Dejando aparte la gracieta del subtítulo (“Un relato para jóvenes de 8 a 88 años”), que incurre en un procedimiento ya tan sobado como cansino (y que espero que no fuera sugerido por el propio autor), diré que me lo he pasado bien leyendo las páginas de Vida de un piojo llamado Matías, del donostiarra Fernando Aramburu. Nos cuenta la historia de un parásito que nace en la nuca de un maquinista y que, desde sus primeros días, debe sobreponerse a un sinfín de peligros: las arduas exploraciones de las uñas o el peine; el ímpetu de la ducha o la furia huracanada del secador (“En ambos casos logré salvarme por un pelo, al que me mantuve agarrado lo mejor que pude”); o la incertidumbre por descubrir que está solo en un territorio amplísimo. Pero lo verdaderamente interesante llega cuando el diminuto tiráptero empieza a relacionarse con otros seres: una pioja dicharachera (con la que descubre un vínculo familiar muy tierno), una pulga (que será amable con él) o una peligrosa cuadrilla de enemigos que, siervos del Rey de la Caspa y muy celosos de sus límites territoriales, lo esclavizan. Con ingenio, Aramburu nos invita a reflexionar sobre la xenofobia, la importancia de la bondad o el hedonismo, en una novela que gustará más a los pequeños que a los grandes. Idónea para una tarde de café granizado y ventilador.






