viernes, 11 de octubre de 2024

El cisne de Vilamorta



Es prácticamente imposible resistirse a la magia narrativa (al imán narrativo) de la gallega Emilia Pardo Bazán. Y yo, que descubrí esa verdad desde mi primera aproximación a sus páginas, ni siquiera hago el esfuerzo de intentarlo. Para qué empeñarse en nadar, como los salmones, a contracorriente. Así que dejo un café con leche al alcance de la mano, me quito los zapatos, acomodo bien la espalda en el sillón y abro las páginas de El cisne de Vilamorta. De inmediato, mi mente se encuentra en una pequeña población gallega, salpicada de viñedos, donde un joven de escaso talento, pero de singular petulancia, Segundo García, emborrona papeles con versos que se obstinan en acercarse al esplendor becqueriano. Su padre, abogado y persona práctica, lo juzga un zangolotino sin más ambición que el humo que puebla su cabeza; sus vecinos, un inofensivo soñador que tiende a la extravagancia. En cambio, la maestra de la localidad, Leocadia (a quien se nos describe como una mujer poco atractiva, por culpa de una antigua infección de viruela que erosionó su rostro), bebe los vientos por él y no duda en emplear su dinero en procurarle caprichos y, llegado el caso, en sufragar la edición de sus producciones en la capital de España. Segundo se deja querer, aunque sus ojos se orientan de inmediato hacia Nieves, la joven y rubia esposa del ministro don Victoriano Andrés de la Comba, que ha venido a su lugar de origen para recuperarse de una dolencia que lo tiene mohíno y para darse un baño de adulación. Pocas explicaciones será necesario añadir: la imposibilidad de ese deseo amoroso (ella es casada y honorable); los celos que destrozan el alma de un ser inocente (la pobre Leocadia sufre, en silencio, sin abrir los labios); la frustración de una niña, hija de Nieves, que se enamora de Segundo y también padece por no ser correspondida (con ese hiperbólico sufrimiento de la adolescencia); las murmuraciones cazurras y provincianas del entorno… Emilia Pardo Bazán, que nos deja retratos impagables de los salones de época, de los bailes típicos, de los espectáculos de fuegos artificiales y de los rituales de la vendimia, nos invita a viajar por el interior de varias almas para mostrarnos con nitidez maravillosa algunos perfiles del espíritu humano y que extraigamos de ellos aprendizaje: el esfuerzo por alcanzar la gloria, la abnegación, el despecho, la altanería, la ignorancia, la desolación…

Salgo entre aplausos de la novela y, desde luego, decidido a adentrarme por más narraciones de esta prodigiosa escritora.

jueves, 10 de octubre de 2024

Fresas amargas para siempre

 


En la ciudad de Liverpool, en el número 16 de la calle Beaconsfield, estuvo situado durante décadas un orfanato del Ejército de Salvación, a pocas manzanas de donde vivía un chico rebelde y creativo llamado John Winston Lennon. Cuando este contaba unos veintiséis años y formaba parte de la legendaria formación musical The Beatles, los recuerdos de aquel paisaje triste de su infancia lo llevaron a componer la canción Strawberry fields forever. Y unas décadas después el escritor jienense Fernando Martínez López utiliza ese punto de arranque para hilvanar su novela Fresas amargas para siempre, que obtuvo el XXXI premio de novela corta “Ciudad de Jumilla”.

martes, 8 de octubre de 2024

Ecos

 


Basta con leer las primeras páginas de este diario de 1999 para comprender que la persona que dibujó sus letras es alguien especial. Y no lo digo porque se trate de mi admirada Dionisia García, sino porque cuando una persona, a sus setenta años, escribe con pesadumbre humilde una frase como “Queda tanto por saber…” (anotación de 23 de agosto) no queda sino descubrirse y sentir que la piel se eriza de admiración. A una edad en la que casi todos los escritores se encuentran “de vuelta”, concentrados más en su obra que en su curiosidad, la gran poeta Dionisia García seguía con su afán de conocer a los otros, a los poetas más jóvenes, a los pensadores y prosistas a quienes todavía no había frecuentado. Y en ese afán de saber se puede incluir su fe religiosa, tantas veces anotada en este libro, y que revela un alma anhelante, confiada y limpia.

Generosa en su valoración de quienes la rodean, Dionisia nos habla de la poesía de Pascual García, de la obra pictórica de Francisca Fe Montoya, de su amistad profunda por Clara Janés, Pedro García Montalvo, Miguel Espinosa, Sánchez Rosillo o Soren Peñalver, de la relación con su esposo o sus hijos, de su tristeza por la salud de un sacerdote muy cercano a su corazón… Y, de forma inevitable, palpita siempre en sus líneas la voz de la poeta, que traslada su música a la prosa. Aportaré un solo ejemplo: “La luz tiene color de otoño. Cuántos otoños ya. Sé que vivo los restos. Quisiera vivirlos en paz”. Heptasílabos y eneasílabos, con su rima asonante. Ahora comparemos esas felices palabras con el arranque del libro Asklepios, de su gran amigo Miguel Espinosa: “Me llamo Asklepios, y de tarde en tarde tomo la pluma para confesarme”. Seguro que se advierte la semejanza de música.

Ilusiona recorrer estas páginas, porque sirve para que escuchemos el alma de una de las poetas mejores que ha dado la literatura en los últimos tiempos. E ilusiona que la editorial MurciaLibro haya tenido la admirable idea de servírnoslas en un libro delicioso.

domingo, 6 de octubre de 2024

El fin de los buenos tiempos

 


He tardado tres años en abordar mi novena lectura de Ignacio Martínez de Pisón, un autor que se encuentra sin discusión en la primera línea de mis admiraciones; pero no transcurrirán otros tres hasta la siguiente. Es una de esas voces narrativas ante las que, cuando termino un libro, me pregunto de inmediato por qué no me sumerjo en todos los suyos, por orden y sin detenerme ni siquiera para respirar. Me pasa con Antonio Muñoz Molina, me pasa con Francisco Umbral, me pasa con William Shakespeare, me pasa con Miguel Delibes, me pasa con Andrés Trapiello. Supongo que lo hago porque la prudencia es mi mejor y más sincero argumento: quiero dosificarme sus páginas para que me duren más (leo a más velocidad de la que ellos escriben). Pero esta semana no he podido aguantar más y he dejado que mis ojos recorran las líneas espléndidas de El fin de los buenos tiempos, un tomo en el que se reúnen tres narraciones: “Siempre hay un perro al acecho” (donde se nos obliga a implicarnos en una historia de dolor familiar, con unos padres que asisten impotentes a la consunción de su hija), “El fin de los buenos tiempos” (de temática aparentemente futbolística, pero que explora pasillos más bien oscuros del alma humana, sus traiciones, sus mezquindades y sus venganzas diferidas) y “La ley de la gravedad” (en la cual un profesor de latín tiene que enfrentarse, sin desearlo, a una prueba durísima: reflexionar sobre las relaciones con su padre, ahora que la enfermedad lo está conduciendo inexorable y rápida a la muerte).

No voy a realizar (perdónenme, se lo ruego) ningún tipo de análisis filológico, no voy a extenderme en desgranar detalles sobre la brillantez narrativa del autor zaragozano, no voy a enumerar sus premios. Los laberintos de Internet les brindarán información más detallada de la que yo pueda suministrarles. Lo que quiero es algo mucho más simple, pero creo que quizá más hondo y más auténtico: les voy a sugerir que lo lean. Sin más: que acudan a una biblioteca o librería y cojan en las manos un libro suyo. Y si ya lo han hecho, repitan con otro título. Si les ocurre como me ocurre a mí (que sus historias los atrapan desde el primer párrafo) dispondrán de una maravillosa fuente de agua fresca en la que beber. ¿Y no es eso, en el fondo, lo que andamos buscando (o lo que deberíamos buscar) cuando abrimos cualquier libro?

viernes, 4 de octubre de 2024

Leyenda de san Ginés de la Jara



Siempre he defendido que bajo las líneas en prosa de Santiago Delgado (que son muchísimas y muy variadas) late un poeta, una mirada delicada y sensible que es capaz de detenerse en la crónica de una montaña, de una isla, de una flor, de una duna, de un lienzo, de un naranjo, descubriendo en cada uno de esos elementos un destello especial, una luz única, un rasgo que él advierte y dibuja con palabras exactas y hermosas. Quienes hemos tenido la oportunidad de leer sus libros (yo he disfrutado más de treinta) lo hemos sentido al avanzar por sus páginas. Y esa sensación, que es tan fuerte y tan reveladora, vuelve a manifestarse en los textos de Leyenda de San Ginés de la Jara, que la editorial MurciaLibro acaba de poner en su mesa de novedades.

Quien se adentre en este festival de colores, historias y paisajes se encontrará con una sugerente hipótesis sobre el origen galo de San Ginés; con la asombrosa vida de Armand de Beaufort, fiel servidor de Carlomagno; con un guerrero franco del siglo VIII que terminó muriendo en territorio de La Jara y fue inhumado en una bóveda subterránea; con un unicornio que habitaba por la zona del Pinatar; con la asombrosa dama (cuya identidad me van a permitir que no les revele) que toma baños de barro en la costa murciana desde hace siglos; con una singular apuesta cetrera que entabla el famoso Todmir (al que Santiago dedicó un libro admirable:  https://rubencastillo.blogspot.com/2019/07/cronica-de-todmir.html); con el esclavo africano Nyombé, preso en las minas de Mastia; con el herrero Hans, que se obstinó en construir una especie de traje de buzo en la época del rey Felipe IV; con el guerrero ricotí Ibn Hud y sus brillantes ideas; con el pasadizo secreto (no se sabe si concluso o simplemente planeado) que ordenó construir Ibn Mardenix; y con docenas de historias más, que prefiero dejar para que ustedes mismos las descubran en las páginas de este delicado libro.

No dejen pasar la oportunidad de asomarse a este balcón narrativo de Santiago Delgado, porque seguro que, apoyándose en su barandilla, disfrutarán de todos los colores, las formas, las leyendas y hasta los aromas del Mar Menor.

jueves, 3 de octubre de 2024

Interior día

 


Acompañemos en su viaje a esta mujer. Su nombre no importa. Su edad, tampoco. Se trata de una persona que, después de haber vivido durante años con mucha intensidad (fue actriz cinematográfica, celebridad televisiva y carne de revistas del corazón), ha decidido instalarse en un pueblecito pequeño, apartada de todo lo que no sea ella misma. Necesita olvidar amarguras. Necesita limpiarse y llenar de paz su alma. Necesita protegerse de toda la basura emocional que le fue vertida encima durante los difíciles años de la Transición, cuando las actrices eran carne mostrada, erotismo zafio, machismo gárrulo y silencios obligatorios.

Observemos ahora cómo en ese pueblo diminuto conoce a Miguel, un cinéfilo que la admira desde hace muchos años y que ha coleccionado recortes de prensa y todo tipo de películas realizadas por ella. Su vida (hijo de un mecánico) ha sido infinitamente más discreta que la de la mujer, pero las mordeduras del desamor y de la incomprensión lo han lastimado también desde su juventud. Se ha convertido, lentamente, en un solitario.

Con delicadeza (el autor despliega una prosa que parece ballet), ambos se van despojando de sus corazas y se acercan entre sí. Se buscan. Se necesitan. Y, poco a poco, con sabia dosificación narrativa, las confidencias y las conversaciones sobre sus respectivos pasados les van desvelando matices que desconocían el uno del otro. Ella recuerda sus años con Ágata Lys, con Bárbara Rey, con Concha Velasco, con Chicho Ibáñez Serrador, y le va aportando a Miguel una visión de los años setenta y ochenta muy distinta de la oficial, donde menudeaban los abusos, las mentiras periodísticas, los reportajes amañados, la droga: todo un mundo de fango que las perennes sonrisas del papel couché ocultaban y que, en las manos de Andrés Guilló Javaloyes, se convierte en un retrato valiosísimo de una etapa histórica más bien poco explorada, porque se situó entre dos “épicas” que la desdibujaron: la posguerra y la democracia.

Habilidoso a la hora de construir a sus personajes, el novelista ilicitano suma y suma anécdotas, perfiles, aproximaciones, sentimientos, lágrimas, rebeldías y sonrisas, hasta conseguir que los contemplemos como figuras creíbles, reales.

Una novela de arqueo y aceptación, de sacar a la luz los viejos recuerdos, limpiar sus excrecencias y, al fin, terminar aceptando que somos porque fuimos. Que nada es prescindible en nuestros calendarios del ayer. Y que cada amanecer es el resultado de todos los anocheceres previos. Se van a alegrar ustedes de buscar esta novela y leerla, créanme.

miércoles, 2 de octubre de 2024

Placer licuante

 


Después de dos mil quinientos años de narraciones en prosa y en verso, resulta casi imposible que el libro que comenzamos a leer no se muestre deudor de otros anteriores, desde el punto de vista temático y desde el punto de vista estilístico. Y mucho más si el asunto del que trata afecta a los sentimientos más habituales del ser humano: el amor, la muerte, el miedo, la amistad, la ambición, la traición, el odio. En las páginas de la novela Placer licuante, de Luis Goytisolo, ocurre igual, porque en ella se habla de decepción, de venganza, de celos; y resulta imposible no encontrarle conexiones con otros volúmenes y otros autores. Pero no importa, y conviene decirlo bien fuerte, porque el tratamiento prosístico y arquitectónico que el escritor barcelonés imprime a su obra la convierte en una pieza sin duda interesante y, desde luego, valiosa. En ella nos encontramos con Maica, una marchante de arte con gran éxito profesional, que está casada (infelizmente casada) con el escritor Pablo Pérez. Entre ellos no hay complicidad, ni ternura, ni entendimiento de ningún tipo: él bebe demasiado y, al parecer, no ha terminado de encajar de forma razonable los viajes, cócteles y reuniones continuas a los que se ve sometida su esposa por motivos profesionales. Huérfana de ternura, ella descubre en Máximo (arquitecto prestigioso) una ventana por la que asomarse y por la que recibir el oxígeno y la luz, de tal forma que pronto se convierten en amantes. Lo intentan llevar con discreción, porque son personas educadas y con muchas relaciones sociales, pero la suspicacia del marido se dispara desde las primeras semanas y decide contratar a un detective para que le facilite pruebas de esa presunta infidelidad. Cuando las obtiene (y son obscenamente concretas y definitivas), Pablo compra una caja de balas para la pistola que guarda en casa.

Llegados a este punto, cualquier persona puede pensar que nos encontramos ante la típica narración de celos y la típica venganza rencorosa de un marido burlado, pero les aseguro que no es así: jugando con avances y retrocesos en el tiempo, con la contemplación de escenas desde varias perspectivas y, sobre todo, con un final sorprendente, Luis Goytisolo consigue una novela que mantiene el interés de forma asombrosa.

Con la obra literaria de su hermano Juan nunca he podido, pero mi primera incursión en la obra de Luis no me ha dejado, ni mucho menos, indiferente. Me plantearé continuar en el futuro con Estatua con palomas y, si continúan las buenas sensaciones, con el Everest de Antagonía.