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domingo, 2 de febrero de 2020

Metralla




No he leído jamás unos relatos sobre el mundo de la guerra como los que reúne Jesús Zomeño en su antología Metralla. Así de claro. Así de contundente. Así de admirativo. Desde que cayó en mis manos su volumen De este pan y de esta guerra (Contrabando, 2016) me sentí conmovido, zarandeado, invadido por sus propuestas, que trascienden lo histórico (Primera Guerra Mundial) y se instalan directamente en el análisis profundo del ser humano: sus miserias, su rapacidad, sus claudicaciones, sus miedos, sus desgarros, su débil textura (resuelta a veces en lágrimas y a veces en vileza). Quizá por eso el título que encabeza este tomo (donde se reúnen relatos de cuatro volúmenes, más algunos inéditos) resulte tan adecuado: las palabras del escritor albaceteño salen propulsadas en todas las direcciones y van incrustándose, desgarrando, aniquilando el corazón y el alma de sus lectores.
¿Ejercicio de crueldad gratuita? En modo alguno. Más bien adecuación entre las palabras y el mundo de realidades que palpitan detrás: la ulceración horrenda de todo lo que rodea el combate (disentería, pérdida de la fe religiosa, vísceras, insensibilidad); el chico que dibuja una bicicleta en su casco, como esperanza y como evasión; el pobre delincuente juvenil que encauza su vida hacia la guerra, para variar el trazado de sus días; la ilusión de un queso que el soldado oculta de la hambruna de sus compañeros y de las dentelladas de las ratas; la fetidez insoportable de las trincheras; la fiebre, que coloniza cuerpos y almas con su incendio de miedo; el muchacho que mastica patatas mal cocidas mientras a su lado se pudre un cadáver que no tiene fuerzas ni para apartar; los saqueadores, que revolotean tras el silencio macabro de la lucha; los sepultureros, desbordados por un trabajo tan infinito como absurdo…
Cada meandro de la guerra, cada pliegue inmundo, cada herida, cada infamia, cada truculencia, quedan aquí, en estas páginas duras y estremecedoras, que Jesús Zomeño ha bruñido para la eternidad.

martes, 14 de noviembre de 2017

Guerra y pan



Jesús Zomeño lo ha vuelto a hacer. Tras publicar aquel libro excepcional de relatos titulado De este pan y de esta guerra (Contrabando), que nos trasladaba al mundo de la Primera Guerra Mundial y por el que recibió el premio de la Crítica Valenciana, amplía ahora el ciclo con Guerra y pan, que no desmerece ni un ápice del anterior.
Los protagonistas de estas nueve historias vuelven a ser combatientes ingenuos o tristes, mutilados de guerra o viudas arañadas por la melancolía. Seres, en suma, heridos por la ignominia bélica, que sobreviven como buenamente pueden: unos consiguen quedar protegidos por la amnesia (como en el relato anafórico del soldado Rusty); otros se envolverán en un humor triste, tras el que se esconde una lección espeluznante (Marcel Galliard); y otros, en fin, cazarán moscas en las trincheras, para matar el tiempo y soportar la vileza y el horror que los cercan.
De las nueve historias, que están magníficamente construidas y donde el lirismo aflora en los lugares más insospechados (la estructura epitafial de “Hablemos de la belleza” es sobrecogedora), dos sobresalen a mi entender por encima de las demás: “Máscaras” y “Moneda francesa”. En el primer texto asistimos al diálogo entre dos mutilados faciales, un inglés y un alemán, que abordan temas como el odio, la conmiseración o la divinidad y que culmina con un cierre de brutal intensidad psicológica; en el segundo veremos a un mendigo que recibe con amargura las monedas galas que una berlinesa deposita junto a él, y que acabará siguiendo a la mujer para descubrir el misterio que porta en sus ojos.

Libro duro. Libro magnífico. Libro canónico. De los que se pueden releer cada cierto tiempo para descubrir nuevas aristas y nuevos brillos. Guerra y pan confirma la calidad exquisita de este narrador albaceteño afincado en Alicante.

jueves, 18 de agosto de 2016

De este pan y de esta guerra



Cuando tuve ante los ojos la cubierta del volumen De este pan y de esta guerra (1916), de Jesús Zomeño, estaba lejos de imaginar que sus relatos conseguirían maravillarme como lo han hecho. Y no porque desconfíe de los autores a los que aún no he leído, ni porque descrea de la posibilidad de los milagros literarios. Se trata más bien de que los bostezos son en el mundo de la literatura actual más habituales que los asombros, tanto si nos adentramos en autores nacionales como foráneos. Pero aquí hubo magia, hubo hallazgo feliz, hubo literatura.
Las atmósferas que Jesús Zomeño perfilaba con sus palabras eran tan sutiles como eficaces. Y de pronto me vi rodeado por la Primera Guerra Mundial, por las trincheras, por el barro, por las ratas, por los hombres de ojos devastados, por las prostitutas lánguidas, por las anécdotas de los combatientes, por el hambre, por la desesperanza, por la inmundicia del hombre matando al hombre. Me encontré con aquel soldado que recordaba a una mujer que se suicidó, tras limpiar meticulosamente sus zapatos; con un viejo que trabajaba en un urinario y que escuchaba con respeto las historias que iban desgranando en sus oídos las personas que lo frecuentaban; con un cartero que imaginaba qué calles rotularía con los nombres de sus amigos del frente (algunos ya fallecidos); con el pobre infeliz que, justo el día antes de la ofensiva, recibía un queso y ponía toda su atención en protegerlo de la voracidad de sus compañeros; con aquel soldado que, tras una atroz matanza, sostenía entre las manos una lata de conservas que no era capaz de abrir porque carecía de ningún instrumento para hacerlo; o con aquel otro que, disponiendo de siete días de permiso, se dedicaba a subir y bajar por una escalera...
En las páginas de este excelente libro hay profundas reflexiones sobre el espíritu humano, sobre la mezquindad, sobre la resignación, sobre la ira, sobre la muerte. Y hay muchos silencios. Muchísimos. Y son silencios que nos ayudan a sentir el desasosiego de sus protagonistas.
Pero lo más importante es que todos los relatos están escritos con una bellísima técnica, donde la sintaxis se vuelve mirada, o al revés. Si uno de los prodigios mayores de la literatura consiste en descubrir autores que saben crear atmósferas con sus palabras, Jesús Zomeño pertenece a la categoría de los mejores.

Un libro, sin duda, muy recomendable.

jueves, 24 de diciembre de 2015

Murcia, secretos y leyendas



Este ameno, interesante y espléndido libro de Antonio Botías, cronista oficial de Murcia, comienza —no podía ser de otra forma tratándose de esta tierra— con una aproximación muy interesante a los sistemas de regadío tradicionales, al trasvase Tajo-Segura y a otros temas relacionados con el agua, como la curiosa noticia que apareció en la prensa local en 1954, donde se aseguraba que un científico llamado José Serrano Camarasa había descubierto el modo de que aumentaran las lluvias sin usar procedimientos químicos. En esa línea, la Hoja del Lunes del 20 de agosto de 1979 tituló: “Hay agua para todos”, con lo que se anticipaba al sintagma que tres décadas después se haría harto famoso en nuestra comunidad autónoma.
Después explica con amenidad las industrias de la seda y del pimentón (incluida aquí la curiosa guerra que se produjo en el último cuarto del siglo XIX para evitar los abusos y adulteraciones de este producto), así como los inventos curiosos que surgieron del magín de murcianos. Sirvan como muestra aquel inefable pañal para perros o el innovador “avisador de accidentes para coches” que se mencionan en la página 45 de este volumen.
¿Sabían ustedes que el pastel de carne, una de las cumbres de la gastronomía murciana, estaba ya regulado en las Ordenanzas de Pasteleros de 1695? ¿Y que el célebre pan tumaca catalán fue invento murciano? ¿Y que en Murcia se aprobó en 1889 un Reglamento Especial para la Organización y Vigilancia de la Prostitución? ¿Y que el bandolero Jaime el Barbudo fue despedazado en cinco trozos en la actual plaza de Santo Domingo de Murcia y que se frieron esos cinco trozos, antes de exponerlos en Hellín, Sax, Fortuna, Jumilla y Abanilla? ¿Y que al premio Nobel de Literatura Ernest Hemingway le robaron la cartera mientras asistía a una corrida de toros en La Condomina, en 1959? ¿Y que el mayor naufragio de la historia del Mediterráneo se produjo frente a las costas del Cabo de Palos, en 1906? ¿Y que Murcia registró en julio de 1876 una noche en que la temperatura se situó en los 34 grados, mientras que por el día rozó los 48? ¿Y que el mayor meteorito jamás registrado en España cayó en Molina de Segura la Nochebuena de 1858? ¿Y que los esfuerzos del ayuntamiento de Murcia para darle al Paseo del Malecón el nombre de Paseo de Menéndez Pelayo resultaron infructuosos? ¿Y que el palacio de los Saavedra tuvo que ser sometido a un exorcismo para liberarlo de un alma en pena o un duende que vagaba por allí? ¿Y qué me dicen de la calavera risueña de la catedral, cuya enigmática desaparición se cuenta entre las páginas 260 y 262, y que bien podría servir como base para una novela de Santiago Delgado?
No hay asunto de la realidad histórica murciana que escape a las indagaciones de este libro delicioso, útil e impagable: el entierro de la sardina, las procesiones de Semana Santa, las fiestas de san Blas, las riadas, la sequía, los aguinaldos, las ejecuciones públicas, los moriscos, los terremotos... Además, cuenta con un número elevadísimo de recortes de prensa y fotografías antiguas que se van incorporando al texto y que lo sazonan de riquísimos matices y poderío comunicativo.
Ya les digo: una obra admirable que dice mucho de la tierra donde vivimos. Y de su autor. Hagan por leerlo.

domingo, 29 de diciembre de 2013

La segunda Lady Chatterley



Clifford Chatterley (paralizado de cintura para abajo como consecuencia de una grave herida de guerra) y su joven esposa Constance viven en un pequeño pueblo minero, más bien aislados de sus congéneres. Reciben pocas visitas. La mujer intenta mentalizarse como puede acerca de su vida sin sexo («Vivía con él como una monja casada, convertida de nuevo en virgen por falta de práctica», p.24). Su propio padre le recomienda que busque un alivio fuera de casa, a la vez que insinúa a Clifford que ella no es feliz. Tras muchas reflexiones y circunloquios, el marido se aviene a una forzada liberalidad («La mujer parece ser incapaz de vivir no solamente sin pan, sino ni siquiera sin pastel. Yo no puedo proporcionarte ese pastel: ésa es mi desgracia. Pero si alguien puede hacerlo, tómalo sin dudarlo», p.47). Por considerarlo un desahogo terapéutico que le evitará tensiones nerviosas, Clifford aceptará que su mujer tenga amantes... e incluso que engendre hijos. «Creo que temo perderte», concluye en la página 49.
Justo entonces aparece en escena el guardabosques Parkin, un hombre fuerte y huraño al que su esposa abandonó un tiempo atrás. Y la inexperta Constance, paulatinamente, se va fijando en él, con una mezcla de sorpresa y sensualidad creciente. No es el prototipo de hombre en el que hubiera reparado nunca, pero he aquí que la imagen de Parkin se convertirá en una fijación para ella, en una ola que irá empapando su vida inexorablemente.
Así arranca la conocida novela de D. H. Lawrence que, editada y conocida en todo el mundo y generadora de agrias polémicas, conoció hasta tres versiones (como se señala en el epílogo de este volumen). La que aquí nos entrega el sello Funambulista es La segunda Lady Chatterley, traducida por Gonzalo Gómez Montoro y Max Lacruz y editada con exquisitez digna de aplauso. En ella, aparte de las imágenes sexuales más perturbadoras, se nos ofrecen otros elementos que demuestran la brillantez novelística de Lawrence: la fina penetración psicológica en algunos de los componentes de las clases más humildes, la cuidada ambientación escénica de sus secuencias e incluso inteligentes reflexiones sobre la vida y el destino del ser humano, que aquí resulta diseccionado con elegancia y contundencia. Quizá incurra el autor de Eastwood en algunos chirridos formales (se pueden contar casi noventa adverbios en –mente en los tres primeros capítulos de la obra, lo que supone una enfadosa proliferación), pero su fluidez narrativa es envidiable y hace olvidar pronto esas minucias técnicas, regalándole al lector una historia densa, firma y que avanza con inquebrantable galanura.
La obra, que fue tildada de obscena en su día y que sufrió no pocas persecuciones, censuras y tijeretazos, se suma al largo catálogo de monumentos literarios que han sufrido la obcecación y los remilgos de su época: Las flores del mal, de Charles Baudelaire; Madame Bovary, de Gustave Flaubert; Historia de O, de Dominique Aury; Las puertas de la percepción, de Aldous Huxley; o Los versos satánicos, de Salman Rushdie.

Si no conocen esta sorprendente propuesta de D. H. Lawrence (o la conocen, pero desean añadirle matices con la lectura de una narración alternativa), les recomiendo que se acerquen a este volumen de Funambulista: les conmocionará y les hará sumergirse en un caudal de aguas turbulentas del que saldrán con la piel erizada.