viernes, 13 de mayo de 2016

La hoja plegada



Sucede en ocasiones que un escritor genial puede pasar inadvertido para el gran público. Es, me parece, el caso del norteamericano William Maxwell. Durante la mayor parte de su vida (y para la mayor parte de sus contemporáneos) fue sólo el editor del mítico The New Yorker, y el consejero literario de novelistas de la talla de Salinger o John Updike, quienes lo escuchaban con respeto y reverencia. Pero mientras desarrollaba esa silenciosa tarea encomiable componía su propia obra de creación, donde se incluyen novelas, cuentos y ensayos.
El sello Libros del Asteroide, que está contribuyendo decisivamente a la difusión en España de este fabulador, nos ofrece, en traducción de Miguel Temprano, su magnífico volumen La hoja plegada, una novela que gira alrededor de tres personajes dibujados con maestría, densidad psicológica y buen pulso narrativo: de un lado tenemos a Spud Latham, que procede de una familia pobre de Wisconsin y que basa la mayor parte de su magnetismo personal en la fuerza física, que canaliza a través del boxeo y de otros alardes hormonales; del otro lado tenemos a Lymie Peters, un muchacho más bien endeble pero de alta sensibilidad, que experimenta una fascinación insondable por Spud y que se convierte en su perrillo faldero; y, en medio, una chica hermosa, Sally Forbes, que aparece cuando ambos abandonan el instituto y entran a estudiar en la universidad de Indiana. ¿Será necesario que expliquemos que los dos amigos comienzan a distanciarse por culpa de la joven?
Pero existe otro conflicto mucho más hondo en el alma de Lymie Peters, que enriquece y complica la línea argumental de la obra: él experimenta por Spud Latham, quizá sin ser del todo consciente, una atracción que roza las fronteras de la homosexualidad: admira sus músculos, le gusta acompañarlo al gimnasio (y hasta anudarle los guantes y las botas), se siente muy feliz cuando duermen juntos en la misma cama de la residencia de estudiantes, es azotado por una “punzada de celos” (p.183) cuando Spud se enamora de Sally, etc. Y la situación emocional es tan evidente que la muchacha, cuando acude a decirle que Spud está muy raro con ella, le explica que se lo está contando porque “sé que sientes por él casi lo mismo que yo” (p.284). Pero es que Spud, al final de la obra, doblegado por un impulso irrefrenable, llega a besar en la boca a Lymie, aunque al instante se matice su reacción (“Nunca lo había hecho antes y nunca volvió a sentir la necesidad de hacerlo”, p.338).

Una tensión, pues, exquisitamente manejada por William Maxwell, que en ningún momento se permite la procacidad, la explicitud o la sal gorda, y que durante las 349 páginas de la novela envuelve a los lectores con la perfección apolínea de su prosa, absolutamente magistral.

miércoles, 11 de mayo de 2016

Merlín



La fantasía es el reino donde todo puede suceder. Una zona sin leyes (o con leyes misteriosas e indescifrables) en la que surgen islas entre la niebla, el tiempo se vuelve elástico, el cosmos se convierte en caos (o al revés) y los seres que nunca existieron adquieren vida y se imponen a los dictámenes siempre secos de la realidad. Es lo que aparentemente ocurrió con Merlín, un extraño personaje que asociamos con el mítico rey Arturo y al que la imaginación secular de poetas, novelistas y dibujantes nos ha ido mostrando como un anciano de luenga barba, capirote estrambótico y unos poderes más allá de lo razonable, capaz de dominar las fuerzas de la naturaleza.
Ahora, en un volumen espléndido de erudición y de elegancia expositiva, el profesor Geoffrey Ashe ha resumido todas las historias y leyendas que rodean a esta controvertida figura en un libro titulado originariamente Merlín (El profeta y su historia), que la editorial Crítica ha sacado en España con el diferente rótulo de Merlín (Historia y leyenda de la Inglaterra del rey Arturo), y donde oficia de traductora Alejandra Chaparro. En este volumen se nos intenta fijar una cronología que nos ayuda a situar a Arturo (un monarca más bien nebuloso, si es que existió); y nos ofrece un buen caudal de sucesos históricos que se contradicen, se solapan o se emborronan entre sí, planteados con agudeza y con respetuoso rigor. Se nos habla también del monumento megalítico de Stonehenge (recinto mágico que muchos consideran obra del propio Merlín), de las tradiciones mitológicas grecolatinas, de los druidas, de los shamanes, de los hiperbóreos, de las sibilas, e incluso de los autores que han tratado en sus obras literarias algún aspecto de la vida de Merlín (y donde brillan genios como William Shakespeare, Walter Scott, Wordsworth, Tennyson, Mark Twain o John Steinbeck)... El recorrido no puede ser más ameno, ni tampoco más exhaustivo.

El libro de Geoffrey Ashe merece ser leído con atención y con  respeto, porque nos ofrece muchas informaciones útiles y curiosas acerca del mago más famoso de todos los tiempos.

lunes, 9 de mayo de 2016

Los amantes de Teruel



Juan Eugenio Hartzenbusch es de esos dramaturgos cuyo nombre hemos visto en los libros de texto, nos han resultado sonoros o peculiares… pero a los que, por regla general, no solemos acercamos como lectores.
Hoy rompo esa inercia (en la que reconozco haber naufragado en más de una ocasión) para recorrer las páginas de Los amantes de Teruel, una de sus piezas más emblemáticas. Y seré tan honesto como siempre soy en este Librario: me ha parecido una obra notable, que he leído con gusto.
En ella seguimos las peripecias amorosas de Diego Marsilla, que se alejó de su amada Isabel para buscar fortuna durante seis años y merecerse así su mano. Por crueldades del Destino se encuentra preso en las manos del rey moro de Valencia… cuya esposa, como no podía ser menos para enredar la acción romántica, se enamora fatalmente del seductor cautivo cristiano. Entretanto, en su Teruel natal el poderoso don Rodrigo de Azagra acumula méritos para obtener en matrimonio a Isabel, que espera con ansiedad el retorno de su amado. Don Rodrigo, que ha efectuado innumerables buenas acciones para ganarse el favor de la chica y de su familia (sería mezquino no reconocerle esas virtudes), no dudará al final en recurrir al chantaje. Justo después de celebrarse la boda, don Diego Marsilla conseguirá regresar y se encontrará con la desagradable noticia de que su prometida ya no le pertenece.
Alternando prosa y verso, Hartzenbusch consigue en estas páginas un ritmo móvil, flexible y lleno de gracia, que consigue que pasemos por alto los sabidos infantilismos de los dramas románticos: impetuosas declaraciones de amor más bien hiperbólicas, muertes súbitas causadas por la pena, anagnórisis más aparatosas que creíbles, etc.

Podríamos decir que sobrevive a la zozobra del tiempo, lo que no es poca cosa.

domingo, 8 de mayo de 2016

Strindberg (Desde el infierno)



El sueco August Strindberg, como muy acertadamente señala Jordi Guinart, autor de esta memorable biografía que publica el sello Funambulista, “figura entre los dramaturgos más importantes de la Historia” (p.367). Tan sólo ese hecho debería bastar para interesarse por algunos detalles de su vida. Pero es que además nos encontramos con un hombre que estuvo oscurecido (o quizá iluminado, quién sabe) por innumerables anécdotas, que salpicaron su existencia de escándalos, polémicas, incertidumbres, opiniones enfrentadas y neblinas. Con una documentación amplísima y con una enorme capacidad para ordenar e interpretar los hechos, el biógrafo barcelonés nos presenta en Strindberg. Desde el infierno un libro valioso y de amena lectura.
Nos enteramos en sus páginas de que los padres del dramaturgo se conocieron en una posada, donde ella era camarera; que formaron un hogar tumultuoso y lleno de tensiones; que Strindberg se enamoró en su juventud de la baronesa Siri Von Essen y que contrajo matrimonio con ella cuando la mujer obtuvo el divorcio; que fue sometido a juicio por insultos a la religión; que fue un personaje misógino, polémico y con accesos puntuales de violencia (llegó a propinarle un puñetazo a Siri); que fue zarandeado por obsesiones de lo más peregrinas (creyó que quería envenenarlo, que lo perseguían, que tenía a varios espías acosándolo); que fue aficionado a la alquimia, a la filología, a la pintura y a la fotografía; que llegó a hablar ocho idiomas, incluido el chino; que admiró a Nietzsche (explica Guinart que en ocasiones se enfrascaba en “extrañas utopías, como la de recluirse en un convento y dedicarse a filosofar, y cuando se hubiera convertido en el Superhombre nietzscheano, abandonarlo y construir un barco vikingo de color dorado” (p.231); que afirmaba tener pulsiones suicidas desde la edad de 7 años; que fue un bebedor ferviente, que amaba el vino y la absenta; que elaboró “un estudio sobre la mariquita” (p.108); que tenía una cabeza muy pequeña e intentaba disimularlo alborotándose el cabello hasta alcanzar “el aspecto de un león encrespado” (p.299); o que tenía un pene que, en erección, alcanzaba las dimensiones que se indican en la página 150 del tomo.
Pero, salvadas todas esas anécdotas jugosas (que Jordi Guinart refleja con tanta gracia como buen sentido), lo que importa sobre todo en este volumen es que el biógrafo nos va haciendo conocer los entresijos de las obras principales del genio sueco, explicándonos que hay detrás de ellas, qué personajes reales se encuentran agazapados bajo la piel de los protagonistas, qué venganzas o qué ditirambos quiso acometer en sus líneas el dramaturgo de Estocolmo, cuál fue el devenir (afortunado o calamitoso) de cada una de esas piezas. Un notable apartado fotográfico sirve como complemento a esta investigación, y podemos poner rostro a las esposas de Strindberg (Siri Von Essen, Frida Uhl, Harriet Bosse), a los programas de mano que acompañaban a los estrenos o a algunos de los amigos y enemigos más cercanos al autor de La señorita Julie.
Libro excelente y necesario, esta biografía de August Strindberg es una auténtica joya que servirá a los amantes del teatro para acercarse a una de las figuras más discutidas e indiscutibles de la dramaturgia del siglo XX, y para formarse una opinión más completa y exacta del autor admirado por Chéjov, Gorki, Nietzsche, Kafka, Zola o Thomas Mann.

viernes, 6 de mayo de 2016

Aire de familia



Hay poetas que han ensayado la contabilidad minuciosa de un amor desde su antes hasta su ya no (será suficiente con aducir el ejemplo prodigioso de Pedro Salinas y su excelso La voz a ti debida), así que los lectores nos hemos acostumbrado a no observar con extrañeza estas filigranas diacrónicas. En este dulce Aire de familia que La isla de Siltolá acaba de publicarle al extremeño Juan Ramón Santos (Plasencia, 1975) se construye una propuesta lírica de idéntica intención y no inferiores resultados.
Concitados alrededor del “arcángel Predictor”, el poeta y su pareja descubren con un asombro estremecido que en su ventanita de cristal se perfila una línea rosa que les anuncia “que de una vez dejamos / de estar solos”. Comienzan en ese punto los instantes gozosos, pero también las zozobras de la incertidumbre (qué soberbio poema el que lleva por título “Los miedos”). Embriagados por la dicha de los preparativos, los dos miembros de esta pareja (que ya es un trío) se sienten “alegres como un cielo / o un sol o una manzana” y comienzan la extenuante operación de abastecer su casa con todos los adminículos que requerirá el futuro cachorro. Al cabo de varias semanas se instala en sus vidas otro reto no menos dificultoso: el de buscar un nombre adecuado para la niña. Y no se trata de una elección baladí, meramente eufónica o familiar, sino que comporta reflexiones arduas, “pues no se trata de buscarte un nombre / sino de averiguar cómo te llamas, / de encontrar la palabra que defina / tu carácter incógnito y huidizo, / las letras que dibujen el emblema / de tu futuro, indescifrable ser”. Paso a paso, la gestación va completándose hasta que llega el momento final, con la incorporación de su hija a la luz del mundo, que da paso a la secuencia de fotogramas desarrollados en forma de sonetos y que se extienden hasta una jornada especial, que sirve como punto de inflexión y de clausura para el poemario...

Tras mis experiencias con el Juan Ramón Santos prosista (varias y siempre dignas de aplauso) descubro que sus versos me atraen y me emocionan con la misma contundencia que sus relatos. Me siento muy identificado humanamente con esta obra (he sido padre cuatro veces y he transitado por estas mismas veredas que él convierte en versos) y, sobre todo, me ha servido para corroborar que la admiración que siento por su obra no se detiene en las fronteras de un solo formato.

miércoles, 4 de mayo de 2016

La criatura del bosque



Pedro Riera nos ofrece en estas páginas un relato de iniciación, misterio y amor protagonizado por el Bichogordo, una criatura a la que nadie ha visto con nitidez durante años, pero que preside la vida del pequeño pueblo de Acedo de los Aguiluchos, cuna del prepotente millonario Simón Rotundo, un auténtico líder del mundo de la publicidad. La leyenda del Bichogordo arranca de treinta años antes, cuando dos niños fueron sorprendidos en el bosque por una presencia sobrecogedora que rugía a su paso, pero que no les atacó. Esta actitud, mezcla de amenaza y de ausencia de peligro, provocó que se instaurara en el pueblo la ‘Noche del Bichogordo’, un ritual en el que los niños se adentran en la espesura, con el corazón latiéndoles muy fuerte, a la espera de la aparición del monstruo...
Pero este año va a ser diferente, porque está en el pueblo Matías, el hijo de Simón Rotundo, un niño con una imaginación portentosa... y con unas capacidades sorprendentes: por ejemplo, puede oír lo que dicen los objetos y los animales. Así, durante la obra veremos cómo conversa con servilleteros, moscardones, paredes, bonsáis, escalones, cerillas o bolígrafos. Esto genera unas situaciones llenas de humor, muy refrescantes para el desarrollo de la novela.

No obstante, la historia de Matías no es cómica. De hecho, su padre, que intenta controlar su vida desde que se divorció de su madre, se ha empeñado en que Matías ingrese en la Eximia Escuela de Creativos Publicitarios, para hacer de él un hombre con un porvenir tan brillante como el suyo. La estancia en Acedo de los Aguiluchos forma parte de una estrategia de Simón para comprobar si el chico puede continuar viviendo con su madre o debe matricularse en la escuela que él ha decretado. Únase a esa situación la existencia de un primo de Matías que lo odia profundamente; un antiguo futbolista de fama mundial que, tras retirarse del deporte, montó un Zoológico Inteligente, con conejos que jugaban al ajedrez, caballos que sabían sumar y otros prodigios; un conde llamado György, que viene al pueblo con la intención de cargarse al Bichogordo para incorporarlo a su sala de trofeos; una alcaldesa llamada Úrsula, que es capaz de manipular incluso al soberbio Simón Rotundo; Asia, la pequeña prima de Matías, que lo recibe al principio con hostilidad pero que finalmente acabará poniéndose de su lado, con tal de salvar al Bichogordo... Y muchas más sorpresas y personajes llamativos, que el lector irá descubriendo en la obra. ¿Una lectura para jóvenes? Indudablemente. Pero también los adultos disfrutan con ella, por su combinación de sonrisas y drama. Doy fe.

lunes, 2 de mayo de 2016

Las tres hermanas



Decía el escritor murciano Miguel Espinosa en su inclasificable obra Asklepios que no existe infortunio mayor que sentirse desterrado en el tiempo; pero no es menos verdad que el sentimiento de haber sido despojado de tu entorno físico o del lugar en el que te sientes enraizado o consideras que constituye tu felicidad adquiere también en ocasiones dimensiones de tragedia íntima. Es lo que ocurre en esta pieza con Irina, Masha y Olga, tres hermanas que viven en una ciudad provinciana, alejada de Moscú, y que sueñan y suspiran a diario con la idea de volver a la capital rusa.
No son, en este nuevo emplazamiento, dichosas: ni han logrado un trabajo que las satisfaga profesionalmente; ni han encontrado al hombre que las llene sentimentalmente; ni han conseguido un entorno de amistades que las haga sentirse plenas. Se limitan al ejercicio de la añoranza y de la supervivencia. Contemplan con melancolía (y en ocasiones con rabia que no se detienen a disimular) el paso de las estaciones y de los años; y continúan recibiendo golpes que les vienen de lugares emocionales incluso muy cercanos (su hermano Andréi no ha dejado de envilecerse con la práctica del juego, en el que pierde cantidades enormes de dinero, lo que le ha obligado incluso a hipotecar la casa sin la autorización de sus hermanas, que son copropietarias). La frase “¡A Moscú!”, que repiten como un mantra, se va convirtiendo poco a poco en un sintagma carente de sentido, en el que siquiera ellas mismas creen, porque se dan cuenta de que la vida fluye y el retorno es impensable, que el dolor carece de lenitivos y que esa ciudad es un fetiche que anida en sus mentes pero que ya no tiene una entidad real. Su padre ha muerto, los vecinos que habitaban su barrio habrán cambiado o quizá han muerto, incluso la piel que las recubre ya no es la misma. En el fondo, intuyen que seguir pensando en Moscú es, en realidad, una metáfora acerca del tiempo: querrían volver a la juventud, al ayer, a la edad de la inocencia, ese territorio que ya les está vedado. Irina, en un instante del acto tercero, lo dice con nitidez: “¿Adónde ha ido a parar todo? ¿Adónde? ¿Dónde está? ¡Dios mío de mi alma! Todo lo he olvidado, todo... Se me ha hecho un lío en la cabeza... No recuerdo cómo se dice ventana o suelo en italiano. Lo voy olvidando todo, a diario olvido cosas mientras la vida se escapa y no volverá nunca, como tampoco nos iremos nunca a Moscú”.
Se trata, en suma, de eso: de comprender que la vida nos va derivando por senderos que se bifurcan y que resulta ingenuo pensar en un retorno a los orígenes, porque la presunta felicidad que pudimos gozar en ellos ya no existe ni volverá a existir.