sábado, 11 de julio de 2026

Amores en fuga


 

Cada amor, como cada muerte y cada vida, crece y se dibuja con ropajes distintos. Es cierto que hay patrones, repeticiones y recurrencias; pero también es verdad que los matices (que pueden llegar a ser millonarios) convierten en única cada experiencia. El inteligente y brillante narrador alemán Bernhard Schlink, que lo sabe muy bien, nos entrega en Amores en fuga una serie de relatos que, traducidos por Joan Parra Contreras, leo con auténtico placer. Y en ellos descubro obsesiones, liturgias, decepciones, esplendores y lágrimas que, en proporciones variables, jalonan siete experiencias de gran intensidad: el hombre que ha crecido junto a un cuadro misterioso que su padre ha querido proteger y ocultar, sin que hasta sus años adultos se formule preguntas y extraiga conclusiones sobre el mismo (“La niña de la lagartija”); una amistad surgida entre personas del Berlín Este y el Berlín Oeste, en los años que rodean a la inminente destrucción (mal llamada “caída”) del Muro (“El salto”); el viudo que, en pleno dolor por la pérdida de su mujer, descubre de forma triste y azarosa que ella mantuvo una aventura con otro hombre durante años (“El otro”); el exitoso arquitecto que, voluble y sin someterse a cortapisas morales, mantiene vínculos sexuales con dos amantes, a la vez que sigue casado con Jutta (“Guisantes”); el joven alemán que, enamorado de una chica judía y consciente de que pertenecen a mundos antagónicos, decide acometer un acto simbólico para merecer su amor (“La circuncisión”); la tristeza de un enviado de paz que, tarde (casi siempre es tarde cuando se descubren las cosas importantes), comprende que no ha sido demasiado cariñoso con la persona a la que más quiere (“El hijo”); o el hombre que, perseguido por un sueño recurrente, se descubre atrapado por él mientras viaja con su esposa por los Estados Unidos (“La mujer de la gasolinera”).

Los relatos son de una belleza y una perfección formal muy notables, pero quizá su mayor atractivo resida en la manera en que capturan y convierten en tinta las decepciones, los yerros, las congojas irremediables que asaltan al ser humano cuando mira hacia atrás y comprende que, en cierta bifurcación que la vida le puso delante, optó por el camino equivocado.

viernes, 10 de julio de 2026

Fervor de Buenos Aires

 


Con dos poemas muy significativos comienza Jorge Luis Borges (un veinteañero cuando el libro fue publicado) su obra Fervor de Buenos Aires. En el primero nos habla de las calles de la capital argentina, los cuales “ya son mi entraña”; en el segundo se detiene a comentarnos sus impresiones sobre la Recoleta, el famoso cementerio donde descansan Eva Perón o Domingo Faustino Sarmiento (un recinto al que etiqueta como “El lugar de mi ceniza”). No se puede definir un espacio emocional con más exactitud: las calles de los vivos y las calles de los muertos. O, dicho de otro modo, el Buenos Aires de los ojos abiertos y el Buenos Aires de los ojos cerrados. Su Buenos Aires. A partir de ese momento, todo el fervor pregonado desde el título, todo el amor y la exaltación que Borges sentía en su pecho se va expandiendo por ciertas luces que declinan en los atardeceres (“Calle desconocida”); largas horas donde los naipes parecen detener el tiempo y establecer su propio ritmo (“El truco”); homenajes a su abuelo, el coronel Isidoro Suárez (quien “dilató su valor sobre los Andes” y del que pregona que “la audacia fue costumbre de su espada”); la constatación de que incluso el ser más infame queda, con el paso del tiempo, reducido a la sombra de la insignificancia (“Rosas”); el núcleo urbano como condensador o amalgama de todos los tiempos del poeta (“Esta ciudad que yo creí mi pasado / es mi porvenir, mi presente”); la presencia triste de algún mendigo, que “agrava la tristeza de la tarde”; e incluso algún homenaje literario, como el que rinde a “Walt Whitman, cuyo nombre es el universo”.

Poco más de veinte años tenía, sí, pero qué voz tan depurada y tan brillante se advierte en estos poemas, que prefiguran ya lo que vendría a continuación. Pocos escritores maduros están ya en el escritor inicial. En el caso de Borges, entiendo que sí se produce en buena medida ese milagro venturoso.

jueves, 9 de julio de 2026

Prohibido suicidarse en primavera

 


Prohibido suicidarse en primavera. Podría ser el título de una comedia, en la que burbujeasen bromas, brillasen los juegos de palabras y flamearan las banderas del optimismo y el buen humor. Podría ser también el título de un drama amargo, donde se desnudara el alma de unos personajes heridos, que buscan en la muerte el alivio eficaz y último para sus desventuras. Entonces aparecen la mirada triste y la pluma inigualable de Alejandro Casona, y nos lanza un interrogante: ¿Y por qué no ambas cosas? Para construir esa gloriosa mezcla nos invita a imaginarnos “en el Hogar del Suicida, sanatorio de almas del doctor Ariel”, un lugar donde las personas desesperadas pueden hospedarse mientras piensan en el mejor modo de quitarse la vida. En realidad, se trata de un centro dirigido por el doctor Roda (discípulo y admirador de Ariel, un benefactor que pertenecía a una familia de suicidas y que logró evitar para sí mismo ese destino deprimente fundando este espacio); y el objetivo de su trabajo es lograr que sus usuarios desechen la idea de la muerte gracias a la belleza del entorno y el trato con los demás. En este Hogar casi surrealista encontraremos a un doctor que, sabiéndose gravemente enfermo, dio muerte a su hija paralítica para que no se quedara sola tras su desaparición; a un enamorado hiperbólico que no ha conseguido el amor de la cantante de ópera Cora Yako; a Hans, que ha perdido todo cuanto tenía y que percibe este centro como su destino final; a Chole, quien sabiéndose querida por dos hermanos (Fernando y Juan), estima que el suicidio es la forma de liberarlos de su presencia (Borges, en su cuento “La intrusa”, eligió una conclusión no menos drástica). Son personas atribuladas, heridas por el desamor, huérfanas de brújulas, a quienes Alejandro Casona nos presenta con infinita ternura y con infinita bondad, y con los que se permite, además de una mirada compasiva, algunos instantes de humor para aliviar su zozobra. Sirva como ejemplo la secuencia en que una mujer llena de entusiasmo, le dice a su amado: “Yo te imaginaba vibrante, apasionado… ¡Subiéndote por las paredes al verme, arrancando las retamas al correr, saltándome a los hombros!”. El chico, avasallado por su facundia, le replica con ingenio: “Tú te imaginabas un cruce de jabalí y orangután”.

Ese es Alejandro Casona: el dramaturgo delicado, respetuoso y sensible, que dibuja sus obras con una enorme dosis de humanidad y que nos invita en todo momento a mirar con cariño y con piedad a sus criaturas. Porque podríamos ser nosotros.

miércoles, 8 de julio de 2026

Yo que fui un perro


 

Leo el libro Yo que fui un perro, de Antonio Soler, y me produce unas sensaciones intensas y contradictorias, de atracción (literaria) y de rechazo (íntimo). El protagonista es un estudiante de medicina, Carlos, que vive con su madre (el padre murió) y cuya mente parece estar sometida a un continuo oleaje de rarezas: se concentra en limpiar con un paño húmedo las hojas de las aspidistras de su casa; imagina tragedias tan aparatosas como inquietantes (“Mi madre había ido a un pueblo con su amiga Carmen. Tardó. Pensé que había tenido un accidente de coche y que tendría que ir al hospital o al cementerio. Reconocer el cadáver. Lo imaginé en una de las mesas de la sala de Prácticas de Anatomía. Casi busco en los cajones para mirar lo del seguro de defunción”); observa su entorno con unas pupilas siempre negativas y macabras (“La noche lo convierte todo en un pozo. He sentido ganas de llorar. Me ha dado miedo asomarme a la ventana y ver los edificios como lápidas flotando en la oscuridad”); se obsesiona por las relaciones sentimentales que haya podido tener su novia (Yolanda) y que lo hieren como si fueran bisturíes (es un celoso patológico), además de pretender regular sus acciones, sus simpatías y su horario (“Le comenté las cosas que no debe hacer. Tampoco me agrada la amistad tan estrecha que ha alcanzado con Verónica. No le dije nada sobre eso. Mejor dosificar. Como se hace con los medicamentos”); y que, en ocasiones, incluso llega a ser consciente de lo arduo y conflictivo de su carácter (“A veces pienso que quien hace esas cosas es otro. Alguien que nada tiene que ver conmigo. Alguien que incluso se burla de mí. O por lo menos que me sabotea. No voy a saber quién soy hasta dentro de no sé cuánto tiempo. Y tampoco hace falta porque así soy más libre”).

Alrededor de este personaje controlador y egocéntrico, que no se considera amigo de nadie (él es superior), que se masturba cada dos por tres pensando en amigas o en madres de amigos y que se muestra refractario incluso a la hora de expresar dolor por la muerte de un compañero, todo parece quedar cenagosamente turbio. Como ejemplo, sus continuas rupturas y reconciliaciones con Yolanda, que se repiten de forma irritantemente tediosa; o la manera infame (pero reveladora desde el punto de vista freudiano) en que espía a su propia madre, porque un simple número de teléfono le hace pensar que tiene un amante o porque su amistad con Carmen le parece “sospechosa” de lesbianismo. Con ese dibujo anímico, a nadie le resultará extraño que Carlos vigile a Yolanda, que cronometre sus entradas y salidas, que la coja “demasiado fuerte” del brazo o que, en los párrafos últimos, incurra en violencias más execrables.

Novela incómoda, contundente y ríspida, cuya lectura provoca malestar y que probablemente no sea adecuada, por su dureza, para todos los públicos.

lunes, 29 de junio de 2026

Todos hacen daño

 


Decía Nietzsche (un tipo que, mientras le crecía el bigote, pensaba) que el hombre superior es un niño y un bailarín. Un niño, porque juega con la existencia; un bailarín, porque convierte cada salto, cada pirueta, cada giro, en una apuesta y un riesgo. Creo que al filósofo de Röcken no le molestaría que yo incluyese a José Antonio Jiménez-Barbero en ese ámbito, porque sus libros incorporan siempre, a partes iguales, brillantez y riesgo, inocencia y arrojo. Como afirmaba Camilo José Cela, mantenerse dentro de una línea sabiendo que es exitosa resulta sin duda legítimo (la mayor parte de los escritores lo hacen), pero más admirable se antoja acometer peligros, proponer rutas poco transitadas y pensar que el creador tiene que mostrar, a veces, alma de funambulista.

En Todos hacen daño (que obtuvo el I Premio Maluma de novela), el amante del género va a encontrar todos los ingredientes que lo hacen feliz: crímenes tan brutales como inesperados, identidades encubiertas, policías que se han dejado seducir por las mieles infames del dinero, investigadores privados que recorren calles y locales de alterne, traiciones, odios, fidelidades peligrosas, piratas informáticos, mercenarios venidos de Europa del Este, chicas vírgenes que son secuestradas y violadas para convertirlas en prostitutas… Nada echará en falta, se lo puedo asegurar. Tampoco podrá quejarse del ritmo de la obra, tramado con un primor casi cinematográfico y con altas dosis de adrenalina (no se pierdan las secuencias en las que las balas silban, auténticamente taquicárdicas). Ni del modo en que el autor trenza, y luego destrenza, las hebras de su relato, dejando solamente una (la más inquietante) en suspenso. Pero me parece incluso más importante señalar lo que va a descubrir en estas páginas el lector que no sea demasiado entusiasta del género: una excelente demostración de cómo contar maravillosamente una historia, dando profundidad a los personajes, diseñando un ritmo endiablado y logrando que, al final, el corazón palpite de rabia y de zozobra (también de ternura y de alivio), porque el autor ha conseguido que su relato fluya por las venas de quien ha decidido sumergirse en él.

Discrepo, eso también lo debo decir, con el título de la obra. No todos hacen daño. Es una generalización con la que no puedo estar de acuerdo. Algunos no hacen daño, sino que “hacen alegría”. Por ejemplo, José Antonio Jiménez-Barbero, cada vez que tiene la buena idea (y se toma el arduo trabajo) de escribir una novela. Ojalá ese gozo se repita muchas veces más.

domingo, 28 de junio de 2026

La primavera en viaje hacia el invierno


 

Vuelvo al universo narrativo de Pedro García Montalvo con los relatos contenidos en el volumen La primavera en viaje hacia el invierno, en el que las secuencias parecen configurar su propio tempo musical. Los adjetivos, como pinceladas de color, y el ritmo de las frases, con su cadencia única, establecen la respiración que los lectores deben adoptar para comprender la esencia última de los cuentos. A veces, el narrador nos pedirá que asistamos a una excursión escolar a orillas del río Segura, donde una pícara broma hará posible que el tímido profesor don Toribio, un latinista cuarentón con muy poco don de gentes, quede como un héroe ante la joven Adela (“Divertimento”); otras, nos presentará a la bellísima condesa Ángela de Yeste, que habría de convertirse después en protagonista de su novela El intermediario, que consigné en este Librario íntimo hace pocos días (https://rubencastillo.blogspot.com/2026/06/el-intermediario.html); o nos presentará a una chica que, normalmente sensata y prudente, se atolondra cuando el amor prende en su pecho (“El rostro”); o nos dibuja asechanzas más bien equívocas, como la protagonizada por el musicólogo Tomás Tarazona (“La venta de la Virgen”); o, en fin, explora laberintos más oscuros del alma humana, que reconocemos como propios, con horror, cuando deslizamos los ojos por los párrafos del relato (“Un monólogo”).

No necesita muchas páginas García Montalvo para construir sus propuestas, y eso las vuelve tan sólidas, tan condensadas, tan admirables. Releerlas al cabo de cuarenta años ha supuesto un auténtico placer.

sábado, 27 de junio de 2026

El último caso de Unamuno

 


En la última reseña que le dediqué al zamorano Luis García Jambrina, por su novela El manuscrito de nieve (https://rubencastillo.blogspot.com/2024/03/el-manuscrito-de-nieve.html), señalé un procedimiento que, a mi entender, volvía defectuosa la obra: su tendencia a amontonar datos históricos, artísticos y de todo tipo de una manera poco acertada. Dos años después, me animo con otra de las producciones del autor, aparecida en 2026: El último caso de Unamuno. Y me siento muy feliz de emitir un juicio totalmente distinto: la obra es excelente. Las informaciones históricas, políticas, culturales y militares siguen siendo oceánicas (la ambientación de la novela en 1936 así lo requiere), pero el autor ha sabido encauzarlas de un modo magnífico, sin que el lector sienta que chirrían.

La base del libro se articula sobre dos líneas policiales que caminan de forma cercana. En la primera, descubrimos cómo el insigne escritor don Miguel de Unamuno investiga el misterioso suicidio del catedrático de Derecho don Daniel Carbajo. Su esposa descubrió el cuerpo ahorcado en su despacho, que permanecía con la llave echada por dentro; pero era reacia a considerar que su marido, profundamente religioso, hubiera optado por acabar con su existencia de una forma tan inopinada y tan herética. En la segunda, nos encontramos con la súbita muerte del propio Unamuno, que sufrió un colapso mientras charlaba junto a su mesa con el joven profesor falangista Bartolomé Aragón. Muy habilidoso y muy sólido en su exposición novelesca, Luis García Jambrina nos va planteando en capítulos alternos este doble enigma, introduciendo personajes de tanta densidad y envergadura como Millán Astray, Francisco Franco, Giménez Caballero o Carmen Polo. Y esculpiendo también una doble línea de protagonistas-detectives, porque si en la primera es don Miguel el eje vertebrador, en la segunda ocupan ese lugar sus amigos Teresa Maragall López y Manuel Rivera Jambrina. Este último, de hecho, se plantea incluso la posibilidad de escribir alguna vez esta historia, para que las generaciones futuras conozcan la verdad (“La novela, si es que alguna vez llegaba a escribirla, tendría, pues, una doble trama entrecruzada y una doble línea temporal; en una, don Miguel sería el detective o sujeto investigador y, en la otra, la víctima o el objeto de la investigación”, p.234).

Como se trata de un libro detectivesco (aunque no queda reducido a esa simple dimensión), resultaría muy ingrato desvelarles detalles que erosionaran la eficacia de sus sorpresas. Sí les diré que, al acabarlo, queda en el ánimo de los lectores la sensación poderosa de que todo podría ser verdad (sensación que las consultas que se realizan en Internet parecen corroborar). García Jambrina ha construido su historia con mimbres tan bien trenzados y tan verosímiles que te convence. Es un asombroso logro, que aplaudo con energía.