jueves, 30 de julio de 2015

La senda amarga



Me gusta la poesía-agua. Ésa que tiene la virtud de ser recorrida como quien nada o bucea: sabiendo que se mueve entre olas limpias, entre gotas puras, sin Escilas ni Caribdis, sin que te falte la respiración. Joaquín Marías Corbalán ha compuesto un libro de esas características con el título de La senda amarga, y la verdad es que me ha gustado mucho leerlo.
En este volumen destacan los poemas donde el poeta rinde tributo de devoción a otros poetas, sobre todo Miguel Hernández, Federico García Lorca y Antonio Machado, aunque también ofrece sus homenajes a músicos como el maestro Joaquín Rodrigo (“Tan sólo es magia”), al archenero Vicente Medina (“Cuántas cosicas”) o a un río (“Recuerdos del Nalón”). Igual de memorables son aquellas secuencias donde se detiene a cantar la belleza de una mujer, de la que se enamoró frente al mar (“Dama sin rostro”) y a la que aspira a seguir queriendo incluso más allá de la muerte (“Epitafio”). En esos poemas de amor, Joaquín Corbalán deja que los elementos de la naturaleza se sumen a su pasión sentimental, explicándonos que el mar se siente solo cuando no tiene la suerte de contar con la presencia de la amada (“Presiente alejarse la seda de tu piel”) o que las nubes, implicadas con igual fervor en el éxtasis amoroso, “dibujan tu nombre en el cielo”.

Si desean conocer un poema estupendo sobre la llegada de la vejez y la amarga constatación de la melancolía y el vacío no dejen de acercarse hasta “Llorando su tiempo”; si desean empaparse sobre lo que Joaquín piensa sobre el oriolano Miguel Hernández, ahí está “A las tres de la mañana”, donde nos hablará largamente sobre el poeta que se dirigió al pueblo y que quiso hacerle ver las luces de la libertad; y si desean, en fin, contemplar de qué modo tan diáfano trabaja la editorial ADIH con sus autores... no tienen más que acercarse hasta las páginas cristalinas de La senda amarga. Joaquín Marías Corbalán les está esperando con sus versos, sus estupendas metáforas (“los negros ojos de las chimeneas”, p.13) y su voluntad de hablarnos de poesía mirándonos a la cara.

martes, 28 de julio de 2015

El lápiz del carpintero



El doctor Da Barca es un viejo exiliado que, en su ancianidad, es entrevistado por el periodista Carlos Sousa para su medio de comunicación, a pesar de que el galeno es más bien renuente, por considerar que no hay nada interesante en él que lo haga merecedor de una entrevista.
El doctor Da Barca trabajaba en un sanatorio mental, y allí conoció a un pintor, que había ido a tomar apuntes sobre los internos.
El doctor Da Barca tenía una novia bellísima, Marisa Mallo, que también era amada en secreto y a distancia por Herbal, un tipo turbio que acabó siendo el carcelero de la prisión donde encerraron al médico durante la guerra civil del año 1936.
El doctor Da Barca, en lugar de defenderse a sí mismo durante el consejo de guerra que se organiza a su alrededor, defiende a Dombodán, un retrasado con el que comparte su aciago destino.
El doctor Da Barca hipnotiza a un compañero de celda para hacerle creer que ha comido mucho, y que así se le pase la ansiedad que siente por la privación de alimentos.
El doctor Da Barca es enviado en un tren de tuberculosos en dirección a Coruña. El doctor Da Barca es un hombre honesto, cabal e inteligente, que termina por irse  al exilio cuando lo liberan de la cárcel, allá por los años 50.
El doctor Da Barca.
De principio a fin, el doctor Da Barca.
Y flotando alrededor de su historia un lápiz de carpintero que pasó de su propietario original a otra persona.
Tiempo de ignominias, tiempo de venganzas personales, tiempo oscuro donde el horror y la arbitrariedad caminan de la mano.

Y qué bien lo cuenta el jodío Manuel Rivas. Qué bueno es.

domingo, 26 de julio de 2015

El galán fantasma



Pedro Calderón de la Barca (1600-1681) fue un dramaturgo de altísima calidad que, por efecto del oleaje inmisericorde de los siglos, ha acabado sufriendo un desgaste y un menosprecio bastante injustos: se le suele ofrecer en ediciones infectas en las ferias del libro de ocasión; ha recibido los denuestos de varios intelectuales de prestigio (Miguel de Unamuno, en sus cartas a Sergio Fernández Larraín, lo calificó de “gongorino inaguantable”, de “inflador de gaita” y de “teólogo echado a perder”); las adaptaciones de sus títulos al mundo del cine han sido escasas y por lo general mediocres; y sus ventas, en fin, han quedado constreñidas al territorio más áspero y desagradable: el de las lecturas obligatorias de bachillerato y universidad. No se merecía, el egregio autor de La vida es sueño, una erosión tan bochornosa.
Ahora, la exquisita editorial Cátedra vuelve a ocuparse de la necesaria reivindicación del dramaturgo madrileño, entregándonos El galán fantasma (a cargo de Noelia Iglesias), una pieza muy interesante, de agilidad manifiesta y de personajes que, más allá de sus rasgos convencionales, resultan atractivos y creíbles: Astolfo, un muchacho de noble espíritu y posición acomodada, corteja con éxito a Julia, de quien obtiene palabra de matrimonio. Pero una presencia indeseable enturbiará esta relación: el Gran Duque Federico se ha encaprichado de la hermosa dama y se cree con derecho de obtener sus favores. Inevitablemente, se producirá un agrio enfrentamiento entre ambos, y Astolfo resultará muerto. No obstante, poco tardarán los aturdidos lectores en descubrir que se trata de una muerte ficticia y que, recuperado el galán de sus graves heridas, podrá volver a acercarse a Julia gracias al auxilio de su amigo Carlos, que le mostrará un túnel subterráneo que, desde su hogar, conduce al jardín de la muchacha. Durante unas jornadas, todo el mundo acepta como algo lógico que Julia pasee de noche entre los parterres; pero pronto empezarán las suspicacias, las celadas y los enredos.
Decía Francisco Umbral en una de sus obras que ningún escritor puede luchar contra su propio estilo, y en El galán fantasma es evidente que Calderón de la Barca es Calderón de la Barca. O sea, que permanece fiel a sí mismo: hay secuencias donde se yergue demasiado hacia el intelectualismo expresivo (pero también lo hizo Lope de Vega en El perro del hortelano o La dama boba); instantes donde alguna leve confusión escénica está a punto de complicar demasiado la trama; o momentos en los que la ortodoxia de ciertos personajes se resquebraja (los súbitos celos de Astolfo o la magnanimidad de Federico en la secuencia de cierre). Pero no se puede negar que la pieza es, en conjunto, habilidosa, eficaz y atractiva. Jugando con naipes perfectamente definidos (el poderoso que abusa de su condición, el galán cuyo amor se ve molestado, el amigo dispuesto a socorrer, el criado que vulnera de los códigos de la fidelidad, la sirvienta timorata) e insertándolos con buen oficio en una trama ágil, Pedro Calderón de la Barca nos ofrece una comedia digna de ser recordada con respeto.

La editorial Cátedra continúa ampliando su catálogo con obras realmente notables, que la convierten en un referente nacional e internacional. En este caso, con una producción de capa y espada que hubiera podido firmar el Fénix de los Ingenios sin ningún tipo de rubor.

sábado, 25 de julio de 2015

Poema en viñetas



Algunos interesados en el mundo de la literatura sabrán que Dino Buzzati (1906-1972) fue un autor prolífico y de enorme versatilidad (cuento, novela, teatro, narrativa juvenil); pero lo que quizá ignoren en que, en 1969, apareció en Italia una singular obra suya, ilustrada por el propio Buzzati, que causó una auténtica conmoción. En primer lugar, porque era una rara avis dentro de su obra, que sorprendió a los lectores y sobre todo a los miembros de la crítica (a los críticos suele descentrarlos mucho que los creadores se salgan de los esquemas previstos y regulados); en segundo lugar, porque los dibujos mostraban una fuerza expresiva enorme (desde el erotismo hasta las raíces del surrealismo, pasando por elementos tenebristas: de casi ningún matiz prescindió el maestro italiano); y en tercer lugar porque suponía una revisión (llena de sexualidad y de simbolismo) del célebre episodio de Orfeo y Eurídice, que nos regaló la clasicidad y que no ha dejado de producir variantes, tanto en literatura como en pintura, música y otras disciplinas artísticas.
En esta versión, Orfeo se convierte en Orfi (un cantante adorado por las adolescentes), y Eurídice en Eura (su novia, que muere de forma inopinada). Como es lógico, Orfi decide descender a los infiernos para encontrarla (“Si está ella, yo no tengo miedo”, p.57) y descubre, entre otras horribles cosas, que los muertos “no conocen ya la esperanza, lo que constituye el más malvado de los suplicios”, p.78). La pieza, sugestiva como pocas, recuerda en algunos momentos al drama Huis clos, de Jean-Paul Sartre (porque se nos dice que en el Más Allá hay personajes que se torturan entre sí) y en otros al relato “El inmortal”, de Borges (porque nos pregona en la p.92 que los muertos, al ser conscientes de su eviternidad, bostezan de tedio). Pero, en su conjunto, la obra supone una interpretación libérrima, ágil y poderosa del episodio mitológico, que seduce con su fortaleza verbal y visual a los lectores.

Hay que tributarle un merecido y fuerte aplauso a la editorial Gadir, que logró que esta pieza excelente apareciera por primera vez en nuestro idioma, en la traducción de Carlos Manzano, casi cuatro décadas después de su primera edición italiana. Un buen autor, una buena obra, una buena editorial. Imposible mejorar el conjunto.

jueves, 23 de julio de 2015

La marca de Creta



Cada lector se pasa la vida descubriendo autores que le atraen y otros que le repelen, casi desde el punto de vista químico. Y por regla general no tiene que ver con la “calidad objetiva” del escritor, sino con los niveles de conexión que se establecen entre él y tú de forma secreta, magnética, poderosa. Con Cortázar sentí esa química desde el primer minuto. Con Borges, también. Y con Antonio Muñoz Molina. Y con Shakespeare. Jamás, en cambio, la he sentido con Faulkner, ni con Onetti, ni con Hemingway, ni con Tolstoi (cito cuatro ejemplos de cada tendencia, por parecerme suficientes). Óscar Esquivias está para mí de forma clara en el primer grupo. Desde que abrí las páginas de uno de sus libros, sentí que algo mágico emergía de ellas y se instalaba en mi interior.
Me detengo hoy en La marca de Creta, que leí con felicidad cuando le dieron el premio Setenil y que ahora devoro por segunda vez para consignarlo en este Librario íntimo, subrayando imágenes literarias que me llamaron la atención desde el primer minuto (esa “sombra dentuda de las tejas” que se menciona en el relato “Hijos de Dios”) y adentrándome más en sus personajes: ese Marco que trabaja en Banca di Roma y que, chapoteando en el pantano de una vida conyugal tediosa, comienza a sentir dolores en el pecho; ese Gerardo que estudia en una pensión y que descubrirá en la discoteca a Lali, su patrona; esas dos lesbianas que descubren en las hormigas una metáfora espléndida de su propia erosión como pareja; esa mujer que publica en un diario de Burgos unas asombrosas predicciones sobre los recién nacidos de la localidad; esas personas que pasean por la playa, angustiadas y amargadas por la consunción; ese hijo que vuelve, después de haber permanecido treinta años en Alemania, lejos de su familia; esa Mar que, en la fiesta de sus veinticinco años, toma una decisión erótica que afectará a uno de sus amigos; ese viejo escritor que arroja piedras claras u oscuras a un montón, dependiendo del día, y que acabará cercado por la horrenda sensación del ridículo...

La marca de Creta es un excelente volumen de cuentos, donde nadie debe esperar sorpresas finales (no responden a ese formato), pero donde brilla uno de los estilistas más asombrosos que tiene la literatura española.

miércoles, 22 de julio de 2015

El vampiro



John William Polidori obtuvo la licenciatura en medicina a la edad de 19 años, con una tesis sobre el sonambulismo. Poco después, ya era médico que gozaba de la amistad de lord Byron. A los 26, todavía jovencísimo, se suicidó tomando ácido prúsico. Son pinceladas de una vida trunca que, para el mundo literario, dio al menos un fruto de extraordinaria importancia: El vampiro. Este breve narración nació en junio de 1816 (pronto cumplirá dos siglos), cuando varios de los amigos que se reunían en casa de lord Byron aceptaron el reto de escribir una historia de ambiente fantasmal o macabro. Mary Shelley concibió entonces su memorable Frankenstein o El moderno Prometeo y Polidori hizo lo propio con la obra que, traducida por Camila Loew y publicada por el sello La Otra Orilla, comento hoy.
Estamos en Londres, y allí se van a conocer dos personas antagónicas: el oscuro lord Ruthven (un hombre misterioso y de quien nadie conoce demasiados detalles) y Aubrey (un muchacho rico y huérfano que está comenzando a vivir). La amistad que poco a poco se va fraguando entre ambos alcanzará un instante de espesa inquietud cuando Aubrey, tras escuchar a la hermosa griega Ianthe un relato sobre vampiros, se estremezca al darse cuenta de que la chica le está dando “una descripción bastante ajustada de Lord Ruthven” (p.42). ¿Será verdad que su enigmático acompañante es un ser de ultratumba, un engendro de alma podrida? Tras un encuentro con unos bandidos, lord Ruthven recibirá una herida que pronto se gangrenará y pondrá fin a su vida, aunque antes de expirar le exigirá a Aubrey un curioso juramento: que no dirá nada sobre él a persona alguna durante un año y un día. Creyendo que se trata de un pacto sin importancia, Aubrey lo jura... Pronto comprobará hasta qué punto su existencia va a dar un vuelco con ese error.

Escrita con una prosa sobria y eficaz, esta novela se lee más fácilmente que la redactada por Mary Shelley, sin que su influencia literaria haya sido menor. Un texto genesíaco y recomendable.

lunes, 20 de julio de 2015

Los perfectos



Dentro del mundo de la literatura infantil y juvenil hay, como en botica, de todo: autores magníficos, autores mediocres, editoriales que trabajan con seriedad y editoriales mamarrachas. El sello Edebé lleva muchos años trabajando con un enorme pundonor y con excelentes resultados en ese sector tan difícil, y prueba de ello son los premios que anualmente convoca para obras destinadas al público adolescente, que suelen recaer en textos espléndidos.
En 2007, el ganador en la categoría infantil fue Rodrigo Muñoz Avia (Madrid, 1967), que pronto vio editado su relato Los perfectos en la colección Tucán, con ilustraciones de Tesa González. En él descubrimos por boca de su protagonista la historia de Álex, un chico con un único problema grave: todos los miembros de su familia son demasiado perfectos. Su padre es físico teórico, y tiene un buen trabajo en la universidad, donde es respetado y valorado; su madres es una reconocida decoradora, que publica reportajes en revistas punteras; sus hermanas son modélicas: guapas, simpáticas, bien educadas, con sobresalientes en todas las asignaturas... Todos en la familia adoran el orden, odian el ruido, mantienen unas costumbres ideales, rechazan el tabaco, comen alimentos sanísimos, repudian las discusiones y dialogan para llegar a acuerdos... Tanta perfección agobia al chico, que se empeña en descubrir alguna lacra en su entorno, sea cual sea: dar gritos, meterse el dedo en la nariz, sorber la sopa. Le da igual. Lo que sea. Algo que le permita comprobar que está rodeado de seres humanos.
Para esa tarea detectivesca cuenta con la ayuda de su mejor amigo, Rafa Panocha, que procede de una familia antípoda de la suya: espontáneos, más bien alocados, ruidosos, caóticos, comedores de bollería industrial y adictos al desorden, pero de gran simpatía, solidaridad y nobleza.
¿El resultado? Pues que Álex descubre esos fallos que andaba buscando... y no le gustan nada. Pero descubrirá también que la franqueza y el diálogo dentro de la familia ayudan a afrontar los conflictos y a solucionarlos.
Una obra, pues, donde los valores familiares y los valores de la amistad planean de principio a fin, vertebrando y dándole color a la novela, pero donde no se cae jamás en ñoñerías y demás lacras de la corrección política. Rodrigo Muñoz Avia ha sabido mantener un tono ágil y divertido en su relato, dando siempre la sensación de que quien habla es realmente un niño (admirable logro, que no todos los representantes de este género consiguen) y manteniendo la atención de los lectores sin altibajos y sin puntos negros.

Una obra sin duda muy recomendable para que los más jóvenes lean durante este verano.