miércoles, 28 de octubre de 2026

La sombra del águila


 

Descubro en La sombra del águila, del cartagenero Arturo Pérez-Reverte, varios ingredientes narrativos que consiguen mantenerme atento e interesado desde el principio de la novela y que, al final, me inclinan hacia el balance positivo: su crudeza, su humor, su logrado coloquialismo (es la voz de uno de los combatientes la que nos desgrana esta historia), sus breves y justas dosis de ternura. En síntesis, todo gira alrededor del 326 batallón de Infantería de Línea, un grupo de soldados españoles que, tras haber sido enrolados a la fuerza en filas napoleónicas, se encuentran ahora en plena batalla de Sbodonovo, en la cual todo parece perdido para los galos en el flanco derecho. Y de pronto, cuando nadie podía imaginarse una maniobra tan valerosa y tan desproporcionada, el grupo de españoles se dirige por ese flanco hacia las tropas rusas. Su paso es firme; su actitud, gallarda; su decisión, irrevocable. ¿Se quieren suicidar? ¿Se han vuelto locos? ¿Son unos héroes? En realidad, ninguna de las tres cosas: se han propuesto desertar. Parece que avanzan contra el enemigo, pero, sabiéndose vigilados por el catalejo de Napoleón, esperan hasta encontrarse muy cerca de los rusos para enarbolar la bandera blanca que llevan plegada y escondida y liberarse del yugo gabacho. Los “mariscales, generales, edecanes, ayudantes y correveidiles al completo” de la zona francesa, con el propio Bonaparte al frente, se quedan asombrados con su arrojo y deciden apoyar la maniobra (que juzgan altamente heroica) de esos tipos pequeñitos, morenos y malencarados que están partiéndose el pecho por Francia y por su águila imperial, generándose un malentendido de proporciones tan épicas como risibles, tan determinante como casual. En ese combate, el panorama que encuentran los españoles es abrumador y sangriento, aunque en ocasiones Pérez-Reverte lo maquille con ciertas pinceladas de humor y literatura (“Húsares por la derecha, coraceros por la izquierda y allá en su frente Estambul, o sea, Moscú, o sea, Sbodonovo, o sea los cañones rusos que escupen metralla como por un grifo”). Hay sangre, hay espeluznantes bayonetazos, explosiones, vísceras, gritos y escalofríos. Hay hambre, gelidez, lobos que devoran los cuerpos que van quedando atrás en la nieve. Hay guerra. Sin adornos retóricos, sin purpurina mentirosa, sin grandeur. Peatones ensartando o desventrando peatones. Y algunas escenas que se quedan grabadas en la memoria. Recordaré dos, que me parecen especialmente notables. La primera, cuando Napoleón interroga al capitán García sobre el motivo real de su avanzadilla suicida contra los rusos. Apretando las mandíbulas para no revelar la verdad, el militar español responde: “No había otro sitio a donde ir, Sire”. La segunda, cuando el soldado Mínguez, un gaditano homosexual que está enamorado del capitán, se queda junto a él en el puente que sus compañeros están atravesando y mueren juntos. El narrador, entero pero conmovido, remata así la secuencia, con palabras llenas de viril ternura: “Mínguez se larga, con su capitán, derecho a ese cielo a donde van, con dos cojones, los maricones de San Fernando que también son pobres soldaditos valientes”.

Arturo Pérez-Reverte logra en esta novela retratar un chocante episodio, en el que tragedia y humor entrelazan sus dedos para conformar un relato inolvidable. Así que ya saben: léanlo, silvuplé.

martes, 27 de octubre de 2026

Tierras de sol y de angustia


 

Qué sofoco de sol, de sed y de soledad impregna los versos de Tierras de sol y de angustia, que publicó en 1957 Francisco Sánchez Bautista. Frente a los paisajes de Murcia, Fortuna, Yecla u Orihuela, el vate despliega su mirada compasiva para constatar sequedades y tristezas, que se extienden por unas tierras extenuadas y golpeadas por el desdén de la lluvia. Tierras “maldecidas y pedregosas” (poema XII), sobre las cuales los seres humanos tienen que convertirse, con sus azadas y su sudor en “nervudos gladiadores” que se esfuerzan por vencer en el desequilibrado combate que los enfrenta. Y el sol, desde lo alto, preside con su rigor ese combate (“¡A cuarenta grados / de temperatura! / ¡Campos agostados / por la calentura!, poema XIV). A veces, algunos pequeños territorios sí que están bendecidos por la benéfica acción del agua, sobre todo en la zona de Oleza (patria chica de Gabriel Miró y de Miguel Hernández); pero lo normal es que todo aquello que contemplan los ojos se encuentre sediento y anhele el agua, imprescindible para que se refresque la tierra. Fruto de esa sequía, hasta los versos mismos parecen agostarse, encogerse, adelgazarse por la fatiga verbal (“¡Si lloviera / -ya es otoño- / siquiera / un poco”, poema XXIII), aunque a veces se llegue hasta un remanso de paz, luz y alegría como el que preside la composición que dedica a la vendimia yeclana, alborotada de risas, fermentación feliz del vino y canciones. Muy notables son también los sonetos que cierran el tomo y que en esta edición se añaden como apéndices. Qué gran poeta era don Francisco.

lunes, 26 de octubre de 2026

Variaciones en blanco

 


Para quienes entienden el libro como un objeto lleno de palabras y que, colocado en la báscula, provoca el movimiento de las agujas o de los dígitos por su peso, la obra Variaciones en blanco, con la que Ada Salas obtuvo el IX premio de poesía Hiperión, supondrá un motivo de asombro. Son muy pocas sus páginas y, en cada una de ellas, pocas las palabras que se reúnen. Hay más silencio que voz. Más blanco que negro. Hasta el punto de que se podría decir (sin que la pincelada de humor implique burla de ningún tipo) que la autora, más que extremeña, es extrema. Por fortuna, tengo muy recientes las palabras que Luis Campodónico le dijo a Jean-Michel Fossey en una entrevista: “Los escritores que creen demasiado en las palabras olvidan que la finalidad de la palabra poética es conducir al silencio, al silencio esencial”. ¿Ocurre así en este poemario? ¿Conduce su lectura al silencio esencial? Mi respuesta es rotunda: sí. Aleteando entre las líneas cortas y los taludes blancos y sincopados de las páginas, Ada Salas deja que en nuestra mente retumbe la reflexión, se extienda el sonido invisible del eco y brillen las aristas de sus pocas y mágicas palabras. Es como una brisa oriental que, mientras leemos en la soledad de nuestro sillón, nos rodea y nos acuna, insinuándonos la profundidad de lo susurrado, la firmeza de esas quintaesencias que, como dijo Baltasar Gracián, obran más que los fárragos. “Más allá un bosque innumerable de silencios”, leemos en la página 70, casi terminando el libro. Aconsejo leer la obra de noche, en el mayor de los silencios y en la mayor de las soledades. Y pensar en cada poema durante unos segundos, antes de pasar al siguiente. La belleza se degusta con calma.

domingo, 25 de octubre de 2026

Diccionario del español eurogilipuertas

 


Sé lo que vais a decir y os concedo la razón: este libro es una fruslería, un tomo intrascendente, que no va a ninguna parte y que forma parte de ese turbión de páginas que se encuentran habitualmente en los cajones de obras de segunda mano, porque nadie las quiere conservar y se venden al peso. Aceptado. Pero qué queréis que os diga: ayer tenía ganas de pasar el rato y esbozar unas sonrisas. Y este tomo me ha servido. Se titula, horriblemente, Diccionario del español eurogilipuertas y su autor es el catedrático de ciencias naturales Luis Díez Jiménez, que vivió un tiempo de fama por sus recopilaciones de disparates y de anécdotas. Aquí, alejado del rigor filológico y amparándose tan solo en su criterio personal, va despachándose contra ciertos modismos y usos verbales (algunos de los cuales el tiempo se encargó de enterrar) y facilitándonos algunas definiciones simpáticas sobre objetos cotidianos. Como digo, nada del otro mundo. Pero si se quiere pasar un rato divertido, lo innegable es que sigue valiendo. Anoto algunas de sus frases más chocantes: “Colectivo de trabajadores de la enseñanza, que a uno le recuerda más a los picapedreros que a los catedráticos”. “Hay melones que hablan de crímenes injustificables; pero, ¿es que hay crímenes justificables?”. “Bicicleta: Pantorrillas con ruedas”. “Aspiradora: Fonendoscopio del suelo”. “El único amor no correspondido es el amor propio”. “Freud: Señor que veía un exaquisoctaedro y se imaginaba a una señora en pelota”. “Ríos: Hermosas, poéticas y líricas corrientes de aguas fecales”.

sábado, 24 de octubre de 2026

Gobierno de alcoba


 

Dedico unas horas a leer una obra de teatro del costarricense Samuel Rovinski que se titula Gobierno de alcoba y que plantea el viejo asunto de la corrupción de los ideales en el ámbito de la política. En la cúspide del poder se encuentra ahora el dictador Leoncio, que controla su país de un modo execrable, restringiendo todas las libertades y sometiéndolo a una tutela tan despiadada como sangrienta. Como es natural, surge entonces una corriente que pretende derrocarlo, y su cabecilla más destacado es Martínez, un revolucionario que se alzará contra él y logrará sustituirlo. Hasta aquí, todo forma parte de un esquema que conocemos por la literatura, por las películas y por la realidad del siglo XX. También conocemos la deriva habitual de este tipo de asaltos al poder: Martínez terminará por incurrir en unos comportamientos que, en esencia, no difieren mucho de los empleados por Leoncio. Es decir: el revolucionario se transmuta en nuevo dictador. El único problema que yo le veo a esta obra (sobre todo en su parte final) es que el proceso por el cual Martínez degenera y abandona todo su idealismo se esboza con demasiada rapidez. No hay una descomposición paulatina. Es como si, de golpe, se quitase una chaqueta y se pusiera otra. Como si cambiara de ideas y de corazón en apenas unas horas. Por lo demás, una pieza dramática que invita a reflexionar sobre las flaquezas del espíritu humano y sobre lo fácilmente que abandonamos los ideales cuando el brillo del poder o del oro asalta nuestras pupilas.

viernes, 23 de octubre de 2026

Absolución


 

Decía el filósofo Blaise Pascal que la desgracia de los seres humanos viene de no ser capaces de permanecer tranquilos en su habitación. Y se dice que el filósofo Inmanuel Kant llevó una existencia metódica y rutinaria para que el orden imperase en su vida. Lino, en cambio, no es así. De pequeño, su aspiración de niño pobre era trasladarse a vivir a Australia, donde su tío Gregory fraguó su riqueza. Y aquel proyecto malbaratado se convirtió, durante los años siguientes, en una cadencia ininterrumpida de frustraciones. Todo en su línea vital parece condenado a cortarse de forma abrupta, sin alcanzar continuidad o dicha: se distancia de los amigos por diferencias nimias; abandona a la chica que ama por una visión absurda (la observa comiendo un huevo duro y decide que sus caminos deben separarse); no persevera en ningún trabajo, porque todos le parecen a la postre carentes de sentido. Ahora, cuando está a punto de celebrar su boda con Clara (una chica hermosa y rica), el gusanillo de la insatisfacción vuelve a alborotarlo y escapa de la ciudad, para convertirse en un indocumentado vagabundo. Ni sus padres, ni por supuesto su novia, son capaces de entender qué pruritos cordiales lo inquietan. Y él mismo, que ha intentado trabajar en los últimos años “de chatarrero, de encuestador, de teleoperador, de vendedor de perfumes, de seguros de vida, de enciclopedias, de pulseras magnéticas, de camarero en un tren, de agente canino” (p.112), se mira en el espejo y se pregunta también por qué no aguanta casi nada en ninguno de ellos. “Esto era lo más difícil de explicar. ¿Por qué huía de los sitios, por qué de pronto necesitaba estar en otra parte, donde no lo conocieran y pudiera pasar inadvertido, libre de obligaciones y reproches?” (p.108). Quizá deambulando por campos y carreteras secundarias encuentre una respuesta para esa comezón. Y nosotros, lectores entusiasmados y fascinados, lo acompañamos en su viaje de descubrimiento o de expiación, en su caminar sin fin y sin objetivo, intentando inútilmente ayudarlo o entenderlo. Nos da la impresión de que su alma de “eunuco sentimental” (así se define en la p.249) se encuentra en carne viva, pero nos sentimos impotentes para comprender: suyo es el viaje. Necesita una absolución, aunque probablemente ni siquiera sepa quién debe administrársela. ¿Clara, el señor Levin, sus padres, la policía, su propio corazón? “Como el río de Heráclito, él necesitaba cambiar continuamente”, se nos dice en la p.288. Observemos el río fluir y, tras conocer a personajes tan bellos y fascinantes como Olmedo o Gálvez, permanezcamos en silencio.

jueves, 22 de octubre de 2026

Invasión

 


Cuando abrimos las páginas de un libro de relatos de David Roas (Barcelona, 1965), sabemos muy bien lo que vamos a encontrar en su interior: argumentos que asombran, personajes que inquietan y finales que sobrecogen. Es un muy habilidoso jugador de cartas, que apenas sonríe cuando deposita los cuatro ases sobre el tapete y te deja con la boca abierta. Vuelve a hacerlo, obviamente, en su libro Invasión: esa casa vacía que encuentra en Providence (patria chica de Lovecraft) y que se rodea de un misterio impenetrable, con su trineo oxidado, su flamenco rosa incongruente y su enigmático propietario; ese niño que confecciona con un primor sin igual ataúdes para enterrar las muñecas de sus hermanas; esa viuda que cepilla con arrobo la dentadura postiza de su marido, que deposita todas las noches en un vaso comprado en Benidorm, durante un viaje familiar; esa chica de cuerpo increíble que invita a Pablo a acostarse con ella y que le muestra su paralizante colección de figuras, que rodean la cama; la mancha que la pobre Nuria no consigue quitar de su alfombra nueva y que, observada de cerca y con una lupa, la paraliza de horror; el editor que queda atrapado en su despacho por un derrumbamiento y que tiene que sobrevivir durante días alimentándose de la forma más inverosímil; esa madre que sostiene el amor y el aislamiento de su hijo con regalos estremecedores; el hermano que adopta como animales de compañía a los más sorprendentes; o el superviviente de una epidemia zombi, que resiste en un edificio, rodeado por algunos viejos mientras observa por la ventana a un niño, que permanece inmóvil en un tobogán del parque.

David Roas conoce los miedos y explora los límites de la normalidad, dejando que sus palabras nos tracen un panorama turbador de forma silenciosa, como ese asesino implacable de las películas que incrementa su poder hablando en susurros, con calma apolínea. Un dormitorio, un jardín, una alfombra, un espejo, un lago o un libro pueden convertirse en detonantes del horror: abran este volumen para comprobarlo.