miércoles, 24 de mayo de 2017

Crepusculario



Crepusculario es sustancialmente una obra de Neruda, pero aún no lo es del todo accidentalmente. Uso esta terminología aristotélica para significar que el espíritu del volumen ya nos muestra a un escritor potente, a un zahorí de bellezas; pero que la forma en que traduce ese huracán íntimo es todavía imperfecta. Neruda ha buceado poderosamente por el océano de los libros y, al emerger, su piel está húmeda de influencias y salina de plagios. Pero esta actitud no es en modo alguno vituperable, ni motivo de burla. Todo escritor joven nace de una superposición de adherencias y busca con su ayuda su propio sendero creativo.
Se percibe en casi todos los poemas de este volumen, como si una niebla los impregnase, que aquel chico oscuro, tímido y solitario no era feliz. ¿Simple prurito adolescente de significación? ¿Malditismo romántico llevado a su extremo? La martilleante insistencia del escritor parece avalar la sinceridad de su pena: “Estoy triste, pero siempre estoy triste” (Farewell); “Sé que la vida es triste” (Los jugadores); “Mordiendo solo todas mis tristezas” (Barrio sin luz); “Mi cuerpo triste” (Aquí estoy con mi pobre cuerpo); “Mi queja triste” (Tengo miedo); etc. Y las posteriores declaraciones autobiográficas del vate chileno confirmarían una y otra vez la autenticidad de esa desolación.
Inquieto, febril, casi arrebatado, Neruda indaga en múltiples direcciones: baraja moldes estróficos diferentes (cuartetos, sonetos, romances); juega con una polimetría nerviosa (versos de 7, 8, 9, 11, 14, 16 sílabas); y hasta se permite ejercicios lujosos con la rima: bien decantándose por consonancias extremas (crepúsculo-corpúsculo-músculo); bien recurriendo a ironías semánticas (impolutas-putas). ¿Y a quién no seduce el precoz riesgo estrepitoso de sus encabalgamientos, el luminoso poder evocador de sus símiles (“Incontenible como un amanecer”), el lirismo desprejuiciado de sus metáforas, la belleza de sus adjetivos desplazados (“La angustia inmóvil del acero”) o el espesor de sus imágenes acumulativas (“Rodaban, ululando como tigres, los trenes”)? Es como si nada le bastase. O, mejor, como si pretendiera caminar todos los senderos para ver por cuál transita con más comodidad y con mejores resultados.

Una voz, que aún estaba desperezándose, había nacido.

lunes, 22 de mayo de 2017

Al margen de estos clásicos



Acabo, con una vasta ebullición mental —por lo mucho que se aprende en él y lo bien escrito que está el volumen—, las páginas de Al margen de estos clásicos, del filósofo Julián Marías (Afrodisio Aguado, Madrid, 1967). Me ocurre con este pensador una cosa muy curiosa: lo admiro profundamente por la seriedad y la diversidad de sus reflexiones, me gusta la forma en que organiza y redacta... pero siempre me chirría el modo en que se empeña en autocitarse. Como ya dije en mi ensayo Z, como resalté en mi libro X, sobre este asunto ya adelanté algunas notas en mi trabajo T... Ese pavorrealismo siempre me ha sorprendido, por su puerilidad. Pero salvada esa flaqueza, dejaré aquí algunas de las frases que he ido espigando en el volumen, aclarando que se trata de una pequeña muestra: el tomo es tan denso, tan abigarrado de aciertos, tan notable, que la pretensión de reducirlo a un resumen está condenada al fracaso... “Si cualquier país hiciera el intento de vivir de sus propias ideas, el resultado sería la indigencia mental”. “(Idioma) El español juega libremente con monedas bien acuñadas”. “Los géneros literarios significan fundamentalmente las diversas articulaciones de la realidad, los diferentes escorzos o posturas en que la realidad es acotada, presentada, interpretada”. “Cuando yo escribo o hablo y pienso que puedan no entenderme los que me leen o me oyen siento una especie de repugnancia interna, casi, casi la náusea de los existencialistas”. “Con los padres no hay que estar de acuerdo, no se está nunca de acuerdo. Lo que se debe tener con ellos es concordia; y ésta sólo nace de la cordialidad”. “El escritor químicamente puro -Ramón Gómez de la Serna-”. “Esa propensión ibérica al energumenismo”. “La perplejidad del español en vacaciones: después de quejarse de “no tener tiempo para nada”, se encuentra en la situación embarazosa de “no tener nada para el tiempo”...”. “Azorín —ésta es la verdad— nunca ha acabado de ser novelista”. “La dificultad está en que Azorín ha sido siempre mediano narrador. No fluye: su prosa está hecha de pausas, río todo remansos”. “(Azorín) No hay escritor con menos ruido que él”. “Machado se acerca a las cosas (...) y apenas las toca. No las viste, no las recubre de recursos retóricos; simplemente, nos las señala, con un gesto tímido y sorprendido, que subraya su emoción o su belleza. Es poca cosa, pero esencial”. “Con la erudición va a ocurrir quizá como con las armas de guerra: a fuerza de intensificación y perfección habrá que renunciar a usarlas (...) el crecimiento casi canceroso de la bibliografía universal”. “Este libro, Platero y yo (...) no es de poesía (...); gravita hacia lo que, en un sentido muy lato, podríamos llamar “novela”...”. “(Ortega y Gasset) Creador del estilo literario más influyente en el siglo”. “El hombre, cada hombre, tiene que decidir en cada instante lo que va a hacer, lo que va a ser en el siguiente. Esta decisión es intransferible: nadie puede sustituirme en la tarea de decidirme, de decidir mi vida”. “(Ramón Gómez de la Serna) Dice esas cosas que extasiarían a los demás si fuesen de Heidegger: “Aburrirse es besar a la muerte”...”. “Lo que pudieron ser Garcilaso o Bécquer en sus siglos, en el nuestro lo ha sido Salinas”. “Sobre Cela se han escrito más adjetivos que sustantivos y verbos; y los adjetivos son poco esclarecedores. Se cae en la cuenta de que Cela, que tanto ha dado que hablar, debería también haber dado que pensar”.

sábado, 20 de mayo de 2017

Mortal y rosa



La primera vez que leí Mortal y rosa, de Francisco Umbral (Destino, Barcelona, 1979), fue en agosto de 1989. Y no tengo que hacer demasiada memoria para recordar que me impresionó. Aún no había sido padre, ni había perdido a ningún hijo, pero el dolor terrible que sus páginas contenían me traspasó como un dardo envenenado de lágrimas y literatura. Ahora, cuando lo visito por tercera o cuarta vez, sigue pareciéndome un canto hermoso, magnífico, desgarrado y lírico que Umbral le dedica a su hijo recién fallecido, y que hace estremecerse el ánimo del más templado. Imagino que cuando pasen los años y las décadas, la imagen agria que Umbral se obstinó en difundir como personaje público quedará olvidada o difuminada, y que entonces se comprenderá la grandeza única de este largo poema en prosa, uno de los mejores que he leído en mi vida. “Cómo negar la mitad en sombra de la vida, si están ahí los sueños”.  “La juventud es una divina vulgaridad. Los años estilizan, aristocratizan, dignifican un poco, y llegan incluso a individualizarnos. Pero preferíamos la democracia gloriosa de la juventud a estas distinciones y medallas de edad que nos impone la vida”. “Ahora la gente se pone al sol para teñirse. Mal hecho. Eso da cáncer. El bronceado es un vestido, un disfraz. Una mujer muy blanca está más desnuda. El pigmento, natural o adquirido, viste, reviste”. “Es muy fácil que la mano se torne garra sobre el cuerpo de una mujer. Ir a la mujer con manos de pianista mejor que con manos de ladrón. Que la mujer no se sienta saqueada, sino templada, pulsada, afinada”. “El hombre, si no es la medida de todas las cosas, es al menos una maqueta bien intencionada del Universo”. “Nunca llevamos a un niño de la mano. Siempre nos lleva él a nosotros”. “Estoy oyendo crecer a mi hijo”. “La salud es un delicado equilibrio de deflagraciones. La cabeza que suena, los ojos que duelen, los oídos que pitan, la garganta que escuece, el vientre que sufre, los enfisemas, los vértigos, el insomnio, el miedo, las caries, las infiltraciones hiliares, las arritmias, la tos. Estamos vivos de milagro. Lo científico sería morirse en seguida”. “Vives otras casas, las amueblas, las habitas, y algo te dice que no son tu casa. Entras y sales en ellas. Pero un día encuentras la casa, tu casa, la que te esperaba, ésa que teje en seguida en torno de ti su silencio, sus sombras, su polvo, su tiempo, y de la que ya no vas a salir nunca, a la que volverás siempre”. “Escribir es una cosa pasiva, receptiva, contra lo que se cree, así como leer es algo activo, creativo, voluntarista”. “El estilo es la modulación que toma el lenguaje al pasar por nosotros, como la curva que adopta el agua en una jarra”. “El libro es sólo el pentagrama del aria que ha de cantar el lector. En el libro no hay nada. Todo lo pongo yo. Leer es crear. Lo activo, lo creativo, es leer, no escribir”. “Miro mi edad en los espejos de las tiendas”. “Moriré sin haber pasado por el mundo. Jamás he salido del ámbito mágico de la literatura, lo cual no tiene nada que ver con la torre de marfil. He vivido el mundo intensamente, pero literariamente. Escribir es sólo la exteriorización de una actitud y de una óptica. El escritor va por dentro”. “(El escritor) No, no sirve de nada defenderse con el escándalo o la rebeldía. Al final te aprovechan. Al final te vacían en bronce, que es lo que quieren”. “Nada me atormenta tanto como la belleza del mundo. Vamos en una lujosa calamidad, en una primavera mortal, hacia la muerte. Se nos ha preparado —¿por quién?, por nadie— una suntuosa masacre, el hombre muere rodeado de belleza, entre el esplendor del verano o los palacios fríos del invierno”. “Lo nuestro no tiene arreglo. El hombre es decididamente mediocre”. “Ya tenemos estadísticas exactas sobre los niños que se mueren. Lo que no tenemos es ganas de alimentarles, pero llevamos su muerte muy bien contabilizada”. “Hay que descubrir la piedra filosofal todos los días, y encontrarla entre las piedras grises y torpes, que son las que más abundan”. “Lo más desolador es que ni en la muerte nos encontraremos. Cada cual se queda en su muerte, para siempre. La muerte es distancia, sólo distancia”.

jueves, 18 de mayo de 2017

El abismo verde



En ocasiones, nuestros miedos y nuestras dudas se alían para erosionar la calma sedante en la que creíamos vivir. Navegantes por un mar tranquilo, en el que las galernas y los maremotos habían decidido respetarnos, de pronto nos vemos sacudidos por un oleaje que desarbola nuestra nave y nos provoca un atroz naufragio. Así le ocurre al joven sacerdote que protagoniza la última novela de Manuel Moyano, publicada por la editorial palentina Menoscuarto con el título de El abismo verde.
Resumir su argumento sería fácil y probablemente serviría para que muchos lectores se sintieran de inmediato tentados de buscar el libro, pero me abstendré de recurrir a ese reclamo. Digamos simplemente que tenemos a dos europeos (un alemán y un español) situados entre las localidades selváticas de Mapucho y Agaré, en el continente americano. Digamos que están rodeados por una masa de indígenas embrutecidos por el alcohol de caña. Digamos que a unos seis kilómetros de allí se pueden visitar las ruinas de una ciudad maya o inca. Y digamos, en fin, que por los agujeros de sus muros erosionados aparecen, al oscurecer, unas criaturas deformes, de sexo femenino y apariencia humana pero sin pigmentación en la piel, que provocan tanto estupor como repugnancia.
Ya está. Dejémoslo en ese punto. El lector de Manuel Moyano no necesita más para saber qué maravillas va a encontrarse en las páginas de esta novela, que lleva una preciosa imagen de portada de Francisco Anzola y que investiga en territorios tan variopintos y sugerentes como el horror, la fe religiosa, la atracción sexual, la desesperanza, la ansiedad, el desconcierto o la furia.
Tres elementos se combinan para convertir el volumen en una pieza codiciable: de un lado, esa trama poderosa que he insinuado y que alcanza límites inauditos en varias secuencias del relato; de otro, los convincentes perfiles psicológicos que el autor elabora con los personajes principales (el dipsómano Lavinger, el sinuoso Montesinos y el atormentado sacerdote que nos narra la historia); y, por fin, una presentación formal de imposible mejora, donde la música sintáctica de Manuel Moyano, su cuidado a la hora de adjetivar y su finura semántica envuelven al lector hasta que llega al vértigo de la última página.
Si es usted lector habitual de este prosista afincado en Molina de Segura, corra a hacerse con la obra, porque le aseguro que volverá a encontrarse con la magia que ya descubrió en sus libros anteriores. Si no lo es, acépteme el consejo y sumérjase en las aguas de este río: pasará al grupo anterior en cuestión de cinco minutos.

lunes, 15 de mayo de 2017

Tentativa del hombre infinito



El exquisito sello Cátedra acaba de editar, con un espléndido trabajo de exégesis de Hernán Loyola, el juvenil texto poético Tentativa del hombre infinito, de Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, más conocido en el ámbito de las letras como Pablo Neruda. Este poco conocido volumen constituye, en la producción del chileno, una bisagra evidente entre su etapa simbolista y su etapa surrealista, como señaló hace años el estudioso Fernando Alegría.
Se trata de una obra realmente extraña, no demasiado extensa, llena de nervio, “sobrecogedora pero ininteligible” (en opinión de Saúl Yurkievich), y que tiene mucho de desbordamiento, de vómito existencial, de riada anímica. Flotan en ella candelabros, hogueras, hojas, crepúsculos, matorrales, proas, luces, campanas, amores, vientos, túneles, mareas, atardeceres, fotografías, besos, frutas, niños, metales, peces, trapos, panes, victrolas, luciérnagas y bosques. Es como si los mundos antiguos de Neruda (el mundo triste de Crepusculario, el mundo reordenador de El hondero entusiasta, el mundo erótico de Veinte poemas de amor y una canción desesperada) abdicasen de su estatus cósmico y se despeñaran por los taludes de una desgarradora pesadilla surreal, pórtico ya de las Residencias.
Como es lógico suponer, este vuelco conceptual ha de ir acompañado también de un giro drástico en la forma. No podía ser (casi nunca lo es) de otro modo: cuando rasgamos un naipe, ambas caras resultan destruidas. Consciente de que las revoluciones han de ser absolutas (o no son nada), el joven escritor decide desautorizar los preceptos caducos de la ortodoxia: niega la puntuación, descree de las mayúsculas y cancela el rigor militar de la sintaxis castellana, logrando lo que Enrico Mario Santí definió en su momento como “suite visionaria”, donde los vocablos nocturnos se convierten en los grandes protagonistas (sueño, luna, dormir, estrella, sombra, etc. “Noche” aparece en 26 ocasiones). Como es lógico, los lectores quedan a menudo desconcertantes, sobre todo sabiendo que es la obra que publicó Neruda tras sus transparentes Veinte poemas de amor y una canción desesperada.
Neruda comprende que el ático de los sueños está ahí, esperando ser visitado y descrito con palabras (desconcertadas, o nebulosas, o balbucientes, pero palabras); y asume ese reto con el empuje y la confianza que sólo un muchacho lleno de ilusiones podía desplegar. Haciendo anatomía de sus propias entrañas, Neruda se muestra desnudo al sol de la poesía y nos entrega unas páginas tan difíciles como confesionales.
Aparecen en las páginas del libro, flotando como nenúfares sobre un magma de color oscuro, asombrosos juegos visuales o táctiles (“la sonrisa se extiende como una mariposa en su rostro”, “el aire estaba frío en tu corazón como en una campana”, “amanecía débilmente como un color de violín”, “amanecen los puertos como herraduras abandonadas”, etc). Pero resulta evidente que en sus líneas generales nos encontramos ante una obra difícil, casi críptica, donde las pesadillas, las imágenes turbulentas y las adjetivaciones extrañas parecen dejar óxido en la lengua de los lectores.  Quizá por eso el crítico Alberto Cousté pudo afirmar que Tentativa es “acaso el menos leído de los libros de Neruda, y sin duda el que menos comentarios ha merecido de sus exégetas”.
Con esta edición de Cátedra, es posible que comience a entenderse mejor esta obra juvenil del premio Nobel chileno.

sábado, 13 de mayo de 2017

Diario póstumo



Releo el Diario póstumo, de Ramón Gómez de la Serna, expurgado por su mujer Luisa Sofovich de los aspectos más íntimos (Plaza & Janés, Barcelona, 1972). Y constato una vez más que todas las marcas del genio —Ramón lo fue, según dicen— brotan aquí: la chispa, el alto logro lírico, la abisal hondura de sus meditaciones, la sinceridad, la transmutación alquímica de todo en literatura. Se trata de un libro para leer, releer, solazarse e instruirse en la esencia de un escritor auténtico, así que le cedo la palabra para que sea él mismo quien nos deje sus reflexiones, cajón extravagante y amplio donde cabe casi todo: la arbitrariedad, la filosofía, el humor, el exabrupto... Ramón podía ser irritante en ocasiones, pero nos dejó una obra literaria que conviene releer de vez en cuando. “Todo el que no está muriéndose no alcanza la explicación del mundo”. “Volvimos a ver si estaban en el banco del jardín público las horas que perdimos allí el otro verano, y allí estaban”. “Quiero que queden fijas las ideas, y las ideas no pueden ser fijadas porque las plumas se niegan a ello. Las plumas son unas hijas de puta”. “No hablemos de café: o se tiene la superstición del café o no se tiene”. “El que cree que todo lo va a encontrar en el diccionario, está erudíticamente perdido”. “La vida es así: “¿Se ha acomodado bien? Pues entonces, ¡fuera!”...”. “La multitud no tiene importancia más que cuando se revoluciona y quiere matar al que está tan tranquilo y no se mete en nada”. “No dais importancia a los pasos de los seres y tienen la importancia de lo que desaparecerá, de lo que, habiendo sido tan evidente, un día no tendrá ninguna evidencia... Oíd con atención y respeto los pasos”. “Cada vela tiene su manera de llorar su cera”. “Ya vas a ser calumniado por todos. Ya vas a morir. Resígnate”. “Su defecto es que a todo lo que hablaba le ponía forro de palabras”. “El beso, ¿es un préstamo o un regalo?”. “Los libros de las rancias bibliotecas se traspasan sabiduría o curiosidad en un intercambio secreto”. “El mayor logro de la vida es que no le nombren a uno muerto honorario”. “Trajes: forros de la nada”. “Los repetidos sellos de “archívese” que nos quieren o nos van poniendo a la espalda no deben resistirse; hay que escapar apenas se les sienta”. “Si no te encuentro, ¿para qué quiero la ciudad?”. “En el fondo del mar hay un álbum en que están las fotografías de todos los náufragos”. “El arte no se debe abandonar. Hay que estar buscándole las vueltas, hay que estar esperando que quiera hablar con uno”. “Siempre la fotografía dice la verdad”.

sábado, 6 de mayo de 2017

El romancero de la novia



Cuando se pregunta a lectores, estudiantes o incluso profesores, por los poetas del 27 el nombre que siempre sale a la primera línea de la memoria es Federico García Lorca. Después, en proporciones variables, surgen Vicente Aleixandre, Rafael Alberti, Pedro Salinas y Luis Cernuda. Pero el “patito feo” del grupo suele ser el santanderino Gerardo Diego, a quien se lee poco, se valora poco y se recuerda poco, ni siquiera por haber compartido premio Cervantes con Jorge Luis Borges.
Hoy traigo a esta página su producción inicial El romancero de la novia, que se completó con Iniciales y que constituye una buena muestra de sus primeros pasos líricos, donde trabajó con unas asonancias deliciosamente musicales y donde practicó unos frecuentes encabalgamientos rítmicos de gran elegancia (incluso cuando se antojan demasiado abruptos, como ocurre en “El retrato roto”). Temáticamente, el recorrido que siguen los poemas del volumen es muy claro: el vate se enamora de una chica, con alborozo casi adolescente (“Eres mi novia, mi novia... / palabra divina. Suenas / a música, a luz, a labios, / a corazón, a pureza”) y, después de algunos altibajos en los que incluso acarician la posibilidad de devolverse las cartas (“Nube de primavera”), se produce la ruptura definitiva. El poeta le agradece todo el tiempo que compartieron y anota que ahora todo es en su corazón “Frío... Soledad... Silencio...”.
El profundo dominio de los octosílabos se enriquece en Iniciales con una mayor variedad métrica (heptasílabos, endecasílabos) y se amplía también el abanico de temas: los atardeceres, con su esplendor de luces (“Fuego”), las peticiones a Dios para que le conceda el don de la voz lírica (“Poeta sin palabras”), etc. Gerardo Diego se ejercita aquí en los sonetos (“Era una vez”), sobrevive incluso a un experimento con la cuaderna vía (“La caravana de las lecheras”) y propone la desnudez, la sobriedad y la contención como formas poéticas (“Química”).

En suma, un volumen juvenil pero que ya evidencia al poeta estupendo que el cántabro siempre fue. No se merece la amnesia con la que tantos lo cubren.

jueves, 4 de mayo de 2017

Felicidad familiar



En ocasiones (por no incurrir en la exageración de afirmar que siempre), la felicidad es un envoltorio que apenas resiste un leve arañazo antes de revelar lo que realmente encubre: un contenido menos amable, menos sonriente, menos idílico del que los colores exteriores mentían. Sonreímos para protegernos. Disimulamos para apuntalarnos. Y con ese camuflaje quebradizo circulamos por la vida... Así le ocurre a la inteligente Polly Solo-Miller, una experta en técnicas de estimulación de la lectura que trabaja en un puesto de alto nivel y que está casada con el abogado Henry Demarest. Él es un hombre que goza de gran éxito en su profesión y que está acostumbrado a que su esposa ejerza de dulce ángel tutelar (“Polly tenía dos ocupaciones: la que desempeñaba a cambio de un salario y la consistente en iluminar el humor sombrío de su marido”, p.27). La pareja tiene hijos, un hogar lujoso, un nivel económico elevado y unas relaciones sociales animadas: cenas con amigos en locales distinguidos, asistencia a exposiciones, viajes y vacaciones donde nunca sufren imprevistos ni reveses... Pero Polly experimenta, de pronto, una perturbación en su vida emocional cuando conoce al pintor Lincoln Bennet, solitario y magnético, de quien acaba convirtiéndose en amante. Polly no está dispuesta a renunciar a las nuevas sensaciones que Lincoln le aporta, pero constata con sorpresa que continúa amando a su esposo (“Pensaba que su amor por él no había menguado. Se había establecido un equilibrio que hacía la vida más... La palabra era “soportable”, pero no se atrevía a pensar en ella”, p.69). En ese juego erótico que con tanto vigor ha irrumpido en su vida ambos tienen las cosas claras: ni ella quiere dejar a su marido, ni Lincoln se muestra partidario de renunciar al preciado don de la libertad. Se amarán y se encontrarán furtivamente cuando sus agendas se lo vayan permitiendo. Mentirán, cuando se encuentren en público, una cordialidad educada y huérfana de pasiones. En suma, tratarán de que la existencia de Polly siga pareciendo “honorable”... Pero lo que ella no puede evitar es sentirse confusa y triste por esta situación de encubrimiento en la que vive, que le hace plantearse muchas preguntas: “¿Dónde había fallado? Las cosas que deseaba, las cosas que tenía y las cosas por las que trabajaba no casaban entre sí. Se sentía una extraña en su propia vida, una forastera entre las cosas que había creado y una marginada de su propio corazón” (p.216). Estas tensiones, estas zozobras la conducen a una sensación creciente de inquietud, de autoexamen; y trata de replantearse su existencia (“De las terribles angustias que había pasado sentía surgir un nuevo yo. No sabía cómo iba a ser, pero sería por carácter y naturaleza exclusivamente suyo”, p.332)... Una novela llena de reflexiones sobre el amor, sobre la fidelidad, sobre el sentido de la vida y, ante todo, sobre los cauces que nos conducen hacia la dicha o el fracaso. Espléndida propuesta de Laurie Colwin, que Antonio-Prometeo Moya traduce para el exquisito sello editorial Libros del Asteroide.

martes, 2 de mayo de 2017

Deseo de chocolate



Estamos rodeados de objetos. Nos circundan física y emocionalmente, pero lo más frecuente es que no reparemos con demasiada frecuencia o intensidad en su textura, en tus perfiles, en su devenir. La vieja joya oxidada de la abuela, aquel souvenir que nos trajeron de un viaje, una prenda ajada de cuando éramos niños, el antiguo reloj de pulsera que ya no funciona, un viejo bolígrafo que nos sirvió bien y que tartamudea su tinta penúltima. En ocasiones, determinados escritores se han centrado en uno de esos objetos en apariencia insignificantes y han extraído de ellos una propuesta muy sólida desde el punto de vista narrativo o sentimental. Pero la ambición que la catalana Care Santos despliega en Deseo de chocolate va mucho más lejos, en todos los sentidos, porque persigue las vicisitudes que experimenta un objeto durante tres siglos y nos va mostrando las peripecias ramificadas de sus diferentes poseedores. Así, nos suministra varias historias (muchas historias, en realidad) en una misma novela. El objeto en el que fija su mirada es una chocolatera que se fabricó en Sèvres por encargo de Adélaïde, hija del rey Luis XV, la cual adoraba tomarse esa bebida a diario. Con el paso del tiempo, el insigne recipiente fue pasando de mano en mano hasta llegar a la actualidad, que se encuentra en el hogar de Sara y Max, que llevan casados diecisiete años... Durante esas tres centurias, la pieza de porcelana ha sido testigo de una gran cantidad de sucesos y se ha visto manejada u observada por personajes de lo más variopinto: la mujer que engañaba a su marido con el mejor amigo de éste en la habitación 709 de un hotel; un doctor octogenario que, después de casi dos décadas de vida bajo el mismo techo, se anima a dar el paso de casarse con su sirvienta; el maestro chocolatero que ejecuta todo el proceso de forma artesanal y que tiene a su hijo estudiando en Suiza; una esposa inquieta, que se fuga de casa para irse con un tenor (“Para conocer a los hombres no basta con acostarse con uno solo. Yo quiero ser sabia en este terreno. Con un hombre solo no tengo ni para empezar”, p.198); un muchacho que, en el último cuarto del siglo XVIII, es enviado a Barcelona para hacerse con una máquina que está llamada a revolucionar la historia de la repostería... 
Con su maravillosa capacidad para desarrollar argumentos y salpimentarlos con personajes inolvidables, Care Santos consigue, una vez más, embrujarnos y llevarnos a donde ella quiere: la butaca de la seducción. Allí nos invita a sentarnos; allí nos ofrece un café caliente (en este caso, un chocolate); allí despliega ante nuestros ojos su fabuloso arsenal de prodigios, como esos magos ambulantes que provocan exoftalmia entre su público. Deseo de chocolate es la historia de muchas fascinaciones, de muchas emociones, de muchos seres. Y el zigzag cronológico que utiliza para contar todas esas vidas es tan magnético como convincente, permitiéndose incluso alardes como el que maneja en la secuencia 15, donde se pasa al formato teatral, para darle un ritmo más brioso a las postrimerías de la novela. Care Santos hace lo que quiere y en todo brilla. Es única. God Save the Queen.

domingo, 30 de abril de 2017

Versos humanos



Lo dice el santanderino Gerardo Diego en una de las primeras páginas de este poemario: “Regresa el pájaro a la jaula”. O, dicho de un modo menos lírico y más prosaico: abandona las aventuras métricas y rítmicas que lo habían ocupado en los meses anteriores y retorna a un espacio donde se siente mucho más cómodo y donde fluye con mayor naturalidad. Menudean los sonetos (que siempre cinceló con especial fortuna y donde consiguió monumentos como “El ciprés de Silos”), se detiene en los romances y, en general, demuestra su elevada musculatura lírica en todas aquellas estrofas donde el clasicismo de la forma no está reñido con la innovación temática.
Creo que el mejor Gerardo Diego estuve siempre en el ámbito apolíneo, y que en él obtuvo sus logros más memorables. Sabe escribir música con sus versos. Sabe conformar poliedros rítmicos donde todo está medido, equilibrado, orquestado. Y luego espolvorea esas composiciones con destellos notables, como cuando nos define a una cigüeña llamándola Hada madrina de los campanarios o cuando fija la mejor descripción de una pequeña plaza de pueblo diciendo que su esencia consiste en soledad de once meses / soñando con las fiestas.
Otras veces, el cántabro se detiene en poemas como “Carnaval de Soria” (retrato espléndido del ambiente que se respira en esa celebración castellana, tanto en las calles como en el casino. El ritmo musical, logradísimo gracias al manejo de los octosílabos, se adelgaza en el tramo último con el paso a hexasílabos) o como el celebérrimo “Brindis” (el poema que firmaría cualquier profesor vocacional). Además, en este volumen se ocupó de dedicar textos a algunos de sus amigos más profundos, como José María de Cossío, José del Río o Juan Larrea.

Se ha dicho (y la crítica es desde luego admisible, y hasta rigurosa) que Gerardo Diego resulta fatigoso si se leen muchas páginas seguidas de sus composiciones. Es verdad. Pero si somos justos convendremos en que ningún sonetista resiste que se lean treinta o cuarenta poemas suyos de un tirón. Ni don Francisco de Quevedo. Ni Lope de Vega. Ni Miguel Hernández. Eso, evidentemente, no resta calidad al autor, sino que nos indica que debemos acercarnos a él con lentitud y en pequeñas dosis. Aconsejo actuar así con Gerardo Diego, quizá nuestro premio Cervantes más incomprendido.

viernes, 28 de abril de 2017

Te veo triste



Todos emprendemos, en mayor o menor medida, búsquedas. Pero la que tiene que ultimar la joven traductora Marta Sampiero es singularmente curiosa. Su padre, un escritor de cierta fama, acaba de fallecer; y deja indicado que su hija encuentre a una misteriosa mujer llamada Carmen Cabrera y que le comunique su muerte. Al principio, el desconcierto invade a la muchacha, pues ignora quién puede ser esa persona; pero después comienza a registrar las pertenencias de su padre en su casa de Zaragoza (carpetas, cajones, libros) y acaba encontrando diarios y cartas donde el nombre de Carmen sale a relucir. Por lo que parece, mantuvieron algún tipo de relación sentimental que se desarrolló en lugares como Varsovia o Dublín... pero Marta sigue sin encontrar a la enigmática dama.
Pero ese eje tibiamente detectivesco (que no he hecho sino esbozar y que desvela muy poco a los posibles lectores de la novela) no debe desviarnos de la auténtica esencia de este libro, que se mueve por caminos diferentes. “Hay búsquedas que no resultan fáciles. La de uno mismo suele ser complicada”, leemos en la página 14. Y en verdad que ahí sí que podemos detectar una pista clave para entender la obra. Marta fue una adolescente complicada, que no consiguió nunca sintonizar bien con su padre. Crecieron entre ellos demasiados muros y verdeció demasiada hiedra, hasta el punto de que se convirtieron en extraños el uno para el otro. Con el paso de los años, y con esa maduración lenta que produce en los espíritus y en los corazones, Marta ha entendido que fue injusta con Luis y que quizá su modo de compensar esos agravios sea acercarse hasta Carmen (forma vicaria de acercarse también a su padre) y mirarla a los ojos. Eso no eliminará el dolor que atesora en el alma (“El pasado necesita gomas de borrar. Muchas. Porque de lo contrario sería difícil asumir tantos errores, tantos empeños falsos, tanto disparate”), pero le servirá para descargarse de una parte de su tristeza.

En algunas ocasiones (en demasiadas, quizá) Fernando Sanmartín se abandona a unas estructuras de avance lento (“X es Y, X es Z, Z es W...”) que producen fatiga por acumulación. Pero en líneas generales su estilo es lírico y seductor, consiguiendo que la lectura sea muy gratificante. Esta publicación de Xordica es una deliciosa pieza narrativa a la que conviene aproximarse.

miércoles, 26 de abril de 2017

Todos mis futuros son contigo



Marwan es uno de esos nombres que, de súbito, comienzan a extenderse entre los lectores y prenden como la pólvora. Se constituyen en moda, en consigna, en lugar común. Desde hace unos meses, un significativo número de mis alumnos del instituto invocan su nombre, lo repiten, se prestan sus libros, lo elevan a los altares, lo convierten en santo y seña. Hay épocas en las que a Antonio Gala (o a Paulo Coelho, o a Carlos Ruiz Zafón) lo encontramos hasta en la sopa; y esto, en principio, no es ni bueno ni malo. Es un hecho sociológico.
Así que cuando apareció en el sello Planeta Todos mis futuros son contigo pensé que podría acercarme hasta el libro. Sobre todo porque una de mis consignas como lector siempre ha estado inspirada en el Arte nuevo de hacer comedias de Lope de Vega, cuando dice que a la hora de escribir encierra los preceptos bajo llave. A mí me ocurre igual a la hora de leer. No acepto aprioris, ni denigratorios ni encomiásticos. Leo y juzgo. Y el juicio no pretende, después, sentar cátedra. Es mi opinión. Nada más.
Veo desde el principio de la obra que Marwan bebe de lo cotidiano y que luego lo transmuta mediante una mirada lírica, especial (“Para mí la poesía siempre ha consistido en contar todo lo que acontece (las cosas normales, el día a día, los amores y desamores, un pensamiento, los deseos, cualquier cosa que pueda suceder) de un modo extraordinario”). Pero nunca pierde de vista que se dirige a lectores jóvenes y del siglo XXI. ¿Qué implica esa doble referencia? En primer lugar, que debe hablarles de los temas que les interesan (el amor, la soledad, la tristeza, las relaciones familiares, las rupturas, las posiciones ideológicas) desde la proximidad. El lector juvenil (que luego será lector adulto) necesita sentir que los libros le están diciendo algo que le interesa, que el autor es alguien que experimenta sus mismas sensaciones, que “otro corazón sintió lo mismo” (como se lee en la página 12). Y en segundo lugar, debe recibir esa comunicación en un lenguaje que lo invada, que lo seduzca, que lo impregne, que forme parte de su ámbito cultural, emocional, vital. La literatura de diccionario no genera afición lectora.
Marwan acudirá entonces a su espléndida imaginación de poeta popular (y de cantante popular, no lo olvidemos) para decir a sus jóvenes seguidores que “el amor es el único deporte en el que hay que empatar” (p.18), que “la compasión es solo una ciudad bombardeada” (p.75) o que para ser feliz debes seguir “el ejemplo de los locos necesarios” (p.180). Y con el objetivo de aproximarse más a sus lectores recurrirá a la polimetría, a los versos blancos y a la renovación del arsenal de imágenes que pueblan sus composiciones (“Si el corazón al que llamas está apagado y fuera de cobertura, / si tus sueños tienen banda ancha pero mal conexión, / si el otoño llama a cobro revertido...”).
El crítico “serio”, académico, puede sentir la tentación de etiquetar estos versos como populistas o facilones, pero no conviene olvidar dos detalles, con los que concluyo la reseña: el primero, que Marwan trae a sus páginas referencias de un centenar de autores, bien asimilados y bien escogidos (desde Séneca hasta Luis Alberto de Cuenca, pasando por Ángel González, Gil de Biedma, Nicanor Parra o Fernando Pessoa), lo que demuestra una cultura amplia y versátil, que lo aleja del cliché de “zagal-que-escribe-para-adolescentes”; el segundo, la escandalosa cifra de “críticos serios” que han errado secularmente en sus apreciaciones sobre sus contemporáneos (Ramón Gaya afirmando que Pablo Neruda era “mal poeta”, Núñez de Arce definiendo como “suspirillos germánicos” las rimas becquerianas y un kilométrico etcétera, que casi produce bochorno recordar).

Moraleja: no dejes que nadie lea por ti, ni que opine por ti. Nunca.

lunes, 24 de abril de 2017

Imagen



Tras unos primeros trabajos poéticos clásicos, canónicos, el cántabro Gerardo Diego se propuso en Imagen una aventura más arriesgada en el aspecto formal. O, como él mismo explicaba en el primer poema del libro, trató de “repudiar lo trillado / para ganar lo otro. / Y hozar gozoso el prado / con relinchos de potro”. En suma, se aprestó a ensayar procedimientos nuevos, para que sus versos circularan por caminos distintos y eso le permitiera comprobar qué resultados obtenía. Queda así tronzada la seriedad apolínea de El romancero de la novia y da paso a unas propuestas gráficas y conceptuales mucho más intrépidas.
Por ejemplo, introduce juegos semánticos y rítmicos de los que no está ausente el humor (“La luna en cuarto creciente / es como un huevo esplendente. / Todo el cielo se resiente / de su luz. / Los faroles en hilera / son estrellas de primera, / de segunda y de tercera / magnitud”, leemos en la composición titulada Nocturno funambulesco); o compone curiosas estrofas dedicadas a los signos del Zodíaco, llenas de rimas intrépidas y de alusiones mitológicas; o se deja llevar por delicias alígeras como la que rotula con el nombre de Apunte... Gerardo Diego se adentra por una línea arriesgada, en la que los lectores más convencionales pueden tener la sensación de que el poeta “se les ha ido”, se ha dejado embelesar por un arrebato dionisíaco, en el que extravía buena parte de su música, de su esencia. Pero lo cierto es que sigue encontrando imágenes de enorme poder intelectual (“El tiempo sabe a cloroformo”), ritmos juguetones que provocan sonrisas (“Los verbos irregulares / brincan como alegres escolares”) y perlas brillantes que siguen lanzándonos su luz entre la aparente hojarasca vanguardista...
Y en ocasiones ocurre también (negarlo resultaría absurdo) que el santanderino roza peligrosamente la ñoñería o el infantilismo lírico. Sirvan de ejemplo estos versos, que producen rubor incluso en un lector condescendiente: “Estribillo Estribillo Estribillo / El canto más perfecto es el canto del grillo / Paso a paso / se asciende hasta el Parnaso / Yo no quiero las alas de Pegaso”.

En síntesis, un experimento coyuntural y con algunos altibajos, del que Gerardo Diego salió airoso porque era un magnífico poeta.

sábado, 22 de abril de 2017

Sopa de fauno



Cuando se termina de leer este libro surge una gran pregunta en la mente del lector: ¿qué es Sopa de fauno? ¿La obra que permanece en silencio sobre la mesa, junto a un paquete de cigarrillos? ¿El original inédito que revisa en el borde de un acantilado el lector de una editorial? ¿Ese volumen ajado que reposa esperando manos redentoras en una consulta médica? ¿La novela que planea escribir un escritor novel? ¿El tomo que lee por las noches el taciturno empleado de una gasolinera? ¿Una extraña pieza esotérica redactada por Óscar del Prado? ¿El título que elige un cuentista para encabezar los ocho textos que envía a un concurso de la editorial Satélite? Sin ánimo de desconcertar a los lectores de esta reseña, conviene responder de inmediato: “Sí”.
Pero, sobre todo, lo que Sopa de fauno nos ofrece es un espectáculo de gran literatura, donde se combinan unas atinadas ilustraciones de Lola Castillo, una bonita edición por parte de Adeshoras y, como plato principal del menú, diez espléndidos relatos de Diego Prado (Mahón, 1970), autor que aparece aquí por segunda o tercera vez, si no me falla la memoria. En ellos descubrimos sorpresas argumentales, brillantes despliegues estilísticos, humor y neurosis, que se combinan siempre en la dosis justa: el actor que logra un singular trabajo en la casa de una familia tan rica como extravagante (“Planta de interior”); el albañil italiano que no consigue encontrar una colocación estable en los Estados Unidos y que recibe, de súbito, una oferta laboral y sensual de lo más tentadora (“El infierno bajo la nieve”); la aparición de una figura femenina que transporta un mensaje para dos amigos a quienes la vida ha mantenido separados durante mucho tiempo (“Ella aguarda”); la turbación que experimenta el protagonista de un viaje en coche por Extremadura cuando entra en la consulta de una doctora (“Un viaje familiar”); los desconcertantes sonidos que emergen de un frigorífico (“El oráculo de hielo”); los sofisticados juegos eróticos a los que se entrega una pareja, y su relación con el mundo de los espejos (“El rostro deshabitado”)...
El escritor menorquín ha vuelto a conseguir lo que muy pocos logran pero todos envidian: un fantástico libro de relatos. Son legión quienes, huérfanos de talento para conseguirlo, camuflan su inoperancia con fatigosas promociones en las revistas especializadas, estridencias snobs en las redes sociales, fotos de estudio y titulares gamberros o provocadores en periódicos de toda laya. Pero Diego Prado es mucho más que todo eso: es un escritor de raza, un narrador musculoso de ideas sorprendentes, que desarrolla siempre con solidez, sin tener que recurrir a extravagancias, propuestas estructurales rompedoras y otras hierbas (alucinógenas) de las que tanto abundan en el mundo mentiroso de “lo moderno”. Diego Prado piensa, organiza y relata. Al viejo estilo. Con la solvencia de quien ha leído mucho y ha aprendido los resortes sabios de la narración. Así, lo que en otras manos más inexpertas o ansiosas se convertiría en material de segunda, adquiere en él categoría de hallazgo y condición de joya.

Apunten su nombre, apunten el título de este libro y salgan hacia su librería de confianza para pedirlo. Se van a enterar de lo que es bueno.

jueves, 20 de abril de 2017

Cartas inéditas



Gracias a la recopilación de Sergio Fernández Larraín, puedo leer estas Cartas inéditas, de Miguel de Unamuno (Rodas, Madrid, 1972), donde advierto la complejidad terriblemente contradictoria de este vasco universal y terruñero. A veces, Unamuno incurre en discursos que sorprenden por su insensibilidad (en la carta del 3 de mayo de 1896, comenta la hidrocefalia de su hijo, de la cual parece que sólo la muerte lo sacará; y luego, tras colocar un punto y aparte, sigue hablando de sus publicaciones, y de asuntos filológicos); pero la mayor parte de las ocasiones, sus asertos son agudos y exactos. Como la mejor muestra nos la ofrecen sus propias palabras, dejaré algunas de las citas que he subrayado en el tomo: “No hay nada que más sostenga en el mundo, después del cariño a una mujer, que el propósito de llevar a cabo alguna obra de fin impersonal y desinteresado”. “La ciencia es propiedad colectiva y el egoísmo debe quedar para tratantes de bacalao”. “Hoy creo que lo que hace falta es al publicar una nueva edición de una obra se debe hacerlo corregida y disminuida”. “El buen tono es la seriedad del burro: ir a dormirse a la Ópera”. “Si en mí consistiera ya se estaban quemando todas las obras de Calderón de la Barca, eterno desconocedor del corazón humano, gongorino inaguantable, teólogo echado a perder, sofista, inflador de gaita”. “Yo soy antidemócrata, creo que el pueblo es pueblo y no puede dar ni quitar patentes de talento. Estimo en más la opinión de cuatro inteligentes que el aplauso de todo un pueblo de profanos”. “El cura y el soldado son hermanos, los dos soportes de un mundo que se va, demasiado lentamente por desgracia”. “¡Qué verdad la de que se riega con sangre la fortuna y que debajo del proceso industrial hay un festín de antropofagia”. “Mientras haya ejércitos no habrá civilización”. “Ciencia que no tienda a filosofía no merece atención”. “La ciencia se está convirtiendo en superstición, el microbio va a ser una entidad teológica. ‘La ciencia dice...’”. “Comprendo que se coleccionen cosas naturalmente limitadas, como insectos, o históricamente limitadas, como monedas árabes, pero no objetos que se fabrican para coleccionistas. Eso de coleccionar tarjetas que se hacen para colecciones no me parece serio”. “Malo es leer libros para escribir sobre ellos (...). De entre todas las profesiones la peor es la de lector”. “El que piensa por su cuenta es progresivo, piense como pensare, y el que piensa por otros, es regresivo, así repita las mayores novedades”.

Un intelectual, sin duda, lleno de singularidades, admirable y odioso casi en las mismas proporciones. Sé que seguiré leyéndolo en los años venideros.

martes, 18 de abril de 2017

La espalda del círculo



Reconozco que, cuando comencé las primeras páginas de La espalda del círculo, de Alfonso Vallejo, una sensación de intriga teatral y de complacencia lectora me fue ganando con rapidez. Estaba en el embarcadero, junto a la hermosa Helga, dispuesto a subir con ella al “Río de la Caoba”. Luego llegó Coburn y se fue desarrollando entre ellos un diálogo fascinante, en el que quedaba claro que ambos tenían la misma misión: descubrir a bordo del barco fluvial si el nuevo jefe de la muchacha, Klausner, es en realidad Frank Stender, al que quieren identificar y eliminar.
Pero este punto de partida, que prometía una acción magnética y un desarrollo dramático lleno de interés, se fue diluyendo lentamente: diálogos que giraban en direcciones confusas o que se volvían repetitivos, personajes innecesarios e incluso patéticos (como la voz del capitán del barco), figuras que quedaban como de cartón piedra (el camarero Moltke) y, en general, una sensación de desperdicio temático que me resultaba irritante. Lo que podía haber sido una pieza densa sobre la culpa, sobre el amor o sobre el perdón se malbarata en un fuego pirotécnico de mediana intensidad.

Una pena.

domingo, 16 de abril de 2017

A cada cual, lo suyo



Los pueblos pequeños tienden a constituirse en unidades claustrofóbicas, en las que sus integrantes se ven sometidos a una estrecha vigilancia (física, emocional y hasta espiritual) por parte de sus convecinos. La historia que nos traslada en esta novela el italiano Leonardo Sciascia contiene muchos ingredientes de esas atmósferas asfixiantes.
Nos encontramos en un diminuto pueblo de Sicilia, en el año 1964. Después de haber recibido un anónimo amenazándole de muerte, el farmacéutico Manno aparece asesinado junto a su amigo el doctor Roscio, que participa con él en una jornada de caza. ¿Qué justifica este brutal crimen? ¿Qué actuaciones pudieran provocar este horrendo suceso? Las habladurías comienzan a dispararse casi de inmediato, y todos acarician la posibilidad de que el farmacéutico tuviera una aventura galante con una mujer casada, cuyo esposo se ha vengado. Pero entre los vecinos se encuentra el profesor Laurana, que ha comenzado a elaborar sus hipótesis sobre el crimen y que ha comenzado una ronda de pesquisas acerca del caso (“Su curiosidad era puramente humana, intelectual, que no podía ni debía confundirse con la de quienes, a sueldo de la sociedad, del Estado, capturan y entregan a la venganza de la ley a aquellos que la transgreden o violan”, p.119). Un recorte de prensa que proviene de L’Osservatore Romano, la actitud cada vez más sospechosa del abogado Rosello, la exultante sensualidad de la viuda del farmacéutico y el ritmo creciente de las murmuraciones populares le irá llevando en una dirección tan inequívoca como peligrosa.

Leonardo Sciascia, traducido por Juan Manuel Salmerón para el sello Tusquets, construye en estas páginas un relato sencillo pero cenagoso, donde muchas de las miserias del ser humano afloran a la superficie con inquietante velocidad. Un texto seductor de un novelista maravilloso.

viernes, 14 de abril de 2017

Una hora sin televisión



Patricia y Eduardo forman un matrimonio que, aunque se prolonga desde hace dieciocho años, naufragó hace tiempo. Él, publicista y mujeriego, le ha sido infiel a su esposa en múltiples ocasiones; ella, concertista de piano que no ha logrado ser feliz en su hogar ni ha obtenido el éxito en su trabajo, está a punto de explotar de tristeza y amargura. Hoy es su aniversario y la mujer, aunque se sienta abatida porque él ha olvidado la fecha, le propone resarcirla con un regalo especial: concederle una hora de conversación sin que esté encendida la tele.
Eduardo se sirve un whisky y accede... Y entonces se produce la gran sorpresa: Patricia le comunica que quiere abandonar el hogar, que está enamorada de otro hombre (un empresario de Boston) y que quiere irse con él para iniciar una nueva vida. Burlón, prepotente y sabedor de su influjo sobre ella, Eduardo se mostrará cáustico: no cree ni una sola palabra de las que le está diciendo. Es una fantasía más, tan absurda como su pretensión de convertirse en una pianista reconocida. Pero cuando ella insiste, el marido no aceptará tan fácilmente su posible condición de cornudo: se mostrará seductor para engatusarla; le pedirá que se acueste una última vez con él; la agredirá físicamente; la amenazará con un arma; insistirá en que recurrirá al suicidio con pastillas... Todo le vale para construir su oposición. Incluso dudar de la misteriosa existencia del hombre de Boston.
Con este análisis de las relaciones de pareja, Jaime Salom nos ofrece una agria disección del matrimonio, de las servidumbres y flaquezas humanas y de los mecanismos (a veces sutiles, a veces nauseabundos) que pueden ser empleados para hacer daño a la persona que más cerca tenemos, y de quien detentamos (y el verbo es exacto) la posesión.

Breve, contundente y con un final que podrá ser entendido de distintas formas, para mayor enriquecimiento de la pieza, Una hora sin televisión, se lee en una hora pero necesita muchísimo más tiempo para ser pensada y digerida.

miércoles, 12 de abril de 2017

La muerte del cisne



Nuestro destino es siempre (y aunque resulte perogrullesco conviene recordarlo) un enigma. Podemos concebir la ilusión de que resultará halagüeño o lamentar anticipadamente su rumbo aciago, pero un giro imprevisto, un punto de inflexión, modificará o perturbará, si así lo quieren las circunstancias, su coda. Es lo que ocurre al monarca Luis II de Baviera, otrora hermoso y respetado, amigo y protector de Richard Wagner, quien en la actualidad de la novela se encuentra recluido en el castillo de Berg. Las ventanas sufren la ignominia de los barrotes y el propio aspecto físico del rey (maltratado por los kilos, perdida buena parte de su dentadura y con el cabello descuidado) se amolda a una imagen de decadencia que los médicos han perfeccionado dictaminándole un cuadro clínico de paranoia.
Por su bien (y para no estorbar en los intereses sucesorios de su tío, el príncipe Luitpold), se ha convertido en un prisionero. Pero él no está dispuesto a acatar con rabia esta situación. Al contrario. Para convencer a sus carceleros del error en que viven el monarca decide comportarse con impecable dignidad, aunque sus desvaríos resulten a la postre demasiado notables como para ser ignorados: habla solo y gesticula con furia; se dirige en voz alta a Dios (“¡Escucha, mi mayor deseo es ser extinguido! ¡Escúchame, Señor, yo clamo por la aniquilación!”, p.37); no tiene ningún problema en recordar sus inclinaciones homosexuales, de las que manifiesta su voluntad de apartarse (“Con mis enormes, abominables pecados estoy completamente solo, o sólo tengo a Dios por testigo, y desde luego a quienes han sido mis compañeros en tan perverso juego... Por lo demás, prométome con toda seriedad que a partir de ahora he de oponer resistencia a las inclinaciones diabólicas”, p.42); e incluso hace partícipe a uno de sus consejeros de ciertas ideas políticas que resultan cuando menos paradójicas en sus labios (“La república es la forma del Estado hacia la que marcha nuestra época [...]. Los monarcas somos propiamente anacronismos andantes”, p.63).
Abandonado por Wagner, incomprendido por sus amantes y reconfortado por la única amistad cierta de la emperatriz austríaca Elisabeth, Luis II sabe que los cisnes deben morir en un escenario adecuado, de belleza terrible. Y toma una decisión.

Klaus Mann, segundo hijo de Thomas Mann, nos muestra en estas exquisitas páginas (que traduce Norberto Silvetti para la editorial Sur) unas maneras líricas y novelísticas de primer orden, que merecen el aplauso del lector.

lunes, 10 de abril de 2017

La última jugada de José Fouché / La visita



El poder. El Poder. La vieja, turbia, imparable fascinación que ejerce sobre los seres humanos. Los tentáculos gelatinosos pero firmes con los que atenaza a sus víctimas. En este volumen que edita Francisco Gutiérrez Carbajo para el sello Cátedra, la madrileña Carmen Resino nos ofrece dos piezas teatrales en las que reflexiona, certera y hondamente, sobre los matices de esa pulsión universal.
En la primera de ellas nos sitúa en la Francia de principios del siglo XIX, en una época turbulenta que ha visto sucederse los horrores del Antiguo Régimen, los desmanes sangrientos de la Revolución, los costosos sueños imperiales napoleónicos y la confusión de un tiempo que oscila titubeante entre monarquía y república. En medio de ese marasmo se erige en protagonista José Fouché, un personaje acomodaticio que ha sabido sobrevivir a todos los vaivenes y que no se ha ahogado en ningún río, ni de agua ni de sangre (“He sido, por tanto, el único que ha servido al país por encima de banderías, mientras que los demás solo lo han hecho a una causa”, p.121). Esa actitud camaleónica le permite situarse en un punto estratégico de enorme interés: aquél que lo convierte en pieza clave para coronar al candidato Luis XVIII como nuevo soberano galo. En la negociación que se establece entonces, en ese embriagador juego del poder (“¿Existe otro más apasionante?”, p.151), Foulché utilizará sus cartas con una endiablada habilidad. Sabe que tiene enemigos que lo odian a muerte (María Teresa de Borbón), rivales que lo ven como un enojoso obstáculo para sus intereses (Talleyrand) y nobles que requieren su concurso a pesar de sentir asco por él (el barón de Vitrolles); pero es época de astucias, de pactos y de componendas, y todos se suman a la danza.
En la segunda obra del volumen seguimos en Francia, pero ha pasado algo más de un siglo. Las botas nazis han irrumpido en las calles de París y la población, humillada y ofendida, no consigue recuperarse de ese bochorno histórico. En las primeras horas del verano de 1940, el edificio de la Ópera recibe una visita por completo inesperada: el Führer se acerca hasta allí con varios de sus ayudantes (entre ellos, Albert Speer) para visitar fuera de horario sus instalaciones. Un guía que habla alemán les sirve como cicerone, pero los jerarcas nazis ignoran que ese hombre en apariencia inofensivo y que se comporta con una educación esmerada, casi servil, lleva escondida en el bolsillo una pistola.
Sirviéndose de estos dos impresionantes decorados, Carmen Resino traslada a sus lectores hasta el epicentro de una reflexión capital, con tantas derivaciones como cuadros escénicos: ¿cómo logra el poder amedrentarnos con tanta rapidez y tanta eficacia? ¿Cómo consigue convertirnos en marionetas huérfanas de vigor y de rebeldía? ¿De qué mecanismos se vale para marcar a casi todas las personas con el hierro del pánico y la obediencia?
José Fouché y Adolf Hitler (pero también sus contrafiguras Luis XVIII y el guía de la Ópera) se convierten aquí en símbolos turbios, que nos recuerdan que los seres humanos camuflamos en nuestro interior un arsenal de claroscuros y que las circunstancias pueden hacer que nos desviemos hacia la luz o hacia las tinieblas. Carmen Resino nos sirve esta lección en dos piezas dramáticas de intensa belleza terrible, que conviene leer y meditar.

sábado, 8 de abril de 2017

Heterodoxia



Vuelvo una vez más a Ernesto Sábato, que me maravilló y me sigue todavía maravillando con las reflexiones contenidas en Heterodoxia, volumen breve y densísimo, con ideas geniales y genialmente expresadas. Dice que la lengua no se corrompe, sino que se transforma; que hombre y mujer son diferentes en su esencia; que la admiración por la ciencia es directamente proporcional a la incomprensión que genera; que el chauvinismo es la vanidad multiplicicada por varios millones; y mil cosas más que no cabe disfrutar sino leyendo sus palabras exactas. En síntesis, un libro “bíblico” al que se puede acudir de continuo para extraer ideas. Así lo hice allá por la mitad de la década de los 80 (cuánto tiempo ha pasado, don Ernesto, qué viejos nos hacemos los dos, usted dentro de la muerte y yo aún dentro de la vida); y hoy repito la experiencia.

Queden apuntadas aquí, para disfrute general y para excitar el ánimo lector de los amables visitantes de esta reseña, algunas de sus frases: “El espíritu no es rectilíneo sino dialéctico y paradojal (...). El hombre va de la realidad a lo descabellado, centrífugamente. La mujer, de lo descabellado a la realidad, centrípetamente”. “Es trágico y siniestro que el fanatismo y la mala fe difundan el sofisma “o comunista o fascista”. Parece que inevitablemente hubiese que ser —de uno o del otro lado— partidario del terror, la venganza, la opresión, la calumnia, la duplicidad y el servilismo que caracterizan a todos los regímenes totalitarios”. “Madurar es envejecer, ensuciarse las manos, volverse sensato, aburguesarse, entrar en el juego de las conveniencias y de la razón; en suma, transformarse en un cochino”. “CASTICISMO.- Según se sabe, consiste en escribir como si viviéramos cuatrocientos años atrás en Talavera de la Reina. Hay muchas maneras de impedir la comunicación entre los hombres. Esta es la más apreciada por los profesores de gramática”. “Ni Shakespeare, ni Cervantes, ni Dante, ni Montaigne pudieron gozar de los beneficios de un Diccionario de la Academia. Eso explica la muchedumbre de errores que afean sus obras y que muchos manuales tienen la precaución de señalarnos. Tal vez con el deseo de que no se repitan”. “No es que me repugne lo extenso: me repugna lo extendido, que no es lo mismo”. “En el hombre el sexo es un apéndice, no sólo desde el punto de vista anatómico, sino también fisiológica y psicológicamente: está hacia fuera, hacia el mundo, es centrífugo. En la mujer está hacia dentro, hacia el seno mismo de la especie, hacia el misterio primordial. En el hombre el semen sale, es proyectado hacia fuera, como su pensamiento hacia el Universo; en la mujer, entra. Esa proyección masculina implica separación, escisión, desvinculación del hombre respecto a su simiente. En la mujer, al contrario, implica unión, fusión. Cuando el acto carnal termina para el hombre, para la hembra empieza. En cierto modo, la mujer es toda sexo”. “El Yo aspira a comunicarse con otro Yo, con alguien igualmente libre, con una conciencia similar a la suya. Sólo de esa manera puede escapar a la soledad y a la locura... De todos los intentos, el más poderoso es el del amor”. “No se debe elegir el tema de una novela o de un drama: es el tema quien lo elige a uno. No se debe escribir si un tema no acosa, persigue, y presiona, a veces durante años, desde las más misteriosas regiones del ser”. “El amor ansía lo absoluto, causa por la cual todos los grandes amores son trágicos y de alguna manera terminan con la muerte”.

jueves, 6 de abril de 2017

Laluna.com

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Otra vez la luna como presencia determinante en una novela de Care Santos, que fue galardonada con el prestigioso premio Edebé. Se trata de Laluna.com, que tiene como protagonistas a tres adolescentes muy singulares: Cristina, bellísima y escultural, aunque un poquito sosa en su capacidad comunicativa; Amador, un lector voraz, tímido y campeón de ajedrez; y Cira, excelente escritora, lenguaraz... y dueña de una nariz anormalmente grande. 
El eje argumental de la novela es muy sencillo: Amador, primo de Cira, está enamorado de la atractiva Cristina; y como no sabe de qué manera atraerla, le pide ayuda a su prima, porque las dos chicas pertenecen al mismo equipo de amantes del deporte de riesgo. El muchacho, por desgracia, ignora que Cira está también enamorada de él, pero jamás se ha atrevido a comentarle esa pasión a causa de su repelente apéndice nasal. Curiosamente, no se niega a prestarle su auxilio, sino todo lo contrario: comienza a escribir correos electrónicos donde, utilizando el nombre de Cristina, se dirige a Amador para ir consolidando sus relaciones. Obnubilado por su sentido del humor, su dulzura y su prosa, el chico cae rendido a sus pies... 
Pero entonces se genera un problema en el corazón de las dos muchachas: Cristina, porque sabe que Amador no está enamorado en realidad de ella, sino de la imagen que se ha formado tras leer unos correos que no son suyos; Cira, porque está ayudando a que su primo se aleje de ella, para arrojarse en los brazos de una chica vacía pero espectacular, con la que ella no puede competir físicamente... 
No es necesario ser una persona muy versada en literatura para descubrir que Care Santos está rindiendo aquí un homenaje a Cyrano de Bergerac. Pero no lo hace de un modo plano o aburrido, sino que pone en funcionamiento todos los mecanismos textuales imaginables (dejar que hablen en primera persona todos los personajes, aportar conversaciones de correo electrónico, introducir digresiones sobre narices o sobre la luna, etc), que convierten esta novela en una pieza en continuo movimiento, muy fresca, muy sincopada, llena de humor (la secuencia donde se sustituye la famosa amorosa del balcón por un telefonillo de portero automático es tan atinada como ingeniosa) y donde, sobre todo, la escritora catalana muestra un profundo conocimiento de los adolescentes, sus sentimientos, sus modos de hablar y su forma de ver la vida.

martes, 4 de abril de 2017

El pianista



Decía Pascual Duarte que hay personas a quienes el Destino ha ordenado marchar por senderos suaves y otras que, por desgracia, son impulsadas hacia trochas abruptas, acribilladas por el sol o maltratadas por la gelidez del aire. Albert Rosell pertenece a quienes nutren el segundo bloque. Fue un joven y prometedor pianista que, animado por el deseo de vivir de y para la música, encaminó sus pasos hacia París en los meses previos a la guerra española de 1936.
Allí se encontró con un hervidero de ideas políticas y artísticas que estaban llamadas a revolucionar el panorama europeo, y en el cual se sumergió con tanta curiosidad como desconcierto. Para su desgracia, antes de poder afianzarse en ese mundo tuvo lugar la sublevación castrense en España; y Rosell decidió que la postura ética más razonable consistía en volver y ponerse del lado de la legalidad republicana. Tras eso llegaron la derrota, la cárcel (seis años), la entereza hidalga de quien pasa hambre y sigue pensando en su piano; y, por fin, una vejez zarandeada por la ignominia, en la que trabaja amenizando espectáculos de travestismo en una sala barcelonesa, durante los primeros años de la democracia.
Ahora se encuentra en el poder la generación que tiene entre treinta y cinco y cuarenta y cinco años, “los que supieron dejar de ser franquistas a tiempo y los que supieron ser antifranquistas en su justa medida o a su justo tiempo” (p.162). Y los viejos supervivientes de aquellas luchas oxidadas observan su entorno y notan el acíbar lento de la impotencia. Ventura e Irene, en la página 207, verbalizan en un breve diálogo esa situación: “—¿Era esto lo que esperábamos? / —No. Pero no está tan mal. / —Una mierda”.
Asistimos, por tanto, a una narración melancólica, reflexiva y amarga, en la cual quedan registrados los pliegues del fracaso, la languidez de las derrotas y los estragos vitales y espirituales de aquella generación malherida por la ignominia. Manuel Vázquez Montalbán, brillante siempre en sus formulaciones novelísticas, construye en El pianista una pieza narrativa magistral en la que el orden de las secuencias adquiere una significación poderosa: los hechos están contados al revés. Primero vemos al pianista, anciano y desmadejado sobre las teclas, entre el humo de la sala Capablanca (antes conocida como Casbah), interpretando a Mompou entre la indiferencia del público; luego lo vemos, jovencísimo, en el París de los años 30, realizando los planes luminosos que ya sabemos que jamás se cumplirán; y, por fin, viajamos con él en un vehículo para cruzar la frontera y sumarse a las fuerzas leales a la República, que lograrán derrotar —ay— al fascismo...

Conocer el final de un chiste emborrona buena parte de su comicidad, pero disponer de los detalles postreros de un fracaso lo transforma, retrospectivamente, en una llorosa tragedia, a la que asistimos paralizados y tristes. Excelente Manuel Vázquez Montalbán y oportuna recuperación editorial del sello Cátedra, que a través de José Colmeiro nos permite volver a disfrutar y sufrir con esta novela.

domingo, 2 de abril de 2017

Cuentos suspensivos



El sello La Fea Burguesía, que nació de la confluencia entre los editores Paco Marín y Fernando Fernández y el escritor Paco López Mengual, prosigue en su ambicioso camino de consolidación en el mundo de las letras. Y llega a su volumen número 13 (rotulado en el lomo como 12 porque hubo un tomo inicial 0) con la obra Cuentos suspensivos, del narrador madrileño Antonio Parra Sanz, crítico, cuentista y novelista, además de organizador de eventos culturales relacionados con la novela negra y con el mundo de la lectura.
Quienes frecuentamos sus obras desde hace tiempo encontramos en las páginas de este nuevo libro dos alegrías complementarias: la primera, volver a disfrutar con relatos que ya conocíamos, pero que nos siguen maravillando con su humor, la riqueza de su vocabulario, su ritmo espléndido, sus protagonistas inolvidables y sus finales calculados con pericia; la segunda, ampliar nuestra admiración por Antonio gracias a los nuevos textos que completan el libro. En el primer bloque tenemos al tierno exboxeador que se obstina en recuperar migajas de su gloria pretérita para impresionar a la Karenina, una prostituta que se incorpora al club de alterne donde trabaja como portero (“El sueño de Tántalo”), a la mujer que cocina atroz y primorosamente para su marido (“Delicatessen”) o a los policías Carmona y Palazuelos, que investigan la extraña muerte por cremación de un personaje de la calle (“Ícaro”).
Por lo que respecta a los nuevos relatos, otra sorpresa aguarda a sus lectores: Antonio Parra diversifica su oferta y suministra cuentos de extensión parecida a los ya mencionados pero también microficciones, lo que sirve para enriquecer la visión que tenemos de su talento narrativo. Una docena de éstas últimas sirve para demostrar su pulso en el terreno corto. En suma, recibimos un gran arco temático y estilístico, donde el autor nos traslada a pueblecitos pontevedreses taladrados por la lluvia y por la superstición (“La tormenta”), a celebraciones eucarísticas salpicadas por la actualidad más putrefacta (“Ite missa est”) o a situaciones donde el humor y el horror conforman una masa compacta (“Inevitables golosas”).

Antonio Parra Sanz ha conseguido, obra tras obra, aquilatar un modo narrativo que ya resulta inconfundible en el panorama regional y que es admirado por un número creciente de lectores. Si ustedes asocian su nombre con la obtención del más reciente premio Libro Murciano del Año por su novela La mano de Midas, amplíen el ámbito de su curiosidad y acérquense hasta sus cuentos. En pocas voces narrativas podrán encontrar tanta calidad y tanto disfrute.

viernes, 31 de marzo de 2017

Oficio de tinieblas 5



No tengo —no puedo tener— duda alguna: este Oficio de tinieblas 5 es uno de los libros más llamativos, anómalos y peculiares que he leído en mi vida. Por su heterogéneo catálogo de monstruosidades, ideas, pulsiones, angustias, rarezas y clarividencias, el tomo se escapa a los moldes tradicionales para la firme clasificación de las obras literarias. No es una novela, claro: es un libro... Y en él, como en el saco de un buhonero, en la trastienda de una farmacia o en la chistera de un prestidigitador, todo cabe: desde la cita erudita a la burla procaz; desde la hagiografía a la blasfemia; desde el hieratismo a la hilaridad; desde los sueños a la locura. Freud o Jung gozarían con un documento así: nadie había ido en la literatura española (me parece) tan lejos.
¿Genialidad? ¿Sandez? Es difícil ponerle una etiqueta adecuada y, sobre todo, duradera, porque lo que en su día pudo parecerme una cosa al cabo de los años se me antoja la contraria. No me atrevo a ser tajante.
Sí diré, en cambio, que todo este volumen parece la escombrera mental de un desequilibrado, y que en ese punto radica su cenagoso peligroso, porque estos caminos pueden conducir derecho a la demencia... o al ridículo.
Apunto las citas que me siguen llamando la atención del tomo, prescindiendo de las que subrayé en mi juventud y ahora me parecen desdeñables.

“Es preciso reírse sobre la imagen de la propia derrota no debe nadie preguntar a nadie acerca de las causas de su derrota esas ya son sabidas aunque sobre ellas se guarde silencio respetuoso”. “Dios jamás supo que tú creías en él”. “No te despeñes por el talud de la facilidad porque acabarás quemando libros y preconizando la identificación de la iglesia y el estado”. “Limítate a vivir tus lentos días sin hacer de tu propia vida un espectáculo ruidoso o molesto para los demás nadie ha de pagarte en la misma moneda pero eso no debe importarte nada o casi nada”. “Es sencillo quedarse atónito ante el reiterado espectáculo de los demás nacer vivir crecer reproducirse y morir”. “El amor no ha sido aún explicado por quienes escriben fórmulas en la pizarra y después lloran en el parque municipal”. “Entendiste que no era discreto hurgar en las viejas jeridas y guardaste silencio”. “Deja que sea la muerte quien organice su propia representación”. “Sí, procuraste jugar deportivamente pero no te dejaron acercarte a la red a saludar al vencedor ahora ya es tarde para volver sobre los pasos perdidos”. “No es verdad que a la historia pueda dirigírsele con una batuta los ensayos que en tal sentido se hicieron fracasaron siempre”. “Estamos asistiendo a una quiebra múltiple a una ruina que se produce en cien frentes distintos y simultáneos, y es preferible que la gran catástrofe nos alcance a todos en cueros”. “La historia está tejida de inexactitudes que el hombre da por buenas porque se rige por la ley de la inercia de lo cómodo convenido”. “Nadie da de comer al hambriento ni de beber al sediento y los hambrientos se mueren de hambre y los sedientos de sed es ya un hábito admitido por todos y que ahorra mucho tiempo al verdugo”. “La suma de sacrificios por la patria puebla los cementerios del mundo”. “No es sensato que las patrias usen las mismas banderas para la guerra y para la paz”. “Al hombre todavía le faltan siglos para la defenestración de sus inercias”. “Flotando sobre cadáveres, te salvaste del naufragio”. “El amor no es un deporte de caballeros sino una iluminación gorrina”. “El acto amoroso pido perdón es más trascendente que un cuadro estadístico”. “El amor no es lo que se dice renunciación dádiva entrega sino en proporciones muy enfermizas”. “El progreso desenfrenado de los ricos oxida la sombra del incipiente progreso aún no nacido de los pobres”. “La felicidad es una noción huidiza que carece de parientes”. “El diablo sopló en la oreja del hombre la falsa idea de enfrentar la economía del oro con la ecología del aire el fruto puede ser la catástrofe”. “La amistad asexuada no existe”. “Huye de las aseveraciones demasiado tajantes”. “La moneda no es verdadera hasta que se vuelve y enseña sus dos caras la cara y la cruz pero ni su haz ni su envés son media moneda”. “Tú no eres libre pero no renuncies al espejismo de creerte libre”.

martes, 28 de marzo de 2017

El bolso de Blixen



Afirmaba Baltasar Gracián que “más obran quintaesencias que fárragos”, pero ese inteligente dictamen no ha sido seguido (ni en España ni en ningún lugar del mundo, que yo sepa) por los compositores de biografías, mucho más afanosos a la hora de acopiar detalles que a la hora de seducir a los lectores eligiendo los más rutilantes. Por fortuna, he aquí ante nuestros ojos una excepción: las páginas que Jesús Marchamalo le dedica a la baronesa Karen Christence Blixen, más conocida en el mundo de las letras como Isak Dinesen, autora de Memorias de África. Con una extensión mínima (si las trasvasamos a folios, las 48 páginas de este volumen se convierten en poco más de 15), el periodista madrileño logra una semblanza deliciosa, lírica, sinóptica, diamantina, donde se nos presenta a esta mujer nacida cerca de Copenhague, flaquísima desde la infancia, cuyo padre se ahorcó sin motivo conocido y que, casada con su primo Bror, fue propietaria de una explotación cafetera en el continente africano.
Jesús Marchamalo selecciona elegantemente los datos biográficos de la escritora y los une a pinceladas paisajísticas, fotografías donde aparece junto a Marilyn Monroe, anécdotas despóticas, informaciones curiosas sobre su alimentación o enfermedades que la aquejaron. Y el conjunto, lejos de convertirse en un texto snob o superficial, alcanza una categoría casi borgiana, donde los detalles cuajan hasta convertirse en un delicioso retrato puntillista.

Se entra en este pequeño volumen identificando a Isak Dinesen con la frase “Yo tenía una granja en África” (palabras que popularizó el cine con el apoyo de los actores Meryl Streep y Robert Redford) y se sale con una imagen mucho más completa de ella, gracias al minucioso ramillete de diapositivas vitales que Marchamalo ha cribado, abrillantado y reunido para nosotros. Sin duda, una lectura hermosa, que las ilustraciones de Antonio Santos redondean para el sello Nórdica.

lunes, 27 de marzo de 2017

Vidas imaginarias



El escultor de biografías suele verse tentado por el demonio de la exhaustividad. Es decir, por la acumulación de matices, fechas, testimonios y documentos que, lejos de esclarecer la figura estudiada, la enturbia a menudo con el fango de la fruslería o con la losa marmórea del rigor. Refractario a esa dinámica, el lúcido Marcel Schwob (nacido en Chaville en 1867 y fallecido en París en 1905) se propuso frecuentar otros caminos menos convencionales. Por ejemplo, el de la selección: escoger qué episodios, qué pliegues, qué anécdotas revelan la auténtica dimensión del personaje, con más exactitud que el mero acopio de pormenores. “El arte del biógrafo” (nos dice en la página 25 del Prefacio) “consiste, precisamente, en la elección. No ha de preocuparse de ser verosímil; debe crear un caos de rasgos humanos”. Y ciñéndose a ese dictamen paradójico concluye que, por tanto, la gran tarea consiste en “contar con el mismo cuidado las existencias únicas de los hombres, hayan sido divinos, mediocres o criminales”. Y así lo lleva a la práctica en este volumen que, editado originalmente en 1896, traduce ahora Antonio Álvarez de la Rosa para Alianza Editorial.
En él se alinean veintitrés pestañas biográficas de personas reales o ficticias (no importa esa distinción cuando se está nadando en el océano de sus letras), en las que el narrador francés nos lleva de la mano a través de siglos y continentes para situarnos ante seres especiales enfocados, también, de forma especial. Un Empédocles majestuoso, divino y exonerado de las servidumbres del sueño, al que se pierde la pista en el borde del volcán Etna; un Crates que elige los postulados de la indigencia y que junto a su amada Hiparquía frecuenta la vida paupérrima de los animales; un Petronio que, molturado por la extravagancia y la molicie, invierte el final de su vida en recorrer el mundo con su esclavo Siro; un Cecco Angiolieri rencoroso y petulante, que se impone como tarea intelectual la execración de Dante; un Cyril Tourneur cuyo espíritu soberbio y cuya feroz iconoclastia lo llevaron a poseer a su propia hija sobre la lápida de una tumba; un Stede Bonnet que se abalanzó hacia un quijotismo filibustero y cuya exaltación fue moderada por los jueces con una sentencia ejemplar...

Vidas reales o inventadas (¿qué importa?) en las que el autor nos sorprende con un asombroso número de fulgores estilísticos y, sobre todo, con la adopción de un enfoque original, único, asombroso, para cada trazo biográfico, que pule con la eficacia cristalina con la que Baruch Spinoza trataba sus lentes. Marcel Schwob se erige aquí en un maestro y en un clásico, en un orfebre y en un dios de la narrativa. Es el volumen idóneo para comprobarlo.