y Bibiana Morante. Y, como en mis dos aproximaciones anteriores, vuelvo a sentir la fascinación de una atmósfera: la que crea la autora con sus personajes, con sus diálogos, con sus paisajes. Desde el principio puede escucharse la voz (tan cristalina, tan delicada) de Maria Shirakawa, quien conoce desde niña a Tsugumi, hija de los dueños del hostal Yamamoto. Sabe muy bien que su amiga es “mala, deslenguada, egoísta, consentida y retorcida” (p.11), pero también es consciente de que “fuera de casa, era otra persona” (p.14). Quizá la razón de ese temperamento agresivo, burlón, descarado y hasta insolente haya que buscarla en la quebradiza salud de la muchacha, que siempre parece estar al borde de la muerte, con fiebres, temblores y achaques. Es como si, sabiéndose tan débil en lo físico, Tsugumi buscara acorazarse, protegerse, impedir que nadie se le acerque demasiado.

Pero cuando, un tiempo después, Maria vuelve a pasar el verano junto a su amiga (la familia va a desprenderse de su hostal en unas semanas), un tercer personaje irrumpirá con fuerza entre ellos: el joven, educado y simpático Ryoichi, del que Tsugumi cree enamorarse.

Elegante en el trazado de sus escenas, Yoshimoto consigue una historia hermosa (y, por instantes, terrible), que me sirve para inaugurar el año literario 2026.

miércoles, 31 de diciembre de 2025

Lo que sé de Esmeralda

 


“Es como si estuviera escuchando un serial radiofónico”, exclama uno de los personajes en la página 109 de esta novela. Y, en el mejor de los sentidos, es así, porque el autor (el ilicitano Andrés Guilló Javaloyes) ha sabido continuar el tono envolvente, cercano, mágico y coloquial que inauguró con Esmeralda sin brillo. En aquellas páginas, que ya comenté en este mismo blog (https://rubencastillo.blogspot.com/2024/12/esmeralda-sin-brillo.html) nos desgranó la fascinante historia de Esmeralda, una vedette bellísima que tuvo el coraje de enfrentarse a todo y a todos en unos tiempos difíciles, recorriendo España con sus espectáculos, haciendo que su belleza y su talento artístico fueran reconocidos en cuantos lugares visitó y manteniendo con firmeza su derecho al amor, aunque este viniera de una persona que, por su posición económica y social, quizá no era la más sencilla para iniciar un proyecto sólido. Conocimos allí al modisto Paquito; conocimos al inspector Manuel Sanchís, tan brusco como noble; conocimos los deseos y las envidias que despertó la escultural Esmeralda; y conocimos, en fin, la forma increíble de su muerte. Uso a conciencia el adjetivo “increíble”, porque muy pocos aceptaron como válida la explicación oficial que se dio a la misma: un suicidio pactado junto a su amante. Quedaban muchos flecos por aclarar; quedaban muchos secretos por descubrir; quedaban muchas heridas por cauterizar.

Por eso, Andrés Guilló ha tenido la excelente idea de ofrecernos una continuación de aquel enigma, que se inicia de un modo tan estremecedor como virulento: en el mismo sitio donde apareció el cuerpo de Esmeralda aparece ahora, dieciséis años después, el de una joven prostituta llamada Reme, que ha sido estrangulada con un pañuelo blanco de seda. El corazón de Sanchís se encoge al conocer la noticia, pero se encogerá mucho más cuando se repita el procedimiento con otra prostituta, que replica los detalles del crimen: un pañuelo de seda, ausencia de agresiones sexuales, ninguna pista aparente.

Y ahora llega el momento en que ustedes, lo sé, van a odiarme, porque no les voy a suministrar más detalles. Se trata de un enigma policial y no seré yo quien les estropee el placer de irlo desvelando página a página, de la mano de Manuel Sanchís, de Carlos, de Bernardo o de Margarita. ¿Que les va a encantar? Lo doy por seguro. ¿Que al terminarla sonreirán de placer, pensando que puede haber una tercera parte? También lo doy por seguro. Una forma intensa y maravillosa de terminar el año literario 2025.

lunes, 29 de diciembre de 2025

Modelos de mujer

 


No sé en qué año comencé a leer a Almudena Grandes. Calculo que sería cuando estaba terminando mis estudios en la universidad de Murcia: fue la época en que la autora madrileña obtuvo el premio La sonrisa vertical y empezó a aparecer con asiduidad en la prensa. Digamos, pues, que 1990. Luego seguí leyendo sus obras (no todas), y he continuado con esa tendencia desde que tengo este blog, cuyas puertas le abrí encantado con títulos como Los aires difíciles, Castillos de cartón, Mercado de Barceló, Las edades de Lulú, Estaciones de paso, Inés y la alegría, El lector de Julio Verne, ¡Adiós, Martínez! y La herida perpetua (tienen ustedes las nueve reseñas en este mismo blog). Ahora completo otra aproximación: los relatos contenidos en Modelos de mujer, que me fascina.

Los personajes de Migue (que tiene retraso cognitivo y que se enamora de un fantasma relacionado con la guerra civil), de la química Malena (que mantiene un duro combate contra la comida, dada su tendencia a engordar), de la niña Bárbara (que se enfrenta al horror de la muerte a través de las palabras de una monja con la cabeza perdida), de la absorbente y turbadora madre que retiene a su hija con procedimientos químicos, de la mujer que encuentra en los balcones su sistema de comunicación con el primer hombre que la rondó sentimentalmente, de la joven doctoranda que consigue conquistar el corazón de un director de cine (sin que la fascinante belleza de una bellísima modelo sirva de nada para desviar su atención) y de la matemática Berta (la buena hija que ha vivido esclavizada por una madre distante y ahora impedida en cama) se convierten página a página en poderosos imanes que te mantienen adherido a sus historias, donde siempre se nos pide que escuchemos a una mujer que sufre. Y qué placer hacerlo, porque el modo de narrar de la madrileña es sublime.

Lo he dicho y escrito varias veces, pero no me importa repetirme: quiero leer una tras otra todas las producciones de Almudena e irlas subiendo a mi blog. En 2026 continuaré con el proyecto.

domingo, 28 de diciembre de 2025

¿Quién mató a Palomino Molero?

 


Ya sé que va a sonar a estupidez, pero me siento en deuda con Mario Vargas Llosa. A él, que nunca llegó a conocerme y que, de haberlo hecho, ni siquiera me recordaría, quizá la frase le provocaría una sonrisa. Pero puedo asegurar que no es petulancia, ni pose, ni aserto paradójico para llamar la atención: es puramente que me siento en deuda con él. ¿Por qué? Resulta fácil de aclarar: porque durante años (muchos años, demasiados años) he ido aplazando su lectura, diciéndome que alguna vez la emprendería, y no animándome nunca con demasiado vigor a cumplirla. Ahora bien, si se me preguntase por qué he actuado así, juro que no sabría contestar. No le “tengo manía” al peruano; no he quedado decepcionado con su lectura; no lo creo inferior a García Márquez o Cortázar. Es solamente que, por lo que sea, estoy a punto de cumplir sesenta años y apenas hay dos reseñas suyas en mi blog. Me comprometo a enmendar ese yerro durante 2026.

Para activar ese protocolo dedico un par de días a leer ¿Quién mató a Palomino Molero? Y salgo con un estupendo sabor de boca. Quizá no se trate de su obra maestra (es evidente), pero qué bien hecha está, qué sinuosidad de diálogos más bien llevados, qué construcción novelesca más sólida y convincente, qué espléndida combinación de tragedia y humor, de sencillez y de profundidad. Recordemos su arranque: Lituma, un guardia que está destinado en el puesto de Talara, es avisado por un pastor sobre el descubrimiento de un cadáver. Pero no se trata de un crimen sin más: alguien se ha ensañado brutalmente con el pobre chico, no solamente ahorcándolo, sino también quemándolo con cigarrillos, ensartándole un palo por el recto y tratando de seccionar sus genitales. La escena es tan agria que resulta imposible asistir a la misma sin sentir el vómito acercándose a los labios. ¿Quién se ha mostrado tan sañudo con el pobre Palomino Molero, un chico de la zona que, además de cantar boleros y ser querido por todo el mundo, estaba destinado en la base aérea? Ese será el interrogante al que Lituma y su superior, el teniente Silva, deberán encontrar respuesta durante las próximas semanas.

Para esclarecer los hechos, tendrán que interrogar a algunas personas de la citada base militar (el coronel Mindreau y su hija Alicia, el teniente Dufó) y enfrentarse a las habladurías de todo el pueblo, que oscilan entre la indignación y los rumores. Qué asombroso el personaje del teniente Silva (perspicaz y meticuloso en las investigaciones, pero ridículo en su cortejo sexual desaforado alrededor de doña Adriana); qué densos los perfiles psicológicos de los Mindreau (cada lector tendrá que decidir a cuál de los dos, padre o hija, cree); y, sobre todo, qué sensación de relato, clásico, solvente y cautivador. Como mandan los cánones. Como a mí me gusta. Me quito el cráneo.

sábado, 27 de diciembre de 2025

Los silencios del Dr. Murke

 


Disfruto en este final de diciembre del volumen de relatos Los silencios del Dr. Murke, de Heinrich Böll, gracias a la traducción de Carmen Ituarte. Y me deja un buen sabor de boca (¿se podrá decir eso de un libro?), sobre todo en los tres primeros, que están aromados con un delicado sentido del humor. Se trata de “Los silencios del Dr. Murke” (donde conozco a un culto y solitario pensador, que trabaja en la radio y que tiene como afición la de guardar recortes magnetofónicos en los que se registran silencios), “No sólo en Navidad” (que me ha sorprendido con la delirante historia de la tía Milla, que enloquece cuando se retira del salón el abeto navideño y a la que toda la familia, piadosa y afectuosamente, decide engañar durante días, semanas, meses y por fin años haciéndole creer que todos los días es Nochebuena) y “Algo va a pasar” (con ese empleado que, refractario a toda forma de trabajo, encuentra en una funeraria el destino idóneo para su labor profesional).

Después, para completar el tomo, Böll incluye dos relatos más (“Diario en la capital” y “El destructor”), que tratan temas más agrios y más ríspidos (el retorno del nazismo, bajo disfraz democrático, en el primer caso; los desequilibrios mentales de un hombre obsesionado con el papel de envolver y con los folletos publicitarios, en el segundo). Creo que estas dos historias, al perder la especia del humor, resultan menos atractivas. O, al menos, así me ha parecido a mí.

Es la tercera vez que incluyo un libro de Heinrich Böll en este Librario íntimo; y me parece que no será la última.