Me
acerco hasta otra obra teatral de Miguel Hernández, que se titula Los hijos
de la piedra y que gira alrededor de una zona minera y agrícola que
pertenece a la pequeña localidad de Montecabra. Todos los protagonistas,
cualquiera que sea el sector donde ganan su jornal, están contentos con la
forma en que los trata su patrón, don Pedro, un hombre razonable y generoso,
que ni se cree por encima de ellos, ni los trata de forma injusta. Pero cuando
se produce su muerte y todo queda en manos de otro “Señor” (ni nombre se le da)
las cosas se tuercen, por ser el nuevo propietario una persona despótica,
ambiciosa y altanera, que les rebaja el salario, aumenta las horas de trabajo y
se refugia siempre detrás de los guardias civiles, que defienden su status con
las armas. Además, el repugnante amo se ha empeñado en forzar a Retama (la
mujer del pastor) y, literalmente, demuestra ser un sádico (“Me gusta irritar y
humillar a esta especie de gente”). De tal modo que el ambiente idílico que se
respiraba en las primeras páginas queda convertido con rapidez en un infierno, que
provoca hambre y desesperación entre los mineros y que los fuerza a rebelarse
(aunque les cuesta dar el paso, dada su mansedumbre) contra el inicuo
personaje, al que terminan ahorcando. ¿Una pintura maniquea? Mucho, cómo
negarlo. A veces, incluso diría que roza la caricatura: los buenos son
buenísimos; los malos, esperpénticos. Pero hay que comprensivos y juzgar la
pieza dentro de su marco histórico (1935), en los meses duros, calientes y
tensos que estaban preparando el estallido de la guerra civil.
Con un lenguaje mucho más poético que teatral (a veces, tiene que hacerse un gran esfuerzo para “creer” a los personajes, cuyo nivel lírico los vuelve irreales, impostados), Miguel Hernández se alinea de forma nítida del lado de quienes sufren, del lado de quienes dependen del capricho y la magnanimidad de ese amo que, con un simple gesto, los puede condenar a la hambruna o la cárcel.





