lunes, 24 de abril de 2017

Imagen



Tras unos primeros trabajos poéticos clásicos, canónicos, el cántabro Gerardo Diego se propuso en Imagen una aventura más arriesgada en el aspecto formal. O, como él mismo explicaba en el primer poema del libro, trató de “repudiar lo trillado / para ganar lo otro. / Y hozar gozoso el prado / con relinchos de potro”. En suma, se aprestó a ensayar procedimientos nuevos, para que sus versos circularan por caminos distintos y eso le permitiera comprobar qué resultados obtenía. Queda así tronzada la seriedad apolínea de El romancero de la novia y da paso a unas propuestas gráficas y conceptuales mucho más intrépidas.
Por ejemplo, introduce juegos semánticos y rítmicos de los que no está ausente el humor (“La luna en cuarto creciente / es como un huevo esplendente. / Todo el cielo se resiente / de su luz. / Los faroles en hilera / son estrellas de primera, / de segunda y de tercera / magnitud”, leemos en la composición titulada Nocturno funambulesco); o compone curiosas estrofas dedicadas a los signos del Zodíaco, llenas de rimas intrépidas y de alusiones mitológicas; o se deja llevar por delicias alígeras como la que rotula con el nombre de Apunte... Gerardo Diego se adentra por una línea arriesgada, en la que los lectores más convencionales pueden tener la sensación de que el poeta “se les ha ido”, se ha dejado embelesar por un arrebato dionisíaco, en el que extravía buena parte de su música, de su esencia. Pero lo cierto es que sigue encontrando imágenes de enorme poder intelectual (“El tiempo sabe a cloroformo”), ritmos juguetones que provocan sonrisas (“Los verbos irregulares / brincan como alegres escolares”) y perlas brillantes que siguen lanzándonos su luz entre la aparente hojarasca vanguardista...
Y en ocasiones ocurre también (negarlo resultaría absurdo) que el santanderino roza peligrosamente la ñoñería o el infantilismo lírico. Sirvan de ejemplo estos versos, que producen rubor incluso en un lector condescendiente: “Estribillo Estribillo Estribillo / El canto más perfecto es el canto del grillo / Paso a paso / se asciende hasta el Parnaso / Yo no quiero las alas de Pegaso”.

En síntesis, un experimento coyuntural y con algunos altibajos, del que Gerardo Diego salió airoso porque era un magnífico poeta.

sábado, 22 de abril de 2017

Sopa de fauno



Cuando se termina de leer este libro surge una gran pregunta en la mente del lector: ¿qué es Sopa de fauno? ¿La obra que permanece en silencio sobre la mesa, junto a un paquete de cigarrillos? ¿El original inédito que revisa en el borde de un acantilado el lector de una editorial? ¿Ese volumen ajado que reposa esperando manos redentoras en una consulta médica? ¿La novela que planea escribir un escritor novel? ¿El tomo que lee por las noches el taciturno empleado de una gasolinera? ¿Una extraña pieza esotérica redactada por Óscar del Prado? ¿El título que elige un cuentista para encabezar los ocho textos que envía a un concurso de la editorial Satélite? Sin ánimo de desconcertar a los lectores de esta reseña, conviene responder de inmediato: “Sí”.
Pero, sobre todo, lo que Sopa de fauno nos ofrece es un espectáculo de gran literatura, donde se combinan unas atinadas ilustraciones de Lola Castillo, una bonita edición por parte de Adeshoras y, como plato principal del menú, diez espléndidos relatos de Diego Prado (Mahón, 1970), autor que aparece aquí por segunda o tercera vez, si no me falla la memoria. En ellos descubrimos sorpresas argumentales, brillantes despliegues estilísticos, humor y neurosis, que se combinan siempre en la dosis justa: el actor que logra un singular trabajo en la casa de una familia tan rica como extravagante (“Planta de interior”); el albañil italiano que no consigue encontrar una colocación estable en los Estados Unidos y que recibe, de súbito, una oferta laboral y sensual de lo más tentadora (“El infierno bajo la nieve”); la aparición de una figura femenina que transporta un mensaje para dos amigos a quienes la vida ha mantenido separados durante mucho tiempo (“Ella aguarda”); la turbación que experimenta el protagonista de un viaje en coche por Extremadura cuando entra en la consulta de una doctora (“Un viaje familiar”); los desconcertantes sonidos que emergen de un frigorífico (“El oráculo de hielo”); los sofisticados juegos eróticos a los que se entrega una pareja, y su relación con el mundo de los espejos (“El rostro deshabitado”)...
El escritor menorquín ha vuelto a conseguir lo que muy pocos logran pero todos envidian: un fantástico libro de relatos. Son legión quienes, huérfanos de talento para conseguirlo, camuflan su inoperancia con fatigosas promociones en las revistas especializadas, estridencias snobs en las redes sociales, fotos de estudio y titulares gamberros o provocadores en periódicos de toda laya. Pero Diego Prado es mucho más que todo eso: es un escritor de raza, un narrador musculoso de ideas sorprendentes, que desarrolla siempre con solidez, sin tener que recurrir a extravagancias, propuestas estructurales rompedoras y otras hierbas (alucinógenas) de las que tanto abundan en el mundo mentiroso de “lo moderno”. Diego Prado piensa, organiza y relata. Al viejo estilo. Con la solvencia de quien ha leído mucho y ha aprendido los resortes sabios de la narración. Así, lo que en otras manos más inexpertas o ansiosas se convertiría en material de segunda, adquiere en él categoría de hallazgo y condición de joya.

Apunten su nombre, apunten el título de este libro y salgan hacia su librería de confianza para pedirlo. Se van a enterar de lo que es bueno.

jueves, 20 de abril de 2017

Cartas inéditas



Gracias a la recopilación de Sergio Fernández Larraín, puedo leer estas Cartas inéditas, de Miguel de Unamuno (Rodas, Madrid, 1972), donde advierto la complejidad terriblemente contradictoria de este vasco universal y terruñero. A veces, Unamuno incurre en discursos que sorprenden por su insensibilidad (en la carta del 3 de mayo de 1896, comenta la hidrocefalia de su hijo, de la cual parece que sólo la muerte lo sacará; y luego, tras colocar un punto y aparte, sigue hablando de sus publicaciones, y de asuntos filológicos); pero la mayor parte de las ocasiones, sus asertos son agudos y exactos. Como la mejor muestra nos la ofrecen sus propias palabras, dejaré algunas de las citas que he subrayado en el tomo: “No hay nada que más sostenga en el mundo, después del cariño a una mujer, que el propósito de llevar a cabo alguna obra de fin impersonal y desinteresado”. “La ciencia es propiedad colectiva y el egoísmo debe quedar para tratantes de bacalao”. “Hoy creo que lo que hace falta es al publicar una nueva edición de una obra se debe hacerlo corregida y disminuida”. “El buen tono es la seriedad del burro: ir a dormirse a la Ópera”. “Si en mí consistiera ya se estaban quemando todas las obras de Calderón de la Barca, eterno desconocedor del corazón humano, gongorino inaguantable, teólogo echado a perder, sofista, inflador de gaita”. “Yo soy antidemócrata, creo que el pueblo es pueblo y no puede dar ni quitar patentes de talento. Estimo en más la opinión de cuatro inteligentes que el aplauso de todo un pueblo de profanos”. “El cura y el soldado son hermanos, los dos soportes de un mundo que se va, demasiado lentamente por desgracia”. “¡Qué verdad la de que se riega con sangre la fortuna y que debajo del proceso industrial hay un festín de antropofagia”. “Mientras haya ejércitos no habrá civilización”. “Ciencia que no tienda a filosofía no merece atención”. “La ciencia se está convirtiendo en superstición, el microbio va a ser una entidad teológica. ‘La ciencia dice...’”. “Comprendo que se coleccionen cosas naturalmente limitadas, como insectos, o históricamente limitadas, como monedas árabes, pero no objetos que se fabrican para coleccionistas. Eso de coleccionar tarjetas que se hacen para colecciones no me parece serio”. “Malo es leer libros para escribir sobre ellos (...). De entre todas las profesiones la peor es la de lector”. “El que piensa por su cuenta es progresivo, piense como pensare, y el que piensa por otros, es regresivo, así repita las mayores novedades”.

Un intelectual, sin duda, lleno de singularidades, admirable y odioso casi en las mismas proporciones. Sé que seguiré leyéndolo en los años venideros.

martes, 18 de abril de 2017

La espalda del círculo



Reconozco que, cuando comencé las primeras páginas de La espalda del círculo, de Alfonso Vallejo, una sensación de intriga teatral y de complacencia lectora me fue ganando con rapidez. Estaba en el embarcadero, junto a la hermosa Helga, dispuesto a subir con ella al “Río de la Caoba”. Luego llegó Coburn y se fue desarrollando entre ellos un diálogo fascinante, en el que quedaba claro que ambos tenían la misma misión: descubrir a bordo del barco fluvial si el nuevo jefe de la muchacha, Klausner, es en realidad Frank Stender, al que quieren identificar y eliminar.
Pero este punto de partida, que prometía una acción magnética y un desarrollo dramático lleno de interés, se fue diluyendo lentamente: diálogos que giraban en direcciones confusas o que se volvían repetitivos, personajes innecesarios e incluso patéticos (como la voz del capitán del barco), figuras que quedaban como de cartón piedra (el camarero Moltke) y, en general, una sensación de desperdicio temático que me resultaba irritante. Lo que podía haber sido una pieza densa sobre la culpa, sobre el amor o sobre el perdón se malbarata en un fuego pirotécnico de mediana intensidad.

Una pena.

domingo, 16 de abril de 2017

A cada cual, lo suyo



Los pueblos pequeños tienden a constituirse en unidades claustrofóbicas, en las que sus integrantes se ven sometidos a una estrecha vigilancia (física, emocional y hasta espiritual) por parte de sus convecinos. La historia que nos traslada en esta novela el italiano Leonardo Sciascia contiene muchos ingredientes de esas atmósferas asfixiantes.
Nos encontramos en un diminuto pueblo de Sicilia, en el año 1964. Después de haber recibido un anónimo amenazándole de muerte, el farmacéutico Manno aparece asesinado junto a su amigo el doctor Roscio, que participa con él en una jornada de caza. ¿Qué justifica este brutal crimen? ¿Qué actuaciones pudieran provocar este horrendo suceso? Las habladurías comienzan a dispararse casi de inmediato, y todos acarician la posibilidad de que el farmacéutico tuviera una aventura galante con una mujer casada, cuyo esposo se ha vengado. Pero entre los vecinos se encuentra el profesor Laurana, que ha comenzado a elaborar sus hipótesis sobre el crimen y que ha comenzado una ronda de pesquisas acerca del caso (“Su curiosidad era puramente humana, intelectual, que no podía ni debía confundirse con la de quienes, a sueldo de la sociedad, del Estado, capturan y entregan a la venganza de la ley a aquellos que la transgreden o violan”, p.119). Un recorte de prensa que proviene de L’Osservatore Romano, la actitud cada vez más sospechosa del abogado Rosello, la exultante sensualidad de la viuda del farmacéutico y el ritmo creciente de las murmuraciones populares le irá llevando en una dirección tan inequívoca como peligrosa.

Leonardo Sciascia, traducido por Juan Manuel Salmerón para el sello Tusquets, construye en estas páginas un relato sencillo pero cenagoso, donde muchas de las miserias del ser humano afloran a la superficie con inquietante velocidad. Un texto seductor de un novelista maravilloso.

viernes, 14 de abril de 2017

Una hora sin televisión



Patricia y Eduardo forman un matrimonio que, aunque se prolonga desde hace dieciocho años, naufragó hace tiempo. Él, publicista y mujeriego, le ha sido infiel a su esposa en múltiples ocasiones; ella, concertista de piano que no ha logrado ser feliz en su hogar ni ha obtenido el éxito en su trabajo, está a punto de explotar de tristeza y amargura. Hoy es su aniversario y la mujer, aunque se sienta abatida porque él ha olvidado la fecha, le propone resarcirla con un regalo especial: concederle una hora de conversación sin que esté encendida la tele.
Eduardo se sirve un whisky y accede... Y entonces se produce la gran sorpresa: Patricia le comunica que quiere abandonar el hogar, que está enamorada de otro hombre (un empresario de Boston) y que quiere irse con él para iniciar una nueva vida. Burlón, prepotente y sabedor de su influjo sobre ella, Eduardo se mostrará cáustico: no cree ni una sola palabra de las que le está diciendo. Es una fantasía más, tan absurda como su pretensión de convertirse en una pianista reconocida. Pero cuando ella insiste, el marido no aceptará tan fácilmente su posible condición de cornudo: se mostrará seductor para engatusarla; le pedirá que se acueste una última vez con él; la agredirá físicamente; la amenazará con un arma; insistirá en que recurrirá al suicidio con pastillas... Todo le vale para construir su oposición. Incluso dudar de la misteriosa existencia del hombre de Boston.
Con este análisis de las relaciones de pareja, Jaime Salom nos ofrece una agria disección del matrimonio, de las servidumbres y flaquezas humanas y de los mecanismos (a veces sutiles, a veces nauseabundos) que pueden ser empleados para hacer daño a la persona que más cerca tenemos, y de quien detentamos (y el verbo es exacto) la posesión.

Breve, contundente y con un final que podrá ser entendido de distintas formas, para mayor enriquecimiento de la pieza, Una hora sin televisión, se lee en una hora pero necesita muchísimo más tiempo para ser pensada y digerida.

miércoles, 12 de abril de 2017

La muerte del cisne



Nuestro destino es siempre (y aunque resulte perogrullesco conviene recordarlo) un enigma. Podemos concebir la ilusión de que resultará halagüeño o lamentar anticipadamente su rumbo aciago, pero un giro imprevisto, un punto de inflexión, modificará o perturbará, si así lo quieren las circunstancias, su coda. Es lo que ocurre al monarca Luis II de Baviera, otrora hermoso y respetado, amigo y protector de Richard Wagner, quien en la actualidad de la novela se encuentra recluido en el castillo de Berg. Las ventanas sufren la ignominia de los barrotes y el propio aspecto físico del rey (maltratado por los kilos, perdida buena parte de su dentadura y con el cabello descuidado) se amolda a una imagen de decadencia que los médicos han perfeccionado dictaminándole un cuadro clínico de paranoia.
Por su bien (y para no estorbar en los intereses sucesorios de su tío, el príncipe Luitpold), se ha convertido en un prisionero. Pero él no está dispuesto a acatar con rabia esta situación. Al contrario. Para convencer a sus carceleros del error en que viven el monarca decide comportarse con impecable dignidad, aunque sus desvaríos resulten a la postre demasiado notables como para ser ignorados: habla solo y gesticula con furia; se dirige en voz alta a Dios (“¡Escucha, mi mayor deseo es ser extinguido! ¡Escúchame, Señor, yo clamo por la aniquilación!”, p.37); no tiene ningún problema en recordar sus inclinaciones homosexuales, de las que manifiesta su voluntad de apartarse (“Con mis enormes, abominables pecados estoy completamente solo, o sólo tengo a Dios por testigo, y desde luego a quienes han sido mis compañeros en tan perverso juego... Por lo demás, prométome con toda seriedad que a partir de ahora he de oponer resistencia a las inclinaciones diabólicas”, p.42); e incluso hace partícipe a uno de sus consejeros de ciertas ideas políticas que resultan cuando menos paradójicas en sus labios (“La república es la forma del Estado hacia la que marcha nuestra época [...]. Los monarcas somos propiamente anacronismos andantes”, p.63).
Abandonado por Wagner, incomprendido por sus amantes y reconfortado por la única amistad cierta de la emperatriz austríaca Elisabeth, Luis II sabe que los cisnes deben morir en un escenario adecuado, de belleza terrible. Y toma una decisión.

Klaus Mann, segundo hijo de Thomas Mann, nos muestra en estas exquisitas páginas (que traduce Norberto Silvetti para la editorial Sur) unas maneras líricas y novelísticas de primer orden, que merecen el aplauso del lector.

lunes, 10 de abril de 2017

La última jugada de José Fouché / La visita



El poder. El Poder. La vieja, turbia, imparable fascinación que ejerce sobre los seres humanos. Los tentáculos gelatinosos pero firmes con los que atenaza a sus víctimas. En este volumen que edita Francisco Gutiérrez Carbajo para el sello Cátedra, la madrileña Carmen Resino nos ofrece dos piezas teatrales en las que reflexiona, certera y hondamente, sobre los matices de esa pulsión universal.
En la primera de ellas nos sitúa en la Francia de principios del siglo XIX, en una época turbulenta que ha visto sucederse los horrores del Antiguo Régimen, los desmanes sangrientos de la Revolución, los costosos sueños imperiales napoleónicos y la confusión de un tiempo que oscila titubeante entre monarquía y república. En medio de ese marasmo se erige en protagonista José Fouché, un personaje acomodaticio que ha sabido sobrevivir a todos los vaivenes y que no se ha ahogado en ningún río, ni de agua ni de sangre (“He sido, por tanto, el único que ha servido al país por encima de banderías, mientras que los demás solo lo han hecho a una causa”, p.121). Esa actitud camaleónica le permite situarse en un punto estratégico de enorme interés: aquél que lo convierte en pieza clave para coronar al candidato Luis XVIII como nuevo soberano galo. En la negociación que se establece entonces, en ese embriagador juego del poder (“¿Existe otro más apasionante?”, p.151), Foulché utilizará sus cartas con una endiablada habilidad. Sabe que tiene enemigos que lo odian a muerte (María Teresa de Borbón), rivales que lo ven como un enojoso obstáculo para sus intereses (Talleyrand) y nobles que requieren su concurso a pesar de sentir asco por él (el barón de Vitrolles); pero es época de astucias, de pactos y de componendas, y todos se suman a la danza.
En la segunda obra del volumen seguimos en Francia, pero ha pasado algo más de un siglo. Las botas nazis han irrumpido en las calles de París y la población, humillada y ofendida, no consigue recuperarse de ese bochorno histórico. En las primeras horas del verano de 1940, el edificio de la Ópera recibe una visita por completo inesperada: el Führer se acerca hasta allí con varios de sus ayudantes (entre ellos, Albert Speer) para visitar fuera de horario sus instalaciones. Un guía que habla alemán les sirve como cicerone, pero los jerarcas nazis ignoran que ese hombre en apariencia inofensivo y que se comporta con una educación esmerada, casi servil, lleva escondida en el bolsillo una pistola.
Sirviéndose de estos dos impresionantes decorados, Carmen Resino traslada a sus lectores hasta el epicentro de una reflexión capital, con tantas derivaciones como cuadros escénicos: ¿cómo logra el poder amedrentarnos con tanta rapidez y tanta eficacia? ¿Cómo consigue convertirnos en marionetas huérfanas de vigor y de rebeldía? ¿De qué mecanismos se vale para marcar a casi todas las personas con el hierro del pánico y la obediencia?
José Fouché y Adolf Hitler (pero también sus contrafiguras Luis XVIII y el guía de la Ópera) se convierten aquí en símbolos turbios, que nos recuerdan que los seres humanos camuflamos en nuestro interior un arsenal de claroscuros y que las circunstancias pueden hacer que nos desviemos hacia la luz o hacia las tinieblas. Carmen Resino nos sirve esta lección en dos piezas dramáticas de intensa belleza terrible, que conviene leer y meditar.

sábado, 8 de abril de 2017

Heterodoxia



Vuelvo una vez más a Ernesto Sábato, que me maravilló y me sigue todavía maravillando con las reflexiones contenidas en Heterodoxia, volumen breve y densísimo, con ideas geniales y genialmente expresadas. Dice que la lengua no se corrompe, sino que se transforma; que hombre y mujer son diferentes en su esencia; que la admiración por la ciencia es directamente proporcional a la incomprensión que genera; que el chauvinismo es la vanidad multiplicicada por varios millones; y mil cosas más que no cabe disfrutar sino leyendo sus palabras exactas. En síntesis, un libro “bíblico” al que se puede acudir de continuo para extraer ideas. Así lo hice allá por la mitad de la década de los 80 (cuánto tiempo ha pasado, don Ernesto, qué viejos nos hacemos los dos, usted dentro de la muerte y yo aún dentro de la vida); y hoy repito la experiencia.

Queden apuntadas aquí, para disfrute general y para excitar el ánimo lector de los amables visitantes de esta reseña, algunas de sus frases: “El espíritu no es rectilíneo sino dialéctico y paradojal (...). El hombre va de la realidad a lo descabellado, centrífugamente. La mujer, de lo descabellado a la realidad, centrípetamente”. “Es trágico y siniestro que el fanatismo y la mala fe difundan el sofisma “o comunista o fascista”. Parece que inevitablemente hubiese que ser —de uno o del otro lado— partidario del terror, la venganza, la opresión, la calumnia, la duplicidad y el servilismo que caracterizan a todos los regímenes totalitarios”. “Madurar es envejecer, ensuciarse las manos, volverse sensato, aburguesarse, entrar en el juego de las conveniencias y de la razón; en suma, transformarse en un cochino”. “CASTICISMO.- Según se sabe, consiste en escribir como si viviéramos cuatrocientos años atrás en Talavera de la Reina. Hay muchas maneras de impedir la comunicación entre los hombres. Esta es la más apreciada por los profesores de gramática”. “Ni Shakespeare, ni Cervantes, ni Dante, ni Montaigne pudieron gozar de los beneficios de un Diccionario de la Academia. Eso explica la muchedumbre de errores que afean sus obras y que muchos manuales tienen la precaución de señalarnos. Tal vez con el deseo de que no se repitan”. “No es que me repugne lo extenso: me repugna lo extendido, que no es lo mismo”. “En el hombre el sexo es un apéndice, no sólo desde el punto de vista anatómico, sino también fisiológica y psicológicamente: está hacia fuera, hacia el mundo, es centrífugo. En la mujer está hacia dentro, hacia el seno mismo de la especie, hacia el misterio primordial. En el hombre el semen sale, es proyectado hacia fuera, como su pensamiento hacia el Universo; en la mujer, entra. Esa proyección masculina implica separación, escisión, desvinculación del hombre respecto a su simiente. En la mujer, al contrario, implica unión, fusión. Cuando el acto carnal termina para el hombre, para la hembra empieza. En cierto modo, la mujer es toda sexo”. “El Yo aspira a comunicarse con otro Yo, con alguien igualmente libre, con una conciencia similar a la suya. Sólo de esa manera puede escapar a la soledad y a la locura... De todos los intentos, el más poderoso es el del amor”. “No se debe elegir el tema de una novela o de un drama: es el tema quien lo elige a uno. No se debe escribir si un tema no acosa, persigue, y presiona, a veces durante años, desde las más misteriosas regiones del ser”. “El amor ansía lo absoluto, causa por la cual todos los grandes amores son trágicos y de alguna manera terminan con la muerte”.

jueves, 6 de abril de 2017

Laluna.com

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Otra vez la luna como presencia determinante en una novela de Care Santos, que fue galardonada con el prestigioso premio Edebé. Se trata de Laluna.com, que tiene como protagonistas a tres adolescentes muy singulares: Cristina, bellísima y escultural, aunque un poquito sosa en su capacidad comunicativa; Amador, un lector voraz, tímido y campeón de ajedrez; y Cira, excelente escritora, lenguaraz... y dueña de una nariz anormalmente grande. 
El eje argumental de la novela es muy sencillo: Amador, primo de Cira, está enamorado de la atractiva Cristina; y como no sabe de qué manera atraerla, le pide ayuda a su prima, porque las dos chicas pertenecen al mismo equipo de amantes del deporte de riesgo. El muchacho, por desgracia, ignora que Cira está también enamorada de él, pero jamás se ha atrevido a comentarle esa pasión a causa de su repelente apéndice nasal. Curiosamente, no se niega a prestarle su auxilio, sino todo lo contrario: comienza a escribir correos electrónicos donde, utilizando el nombre de Cristina, se dirige a Amador para ir consolidando sus relaciones. Obnubilado por su sentido del humor, su dulzura y su prosa, el chico cae rendido a sus pies... 
Pero entonces se genera un problema en el corazón de las dos muchachas: Cristina, porque sabe que Amador no está enamorado en realidad de ella, sino de la imagen que se ha formado tras leer unos correos que no son suyos; Cira, porque está ayudando a que su primo se aleje de ella, para arrojarse en los brazos de una chica vacía pero espectacular, con la que ella no puede competir físicamente... 
No es necesario ser una persona muy versada en literatura para descubrir que Care Santos está rindiendo aquí un homenaje a Cyrano de Bergerac. Pero no lo hace de un modo plano o aburrido, sino que pone en funcionamiento todos los mecanismos textuales imaginables (dejar que hablen en primera persona todos los personajes, aportar conversaciones de correo electrónico, introducir digresiones sobre narices o sobre la luna, etc), que convierten esta novela en una pieza en continuo movimiento, muy fresca, muy sincopada, llena de humor (la secuencia donde se sustituye la famosa amorosa del balcón por un telefonillo de portero automático es tan atinada como ingeniosa) y donde, sobre todo, la escritora catalana muestra un profundo conocimiento de los adolescentes, sus sentimientos, sus modos de hablar y su forma de ver la vida.

martes, 4 de abril de 2017

El pianista



Decía Pascual Duarte que hay personas a quienes el Destino ha ordenado marchar por senderos suaves y otras que, por desgracia, son impulsadas hacia trochas abruptas, acribilladas por el sol o maltratadas por la gelidez del aire. Albert Rosell pertenece a quienes nutren el segundo bloque. Fue un joven y prometedor pianista que, animado por el deseo de vivir de y para la música, encaminó sus pasos hacia París en los meses previos a la guerra española de 1936.
Allí se encontró con un hervidero de ideas políticas y artísticas que estaban llamadas a revolucionar el panorama europeo, y en el cual se sumergió con tanta curiosidad como desconcierto. Para su desgracia, antes de poder afianzarse en ese mundo tuvo lugar la sublevación castrense en España; y Rosell decidió que la postura ética más razonable consistía en volver y ponerse del lado de la legalidad republicana. Tras eso llegaron la derrota, la cárcel (seis años), la entereza hidalga de quien pasa hambre y sigue pensando en su piano; y, por fin, una vejez zarandeada por la ignominia, en la que trabaja amenizando espectáculos de travestismo en una sala barcelonesa, durante los primeros años de la democracia.
Ahora se encuentra en el poder la generación que tiene entre treinta y cinco y cuarenta y cinco años, “los que supieron dejar de ser franquistas a tiempo y los que supieron ser antifranquistas en su justa medida o a su justo tiempo” (p.162). Y los viejos supervivientes de aquellas luchas oxidadas observan su entorno y notan el acíbar lento de la impotencia. Ventura e Irene, en la página 207, verbalizan en un breve diálogo esa situación: “—¿Era esto lo que esperábamos? / —No. Pero no está tan mal. / —Una mierda”.
Asistimos, por tanto, a una narración melancólica, reflexiva y amarga, en la cual quedan registrados los pliegues del fracaso, la languidez de las derrotas y los estragos vitales y espirituales de aquella generación malherida por la ignominia. Manuel Vázquez Montalbán, brillante siempre en sus formulaciones novelísticas, construye en El pianista una pieza narrativa magistral en la que el orden de las secuencias adquiere una significación poderosa: los hechos están contados al revés. Primero vemos al pianista, anciano y desmadejado sobre las teclas, entre el humo de la sala Capablanca (antes conocida como Casbah), interpretando a Mompou entre la indiferencia del público; luego lo vemos, jovencísimo, en el París de los años 30, realizando los planes luminosos que ya sabemos que jamás se cumplirán; y, por fin, viajamos con él en un vehículo para cruzar la frontera y sumarse a las fuerzas leales a la República, que lograrán derrotar —ay— al fascismo...

Conocer el final de un chiste emborrona buena parte de su comicidad, pero disponer de los detalles postreros de un fracaso lo transforma, retrospectivamente, en una llorosa tragedia, a la que asistimos paralizados y tristes. Excelente Manuel Vázquez Montalbán y oportuna recuperación editorial del sello Cátedra, que a través de José Colmeiro nos permite volver a disfrutar y sufrir con esta novela.

domingo, 2 de abril de 2017

Cuentos suspensivos



El sello La Fea Burguesía, que nació de la confluencia entre los editores Paco Marín y Fernando Fernández y el escritor Paco López Mengual, prosigue en su ambicioso camino de consolidación en el mundo de las letras. Y llega a su volumen número 13 (rotulado en el lomo como 12 porque hubo un tomo inicial 0) con la obra Cuentos suspensivos, del narrador madrileño Antonio Parra Sanz, crítico, cuentista y novelista, además de organizador de eventos culturales relacionados con la novela negra y con el mundo de la lectura.
Quienes frecuentamos sus obras desde hace tiempo encontramos en las páginas de este nuevo libro dos alegrías complementarias: la primera, volver a disfrutar con relatos que ya conocíamos, pero que nos siguen maravillando con su humor, la riqueza de su vocabulario, su ritmo espléndido, sus protagonistas inolvidables y sus finales calculados con pericia; la segunda, ampliar nuestra admiración por Antonio gracias a los nuevos textos que completan el libro. En el primer bloque tenemos al tierno exboxeador que se obstina en recuperar migajas de su gloria pretérita para impresionar a la Karenina, una prostituta que se incorpora al club de alterne donde trabaja como portero (“El sueño de Tántalo”), a la mujer que cocina atroz y primorosamente para su marido (“Delicatessen”) o a los policías Carmona y Palazuelos, que investigan la extraña muerte por cremación de un personaje de la calle (“Ícaro”).
Por lo que respecta a los nuevos relatos, otra sorpresa aguarda a sus lectores: Antonio Parra diversifica su oferta y suministra cuentos de extensión parecida a los ya mencionados pero también microficciones, lo que sirve para enriquecer la visión que tenemos de su talento narrativo. Una docena de éstas últimas sirve para demostrar su pulso en el terreno corto. En suma, recibimos un gran arco temático y estilístico, donde el autor nos traslada a pueblecitos pontevedreses taladrados por la lluvia y por la superstición (“La tormenta”), a celebraciones eucarísticas salpicadas por la actualidad más putrefacta (“Ite missa est”) o a situaciones donde el humor y el horror conforman una masa compacta (“Inevitables golosas”).

Antonio Parra Sanz ha conseguido, obra tras obra, aquilatar un modo narrativo que ya resulta inconfundible en el panorama regional y que es admirado por un número creciente de lectores. Si ustedes asocian su nombre con la obtención del más reciente premio Libro Murciano del Año por su novela La mano de Midas, amplíen el ámbito de su curiosidad y acérquense hasta sus cuentos. En pocas voces narrativas podrán encontrar tanta calidad y tanto disfrute.

viernes, 31 de marzo de 2017

Oficio de tinieblas 5



No tengo —no puedo tener— duda alguna: este Oficio de tinieblas 5 es uno de los libros más llamativos, anómalos y peculiares que he leído en mi vida. Por su heterogéneo catálogo de monstruosidades, ideas, pulsiones, angustias, rarezas y clarividencias, el tomo se escapa a los moldes tradicionales para la firme clasificación de las obras literarias. No es una novela, claro: es un libro... Y en él, como en el saco de un buhonero, en la trastienda de una farmacia o en la chistera de un prestidigitador, todo cabe: desde la cita erudita a la burla procaz; desde la hagiografía a la blasfemia; desde el hieratismo a la hilaridad; desde los sueños a la locura. Freud o Jung gozarían con un documento así: nadie había ido en la literatura española (me parece) tan lejos.
¿Genialidad? ¿Sandez? Es difícil ponerle una etiqueta adecuada y, sobre todo, duradera, porque lo que en su día pudo parecerme una cosa al cabo de los años se me antoja la contraria. No me atrevo a ser tajante.
Sí diré, en cambio, que todo este volumen parece la escombrera mental de un desequilibrado, y que en ese punto radica su cenagoso peligroso, porque estos caminos pueden conducir derecho a la demencia... o al ridículo.
Apunto las citas que me siguen llamando la atención del tomo, prescindiendo de las que subrayé en mi juventud y ahora me parecen desdeñables.

“Es preciso reírse sobre la imagen de la propia derrota no debe nadie preguntar a nadie acerca de las causas de su derrota esas ya son sabidas aunque sobre ellas se guarde silencio respetuoso”. “Dios jamás supo que tú creías en él”. “No te despeñes por el talud de la facilidad porque acabarás quemando libros y preconizando la identificación de la iglesia y el estado”. “Limítate a vivir tus lentos días sin hacer de tu propia vida un espectáculo ruidoso o molesto para los demás nadie ha de pagarte en la misma moneda pero eso no debe importarte nada o casi nada”. “Es sencillo quedarse atónito ante el reiterado espectáculo de los demás nacer vivir crecer reproducirse y morir”. “El amor no ha sido aún explicado por quienes escriben fórmulas en la pizarra y después lloran en el parque municipal”. “Entendiste que no era discreto hurgar en las viejas jeridas y guardaste silencio”. “Deja que sea la muerte quien organice su propia representación”. “Sí, procuraste jugar deportivamente pero no te dejaron acercarte a la red a saludar al vencedor ahora ya es tarde para volver sobre los pasos perdidos”. “No es verdad que a la historia pueda dirigírsele con una batuta los ensayos que en tal sentido se hicieron fracasaron siempre”. “Estamos asistiendo a una quiebra múltiple a una ruina que se produce en cien frentes distintos y simultáneos, y es preferible que la gran catástrofe nos alcance a todos en cueros”. “La historia está tejida de inexactitudes que el hombre da por buenas porque se rige por la ley de la inercia de lo cómodo convenido”. “Nadie da de comer al hambriento ni de beber al sediento y los hambrientos se mueren de hambre y los sedientos de sed es ya un hábito admitido por todos y que ahorra mucho tiempo al verdugo”. “La suma de sacrificios por la patria puebla los cementerios del mundo”. “No es sensato que las patrias usen las mismas banderas para la guerra y para la paz”. “Al hombre todavía le faltan siglos para la defenestración de sus inercias”. “Flotando sobre cadáveres, te salvaste del naufragio”. “El amor no es un deporte de caballeros sino una iluminación gorrina”. “El acto amoroso pido perdón es más trascendente que un cuadro estadístico”. “El amor no es lo que se dice renunciación dádiva entrega sino en proporciones muy enfermizas”. “El progreso desenfrenado de los ricos oxida la sombra del incipiente progreso aún no nacido de los pobres”. “La felicidad es una noción huidiza que carece de parientes”. “El diablo sopló en la oreja del hombre la falsa idea de enfrentar la economía del oro con la ecología del aire el fruto puede ser la catástrofe”. “La amistad asexuada no existe”. “Huye de las aseveraciones demasiado tajantes”. “La moneda no es verdadera hasta que se vuelve y enseña sus dos caras la cara y la cruz pero ni su haz ni su envés son media moneda”. “Tú no eres libre pero no renuncies al espejismo de creerte libre”.

martes, 28 de marzo de 2017

El bolso de Blixen



Afirmaba Baltasar Gracián que “más obran quintaesencias que fárragos”, pero ese inteligente dictamen no ha sido seguido (ni en España ni en ningún lugar del mundo, que yo sepa) por los compositores de biografías, mucho más afanosos a la hora de acopiar detalles que a la hora de seducir a los lectores eligiendo los más rutilantes. Por fortuna, he aquí ante nuestros ojos una excepción: las páginas que Jesús Marchamalo le dedica a la baronesa Karen Christence Blixen, más conocida en el mundo de las letras como Isak Dinesen, autora de Memorias de África. Con una extensión mínima (si las trasvasamos a folios, las 48 páginas de este volumen se convierten en poco más de 15), el periodista madrileño logra una semblanza deliciosa, lírica, sinóptica, diamantina, donde se nos presenta a esta mujer nacida cerca de Copenhague, flaquísima desde la infancia, cuyo padre se ahorcó sin motivo conocido y que, casada con su primo Bror, fue propietaria de una explotación cafetera en el continente africano.
Jesús Marchamalo selecciona elegantemente los datos biográficos de la escritora y los une a pinceladas paisajísticas, fotografías donde aparece junto a Marilyn Monroe, anécdotas despóticas, informaciones curiosas sobre su alimentación o enfermedades que la aquejaron. Y el conjunto, lejos de convertirse en un texto snob o superficial, alcanza una categoría casi borgiana, donde los detalles cuajan hasta convertirse en un delicioso retrato puntillista.

Se entra en este pequeño volumen identificando a Isak Dinesen con la frase “Yo tenía una granja en África” (palabras que popularizó el cine con el apoyo de los actores Meryl Streep y Robert Redford) y se sale con una imagen mucho más completa de ella, gracias al minucioso ramillete de diapositivas vitales que Marchamalo ha cribado, abrillantado y reunido para nosotros. Sin duda, una lectura hermosa, que las ilustraciones de Antonio Santos redondean para el sello Nórdica.

lunes, 27 de marzo de 2017

Vidas imaginarias



El escultor de biografías suele verse tentado por el demonio de la exhaustividad. Es decir, por la acumulación de matices, fechas, testimonios y documentos que, lejos de esclarecer la figura estudiada, la enturbia a menudo con el fango de la fruslería o con la losa marmórea del rigor. Refractario a esa dinámica, el lúcido Marcel Schwob (nacido en Chaville en 1867 y fallecido en París en 1905) se propuso frecuentar otros caminos menos convencionales. Por ejemplo, el de la selección: escoger qué episodios, qué pliegues, qué anécdotas revelan la auténtica dimensión del personaje, con más exactitud que el mero acopio de pormenores. “El arte del biógrafo” (nos dice en la página 25 del Prefacio) “consiste, precisamente, en la elección. No ha de preocuparse de ser verosímil; debe crear un caos de rasgos humanos”. Y ciñéndose a ese dictamen paradójico concluye que, por tanto, la gran tarea consiste en “contar con el mismo cuidado las existencias únicas de los hombres, hayan sido divinos, mediocres o criminales”. Y así lo lleva a la práctica en este volumen que, editado originalmente en 1896, traduce ahora Antonio Álvarez de la Rosa para Alianza Editorial.
En él se alinean veintitrés pestañas biográficas de personas reales o ficticias (no importa esa distinción cuando se está nadando en el océano de sus letras), en las que el narrador francés nos lleva de la mano a través de siglos y continentes para situarnos ante seres especiales enfocados, también, de forma especial. Un Empédocles majestuoso, divino y exonerado de las servidumbres del sueño, al que se pierde la pista en el borde del volcán Etna; un Crates que elige los postulados de la indigencia y que junto a su amada Hiparquía frecuenta la vida paupérrima de los animales; un Petronio que, molturado por la extravagancia y la molicie, invierte el final de su vida en recorrer el mundo con su esclavo Siro; un Cecco Angiolieri rencoroso y petulante, que se impone como tarea intelectual la execración de Dante; un Cyril Tourneur cuyo espíritu soberbio y cuya feroz iconoclastia lo llevaron a poseer a su propia hija sobre la lápida de una tumba; un Stede Bonnet que se abalanzó hacia un quijotismo filibustero y cuya exaltación fue moderada por los jueces con una sentencia ejemplar...

Vidas reales o inventadas (¿qué importa?) en las que el autor nos sorprende con un asombroso número de fulgores estilísticos y, sobre todo, con la adopción de un enfoque original, único, asombroso, para cada trazo biográfico, que pule con la eficacia cristalina con la que Baruch Spinoza trataba sus lentes. Marcel Schwob se erige aquí en un maestro y en un clásico, en un orfebre y en un dios de la narrativa. Es el volumen idóneo para comprobarlo.

sábado, 25 de marzo de 2017

El hacedor



Sigo pasmándome, cuando lo releo, con el argentino Jorge Luis Borges. Y quizá no debería ser así, porque llevo tres décadas retornando con periodicidad a sus páginas y debería sabérmelas de memoria. Pero es así. Borges es un formidable caleidoscopio donde siempre los cristalitos conforman un dibujo hermoso, lo muevas como lo muevas, y por más tiempo que emplees en aplicar tus ojos a sus líneas. Esta vez he revisado El Hacedor, un volumen misceláneo que contiene prosas y versos, en exquisito desorden. Me estoy dando cuenta de que si leer a Borges es siempre un goce inenarrable, releerlo es un festín para el paladar y para la memoria.
No obstante, la gran tarea de juzgar lo leído es, en él, sumamente compleja. Junto al Borges cerebral, detenido en la divagación filosófica (“Argumentum ornithologicum”) o en erudiciones varias, se erige el Borges tierno, herido y absorto ante el suceder humano (“Delia Elena San Marco”). Cifrar su encanto en su cultura, en su “matematización de lo real”, es propósito descabellado, cuando no ingenuo. En Borges hay más. Siempre hay más, mucho más. En Borges surge de improviso la belleza poética (“La luna”), o la especulación atrayente (“Un problema”), o el desdoblamiento de la personalidad (“Borges y yo”), o los sueños, con sus extraños mensajes (“Ragnarök”)... Y siempre, siempre, la sorpresa de ir descubriendo en él nuevos perfiles, nuevos ángulos de observación por los que penetrar en su mundo. El “Poema de los dones” es sobrecogedor, como supe y redescubro.

Anoto algunas de sus palabras y le doy la mano, hasta el próximo reencuentro. “Morirse tiene que ser el hecho más nulo que pueda sucederle a un hombre”. “Decirse adiós es negar la separación, es decir: Hoy jugamos a separarnos pero nos veremos mañana. Los hombres inventaron el adiós porque se saben de algún modo inmortales, aunque se juzguen contingentes y efímeros”. “También las piedras quieren ser piedras para siempre y durante siglos lo son, hasta que se deshacen en polvo”. “No hay en la tierra una sola cosa que el olvido no borre o que la memoria no altere”. “La gloria es una de las formas del olvido”. “La memoria es una suerte de cuarta dimensión”. “Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas... Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara”.

jueves, 23 de marzo de 2017

San Camilo, 1936



¡Qué enorme impresión me causó, la primera vez que lo leí, este tomo de Camilo José Cela!  La novela San Camilo, 1936 es sobrecogedora, de una textura compositiva magistral y de un fondo ideológico radicalmente pesimista, que deja un poso amargo en la boca y en el corazón. No podía, desde luego, ser de otra manera. El estallido de la guerra civil, novelado por un testigo directo, analítico y concienzudo es, desde luego, una invitación a la más sosegada y enriquecedora de las reflexiones. Ahora, cuando vuelvo a ella con más años y más lecturas, sigo encontrando en sus páginas un asombroso retrato de época, una urdimbre de imágenes, sentimientos, arengas, frustraciones, crímenes, horripilancias y decepciones que dibuja con pluma magistral aquel ambiente de mediados de los años 40 en nuestro país. En ocasiones, la literatura sirve más que la historia para entender el devenir de los pueblos, su secreta colección de fracasos, su fondo de acíbar.
Sirven emocionándome y diciéndome cosas las frases que entonces (en junio de 1986) subrayé en el viejo ejemplar de Alianza, y por eso las transcribo: “Cada uno habla el español como le da la gana, que para eso es de todos”. “El hombre teme la verdad pero no se refugia en la mentira sino en la farsa”. “No, no hay nadie más que nadie, todos somos demasiado, y los huevos están bien donde están, no fuera de su sitio”. “Los ricos saben coger el tenedor muy finamente pero no leen un libro aunque los aspen, los de en medio cogen peor el tenedor y leen algún libro, lo que pasa es que no se enteran, y los pobres comen con las manos, cuando comen, y no saben ni leer, ¡usted dirá!”. “La política no es la ciencia de machacar al enemigo como si fuera un diente de ajo en el almirez y ponerlo después a secar al sol, sino el arte de serenar los nervios de todos, amigos y enemigos, para que la vida siga discurriendo sin mayores agobios ni más goteras de las precisas”. “Al crimen no se le puede combatir con el crimen sino con la serena e inexorable justicia, en nombre de la libertad no se pueden cometer actos que repugnan a la esencia misma de la libertad, el pugilato del crimen conduce a la aniquilación de la sociedad”. “El hombre es un animal muy torpe y consuetudinario que piensa, sí, pero que ni ve ni escucha, el hombre tiene un corazón muy cruel y melancólico que no le sirve para ahuyentar la muerte, la verdad es que no le sirve para casi nada”. “El hombre es un animal despreciable, miedoso e iracundo que se disfraza porque tiene miedo a la compañía, en soledad es más honesto”. “La mujer y los hijos son los rehenes con que el destino coacciona al hombre para que siga portándose mal y abyectamente”. “Las armas nunca sirven para traer la paz, que suele habitar otros caminos menos ruidosos y violentos”. “A la hora del desayuno nadie ve buenas caras en su familia, se conoce que los españoles dormimos mal a lo mejor es que cenamos demasiado”. “Tan bestias con los frailes que quieren quemar herejes como los herejes que quieren quemar frailes, unas veces ganan unos y otras otros pero el que pierde siempre es el país”. “La sangre llama a la sangre, cría sangre, hace manar la sangre (...) La sangre es el freno de la historia, lo que sucede es que es más fácil verterla que encauzarla (...) Las páginas que se escriben con sangre pronto son de muy difícil lectura, en cuanto caen las primeras lluvias”. “Hay que creer en algo para no sentirse jamás demasiado huérfano”. “Abre de par en par las puertas de tu alma y deja que el amor te habite, te invada como una marea, no te defiendas del amor a tiros y a mordiscos, entrégate sin reservas, conviértete en alimento del amor”. “El amor es un mar abierto, a diferencia del odio, que es un claustro cerrado”.

Qué grande era Cela cuando quería.

martes, 21 de marzo de 2017

Milagros de Nuestra Señora



Recuerdo que leí esta obra al comenzar mis estudios de Filología Hispánica y que me produjo una sensación muy agradable, por la ingenuidad que empapaba sus líneas, por el candor religioso (ingenuo pero firme) que aleteaba en sus dos docenas de historias marianas y por la facilidad de su lenguaje literario.
Gonzalo de Berceo brinda en estos Milagros de Nuestra Señora una interesante colección de relatos en los que la Virgen María nos ofrece su faceta más humana y más cariñosa, ayudando a los protagonistas a salir de los atolladeros en que el pecado, la torpeza o la imprevisión los sitúa. Así, aparecen por estas páginas clérigos que se embriagan y que están a punto de sucumbir entre los cuernos de un toro (que no es otro que el Diablo); abadesas que se quedan embarazadas y que son aliviadas del rigor del castigo por la intervención de la Virgen; iglesias profanadas; judíos toledanos; ladrones devotos; náufragos que reciben un auxilio inesperado...

Pero lo que más me gusta de esta obra, releída al cabo de tantos años, es la rara música rudimentaria que Gonzalo de Berceo obtiene con sus cuadernas vías, un molde estrófico que, con su martilleo de rimas monótonas, se presta más a fatigar que a acariciar los oídos. La sencillez de sus adjetivaciones, la tosquedad de sus recursos retóricos, siguen ejerciendo sobre mí una impronta amable, que reverdece antiguas admiraciones.

domingo, 19 de marzo de 2017

Annobón



Por encima de juegos verbales abstrusos, de narradores opacos o deliberadamente morosos, de ciénagas freudianas sin tratamiento estético y de caleidoscopios argumentales sádicos, el lector de novelas quiere que, ante todo, le cuenten una historia. Así de simple, así de respetable, así de enérgico. Que el autor de la obra se le ponga delante y le relate unos hechos dejándose en la alforja el narcisismo, la soberbia y la pedantería. Que no pretenda marearlo, humillarlo, retarlo o adoctrinarlo, sino que actúe como los viejos juglares o como los abuelos, que nos mantenían embobados con su narración oral.
Luis Leante pertenece (como Antonio Muñoz Molina, Almudena Grandes, Luis Landero, Care Santos o Arturo Pérez-Reverte) a la nómina de escritores que circulan por esos senderos y que, oh casualidad, reciben el aplauso multitudinario del público.
Ahora, bajo los auspicios del sello internacional Harper Collins, nos entrega Annobón, una historia que se desarrolla durante la primera mitad del siglo XX entre Guinea Ecuatorial y España y que tiene unos protagonistas muy llamativos. De un lado, tenemos al sargento de la guardia civil Restituto Castilla quien, poseído por un espíritu quijotesco (la voz de su esposa indica en la página 99 que “la culpa fue de todos los libros aquellos que leía en la casa de don Norberto”), es destinado a la antigua colonia africana y trata de construir allí un espacio utópico con los aborígenes, obteniendo unos resultados más bien desiguales; del otro lado tenemos al capitán Alfonso Pedraza, joseantoniano y abogado íntegro, que se convierte en su defensor durante la posguerra civil; y, en medio de los dos, Teresa Martín, que fue esposa de ambos y que se llevó a la tumba la verdad de sus historias cruzadas.
El narrador, muchos años después, intentará reconstruir los hechos sorprendentes que protagonizaron, y para ello entrevistará a Pilar Pedraza y a Cesárea Castilla, las descendientes de Restituto y Alfonso, ofreciéndonos a través de ellas dos versiones (a veces coincidentes, pero habitualmente no) del pasado, donde se nos hablará de crímenes, amores turbulentos, aventuras insensatas, rencillas, soberbia, ideologías contrapuestas, mezquindades y misterios ya para siempre empapados por la niebla del tiempo.

El resultado final es una novela envolvente, sólida, narrada con talento indiscutible, donde volvemos a encontrarnos con uno de los novelistas más brillantes de España. Descubrir una pequeña noticia marginal en un periódico de los años 30 y ser capaz de convertirla en un relato magnético, una de esas historias que no puedes abandonar hasta llegar a la última página, es un don que solamente los mejores atesoran. Luis Leante lleva años demostrando que su presencia en ese grupo no admite discusiones.

viernes, 17 de marzo de 2017

Epistolario completo Ortega-Unamuno



Me doy un paseo por el interesante, aunque breve (ay), Epistolario completo Ortega-Unamuno, en la edición de Laureano Robles. Y es un auténtico placer para la inteligencia descubrir las charlas, las conexiones, las afinidades y, también, las discrepancias respetuosas que mantuvieron estos dos titanes del pensamiento español del siglo XX.
En este fértil diálogo escrito que mantuvieron (y que desarrolla entre los años 1904 y 1917) nos es dado conocer el espíritu de ambos. Así, Miguel de Unamuno no temerá acudir a sentencias marmóreas, existenciales (“No quepo en ninguna parte, ni en mí mismo”), ni tendrá problemas en reconocer la condición a veces atrabiliaria o subjetiva de sus ideas (“No puedo probarme lógicamente”), ni su necesidad de sentirse rodeado por sus seres queridos (“Cuando salgo de casa, cuando dejo el hogar [...] me muero de frío”). Y don José Ortega y Gasset (que firma sus envíos al bilbaíno como “Pepe Ortega”) se pliega a consignar con dolor que la ingratitud es un hecho que lo circunda (“Habiendo hecho no pocos favores en esta vida a otros bípedos, no tengo un solo amigo”).
Estas misivas, datadas en lugares tan distintos como Bilbao, Salamanca, Madrid o Marburgo están salpicadas de alusiones interesantísimas a Joaquín Costa, Kant, Menéndez Pelayo, Carner, Goethe, Diderot, Homero, Platón o Nietzsche, del que Ortega y Gasset llega a decirle a su colega que “lo lea para huir de él. Las cosas de Nietzsche, que son todo menos profundas, son cosas sin dueño que flotan en la superficie de las aguas modernas y sin querer nos tropezamos con ellas”.

Un volumen encantador, enriquecedor y utilísimo para adentrarse por los pasillos interiores de dos mentes preclaras (paradójica una, metódica la otra) de nuestro panorama intelectual.

miércoles, 15 de marzo de 2017

Grete Minde



Hay existencias que se ven profundamente alteradas o destruidas por la muerte de los padres, que desmorona el mundo emocional o doméstico de sus hijos. Es lo que ocurre con la adolescente Grete Minde, que vive en Tangermünde y que se queda primero sin su madre (una española de religión católica) y después sin su padre. Al principio, la relación con su madrastra Trud es seca, aunque soportable; pero el paso de los meses la va enrareciendo de forma paulatina. Y el nacimiento de su hermanastro no ayuda, desde luego, a mejorarla, hasta el punto de que cuando su progenitor fallece la muchacha suspira: “Ahora sí que estoy sola” (p.76). Por fortuna, dispone de un apoyo moral y sentimental en el dulce joven Valtin, que la ama y reconforta con su comprensión y que, tras saber cómo Grete ha sido humillada y abofeteada por Trud, se anima a huir con la chica.
Durante tres años viven lejos de sus familias, habitando en la humilde zona de su amor y teniendo incluso un bebé; pero una terrible enfermedad se lleva el alma de Valtin y Grete se ve obligada a volver a casa. ¿Cómo será recibida allí? ¿La acogerán con tolerancia y arrepentimiento o, por el contrario, perfeccionarán contra ella su desdén?

El germano Theodor Fontane nos presenta aquí una narración bucólica, basada en hechos reales del siglo XVII y que en algunos tramos resulta excesivamente ingenua. Su lectura resulta inusitadamente fluida. La pena es que el traductor (Manuel Alpuente) o la defectuosa corrección estilística de la editorial (Siete Noches) nos agreda los ojos con brutales errores en los posesivos, demasiado frecuentes como para admitir la disculpa del desliz (“delante suyo”, 64, 102; “encima suyo”, 116, 192, 197; “encima nuestro”, 146; “detrás suyo”, 197) y con la anonadante creación de una figura laboral nueva, al definir a la vieja Regina como “haya de Grete” (39, 46, 52).

lunes, 13 de marzo de 2017

Diario de un mal año



En una entrevista que el premio Nobel Camilo José Cela concedió a Joaquín Soler Serrano a mediados de los 70 afirmó el gallego que todos los seres humanos somos poliedros y que, según incida la luz sobre una cara o sobre una arista, distinto será el haz que resulte. Otro premio Nobel, el sudafricano J. M. Coetzee, ofrece una adaptación novelística de esta tesis en su obra Diario de un mal año, que traduce Jordi Fibla para la editorial Mondadori. En ella (y con un original formato tipográfico, que divide en varias partes cada hoja del libro) se nos ofrece un universo narrativo de extraordinario interés: en primer lugar, cincuenta y cinco apuntes donde Coetzee (disfrazado con la piel ensayística de un ficcional “señor C”) emite sus temblorosas o firmes opiniones sobre los temas más variopintos: Al-Qaeda, los orígenes del Estado, la firmeza narrativa de Tolstoi, la pedofilia, los sueños, la democracia, el turismo o la música de Johann Sebastian Bach; y en segundo lugar tenemos una suave trama fabulística, que se funde con la anterior: la de un novelista de éxito, el señor C, que contrata a una hermosa filipina llamada Anya (a la que conoce porque vive en su mismo edificio) con el objeto de que mecanografíe el contenido de las cintas magnetofónicas que él va grabando en la soledad de su casa, para un libro colectivo que se publicará en idioma alemán. La chica, desde el momento en que la vio, le provoca una atracción que oscila entre lo platónico, lo sensual y lo pigmaliónico; y este hecho irrita al compañero de Anya, el impetuoso Alan, quien urdirá una estafa para aprovecharse de los tres millones de dólares que el famoso escritor tiene ahorrados.
Ambas partes narrativas (que, como indicaba antes, se van combinando en cada página, separadas por finas líneas negras) se pueden leer como entidades independientes, y no serán pocos los lectores que opten, legítimamente, por esa modalidad de aproximación al texto. Pero creo que una lectura donde se mezclen los dos cuerpos de la fábula (ensayo/novela; intelecto/sentimiento) aporta un nuevo sentido a las líneas, mucho más proteico, más rico, casi cuántico.

Llama la atención en este libro (pues más que “novela” es un “libro”, al modo en que los deseaba Miguel Espinosa) la forma en que Coetzee juega con los planos y las voces narrativas, mezclando miradas cálidas y miradas analíticas, y desdoblándose con inteligente esfuerzo en varios personajes, con distinto grado de extrañamiento: el señor C, Anya e incluso Alan. La mezcla de todos ellos entrega en las manos de los lectores una pieza maestra llamada Diario de un mal año, donde las reflexiones sobre el mundo y sobre la interioridad del ser humano alcanzan niveles de altísimo interés. Un libro sin duda memorable.

sábado, 11 de marzo de 2017

Un fotógrafo ciego



Me gusta leer libros de poesía sin pensar qué voy a escribir después sobre ellos. Atender a la voz y al corazón desmigajado del poeta y dejar que me inunde con su alegría o su desgarro. Lo contrario se me antoja una pose o un artificio que, disculpable, elude lo principal de la comunicación lírica: sentir que me han dicho algo y no cuestionarme cómo expandir ese algo a los demás lectores. Que se las apañen solos. Que se sumerjan en el oleaje de palabras y que buceen, naden o se ahoguen en él como he hecho yo. Que aprendan su salinidad, que observen sus medusas, que noten roces en sus pies y no sepan si son escualos o peces payaso, que perciban el frío de la congelación o el ardor de la corriente cálida.
Y todo esto me gusta que suceda así porque odio “resumir” o “comentar” los libros de versos. Con las novelas, relatos o piezas teatrales es distinto. Ahí sí que resulta admisible un cierto grado de “información argumental” para que los lectores se sitúen. Pero en los versos no. Aquí te condenas o te salvas en medio de un naufragio inefable. O así tendría que ser, en mi opinión.
Juan de Dios García es, sustancialmente, poeta. Y, accidentalmente, amigo. Así que he abierto y paladeado todas las páginas de su última producción, Un fotógrafo ciego, publicada por la editorial Balduque con una hermosa alusión sisífica en la cubierta (Sísifo es uno de los protagonistas espirituales de este tomo). Y he dejado que me inunden sus endecasílabos (“¿Qué importa ser diamante o ser carroña?”), que me golpeen sus estrofas de acero y niebla (“La lluvia me moja y soy la lluvia, / dolor en blanco y negro, / libros y carretera / invocando fantasmas. / Se me hace necesario el arte del insomnio, / un fotógrafo ciego me dispara. / Vivo en una península, / guardo una ciudad entera en mi cabeza / y siempre tengo sed”), que me invada la empatía emocional que sugiere en algunos tramos (“Algo sé del dolor, amor y alrededores. / Poco, si comparamos. Y sin embargo, no / nos conviene olvidarlo. El dolor, digo”), que me sorprendan sus preguntas retóricas (Tarde de domingo), que me haga partícipe de su feliz ingenuidad amorosa (Kiss me, Kiss me, Kiss me) o que se me empape la boca de acíbar cuando leo el poema final del volumen (Victoria).
Sé que este libro es terrible, y fértil, y profundo, porque tu corazón no sale del mismo palpitando igual que cuando entró.
Ya está. Se trata de eso. Conviene decirlo con esas palabras desnudas, porque todo lo demás son vocablos sobrantes. Se quejaba Ramón Gómez de la Serna de una persona porque (decía) a todo le colocaba un forro de palabras.
Dicho queda.

Muy grande.

jueves, 9 de marzo de 2017

Lucy y Andy Neandertal



Tratemos de imaginar la vida de una familia de neandertales, en plena Edad de Piedra, hace unos 40.000 años. ¿Cómo transcurrían sus jornadas? ¿Qué tipo de vínculos familiares mantenían como cohesión de su clan? ¿Qué métodos usaban para protegerse del frío o del acecho salvaje de los animales?
Jeffrey Brown nos ahorra, con sus doscientas páginas de cómic, el esfuerzo de imaginar todos esos detalles. Y El Paseo nos ofrece el volumen, en la traducción de Nacho Bentz, primorosamente editado.
Lo que aquí encontramos es un sorprendente cúmulo de información, que el dibujante ha contrastado con paleontólogos y que nos sirve para conocer el actual estado de conocimiento sobre estos grupos de homínidos: cuáles eran sus costumbres de caza y las presas habituales que caían abatidas por sus lanzas con punta de piedra; qué instrumentos tallaban y de qué modo lo hacían; cuáles eran las claves básicas de su alimentación (no exclusivamente carnívora, aunque ese error se haya sostenido habitualmente); cómo decoraban sus cuevas con pinturas; qué enfermedades les asaltaban y qué rudimentarios remedios conocían para enfrentarse a ellas; de qué manera utilizaban las pieles de animales para confeccionar sus ropas (y cómo las ablandaban con los dientes); qué especies de flora y fauna constituían su entorno...

Con unos dibujos simpáticos y cargados de humor, Brown nos va guiando por el mundo de hace cuatrocientos siglos, en un tomo del que la editorial El Paseo anuncia continuación. Gran apuesta para todo tipo de públicos.

martes, 7 de marzo de 2017

Vuelo nocturno



Los grandes innovadores, quienes roturan caminos, quienes abren vías nuevas para el progreso de la Humanidad, a menudo tienen que resignarse al pago de unos aranceles escandalosos por su intrepidez. Esto lo sabe de sobra Rivière, el viejo controlador aéreo que organiza y mantiene los vuelos nocturnos postales. Varios pilotos a sus órdenes tienen que atravesar horas de oscuridad, en medio de condiciones climáticas adversas, para que se pueda ir consolidando un servicio que él considera “cargado de futuro”, como el arma poética de Celaya. Esa convicción no le impide, no obstante, sentirse abrumado por el dolor cuando la vida de alguno de ellos se pierde en medio de la noche. Rivière sabe que su piloto ha dejado viuda, ilusiones, quizá hijos; pero también sabe que ese tributo resulta imprescindible.
A los ojos de los demás, Rivière es un hombre estricto, áspero, que aplica el reglamento de una manera inmisericorde, pero quizá no se dan cuenta de que si flaqueara en esa firmeza se producirían muchos más fallos en el servicio y jamás se establecería un auténtico correo nocturno, del que él se erige en “único defensor” (p.80) en medio del escepticismo general.
Esta dura pero espléndida novela de Antoine de Saint-Exupéry presenta (en la edición que he manejado, vertida al español por J. Benavent) varios detalles penosos. El primero es la utilización de sintagmas erróneos del tipo “delante suyo” (p.50) o “debajo suyo” (p.98). Y el segundo es la obcecación que presenta a la hora de traducir la palabra “essence”, que siempre vierte como “esencia”, en lugar del adecuado “gasolina”.
Pero ni siquiera esos defectos empañan la fuerza, el vigor narrativo, la hondura psicológica de los personajes del malogrado Antoine de Saint-Exupéry, a quien también se tragó el mar cuando viajaba en su avión.

Grande.

domingo, 5 de marzo de 2017

Libertinos, pornógrafos e ilustrados



Los autores del texto, Ana Morilla y Miguel Á. Cáliz, lo explican cautelarmente en la página 8 del volumen: “No es este un trabajo para eruditos, ni un ensayo de literatura comparada, sino un libro de divulgación para curiosos y lectores interesados en el tema”. ¿Y cuál es el tema? Pues la respuesta es tan sencilla como amplia: los libros donde el libertinaje sexual hizo acto de presencia durante el siglo XVIII. Así, se realizan aproximaciones a volúmenes tan conocidos como Fanny Hill (de John Cleland), Las amistades peligrosas (de Pierre Choderlos de Laclos), Justine o los infortunios de la virtud (del polémico marqués de Sade) o Historia de mi vida (de Giacomo Casanova), sin olvidar muchos otros que, huérfanos hoy de celebridad, contienen primores y libertades que consolidaron este tipo de literatura y le dieron vigor. Entre ellos, los españoles Fernández de Moratín, Félix María de Samaniego o el tinerfeño Tomás de Iriarte.
Nos explican los autores que el aroma de la libertad sexual se expandió en el mundo grecolatino pero que luego el rancio y pudibundo pensamiento cristiano “trajo consigo una demonización de la carne, una represión de las tendencias naturales y una ocultación de lo sexual” (p.18). Y esa intervención castradora, ese ambiente favorable a la abstinencia o la hipocresía, se extendió durante varias centurias, hasta que durante el XVIII, hartos de ese panorama, surgieron y proliferaron los libertinos, unos escritores que, liberados del yugo represivo del pensamiento conservador, se lanzaron a escribir sobre el sexo con un nuevo enfoque, mucho más libre y placentero. Y su esfuerzo resultó clave para que trazaran un punto de inflexión en la mentalidad de su tiempo. En ese sentido, no supone ningún dislate afirmar que el movimiento libertino “supuso una revolución casi tan importante como la revolución política que se fraguó en los Estados Unidos o Francia” (p.30) y que “nuestra época debe mucho a estos esforzados iconoclastas que lucharon contra los poderes de su tiempo” (p.32).
Este volumen deliciosamente escrito y profundamente documentado nos permite conocer también algunas de las ilustraciones que se crearon para completar las propuestas literarias. Con inteligente criterio editorial, el tomo presenta todas sus páginas impares dedicadas a la parte gráfica de la literatura libertina, y de este modo podemos tener acceso a las maravillosas propuestas de Paul Avril, Borel y Elluin, Fragonard o Barbier. Ellas constituyeron buena parte del atractivo de aquellos libros irreverentes, lúdicos y gozosos, y no podían quedar fuera de este trabajo de investigación.

En suma, un estudio delicioso de leer que nos devuelve la memoria de unos adelantados que, rompiendo los moldes grises de su tiempo, abrieron el camino a la modernidad. Ana Morilla, Miguel Ángel Cáliz y la editorial Traspiés nos permiten conocerlos mucho mejor.

viernes, 3 de marzo de 2017

Mentula



La historia de los tratos diabólicos es, en el mundo de la literatura, tan larga como llamativa: desde el Libro del Buen Amor, del arcipreste de Hita, hasta el inmortal Fausto, de Goethe. Mil versiones en poesía, cuento, teatro, ópera y novela, que nos hablan de la pervivencia de un mito muy arraigado en el espíritu humano. La escritora Julia R. Robles se suma ahora a esta fecunda línea con su narración Mentula, donde sexo, humor y elementos diabólicos se unen a una serie de reflexiones interesantísimas sobre la condición femenina y sus problemas en un mundo dominado por el pensamiento patriarcal.
Comencemos por aclarar el sentido del título, en palabras de la propia autora: “Mentula era la forma más obscena de referirse al pene en latín, lo que vendría a ser la traducción literal de polla o cipote” (p.111). Establecida esa idea nos encontramos con Martina Bo, protagonista de la novela, una mujer divorciada y con un hijo, que está atravesando problemas económicos y que no termina de encontrar en su entorno los elementos suficientes de apoyo: su madre es más crítica que sostenedora; sus amigas Luisi y Cata mantienen con ella una relación muy poco estrecha... Sumergida en la desesperación, formula en voz baja un deseo que le pasa por la cabeza de vez en cuando: ojalá fuera un hombre. Y el día de su trigésimo tercer cumpleaños, al despertar, descubrirá con sorpresa y con horror que le está saliendo un bultito en los genitales. Un bultito que, con el paso de las horas y los días, se irá convirtiendo en un pene. En medio del desconcierto (o, para decirlo con un verso de Blas de Otero, “en medio del miedo”), Martina recibe la visita de un estrambótico diablo llamado Dantalian que es capaz de presentarse bajo aspectos físicos muy diferentes y le explicará lo que está sucediendo y por qué está sucediendo.
Pero no les adelanto más de la trama argumental, porque prefiero que sean ustedes quienes la recorran. Sí les diré que durante las páginas que quedan a partir de ahí se suceden situaciones de sexo (algunas de ellas realmente volcánicas), instantes de humor, arrebatos de rabia y, sobre todo, el curioso experimento de observar cómo se comporta esta mujer en la piel de un hombre y cómo su vida sufre una alteración radical con el cambio de genitales. Nos encontramos, pues, ante una novela poliédrica, que resulta complicado adscribir a un género concreto, pero donde sobre todo brilla una prosa muy dúctil, muy ingeniosa.
Julia R. Robles, que se había movido en volúmenes anteriores con gran solvencia por el territorio del relato breve (resulta difícil olvidarse de maravillas como “Concaritos” o “La pistola de Laura”, contenidos en Extrañas mujeres de azul, publicado en el año 2011), demuestra en este trabajo que se mueve con la misma eficacia en la narración larga. Háganse el favor de comprobarlo, porque les aseguro que esta novela les garantiza una buena cantidad de excitación, un aluvión de sonrisas sabiamente calculadas y colocadas y abundantes reflexiones sobre los detalles que muestran los roles masculinos y femeninos en el mundo actual, sobre los que pasamos de puntillas, sin fijarnos demasiado.

Julia R. Robles es una voz segura del panorama literario actual. Harían bien en acercarse a sus libros.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Hacia la luz



El año 2008 fue, para la reciente ganadora del premio Nadal 2017, un período pletórico desde el punto de vista editorial: la novela Dos lunas (Montena), dos volúmenes de la serie Arcanus (Destino), El álbum de Jumbo (Algar)... También fue el año de Hacia la luz, una novela bien concebida, bien ensamblada y donde nos ponía en contacto con un tema peliagudo, hacia el que no mostraba miedo en encaminarse: las fronteras de la vida, el túnel que dicen atravesar las personas que han tenido unas experiencias cercanas a la muerte, la luz brillante que aguarda o estalla al final. Y, unidos de forma indisoluble a esta gran línea conductora, otros subtemas conectados con pericia: la eutanasia, la religión, la esperanza, la experimentación científica... En esta obra Ángel Febles es una eminencia internacional en el campo de la medicina, investido con una decena de doctorados honoris causa y admirado por científicos, pacientes, periodistas y colaboradores. A su alrededor se ha construido el Instituto Neurológico Febles, un centro experimental donde se trabaja en el campo de los cuidados paliativos a enfermos terminales, para que ingresen en la muerte con una mayor dosis de dulzura y paz. Este centro acaba de cesar a su gerente, don Salvador Córcoles, y entra a ocupar su cargo Miren Fernández-Nimo, una mujer de excelente preparación y que está atravesando un momento matrimonial bastante delicado. La contratación le permite, entre otras cosas, intimar con el doctor Febles, al que no sólo admira como médico sino que comienza a sentir próximo como hombre, a pesar de la diferencia de edad que los separa. Pero una serie de hechos, que se van encadenando de forma misteriosa (Salvador Córcoles sufre un oportuno atropello, llegan anónimos denunciando actuaciones irregulares en el seno del Instituto, etc), convencen a Miren de que algo está ocurriendo. Algo que se complicará cuando la mujer comience a tener sueños en los que ciertos fallecidos pretenden comunicarse con ella; y que alcanzará un extraño giro cuando Elvira, su eficaz secretaria, aparezca degollada en su domicilio... Sin dejar que los numerosos hilos de la narración escapen a su control en ningún momento (asombra la firmeza y la invisibilidad de su pulso), Care Santos pone en funcionamiento ante nuestros ojos un circo de numerosas pistas, donde el ambiente hospitalario, las mezquindades administrativas, el agudo análisis de una relación sentimental que se derrumba, los misterios ectoplásmicos, los ribetes policiales o las indagaciones psicológicas se van combinando entre sí con demoledora eficacia y con seductor magnetismo... Hacia la luz marcó un nuevo pico de madurez en la trayectoria impoluta y exitosa de Care Santos, que cada vez se asemeja más a la cordillera del Himalaya.