Mi amigo Manuel Molino me dijo, hace un par de veranos, que está disfrutando en la jubilación de un placer especial: releer despacito a Cervantes, disfrutando de su prosa, de su ritmo narrativo. No me pareció mala experiencia, así que estoy cumpliendo idéntico propósito con El Quijote (un capítulo cada día, casi con los primeros rayos del sol) y, ahora, con sus deliciosas Novelas ejemplares, cuyos argumentos conozco de sobra (los he explicado en una veintena de cursos durante mi etapa como profesor de literatura) y cuyos pormenores estilísticos me hacen gozar sobremanera. “La española inglesa” es un prodigio irreal de casualidades (“Felice fuera el rey batallador que tuviera en su ejército diez mil soldados amantes, que esperan que el premio de sus victorias había de ser gozar de sus amadas”); “El amante liberal” es un ejercicio, quizá algo menor, de literatura del cautiverio; “Las dos doncellas” es una nueva demostración de equilibrio, donde se mezclan las casualidades y el travestismo (“El apasionado que cuenta sus desdichas a quien no las siente, bien es que causen en quien las escucha más sueño que lástima”); “La fuerza de la sangre” (que encantaba a mis alumnas, sobre todo) supone una restitución de la honra, abochornada por la infamia; “Rinconete y Cortadillo” es la célebre y monumental novela iniciática de dos pilletes que deambulan por la Sevilla suburbial, mafiosa y negra, que quizá se ve enturbiada por un final algo brusco (no dejaré de mencionar aquella ingeniosa hipérbole de Cervantes en la que asegura que los naipes usados por los dos pícaros están ya ovalados por el uso); “El celoso extremeño” es la historia de un viejo que posee una bella perla joven y que sufre por su posesión… ¡Tantas historias, tantos laberintos narrativos! Recuerdo perfectamente la tarde en que, estudiante de primer año en la universidad de Murcia, permanecí durante horas tumbado en el sofá leyéndolas. Cuarenta años después, recupero aquella embriaguez dichosa.




