¿Cuántas
veces nos equivocamos en nuestras vidas? Y, sobre todo, ¿cómo reaccionamos ante
esos errores? Ambas preguntas pueden parecer inanes, pero quizá encierran más
dolor y más angustia de los que parece. Juzgamos, mentimos, traicionamos,
relegamos y no siempre somos conscientes del alcance de nuestros yerros y
despropósitos, aunque acabemos recibiendo su factura. Pueden ser errores
políticos, errores laborales, errores amorosos, errores amistosos, errores
domésticos. ¿Quién no es capaz de recordar, al menos, media docena de los que
ha cometido?
Germán
Vieitez (nadie está libre de esas torpezas) también lo ha hecho. Comenzó sus
estudios universitarios y, enamorado como un crío, lo dejó todo para acudir al
rescate de Clara, cuyos padres pretendían encerrarla en un local disciplinario
regentado por religiosas. Esa desviación (que él asumió con voluntad heroica)
lo condujo al matrimonio y la paternidad (Beatriz), pero pronto comenzaron
otras desviaciones, otras encrucijadas, otros dados lanzados al viento. Hubo
amantes (por ambos lados), hubo discusiones, hubo colores que se degradaban y,
por decirlo con el sustantivo precioso que elige el autor para su título,
resplandores que se extinguieron. Sobre ese bastidor, el orensano Bernar
Freiría borda las más de cuatrocientas páginas de esta novela, que se
desarrolla entre los años finales del franquismo y los primeros del gobierno
socialista de 1982. El escenario en que se mueven los protagonistas es conocido
y poliédrico: la revolución de los claveles en Portugal, las cargas de los
grises, el alborear de la democracia, los pelotazos empresariales (incluidos
los urbanísticos), los locales de moda relacionados con la movida, el irrumpir
explícito de las drogas, las bandas neonazis por las calles, la corrupción
policial y judicial… Pero lo que más anonada en este libro no es la vasta
exposición social (si me apuran, ese dibujo puede realizarlo casi cualquiera
que lea o recuerde), sino la profunda, valiosa, reveladora indagación
psicológica que el autor emprende con singular maestría: los personajes son
vistos, pero también explorados y diseccionados, hasta el punto de que laten
con verdad, como si fueran de carne y sangre. “Germán tenía una
capacidad de penetración psicológica fuera de lo común”, nos dice el autor en
la página 154; pero es que otro tanto podría decirse de él. Habilidoso tanto en
los diálogos como en los análisis de sus caracteres, Bernar Freiría consigue
que sus figuras respiren, además de mostrarnos cómo el idealismo y el
pragmatismo suelen protagonizar combates de los que raramente se sale ileso.
¿Ha sido Germán un espíritu libre o un egoísta? ¿El precio que paga por su
forma de vivir lo ha pagado solamente él o quienes lo rodean? “Tú querías
libertad, arte, poesía. O eso decías. En realidad, lo que querías era no tener
ningún compromiso”. Esas son las palabras que su hija Beatriz le escupe en la
página 371, y quizá no le falte razón. Pero, ¿cuántos “germanes” hemos conocido
en nuestra vida? O, hurgando un poco más, ¿acaso nosotros mismos hemos sido
Germán (o hemos sido Clara)? Un volumen intenso y removedor, cuya lectura les
recomiendo.