lunes, 17 de junio de 2024

Tres maestros ante el público

 


Tres ensayos, deliciosamente escritos y hondamente atinados, componen este volumen que, con la firma de Antonio Buero Vallejo, lleva por título Tres maestros ante el público. Lo conozco desde hace años por sus piezas dramáticas (es uno de los grandes del teatro español del siglo XX) y también por sus apuestas artísticas (quién no recuerda su retrato de Miguel Hernández), pero su faceta de ensayista aún no la había explorado. Y qué delicia, oigan. Admirable.

En el primero de los trabajos reflexiona sobre los modos que tiene Valle-Inclán para retratar a sus personajes: bien observándolos desde abajo (“De rodillas”), bien situándose a su altura (“En pie”), bien juzgándolos desde la altura (“En el aire”). Y, sobre todo, aborda la manera en que esa óptica influye en la percepción que los lectores tenemos de ellos, en función del retrato de don Ramón.

En el segundo, analiza (con una minuciosidad impresionante y con detalles técnicos que anonadan) el manejo de las perspectivas y las líneas de fuga en el cuadro Las Meninas, para demostrar (me parece muy evidente que lo demuestra) que el espejo del fondo no reproduce la imagen de unos reyes que miran a Velázquez mientras trabaja, sino que refleja lo que el sevillano está pintando en el lienzo.

En el tercero (su discurso de ingreso en la Real Academia Española), se centra en los dramas de Federico García Lorca, que siempre supo colocarse del lado de quienes sufren y, por eso, su teatro “se incendia de sinceridad” (p.108). Con un buen aparato de conexiones y discrepancias, Buero va perfilando la posición de Lorca con respecto al teatro esperpéntico del noventayochista Valle-Inclán (que juzga de “maravilloso y genial”, pese a que lo catalogara de “detestable como poeta y como prosista”), hasta que el granadino alcanzó la plenitud trágica y social con sus propias piezas.

Al final, se cierra el tomo (el delicioso tomo) con la sensación de que han sido cuatro, y no tres, los maestros que han desfilado por delante de mis ojos.

Qué grande era Buero Vallejo.

sábado, 15 de junio de 2024

El último enigma

 


Estamos en Flandes, en el año 1564. En medio de la noche, la puerta del doctor Jacob Palmaert es golpeada nerviosamente por el abogado Bartolomé Loos, quien insiste en que lo acompañe a su casa, porque necesita de sus servicios como galeno especializado en enfermedades mentales. El doctor, mientras lo acompaña, se entera de que el abogado Loos es uno de los miembros de la Hermandad del Enigma de Salomón, y que el motivo de su angustioso requerimiento se basa en que los demás componentes de dicha sociedad, tras recibir un mensaje esotérico y leer su contenido, han ingresado de forma unánime en una extraña locura.

Pronto se incorpora a la trama, en una trayectoria anexa, el joven Ismael, sobrino del canónigo Sebastián Leiden. El muchacho trabaja en una posada, pero en realidad lo que está haciendo es controlar a los viajeros que transitan por la misma. Al fin llega alguien que atrae su atención, y el chico le comunica a su tío que, en su opinión, el recién llegado es un Maestro de Enigmas de la Hermandad. De hecho, y viendo que el desconocido se va de la posada antes de lo esperado, se apresta a perseguirlo a una distancia prudente. Se trata (lo descubrirá pronto) de Juan de Utrecht, un hombre sigiloso, precavido e inteligente, que se mueve con la habilidad de un felino y al que no resulta fácil espiar o controlar. Pero es que a la suma de inconvenientes que debe superar Ismael se suma el nombre de Lucas Lauchen, un inquisidor que, obsesionado con la figura de Juan de Utrecht, ha contratado a dos asesinos profesionales para que lo maten… y para que maten de igual modo al chico que lo acompaña.

Entretanto, los enfermos mentales retenidos en la mansión del abogado Loos no dejan de empeorar, ante el desconcierto del doctor Palmaert, quien no se muestra capaz de sanarlos. Uno de ellos, incluso, se suicida.

En ese punto entra en juego la prodigiosa habilidad novelística de Joan Manuel Gisbert, quien comienza a dar giros a la acción hasta conseguir que los lectores vayan de asombro en asombro, vertiginosamente embriagados. Una anagnórisis muy bien trenzada en los capítulos finales cambiará con inteligencia el rumbo de la obra. Una brillante narración, marca de la casa.

jueves, 13 de junio de 2024

La noche mágica

 


Estamos en el Territorio de los Roijales. El “infame Umayya, cuya soberbia le llevaba a denominarse Rey sin serlo” es un poderoso musulmán de Aspe que ha incurrido en la tiranía de rapiñar cuanto se encuentra a su alrededor, causando pobreza, miedo y estropicio a los lugareños. El rey legítimo es Kharuyn, famoso por sus artes mágicas y prendado de la infanta Rosvinda, quien no puede serle entregada en matrimonio porque ya se encuentra comprometida por su padre con el infante Fernando de Aragón. Celoso por ese presunto desdén que se le inflige, la rapta y reduce al papel de cautiva, concibiendo con ella a una niña (Zulaida). Luego mata al padre de Rosvinda y al infante Fernando.

Con ese sangriento punto de arranque se inicia la historia legendaria de “La Encantá”, una muchacha que se encuentra entre dos mundos (el cristianismo y el Islam) y que, escindida por lealtades contrapuestas, se ve sometida a una mágica venganza que la sumerge en las profundidades de la Tierra hasta que, en la noche de San Juan, alguien pueda acudir en su auxilio. En este relato, que Salvador García Aguilar acomete con una prosa bruñida y de aroma arcaizante, asistimos a batallas, emboscadas, hechizos, traiciones, envidias, mezquindades, amores y tristezas, que nos recuerdan a las viejas historias del mundo medieval y del folclore, que seguramente producirían escalofríos al escucharlas de noche, al amor de la lumbre.

Tampoco habría sido una mala idea leerla con esa ambientación, que me atrevo a sugerirles.

miércoles, 12 de junio de 2024

El legado de Hipatia

 


Sabemos que ciertos personajes de novela están más vivos que muchas de las personas con las que nos tropezamos por la calle. Igualmente sabemos que los libros pueden ser misteriosos, y sorprendentes, y mágicos. Que pueden intrigarnos, hacernos viajar, proponernos enigmas y perturbar nuestras seguridades, lanzando nuestra fantasía hacia fronteras insospechadas. Vicente Muñoz Puelles, en su relato El legado de Hipatia, nos ofrece una historia que participa de todas esas brujerías deliciosas: un escritor insomne está redactando una novela sobre Hipatia, mujer erudita de Alejandría que no goza del respeto del patriarca Cirilo, ni tampoco de los cristianos eminentes de la ciudad, porque esa mujer “enseñaba a razonar, a cuestionar las verdades establecidas. Ellos preferían un pueblo sumiso, crédulo, ignorante” (pp.15-16). Pero la confección de esta obra narrativa obliga a Muñoz Puelles a consultar un viejo ejemplar de la Alejandría de E. M. Forster, heredado de su abuelo. Y ahí comienza la auténtica aventura, porque el escritor advierte que los libros de su biblioteca parecen tener vida propia: vuelven solos a su sitio de la estantería (ansiosos por compartir la balda con sus iguales), se dejan caer al suelo cuando quieren llamar la atención, etc. Los libros se revelan entonces como seres vivos, dotados de sentimientos y voliciones, ahí donde las fronteras entre la realidad y la ficción ya no existen, o están desdibujadas por la niebla del fervor. Su abuelo, lector quijotesco, entusiasta y voraz, le transmitió la pasión por los libros (“Leía desde que se despertaba por la mañana, mientras desayunaba en el comedor y luego en la biblioteca. Leía en el lavabo y hasta en la bañera, donde había instalado una especie de atril. En plena gula literaria leía durante el almuerzo y durante la cena. Leía hasta que le vencía el sueño y entonces seguía soñando con libros, con historias y con caudalosos ríos de palabras”, p.31). Un día, se declara un incendio en la biblioteca del escritor protagonista, y la situación no acaba en desgracia merced a una intervención fantasmagórica, que da color y fantasía a las últimas líneas del texto.

Muy agradable lectura.

lunes, 10 de junio de 2024

Heroidas

 


Que los clásicos grecolatinos conforman la base del pensamiento y el arte europeos no constituye una afirmación que necesite explicaciones (y mucho menos pruebas): bastaría con anotar los nombres egregios de Homero, Platón, Virgilio, Safo, Sófocles, Séneca o Eurípides para que hasta la persona más escéptica lo admita sin discusión. Dentro de ese listado de primera magnitud ocupa un lugar muy destacado Publio Ovidio Nasón, autor del Arte de amar o las Metamorfosis. Y también autor de Heroidas, una hermosa colección de cartas donde dieciocho mujeres y tres hombres (casi todos pertenecientes al mundo de la mitología) dibujan con tinta sus zozobras de amor.

Se trata de páginas exquisitas (desde el punto de vista literario) y muy profundas (desde el punto de vista psicológico), en las que Medea, Fedra, Dido o Paris nos abren sus corazones para que leamos, escrita con la roja tinta de la sangre, su particular glosa sobre las tribulaciones que los malhirieron. Penélope se queja por carta a Ulises con motivo de su tardanza, que no acierta a entender (“Hay mieses ya donde se alzaba Troya, y la tierra que la hoz ha de rasurar brota exuberante, fertilizada con la sangre frigia. Los curvos arados rompen los huesos semisepultos de los guerreros; la maleza esconde las casas en ruinas”). Filis decide ahorcarse tras ver cómo el ingrato Demofoonte no parece dispuesto a volver a su lado, como le prometió (“¡Ojalá fracase todo aquel que crea que las acciones deben juzgarse por sus resultados!”). Enone se queja ante Paris de lo pronto que la ha olvidado, para solazarse ahora con su reina veleidosa (“Contigo pasé mis años juveniles y pido seguir siendo tuya durante el resto del tiempo”). Hipsípila recrimina a Jasón que la abandonase sin remordimiento, para irse con otra (“A los débiles el dolor mismo les ofrece cualquier clase de armas”). Ariadna, abandonada por Teseo en la isla de Naxos cuando huían juntos, llora por la ingratitud de su enamorado y le pide que regrese (“Estas manos cansadas de golpear mi triste pecho las tiendo, desdichada, a ti a través de los anchos mares. Angustiada, te muestro estos cabellos que me quedan. Te ruego por mis lágrimas, que en tu conducta tienen su origen: ¡haz virar tu nave, Teseo, y deslízate en dirección contraria con viento cambiado! Si muero antes, tú al menos te llevarás mis huesos”). Cánae, la hermana enamorada de su hermano y fertilizada por él, da a luz un hijo. El padre lo hace descuartizar y le envía a su hija una espada para que se arrebate la vida. Cánae escribe a Macareo pidiéndole que, después de su muerte, coloque los restos del bebé junto a los suyos en el sepulcro. Laodamía le pide a su esposo Protesilao (que sabemos que fue el primero en morir durante el cerco de Troya) que se proteja y vuelva vivo: que no se exceda en el arrojo, que salga el último de la nave, etc. Safo recuerda a su enamorado Faón, con quien en todo momento se mostró sumamente fogosa (“Mi incontinencia te hacía gozar más de lo ordinario, y mi continua movilidad, y mis palabras adecuadas al juego”) y al que, pese a la distancia, aún recuerda en la soledad de su lecho (“Lo que viene después me avergüenzo de contarlo: pero todo llega a su culminación y hay placer y no me es posible permanecer seca”).

Podría completar varias páginas de explicaciones y ni siquiera me acercaría a trasladar en la reseña un pálido reflejo de las infinitas bellezas de esta obra.

Es Ovidio, por Dios santo y bendito. Hay que leerlo.

domingo, 9 de junio de 2024

El secreto de Lena

 


Lo conocemos, sobre todo, por Momo y por aquel prodigio titulado La historia interminable (no dejen de poner la novela, mejor que la película, en manos de sus hijos), pero Michael Ende también escribió historias más breves, como El secreto de Lena, que ahora termino en la traducción de Marinella Terzi e ilustrada por Jindra Capek. Se trata de una fábula moral sobre una niña díscola e irascible, que disfruta llevando la contraria a sus padres y que no consiente en modo alguno que ellos procedan de la misma forma. Para lograr que siempre acaten sus decisiones acude hasta el consultorio de un hada que tiene seis dedos en cada mano, la cual le entrega unos terrones de azúcar que facilitan un hechizo escalofriante: una vez que sus padres se los coman, disueltos en el té, verán cómo su estatura se reduce a la mitad en cada ocasión en que le lleven la contraria. Resulta fácil imaginar el alborozo de la niña, que aplica de inmediato la receta.

Desde ese instante, sus progenitores se van encogiendo hasta alcanzar unas dimensiones liliputienses, y esto termina por agobiar a la desaprensiva chiquilla, que vuelve hasta el local del hada en busca de una solución. Entonces descubrirá el altísimo precio que deberá abonarle para revertir el angustioso proceso.

Escrita con gracia y fluidez, esta educativa narración resulta idónea para leerla por las noches a nuestros hijos más pequeños. Les gustará tanto como a nosotros.

viernes, 7 de junio de 2024

La molinera de Arcos



Se defiende el dramaturgo asturiano Alejandro Casona, en la contracubierta de este libro, contra las críticas que le pudieran venir por la escasa originalidad del tema de la obra La molinera de Arcos, incidiendo en la importancia de otros ingredientes, como la “expresión artística” de la misma. No hizo mal en precaverse, porque resulta obvio que el asunto central (el acoso que sufre una moza rústica por parte de un poderoso, que ignora sus vínculos matrimoniales y pretende solazarse de modo horizontal con ella) ha aparecido docenas de veces en la historia de la literatura, desde la Biblia hasta ciertos dramas de Lope de Vega. Nihil novum sub sole. Y tampoco supone novedad alguna el perfil íntimo de los personajes que en ella concurren (la muchacha virtuosa, el celestino servil, el ricachón prepotente, el marido confiado y después vengativo). Pero sí que es cierto que Casona agrega algunas especias que vuelven agradable el drama, y lo envuelven en un halo elegante, en el que la firmeza, la honestidad, el donaire de la protagonista, la gracia burlona y hasta algunos ramalazos de humor, se unen para provocar constantes sonrisas en los lectores (préstese audiencia sobre todo a los numerosos juegos de palabras y a las frases de intención equívoca o malévola que cruzan la atmósfera escénica). También es original que el asedio que sufre la joven molinera esté protagonizado por tres gerifaltes (un Fiscal, un Comandante y un Corregidor), e incluso por un cuarto, si añadimos al sinuoso Deán (casi más pendiente de las lindezas gastronómicas y el buen vino que de los esplendores femeninos de la muchacha); o que las esposas de estos babosos, conscientes de las flaquezas de sus maridos, decidan estar pendientes de cada paso que dan en torno a la chica.

Adéntrese el lector en la obra sabiendo lo que encontrará (asechanzas nocturnas, galanteos improcedentes, comicidad sencilla y final moralizante) y tiene aseguradas un par de horas de entretenimiento.