martes, 26 de mayo de 2026

La huerta del Edén

 


Hay muchos tipos de sueños literarios: hay quien fantasea con la posibilidad de alcanzar la gloria con sus libros; hay quien vendería su alma (a veces lo hacen) por un premio de resonancia; hay quien envidia la biblioteca de Andrés Trapiello o la de Umberto Eco. Mi sueño es más concreto y más sencillo: un mundo en el que no se agotasen los libros de Antonio Muñoz Molina porque, una vez leído uno, apareciesen otros dos. Una fantasía de libro de arena de Borges, que cada vez se me antoja más difícil de sostener, porque voy leyendo las obras del autor granadino a mayor velocidad de la que él utiliza, como es lógico, para escribir y publicar.

Ahora he terminado La huerta del Edén, un volumen de artículos centrados en la temática andaluza pero que, en realidad, nos hablan de muchas más cosas: de la concepción misma de la cultura, del ser humano y del mundo en que vivimos. En eso, la mirada de Antonio Muñoz Molina es proverbialmente admirable, porque su lucidez, su serenidad y su sentido común son capaces de embriagar a cualquiera que se acerque a sus páginas. Aquí, generoso y brillante, el ubetense nos sugiere la idea de que el auténtico paraíso es una huerta bien cuidada, que remite al solaz honorable y primigenio del ser humano. Y después, texto a texto, nos comunica la indignación (mesurada e irónica) a causa del absurdo de que un centro educativo andaluz no lleve el nombre de Miguel de Cervantes por no haber nacido en aquella zona de España; proclama la necesidad de preservar nuestros árboles y nuestra cultura (“Hay que practicar una beligerancia sin cuartel contra el arboricidio y contra el analfabetismo. Salvar el bosque de la Alhambra, igual que preservar una biblioteca, es entregar al porvenir la memoria práctica de lo mejor que somos”); reivindica la importancia modesta, casi litúrgica, de las cosas olvidadas (“Malbaratar el agua es como tirar y desperdiciar la vida, y el simple acto cotidiano de cortar a tiempo un grifo es un gesto valioso de rebeldía contra la sinrazón del despilfarro, una manera de no rendirse a la conspiración del desierto”); pregona la necesidad de la cultura, para que no nos manipulen de forma torticera (“La ignorancia es peligrosa sobre todo por las ocasiones de éxito que ofrece a la demagogia”); dispara su desdén contra las supersticiones, que ahora incluso se ven avaladas por periódicos, televisiones y hasta políticos oportunistas y avispados; exige austeridad a los gobernantes, por pura decencia institucional (se trata de dinero público); aconseja disciplinarse en el sentido común, la racionalidad y la cultura (“Hacerse una persona bien educada e instruida, atenta a disfrutar de la vida y de los saberes que nos permiten conocerla y juzgarla mejor, es un ejercicio de paciencia que dura todos los años que a cada uno le sean concedidos”); defiende a ultranza lo público y los viejos ideales de la izquierda (“Hay un motivo por el cual los liberales españoles, tan proclives a la melancolía, somos inmunes a la nostalgia: cómo vamos a añorar el pasado, si no llegamos a salir nunca de él”); o, entre muchos otros asuntos, se queja del andalucismo profesional, folclórico-religioso, fomentado por las autoridades, que ocultan así los seculares atrasos económicos y sociales de una tierra herida por la precariedad.

La diferencia con otros volúmenes de Antonio Muñoz Molina es que aquí se muestra como una voz, en mi opinión, más irónica y, en ocasiones, más cáustica, sobre todo a la hora de elegir ciertos vocablos, más agresivos de lo habitual en él (“En los cines andaluces se estrenan las mismas películas subnormales de Stallone, de Bruce Willis o de Disney que pueden verse en Estambul o en Iowa”). Y un detalle final, que traslado por si alguien quiere convertirlo en un número: no he contado el número de veces que Muñoz Molina repite el adjetivo “civil” en este libro, pero entiendo que se trata de uno de esos vocablos hondos y reveladores, que nos permiten conocer la entraña de su pensamiento. Admirable.

lunes, 25 de mayo de 2026

¡Increíble Kamo!

 


Daniel Pennac, el autor de textos tan hermosos como Mal de escuela (https://rubencastillo.blogspot.com/2023/06/mal-de-escuela.html) o el famoso decálogo sobre los derechos del lector (aunque, si nos atenemos a las estadísticas, habría que decir más bien “de la lectora”), nos cuenta aquí dos fascinantes aventuras del adolescente Kamo, que me ha gustado conocer. En la primera, la madre del muchacho consigue que este se interese por la lengua inglesa haciendo que se cartee con Catherine Earnshaw, una chica con la que conecta gracias a la agencia Babel. Ella, solitaria y romántica, le escribe en papel antiguo, usando un lenguaje arcaico y enviando sus líneas en sobres cerrados con lacre, detalles que estimulan la curiosidad y provocan la fascinación de Kamo. Solamente al final, cuando el narrador de la historia (el mejor amigo del protagonista) decida investigar sobre la misteriosa agencia y sobre la identidad de Catherine se descubrirá lo que ambos enigmas esconden. En la segunda aventura, todo es más terrible y más inquietante: víctima de un accidente automovilístico, Kamo se encuentra en coma en el hospital, y dos amigos (entre ellos nuevamente el narrador) lucharán para seguir manteniendo el hilo de la esperanza, mientras escuchan sus delirios y se preocupan de pensar en él continuamente, ilusionados e impotentes a partes iguales.

El escritor francés (nacido en Casablanca, Marruecos, en 1944) demuestra una enorme habilidad para captar la psicología adolescente y, también, a la hora de plasmar las emociones de sus personajes mediante unos diálogos convincentes y líricos, que enamoran desde las primeras páginas. Pongan este libro en manos del adolescente que tengan más cerca. Acertarán.

domingo, 24 de mayo de 2026

El Club Fungoide

 


Ignoro si conocen ustedes el relato Enoch Soames, escrito por Max Beerbohm, del que hablaban maravillas Roberto Bolaño y, antes, Jorge Luis Borges. Si es así, la lectura de El Club Fungoide les va a provocar unas enormes ganas de volver a él, porque en estas páginas del gaditano Salva Menéndez todo gira alrededor de la fascinación y del embrujo generados por el cuento del londinense. Resumamos en pocas líneas, sin incurrir en la grosería del destripe: el protagonista descubre, en una librería de segunda mano, un ejemplar del texto de Beerbohm y, después de leerlo, implica a sus amigos en el proyecto de escribir un volumen de unas cien páginas donde se reúnan sus poemas de admiración y aplauso, para abrillantar la gloria, algo olvidada, de Soames. Pero el asunto cobrará otras dimensiones, entre el humor y el pavor, cuando reciban una oferta del Diablo para volver al siglo XIX y poder conocer personalmente al escritor y caricaturista británico. No les digo más. No puedo decirles más, sin estropear las peripecias, fantasías, sonrisas y estremecimientos de este volumen editado por el sello Aliar. Pero eso sí, estoy en condiciones de asegurar que pocas veces (acaso ninguna) he leído tan amplias y detalladas reflexiones sobre la incomunicación de los seres humanos, sobre el secreto de la auténtica felicidad, sobre el éxito y el fracaso literarios o sobre la ambición humana, sobre el poder de la familia y la amistad, como en este libro.

Salva Menéndez sabe bien (sabe muy bien) lo que está haciendo, y lo condensa en palabras tan poéticas como exactas, así que elegir El Club Fungoide implica optar por la sensibilidad, la inteligencia y la sensatez narrativa. Uno de los personajes que adquieren más volumen en la zona final de la novela (María), nos dice esto en la página 118: “Leer lo que todos leen es popular. No me gusta esa idea de limitar la lectura a lo conocido, aunque tenga garantía de buena. Me gusta el riesgo de lo raro. La exploración de quienes no tienen notoriedad. Se encuentran algunas joyas”. ¿Por qué no prueban con este libro? Quizá sea para ustedes una de esas joyas.

sábado, 23 de mayo de 2026

La máquina del tiempo

 


Mi recuerdo de La máquina del tiempo, de H. G. Wells, no es literario, sino que se relaciona con el mundo del cine. En concreto, con la versión del libro que se estrenó en 1960, protagonizada por el apolíneo y eficaz Rod Taylor y por la bella y candorosa Yvette Mimieux. Me consta que hay otra de 2002, pero no he querido verla: los recuerdos de infancia tienen que ser protegidos. Ahora, medio siglo después de haberla visto en imágenes, la recorro en las letras originales de Wells, y descubro que existen muchos elementos de la obra que, en su transformación hacia el mundo de la imagen, cambiaron, se edulcoraron.

El protagonista, después de explicar a sus amigos con una metáfora sencilla el concepto de la cuarta dimensión (“He aquí el retrato de un hombre a los ocho años, otro a los quince, otro a los diecisiete, otro a los veintitrés, y así sucesivamente. Todas estas son sin duda secciones, por decirlo así, representaciones tridimensionales de su ser de cuatro dimensiones”), les explica que ha construido un prototipo que le permitirá explorar el pasado o el futuro, a su antojo; pero sus amigos se muestran renuentes a creerle (“Era uno de esos hombres demasiado inteligentes para ser creídos”). Este punto de partida será suficiente para imaginar o recordar lo que viene después: el inventor inglés se desplaza hasta el año 802.701, donde descubre que la especie humana se ha dividido en dos bloques: en la superficie terrestre viven los Eloi, seres delgados, sonrosados, que visten con túnicas de color púrpura y que siempre sonríen, más bien indolentes, alimentándose con frutas y durmiendo en casas colectivas (el narrador piensa que puede tratarse de comunismo… o de decadencia, porque una civilización que haya dominado enfermedades y contratiempos tendería a la relajación o la consunción); pero también están los Morlocks, que viven en la zona del subsuelo y que parecen corresponder a una degeneración negativa de la especie: su lenguaje se antoja inarticulado, se mueven con torpeza, carecen de todo tipo de arte y se alimentan exclusivamente de carne.

Detalle curioso, que conecta película y libro: cuando el protagonista descubre la biblioteca de los Eloi y constata que los volúmenes se desmenuzan en polvo, fruto de la ignorancia y el desdén, en la cinta de 1960 estalla indignado, proclamando el valor universal de la cultura; en la novela, en cambio, se pregunta qué destino habrán sufrido “mis propios diecisiete trabajos sobre física óptica”. Un baño de realismo narcisista muy atinado por parte de Herbert George Wells.

Y no, no teman: no voy a contarles nada más, salvo que deberían adentrarse en la novela si ya han visto alguna versión cinematográfica, porque, lejos del simplismo de las imágenes, van a sorprenderse con su densidad filosófica, con sus análisis políticos y psicológicos sobre el ser humano e, incluso, con sus predicciones sobre el futuro de la humanidad, que solamente conseguirá salvarse gracias a los habitantes de… Huy, perdón, he dicho que no iba a desvelarles nada más. No me tiren de la lengua.

viernes, 22 de mayo de 2026

Mileuristas

 


Todos sabemos quiénes son, porque la etiqueta de mileuristas alcanzó pronto una gran difusión en España: esa franja generacional de gente joven que, con preparación universitaria, hablando idiomas y manejando ordenadores, apenas consiguen sobrevivir a base de trabajos temporales, con un sueldo reducido y pocas ilusiones de mejora. Ese dinero (que en ocasiones no llega ni siquiera a los mil euros) los obliga en muchos casos a permanecer en el hogar de sus padres. Si quieren adquirir una vivienda, necesitan el sueldo íntegro de más de una década para lograr su propósito. Es la generación que, inaudita y dolorosamente, vive peor que sus progenitores. A ellos dedica Espido Freire este largo y documentado libro, que explora todos los ingredientes y características del tiempo en que surgió esta generación: la convergencia con Europa, la implantación del euro, las olimpiadas, las sucesivas reformas de la educación, el inglés y la informática como nuevos “abridores de puertas”, las titulaciones inútiles, la aparición de lucrativas universidades privadas, el desencanto de verse sin futuro, la inmigración, el recurso de intentar acceder al funcionariado, los contratos basura, la deriva preocupante (¿tal vez la quiebra?) del sistema capitalista, la perpetua conectividad a través del móvil y las redes sociales, los centros comerciales y sus asfixiantes propuestas de consumo, la fabricación de mentiras flagrantes en los medios de comunicación, los festivales de música (“Se organizan como botellones a lo grande, a lo largo de varios días, con la aprobación y el presupuesto de los ayuntamientos y con zonas vips delimitadas”), la búsqueda de caminos religiosos que no resulten exigentes (espiritualismo new age)... ¿Hace falta que siga enumerando?

Espido Freire dibuja en estas páginas el panorama de las sucesivas generaciones españolas desde una fecha muy concreta (“El mileurista de 2006 se encuentra con sueldos estancados, un espectacular aumento de precios en los bienes de consumo, especialmente de la vivienda, y con informaciones contradictorias sobre el futuro”) y, utilizando una gran profusión de datos y una encomiable sensibilidad, nos habla de los orígenes del problema, su desarrollo e, incluso, las posibilidades de rectificar el rumbo en los años siguientes. Un espléndido resumen del mundo que yo he conocido durante el último medio siglo y que me ha permitido reflexionar sobre algunas cuestiones (y sobre algunos ángulos de esas cuestiones) que descubro bajo una nueva luz.

jueves, 21 de mayo de 2026

La bicicleta de Sumji

 


Solamente había leído hasta ahora un libro de Amos Oz: los ensayos sobre el mundo de literatura que quedaron reunidos en el tomo La historia comienza (https://rubencastillo.blogspot.com/2017/10/la-historia-comienza.html), así que me adentro en esta novela de temática juvenil que lleva por título La bicicleta de Sumji para comprobar si su talento narrativo me interesa.

La obra está ambientada en Israel y su protagonista es un chico tímido, enamorado de Esti y que pertenece a una familia con recursos no muy boyantes. Con motivo de su cumpleaños, el tío Zémaj le regala una bicicleta de segunda mano. Y, pese a su precariedad (no tiene barra y sus amigos piensan que es un vehículo de chica), él se siente feliz con su nueva posesión. Eso no impide que, ante la visión del maravilloso tren de hojalata que tiene su amigo Aldo, acepte el cambio por ella; y, algo después, se verá obligado a cambiar ese tren por un perro (el canje resulta una imposición chantajista del bruto Goel). Esa cadena de trueques lo dejará, de noche, en medio de la calle, sin ánimo de volver a casa. Tiene la sensación de haber acumulado decisiones erróneas, y tendrá que aceptar la hospitalidad de la familia de Esti, mientras medita sobre su situación y sobre los enredos que acechan su vida.

Novela corta, de lectura rápida, que contiene algunas reflexiones interesantes sobre la etapa de tránsito entre la niñez y la adolescencia. Amable.

miércoles, 20 de mayo de 2026

Los carros vacíos


 

No estamos en el Londres victoriano, ni tampoco en las verdes campiñas de Gran Bretaña, ni siquiera a finales del siglo XIX. No tenemos delante a Sherlock Holmes y su ayudante el doctor Watson. Estamos en La Mancha, en un pueblo de Ciudad Real llamado Tomelloso, en pleno siglo XX. Allí trabaja como jefe de la guardia municipal Manuel González, al que todos conocen con el sobrenombre de Plinio, quien se encuentra realmente en apuros porque, tras el asesinato de dos meloneros en el otoño pasado, aparece en pleno agosto otra víctima. En todos los casos, el modus operandi es idéntico: un navajazo firme y rotundo, dado por la espalda, cerca del corazón. No hay sospechosos. El criminal no deja pistas que permitan conducir a su detención. Las fuerzas vivas de la localidad (el alcalde, el sargento de la guardia civil) presionan a Plinio para que resuelva cuanto antes esa oleada de asesinatos; y él se devana los sesos con la ayuda de su particular doctor Watson: el veterinario don Lotario. Para más inri, aparece un cuarto cadáver, que presenta más navajazos de los habituales. ¿Está el escurridizo asesino variando su método o quizá se trata de un imitador? Mientras reflexiona y pasea por el pueblo, agobiado por la falta de pistas, Plinio recibe la noticia de que el juez ha pedido ayuda a Ciudad Real, para que envíen a la policía secreta. ¿Podrá resolver el caso, antes de que su profesionalidad y su buen nombre sufran ese oprobio?

Con esta primera novela dedicada al personaje de Plinio (publicada en 1965), el escritor Francisco García Pavón iniciaba una serie de relatos que alcanzaría grandes éxitos de público y también de crítica (el premio de la Crítica o el Nadal recayeron en sendas aventuras del personaje), convirtiéndose en un icono de nuestras letras. Muy agradable primer paso, al que seguirán otros en este blog, no me cabe duda.