sábado, 29 de junio de 2024

La silla blanca

 


En el corazón de cada madre o padre palpita durante años la ilusión de ver cómo su hija o hijo crece: es la secuencia lógica. En el corazón de cada hijo o hija llora la languidez desolada de ver cómo su madre o padre se reduce, se erosiona, se acerca a la extinción: también es la secuencia lógica. Estas dos pulsiones polares (el anhelo y el desánimo) se hallan presentes en el delicado poemario La silla blanca, del que es autora Teresa Vicente y que publica con exquisitez el sello Balduque, en su colección Sudeste.

Nos encontramos en sus páginas la crónica minuciosa de una declinación: la que protagoniza la madre de la escritora (94 años), en su camino descendente por la escalera de la vida. En unos poemas hondísimos, de brevedad acongojada, la poeta nos habla de órganos que se van estropeando, piernas que se niegan a todo movimiento, soledades ubicuas, necesidad de ser cuidada por personas ajenas a la familia y toda la penosa caravana de dolamas y alifafes (como diría Azorín) que asaltan a quien se aproxima a la última vuelta del camino. A veces, la madre mira con ansiedad todos los árboles de su entorno, con gesto inusual. Y cuando su hija le pregunta qué hace ella responde: “Quiero guardarlo todo en la memoria, / ya no volveré a verlo” (poema V). A veces, la hija resumirá su indesmayable vigilancia amorosa (comida, aseo, medicación) en una frase llena de aflicción: “Al final solo miro si respiras” (poema VIII). A veces, se nos explicará cómo la anciana decidió amoldarse a la postura yacente, huérfana de fuerzas (“acostumbrándote a la postura de la eternidad”, poema XVIII). Y todas las lágrimas, todos los desvelos, todas las rememoraciones, todas las rendiciones, llegan a su delta en el poema final del volumen, que no puede leerse sin escalofrío: “Me rompes el corazón / cuando dices: / -¿Ya te vas, nena? / -Me voy, mamá; / me voy, me llama la vida”.

La silla blanca es un poemario conmovedor, universal y humanísimo, lleno de burbujas de tristeza, que entra por los ojos y se instala directamente en el corazón.

jueves, 27 de junio de 2024

Sbataisso

 


Acudamos a una cita de la página 261, casi acabando el libro, para situarnos en el escenario emocional del mismo. Habla el poeta José María Álvarez: “Soy dichoso en muchos lugares, el Mar Menor, Alejandría, Budapest, San Petersburgo, Kyoto, New York, Berlín acaso, Roma, Sicilia…, pero hay dos sin los cuales no concibo mi vida: París y Venezia. Venezia es mi amante”. De hecho, ya había manifestado en una página anterior su voluntad de que, tras la muerte, “me quemen, como a los antiguos, y que hagan tres partes con las cenizas: una para aventarla sobre el Mar Menor, otra sobre Roma desde el Pincio, y otra para Venezia” (p.81). Ese espacio de luz, color, carnalidad y Arte se convierte en la sustancia esencial de este volumen primoroso, que, en edición de Alfredo Rodríguez, publica con exquisitez el sello MurciaLibro. En él descubrimos los mil pormenores de la fascinación del poeta por la ciudad de los canales, por sus palacios, sus tonos de color, el cabello y la nuca de las venecianas, los artesanos de fórcolas, sus puentes y la “última boqueada del esplendor” (p.34) de un mundo que ahora se encuentra erosionado por la torpeza de algunas decisiones políticas de su ayuntamiento y, sobre todo, por la invasión del turismo de masas. Ese turismo es el perfecto ejemplo de la “mediocridad actual” (p.42), que trae “devastación” (p.155), pues son “manadas desarrapadas intelectualmente” (p.217) que se esclafan con sus latas de refrescos en cualquier sitio y ensucian la Belleza del entorno. La indignación del poeta (que no se circunscribe a Venecia, sino que extiende al resto del mundo) se sublima entre las páginas 60 y 61, con un contundente análisis: “Qué despreciable el fomento del moderno turismo. Puede que remedie las arcas, la bancarrota de nuestras sociedades, pero qué martingala tan devastadora. Qué se les había perdido allí, y sobre todo a esas hordas de niños con un profesor zopenco al frente, hollando como tártaros, sin escuchar (al menos de eso se libran) la perorata inicua del pedagogo de turno”.

Venezia (con z) es otra cosa. Es una burbuja de pasado y majestad, de arte y de grandeza antigua, en la que cada iglesia esconde belleza, cada arco requiere horas de contemplación, cada copa que se toma con un amigo, cada pequeño local de comidas que se descubre o se recupera, se aroman con los recuerdos de Jorge Luis Borges, María Kodama, Paco Rabal, Gianfranco Ivancic o Bobo Ferruzzi, por citar solamente algunos de sus más cercanos espíritus. “Enfermo de Venecia” (como enfermos fueron también Lord Byron, Chateaubriand, Gautier y otros célebres artistas), José María Álvarez nos extasía con una torrencial cascada de cuadros y pintores, que llenan de fulgor cada una de las páginas de este libro y que invitan a conocerlos en una próxima visita.

Pocas veces encontrarán ustedes un volumen tan rebosante de belleza como este, donde se nos suministran las notas finales de una ópera prodigiosa, que se acerca a su término con estoica majestad.

miércoles, 26 de junio de 2024

El humo dormido

 


Creo haber descubierto el motivo por el que mis lecturas anteriores de Gabriel Miró (La novela de mi amigo, en época universitaria; Figuras de Bethlem, el año pasado) me habían parecido, si no insatisfactorias, al menos tibias: el hecho de haber recorrido sus páginas “con demasiada rapidez”. Como lector habitual de novelas, soy consciente de que tiendo a desarrollar una excesiva velocidad en mi recorrido por los libros. Y sospecho que en el caso del alicantino Miró ese vértigo resulta perjudicial para el adecuado disfrute literario, porque sus líneas postulan un espacio silencioso y lleno de matices sensoriales, que precisan de lentitud, de atención extrema. Ahora, obligándome a la calma, he paseado durante un par de días por El humo dormido y mi aplauso ha surgido espontáneo.

Si es verdad que somos hogueras y que, con el paso inexorable del tiempo, nos transformamos en ceniza y en humo, revisar ese “humo dormido” que constituye nuestro ayer implica revisitarnos, redescubrirnos, contarnos. Así lo hace Gabriel Miró en las viñetas con aroma autobiográfico que va alineando en este libro, donde el sintagma “humo dormido” se repite dieciséis veces, de forma letánica, como un estribillo del alma. Me ha gustado el deleite sensual de su prosa lenta. Me ha gustado la añoranza apolínea de su memoria. Y me ha gustado tener que acudir al diccionario una d0cena de veces para entender vocablos que, arcaicos o terruñeros, desconocía.

Salvo el tramo final, demasiado impregnado de religiosidad para mi gusto, todo en el libro me ha resultado placentero. Tenían razón quienes me animaban a insistir con el prosista de los ojos claros. Les agradezco el consejo.

lunes, 24 de junio de 2024

La noche de arena

 


Dos son las características en las que suelo detener mi atención cuando recorro las páginas de una novela: la primera, la brillantez de su estilo (esta condición la persigo y observo en todos los tomos que abro, cualquiera que sea su género); la segunda, que me cuente una historia. Esto último, para lectores más modernos, que quizá valoran más la focalización, la estructura, la voz narrativa y otras peculiaridades formales, podrá parecer una antigualla. Lo respeto, pero no lo comparto. Lo que más viejo se suele volver en un libro son sus mecanismos “modernos”, su ingeniería técnica. Que está bien, no lo niego, pero que a mí me dice más bien poco: soy decididamente arcaico. A mucha honra y sin rubor.

En La noche de arena, la última entrega de Trifón Abad (Grijalbo, 2024), encuentro abundantes atractivos en los dos ámbitos: su brillantez formal y su solidez narrativa. Circunstancia que, por cierto, no me extraña, porque los dos libros que ya conocía del autor, y que reseñé en este mismo blog en 2018 (https://rubencastillo.blogspot.com/2018/07/que-la-ciudad-se-acabe-de-pronto.html) y en 2021 (https://rubencastillo.blogspot.com/2021/11/quitamiedos.html), me parecieron magníficos. Ahora, alejado del relato corto, el escritor murciano se sumerge en el universo de la novela, invitándonos a que lo acompañemos por una historia de género negro donde no falta detalle: unos mafiosos que no dudan a la hora de emplear métodos de persuasión expeditivos; unos empresarios poco escrupulosos con las normas de seguridad de sus instalaciones; jóvenes que se abocan (o se ven abocados) a los mundos inquietantes del alcohol, la cocaína y la música tecno; y, sobre todo, un antiguo investigador privado (Juan Carlos Robles) cuya vida quedó destrozada con la desaparición de su hija Berta tras la celebración de una rave ilegal y que ahora, de forma casi inesperada, descubre un hilo del que tirar para aclarar aquellos dolorosos sucesos que erosionaron su alma, laceraron su vida profesional y dinamitaron su matrimonio.

Una historia que utiliza con inteligencia los saltos en el tiempo y que dedica una atención exquisita al dibujo íntimo de los personajes (seres, todos ellos, a los que diferentes desgracias han dejado maltrechos: no se pierdan a Charo, no se pierdan a Wolfe, no se pierdan los laberintos interiores de Robles), con unos diálogos bien pautados y con un final que les dejará con la boca abierta. Quien desee disfrutar de (y sufrir con) una novela gloriosa, ya saben su nombre: La noche de arena.

domingo, 23 de junio de 2024

El año de Gracia

 


Pudiera ser que mi admiración estruendosa por los cuentos de Cristina Fernández Cubas me haya impedido gozar con justicia (o con edénica felicidad) de su novela El año de Gracia, que me ha interesado (para qué negarlo) bastante menos que sus propuestas breves. No, desde luego, por la brillantez de su escritura, que es para mí indiscutible; pero sí por la inverosimilitud que adorna la historia y por la precipitación con que queda rematada.

Admití en las primeras páginas que el seminarista Daniel, experto en traducir de las lenguas latina y griega, abandonase tras la muerte de su padre (junio de 1980) el ámbito religioso en el que profesaba y que, de pronto, se convirtiese en un hombre entregado a la mundanidad, el alcohol y el amor de una mujer (la fotógrafa Yasmine). Aceptado. Me costó más trabajo entender que, de súbito, se interesase por el mundo de la navegación y se enrolara en un decrépito barco, a las órdenes del inquietante capitán Jean, de quien nada sabe. Pero cuando la embarcación naufraga y él llega a una isla neblinosa, donde descubre al primitivo, brutal y semiafásico Grock, quien domina un rebaño de ovejas sanguinarias que se destripan entre sí, mi credulidad llegó a su límite. ¿A dónde demonios se dirigía la historia? ¿Qué se suponía que me estaba contando? Concentré al máximo mi atención, para comprobar si era capaz de entender la ruta narrativa que me estaba proponiendo mi admiradísima escritora catalana… pero no. Y el final, cogido con alfileres y sometido a un cúmulo de “explicaciones” forzadas, me dejó totalmente fuera de juego.

En resumen: ni me he creído la historia, ni me he creído el final, ni me he creído a los personajes. Lo siento, pero esta vez no. Y mira que me da rabia. Decepción.

sábado, 22 de junio de 2024

Peluquería y letras

 


Resulta un poco complicado resumir el argumento de esta novela de Juan Pablo Villalobos (la primera que leo suya) porque, en puridad, pocas cosas ocurren en ella. Quiero decir (no se me malinterprete) que lo esencial del libro no es, en mi opinión, el argumento, sino más bien la sabia combinación entre cotidianidad, descripción urbana, humor, guiños literarios y autoficción irónica. Y, desde luego, las cien páginas del tomo se llevan con toda justicia mi aplauso.

Descubrimos desde el inicio a un escritor mexicano llamado Juan Pablo, casado con una brasileña y padre de un hijo adolescente y de una hija de menor edad. Viven en Barcelona, donde a él acaban de hacerle una colonoscopia: un arranque tan prosaico que no puede ser observado sino con simpatía. Sobre todo porque, de inmediato, el narrador nos explica que le urge someterse a un corte de pelo (“Lo que me avergonzaba no era tanto el volumen desproporcionado que adquiría mi cabello al esponjarse por la humedad del verano que se acercaba, sino la longitud y deformidad de las patillas, que al verme en el espejo me hacían pensar en futbolistas de los años ochenta, estrellas de rock de los años ochenta, políticos populistas de los años ochenta, personajes de series de televisión de los años ochenta y, lo que es peor, mi propio yo, preadolescente y adolescente, de los años ochenta”, p.28). Y esa operación cisoria constituirá el punto de inicio del breve asunto de la obra, que reunirá a una peluquera bretona, un dedo amputado, un ecuatoriano que quiere escribir un libro, una editora ansiosa porque Juan Pablo no le entrega suficiente texto de su nueva novela y dos secretarias que, tercas, se niegan a expedir un certificado de lo más banal.

Y, aliñándolo todo, un espléndido conjunto de detalles literarios, que harán las delicias de cualquier lector atento: reminiscencias del cuento “En la barbería”, de Chéjov (léanse las páginas 40-41), homenajes a Laurence Sterne (el más evidente, en la página 76) y otra porción de sonrisas, que convierten esta experiencia en un continuo disfrute, altamente recomendable.

No tardaré mucho en volver a Juan Pablo Villalobos.

(Postdata: Para entender mejor el juego de palabras del título, que enraíza con la fórmula Filosofía y letras, búsquese en Internet cualquier foto del autor)

viernes, 21 de junio de 2024

La última primavera

 


Muchos conocemos el dolor ancestral de perder a una madre, el desgarro inaudito de saber y asumir que quien te dio la vida ya no la posee, como si te hubiera entregado la antorcha, antes de cerrar los ojos y despedirse para siempre. Por eso, resulta conmovedor leer el modo en que la escritora Rosario Guarino rinde un homenaje poético a su propia madre, con tinta de lágrimas, en su obra La última primavera, que le publica el sello MurciaLibro.

Dueña de un sólido bagaje clásico (es continuo el fluir de nombres y citas, que añaden un delicioso aroma grecolatino al texto: Virgilio, Catulo, Homero), la mirada lírica de la autora repasa todos los pormenores del amor filial, de la erosión, de la languidez, de la belleza, del valor impagable de la amistad, de la tristeza, de la esperanza. Nos recuerda cómo se siente el corazón desde la ausencia de la madre (“Y soy como una casa abandonada / a la que devora la maleza / hasta quedar expuesta a la intemperie”); y lo importante que resulta comunicar el afecto, mientras aún es posible, a las personas vivas a quienes amamos (“Que si bello es vivir siempre / en el recuerdo de otros / aún más bello es que te abracen / y te digan que te quieren / cuando es posible sentirlo / y entender las diferencias, / y tomar unas cervezas / sin viajar al Paraíso. / Por si acaso el Paraíso / no supiera de cervezas”); y la tristeza insondable de no completar debidamente el ritual de la despedida (“¿Dónde irá sin adioses quien se marcha? / ¿Qué hacer con el adiós que se nos queda?”); o el necesario cumplimiento de la última voluntad, tan delicada, de la autora (“Plantad junto a mi tumba / un jazminero / y no olvidéis regarlo / con poesía”); o la forma en que se roza, en el último instante, el misterio más hondo y puro del vivir (“Ahora, tal vez, conozcas el secreto”).

Pero la grandeza de este libro no se detiene ahí, porque la editorial ha tenido la feliz idea de componer un volumen de doble lectura, en español y en griego (no olvidemos que la autora es profesora en la universidad de Murcia y doctora en Filología Clásica). Y además presenta el tomo con una bellísima ilustración de cubierta firmada por la pintora Carmen Molina Cantabella.

Ni estética ni literariamente se puede pedir más.

IMPRESIONANTE.