viernes, 22 de marzo de 2019

Corre, Jimmy, huye




A los lectores jóvenes suele gustarles (y es lógico que así sea) la acción; y también les agradan las sorpresas; y los protagonistas novelescos de su misma edad; y las emociones fuertes. Pues todos esos ingredientes están contenidos, en dosis elevadas y combinados con astucia narrativa, en la novela Corre, Jimmy, huye, de Joe Craig, que publicó en 2008 la editorial Destino. La traducción corría a cargo de Patricia Nunes, y no se advierte en ella más chirrido que esa “ruptura de la ventana” que afea la página 222 y que se evitaría hablando simplemente de una “rotura”.
Se nos cuenta en sus líneas la historia de Jimmy Coates, un chico de once años que vive una vida normal, con su hermana Georgie y sus padres Ian y Helen. Estamos en Inglaterra y todo parece transcurrir en medio de una plácida rutina. Hasta que en un determinado momento (que tiene lugar en las primeras páginas de la obra, para que la adrenalina se dispare desde el inicio), unos hombres acuden a la casa de la familia Coates con el objetivo de llevarse a Jimmy. Él no entiende qué está pasando, ni por qué lo buscan. Tampoco entiende cómo logra desembarazarse con tanta rapidez de sus presuntos secuestradores, ni cómo es posible que se arroje por una ventana y no sufra daño alguno. Y tampoco le entra en la cabeza que, horas después, advierta que lleva incrustado en su brazo un enorme trozo de cristal, y ni sangre ni le duela. Nota además una especie de fuerza interior que lo lleva a ejecutar acciones imposibles para un ser humano, como correr a velocidades vertiginosas o respirar bajo el agua sin problemas.
Por fin, al cabo de algunos capítulos de incertidumbre y perplejidad, será informado de la causa: sólo el 38% de su cuerpo es humano; el resto de un producto de ingeniería robótica, diseñado por el gobierno de su país con una finalidad inquietante, que horroriza a Jimmy y explica los sucesos posteriores de la novela.
La acción, como digo, es trepidante; y en ella aparecen involucrados unos seres variopintos, que dan color a la historia: un cocinero llamado Yannick, que maneja las sartenes para cocinar y para combatir; un antiguo guerrero llamado Christopher Viggo, que se transformará en aliado de Jimmy; el abominable doctor Higgins, responsable del diseño del protagonista; la enigmática organización NJ7, que controla miles de hilos secretos en la novela; Ares Hollingdale, primer ministro británico; y el misterioso Mitchell, que se convierte en una puerta abierta para la posible continuación de la historia. Un cóctel explosivo de héroes y antihéroes, que ven sus destinos cruzados y en pugna perpetua.

miércoles, 20 de marzo de 2019

Trece cuentos canallas




Durante tres décadas, Andrés Boluda Nicolás ha sido (es aún) profesor de lengua y literatura; durante cinco décadas, Andrés Boluda Nicolás ha sido (es aún) lector constante y de amplia curiosidad. Y, desde hace unos meses, Andrés Boluda es, también, como unión y cristalización de las dos corrientes anteriores, autor de un espléndido libro de relatos que se titula Trece cuentos canallas.
Sobre esos cuentos podrían verterse elogios por muchas razones: su fino sentido del humor, la capacidad que el autor muestra para aproximarse a los más variados tipos humanos, la elegancia de su prosa… Resulta más que evidente que Andrés Boluda ha decantado con lentitud los argumentos y el lenguaje, hasta que la conjunción de ambos ingredientes lo ha dejado satisfecho; y entonces, y sólo entonces, ha juzgado legítimo compartir ese fruto literario con nosotros, los lectores, quienes somos los grandes beneficiados de su decisión.
Quien se aproxime a este libro encontrará ladrones que, en medio de la oscuridad, serán confundidos por la dueña de la casa con su esposo (“Para Elisa”); historias de personajes conocidos en el servicio militar (“Torete”); historias veraniegas en las que flota un cierto aroma de infidelidad sexual (“Diez negritos”); ilusiones fraguadas sobre una tirada baladí con las cartas del tarot (“Predestinación”); amores de juventud que, malbaratados por la vida, nunca han sido olvidados del todo (“Victoria”); profesores universitarios que llegan a conclusiones bastante curiosas sobre ciertos pasajes de la Biblia (“La Revelación”); o importantes hombres de negocios que, al cumplir el medio siglo, se llevarán una sorpresa en la fiesta de celebración, que tiene lugar en la Alpujarra granadina (“La luna está subiendo”).
Muy recomendable.

lunes, 18 de marzo de 2019

Rembrandt




Dentro del reducido (o al menos poco famoso) grupo de autores teatrales que engalana la región de Murcia conviene subrayar con cierta energía el nombre de Diego Alarcón, quien a los notables premios cosechados (como el Margarita Xirgu o el Enrique Llovet) une la publicación de obras tan notables como Rembrandt. Retrato de un pintor de Leyden, una exquisitez escénica que publicó con todo acierto la Editora Regional de Murcia.
En ella nos encontramos con las últimas peripecias vitales de un creador que, vislumbrando cercanos los rayos negros de la muerte y acompañado por su fiel discípulo Aert de Gelder, recapitula en su estudio sobre la soledad (“A lo mejor es que mi vida no ha sido más que un esfuerzo por quedarme solo”, p.24) y sobre sus conflictivas relaciones con los demás seres humanos (“Yo no quiero a los hombres. Si alguna vez los quise, reconozco que me equivoqué”, p.41). Unos acreedores pertinaces y falsarios (quienes no han tenido empacho en sobornar a un abogado, un notario e incluso un juez para cobrarle unas deudas inexistentes) son el adecuado contrapunto que sirve a Diego Alarcón para plantearnos su trama.
Todo son virtudes en esta pieza teatral: su lenguaje (que oscila entre el coloquialismo y la erudición, sin excederse en ninguno), la buena caracterización de los personajes (qué rotundo Rembrandt en sus parlamentos, qué prudente y qué silencioso Gelder en su escucha), la adecuada ambientación (enriquecida con las anotaciones musicales que el autor propone para una hipotética puesta en escena) y el riguroso proceso investigador que se aprecia detrás (hasta el menor detalle parece documentado, sin que jamás quede ahogada la fuerza primordial de los personajes). Teniendo en cuenta esos datos, resulta fácil suponer que esta pieza magnífica gustará por igual a los admiradores del buen teatro, a los melómanos y a los enamorados de la pintura. Un acierto absoluto, que conviene aplaudir como se merece.

sábado, 16 de marzo de 2019

Monólogo del que reza a la muerte




Ocupa sus horas, de forma obsesiva, en rezar a la muerte para que acuda cuanto antes y lo arrebate de un mundo en el que no percibe sino asechanzas y desprecio. Pero, a la vez, el anciano protagonista (que ya ha superado los noventa años) se concentra en dar vueltas y más vueltas alrededor de aquellas personas, emociones y situaciones que lo han llevado hasta el punto en el que actualmente se encuentra: sus hijos y nietos, que lo ven como un incordio y a los que soporta a duras penas en las visitas semanales; su esposa, ya fallecida, a la que en realidad nunca amó; su actual cuidadora, Sara, a quien sus hijos le han encomendado (eso piensa el narrador) que amargue sus últimas horas; y, sobre todo, aquella chica de la juventud, que lo abandonó para casarse con otro hombre, más adinerado que él, y cuya traición desmoronó sus ilusiones y lo ha mantenido amargado durante décadas.
Con una fluctuación de voces narrativas (se va saltando de la primera a la tercera persona); con un ritmo letánico, que el autor consigue gracias a la utilización de las comas (raramente puntos), Monólogo del que reza a la muerte es la última propuesta narrativa de Pascual García (Moratalla, 1962). Y se trata de una novela irritante, porque así lo quiere el escritor y porque así lo posibilita la voz de su protagonista, obcecado en dar vueltas y más vueltas alrededor de aquella traición amorosa, que lo marcó anímicamente y que lo anuló como ser humano. Desde el día en que la muchacha le envió por sorpresa un mensajero con la noticia de que dejase de pasar por su puerta, el corazón y el alma del protagonista se congelaron, se pudrieron, y todo se tiñó de fracaso, amargura, vacío y rencor. Los demás seres (“los que no sabían mi mal ni les importaba”, como son definidos en la página 93) quedaron de inmediato convertidos en sucedáneos, figurantes o trampantojos: puras máscaras junto a las que no resultaba posible o pensable la felicidad. Y a los que, en virtud del desgarro que ha sufrido, el protagonista se consideraba facultado para zaherir, incluidos los integrantes de su familia.
Como la Carmen Sotillo de Cinco horas con Mario, nuestro anciano cobija un trauma y, en los aledaños de la muerte, ese trauma alcanza unas dimensiones vertiginosas, que obstruyen su respiración y lo impulsan hacia la crueldad. Nadie es digno de recibir su cariño, su tolerancia o su respeto, porque él no cree haberlos recibido tampoco de nadie. Ofuscado en ese círculo vicioso, todo queda a sus ojos justificado: la violencia que siempre desplegó hacia su mujer, la aspereza con que trató a sus hijos… De tal forma que la reflexión que late en el fondo de estas duras páginas de Pascual García es desasosegante: ¿nos autoriza el dolor para sentirnos eternamente dolidos? Y aun en el caso de que aceptáramos esa idea, ¿nos autoriza para infligir ese dolor a otros, culpables súbitos?
Desgarradora, visceral y sofocante, Monólogo del que reza a la muerte nos muestra las sentinas emocionales de un hombre que, en el último trecho del camino, detalla para nosotros las heridas nunca cerradas de su corazón.

viernes, 15 de marzo de 2019

Crónica del rey pasmado




El joven rey español, después de haberse acostado con una prostituta llamada Marfisa y haber gozado del esplendor entregado de su cuerpo voluptuoso, observa cómo en su ánimo crece un deseo inusual, que no duda en hacer público entre sus allegados: quiere ver desnuda a su esposa. A partir de entonces, la Corte, el pueblo y los representantes de la Iglesia se hacen eco de esta idea del soberano, que casi todos juzgan de descabellada o pecaminosa y que lo convertirán en el centro de las murmuraciones, chanzas y desdenes de su entorno.
Partiendo de esa anécdota, el narrador gallego Gonzalo Torrente Ballester nos entrega su Crónica del rey pasmado, donde el humor y el retrato social se unen en una narración ágil, ingeniosa y liviana, en la que escucharemos los argumentos de la curia (la escena del debate teológico sobre la conveniencia o inmoralidad del deseo regio es antológica) y en la que escucharemos las opiniones del Valido y del Gran Inquisidor, las palabras perplejas o ansiosas de la reina o los balbuceos casi adolescentes del pusilánime monarca, a quienes demasiados personajes manejan como si de un prisionero, un débil mental o un niño se tratara.
Muy notables resultan las escenas descriptivas sobre ambientes cortesanos, usos gastronómicos, vestimentas y protocolos sociales, que muestran no sólo la intensa labor del ferrolano a la hora de documentarse sino también la fina manera en que conjuga esos materiales para construir narrativamente su historia, dando siempre prioridad a la parte artística sobre la histórica o ensayística.
Nos encontramos, pues, ante una novela de gran valor como documento sociológico y que, sin constituir una de las narraciones mayores de Gonzalo Torrente Ballester, permite una lectura agradable, en la cual quedan reflejadas las amarguras y frustraciones que un pensamiento religioso intolerante, absurdo y casposo puede generar en sus adeptos.

jueves, 14 de marzo de 2019

Ña y Bel




Del escritor Gustavo Martín Garzo (Valladolid, 1948) sabíamos muy poco hasta que en 1993 obtuvo el Premio Nacional de Literatura por su obra El lenguaje de las fuentes. Desde entonces fue publicando Marea oculta (1994), La princesa manca (1995) o La vida nueva (1996), hasta llegar a la novelita corta que hoy me ocupa: Ña y Bel.
Formalmente, no se le pueden poner pegar a la citada narración, eso está claro: está construida con una notable sintaxis, despliega un rico léxico, posee un ajustado equilibrio compositivo y hasta diría que atesora conseguidos puntos de humor y poesía en sus páginas. Pero si nos fijamos un poco más en el “contenido” tropezaremos con un escollo de difícil salvación, porque nos propone algo que, por desgracia para él, suena demasiado a Eduardo Mendoza y su novela Sin noticias de Gurb: la historia de un extraterrestre que acaba llegando a la Tierra y que tropieza en ella con abundantes aventuras. Las diferencias radican en que mientras que el narrador catalán utilizaba este procedimiento como caricatura de la Barcelona de hace unos años (propósito irónico), el vallisoletano trata de ir un poco más allá, dotando a su personaje de una especie de “épica”, equivocada y turbia.
En efecto, el visitante (al que las dos muchachas que lo hospedan en su piso, llamadas Ña y Bel, conocen como “Ola”) se nos presenta al inicio como un torpe turista galáctico, que aterriza en el piso de las chicas de forma accidental; pero poco a poco el autor va queriendo complicar sus reacciones desde el punto de vista psicológico, y su narración hace aguas por todos sitios. ¿Tiene sentido que las muchachas acepten a este “fantasma” (olvidaba decir que el visitante es invisible, y que la textura de su cuerpo es acuosa y dúctil), sin más explicaciones? Y, aun en el improbable caso de que así fuera, ¿tiene sentido que lo utilicen para broncearse, para trasladar muebles en su casa, para que las enjabone en el baño o para que caliente su café? Absurdo montaje, sin duda.
Pero bien, admitamos que Martín Garzo quisiese hacer una novela de humor: lo estaría consiguiendo con tales técnicas. Lo pasmoso, lo que termina de hundir toda la verosimilitud de su texto, es que no es ése su objetivo, sino que el autor en realidad pretende construir una novela seria, trascendente y melancólica. Mal podría convencer a nadie con ese final, tras haber burlado a los lectores con cien páginas de chanzas y puros juegos.
En resumen y para no cansar: que buen narrador, sí; pero que buena novela, lo que se dice buena novela, desde luego que no.

martes, 12 de marzo de 2019

Cuadernos norteamericanos




Nathaniel Hawthorne tuvo, durante los sesenta años que vivió (1804-1864), tiempo de sobra para escribir volúmenes de narraciones cortas (Cuentos dos veces contados), novelas inmortales e incluso adaptadas con éxito al cine (La letra escarlata), historias para niños (La silla del abuelo) y hasta una biografía (Vida de Franklin Pierce). Posiblemente, la educación calvinista que recibió y la pronta orfandad de padre (Nathaniel contaba cuatro años cuando se quedó sin él) lo convirtieron en una persona reconcentrada, solitaria, que sólo halló la felicidad en su familia (su esposa Sophia y sus hijos Una, Julian y Rose) y en sus labores literarias. Pero quizá lo que más llama la atención de su obra no son estrictamente los libros que escribió, sino las abundantes colecciones de “semillas” que recopiló en sus cuadernos: una serie de apuntes donde esbozaba una idea, un argumento, un propósito narrativo, para desarrollarlos después.
En esa línea se inscriben estos Cuadernos norteamericanos, que el sello Belacqva publicó hace unos años con un excelente estudio previo de Eduardo Berti, en el que nos dice que estamos ante unos reveladores apuntes “repletos de invenciones a destiempo” (p.24), y donde pueden descubrirse intuiciones que ahora podemos leer, desarrolladas por otros autores. “Un cuento donde el personaje principal siempre parece a punto de entrar en escena. Sin embargo, jamás lo hace”, anota en la página 140, anticipándose al célebre Esperando a Godot, de Beckett. “Una moneda de oro es considerada como una suerte de talismán”, escribe en la página 121, presagiando el zahir borgiano.
Estos apuntes rozan muchos territorios, lo que convierte la lectura en un auténtico placer: Nathaniel Hawthorne propone relatos con delimitación espacial curiosa (“Desarrollar un cuento o una escena dentro del círculo de luz de una farola callejera”, p.40); o se aproxima a los temblorosos terrenos que bordean la metafísica (“Al despertar nos alegramos a menudo porque así escapamos de un mal sueño. Tal vez ocurra lo mismo con el instante que sigue a la muerte”, p.57); o nos desliza un argumento que podría servir para una novela esotérica o para un cuento amargamente irónico (“Unos paseantes encienden un fuego sobre el monte Ararat con los vestigios del Arca”, p.100); o simplemente apunta una posibilidad, tan inquietante como nebulosa (“Una carta, escrita hace un siglo o más aún, pero que nunca fue abierta”, p.65).
Estamos, pues, ante el baúl rico y esplendoroso de un creador al que las invenciones le brotaban tumultuosamente, y que se veía obligado a consignarlas de forma sinóptica, con fidelidad notarial, para recordarlas más adelante. Quizá su objetivo era convertirlas luego en relatos, novelas o historias infantiles. Quizá lo que pretendía es que las convirtiésemos nosotros. En todo caso, Cuadernos norteamericanos constituye una oportunidad espléndida para escuchar los argumentos embrionarios de Nathaniel Hawthorne, uno de los escritores más notorios y fértiles de su tiempo.

lunes, 11 de marzo de 2019

Leyendas, poesías y reparandorias




Tiene Manuel Moyano un magnífico cuento que se titula “El espíritu del griego”, donde concibió un anonadante argumento: el comediógrafo Aristófanes, desde el más allá, decide dictarle a un médium casi analfabeto una comedia inédita suya, que se murió con las ganas de llevar al papel. De ese momento consigue que la muerte no sea un frenazo a su producción literaria, sino una simple anécdota que el poder de la mente consigue solventar.
Viene todo esto a colación por el libro que el escritor Juan Tudela (Mula, 1965) dio a la imprenta en 2007 con el título de Leyendas, poesías y reparandorias y que da la impresión de obedecer (y les puedo asegurar que no anida la burla en mis palabras) a dictados parecidos. Por voluntad propia y soberana, el tono verbal que utiliza es, muchas veces, el de un clásico castellano, trazando jeribeques con la frase, barroquizando la expresión hasta hacerla ingresar en el manierismo, escogiendo su léxico en el baúl de lo más añejo y sonoro, y decantándose, en fin, por expresiones arcaizantes donde brilla no escasa ironía y donde luce con inigualable fuerza el poder de los pastiches bien ejecutados.
Otra cosa son, obviamente, los temas de Juan Tudela. Ahí sí que marca la distancia con los clásicos castellanos, y donde ingresa en el más gozoso caudal de lo terruñero (palabra que convendría esgrimir con orgullo, como él hace, y no con la pátina de sarcasmo y chanza que normalmente se le atribuye al término). Juan Tudela se refugia en lo conocido y cercano, en los campos de Mula, en las calles transitadas por sus ancestros, en las viejas anécdotas que sus padres y amigos le han llevado hasta el oído, en los episodios jocosos o apesadumbrados que la tradición local ha ido manteniendo en la acogedora memoria colectiva. El escritor se convierte en este caso en el portavoz (literaria y etimológicamente) de sus coterráneos, en la persona que les presta el auxilio verbal de la inmortalidad para que los sucedidos memorables no se hundan en la ciénaga del olvido. El escritor no es sólo la fantasía y la esperanza de la tribu (es decir, su proyección hacia el futuro), sino también la memoria de esa misma tribu. Y Juan Tudela, que sabe de fantasías, de esperanzas y de pasados, asume ese reto con la humildad y con la grandeza de los artistas auténticos. “Hablad por mis palabras y mi sangre”, les pedía Pablo Neruda a los habitantes de Machu Picchu en su Canto general. Y algo parecido les susurra Juan Tudela a los muleños.
Un libro delicado, irónico, lleno de sabidurías y anécdotas, donde se aboga por el amor a las tradiciones y donde asistimos al despliegue de una literatura magnífica.

viernes, 8 de marzo de 2019

Cara máscara




En el año 2007 fueron dos los ganadores del premio de poesía Hiperión: de un lado, Luis Bagué (con su obra Un jardín olvidado); del otro, Álvaro Tato (con su texto Cara máscara).
Esta última obra postula desde el principio la idea de que entre el poeta y la persona que escucha su voz se produce siempre una comunicación callada, íntima, secreta y poderosa (“Palabra silenciosa en la butaca. / Un libro. / Un lector”, p.9). Y para llevar a cabo esa conexión Álvaro Tato recurre a una mezcla de teatro, lirismo, intertextualidades, humor, trascendencia y juego. En ocasiones se decantará por potenciar la música del poema, y entonces descubrimos textos tan sonoros como “Shiva Nataraja” (p.13), donde la cadencia de las palabras y las frases crea un sustrato musical que inunda los ojos y el espíritu de quien lee… Otras veces, preferirá ser más liviano en el aspecto formal, pero absorberá influencias de un número importante de escritores, a los que rinde tributo (desde Homero hasta la actualidad). Y otras, en fin, se decanta por utilizar esquemas estróficos más bien sorprendentes, por lo que tienen de poco usados (sin irnos más lejos, el poema “Pierrot”, que aparece en la página 29, es un sonetillo).
La sección II del volumen (“Máscara”) aborda una serie de aproximaciones poéticas a los componentes del mundo teatral (el actor, el personaje, la bailarina, el figurinista, etc). Si consultamos las breves líneas biográficas que aparecen en la contraportada veremos que el autor madrileño es también dramaturgo y director de escena, lo que enriquece y explica sus alusiones al arte de Tespis.
La sección III del tomo (“Mascarada”) está compuesta por un conjunto de experimentos donde la poesía y el teatro se funden, consiguiendo sorprendentes mixturas. No sería mala decisión, tal vez, definirlos como “textos poetrales”.
Una vez dijo el oscense Ramón J. Sender que “el poeta lírico es un cazador que casi nunca da en el blanco. Pero el disparo levanta cerca un ave de colores que es más hermosa que el blanco al que había disparado”. Álvaro Tato, que sí que es un auténtico poeta, participa de esa magia y provoca sensaciones similares en sus lectores. No cometan la injusticia de ignorarlo.

jueves, 7 de marzo de 2019

Los poemas del Narrador




Nuevo paseo por el mundo del verso para conocer Los poemas del narrador, del escritor Francisco Alemán Sainz, editados en 1979 por la Diputación Provincial de Murcia. No son, sinceridad obliga, demasiado notables. Me ha gustado el sano humor que exhibe en textos como “Conferencia interurbana” o “El viento”; pero sobre todo he de resaltar necesariamente las “Canciones del kiosco”, que son una machadiana delicia. Anotaré también “Mataperros”, emotivo homenaje a esos animales abandonados en el furor de la canícula, y la elegía que, dedicada a la memoria de Vicente Medina, da fin al libro. Lo demás, francamente, se me figura menos digno de alabanza. Creo que el gran prosista que era Alemán Sainz supera ampliamente al presunto poeta.
Copio, eso sí, algunas líneas que contienen hallazgos memorables: “La muerte es un error que cometemos”. “Lo fugitivo tampoco permanece”. “En la alta noche tosen los retratos”. “Hay que esperar, se espera y ya no hay esperanza”. “¡Ideas de toda la vida! / Las mías, de hace un instante / y dudo que ya me sirvan”. “Seguro de lo que piensa, / sólo ha pensado una vez / y le dolió la cabeza”. “Los libros no me interesan. / Mis opiniones son mías. / ¿Y no le da a usted vergüenza?”. “El silencio es eterno / y es la voz la que cambia”.

miércoles, 6 de marzo de 2019

La cruzada de los niños




Los hechos históricos ocurrieron en el año 1212 y, según informa la Wikipedia, dieron lugar a varios libros que se ocupaban del asunto (en la nómina no incluye, por cierto, al jumillano Pedro Cobos, que dedicó páginas deliciosas a este asunto). Al parecer, un alto número de niños, animados por la voluntad de alcanzar la ciudad de Jerusalén y proclamar el triunfo de la fe cristiana, se encaminaron hacia allí sin ningún tipo de organización, respaldo militar o avituallamiento. Partían de varios puntos de Europa y se iban unificando como riachuelos que conforman al fin un río caudaloso. Les movía un impulso ciego de gloria, de evangelización, de testimonio que, a la postre, se iba a convertir en su condena: miles de muertos por hambre, otros tantos ahogados en el mar y el resto vendidos como esclavos.
Marcel Schwob refleja aquel espíritu (mezcla de inocencia, estupidez, terquedad y pasión) en su obra La cruzada de los niños, que edita, traduce y prologa Luis Alberto de Cuenca para el sello Reino de Cordelia. En sus páginas, líricas y duras, escucharemos al leproso que se encuentra a los niños y les pide su intercesión ante Dios; al papa Inocencio III, que interroga a ese mismo Dios sobre el sentido real de esta cruzada (no se atreve a creer ciegamente en ella, pero tampoco osa desdeñarla); a los niños desamparados o llenos de ilusión, que caminan con llagas en los pies y luz en los ojos; o al papa Gregorio IX, que recrimina al mar la infamia de haberse tragado a tantos de aquellos pequeñuelos.
Voces moduladas por la credulidad, el asombro o la estupefacción, que quedan maravillosamente retratadas por la pluma inigualable del escritor francés.

lunes, 4 de marzo de 2019

Julio César




Releo el drama Julio César de William Shakespeare, en la traducción de José María Valverde. No recuerdo si, hace veinte o veinticinco años, lo leí en la misma traducción. Quizá fue en otra. En todo caso, qué excepcional es siempre el cisne de Avon, qué majestad escénica, qué hervor de palabras y de emociones, de qué singulares recursos disponía. Te conmueve explicándote el modo en que Bruto se une a los conspiradores que desean acabar con la vida de César, sin necesidad de pactos verbales explícitos (“Que juren las personas de quienes no se fían los hombres, pero no manchéis la lisa virtud de nuestro empeño ni el incontenible valor de nuestro espíritu pensando que nuestra causa y nuestra ejecución necesitan un juramento”); te conmueve explicándote de qué forma decide Julio acudir al Senado, soslayando los temores de Calpurnia (“Los cobardes mueren muchas veces antes de su muerte, y los valientes jamás prueban la muerte más de una sola vez”); te conmueve explicando con pocas palabras la justificación asesina de sus victimarios (“El que te quita veinte años a la vida, quita otros tantos de temer a la muerte”); y te conmueve, sobre todo, con el increíble discurso funeral de Marco Antonio, modelo de oratoria y de convicción que puede (y debe) ser leído dos, tres, diez veces, en silencio y en voz alta.
Todo en Shakespeare es fulgor y maravilla. Todo es grandeza. Jamás sufrirá la mordedura del tiempo, porque él fue la Palabra.

domingo, 3 de marzo de 2019

El túnel




“Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne”. Recuerdo perfectamente que la primera vez que leí esta frase, en mi adolescencia, abrí unos ojos como platos y supe que esa obra iba a interesarme. Y vive Dios que lo hizo: no menos de media docena de veces he vuelto después a sumergirme en sus páginas y siempre salgo de ellas aplaudiendo a este físico argentino que se convirtió en un excelente escritor y que me ha dado durante las últimas tres décadas innumerables horas de felicidad en forma de tinta. 
En estas páginas nos ofrece la crónica de una obsesión, que palpita y crece ante nuestros ojos: la que siente Castel por María, única persona que ha sabido entender uno de sus cuadros (así lo sospecha el pintor); única persona a la que de verdad dice haber amado; única persona a la que, impelido por los celos, la rabia, la impotencia y la soledad, necesita matar. Juan Pablo, que jamás ha tenido demasiado contacto con el otro sexo (“Desgraciadamente, estuve condenado a permanecer ajeno a la vida de cualquier mujer”), se muestra torpe o excesivo en su trato con María (“Sé que las situaciones imprevistas y repentinas me hacen perder todo sentido, a fuerza de atolondramiento y de timidez”), a la que aturde, presiona y asfixia con sus juegos mentales, sus obsesiones y su control (“Lo que a mí me parece claro y evidente casi nunca lo es para el resto de mis semejantes”). Sabe que ella está casada, y que su marido (Allende) es ciego, y que está rodeada por personas importantes como Mimí o Hunter, pero necesita neutralizarla, aislarla, tenerla para sí, exonerarla de su mundo. María tiene que estar con Juan Pablo, porque es su alma gemela, los ojos y el corazón que siempre ha ido buscando. Pero como no puede aspirar a la posesión absoluta, termina decantándose por el odio: si ella no es capaz de dejarlo todo para estar con él lo está defraudando (“¡Qué implacable, qué fría, qué inmunda bestia puede haber agazapada en el corazón de la mujer más frágil!”) y merece la muerte (“Tengo que matarte, María. Me has dejado solo”).
Libro breve pero profundamente intenso, El túnel nos habla de soledades, de egoísmos, de amores mal entendidos, de atrocidades cometidas por una visión equivocada de las relaciones; y, sobre todo, nos habla de un observador inteligente de la naturaleza humana, dueño de una prosa precisa, bella y elegante, que se llamaba Ernesto Sábato.

viernes, 1 de marzo de 2019

Locuras sin fundamento




“¿A quién le importa lo que le pasa a alguien al que no le pasa nada?”, anota con estupor el leonés Andrés Trapiello en una de las primeras páginas de Locuras sin fundamento, que constituyó la segunda entrega de su “Salón de pasos perdidos”. Por fortuna, la perplejidad levemente coqueta que empapa este interrogante no detuvo su mano, que siguió anotando sus observaciones paisajísticas, sus filias y fobias literarias, sus visitas al Rastro, sus aforismos o sus opiniones sobre arte moderno. Todo cabe en estas páginas porque todo cabe en la vida; y su objetivo es dejarnos constancia de tales océanos exteriores e interiores.
Así, descubrimos su gran amor por las letras del portugués Fernando Pessoa; su distancia fría con respecto a la producción literaria de Vicente Aleixandre (“que no es nada, ni buena ni mala, que no está ni mal ni bien escrita”); la curiosa forma médica en que define la prosa del más conocido de los escritores monoveros (“En Azorín cada palabra parece que tiene una úlcera de estómago”); o el llamativo encuentro que mantuvo con María Zambrano, que se erige en uno de los episodios más espectaculares del volumen. Todas estas secuencias, redactadas sin acrimonia pero con exactitud, parecen vertebrarse o justificarse sobre una frase que se encuentra en la mitad del libro y que revela el pensamiento profundo del diarista: “Maestros hasta el momento de ponerse a escribir. Después estorban siempre”.
Pero en este tomo no solamente hay literatura, sino muchas más palpitaciones y muchos más intereses: la reflexión sobre la melancolía o el abatimiento que casi siempre impregna las nanas infantiles (“Es como si desde chicos nos quisieran hacer inmunes a ese veneno de la tristeza, proporcionándonoslo en pequeñas dosis”), algunas notas de misantropía (“¿Cómo hace la gente para ser feliz fuera de casa?”), interesantes observaciones donde se mezclan psicosociología y humor (“Si nos adivinaran los pensamientos, no podríamos salir de casa; si adivináramos los de los demás, querríamos estar fuera de ella todo el día”), destellos poéticos (“Nada llena más una casa que la respiración de un niño dormido”) o anécdotas familiares (casi al final del tomo nos cuenta que su padre jugaba a las cartas en su vejez con tres amigos suyos fallecidos en la guerra, para que su recuerdo no quedase malherido por la amnesia).
Y no quisiera dejar fuera un párrafo en el que Andrés Trapiello reflexiona sobre sí mismo y sobre la composición de estas páginas, porque me parece que condensa maravillosamente el espíritu de este volumen: “El mapa de mi alma como tenga que levantarse a partir de estas anotaciones será un mapa lleno de inexactitudes y vaguedades, como la cartografía colombina. Lo único seguro es que el continente soy yo. Playas, islas, ríos y selvas deben ponerse un poco a ojo, donde caigan. Los planos de los tesoros deben alzarse a mano y por aproximación”.

jueves, 28 de febrero de 2019

Pegar la hebra




Volver a la prosa de Miguel Delibes es como, después de haber bebido licores de todo tipo, dejar que un vaso de agua fresca te inunde la garganta y viaje por tu interior: éxtasis de la belleza sencilla. Da igual que se trate de una novela, de una colección de artículos o de cualquier otro formato. El maestro siempre embriaga y siempre conforta.
En las páginas de Pegar la hebra volvemos a experimentar la misma emoción; da igual que nos cuenta que fue extra en una película de Orson Welles (aunque las escenas donde salía, nos aclara, fuesen suprimidas en el montaje final de la película); que nos imparta una charla sobre las aficiones cinegéticas del pintor Francisco de Goya (que se manifiestan en sus cuadros y en su correspondencia); que reflexione calmadamente sobre el estupor que le produce el apoyo del progresismo al aborto libre (ellos que se han distinguido siempre por su apoyo al débil y la no violencia: ¿no infringen ambas normas cuando aceptan interrumpir una vida?); que nos pregone su admiración por Cossío y Umbral (a quienes considera figuras egregias del periodismo moderno); que nos explique que caza, pero nunca animales de mayor envergadura que una perdiz o un conejo (hay quienes se detienen en el mosquito, la mosca o la cucaracha: Delibes se detiene en el conejo); que nos comente las relaciones que ha mantenido con los directores que han adaptado novelas suyas al cine; que se horrorice ante la creciente violencia del fútbol actual; que construya demoledores textos sobre la censura de prensa en los años cuarenta (que él padeció durante sus años en el rotativo El Norte de Castilla) o que diseccione con fina sabiduría la novela Nada, de Carmen Laforet.
Miguel Delibes, con voz tenue y prosa elegante, impregna todos estos escritos de una magia inigualable. La magia de un clásico.

martes, 26 de febrero de 2019

Los 38 asesinatos y medio del castillo de Hull




Que Enrique Jardiel Poncela fue uno de los más disparatados y brillantes autores del humor español del siglo XX no es afirmación que pueda discutirse por parte de ninguna persona sensata. Títulos como Cuatro corazones con freno y marcha atrás, Eloísa está debajo de un almendro o Los ladrones somos gente honrada dan fe de esa excelencia, y nos hacen imborrable la figura de aquel madrileño irónico, lánguido y excepcional. Hace unos años, la editorial Rey Lear tuvo la feliz ocurrencia de recuperar un viejo texto de Jardiel, que lleva el largo y sorprendente título de Los 38 asesinatos y medio del castillo de Hull, donde nos encontramos con un protagonista al que conocemos de sobra por el mundo del cine y de la novela: Sherlock Holmes. Pero esta vez, por obra y gracia del autor (nunca mejor dicho), no va acompañado por su inseparable doctor Watson, sino por el propio Jardiel, que realiza las funciones de asistente-admirador del más famoso detective de todos los tiempos.
¿Y qué van a encontrar los lectores que decidan sumergirse en esta pieza breve pero intensa? Pues descubrirán una historia cuyo argumento les parecerá tan ilógico, tan descabellado y tan extravagante que no tendrán más remedio que rendirse a la magia de su seducción; descubrirán también unos personajes alocados y delirantes, que se mueven en terrenos alejados de la normalidad y del pensamiento ortodoxo (“El suegro de McGregor, senador vitalicio, y que confiaba en esto para no morirse nunca”, p.63); y descubrirán, sobre todo, grandes dosis de humor inteligente. Inteligencia que, además, se dispara en varias direcciones, a cuál más atractiva: desde el juego de palabras y la hipérbole (“Aquel hombre genial se caracterizaba por lo bien que se caracterizaba, hasta el punto de que, cuando se veía obligado a disfrazarse, tenía que echarse al bolsillo un puñado de tarjetas de visita para poder reconocerse a sí mismo”, pp.19-20) hasta la comparación absurda (“Yo le seguía como la sombra al cuerpo cuando el cuerpo proyecta sombra”, p.60).
Únanle a ese catálogo de maravillas unas ilustraciones interiores que no brotaron de ningún dibujante profesional, sino que salieron de la pluma del propio Jardiel Poncela, y comprenderán que no deberían perderse este libro, delicia para los sentidos y gozo para la inteligencia.

lunes, 25 de febrero de 2019

En el búnker con Hitler




Si consultamos el mundo inabarcable de Internet descubriremos que Bernd Freytag von Loringhoven fue un prestigioso militar alemán, un respetado hombre de la diplomacia internacional y, en sus últimos años de vida, un alto dirigente de la OTAN. Pero lo que no suele pregonarse con tanta frecuencia de este singular personaje es que gozó de un curioso privilegio histórico, que él mismo nos detalla en la página 8 de este libro: “Durante nueve meses, del 23 de julio de 1944 al 29 de abril de 1945, tuve la ocasión, muy rara para un joven oficial, de ver a Hitler casi todos los días. En efecto, como asistente del inmundo jerarca nazi, Loringhoven pudo asistir a la progresiva decadencia de Hitler, a sus achaques, a sus melancolías, a sus sueños absurdos, a sus proyectos y a sus vacilaciones. A partir de 1948, acabados para Loringhoven los interrogatorios de los aliados, comenzó a anotar en unos cuadernos todos los detalles que recordaba de su etapa junto al Führer; y casi sesenta años después, gracias a la insistencia del periodista François D’Alançon, esos cuadernos se convirtieron en un libro, que la editorial Crítica publicó en España.
¿Qué imagen nos ofrece el autor del personaje retratado? Pues negativa, claro está. Nos dice que fue un hombre acomplejado y con graves fisuras en su personalidad (“Necesitaba tener siempre a su alrededor un auditorio que le estimulara”, p.67), que llegó a sus momentos finales en un lamentable estado físico (“Deambulaba con paso cansino, blanco como el papel, con el brazo tembloroso, enfermo y decrépito”, p.133), que había cambiado el horario por completo (“No se levantaba hasta mediodía”, p.74) y que, huérfano de amigos, siguió ejerciendo hasta su muerte una estricta autocracia (“Le repugnaba compartir la más mínima porción de poder y se dedicaba a alimentar una división permanente entre su subordinados”, p.69).
¿Y cuál es la visión que de sí mismo nos regala Bernd Freytad von Loringhoven? Pues una altamente angelical. De nada se disculpa, pues considera que nada hizo durante la Segunda Guerra Mundial que fuera reprobable. Y además procura mantenerse en un cuidadoso equilibrio moral, que lo deje limpio de todas las responsabilidades: ni participó en la colocación de la bomba contra Hitler en 1944 (p.37), ni supo jamás de los campos de exterminio (p.60), ni perteneció siquiera al partido nazi. Ni amó a Hitler ni lo odió; ni mató a nadie ni deseó hacerlo. Sólo sirvió a su patria con honor y con orgullo. Una enorme blancura, tan inmaculada como sospechosa.
En todo caso, el valor documental de este libro es soberbio, y nos ofrece un retrato completo de la agonía del nazismo, aquel cáncer horrendo y abominable que llenó de pústulas la piel del siglo XX.

domingo, 24 de febrero de 2019

Lugares comunes




Nadar a favor de la corriente es ejercicio que se encuentra al alcance de muchas personas. Hacerlo al revés, ya no tanto. Y esa afirmación, que procede del mundo del deporte, podemos hacerla extensiva a la literatura. Irene Jiménez lo demostró en su libro Lugares comunes, publicado en Páginas de Espuma.
Dentro de los infinitos modos de elaborar cuentos, goza de especial fortuna el modelo “cortazariano”: es decir, historias muy bien urdidas que, al final, nos reservan una sorpresa, un giro, un mazazo que nos provoca pasmo y admiración. En este modelo, el escritor es una especie de prestidigitador, un amable farsante (en el mejor sentido de la palabra) que sabe desde el principio cómo envolvernos con su trama y que diseña su estrategia con el fin de seducirnos, maravillarnos y dejarnos con la boca (literaria) abierta.
Pero hay otros modos cuentísticos fuera de este modelo, que goza de los aplausos generales. E Irene Jiménez demuestra en este trabajo que sus preferencias se orientan por ahí, para gozo de quienes opinamos que no hay una sola forma de escribir, y que muchos son los senderos que nos pueden llevar al placer literario. Irene, en estos Lugares comunes, demuestra con elegancia y con excelente prosa que escribir es, ante todo, la elección de una mirada. Ella se fija en su entorno y lo radiografía; observa a los seres anodinos que deambulan por las calles, por las oficinas, por las fiestas, por los dormitorios, por los bulevares; anota los detalles de las existencias medianas o fracasadas; reflexiona sobre cosas tan aparentemente absurdas como “la diferencia entre llamarse Elena y llamarse Helena” (p.23); y nos da sus retratos pequeños, humildes, cotidianos, significativos.
Tal vez la modernidad comenzó cuando alguien supo darse cuenta de que no hace falta regresar de Troya, darse un paseo por los círculos infernales o fundar una dinastía gloriosa para convertirse en protagonista de una obra literaria, sino que cualquier ser, por gris que se antoja su existencia, puede alcanzar el mismo destino: a Leopold Bloom o a Bernardo Soares no seríamos capaces de distinguirlo de un frutero que pasea por la ciudad en su día libre.
Hace ya muchos años, escribió Francisco Umbral en su libro Mortal y rosa que “hay que descubrir la piedra filosofal todos los días, y encontrarla entre las piedras grises y torpes, que son las que más abundan”. Irene Jiménez demuestra, con este libro magnífico, que es una auténtica maestra en esas labores de búsqueda.

viernes, 22 de febrero de 2019

Abel Sánchez




Leamos cómo comienza la novela Abel Sánchez, de Miguel de Unamuno: “No recordaban Abel Sánchez y Joaquín Monegro desde cuándo se conocían. Eran conocidos desde antes de la niñez, desde su primera infancia, pues sus dos sendas nodrizas se juntaban y los juntaban cuando aún ellos no sabían hablar. Aprendió cada uno de ellos a conocerse conociendo al otro. Y así vivieron y se hicieron juntos amigos desde nacimiento, casi más bien hermanos de crianza”. Y ahora seamos justos: ¿cabe un primer párrafo más torpe en una obra presuntamente buena? Insisto: seamos honestos. No nos dejemos influenciar por la fama del gran autor vasco, al que he tributado aplausos muchas veces. Ciñámonos a las palabras que abren el libro. Estas líneas son de una torpeza desmañada y ramplona, inauditamente mediocres, cacofónicas y casi renqueantes. No hay en ellas primor alguno, ni música, ni excelencia.
A partir de esa primera impresión áspera la lectura de la obra se me ha hecho tan artificial como insatisfactoria. Miguel de Unamuno quiere meter ideas, y juicios sobre la envidia, y presuntos análisis del espíritu humano, pero el resultado no es una novela admirable sino un texto reseco, un mosaico de azulejos misticoides y gazmoñerías religiosas metidas con calzador que no alcanza apenas esplendores. Joaquín es falso. Abel es falso. El personaje de Antonia es amojamadamente falso. Nada respira autenticidad en estas páginas, porque las ideas (unas ideas de cartón piedra, con mucha roña ampulosa) ahogan la fluidez narrativa, constantemente tijereteada en capitulillos de tesis o diapositiva, apenas hilvanados unos con otros.
Mira que he leído con respeto a don Miguel, y mira que lo seguiré haciendo en el futuro, pero estas páginas son tan torpes que me cuesta creer que sean suyas. La literatura reside siempre en el cómo, y aquí el cómo es terriblemente defectuoso: ni me creo a los personajes, ni me creo sus diálogos, ni me creo sus profundos traumas marmóreos, ni me creo que sus sentimientos, ni me creo nada.
Un libro para olvidar.

jueves, 21 de febrero de 2019

Diarios 1984-1989




Resulta sumamente doloroso imaginarse a Sándor Márai, con 84 años y viviendo lejos de su patria, desengañado del mundo y observando cómo su esposa Lola (compañía fiel durante más de seis décadas) es devorada por un cáncer. Quizá por eso el tono general de este volumen (que traducen del húngaro Eva Cserhati y A. M. Fuentes Gaviño para el sello Salamandra) está impregnado de tristeza, de melancolía, de abatimiento, de desolación. La muerte es aquí contemplada con serenidad, aunque atemorice el camino que puede conducir hasta ella (“Quietud si pienso en la muerte. Inquietud si pienso en el morir”, p.37); la trascendencia es puesta entre paréntesis (“Muy de mayor he llegado a no creer en nada, aunque tampoco descarto nada”, p.46); los calendarios y las agendas se revisten de un tono amenazante (“Soy el último de mis coetáneos, y ahora me toca a mí”, p.171); y la vida, en fin, se convierte en un gelatinoso laberinto gris en el que apenas se vislumbran brillos o ilusiones.
Pero el segmento más duro se inicia cuando Lola comienza su declive físico y mental. Ella, que lo ha supuesto todo para Sándor (“Ha sido un ser maravilloso, la mujer completa, el compendio de todo lo humano, de las virtudes femeninas, el sentido de mi vida, y sigue siéndolo. Si se va, ya nada tendrá sentido”), entra en la cuesta abajo: se inician los mareos, desvanecimientos y caídas; requiere una atención médica continua y especializada; y, en la esclavitud del deterioro, exclama unas palabras que al escritor lo perseguirán hasta el último de sus días: “Qué lento muero”. La crónica, tan detallada como conmovida, que Márai va componiendo en estas hojas estremece por su hondura, por su temblor, por su orfandad de anciano que se va quedando solo y lo sabe. Hasta que, por fin, el 4 de enero de 1986 escribe “L. ha muerto”; y luego anota el 14 de enero “Ha sido incinerada”; y continúa el 4 de febrero “Hoy hace cuatro semanas que murió”. Ese mes de atroz silencio, de silencio retumbante, conmueve más que todo lo escrito antes y después. ¿Qué sintió durante esos treinta días? ¿Qué lágrimas lo anegaron? ¿Qué acantilados se abrieron ante sus pies?
Tres años más tarde, el 15 de enero de 1989, leemos como cierre del tomo: “Estoy esperando el llamamiento a filas; no me doy prisa, pero tampoco quiero aplazar nada por culpa de mis dudas. Ha llegado la hora”. Un mes más tarde, sin haber escrito más en el diario, apoyó en su cabeza el arma que había adquirido meses antes. Y apretó el gatillo.
Obra impresionante. Quizá sólo en la senectud la entendamos del todo.

miércoles, 20 de febrero de 2019

Cuatro veces fuego




En uno de sus versos, publicado por la revista Almiar en el número de marzo-abril de 2007, dice la escritora Lara Moreno: “El pie tropieza, es carne fresca lo que ha encontrado”. Esa sentencia podría valer (y de hecho vale) para resumir el eje central de su libro Cuatro veces fuego, publicado por Tropo Editores en 2008.
Vemos ahí cómo, mediante pinceladas cortas y frescas, nos dibuja todo el abanico de sentimientos que puede rodear al ser humano: el deseo, la soledad, el desorden, la tristeza, la búsqueda. Sus criaturas son tan humanas que produce un auténtico vértigo contemplarlas de cerca, y por eso Lara Moreno las diseña con la acuarela de su ordenador, recortándolas de nieblas y haciéndolas latir sin ambages.
Así, descubrimos a la anónima mujer que, saciada de todos los futuros imperfectos que le estampó en la cara alguien que se fue, se refugia en la soledad tétrica de un váter de bar para masturbarse; y nos encontramos con Jacobo, que atesora desde la infancia un buen número de cajas con cráneos de roedores; o acompañamos a esa chica que no sabe si viajar a Dubrovnik, Split, Benarés, Zanzíbar o Lisboa, y que guarda un secreto en el agujero cariado de su muela. Tantos seres breves, tristes, recortados y cálidos, hechos no de la materia de los sueños sino de la materia de la vida: calor, desesperanza, desconcierto, ilusiones, lágrimas y sexo.
Lara Moreno, cuentista, poeta, editora y correctora, que declara su fervor por Julio Cortázar como quien reconoce su pertenencia a un territorio físico (ya dijo Pessoa que su patria era la lengua portuguesa), nos entrega en este volumen un trabajo delicioso, de perfume denso (dulce o agrio, según las páginas) y de sólida escritura, que contenta a los más exigentes degustadores del género breve.

lunes, 18 de febrero de 2019

El bosque encantado




Cuando yo tenía unos diez años, leía con pasión los libros de Enid Blyton, donde Los Cinco, las mellizas de Santa Clara o los Siete Secretos me llenaban la cabeza de fantasía y de aventuras. Ahora, cuatro décadas después, recupero parte de esas sensaciones con la lectura de El bosque encantado, una obra que traduce Víctor Aldea, ilustra Delfina Palma y publica bellísimamente la editorial Destino.
Sus protagonistas son tres chicos llamados Joe, Beth y Frannie, que se van al campo a vivir y encuentran un bosque poblado de seres fantásticos, como el hada Seditas, la señora Lavamucho, Cara de Luna o el señor Comosellame. También se encontrarán con elementos mágicos, que los llenarán de asombro, como ese árbol en cuya copa, cada día, hay un país distinto: el país de los juguetes, el país de la noria, el país del Tembleque, el país de Toma lo que quieras y muchos más. Todo un universo de imaginación, luz, creatividad y buenas vibraciones que provoca que sus jóvenes lectores recorran las líneas de este tomo con una sonrisa perenne en los labios.
Enid Blyton es un valor seguro para esos niños y niñas que comienzan a abrirse al mundo de los libros. Su sentido de la aventura, del compañerismo, del lenguaje, del color, de la sonrisa y de la ilusión no caduca con el paso del tiempo, sino que se aquilata y amplía. Aprovechando que se cumplen cinco décadas de su muerte (falleció aquejada de alzheimer en 1968) disponemos de una maravillosa posibilidad para que la llama de sus obras siga encendida en muchos corazones.

domingo, 17 de febrero de 2019

El enfermo epistemológico




Hace ya bastantes años, la obra El enfermo epistemológico, de José Ignacio Nájera (Xauen, Marruecos, 1951), obtuvo el premio de novela Pío Baroja en el País Vasco; y aunque posteriormente sobrevino una aparatosa polémica con aquella concesión la obra fue al fin publicada por la Editora Regional de Murcia, en su colección Textos Centrales.
Dos figuras centran el relato: J.U., un pintor que ha cautivado a la crítica más avanzada con sus propuestas libres, explosivas y roturadoras de nuevos caminos, y que se encuentra exponiendo en Madrid cuando la acción de la novela arranca; y, sobre todo, su hermano, un delineante atacado por el virus del existencialismo, que descree de toda forma de religión (“A favor de Dios se exaspera uno tanto como en su contra”), que cosifica la ritualidad erótica hasta unos límites casi vertiginosos (“Del acto sexual sólo me ha interesado la mecánica, el frotamiento, y no esa baba que rezuma el cerebro y que la gente llama ternura”) y que, buscándole las costuras a la vida, como un Johnny Carter cortazariano, cae en la zozobra, la desesperación fría y el sartrianismo: no hay explicaciones, no hay motivaciones, todo nuestro existir es una gelatina que no podemos aprehender. A ese delineante lo asaltarán todos los maremotos emocionales que él mismo quiere construirse: el sexo más sórdido con su asistenta Warda; el acecho innumerable de las cucarachas que van a apareciendo por su piso; la separación paulatina de su mundo intelectual anterior, que ahora sustituye con sucedáneos (“Me refugié en Schopenhauer y en algo de Nietzsche y sentí como que se me estabilizaba la desesperanza y que ya no galopaba tan rápida. Y sobre todo poco a poco me fui apuntalando con el alcohol, más vino y menos cerveza. Luego ya no leí nada y todas las llamadas verdades me empezaron a aparecer como leprosas”); etc.
Ese camino de perdición llevará a nuestro hombre al despido laboral (su jefe, un arquitecto con altas dosis de paciencia, decide no tolerarle más sus retrasos y su desidia), a los comedores de beneficencia, a la mendicidad y a las mil ciénagas de otra índole, que la novela nos va detallando y que nos entregan el retrato íntimo de su vagabundajes interior y exterior, hasta desembocar en un final tan abierto como imprevisible e impactante.
El enfermo epistemológico no es una novela en la que el surco argumental sea demasiado hondo, ciertamente, pero sí que son intensas las semillas filosóficas e ideológicas que en ella se vierten por parte del autor. Que nadie busque en estas páginas una historia galvánica o llena de peripecias; pero sí una novela centrípeta, profundamente meditada y con un alto valor intelectual.

sábado, 16 de febrero de 2019

Son de Almendra




La intriga y la ambigüedad atraparán a los lectores que fijen en dos detalles muy separados en el tomo Son de Almendra. Así, nada más abrir este volumen, escrito por la cubana Mayra Montero, encontramos la dedicatoria de la novela: “A la memoria de mis abuelos, Manuel y Amalia, en Compostela 611”. Y si avanzamos hasta la página 276 se nos habla del asesinato de Boris en la puerta de su restaurante, un crimen observado por una niña. El narrador (un periodista llamado Joaquín Porrata, tan intrépido como bisoño) indica al respecto: “Sonaron los disparos y ella lo vio caer, con un montón de caramelos en la mano. Quise entrevistar a la niña en la casa de sus abuelos, Compostela 611, a pocos pasos del Boris, pero no me dejaron ni siquiera hablarle, tampoco tomarle una fotografía”. ¿Nos hallamos ante una ingeniosa mentira narrativa o ante un sorprendente círculo autobiográfico que se cierra?
Estamos en Cuba, en el mes de octubre de 1957. Gobierna el corrupto dictador Fulgencio Batista; y, mientras se insinúa un movimiento revolucionario que cobra vigor y adeptos en Sierra Maestra, la ciudad de La Habana flota en un ambiente de glamour, cabarets, frivolidad y soterrados negocios millonarios donde la mafia isleña impone su ley silenciosa pero implacable. Se está incubando una auténtica guerra por el control de los hoteles y los casinos cubanos, que generan beneficios escandalosos. Y esa guerra produce víctimas por las que nadie quiere preguntar, y que desaparecen con vertiginosa solicitud. La autora juega además a intrigarnos desde las primeras líneas de la obra: “El mismo día en que mataron a Umberto Anastasia en Nueva York escapó un hipopótamo del Zoológico de La Habana. Puedo explicar esa conexión. Nadie más puede hacerlo”. ¿Es posible que exista algún lector al que no capture un inicio novelístico así?
Mayra Montero, tras un riguroso proceso de documentación desarrollado en Puerto Rico, Cuba y Estados Unidos, disfraza creativamente todas sus anotaciones y no deja que en ningún momento asfixien el tono narrativo. De esa forma, las peripecias, desmanes y códigos fraudulentos de Meyer Lansky, Fat the Butcher, Lucky Luciano o Santo Trafficante, se mezclan con el cotidiano horror asumido de Juan Bulgado (que descuartiza los cadáveres que le entregan y los hace comer a los leones del zoo), con el morbo erótico que genera Yolanda (que perdió un brazo en un número circense y que arrastra una vida tormentosa) y con otras existencias mucho menos llamativas que, uniéndose entre sí, componen un fresco novelístico de poderosa fuerza, y que no sólo gustará a los amantes del género negro.

jueves, 14 de febrero de 2019

Rebelión en Nueva Granada




A pesar de que se empeñen en pregonarlo algunos críticos pedantes (de ésos que desayunan grandes tazones de almidón y utilizan con frecuencia vocablos como “apodíctico”, “intradiegético” o “intertextual”), lo cierto es que una buena novela sigue siendo lo mismo que ya era en el siglo XVI: unos personajes sólidos, un argumento seductor y una voz narrativa que sepa contarnos los sucesos con garbo, elegancia y belleza. Fin. Todo lo demás es rococó, música de flauta y Finnegans Wake; o sea, basura. Afortunadamente, uno de los que siempre ha entendido esa lección y la ha puesto en práctica con brillantez ha sido el caravaqueño Luis Leante, que demuestra su excelencia no sólo en los textos dirigidos a adultos sino también en sus creaciones pensadas para el público juvenil, como ocurre en Rebelión en Nueva Granada.
Todos los ingredientes que, como digo, ayudan a edificar una obra seria y perdurable, están aquí presentes. Primero, unos héroes llenos de matices y de curvas emocionales: el capitán Argimiro Montenegro, tan intrépido con las armas en la mano como moralmente irreprochable; el seductor alférez criollo Álvaro Espinosa; la bella y brava Adriana, hija del capitán Montenegro; o la esclava Bibiana, que sufre la pérdida de un hijo. Segundo, unos antihéroes igual de bien trazados, que nunca resbalan por la peligrosa cuesta de la caricatura: la ambivalente Ángela Mendoza o el enigmático alférez esteban Aguirre. Tercero, unos paisajes españoles y sudamericanos descritos con prosa pictórica, que llena los ojos de colores y formas. Cuarto, una acción novelesca rápida pero equilibrada, donde las peripecias, las tormentas en el mar, las expediciones por la selva, los engaños, las costumbres palaciegas y los amoríos se van sucediendo con fluidez. Y quinto, lo más importante (antes lo apunté): una voz narrativa excepcional, la de Luis Leante, curtido en miles de páginas y conocedor de los resortes más eficaces para capturar a los lectores, jóvenes y maduros, con la solidez poliédrica de su prosa.
Avanzando por esta narración (desarrollada a mitad del siglo XVII, entre Cádiz y Cartagena de Indias), descubriremos que ha sido capaz de aunar géneros dispares para construir una novela de aventuras, una novela histórica, una novela amorosa y una novela psicológica. Todo a la vez. Todo brillantemente conjugado. Todo servido con vigor y espléndida imaginación. Es el privilegio de los grandes.

miércoles, 13 de febrero de 2019

Medea




Medea se aventuró a abandonar su patria para seguir los pasos de un hombre, Jasón. Con él marchó, dejando desairada a su familia; y con él formó una familia próspera, con varios hijos. Pero la dicha se ha convertido en devastación cuando los deseos del marido se han orientado hacia otra mujer, con la que ha contraído nuevo matrimonio: la hija del rey Creonte. Arguye ante su repudiada esposa que lo hace para asegurar la bonanza futura de sus hijos, que quedarán vinculados al trono de la ciudad; mas esta explicación no calma la furia de la mujer, como es lógico. ¿Acaso debe soportar en silencio y con resignación ser abandonada por una mujer más joven, más bella y con mejor posición social? ¿Acaso los votos del matrimonio no significan nada para el traidor marido?
Constatando que no, y que por tanto quedan “lesionados los derechos de su lecho” (como traduce Alberto Medina González), la necesidad de la venganza empapa su corazón. Primero, contra su marido y su nueva pareja (“Tu boda ha de ser tal que algún día renegarás de ella”); y segundo, paradójicamente, contra los hijos que ha tenido con Jasón, quienes deberán morir para infligirle al infame el más cruel de los padecimientos: la pérdida de sus vástagos. Una vez que haya fallecido la hija de Creonte (a la que conducirá a la muerte regalándole ropa y joyas envenenadas, que quemen y descompongan su cuerpo) les tocará el turno a los niños, que no deben quedar como consuelo para el padre. La acción, pese a su cruda vileza, deberá ser ejecutada por ella misma (“Es de todo punto necesario que mueran y, puesto que es preciso, los mataré yo que los he engendrado”).
Todos conocemos el viejo mito de la madre que arrebata la respiración a sus hijos para vengarse del marido desdeñoso, pero leyendo a Eurípides descubrimos de qué manera acongojante se van cumpliendo todos los protocolos de esa trágica sentencia. Cuánta majestad, cuántas lágrimas, cuánto rigor implacable en las líneas del escritor de Salamina.

martes, 12 de febrero de 2019

El juramento de los Centenera




Que una novela juvenil esté basada en hechos reales le añade, reconozcámoslo, un añadido de intriga y de curiosidad muy elevado. Así ocurre con El juramento de los Centenera, la espléndida narración con la que Lydia Carreras de Sosa obtuvo hace unos años el premio Alandar, de la editorial Edelvives.
La novela nos habla de un grupo de hermanos que, tras haber perdido a sus padres, deciden poner rumbo al continente americano para construir allí sus nuevas vidas, llenos de ilusión y de proyectos. Una de las hermanas se queda en España, casada con un usurero que le garantiza la supervivencia; y los demás parten llevándose a María, la pequeña, a la que le falta un dedo y que adolece de un notorio retraso mental. Los mimos que le prodigan y las atenciones que a su alrededor se tejen los mantienen unidos como bloque familiar. Hasta aquí, la acción es cautivadora. Pero lo más inquietante llega después: cuando el barco se encuentra a punto de tocar puerto, tras una travesía muy prolongada y llena de zozobras emocionales, descubren algo que los destroza y que los conduce al reino del horror: la pequeña María no aparece por sitio alguno. ¿Se ha caído al mar? ¿Alguien la ha secuestrado? ¿Se ha perdido en algún sótano?
Los hermanos, después de una búsqueda inútil que se prolonga durante dos días, bajan a tierra y se comprometen bajo juramento a no volver a mencionar el tema de la hermana, pase lo que pase. Obviamente, no va a resultar tan sencillo: Josep (que es el narrador de esta obra) experimenta una profunda desazón por haber actuado así, y cuando ya han pasado muchos meses termina contándole los detalles de la pérdida a una criada con la que traba cierta amistad. Ésta se lo dice a su vez a su señor (amigo del juez Valero)… y comienza la investigación.
Decir cómo se desarrolla la misma es bastante fácil: a base de entrevistas con antiguos viajeros, que van revelando pequeños trocitos de la verdad. Pero decir cómo termina, y qué encuentran al final de la trama, sería una grosería lamentable, que no pienso cometer. Lydia Contreras de Sosa consigue una pieza espléndida, en la que el lenguaje, la fluidez de la narración, la finura de sus aproximaciones al mundo interno de los protagonistas y una acertada dosis de intriga se amalgaman para conformar una novela seductora.

lunes, 11 de febrero de 2019

Las horas




Detenerse en la lectura de Aurora Saura es, siempre, aceptar que el tiempo adopte otra velocidad, otra densidad, otro ritmo. Hay en sus líneas una dicción serena, un equilibrio elegante de las palabras, una sobriedad apolínea u oriental en su decir que resultan embriagadores. Y esa revelación de la pureza se puede observar desde el volumen Las horas, con el que enriqueció la lírica murciana en 1986.
Nos habla en sus páginas delicadas, casi petálicas, de la rosa que mantiene el milagro de su lozanía durante los fríos de enero; del olvido como realidad que nos exonera de amargura; o de la gravitación de la noche sobre los seres silenciosos. Nos habla de unos paisajes que aún no se habían contaminado con la tristeza del presente (“Aún no era el mar esta acumulación de lágrimas, / ni el sol se nos iba negando cada día. / No había empezado aún esta lluvia incesante”). Nos habla de sus admiraciones literarias más altas (“Hablo de Hölderlin, amigos. / Nombro a quien eligió la luz / y la locura, y señaló los dioses / y las sombras. / Hablo de aquel / a quien no basta, / para llamarlo, / el nombre de Poeta”).
Este reino de poesía es breve pero irradia una luz purísima, que acaricia los ojos del lector como esa lluvia lenta y eficaz que humedece con provecho la tierra. Se es poeta por tener un don, un don casi siempre inexplicable, que tiñe los versos con unos colores especiales. Aurora Saura lo es.

sábado, 9 de febrero de 2019

Lejos del Paraíso




Adán y Eva se encuentran en el Paraíso; y Dios, enfadado con ellos por una trivial desobediencia relacionada con la recolección e ingesta de frutos, que propicia el Demonio, decide expulsar a la pareja de aquel recinto. Una vez fuera, tienen dos hijos (Caín y Abel), tan diferentes entre sí como diferentes son sus actividades. Hasta aquí, como bien evidente resulta, lo único que he hecho ha sido resumir en dos pinceladas la historia mítica que abre la Biblia.
¿Y qué hace Miguel Sierra con estos personajes y con este argumento? Pues, en síntesis, convertirlo en materia teatral. Introduce, eso sí, algunos cambios en el argumento y en la psicología de los personajes: convierte al Demonio en Luci; les da un pequeño papel a un par de ángeles (Aral y Omil), que intervienen un par de veces en la obra; hace que Caín sea el bueno y Abel el malo; posibilita que Eva le coja el gusto a hacer el amor tanto con su marido como con sus hijos (lo que la convierte a ojos de Luci en “la primera furcia de la historia”) y trata de convertirla en una especie de protofeminista, al hacerle observar que todos la explotan en el ámbito doméstico, puesto que cocina, limpia y cuida de los tres varones.
¿Una obra valiosa? Me parece que no. ¿Divertida al menos? No se me antoja así. ¿Una pieza que, aprovechando un argumento conocido, le introduce dos gotitas de trasgresión y quiere pasar por original? Por ahí creo que van los tiros.
Poco que aplaudir, la verdad.