Decía
el peruano César Vallejo que hay golpes en la vida tan fuertes… Sí, los hay sin
duda. Y los sufren, sobre todo, como lamentaba el mexicano Mariano Azuela, “los
de abajo”. En esta historia, quien se ve obligado a agachar la cabeza, morderse
los labios y llorar de impotencia es Paco Yunque, un chico pobre cuya madre
trabaja como sirvienta para el inglés Dorian Grieve, gerente de los
ferrocarriles de la The Peruvian Corporation y alcalde del pueblo. César
Vallejo nos invita a que presenciemos el primer día de escuela de este pobre
chico, aturullado por el jaleo de sus compañeros, intimidado por la presencia
autoritaria del maestro, cohibido por la frialdad del recinto escolar y, sobre
todo, paralizado ante los desafueros de Humberto, hijo de Dorian, quien lo
considera “su muchacho” y entiende que puede abusar de él, pegarle y robarle
los trabajos. ¿Alguien sale en su defensa? Sí, pero resulta inútil, porque el
maestro, que siempre se encuentra casualmente de espaldas cuando el chico
comete sus tropelías, se niega a castigar a Humberto (“Bueno. Yo creo en lo que
usted dice. Yo sé que usted no miente nunca”). Los demás tienen claro que no lo
castiga “porque su papá es rico”. Es el triunfo de la arrogancia hipócrita
sobre la inocencia inerme.
El retrato que César Abraham Vallejo Mendoza nos facilita sobre la sociedad peruana (sobre cualquier sociedad) es tan duro como riguroso: la soberbia y la conciencia de ser superior se mama en casa. Humberto sabe que su padre tiene mucho dinero y mucho poder. Los demás, por tanto, están obligados a transigir con sus caprichos, a someterse a sus brutalidades, a callarse ante sus vilezas. Y Paco Yunque (simbólico apellido) es aún demasiado niño para rebelarse contra el martillo que lo golpea.






