Leo
el libro Yo que fui un perro, de Antonio Soler, y me produce unas
sensaciones intensas y contradictorias, de atracción (literaria) y de rechazo
(íntimo). El protagonista es un estudiante de medicina, Carlos, que vive con su
madre (el padre murió) y cuya mente parece estar sometida a un continuo oleaje
de rarezas: se concentra en limpiar con un paño húmedo las hojas de las
aspidistras de su casa; imagina tragedias tan aparatosas como inquietantes (“Mi
madre había ido a un pueblo con su amiga Carmen. Tardó. Pensé que había tenido
un accidente de coche y que tendría que ir al hospital o al cementerio.
Reconocer el cadáver. Lo imaginé en una de las mesas de la sala de Prácticas de
Anatomía. Casi busco en los cajones para mirar lo del seguro de defunción”);
observa su entorno con unas pupilas siempre negativas y macabras (“La noche lo
convierte todo en un pozo. He sentido ganas de llorar. Me ha dado miedo
asomarme a la ventana y ver los edificios como lápidas flotando en la
oscuridad”); se obsesiona por las relaciones sentimentales que haya podido
tener su novia (Yolanda) y que lo hieren como si fueran bisturíes (es un celoso
patológico), además de pretender regular sus acciones, sus simpatías y su
horario (“Le comenté las cosas que no debe hacer. Tampoco me agrada la amistad
tan estrecha que ha alcanzado con Verónica. No le dije nada sobre eso. Mejor
dosificar. Como se hace con los medicamentos”); y que, en ocasiones, incluso
llega a ser consciente de lo arduo y conflictivo de su carácter (“A veces
pienso que quien hace esas cosas es otro. Alguien que nada tiene que ver
conmigo. Alguien que incluso se burla de mí. O por lo menos que me sabotea. No
voy a saber quién soy hasta dentro de no sé cuánto tiempo. Y tampoco hace falta
porque así soy más libre”).
Alrededor
de este personaje controlador y egocéntrico, que no se considera amigo de nadie
(él es superior), que se masturba cada dos por tres pensando en amigas o en
madres de amigos y que se muestra refractario incluso a la hora de expresar
dolor por la muerte de un compañero, todo parece quedar cenagosamente turbio.
Como ejemplo, sus continuas rupturas y reconciliaciones con Yolanda, que se
repiten de forma irritantemente tediosa; o la manera infame (pero reveladora
desde el punto de vista freudiano) en que espía a su propia madre, porque un
simple número de teléfono le hace pensar que tiene un amante o porque su
amistad con Carmen le parece “sospechosa” de lesbianismo. Con ese dibujo
anímico, a nadie le resultará extraño que Carlos vigile a Yolanda, que
cronometre sus entradas y salidas, que la coja “demasiado fuerte” del brazo o
que, en los párrafos últimos, incurra en violencias más execrables.
Novela incómoda, contundente y ríspida, cuya lectura provoca malestar y que probablemente no sea adecuada, por su dureza, para todos los públicos.





