sábado, 30 de julio de 2016

La asamblea de las mujeres



¿Qué pasaría si las mujeres, hartas de encontrarse sojuzgadas por los varones, ideasen una estratagema para hacerse con el poder? Praxágora y sus amigas lo intentarán… y alcanzarán un éxito chocante.
Estamos en la Atenas clásica y, disfrazadas con las ropas de sus maridos y con unas barbas postizas, se presentan en la Asamblea y consiguen que se apruebe una ley para otorgarles a ellas el poder de la ciudad, habida cuenta de su elevada experiencia como gobernantas de sus propias casas.
El nuevo programa de gobierno, en todo caso, está claro para las féminas: “A nadie le estará ya permitido robar, ni en­vidiar a los vecinos, ni ir desnudo, ni ser pobre, ni injuriar, ni tomar prendas a los deudores”. Praxágora ha concebido un proyecto tan ambicioso como revolucionario (“Quiero que todos los bienes sean comu­nes, y que todos tengan igual parte en ellos y vivan de los mismos; que no sea éste rico y aquél pobre; que no cultive uno un inmenso campo y otro no tenga donde sepultar su cadáver; que no haya quien lleve cien esclavos y quien carezca de un solo servicio; en una palabra: establezco una vida común e igual para todos”), llegando a postular incluso algunas normativas eróticas de lo más variopintas (“Yo haré que las mujeres sean también comunes, de suerte que puedan acostarse con los hombres y hacer hijos con cual­quiera”).
El problema es que cuando llega la hora de que los varones aporten sus bienes al acervo común algunos se niegan a hacerlo. Tampoco se muestran conformes con la nueva ordenanza, que obliga a yacer con las viejas antes de hacerlo con las muchachas jóvenes.

Se generan de este modo dos o tres situaciones tragicómicas, que colaboran a mantener en pie esta comedia ligera y simpática, anticipo de las futuras utopías políticas, que aún se lee con una sonrisa.

jueves, 28 de julio de 2016

Escuadra hacia la muerte



Nos encontramos en plena Tercera Guerra Mundial. Un grupo de soldados se encuentran encerrados en unas dependencias donde deberán durante tres meses hasta nuevas órdenes. Todos ellos arrastran o esconden un pasado turbio: alguno se negó a formar parte de un piquete de ejecución, otro intentó desertar, otro mató a un sargento, otro fue un especulador que vendió la harina de sus compañeros… Resulta difícil distinguir qué tienen de escoria y qué de tristes supervivientes.
Al mando de este singular grupo se encuentra el cabo Goban, que con su espeso despotismo tiene claro lo que se espera de él y de sus hombres: “Necesito una escuadra de soldados para la muerte. Los tendré. Los haré de vosotros. Los superiores saben lo que han hecho poniendo esta escuadra bajo mi mando. Voy a ir con vosotros hasta el final. Voy a morir con vosotros. Pero vais a llegar a la muerte limpios, en perfecto estado de revista. Y lo último que vais a oír en esta tierra es mi voz de mando. ¿Qué os parece la perspectiva?”.
La respuesta vendrá en las Navidades, cuando el alcohol se alíe con la rabia y den muerte a su superior de una forma salvaje. A partir de ese acto, la situación se volverá aún más turbia: la tensión de ver que el enemigo no ataca, los remordimientos, el miedo a las represalias de un posible Consejo de Guerra, las desconfianzas…

Con un manejo habilidoso de la psicología, Alfonso Sastre nos pone ante los ojos a unos personajes que viven una situación límite, que saca lo peor de sí mismos. La obra ha perdido mucha fuerza temática con el paso de los años, pero ni un ápice de su intensidad anímica.

martes, 26 de julio de 2016

Un crucero de verano por las Antillas



No creo que se pueda definir a Lafcadio Hearn (nacido en Grecia en 1850 y muerto en Japón en 1904) como un escritor demasiado conocido, pero sí como un estilista de interesantes condiciones. Hay en sus páginas una música especial, una delicada textura que las vuelve deliciosamente magnéticas. Y esta condición, que no es fácil descubrir porque pocas editoriales españolas se han animado a publicar traducciones de sus libros, vuelve ante nosotros gracias a Un crucero de verano por las Antillas, que Regina López Muñoz vierte a nuestro idioma para la editorial Errata naturae.
Lafcadio se sube a un buque que parte de la costa norteamericana y que se dirige hacia el sur, recibiendo en su casco “el discurso atropellado de las olas” (cap.IV) y permitiéndole conocer la explosión de colores que el Trópico atesora y regala a sus visitantes. Porque en sus primeros días la crónica de este viaje se centra sobre todo en los aspectos cromáticos, fruto del deslumbramiento que el periodista, profesor y traductor experimenta ante los nuevos horizontes. Los rojos, los verdes, los amarillos y sobre todo los azules (cincuenta veces se menciona este color en las primeras veinte páginas del tomo) asaltan sus ojos y lo embriagan, hasta el punto de llevarlo a decretar: “No tienen cabida aquí los tonos fantasmales, únicamente hay colores luminosos y vivos como el fuego” (p.53).
En los sucesivos desembarcos que vaya realizando en Trinidad, San Vicente y otras islas de la zona, Lafcadio Hearn anotará curiosas observaciones sobre la condición atlética y fibrosa de sus habitantes, sobre la belleza diminuta y coqueta de sus cementerios o sobre la presencia de víboras venenosas, cuyas víctimas se ven sometidas a una putrefacción corporal que describe casi con morbo en el capítulo XVIII. También lo sorprenden durante sus paseos algunos espectáculos antropológicos, que registra con una objetividad no exenta de estupor: “Una multitud de mujeres negras con las piernas desnudas desfila ante nosotros, todas ellas cargando fardos o canastos en la cabeza y fumando cigarros muy largos” (cap.VIII).
Quizá la escena más llamativa del volumen aparezca en la página 42, en la que Lafcadio describe cómo los pasajeros del barco arrojan monedas para que los chicos nativos de Martinica se sumerjan y las busquen, como perritos bien adiestrados. Alejado de todo bochorno y de toda vergüenza por esa actitud prepotente o mezquina de sus colegas occidentales, el viajero se limita a anotar que los chicos son “decididamente guapos”.

Un tomo en el que podemos descubrir la belleza formal de la prosa de Lafcadio Hearn, al mismo tiempo que nos adentramos en paisajes que todavía se mantenían alejados de la vorágine turística que hoy los acecha y pervierte. Dos meses de navegación, cinco mil kilómetros recorridos, unos ojos llenos de curiosidad y un buen escritor que lo vierte todo en 132 páginas deliciosas. Tan refrescante como llamativo.

domingo, 24 de julio de 2016

Correspondencia



Al vallisoletano Francisco Umbral le gustaba decir, con una mezcla de admiración y de estupor, que del genio se aprovechan hasta las migajas: fragmentos inéditos, piezas inconclusas, variantes textuales, obras de juventud arrumbadas en cajones o viejas carpetas… y epistolarios. Pero el caso que nos ocupa hoy (la mastodóntica correspondencia de Benito Pérez Galdós) adquiere matices distintos, porque supone un aprovechamiento glorioso, que viene a iluminar muchísimos aspectos literarios, sentimentales y hasta religiosos del egregio novelista. El volumen, que se extiende más allá de las mil páginas y que incorpora centenares de notas, ha sido preparado por los profesores Alan E. Smith, María Ángeles Rodríguez Sánchez y Laurie Lomask, encargándose la editorial Cátedra, en su Bibliotheca Avrea, de ponerlo en las librerías.
Resumir las innumerables direcciones de este tomo es una tarea condenada al fracaso, además de una impertinencia. Lo mejor es sumergirse en su oceánica belleza y descubrir todos sus pormenores: las consultas del escritor canario a Ramón de Mesonero Romanos sobre detalles ambientales, históricos o antropológicos que le permitan mejorar sus futuras obras; los análisis que efectúa sobre piezas literarias ajenas (como esas observaciones sobre La regenta que llenan la carta 74, absolutamente antológica); sus convicciones religiosas, en las que resulta tan contundente como falto de provocación o jactancia (“Carezco de fe, carezco de ella en absoluto. He procurado poseerme de ella y no lo he podido conseguir”, carta 16); sus flaquezas humanas, demasiado humanas, que lo llevan a considerar las críticas negativas como confabulaciones orquestadas o analfabetas; o su falta de aptitudes para las profecías (cuando la joven actriz María Guerrero abandona en 1894 la compañía teatral en la que se encuentra y decide formar la suya, Benito Pérez Galdós es tajante: “La Guerrero se va. Está loca y va de seguro a su perdición”, carta 296).
Mención aparte habría que dedicar a los dos veneros epistolares que el mejor novelista español del siglo XIX dedica a sus amantes Concha Morell y Teodosia Gandarias. Frente a la primera mantiene una actitud más quejumbrosa, lamentando la irregularidad de sus envíos, sus coqueteos durante las giras teatrales o sus súplicas para que se vean con más frecuencia (peticiones que Galdós desoye casi siempre, por encontrarse enfrascado en cualquiera de sus libros); frente a la segunda, en cambio, el tono es mucho más dulce, más extasiado, más lleno de ternura: la compara con Dios, le traslada hasta las confidencias más delicadas que nacen de su espíritu, se declara su esclavo y la enjoya con los atributos disparatados y ridículos que todo enamorado entenderá a la perfección: “Mi cielito, mi encanto, mi paz, mi alegría, mi ensueño, mi realidad, mi quitapenas, mi zozobra cuando no recibo la carta a tiempo, mi consuelo, mi norma, mi consultora, mi guía, mi maestra, mi compañía, mi goce, mi estudio, mi bien muy amado y mi centro magnético” (carta 725).

La fascinante personalidad del laborioso escritor isleño se muestra en estos 1170 documentos con una frescura y una espontaneidad admirables, donde descubrimos desde su humildad hasta su soberbia, desde sus dolores de muelas hasta sus tribulaciones económicas, desde sus cartas de recomendación hasta sus napoleónicos gustos sexuales (“No te bañes hasta que no nos veamos”, le escribe a Concha en la carta 271). Un volumen que ayuda a entender mejor la figura del genial novelista.

viernes, 22 de julio de 2016

Malos y malditos



Este volumen explica, para lectores de poca edad, con una prosa sencilla pero no exenta de gracia, las figuras de los “malos” y “malditos” que el autor ha podido detectar en la historia literaria. Los primeros son aquellos que han elegido de forma voluntaria su opción negativa; los segundos, quienes se han visto impulsados u obligados a asumirla. No es lo mismo.
Así, Fernando Savater habla para sus jóvenes lectores de Polifemo, que pecó de no ser hospitalario con Ulises y sus hombres (“Acuérdate cuando veas en tu ciudad al extranjero, al inmigrante, al que pide refugio y comprensión. No seamos nosotros ogros odiosos para ningún ser humano”); del pobre fantasma de Canterville, atropellado por la modernidad (“Tal vez la época actual sea poco apropiada para los espectros tradicionales. Pero en cambio tiene sus propios fantasmas, menos románticos aunque quizá más amenazadores: el paro, la violencia terrorista, el hambre, el racismo... ¿Sabes? A veces echo de menos con ternura a los viejos fantasmas que sólo decían "¡uuuuuuh!”); del inteligente e implacable profesor Moriarty (“Entre Sherlock Holmes y él se traba una batalla titánica, porque cada uno de ellos es el mejor en su campo: uno como príncipe de los detectives y el otro como emperador del crimen”); o de Long John Silver, uno de los protagonistas de La isla del tesoro, volumen del que realiza una tajante y simpática afirmación: “Doy por supuesto que tienes en casa ese libro imprescindible: si no, corre inmediatamente a comprarlo aunque tengas que pedir limosna a la puerta de la librería hasta reunir su precio”.

Un libro para jóvenes que, estoy convencido, anima a leer muchas de las obras comentadas en sus páginas. Digno de aplauso.

miércoles, 20 de julio de 2016

La chica olvidada



En julio de 2015 leí y reseñé una novela de Noelia Lorenzo Pino. Nunca había tenido la oportunidad de acercarme antes a sus obras. Llevaba por título La sirena roja y la publicaba la editorial Erein. Yo, que no soy aficionado a la novela negra, la abrí por curiosidad y leí las cinco primeras páginas. Fue suficiente. Cerré el libro, me preparé un café y, de vuelta a mi sillón, me dispuse a leérmela entera. Había algo en aquella prosa, un fluir especial, un “gancho”, que consiguió mantenerme atento, encandilado, convencido.
Ahora, justo un año después, llega a mis manos La chica olvidada, su siguiente novela, también editada por Erein. Y me vuelvo a encontrar en sus líneas con los mismos agentes del orden que aparecían en la anterior: Jon Ander Macua, Eider Chassereau, Juncal Baraibar… Si en La sirena roja se enfrentaban a un despiadado desollador, ahora han de hacerlo frente a un teórico asesino múltiple. En 1999, una hermosa adolescente llamada Maika fue asesinada en Hondarribia de ocho puñaladas; en 2013 se produce un caso similar: Lorea Gálvez, de rasgos físicos parecidos, es la nueva víctima. Poco a poco, conforme avanza la investigación, va creciendo el número de sospechosos… hasta que se llega a la sorprendente resolución del caso.
Durante toda la obra, Noelia Lorenzo actúa como esos malabaristas que, para asombro del público, van aumentando el número de objetos que mantienen en el aire, sin que ninguno caiga al suelo o choque con el contiguo. Pero es que, además, el modo en que los matices de la trama van añadiendo o descartando sospechosos nunca es banal, ni forzado, ni previsible, como ocurre con otros (con muchísimos otros) autores: se llega al criminal sin que hayamos adivinado su condición en la página previa. Pura magia, bastante infrecuente en una novelista tan joven.
Aportaré otro detalle singular: al margen de la historia que la escritora nos cuenta, en sus libros existen otras narraciones paralelas e incompletas, que se van desarrollando en volúmenes sucesivos. Si en La sirena roja asistíamos a la desintegración del matrimonio de Macua, a la crisis momentánea que sacudía el de Eider y a la zozobra emocional de Baraibar, tras el suicidio de su pareja, en La chica olvidada descubriremos qué nueva persona entra en la vida del primero, qué matices de derrumbe asolan a la segunda y qué volcánica relación embriagará a la tercera. En la próxima fabulación de Noelia Lorenzo Pino (que Erein, fiel a su olfato, no dejará escapar) podremos ir completando esas tres novelas por entregas que la brillante autora nos propone y que resultan tan fascinantes como las tramas centrales a las que acompañan.

Yo no tengo ninguna duda sobre la calidad literaria y la inventiva novelesca de Noelia Lorenzo Pino, así que esperaré esa nueva producción con auténtica ansiedad. Se ha ganado el derecho a ser considerada una de las voces más prometedoras del panorama nacional.

domingo, 17 de julio de 2016

Historia de la eternidad



Tenía 20 años cuando comencé a leer al argentino Jorge Luis Borges y, durante una década, lo devoré con admiración, con pasmo, con reverencia. Ahora que ya tengo 50 puedo afirmar que sigue siendo uno de mis dioses, de mis pocos dioses literarios. Releo hoy esta deliciosa Historia de la eternidad y constato algunas cosas que me parecen importantes… Me sigue fascinando la parla metafísica de Borges en sus meditaciones sobre el tiempo; la deslumbrante condición de las kenningar islandesas (que me maravillaron en mi juventud y que me siguen causando asombro); las inteligentes reflexiones que Borges enumera sobre la condición y espíritu de las metáforas; su riguroso examen pintoresco sobre las teorías del tiempo circular; o las procelosas observaciones que prodiga sobre las diferentes traducciones de Las mil y una noches.
Y, por encima de todos los aprendizajes intelectuales que he obtenido con el autor argentino, me queda siempre (entonces y ahora) el fulgor del lenguaje borgiano. Descubrir que un libro le resulta “servicial”, que la pequeñez del átomo es tal que “no lo sospechan los microscopios”, que una posibilidad remota es “computable en cero”, que a un explorador “lo agredió una alta fiebre” o que unos periódicos recibieron la publicación de cierto libro con gozo y le “dispensaron su ditirambo” son imágenes verbales que me embriagan. Hay libros que no contienen ni una sola comparable a ellas. Y Borges las depara con prodigalidad genial. Por eso lo amé y lo amo.

“Ya seguiremos discutiendo en la eternidad”, dicen que dijo Miguel Servet a los que decidieron quemarlo. Yo seguiré leyendo a Borges en la eternidad.