domingo, 16 de junio de 2019

La puerta falsa




En la página 33 de este libro, absolutamente central (el volumen tiene 66), puede leerse el poema “Relieves”, que lleva consignado entre paréntesis el subtítulo de “Homenaje a Jorge Guillén”. Creo que en esa clave se sustenta uno de los pilares indiscutibles de La puerta falsa: en el evidente aroma guilleniano que empapa la inmensa mayoría de los textos del tomo. Un aroma que se traduce en imágenes leves, de airosa elegancia; en músicas tenues, pudorosas, casi secretas; en una meticulosa contención expresiva, para no abalanzarse hacia el arrebato o la efusividad; en un vocabulario escueto, apolíneo, medido; en un mirar lento, sabio, de notoria potencia reflexiva.
A veces, nos hablará José Luis Martínez Valero de esos versos inauditos que la noche susurra y que el amanecer desbarata; de los paisajes urbanos que rodean al escritor mientras se pasea por la ciudad (“Sonaban campanas, / mientras olías a azahar”); de una hermosa chica india que viaja en el metro; de los amigos y maestros que se han ido cruzando en su existencia (el profesor Mariano Baquero Goyanes, el escritor Miguel Espinosa); o del enigma tibio e inagotable que son siempre los otros… Y a veces, como quien simplemente retira el polvo que cubre un diamante purísimo, nos definirá la nieve diciéndonos que parece la “pausa de un dios”.
El poeta de Águilas nos demuestra en estas delicadas páginas que la poesía puede ser, en ocasiones, una brisa tenue que nos acaricia sin que acertemos a explicar por qué nos emociona tanto. Muchas gracias, maestro.

sábado, 15 de junio de 2019

La hojarasca




Nunca la espera de un entierro fue tan angustiosa, tan tensa, tan cargada de electricidad, como la que Gabriel García Márquez nos plantea en las páginas de su novela La hojarasca. El cuerpo que reposa en espera de recibir sepultura es el del doctor que, durante años, ha vivido aislado en su casa de Macondo, alejado del trato con sus semejantes y envilecido por el desprecio de los lugareños. Llegó mucho tiempo atrás, recomendado por el coronel Aureliano Buendía, y encontró hospitalidad en la casa de otro coronel, donde sembró el desconcierto al insistir en sus hábitos de soledad y en su peculiar sistema de alimentación: sólo come hierba, como las vacas. A esa excentricidad se le unen sus ideas religiosas (“Me desconcierta tanto pensar que Dios existe, como pensar que no existe. Entonces prefiero no pensar en eso”) y el insulto incomprensible para los habitantes de Macondo de no haber querido prestar auxilio a las personas que lo necesitaban durante una emergencia, acaecida unos años atrás. Desde aquel instante, todos tragaron saliva y esperaron con ansia el momento en que pudieran ver su cuerpo pudrirse, atravesando las calles del pueblo.
Ahora, ese instante ha llegado, y las tres únicas personas que permanecen junto al cadáver (el coronel, su hija y el nieto) van narrando alternativamente lo que sucede: el sonido tétrico de los alcaravanes, la renuencia del alcalde a conseguir una autorización para el entierro, la impaciencia rencorosa con la que todos los lugareños esperan la apertura de la puerta y la salida del ataúd…
Escrita con elegancia magistral, Gabriel García Márquez ya mostraba en esta obra de 1955 que su prosa y su mirada poseían el don de la excelencia, y anticipaba en sus páginas varios nombres y guiños biográficos que irían desarrollándose en sus narraciones de los años siguientes. La magia comenzaba.

miércoles, 12 de junio de 2019

Crónica de León de Cartagena (1)




En 1990 Santiago Delgado publicó este “compendio épico-mitológico”, como él mismo lo llama en la contraportada, que dedica a Aurora Gil-Bohórquez, su mujer. El número 1 que acompaña al título nos remite de una forma inequívoca a la existencia de un posible segundo tomo, que jamás ha salido a la luz.
Esta primera entrega pública se inicia con la presentación del protagonista, León de Cartagena, Abad de las Jaras, que vive recogido en la paz de su celda “al pie del monte Miral, en la cora de Teudemiro”. El personaje declara ser hijo de Justo de Bizancio, quien desde la lejana Constantinopla se vino para España. El novelista decide que su personaje supere el siglo de existencia, con lo que logra dos efectos de gran vigor: por un lado, la extrema longevidad le ha permitido atesorar en su memoria miles de anécdotas, vivencias, lecturas y conocimientos, que lo habilitan para escribir la proyectada crónica; por el otro, esa anómala perdurabilidad lo aureola de un nimbo mítico, casi vencedor del tiempo, lo que conviene al tono legendario de estas páginas.
El anciano León ama tanto a su Cartagena que se dispone a componer la crónica de esta ciudad, manifestando su deseo de que llegue a ser una especie de Ilíada o Eneida de la misma.
La estructura global de este magno proyecto está claramente organizada y prevista. El primer tomo (el único que hasta ahora hemos tenido oportunidad de leer) se compone de una primera crónica dividida en dos libros (“Libro de Gerión” y “Libro de los Combates”), una segunda crónica centrada en la eficaz venganza de Heracles (“Libro de Hércules”) y una tercera crónica centrada en el mundo romano (“El río del dios de oro”). El segundo tomo, todavía sin entregar a los lectores, se encuentra formado por la crónica IV (“Libro de Justo de Bizancio” y “Libro de la Destrucción de Cartagena”), la crónica V (“Libro de Constantinopla y Alejandría” y “Libro de la Gnosis”) y la crónica VI (“Libro de la pérdida de España”). Como bien se puede apreciar, un vasto fresco imaginativo donde se recorren los inicios míticos de Cartagena, uniéndolos a nombres célebres de la Mitología y la Historia.
La obra hace gala de un poderío verbal e imaginativo tan extremado que produce asombro. Santiago Delgado, con las armas que le da su larga dedicación a la literatura, compone en esta Crónica de León de Cartagena (1) uno de los volúmenes más ambiciosos y logrados de su trayectoria, que probablemente alcance mayor altura cuando nos sea otorgado leer su segundo tomo. 
A lo largo de la historia de la literatura ha habido una enorme cantidad de escritores que han inventado mundos en los que ambientar sus producciones (por ceñirnos estrictamente a los dominios del idioma español, podrían recordarse la Comala de Juan Rulfo, la Santa María de Juan Carlos Onetti, la Vetusta de Clarín, la Oleza de Gabriel Miró, la Sinera de Espriu, el Macondo de Gabriel García Márquez… o las murcianas Hécula de José Luis Castillo-Puche, Myrtia de Salvador García Jiménez, Feliz Gobernación de Miguel Espinosa o Diosondo de Salvador García Aguilar). Pero Santiago Delgado ha elegido, en esta novela, una posición sin duda más complicada y llena de riesgos: la de construir, desde los datos históricos y con el auxilio de su cultura y de su imaginación, una hipótesis sobre la fundación histórico-mítica de la ciudad de Cartagena. Y lo ha hecho manteniendo un difícil equilibrio entre la fantasía y la mezcla de culturas. Santiago ha llevado a término un esfuerzo ciclópeo, en el que revisa e inventa las vidas de Asdrúbal, Teodomiro o Publio Cornelio Escipión; ha hecho que Heracles, Ortro, Arlio o Mastia ingresen en la realidad; le ha regalado entidad corpórea a figuras míticas como Gerión; ha resumido algunos fragmentos del Ramayana; ha fabulado con el origen remotísimo de las chirigotas gaditanas; ha urdido bromas “atlánticas” que sólo alguien del estilo de Erich von Däniken leería sin sonreír; ha mezclado técnicas del cuento, de la novela, del teatro e incluso del poema; ha elegido fórmulas literarias realmente ingeniosas (como cuando dice en la página 79 que los albañiles, con la argamasa, consiguen “solidarizar ladrillos”); y ha trabajado con la sintaxis y con el vocabulario, hasta lograr extraer de cada párrafo, de cada fragmento, de cada adjetivo, toda la música posible.
Raro será el lector que no perciba en esta obra el mimo extraordinario con que la cuidó el autor. Por su lenguaje, por su tema, por su construcción misma, se adivina que Santiago fue consciente, mientras la estaba escribiendo, de que habría de convertirse en el futuro en una de sus obras de referencia.

martes, 11 de junio de 2019

Una del oeste




Dos novelas, que avanzan en paralelo, esperan a los lectores dentro del volumen Una del oeste, de José Javier Abasolo, publicado por Erein. 
Si nos centramos en la primera nos sorprenderemos con el atroz asesinato del charcutero Emiliano Etxebarria, quien ha sido asaltado en su tienda por un drogadicto y ha recibido un impacto de bala que ha puesto fin a su vida. La pronta llegada de la policía, y el eficaz disparo de uno de los agentes, ha abatido también al asesino. Pero lo que parece a todas luces un fatídico accidente doble (un delincuente que pierde los nervios, un policía con puntería asombrosa) pronto se complicará cuando se descubra que el anónimo tendero es, en realidad, el exitoso autor de la serie de novelas del oeste protagonizada por el pistolero Colt Duncan. Las altas jerarquías judiciales desean que el asunto se archive pronto (al fin y al cabo, parece que no existen detalles sospechosos que compliquen la investigación), pero el encargado del caso, el juez Stepan Azkarate, se muestra menos convencido y decide continuar con la investigación.
Centrémonos ahora en la segunda trama, que no es otra que la lectura de la última obra escrita sobre Colt Duncan, que permanece inencontrada tras la muerte de Emiliano Etxebarria y que aporta una elevada dosis de frescura, por su ligereza, su dinámico manejo de los clichés y, sobre todo, su sentido del humor (sugiero a los lectores que reparen en los hilarantes anacronismos que el narrador introduce, hablando en el siglo XIX de César Vallejo, Primo de Rivera, el movimiento gay, Clint Eastwood, Twitter, Íker Casillas, George Bush, el Big Bang, Andy Warhol o Al Capone).
Manejándose con soltura en los dos ámbitos narrativos, el bilbaíno José Javier Abasolo trenza una novela fluida, de agradable lectura y refrescante espíritu, cuyos meandros sorprenden y entretienen. Búsquenla para este verano.

lunes, 10 de junio de 2019

Noticias felices en aviones de papel




Todos llevamos en el corazón y en la memoria una vida que no tiene por qué coincidir necesariamente con la vida exterior por la que los demás nos ven fluir. En ella se mantienen durmiendo, pero sin llegar a desaparecer, imágenes del pasado, emociones del pasado, dolores del pasado.
Es lo que le ocurre a la solitaria señora Pauli, que vive en un viejo barrio de Barcelona sin más compañía que un loro y las esporádicas visitas de su sobrina. Se interesan por ella, eso sí, su vecina Ruth (una antigua hippie que abandonó el mundo alocado de la marihuana y la espiritualidad de cartón piedra tras separarse de Amador, quien aún continúa inmerso en esa vorágine infantiloide) y su hijo Bruno (un adolescente al que los estudios no se le dan especialmente bien y que, a pesar de sus enfurruñamientos, visita a la anciana y le hace pequeños recados).
La señora Pauli nació en Polonia y fue, durante su lejana juventud, bailarina. Le tocó vivir el mundo cenagoso del nazismo, del que logró zafarse huyendo a España. Ahora entretiene sus horas finales lanzando croquetas y galletas por el balcón. También lanza aviones de papel, en los que subraya o escribe frases hermosas, llenas de luz, de esperanza, de felicidad. A Bruno, observando tales acciones, le parece que la pobre mujer está desquiciada, pero cuando descubre el auténtico motivo de las mismas no puede evitar que un escalofrío le recorra la espalda de arriba abajo.
Maestro entre los maestros, Juan Marsé nos entrega en esta obra una reflexión sobre los dolores secretos, sobre la dignidad última que los seres humanos pueden cobijar en su alma y sobre la necesidad de mirar (no sólo ver) a quienes nos rodean. Bellísima.
(Nota bene: sugiero leer las ocho o diez páginas finales mientras se escucha en bucle el Canon en re mayor, de Pachelbel)

domingo, 9 de junio de 2019

Paraíso posible




Se lee en la página 49 de este volumen una frase que además de servir para darle título a la obra actúa, en cierta manera, como resumen, detonante o aleph del mismo: “La infancia es el único paraíso posible”. Pero Pilar Galán, la autora de este feliz trabajo, no se va a limitar a ofrecernos aquí “cuentos sobre la niñez”, sino que despliega un abanico temático y psicológico mucho mayor. Nos hablará de las geografías (y también de sus habitantes) que la infancia incorpora a la casa (“Gormitti”); de aquellos lusitanos que, armados con escopetas, se instalaron casi pacíficamente durante unas horas un pueblecito fronterizo (“La invasión de los portugueses”); de esposas que aguardan el regreso del marido que ha decidido abandonarlas (“La oveja bala”) y de otras que querrían ser ellas quienes tomaran la decisión de partir, aunque al final no se animen (“Pereza de armario”); de la venganza que decide acometer un monitor de piscina contra el catedrático de latín (ahora un anciano) que lo amedrentó durante su juventud como estudiante; de viejas obsesivas que no dejan de pensar en la inminente llegada del fin del mundo; o de madres que odian meticulosamente por amor a sus hijos.
Convincente en la construcción de los relatos y siempre atinada a la hora de elegir su formulación literaria, la extremeña Pilar Galán consigue en este tomo (que le publica De la luna libros) una nueva demostración de su calidad, que no pasa nunca inadvertida. Una de esas voces a las que conviene acercarse con interés: enriquecen y convencen.

jueves, 6 de junio de 2019

Cuentos de la cara oscura




Se hundió Lehman Brothers (lo sabemos muy bien) en 2008 y ese acontecimiento provocó un impacto brutal en todo el mundo, cuyos coletazos aún perduran. No hace falta ser un experto en finanzas internacionales para enumerar las consecuencias bursátiles, políticas o económicas que tal desmoronamiento generó. Pero sí que hace falta ser un experto en la mirada (y en el corazón, y en la escritura) para convertir ese desastre estructural en materia literaria. Así, nos dice José Antonio Sau que se vio impulsado a escribir este libro porque “quizás, ha faltado darles voz a los verdaderos protagonistas de la crisis, a todos aquellos que, de una forma u otra, no han tenido suerte y han debido remar con la marea en contra” (p.15).
Nace así Cuentos de la cara oscura, una colección de relatos donde descubrimos a los escombros humanos de aquel hundimiento inmisericorde: la cajera de supermercado que hace la vista gorda mientras un desgraciado roba productos que no puede pagar (“Cuento de la cara oscura”); la mujer que invierte todos sus ahorros en chucherías para venderlas durante la Semana Santa de Málaga y que ruega al Cristo para que la lluvia no arruine su esperanza (“El carrito”); un concejal de pueblo que ha sucumbido a la tentación de la venalidad (“El imperio de los sobres”); un joven afectado de ELA que es atendido por un cuidador casi sesentón, acuciado por el paro (“El dependiente”); una maestra interina en un colegio privado, que debe sufrir la mala educación de alumnos y familias, por temor al despido (“Cosas de niñas”); la bella joven brasileña que es engañada por una mafia de la prostitución (“Nadia”); o la chica joven que, abandonada por el marido, debe enfrentarse a un terrible desahucio (“Lucía”).
Convincente en sus argumentos y en su desarrollo narrativo, José Antonio Sau nos entrega un trabajo literario de triste belleza y de primera magnitud, que nos recuerda muchas situaciones lamentablemente cercanas, que todos hemos vivido en los últimos años.

miércoles, 5 de junio de 2019

Como una buena madre




Potente como un huracán, el nombre de Ana María Shua (Buenos Aires, 1951) se yergue entre los grandes de la literatura argentina gracias a sus ensayos, relatos, poemas y novelas, todos de una calidad incuestionable. Acercarse a sus obras es sumergirse en un universo lleno de fascinación y magia, como el que nos embriaga en las páginas de este libro de relatos, publicado en el año 2002.
De un modo magistral, la escritora nos acerca hasta los agobios extremos de una mujer que atiende a dos hijos pequeños y un bebé, los cuales la sofocan con sus gritos, desobediencias, escatologías y gamberradas, generándole la sensación triste de que no cumple bien su papel (“Como una buena madre”); nos pedirá que acompañemos a la familia Ramos hasta Disneyworld y, posteriormente, a un asombroso espectáculo vudú, tan repulsivo como impresionante (“Auténticos zombis antillanos”); nos sumergirá en una historia de boxeo y determinismo que tiene al Flaco como protagonista y a Dani (hijo del narrador) como detonante (“La revancha”); nos susurrará al oído una preciosa fábula sobre el sentido de la vida y sobre sus azares y sorpresas (“Princesa, mago, dragón y caballero”); nos hará subir con Joaquín y Claudia a un coche que se verá implicado de forma tangencial en un crimen machista (“La mujer herida”); o nos pondrá ante los ojos al singular Juan Domingo, un ahijado de Perón que, determinados días de la semana, sufre la espeluznante metamorfosis que lo convierte en una bestia (“Vida de perros”).
Yo me he sentido particularmente atraído por la historia que cierra el tomo y que lleva por título “La columna vertebral”, una melancólica reflexión sobre el paso del tiempo y sobre los vaivenes y claudicaciones que la vida termina imponiéndonos: tras reencontrarse con su antiguo novio Alejandro Mallet en un congreso médico, la deportóloga Stella Dossi se deja llevar por los recuerdos y, olvidándose de su marido, se acuesta con él. Tras el sexo, y casi como cierre del volumen, la mujer se queda pensativa, dejando que Ana María Shua nos deslice estas líneas donde nos muestra cómo se siente su protagonista: “Vio la carne floja de los brazos y el vientre péndulo, colgando en un pliegue flácido sobre la pelvis, las mejillas mustias, el mentón borrado, el rimmel borroneado alrededor de los ojos, las arrugas abriéndose como grietas polvorientas en la gruesa capa de maquillaje, una mujer vieja, sucia, ridícula, ansiosa todavía por ofrecer su carne demasiado madura, un durazno blando y arrugado que alguien se olvidó de poner en la heladera. Una Wendy amatronada, menopáusica, sudorosa, que ve entrar una vez más, por la ventana, la figura siempre igual a sí misma de Peter Pan y sabe que ya no viene por ella, que no la recuerda ni la busca, una Wendy en la que es inútil gastar polvo de estrellas porque es demasiado pesada para volar hasta la isla de Nunca Jamás”.
Un libro hermosísimo y perdurable.

lunes, 3 de junio de 2019

Cartas a Felice




Hecho 1: estas Cartas a Felice, del checo Franz Kafka, están traducidas por Pablo Sorozábal, ocupan más de ochocientas páginas y han sido editadas por el sello Nórdica en un sólido volumen encuadernado con tapa dura.
Hecho 2: resulta imposible elaborar un resumen o reseña de todas las emociones, positivas y negativas, tentaculares o concentradas, risibles o dramáticas, que en el volumen laten. Es tarea condenada al fracaso.
En síntesis (y debo advertir que la síntesis es inevitablemente pobre, porque se edifica sobre la poda de matices), Franz se preocupa al principio de atraer a Felice y, después, cuando ella acepta la relación y todo parece que se encamina hacia el matrimonio, da la sensación de tragar saliva y comienza a poner inconvenientes: se dibuja a sí mismo con tintas negativas, enumera sus defectos, la atosiga con preguntas y exigencias de cartas, le recuerda su salud precaria y sus numerosos ángulos temibles, le expone lo reducido de su sueldo… Pero cuando aprecia que Felice se distancia o se enfría vuelve al acoso, recordándole que es indispensable para él, que su vida carece de sentido sin ella y que deben verse. Y cuando ella se pliega a ese encuentro, a Franz vuelve a dominarlo el pánico y repite el ciclo. Al final, tras dos compromisos matrimoniales fijados y después cancelados por el inestable Franz, sus caminos se separaron para siempre.
Lo ilustraré con citas de la obra, en lo que podríamos definir como resumen-viaje por las emociones del libro.
Comienza previniendo a Felice Bauer, con el disfraz del humor, contra sí mismo (“¡Qué humores me dominan, señorita! Una lluvia de neurastenias cae ininterrumpidamente sobre mí”, 15). Y de inmediato alude a su destino literario, el único que parece preocuparle (“Mi vida, en el fondo, consiste y ha consistido siempre en intentos de escribir, en su mayoría fracasados”, 36). Después descarga su primer mazazo (“Yo no tendré nunca un hijo”, 54), aunque más tarde intente conmoverla con una súplica tímida (“Necesito más afecto del que merezco”, 56), que vuelve a girar hacia la prevención (“Estoy justo lo suficientemente sano para mí, pero no para el matrimonio, y menos aún para tener hijos”, 61).
Cuando Felice ya ha dado muestras bastantes de mostrarse comprensiva con él y ha tolerado más de una rareza y más de un exabrupto, Franz recurre a una imagen tan nítida como infranqueable (“Tengo la sensación de estar ante una puerta cerrada, detrás de la cual vives tú, y que jamás se abrirá”, 318); y trata de frenar las ilusiones de convivencia de la muchacha (“A mi lado no podrías vivir ni dos días seguidos”, 323-324). Franz no desdeña ni siquiera las hipérboles más risibles o disparatadas para mitificarse negativamente (“Con el despliegue de energías que necesito para mantenerme con vida y no perder el juicio hubiese podido construir las pirámides”, 362). Obsesionado con la voluntad de desanimar a Felice le explica que si se casaran él se encerraría a escribir en su cuarto y no querría trato con familiares o amigos; que apenas aceptaría hablar con ella más que unos minutos al día, si se encontrara de humor por el buen resultado de su escritura; y que, por ejemplo, no estaría dispuesto a admitir más dieta doméstica que la vegetariana (que ambos deberían respetar a rajatabla). Y concluye: “Ojalá poseas el don de no decepcionarte” (444). Este retrato íntimo llega a extremos patológicos cuando Franz le indica a Felice: “Estoy tirado en el suelo a tus pies y te suplico que me eches a patadas” (467). No obstante, se quejará amargamente cuando ella, intimidada por tantas rarezas, inconvenientes y prevenciones, decida distanciarse de él. Entonces se sentirá triste, abandonado, incomprendido y golpeado por un infortunio que no se merece y que lo conduce de nuevo a la queja hiperbólica (“Mi infelicidad es más grande que todas las montañas”, 686).
Ese tobogán de emociones explosivas se repite una y otra vez, quizá porque, como le escribió Max Brod a Franz, “tú eres dichoso en tu desdicha”.
Si has leído alguna obra de Kafka (o más de una) y has quedado prendado de la personalidad del escritor checo, aquí encontrarás un material riquísimo para formarte una imagen más completa sobre él.
Imprescindible.

domingo, 2 de junio de 2019

Las vidas de Miguel de Cervantes



Cuando nos paramos a recopilar los datos conocidos sobre la vida de Miguel de Cervantes Saavedra descubrimos que, a despecho de lo que afirman algunos comentaristas (y teniendo en cuenta que hablamos de una persona nacida en el siglo XVI), su número es elevado. No está ahí el problema, ni mucho menos, sino en la avaricia admirativa que nos impulsa a querer saberlo todo del egregio escritor y que, no viéndose colmada, nos conduce al abatimiento hiperbólico. Querríamos conocer cuantos pormenores que lo rodearon; qué hizo cada día de su atrafagada existencia; qué pensamientos lo enaltecieron o flagelaron; qué discusiones mantuvo y con quiénes; qué palabras de amor escucharon sus oídos; en qué minuto exacto concibió el germen de su héroe manchego; cuál fue (¿la fe?, ¿el desaliento?, ¿la conformidad?) la última de las emociones que anidaron en su espíritu, mientras agonizaba.
Andrés Trapiello, lector y estudioso del alcalaíno, aborda en Las vidas de Miguel de Cervantes un proyecto ambicioso y distinto, más interesado en una aproximación humana al creador de don Quijote que en un vademécum de erudiciones polvorientas. Y eso le permite, entre otras cosas, darnos una figura cercana, acariciada por luces y por sombras, en la que pueden depositarse elogios, pero sobre la que adherir también etiquetas negativas cuando la justicia lo exija: su adulterio con una mujer casada (Ana Villafranca); la forma servil en que se aproximó a ciertos personajes de alta alcurnia, de quienes esperaba obtener beneficios (“Sus relaciones con la nobleza rozan en ocasiones las zonas oscuras de la indignidad”); etc.
No se contempla en esta semblanza la posibilidad de elaborar una teoría unificada sobre Cervantes e irla aplicando a todos los tramos de su existencia, porque Trapiello sabe que no existe “nada como una teoría para ser esclavo de ella” y que lo blanco se puede revelar negro, o al revés, en cuestión de horas. Aquí buceamos por el alma (y por la biografía) de un novelista brillante que también fue un gris funcionario, y un padre discutible, y un envidioso vergonzante de otros escritores (Lope), y un soldado discreto. De todas esas vertientes anímicas y creativas nos ofrece Andrés Trapiello diversas interpretaciones históricas, para que juzguemos y extraigamos nuestra propia opinión.

Y le sirve también el tomo para pronunciarse sobre otros escritores y críticos, como el ensayista que rechazó escribir esta obra de encargo, pese a haber dedicado a otros escritores su interés y su “estrábica donosura”; como ciertos críticos puntillistas hasta lo risible (“cualquier senabrillo salmanticense”); como Eugenio d’Ors (“Goethe de la calle Condal”) o como Céline (“escritor mediocre”). 
Un trabajo luminoso para amantes de don Quijote y de su autor.


jueves, 30 de mayo de 2019

Autobiografía de un esclavo




Que un escritor nos cuente en su libro los sufrimientos que tuvo que padecer una persona privada de libertad no constituye una aventura literaria demasiado innovadora: lo hemos leído en La cabaña del tío Tom, de Harriet Beecher Stowe, en Raíces, de Alex Haley, o en Beloved, de Toni Morrison. Pero que sea el propio esclavo el que tome la pluma y nos traslade en primera persona su testimonio ya es circunstancia mucho menos habitual y, por su misma rareza, mucho más cruda e impactante.
Es lo que sucede en las páginas de esta Autobiografía de un esclavo, que escribió el cubano Juan Francisco Manzano en la primera mitad del siglo XIX. Nacido quizá en 1797 (la fecha es incierta), fue un mulato que tuvo que soportar unas condiciones de vida bastante duras (“Por la más leve maldad de muchacho me encerraban por veinticuatro horas en una carbonera sin tablas y sin nada con que taparme”, anota en la página 63); que quedó marcado físicamente por todas las tribulaciones que hubo de soportar (“Yo he atribuido mi pequeñez de estatura y la debilidad de mi naturaleza a la amarga vida que he traído desde los trece o catorce años. Siempre flaco, débil y extenuado”); y que no encuentra más exacto retrato de su situación que el que le proporciona la hipérbole (“No hallo un solo día que no esté marcado con algún percance lacrimoso para mí”).
En efecto, nos da cuenta de cómo fue metido en el cepo por cortar, para olerlas, unas hojas de geranio; cómo por la desaparición de un capón (de la que era inocente) se vio atacado por unos perros, que le mordieron y marcaron la cara; o cómo la señora marquesa, a cuyo servicio estaba, le dejó bien claro que incluso en el caso de que heredara o recibiera algún dinero éste le pertenecería a ella, puesto que así lo determinaba la ley isleña de entonces.
Una obra descarnada, triste, reveladora y contundente, que nos muestra muchas de las miserias de la esclavitud, una lacra que, en Cuba, no fue abolida de manera oficial hasta 1886 y que todavía persiste en algunos países.

martes, 28 de mayo de 2019

Los funerales de la Mamá Grande




Si conocer las obras literarias de Gabriel García Márquez me deparó asombro y admiración sin límites durante mi juventud, revisitarlo treinta años más tarde me provoca los mismos sentimientos, aumentados pese al filtro escéptico de la madurez. Cómo es posible que la prosa del colombiano alcance estos niveles de perfección, de pureza absoluta, de magnetismo sin igual, lo ignoro. No creo que la clave resida en la sintaxis, ni en el vocabulario, ni en los temas, sino en algo etéreo a lo que, con tanto aplauso como reverencia, no conviene llamar sino literatura. Como aquel vate que sugirió que aventásemos los versos y que, si algo quedaba al final, lo llamásemos poesía. Algo de ese estilo.
Los funerales de la Mamá Grande es una colección de cuentos que nos hablan de un mundo llamado Macondo, poblado por dentistas rencorosos, alcaldes violentos, ladrones torpes, constructores de jaulas, curas nonagenarios que ven al demonio, matriarcas todopoderosas, campesinos acostumbrados a la rutina del silencio, calles azotadas por el sol y almendros polvorientos. Y en ese mundo rigen normas que lo convierten en un cosmos particular, donde queda abolida la lógica. O donde, mejor aún, impera otra lógica distinta: que los pájaros decidan suicidarse lanzándose contra las alambradas de las casas; que un pobre infeliz robe tres bolas de billar y ese hurto mínimo conmocione la vida local; que el papa decida abandonar su residencia veraniega en Castelgandolfo para acudir a un funeral en medio del trópico… Aceptados esos parámetros, ese orden nuevo, el lector recibe como recompensa un manojo de historias inolvidables donde se le habla de ambición, de amor, de tristeza, de poder y de mezquindades.
Es obvio que voy a releer todas las obras de Gabriel García Márquez, si la vida y los ojos me respetan. No estoy dispuesto a renunciar a ese placer inmenso. Queda inaugurado el retorno.

lunes, 27 de mayo de 2019

Discursos para sordos




Leo Discursos para sordos, del pedante Guillermo Díaz-Plaja (Magisterio Español, Madrid, 1968), un volumen de artículos en los que este ensayista y profesor va señalando lacras de la sociedad española, por si alguien tiene interés en ponerles fin. El objetivo no es malo, obviamente, pero hay que reconocer dos cosas: la primera, la ñoñez poco atractiva de su estilo periodístico, plúmbeo, pedestre y alcanforado; la segunda, la insufrible soberbia de quien se cree en posesión de la verdad y de la virtud, y tilda de “sordos” a quienes no le prestan extasiada obediencia. Esta frase que aparece en el prólogo es un buen indicio: “El español medio está aquejado de una grave sordera espiritual. Tengo pues la vaga aprensión de haber perdido el tiempo”. A partir de esa fatuidad, el resto. Es muy triste que un hombre de su linaje tenga que descender hasta nuestros torpes oídos para enseñarnos y sacarnos de nuestra cerril ignorancia.

domingo, 26 de mayo de 2019

El jurista (Floridablanca)




Novelar la vida de un personaje histórico es, aunque arduo desde el punto de vista técnico (por la documentación que comporta), relativamente sencillo: basta con tener buena prosa, manejar adecuadamente las fichas e imprimir cierta fluidez a la narración. Nada que esté fuera del alcance de un aplicado amanuense.
La gran proeza consiste en meterse bajo la piel del personaje en cuestión, vivirlo, y dejar que sea él mismo quien, usando la primera persona, nos exponga su intimidad, sus opiniones, sus razonamientos, sus argumentos, sus excusas, sus petulancias, sus miserias, sus grandezas, sus conclusiones. Y que ese huracán de palabras nos entregue a una persona compacta, y no a un simple muñeco de perfiles manipulados o difusos.
Santiago Delgado ha tenido el coraje narrativo de enfrentarse a la figura ciclópea de don José Moñino, conde de Floridablanca, secretario de Estado a finales del siglo XIX y presidente de la Junta Suprema Central que se constituyó en 1808. Y lo ha hecho (el esfuerzo lo honra) transitando por el camino más complicado: el de ceder la palabra al protagonista, el de facilitar la voz al insigne murciano, el de ser Floridablanca durante 414 intensas páginas, para que sintamos no solamente sus ideas sino hasta los latidos de su corazón. El resultado de ese esfuerzo encomiable se titula El jurista (Floridablanca) y ha visto la luz hace bien pocas semanas. Descubrimos ahí al hombre que apura sus últimos días en la capital andaluza (“Así que va a ser aquí, en Sevilla, donde voy a morir”); que reflexiona sobre el flujo del existir (“¿La vida es hacia arriba o hacia abajo? El tiempo es llano. Y acaso sean lo mismo el ayer que el mañana para Dios. El presente nunca pasa”); que nos comunica lo tranquila que está su conciencia (“Me voy habiendo servido, y sirviendo, con mi talento y honesto saber, al Reino de España”); que nos expone sus opiniones sobre los personajes con quienes hubo de relacionarse de un modo u otro durante su trabajo (Fernando VII, José Bonaparte, el conde de Aranda, Godoy, etc); o que incluso nos estremecerá con una pregunta tan breve como inmensa (“¿Cómo será ese minuto en cuyo comienzo aún vivo, y en cuyo término ya no?”).
Una lección de historia. Una lección de literatura. Una lección de integridad.

miércoles, 22 de mayo de 2019

Extravíos




Me produce pánico leer a Emil Cioran; pero, sin embargo, basta que caiga en mis manos una obra suya que aún no he recorrido o que se anuncie la publicación de un inédito para que me abalance sobre el tomo con voracidad masoquista. Me produce pánico leer a Emil Cioran porque cada línea la voy leyendo con mayor lentitud y la siento como un estilete que se me clavase impiadoso en el corazón o en el cerebro. Me produce pánico leer a Emil Cioran porque la coraza que suelo ponerme en la primera página (para enfrentarme a sus pensamientos con fría calma analítica e incluso con jovial escepticismo) cae al suelo cuando subrayo con el rotulador rojo la primera frase impactante. Me produce pánico leer a Emil Cioran porque, aunque intento protegerme contra su pesimismo, siempre acabo por calificarlo de lucidez y rindiéndome a sus conclusiones.
La editorial Hermida publicó en abril del año pasado, gracias a la traducción de Christian Santacroce, su obra Extravíos, en la que vuelvo a experimentar todas las sensaciones antes descritas y de la que salgo con un rumor de viento en la cabeza (no sé si viento del desierto o viento del Himalaya). Así que anotaré diez o doce de las frases que he subrayado y trataré de no leer ningún libro más de este rumano… hasta el siguiente.
“No damos voz sino a los dolores que no tienen nombre; los otros –que conforman la textura y sucesión de los instantes– los arrojamos al cubo de la evidencia”. “Ser extranjero en cualquier país, en cualquier orbe: elevar tu estado jurídico a calidad metafísica”. “Ningún ideal pesa más que otro. La ingenuidad, la estupidez o la generosidad los han vivificado a todos, por turno. Nadie ha estado en el error, como nadie ha estado en la verdad”. “Quien ha perdido la alegría ingenua de la banalidad ya no tiene nada que gustar en la vida”. “La vida sólo es soportable por el hecho de que nadie coincide con el dolor de nadie”. “La tumba es la única farmacia de la melancolía”. “Quien se consagra a un ideal lo hace por no enfrentarse a sí mismo”. “En el fondo nadie, absolutamente nadie, es capaz de asumir el sufrimiento de otro”. “El partisano de una secta política vive la obsesión de la mayúscula, exactamente igual que cualquier creyente”. “La genialidad negativa del suicidio”. “¿Será que acaso los suicidios verdaderos son los no consumados?”.

martes, 21 de mayo de 2019

Calcomanías




Apenas una semana he tardado en volver a los versos de Oliverio Girondo, del que ahora descubro sus Calcomanías, cuya potencia verbal me sigue deslumbrando, al igual que la fortaleza imaginativa de sus recursos. Creo que no se ha hecho demasiada justicia a este hombre, amodorrándolo en un escalón secundario de la literatura. Su talento y sus armas líricas merecían más, mucho más. ¿Por qué no figura entre los “grandes”? Pues lo ignoro. Para mí, desde luego, se trata de un poeta valioso, al que aplaudo tras haber leído dos de sus producciones. Quizá (es una posibilidad que deslizo) cada lector deba construirse de forma individual su propio Olimpo, con los poetas, dramaturgos, cuentistas, ensayistas o novelistas que han logrado emocionarlo durante su vida. Creo que Girondo podría estar en el mío.
Dice de los parroquianos de los cafés que “los limpiabotas les lustran los zapatos hasta que pueda leerse el anuncio de la corrida del domingo”. Es magistral: un retrato insuperable. Habla también de personas que “se anestesian de siesta”. Y cuando retrata para nosotros la angustiosa visión de unos mendigos afirma que tienen “dos ombligos en los ojos y una telaraña en los sobacos”. Además, se permite la jocosa irreverencia de anotar que las figuras de un desfile de Semana Santa tienen “todas las características del criminal nato lombrosiano”.
Qué estilista. Qué agudo e implacable observador. Qué poeta.

lunes, 20 de mayo de 2019

1314, la venganza del templario




Quizá nunca se aclare, con nitidez o exactitud, por qué el 13 de octubre de 1307 se produjo una brutal redada contra la Orden del Temple, en la que fueron detenidos docenas de sus caballeros (entre ellos, Jacques de Molay, el último Gran Maestre). Para ofrecer una explicación a esta inesperada orden del rey Felipe IV de Francia se han barajado motivos económicos, religiosos, estratégicos e incluso esotéricos, pero ninguno que convenza a todos los especialistas, pues demasiados misterios quedaron en pie y nos siguen inquietando: ¿por qué se interrogó, encarceló y torturó durante siete años a De Molay, si sus enemigos no precisaban de ningún barniz legal para justificar sus acciones? ¿Por qué nunca aparecieron los ingentes tesoros que se presumían en posesión de la Orden? ¿Qué se hizo de las reliquias y documentos que, aparentemente, se hallaban en su poder? ¿Por qué nadie intercedió por ellos, ni dentro ni fuera de Francia, después de haber sido durante décadas los más grandes defensores de la fe en los Santos Lugares?
Aprovechando esas grietas para componer su relato, el escritor Francisco Javier Illán Vivas acaba de obtener el accésit en el VI premio Alexandre Dumas de Novela Histórica por su obra 1314, la venganza del templario, que ya desde su título promete (y en su desarrollo cumple) emociones, aventuras y misterios. Adentrándonos por sus páginas descubriremos las curiosas costumbres sexuales del monarca francés, las habilidades homicidas del sarraceno Amer Belhadj el Afalah, la sensualidad turbadora de la condesa Margarita D’Artois, la asombrosa fortaleza física y espiritual del torturado Gran Maestre o la fidelidad inquebrantable del freile aragonés que protagoniza la acción y cuyo nombre no conoceremos hasta la última línea.
Después de haber leído las anteriores producciones novelísticas del molinense Francisco Javier Illán, y resultando todas interesantes, creo que nos encontramos ante su obra más completa, más cuajada, mejor perfilada y más notablemente construida. Una novela llena de persecuciones, asesinatos sangrientos, torturas espeluznantes, misterios de fe y tórridas escenas sexuales, que impiden dejar el libro hasta su última página. Seguro que muchos de sus lectores corroborarán mi juicio.

sábado, 18 de mayo de 2019

Sab




Lo bautizaron como Bernabé, aunque prefiere ser conocido por otro nombre, con el que se identifica más cordialmente: Sab. Vive en Cuba, es mulato, procede de una estirpe muy elevada (afirma ser hijo de una princesa)… y es esclavo. Toda su vida ha transcurrido en la hacienda azucarera de don Carlos, donde jamás ha recibido (así lo asegura) vejaciones ni palizas. En su situación, incluso podría sentirse razonablemente dichoso (si cabe la dicha cuando se encuentro uno privado del derecho a la libertad), pero el problema es que está enamorado de su señorita, Carlota, la hija adolescente de don Carlos. Esta arrebatadora pasión, que logra mantener en secreto ante todo el mundo, sufrirá un duro golpe cuando se entere de que un rico heredero acaba de pedir la mano de la muchacha, y que los padres de ambos se muestran de acuerdo con la unión. Y el golpe es más duro todavía porque Sab está convencido de que el joven viene a conquistar a la chica no por su belleza o dulzura sino por el dinero de su progenitor.
Así arranca la novela escrita en el siglo XIX por Gertrudis Gómez de Avellaneda, una escritora hispanocubana que se inscribe en la corriente romántica y que nos muestra aquí sus opiniones sobre el amor, sobre la renuncia, sobre el sacrificio, sobre la esclavitud y sobre otro buen número de sentimientos humanos. A veces, éstos resultan exageradamente histriónicos, sobre todo en los tramos en que se dibuja al personaje protagonista como una especie de santo laico, virginal y abnegado, capaz de renunciar a todo por el amor purísimo de la jovencísima Carlota; pero en líneas generales se puede leer la obra sin demasiado fastidio.

viernes, 17 de mayo de 2019

Quién de nosotros




Ignoraba la existencia de esta primera novela de Mario Benedetti, publicada en el año 1953 con el título de Quién de nosotros. Para mí, erróneamente, La tregua (1960) constituía su primer asalto novelístico. Por fortuna, esta edición que ha caído en mis manos ha deshecho el equívoco y he podido acercarme a la historia protagonizada por Miguel, Alicia y Lucas, que se inicia convencional y se clausura sorprendente.
Miguel es un muchacho tímido, hijo de un padre brusco y enérgico y de una madre apocada. Nunca se ha considerado especial por ningún concepto: ni es brillante, ni resulta un gran conversador, ni destaca por su belleza física. Así que cuando en el liceo conoce a la fulgurante Alicia no alberga demasiadas esperanzas de llegar a resultarle atractivo. Son amigos, eso sí; y caminan siempre juntos hacia casa. Pero el muchacho siente que no logrará pasar de ese punto, y que en realidad está bien que así sea, porque él no se merece (ni sería capaz de retener) a una joven como ella. Es entonces cuando surge Lucas, de verbo fácil y ademanes bastante desenvueltos, que se situará involuntariamente entre ambos.
Dividida en tres bloques narrativos (donde toman la palabra cada uno de los tres implicados para dar su particular versión de los hechos y resumirnos el devenir de sus vidas), Quién de nosotros plantea el tema del triángulo amoroso (con sus mieles, pero sobre todo con sus acíbares) desde un enfoque muy original, sobre todo con el giro que Benedetti imprime a la historia desde el personaje de Lucas, que es escritor y que obliga a ralentizar la lectura para comprender los matices y los nuevos laberintos de la historia. Tras haber asistido a una narración bastante previsible en su línea argumental durante los dos primeros bloques, Benedetti nos zarandea por sorpresa en el tercero.
Un inusual debut del escritor uruguayo que, al parecer, pasó bastante inadvertido entre críticos y lectores.

jueves, 16 de mayo de 2019

Campos de Níjar




Acabo, en muy pocas horas, el libro de viajes titulado Campos de Níjar, de Juan Goytisolo, en una hermosa edición de Seix Barral. Y, a riesgo de convertirme en objeto de críticas o de dar una imagen siempre negativa de este autor, diré con claridad que no me ha convencido.
Me parece ridículo elegir como lugar de visita y crónica un territorio por el mero hecho de que otros lo omitieron en sus viajes (ese "descuido" achaca Goytisolo a los autores de la generación del 98 con respecto a esta tierra). Además, veo muy pocas “gracias literarias” en este texto. Quizá (habrá quien aventure esa explicación) ha querido reflejar con esta ausencia de “literatura” la sequedad de la zona descrita, pero conviene añadir de inmediato que Juan Rulfo lo hizo mejor: no se antoja excusa válida. 
Veo también falso el sentimentalismo llorica de las páginas finales, cuando el narrador ha tenido los santos cojones de dejar con la palabra en la boca al pobre Juan, quien en el capítulo IX le pedía que lo llevase a Barcelona para tener una meta en su vida: ¿cómo se pasa de la imperturbabilidad al llanto estremecido en cuestión de unas pocas líneas?
Lo que sí me ha impactado ha sido la descripción del vendedor de tunas en el capítulo V: sabe que el narrador se las compra por lástima y, por tanto, se niega a cobrárselas; pero le acepta el dinero… ¡como limosna!
Si efectúo la comparación de esta obra con los volúmenes de viajes de Camilo José Cela (por citar un solo caso egregio), esto no vale gran cosa.
Dudo que repita con este autor.

martes, 14 de mayo de 2019

Veinte poemas para ser leídos en el tranvía




Cuarto libro de poesía que leo o releo en este mes de mayo, y todos me aportan gratos instantes de felicidad. Ahora me sumerjo en las páginas de Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, de Oliverio Girondo, en la edición de Trinidad Barrera (Visor, Madrid, 1995). Son espléndidos los juegos de palabras de este autor, su búsqueda de expresiones líricas renovadoras, su coqueteo constante con el ritmo, la sintaxis y el vocabulario. Formidable, formidable de verdad. Podría ahora añadir más explicaciones, pero serían palabrería innecesaria: me deja tan delicioso sabor de boca que lo más oportuno es, creo, comprometerme a seguir con sus versos dentro de unos días. Es el mejor homenaje.
Me encanta que explique cómo “las olas alargan sus virutas sobre el aserrín de la playa”, que nos hable de “chicas que se inyectan novelas y horizontes”, que nos indique que “no hay ternura comparable a la de acariciar algo que duerme” o que nos retrate “unos ojos excesivos, que sacan llagas al mirar”.
Delicioso.

lunes, 13 de mayo de 2019

El invierno en sus brazos




Me apetecía releer, dieciocho años más tarde, el libro de poemas El invierno en sus brazos, de mi hermano Pascual García (Universidad, Murcia, 2001), un ejercicio espléndido de bellezas y Belleza. Hay en su poesía latidos, emoción, susurros de un viento que pasa y se lleva la vida, latidos de un corazón que se asoma con timidez al brocal de los labios y expande su melancolía. Pascual ha encontrado el modo de decir con sus palabras la Palabra, y en eso se revela que es un poeta de honda configuración y de inquebrantable futuro, cuyos versos no son (no lo han sido jamás) meros pasatiempos estilísticos, sino profunda verdad revelada e inmortalizada en el papel.
Pascual ha habitado las palabras y se ha hecho en ellas refugio, vivienda, hogar; y ha aprendido a usarlas como un manto contra los fríos del tiempo. He aquí el amor, y las caricias, y la cascada de los meses, que moja el alma de los hombres. No es Pascual un poeta del tiempo, sino “de tiempo” (lo cual es más).
En la lectura inicial, que hice en diciembre de 2001, subrayé en el libro estos dos versos, que sigo encontrando magníficos: “Pasan los años y la vida tiene / el color de los sueños incumplidos”.
Es uno de mis poetas.

domingo, 12 de mayo de 2019

El mundo es ansí




Sacha es una joven rusa, altamente idealista, que ha decidido estudiar medicina para contribuir a la mejora del mundo. Y lo hace pese a la oposición de su padre, el despótico y arbitrario general Savarof, quien no se muestra nada partidario de las ideas avanzadas de su hija y quien tolerará de mala gana su dedicación a los estudios, las reuniones de jóvenes revolucionarios y la vida bohemia, en la cual se relacionará con todo tipo de personajes, desde la ingenua Vera hasta el ambicioso Klein. Dos matrimonios fracasados, viajes por numerosos países y una llamativa frase grabada en piedra en el pueblo español de Navaridas impregnarán al final el alma de Sacha.
Con prosa rápida, párrafos cortos y capítulos ágiles, Baroja nos va retratando no sólo la vida de los protagonistas, sino también mil y una anécdotas de personajes secundarios, que se cruzan con ellos y enriquecen nuestra visión de aquel mundo y de aquel tiempo.
Obviamente, nos encontramos en estas páginas con lo más representativo del escritor vasco: un cierto desaliño estilístico, la tendencia a presentar ideas chocantes en forma de diálogo entre sus criaturas, sus constantes ataques a los judíos, la admiración evidente por Tolstoi y Dostoievski, su fobia por Calvino (“sombrío dictador de Ginebra”), su rechazo por el Corán (“Es la cosa más pesada y fastidiosa que pueda usted imaginarse”) o su visión sarcástica del amor (“Es una mentira que a la luz de la ilusión tiene el carácter de la verdad”). En suma, un volumen con el que resulta imposible aburrirse, aunque no se encuentre entre las producciones más señeras del donostiarra.

viernes, 10 de mayo de 2019

Tanta pasión para nada




Muy variados son los argumentos que nutren Tanta pasión para nada, de Julio Llamazares, pero el efluvio que todos desprenden y que se traslada hasta los ojos del lector y penetra en él es uno solo: la melancolía. O, dicho con más palabras y con más detalle: la impronta que la tristeza, la añoranza, la derrota o el fracaso graban sobre la piel del corazón.
Y muchas serán las vasijas argumentales que maneje el gran autor leonés para servirnos ese licor: el futbolista que se enfrenta a la jugada más difícil de su trayectoria profesional, mientras recuerda cómo lo ha tratado la vida hasta llegar ahí (“El penalti de Djukic”); el jubilado de Correos que, embarcado en un amargo proyecto de despedida, se reencuentra con alguien imprescindible de su ayer (“Los viajes del tío Mario”); el periodista que, en plena Nochebuena, se descubre solo e idea una farsa para disminuir la acrimonia del instante (“El amigo invisible”); y, sobre todo, una gran número de personas avasalladas por la guerra civil de 1936, de quienes conocemos su amargura íntima (creo que “El médico de la noche” es el relato más perfecto en ese ámbito).
Un libro para degustar en silencio y con lentitud y que nos deja perlas como esta fábula con la que cierra sus páginas y que no me resisto a copiar: “Mis padres se pasaron la vida pensando en el día de mañana. Tú piensa en el día de mañana; tú ahorra para el día de mañana, me decían. Pero el día de mañana no llegaba. Pasaban los meses y los años y el día de mañana no llegaba. Hoy, de hecho, mis padres ya están muertos y el día de mañana aún no ha llegado”.

miércoles, 8 de mayo de 2019

Relatos de Trab el Bidán




Ocurre en muchas ocasiones que ignoramos casi todo (o al menos demasiado) sobre aquellas cosas, personas o lugares que se encuentran más cerca de nosotros. Sirva el ejemplo de nuestros periódicos e informativos televisados, que nos bombardean de continuo con Venezuela o Bruselas, con Estados Unidos o Londres… pero omiten casi cualquier noticia que se produzca en entornos más próximos. Pienso sobre todo en Portugal y en Marruecos, dos países unidos en el pasado de forma estrecha con el nuestro, y a los que ahora dispensamos un raro desdén absurdo. Quizá por eso me gusta frecuentar los libros donde sus autores o paisajes adquieren protagonismo.
El último ejemplo que he visitado es el magnífico volumen Relatos de Trab el Bidán, del curioso viajero Mariano Sanz Navarro, que nos acerca en sus páginas al mundo del Sáhara, a la Hammada de Tinduf y a los muchos orbes que estos lugares encierran: el silencio sobrecogedor del desierto; las ceremonias y los rituales del té; los lugareños y su forma de ver las cosas (“El beduino no tiene, ni quiere tener, más cosas de las que puede transportar a lomos de sus bestias, nada en su ajuar es definitivo o estable, todo debe ser transportado con facilidad, susceptible de pérdida y por tanto reemplazable. A nada debe tenerse un apego irrenunciable, pues todo es efímero. No puede haber libertad si no se está dispuesto a prescindir de todo; por eso el beduino es libre; nació sin nada, nada tiene, cúmplase la voluntad de Alá”); los borriquillos que protagonizan historias tiernas y educativas, con innegable sabor medieval; las rocambolescas aventuras que pueden sobrevenir a la persona que, huérfana de conocimientos sobre el mundo de las aduanas, decide traerse un animal disecado a su país; los estómagos que se blindan con las comidas autóctonas (tiras correosas de carne de cabra); o los ratoncillos que recogen con presteza las migajas que tapizan las alfombras.
Y, para que nada sea olvidado, también la lamentable situación política en la que los diferentes gobiernos españoles han dejado a los habitantes de la zona, que es analizada con rigor y detalle en los apéndices del final del libro.
Mucho, mucho para disfrutar y para aprender con esta obra, si somos capaces de quitarnos el disfraz de urbanitas altaneros y miramos con atención las escenas que Mariano Sanz nos retrata en el libro.

lunes, 6 de mayo de 2019

La oración de Mr. Hyde




Aunque conocía a José Carlos Llop en su vertiente como narrador (me lo dio a conocer hace años mi amigo Pepe Colomer), me paseo hoy por su poemario La oración de Mr. Hyde (Península, Barcelona, 2001), que me parece muy interesante. Descubro en este volumen una voz que me agrada, por sus trazos de orden melancólico (“Consejo”), sus reflexiones diferentes sobre el paso de los años (“Crónica”) o su tributo a aquellos escritores predilectos que construyen los cimientos de su sensibilidad y de su alma (“Carnets”, “Tarjetas de visita”).
Me parece, en suma, un libro triste, exquisito y delicioso, que creo que me llevará a otros poemarios suyos. 
Ya anotaré aquí si me siguen gustando de la misma forma en que éste lo ha hecho.
(No me resisto a copiar unos versos, que he releído varias veces: “No te engañes, vuelve a casa, / pasó tu tiempo; eres más viejo, / empiezan a fallarte los reflejos, / aunque sigas encaprichándote / de una voz, una mirada / o la armonía de un cuerpo / que es la armonía del alma. / Y lo sabes: nada nuevo ocurrirá; / sólo has de aprender a reconocerte / en este otro rostro de la soledad”).

domingo, 5 de mayo de 2019

El mar en las cenizas




He hecho un experimento con El mar en las cenizas, el libro con el que José Alcaraz ha obtenido el accésit del premio Adonáis en 2018: he esperado a que fuera de noche, para eliminar los ruidos del mundo exterior (las voces, los cláxones de los vehículos); luego he leído cada poema con lentitud, en voz alta, dejándome envolver por su sonoridad; después lo he leído en silencio, reverente; después lo he dejado invadirme durante unos minutos, permitiendo que sus raíces colonizaran mi interior. De esa tarea tan sosegada, tan varia, tan fervorosa, he obtenido un libro que perdurará dentro de mí por mucho tiempo.
Podría hablar del aliento existencial que recorre profundamente algunas de las composiciones, rozando la filosofía (estoy pensando en la página 12); de la forma bellísima en que nos recuerda el implacable paso del tiempo, que afecta a las cosas y a las personas (página 53); de preguntas que hacen girar nuestro pensamiento y lo abocan a reflexiones casi budistas (“¿Con qué palabras / se manda callar al silencio?”); de definiciones sutiles y exactas sobre el vivir humano, que se dibuja como un heroico ejercicio de funambulismo (“Tiemblas / porque mantienes / el equilibrio”); de tiernas imágenes conmovedoras (“Si venimos de la nada, / somos siempre el niño que corre / hacia los brazos de su madre”).
José Alcaraz, que ya nos había impresionado con entregas como Edición anotada de la tristeza o Vino para los náufragos, vuelve a convencernos con su poesía sutil, certera, refinada y clásica. La juventud de este auténtico demiurgo de la Poesía nos provoca una enorme felicidad, porque nos permite soñar con un largo futuro de versos deliciosos. Que así sea.

sábado, 4 de mayo de 2019

La escritura del diablo




Liberio es un monje que ha dedicado gran parte de su vida —como la etimología de su nombre nos está indicando de forma simbólica— a los libros, a los que ama de forma absoluta. Cuando ronda los veinte años, ha de llevar el Apocalipsis en su memoria a un lejano convento aislado por la nieve: sólo cuando pueda abrirse paso y llegar hasta allí dispondrán sus hermanos en Cristo de una copia fiable del sagrado texto. El muchacho, animoso, emprende el largo viaje guiado por la generosidad y por su alto sentido del deber; pero ignora que un enemigo le espera en el camino: se trata del diablo que, disfrazado, pone ante el bibliófago Liberio una tentación durísima: “Te dejaré leer todos los libros del mundo si me dejas ir a mí a dictar el Apocalipsis del Evangelista”. Y aún recibirá en los años siguientes otras dos nuevas tentaciones, ambas relacionadas con el mundo de los libros, a las que también opondrá su tenaz resistencia.
Pero la soberbia anida lentamente en el alma de Liberio y le hace concebir la idea de escribir su propio libro, que quizá le permita ser “alabado más que nadie por todas las gentes del mundo, presentes y venideras”. El problema es que, cuando se pone a la labor, experimenta una amarga anquilosis: apenas consigue pasar de la primera frase. No es que no sepa escribir, o que le falten ideas, argumentos o recursos para abordar esa tarea, sino que, cada vez que elige unos verbos, hilvana unas palabras, adhiere unos adjetivos o escoge un orden sintáctico determinado, le desazona descubrir “que aquella frase ya había sido escrita, recordando, con hondo pesar suyo, de qué libro, y en qué lugar, incluso cuándo, lo había leído y memorizado”. En esas condiciones, su pluma queda bloqueada durante meses, y la obra no avanza.
El diablo, no obstante, aún no ha dicho su última palabra. E intervendrá en la vida de Liberio de un modo infinitamente sutil… y catastrófico.
De esta novela corta de Santiago, publicada en 1986, se llegó a rodar un largometraje en el instituto nacional de bachillerato de Cieza: profesores, alumnos, conserjes, administrativos, lectores y críticos, coordinados por Bartolomé Marcos Carrillo y con aportaciones tan entusiastas como la del exquisito poeta Aurelio Guirao participaron en él. No es mal momento para recordar novela y película.

jueves, 2 de mayo de 2019

Hablar solos




Tres personajes principales (y un invitado especial) conforman el eje sobre el que gira la novela Hablar solos, de Andrés Neuman. El primero es Mario, un hombre que se encuentra profundamente enfermo (de hecho, se encuentra apurando sus últimos días de vida) y que intenta construir un hermoso recuerdo final para su hijo, llevándoselo de viaje en el camión; el segundo es Lito, el chaval, que a sus diez años vive ignorando lo que ocurre a su alrededor e interesado únicamente por sus videojuegos y por mantener conversaciones casi jeroglíficas con su madre, usando mensajería electrónica; y el tercero es Elena, esposa del primero y madre del segundo, una profesora de literatura que se queda en casa mientras ellos dos emprenden su viaje de despedida. Como se puede observar, un triángulo en el que la enfermedad, el amor, la muerte y el futuro dejan su impronta e impregnan a los protagonistas.
Pero he hablado también de un “invitado especial”, y éste no es otro que Ezequiel, el doctor que está tratando a Mario. Mientras padre e hijo se encuentran fuera, Elena decide acudir a la consulta del galeno para recabar informaciones mucho más precisas sobre el auténtico plazo de vida que le queda a su esposo y los cuidados que serán necesarios durante ese tiempo. Y de pronto, sin que ni los lectores acertemos a explicarnos racionalmente qué está pasando ni ella lo asuma emocionalmente, Elena se descubre coqueteando con el médico; y luego rozando sus labios de forma casi inconsciente; y más tarde cenando con él; y, por fin, metida en su cama, enzarzados en una refriega sexual donde pasión y sordidez se abrazan (y se abrasan). A partir de entonces se vierte otra luz sobre el triángulo amoroso inicial, porque Elena se debate entre la culpa y la inevitabilidad. Ya no desea a su marido, desde que la enfermedad lo está carcomiendo, pero lo sigue amando (o eso cree); y, por otro lado, no puede evitar el magnetismo turbio que Ezequiel ejerce sobre su cuerpo y sobre su mente. Es un desahogo extraño, súbito, potente, que la hace moverse entre lo irrefrenable y la vergüenza, entre el bochorno y el deseo: llama a Ezequiel por teléfono, trata de mantenerlo alejado, lo incita, lo rechaza, lo tienta, lo repele. Esa angustiosa situación alcanzará su punto crítico cuando marido e hijo regresen del viaje y deba elegir: o continúa con su aventura o la olvida para siempre.
Con reflexiones muy notables sobre el amor y sus grandezas y miserias; con fragmentos literarios que Elena va leyendo en algunos libros y que Neuman incorpora magistralmente al tejido de la novela; y, sobre todo, con una prosa decantadísima, cuajada de hallazgos estilísticos y psicológicos, Hablar solos se eleva hasta el pedestal de las narraciones inolvidables.

miércoles, 1 de mayo de 2019

Las cosas más extrañas




Hay que llegar hasta la página 505 de este contundente volumen para que Andrés Trapiello nos resuma la condición esencial del mismo, que resulta tan cristalina como impresionante: “Mi vida, en lo que sea, está contada en estos cuadernos. Podría seguramente ser de otra manera, aunque no creo, pero en lo que es, está contenida aquí”. Tan diáfana confesión nos sitúa en el ámbito de la autenticidad y de la emoción: estas palabras que estás leyendo aquí me retratan, me resumen, dicen quién soy, cómo soy, qué habita en mí. Y por eso se convierten en un alto documento donde múltiples vectores (humor, literatura, religión, política, poesía, autobiografismo) convergen y se articulan maravillosamente.
Resumiré, para ofrecer una idea aproximada del tomo, algunas de las líneas más llamativas… Por ejemplo, ciertas reflexiones sobre el mundo de la literatura, en el que Trapiello considera preferible no alcanzar un éxito multitudinario, porque supone quedar en manos de la opinión ajena (“El gran éxito siempre es mejor que lo tengan fulano o mengano. Eso sin lugar a dudas. Porque los lectores, cuando se juntan muchos, te dan para luego quitarte. ¿Por qué? Porque se creen con derecho a juzgar aquello que creen comprar”); y donde puede uno toparse con algunos indeseables, como ese “maestro de periodistas” con el que mantuvo una agria disputa y al que define minuciosamente explicando que su “aspecto se asemejaba mucho al de un sapo, con la boca grande y sin labios, los ojos saltones y dos grandes carrillos”… Por ejemplo, la contundente página que le dedica a la iglesia católica por su bochornosa implicación (y connivencia) con el franquismo, que requiere su propio ejercicio de memoria histórica; o el retrato caricaturesco que le dedica a la figura de Escrivá de Balaguer, a quien no tiene problemas en calificar de “ególatra afeminado” (p.238)… Por ejemplo, la enérgica invectiva que dirige también a los dirigentes del comunismo internacional, a quienes disecciona con el mismo rigor que a los dictadores fascistas (“Cada comunista que ha tenido el poder ha sido para atentar contra la humanidad. De ahí que sea legítimo preguntarse cuándo veremos a los viejos jerarcas comunistas pedir perdón” (p.320).
Pero también encontramos en este poliédrico trabajo consideraciones interesantes sobre las relaciones humanas (“Una de las pruebas terminantes de la imperfección del mundo es que puede uno elegir a sus amigos, pero no siempre a sus enemigos”), perlas líricas de asombrosa belleza (“El hecho de que la nieve sea silenciosa es lo que sin duda la rodea de tanto misterio. ¿Cuánto tendrá la nieve de tigre?”) y algunos memorables destellos de humor (“Robar a una casa de seguros o a un banco no es pecado, sino milagro”). 
En resumen, una obra llena de inteligencia y de buena literatura, que deja huella en la memoria.