sábado, 22 de julio de 2017

Místicas



Cuando se tiene entre las manos un volumen de versos con el título de Místicas puede uno imaginarse parte del contenido que se ofrecerá ante sus ojos, pero no necesariamente la forma en que el vate abordará el traslado de las emociones hasta el lector. El mexicano Amado Nervo, autor de las páginas que me apresto a comentar, dice aquí sentirse confuso y dilacerado entre una vida que se le antoja larga e insufrible y una muerte que le atemoriza con su oscuridad misteriosa. Siente (nos repite una y otra vez) “la incurable tristeza” de su vida, a la vez que experimenta un comprensible horror ante la llegada del ocaso.
En ocasiones, nos habla de amores purísimos, que lo atraviesan y que dan sentido a su existencia. Otras veces, nos habla de su voluntad de recluirse, si fuera necesario, en un monasterio trapense, cavando en el huerto su propia tumba, con tanta humildad como resignación. Y otras, en fin, reconoce que no puede resistir la tentación que le plantan ante los ojos las carnes femeninas, con “las combas triunfales de sus amplias caderas” (en algún verso, esa fogosa sensualidad parece llenarse de picardía en los encabalgamientos. Así, resulta memorable el que nos dice: “¡Oh Señor Jesucristo, guíame por los rectos / derroteros del justo…!”. Si Nervo vislumbró la dualidad anal-religiosa de esa frase cortada me descubro ante él por su sentido del humor; si no atinó a darse cuenta aplaudo con sonrisa al dios de la casualidad). O sea, que el poeta se debate entre lo divino y lo “fieramente humano”, sin que llegue a situarse en ninguno de los dos platillos de la balanza de forma estable.
Entre todas las composiciones del breve volumen, quizá la más conocida es la que lleva por título “A Kempis”, donde el poeta hispanoamericano le explica al roñoso asceta que durante muchos años ha vivido apesadumbrado por sus líneas, donde explicaba que todo pasa, todo es triste, todo es caduco y todo digno de lágrimas.

El volumen, en fin, está redactado con la sonora vistosidad del lenguaje modernista, que tan mal ha envejecido en la mayor parte de los poetas (adjetivos deliberadamente pomposos, rimas esdrújulas, lises y quimeras por doquier, religiosidad más colorista y declamatoria que auténtica), aunque es justo reconocer que en Nervo mantiene algunos brillos dignos de memoria. Místicas empalaga en algunos tramos por el olor a cera de sacristía y por su dogmatismo (que llega a cotas de inesperada agresividad), pero aún se lee con felicidad.

jueves, 20 de julio de 2017

Las cartas boca abajo



Todos escondemos ignominias en algún rincón del alma o del calendario. Signos de que somos portadores de una mancha oscura que nos impide ser felices; o que, al menos, dificulta grandemente nuestra dicha. En el dramaturgo Antonio Buero Vallejo, este tipo de personajes adquieren (y estoy pensando en obras como El tragaluz, sin ir más lejos) una dimensión especial, poderosa, turbia, casi cenagosa.
En Las cartas boca abajo volvemos a encontrarnos con algunos de estos tristes especímenes, que consiguen ponernos un nudo en la garganta gracias a la pericia analítica del escritor alcarreño: el matrimonio sin amor constituido por Adela y Juan; el silencio autista o perturbado de Anita (hermana de Adela, que vive con ellos); la presencia contumaz de Mauro, el típico hermano gorrón y fracasado, que se adhiere como una lapa al matrimonio para usar su teléfono, ver lavadas y planchadas sus camisas o dormir ocasionalmente en el sofá; el hijo que ansía alzar el vuelo con la ayuda de una beca, para alejarse del ambiente chato que lo rodea... Y, como telón de fondo, la presencia triunfadora de Carlos Ferrer, antiguo compañero de estudios de Juan y actual eminencia intelectual, que cortejó a Anita y Adela y que hoy constituye una atalaya que todos los personajes de la obra contemplan con envidia, rencor o frustración. Todos los vectores de la pieza comenzarán a generar una tensión creciente cuando el grisáceo Juan decida presentarse a una oposición en la universidad y el nombre de Ferrer se convierta en una especie de agujero negro, que atrae, seduce o destruye todo lo que se acerca a sus inmediaciones.

¿Que no se trata de una pieza capital en la trayectoria de Antonio Buero Vallejo? Sin duda. Pero tal afirmación no hay que entenderla como un denuesto, sino que nos coloca ante una verdad cristalina: una pieza “secundaria” del mejor dramaturgo español del siglo XX sigue siendo un trabajo excepcional. Y Las cartas boca abajo adquiere desde luego esa dimensión, porque nos enfrenta con nuestros secretos, con nuestras mezquindades, con nuestros pliegues de sombra, mediante un artificio dramático de enorme calidad.

miércoles, 19 de julio de 2017

Anochece en Irak



Sabemos lo que quieren que sepamos. Hay grupos, y personas, y organizaciones, y gobiernos que, desde las sombras, manipulan los conductos de la Historia desde hace siglos y nos entregan una versión distorsionada o amputada de la misma. Y no se trata de que nos hayamos convertido de pronto en unos locoides que creemos ver conspiraciones y misterios por todos sitios sino que, por fortuna, comenzamos a escudriñar la realidad con ojos lúcidos y somos capaces de descubrir dónde están las grietas, las zonas de sombra, los estercoleros. Al principio, confiábamos en que nos decían la verdad; luego sospechamos que quizá nos mentían; ahora sabemos que lo hacen. Del Paraíso a la Realidad se viaja por un sendero de fango.
El novelista alhameño Patrick Ericson nos sorprendió en febrero de este año con la publicación en español (salió antes en edición brasileña) de su obra Anochece en Irak, donde se trabaja sobre una hipótesis inquietante: ¿y si todo lo que nos ha asaltado en forma de horror en los últimos tiempos (el atentado contra las Torres Gemelas, la guerra de Irak, Ben Laden, la cacería contra Saddam Hussein, Siria) formasen parte de una campaña milimétricamente diseñada para alterar el equilibrio de poderes en el planeta y establecer un Nuevo Orden Mundial dirigido por los Estados Unidos? Esa posibilidad, bien lo sabemos, circula por Internet, en redes sociales y en la pluma de algunos investigadores especialmente incisivos o partidarios; pero Patrick Ericson la convierte en material novelístico de una forma contundente, uniendo varios elementos de innegable atractivo: un militar (Jack Parsons) que ha perdido a su esposa embarazada en el incidente del World Trade Center y que ahora busca venganza; un ambicioso periodista de la BBC (Rory Moore) al que ofrecen una exclusiva rompedora; la directora de un museo (Aisha), que posee el documento que incrimina al gobierno yanqui… Y, cubriéndolo todo, una telaraña de intereses, traiciones, alianzas, silencios y crímenes que cercarán y salpicarán a los protagonistas con angustiosa exactitud hasta llevarnos a uno de los personajes, “el hombre que asesinó a Osama Ben Laden” (p.384).

Por supuesto (es marca de la casa), Patrick Ericson introduce en esta novela una inaudita cantidad de documentación (armas, topografía, historia, inteligencia militar, vocabulario castrense) que queda siempre como sustrato de la fábula y que no entorpece el placer de su lectura. Una auténtica experiencia novelística para llenar nuestro verano de horrores y de reflexión.

lunes, 17 de julio de 2017

Teatro de sombras



He tenido la suerte (porque de suerte hay que hablar muchas veces en el mundo de los libros, sin que tal sustantivo comporte ninguna carga de desdén o burla) de encontrar un espléndido libro de microrrelatos. Se titula Teatro de sombras, su autor es el leonés Fermín López Costero y la editorial que ha tenido el buen gusto de lanzar la obra es Nazarí, de Granada.
Como suelo hacer en este tipo de volúmenes, leo con mucha lentitud y con mucha atención los cinco primeros textos y, si al concluir no me han trasladado una sensación contundente de brillantez, dejo el tomo y me dedico a menesteres más placenteros. Teatro de sombras supera la prueba con manifiesta holgura: un personaje que deambula por las tabernas nocturnas divulgando su estrafalario mensaje (“Dios”), un relato donde la muerte adquiere un protagonismo absoluto (“Los aparecidos”), un texto en el que asistimos a una persecución ingeniosísima (“Una historia de amor”), la reinvención de unas páginas de Perrault (“La cita”) y la enigmática crónica de un suceso misterioso (“Tarde de circo”).
A partir de ahí, me preparé un café, me arrellané en el sillón y dejé que Fermín López me desgranara todas sus propuestas: sus libros que pierden y recuperan hojas, sus maizales terroríficos, sus satánicas entrevistas de trabajo, sus muertos anómalos, sus maniquíes ruborosos, sus asesinatos atroces y preventivos, sus niños que vuelan, sus muñecas de plástico descuartizadas, sus piezas de ajedrez libidinosas o sus cremas alargadoras de pene… Esa fastuosa variedad temática permite que los lectores nos sintamos invadidos por continuas sorpresas, que se suman a la deliciosa envoltura estilística que les imprime el narrador de Cacabelos.

Un volumen memorable, sostenidamente atinado, que merecerá los aplausos incluso del público más exigente.

sábado, 15 de julio de 2017

Bouvard y Pécuchet



Hace treinta años (minuto arriba, minuto abajo) comencé a leer la obra Bouvard y Pécuchet, de Gustave Flaubert, traducido por Aurora Bernárdez (Barral Editores, Barcelona, 1973). Y, francamente, me aburrió. No fui capaz de pasar de la página 50. No sabía hacia dónde demonios iba aquella novela, si es que era una novela. La impresión general era de extrañeza “por el contenido”, aunque de agrado “por el continente”. Es decir: una historia más rara que la leche, contada de manera estupenda. Por impaciencias de la juventud, me la dejé.
Ahora la retomo y descubro algo más, mucho más, en ella. Es la historia de dos hombres que se enzarzan en un proyecto estúpido y justificador, que los libere de la mediocridad y otorgue luz a sus vidas declinantes. Y es curioso ver cómo en todas las ramificaciones de su curiosidad (química, botánica, geología, arte, historia, literatura, política, gimnasia, hipnotismo, teología, filosofía, etc.) buscan siempre una certeza (que nunca hallan) a la que asirse, un saber inconmovible y tranquilizador. Eso es todo. Tan brutal como luminosamente metafórico.
Si tuviera que definir este libro con una sola frase, diría que es la mayor enciclopedia del escepticismo que me ha sido dado leer en toda mi vida. Una suma notable de fracasos, de amarguras y de decepciones, que no sabemos cómo habría terminado (la obra está inconclusa). Misterios del arte. Lo importante es que, con canas en la barba, me reconcilio con estas páginas de Flaubert y aplaudo con fervor.

Copio algunas de las frases que subrayé entonces o ahora en las páginas del libro: “Al tener más ideas, sufrieron más”. “Como todos los artistas, sintieron la necesidad de ser aplaudidos”. “El arte, en ciertas ocasiones, conmueve a los espíritus mediocres, y sus intérpretes más torpes pueden revelar verdaderos mundos”. “Café, licor indispensable para el cerebro”. “La opinión de la gente de gusto es engañosa, y el juicio de la multitud, incomprensible”. “El sufragio universal, perteneciendo a todo el mundo, no puede ser inteligente. Un ambicioso lo dirigirá siempre; los demás obedecerán como un rebaño”. “La multitud sigue invariablemente la rutina. La minoría, por el contrario, es la que aporta el progreso”. “En el espíritu de los dos se desarrolló una facultad lamentable: la de ver la necedad y no tolerarla”.

jueves, 13 de julio de 2017

La acabadora



Estamos, siempre, rodeados de misterios, de zonas oscuras, de oquedades. Las podemos ignorar (es estrategia tan frecuente como útil) o podemos fingir que, conociéndolas, las desdeñamos o que somos capaces de seguir caminando con ellas alrededor. Para vivir sin más lágrimas de las inevitables, nada mejor que ser un poco miope o un poco amnésico.
Maria es una niña italiana que ha nacido en una familia pobre e inescrupulosa. Es la cuarta hija de Anna Teresa Listru, la cual, ante la oferta que le realiza la tía Bonaria, una modista con buena situación económica, se la cede como “hija de alma”. Es decir, que la niña vivirá en un nuevo hogar, con una nueva madre, sin que tal cesión se vea regulada por un contrato jurídico convencional. Tras unas semanas de adaptación, Maria encaja perfectamente con su nueva progenitora, que la trata con respeto y que insiste en que acuda a la escuela para continuar su formación, aspecto que su madre biológica descuidaba por considerarlo algo innecesario para una cría sin más destino que casarse y formar un hogar. Por primera vez en su vida, Maria siente que no es invisible o que no estorba, lo cual la hace sentirse bien. No ha perdido el vínculo con su familia carnal (acude a ayudar en momentos especiales, relacionados con las labores del campo o con las festividades), pero lo ha ampliado su horizonte de vida.
No obstante, una serie de acontecimientos (algunas salidas nocturnas de la anciana, los rumores que llegan hasta su oído, la inesperada muerte de Nicola Bastíu) la ponen sobre alerta. ¿Qué esconde, en realidad, la tía Bonaria? ¿Qué recodos de sombra descubriría en ella si hurgase un poco? Cuando por fin se decide a dar el paso de preguntarle y de corroborar sus sospechas, Maria descubrirá que no siempre es agradable descubrir la zona oscura de quienes nos rodean.

Esta novela es la primera que publicó Michela Murgia (Cerdeña, 1972) y que traduce Teresa Clavel Lledó para la editorial Salamandra. Un relato interesante, denso, magníficamente contado, y donde los pequeños saltos temporales nos van conduciendo hasta su terrible y bellísimo final.

miércoles, 12 de julio de 2017

Me llamo Francisco Salzillo...



Escribió una vez Francisco Umbral que la metáfora acaece en ese momento mágico en que una cosa quiere ser otra y empieza a serlo. Y quizá ocurra una mutación similar en toda buena biografía: el autor comienza, entusiasmado, a contarnos la vida de alguien y, gradualmente o de súbito, experimenta una inaudita metamorfosis que lo lleva a transformarse en él, interiorizar sus ideas y pensamientos, sentir sus gozos y padecer sus zozobras. Pierre Menard, personaje de Borges, quiso ser Cervantes mediante un artificio simétrico, y acaso lo fue.
Santiago Delgado acaba de publicar una excelente biografía novelada sobre el imaginero Francisco Salzillo y se ha ceñido a ese complicado pero fértil patrón, siguiendo tres pasos meticulosamente conectados: el primero, documentarse de un modo abrumador para la ambientación de la trama (una documentación que no sólo abarca la cronología del personaje, sino sus aledaños inmediatos: los usos gastronómicos de su tiempo, la topografía exhaustiva de su ciudad, los hábitos indumentarios, las ideas políticas emergentes, etc); el segundo, sumergirse en la mente del artista para que las palabras y juicios que emanan de su boca resulten creíbles; y el tercero, no menos importante que los dos anteriores, forjar con todos esos materiales un documento estético, en el que la belleza expresiva, la delicadeza de las secuencias y el buen gusto de los diálogos destierren todo conato de aridez que pudiera imaginarse.
El resultado es Me llamo Francisco Salzillo…, un volumen editado con la colaboración de la Fundación CajaMurcia y con una sobria ilustración de portada firmada por Pedro Serna, donde nos muestra en carne viva, en palabra viva, en colores vivos, la trayectoria humana y artística de aquel genio impregnado de bueneza que, en la imaginación de sus coetáneos, se hallaba cerca de la santidad. Para lograrlo, Santiago Delgado construye con voluntad de orfebre una obra proteica que incorpora, además de la pura narración novelística, una larga secuencia escénica (“una obra de teatro doméstico” que ocupa las páginas 87-106) y unos aires líricos (“un pequeño libro poético” que se extiende entre las páginas 255 y 285). Un volumen con aroma a cantueso y que culmina con unos párrafos bellísimos, dignos de figurar en cualquier antología del género.

Lo he escrito más de una vez y no vacilo en repetirme: la cultura murciana le debe mucho, muchísimo, a Santiago Delgado, hombre de amplia generosidad y de amplios saberes. Ojalá estas páginas dedicadas a Salzillo sirvan para que los murcianos conozcamos mucho mejor a ambos artistas: el imaginero y el narrador.

lunes, 10 de julio de 2017

La vida es lo que llueve



La microficción constituye un ámbito en el que, siguiendo a Gracián, “más obran quintaesencias que fárragos”. Es decir, que todo debe quedar dicho por destilación y con brillantez. O, por decirlo de un modo más afilado: que el famoso KO con el que propugnaba Julio Cortázar que todo relato debía vencer a su lector ha de producirse en el primer round. Pura mena, pura cal, puro grano.
La cacereña Pilar Galán es la autora del volumen La vida es lo que llueve, una recopilación de viñetas narrativas altamente recomendables que publica De la luna libros y donde encontramos por doquier demostraciones fehacientes del talento literario en estado puro: viñetas de humor inspiradas en las redes sociales y sus inconvenientes y curiosidades (“Twitter Tuus”); venganzas terribles cuya memoria espectral enturbia los otoños de la narradora (“Tardes de noviembre”); reflexiones sobre el matrimonio agrio que forman a veces el éxito y el fracaso, siameses inseparables (“Filling Gaps”); historias en las que una ruptura sentimental puede resumirse a través de los carteles publicitarios que adornan las marquesinas (“Anuncios”); secuencias mitológicas de delicada factura (“Manga ranglan”); relatos serenos, esmerilados, contundentes, en los que la muerte se erige en protagonista derrotada (“Nadar sabe mi llama el agua fría”) o una de las cartas más tiernas, dulces y emotivas que recuerdo haber leído en mucho tiempo (“Querido Emiliano”).
Con un dominio amplio y versátil de los recursos arquitectónicos, Pilar Galán va dibujando sus territorios narrativos, que se convierten en esferas (bruñidas, brillantes, maravillosas) ante los ojos asombrados y admirativos de sus lectores. No hay en estos relatos ningún tipo de imperfección o rasguño. Todo brilla, incluso cuando se adentra en zonas especialmente delicadas, como el humor. La muestra la tenemos en composiciones como “Huraño enriquecido”, donde nos recopila barbaridades de sus alumnos con voluntad indulgente o melancólica; o en “Yo la conocí en un taxi”, donde el amor, el desamparo y la interculturalidad se unen en un texto antológico.

En resumen, un libro al que conviene aproximarse y cuyas virtudes no quedan agotadas en una primera lectura. Espléndido.

sábado, 8 de julio de 2017

Adolfo



El amor, como todas las pulsiones vigorosas y trascendentes de la vida, provoca en los seres humanos reacciones muy peculiares. En ocasiones, nos galvaniza y nos llena de luz, extrayendo lo mejor de nosotros mismos en forma de entrega, generosidad o sacrificio; en otras, nos convierte en severos dictadores o en neuróticos vigilantes. En suma, unas veces hace de nosotros unos dulcísimos ángeles y otras nos convierte en retorcidos demonios.
Adolfo es un joven de buena familia, con un espléndido futuro y todas las condiciones necesarias para triunfar en el campo que elija (política, sociedad, arte). Pero el amor —o la obsesión— llegará a su vida en forma de mujer: la bella cortesana polaca Ellénore, que es amante de otro hombre. Al principio, ella se muestra renuente ante su cortejo amoroso, pero Adolfo incurre en estrategias tan poco caballerosas como la insistencia diaria o la amenaza de suicidio y la mujer termina por concederle, al menos, la cercanía de su amistad. De ahí al amor, un paso, que ambos transitan con rapidez, pese a que los amigos y el propio padre del protagonista tratan de disuadirle acerca de la conveniencia de esa acción. Adolfo, heroicamente empecinado, se obstinará en permanecer junto a Ellénore hasta el final de sus días (“¡Desgraciado del hombre que al iniciar una relación amorosa no cree que será eterna!”, p.45), pero pronto empieza a flaquear cuando ella se vuelva posesiva, neurótica, controladora. ¿Acaso se ha precipitado en su decisión? ¿Acaso debería terminar con ella y volver a su vida anterior, mucho más juiciosa y prometedora desde el punto de vista social? Adolfo siente que lo asaltan sudores fríos (“Hay cosas que tardamos mucho en decirnos, pero, una vez dichas, no cesamos ya nunca de repetirlas”, p.54), mas cuando se presenta la oportunidad de poner fin a su relación él mismo da marcha atrás y renueve ante Ellénore sus votos de fidelidad y entrega. Tiene bastante claro que “ya no estaba enamorado” (p.93), pero algo en su corazón se rebela contra la idea de abandonarla.

Benjamin Constant nos propone, en esta novela que traduce Gabriel Oliver para el sello Planeta, una reflexión muy interesante sobre el espíritu humano y sobre los meandros misteriosos de nuestro espíritu, que a veces ni siquiera nosotros mismos somos capaces de entender.

jueves, 6 de julio de 2017

Cuatro historias increíbles



¿Quién dijo que la investigación es aburrida? ¿Quién dijo que meterse en el cosmos polvoriento de los archivos y las hemerotecas incorpora una buena dosis de tedio, tanto para el investigador como para sus lectores? El periodista Pedro Soler acaba de editar con el sello La Fea Burguesía el volumen Cuatro historias increíbles, donde demuestra lo absurdo de esos prejuicios. Allí, condensadas magistralmente, nos encontramos con un póker de historias de los siglos XVIII y XIX en las que bandolerismo, milagros religiosos y crímenes se unen en doscientas páginas memorables, para solaz de curiosos.
En la primera nos topamos con las peripecias, desafueros y atrocidades del legendario Jaime Alfonso El Barbudo quien, desde su cuartel de la sierra de la Pila (“sin salir casi nunca de las jurisdicciones de Abarán, Abanilla, Blanca y Fortuna”, p.37) aterrorizó con sus robos, provocaciones y asesinatos una amplia zona comprendida entre Murcia y Alicante, hasta que en julio de 1824 fue ahorcado y descuartizado como escarmiento público por sus desmanes.
En la segunda nos remontamos hasta mediados del siglo XVIII, en Mula, donde las tinajas vacías de un convento se vieron, de pronto, llenas de un aceite suave y delicioso, que arregló los estómagos de las religiosas de digestión difícil y que, incluso, provocó que una de ellas, incomodada por accesos de tos, no los volviera a tener (p.117).
En la tercera, sor Teresa de la Santísima Trinidad es la protagonista de una serie de vistosas apariciones y locuciones, muy respetuosas siempre con la ortodoxia y la iconografía al uso.
Y en la cuarta, quizá la más novelesca de todas por su trazado y resolución, se nos refiere el caso de Josefa Gómez, una adúltera que envenenó el café de su marido con estricnina en complicidad con su amante y que murió mediante garrote vil. La crónica de esa ejecución, que se extiende de la página 197 a la 203, sigue poniendo los pelos de punta, por obra y gracia del abaranero Pedro Soler, dueño de una pluma tan meticulosa como eficaz.

La Fea Burguesía continúa engrosando un catálogo admirable y que promete convertirse en poco tiempo en una referencia regional y nacional.

jueves, 29 de junio de 2017

Alevín de Franco



La historia de un niño que debe desplazarse de un lugar a otro de España, por los traslados militares de su progenitor, es tan absolutamente anodina y gris como la historia de alguien que moja una magdalena en té antes de comérsela o que espera la celebración de un juicio que se ha entablado inverosímilmente contra él. Pero la literatura nunca ha sido, y nunca será, un arte relacionado con el qué, sino con el cómo. Quevedo resulta más literario hablando del ojo del culo que Paulo Coelho recreándose en rimbombancias sobre universos armónicos y conspiradores. Por eso Alevín de Franco, de José Cubero Luna, es un libro estupendo: la elegancia formal, la fluidez narrativa, el acierto con el que siempre elige el enfoque que se ha de dar a cada episodio, convierten estas páginas memorialísticas en un suculento festín para el buen degustador literario.
El muchacho que las vertebra llega hasta Córdoba en un camión destartalado mientras siente que con esta nueva variación geográfica (la anterior escala había sido Murcia) se clausura su niñez y alborea su adolescencia. Finísimo retratista, José Cubero nos dibuja a un chico repetidor, que adora la literatura y al que se le atragantan las matemáticas (“que no se acomodaban a un cerebro surrealista como el mío”, 53); admirador entusiasta de las innovaciones taurinas de El Cordobés; y que, obligado por el fervor de su padre, ve sus pasos juveniles encaminados hacia el mundo militar, del que se irá distanciando lenta pero inexorablemente.
Pero que los lectores no se llamen a engaño: el anecdotario y la crónica de aquellos meses de acuartelamiento (las órdenes absurdas, el soldado homosexual, la rigidez de los protocolos, el machismo exhibicionista) no constituyen un vademécum de burlas, venganzas o chistes gastados, sino que se revelan como las pinceladas, inteligentes y certeras, que el autor utiliza para mostrarnos la devastación lánguida de un alma contrariada. Por eso conviene leer Alevín de Franco no solamente como un texto narrativo, sino también como un documento psicológico y sociológico, donde se nos revelan múltiples aspectos de aquella España (las represiones sexuales, la religiosidad pacata, el militarismo rancio). Y, como guinda para esta deliciosa tarta novelesca, el bello recorrido que José Cubero nos ofrece por los patios, rincones, monumentos y calles de una Córdoba seductora e inolvidable, donde aquel lejano adolescente despertó a la literatura, al sexo y al goce de la vida.
Tras la lectura de El archivo (que obtuvo el premio Cristóbal Zaragoza de novela corta y que publicó la editorial Aguaclara en 2007) y, sobre todo, de las notables Memorias de un niño murciano (MurciaLibro, 2016) se esperaba con curiosidad la siguiente entrega novelística de este autor y lo cierto es que no ha defraudado ninguna de las expectativas que generó. Poseedor de un elevado dominio de los resortes narrativos, José Cubero consigue desde las primeras líneas de esta nueva obra capturar y retener la atención de los lectores, a quienes conduce, encandilados, por las vidas del narrador, del sargento Cuenca, de Alfonsito, de Lola Baena, del capitán Camps y de todos los demás protagonistas de esta historia llena de encanto.

Su siguiente obra, Vistabella, mon amour (segunda parte de Memorias de un niño murciano), anunciada para la primavera del año 2018 por la editorial MurciaLibro, promete convertirse en todo un acontecimiento.

miércoles, 28 de junio de 2017

Obra poética completa



Aconsejado por mi amigo Pascual García, cometí durante el año 1993 un leve pecadillo de rebelión, y devoré la Obra poética completa, de C.P. Cavafis, en la bella edición bilingüe de Alfonso Silván Rodríguez (Ediciones La Palma, Madrid, 1991), que ahora releo. Y digo que incurrí en una “rebelión” porque durante aquel año yo estaba cumpliendo mi servicio militar en Lorca (Murcia) y me propuse no frecuentar más que libros escritos por mujeres, para compensar el exceso de testiculina que dominaba en el mundo castrense.
Los poemas de Cavafis me parecieron, en líneas generales, fascinantes. Creo que algunos (leídos ahora con más edad y con menos arrebato) no llegan a una gran altura lírica, pero la mayor parte de ellos sí, con lo que el tomo constituye una delicia para la sensibilidad del lector.
Podría referirme a la exquisitez de su música, a la elegancia de sus referencias culturales, al ritmo tenue de sus versos, a la justeza de sus vocablos, pero me guardaré de reducirlo a fórmulas filológicas o críticas y dejaré que sus palabras lleguen directamente hasta los ojos de quien ojee esta reseña. Si le gustan, no me queda más que invitar a la lectura completa del volumen.
(Nota bene: con el fin de evitar que esta página se llene de barras diagonales, lo que haré será copiar los versos como si fueras prosa. Perdóname, Constantino).

“Dijiste: “Iré a otra tierra, iré a otra mar. Otra ciudad habrá de hallarse mejor que ésta. A cada esfuerzo mío, una condena escrita queda; y mi corazón está, como un muerto, enterrado. Mi mente hasta cuándo va a quedarse en esta consunción. Doquiera vuelva mis ojos, mire a donde mire los escombros de mi vida veo aquí, donde tantos años pasé y arruiné y destruí”. Nuevos parajes no hallarás, no hallarás otros mares. La ciudad irá tras ti. Por las calles vagarás, por las mismas. Y en los mismos barrios envejecerás; y en estas mismas casas irás empalideciéndote. Siempre arribarás a esta ciudad. A otra parte —no esperes— no hay barco para ti, no hay camino. Así como tu vida la arruinaste aquí en este rincón reducido, en toda la tierra la destruiste” (La ciudad). “Teme ¡oh alma! la grandeza” (Idus de marzo). “Tu suerte que se rinde ya, tus obras que fracasaron, los planes de tu vida que resultaron extravíos...” (El dios abandona a Antonio). “A un día monótono otro día monótono, idéntico le sucede. Ocurrirán las mismas cosas, de nuevo volverán a ocurrir, los momentos parecidos nos encuentran y nos dejan. Un mes pasa y trae otro mes. Lo que se acerca puede fácilmente presumirse; es lo de ayer, aquello tan tedioso. Y en eso acaba ya el mañana, como si no pareciera un mañana” (Monotonía). “Siempre en tu mente ten Ítaca. La llegada allí es tu destino. Pero no apresures en nada el viaje. Mejor que por muchos años se prolongue; y, ya viejo, ancles en la isla rico con cuanto ganaste en el camino, sin esperar que te dé riquezas Ítaca” (Ítaca). “No quiero volverme para no ver y horrorizarme” (Velas). “Cuando llega la felicidad produce menos contento del que uno esperaba” (Cuando el centinela vio la luz). “Imprescindible, y único, y grande, siempre se encuentra inmediatamente algún otro” (Cuando el centinela vio la luz). “No se mitiga la desgracia por mucho que la hablemos. Pero hay dolores que no se quedan tranquilos en el corazón. Sedientos están de salir por desfogar la queja” (Un amor).

lunes, 26 de junio de 2017

Diarios



Leí en mi juventud y releo en mi madurez los sorprendentes, sinuosos y profundos Diarios de Franz Kafka, en la traducción de Feliu Formosa (Bruguera, Barcelona, 1984). Son páginas extrañas, llenas de una ensortijada proliferación de arañitas mentales donde me resulta evidente que el escritor checo era cualquier cosa menos una persona normal. Sus caminos lógicos, sus reflexiones, sus ideas sobre su entorno, están llenos de anfractuosidades, de esquinas de sombra, de ciénagas. En ocasiones incluso se siente uno tentado de considerar la posibilidad de que no estuviera del todo cuerdo. Eso lo hace tan atractivo como inquietante, a mi entender. Fascinante, perturbador, traslúcido. Kafka.
“Es indudable mi avidez por los libros. No tanto por poseerlos o leerlos como por verlos, por convencerme de su permanente existencia en los estantes de una librería”. “Nada en el mundo dista tanto de una experiencia como la descripción de esta experiencia”. “Cuando uno se queda solo, crece en inteligencia y en serenidad”. “Simplemente, no dar un valor excesivo a lo que he escrito, porque me resultaría inalcanzable lo que he de escribir”. “Necesito estar solo mucho tiempo. Lo que he realizado hasta ahora no es más que un triunfo de la soledad”. “Apenas si tengo algo en común conmigo mismo”. “Hay posibilidades para mí, sin duda, pero, ¿bajo qué piedra están escondidas?”. “Si estoy condenado, no sólo estoy condenado a morir, sino que también estoy condenado a defenderme hasta el fin”. “Me resulta incomprensible que casi todos los que escriben puedan objetivar el dolor en medio del dolor; que yo, por ejemplo, en medio de la desdicha, y con la cabeza ardiente de tanta infelicidad, pueda sentarme y comunicarle a alguien por escrito: Soy desgraciado”. “Es irresponsable viajar e incluso vivir sin tomar notas”.

lunes, 19 de junio de 2017

Eumeswil



He aquí un libro complejo, lleno de simbolismos y de juegos conceptuales y filosóficos: Eumeswil, de Ernst Jünger, que traduce al castellano Marciano Villanueva (Seix Barral, Barcelona, 1993). Entiendo que la obra es magna, y como tal la aprecio, imposible decir otra cosa sin pecar de injusticia. Pero hay en ella (ante mis ojos) una cierta resistencia a dejarse penetrar. Es como cuando contemplas un diamante: sabes que es hermoso, sí, pero te da siempre la sensación de ser irreal, de estar más allá de los sentidos físicos normales. No se deja ver, no se deja capturar, no tiene calor. Todo en sus páginas es formalmente perfecto, pero quizá ahí esté el problema: en la pura palabra “perfecto”, tan paralizadora. Me hubiera gustado que me emocionara más, pero no ha sido así.
Virando a otro terreno, no hay más remedio que criticar al traductor que haya caído en galicismos flagrantes (“a tener en cuenta”, en la pág. 169; “normas a seguir”, en la pág. 190; etc). Espero que si la editorial ha reeditado la obra haya tenido el buen gusto de limar esas escorias gramaticales.

“No le falta conciencia de su propio valer, pero no sabe cambiarlo en monedas pequeñas”. “El amor es anárquico, el matrimonio no. El guerrero es anárquico, el soldado no. El homicida es anárquico, el asesino no. Cristo es anárquico, Pablo no”. “Quien nos enseña a pensar, nos hace dueños de los hombres y de los acontecimientos”. “Cuando prestamos vida al pasado, logramos realizar un acto que vence al tiempo y triunfa sobre la muerte. Si esto es posible, también cabe imaginar que un dios nos devolverá el aliento”. “El hombre es un ser razonable que sólo a regañadientes sacrifica su seguridad a las teorías”. “Apenas uno ha destacado en algo, se le pone en una lista”. “Cuando se trata de convertir en realidad un sueño, ninguna fatiga nos detiene”. “Hay motivos para sospechar que nuestra inteligencia no es sino un instinto atrofiado, una ramificación lateral del árbol de la vida, a través de una selección acentuada durante milenios”. “La escolaridad obligatoria es, en esencia, un medio de castración de la fuerza natural”. “Da que pensar el inmenso despilfarro que se registra en el universo”. “El pueblo se compone de individuos concretos y libres, mientras que el Estado los reduce a números”. “Si uno está dispuesto a poner en juego su cabeza, no hay que estropearle el juego, hay que tomarlo en serio”. “La fotografía falsea el problema, porque lo reduce a un instante efímero”. “Las palabras reforzadas con el sufijo ismo (...) son palabras con destino a sectarios”. “Los chiflados son indispensables”. “Distinguir lo esencial de lo que se le parece y hasta se presenta como idéntico es una tarea particularmente ardua”. “Cuando el Estado toma a su cargo a los artistas, triunfa por doquier el mal gusto”.

viernes, 16 de junio de 2017

Los horrores del amor



Leo la novela Los horrores del amor, de Jean Dutourd, que traduce Ana Cela. No es que la peripecia del argumento sea espléndida, ni que aporte grandes innovaciones desde el punto de vista literario, pero me sorprende muchísimo la capacidad que los personajes demuestran para analizar las mil sutilezas sentimentales que el amor comporta. No recuerdo haberme encontrado con demasiadas obras donde el bisturí psicológico haya resultado tan meticuloso, tan revelador, tan impactante. De tal manera que Roberti, Agnés y Solange, los tres protagonistas de esta aventura amorosa, se convierten a los ojos del lector en seres vivos, en especímenes palpitantes y creíbles, llenos de meandros, sutilezas y brillos. Intentar resumir todos los detalles o pliegues de esta historia de amor, fidelidad, dolores y desengaños, resulta imposible, así que me conformaré con anotar algunas frases representativas, para ofrecer un pálido resumen. “Sé muy bien lo sensibles que son los corazones de los artistas. Una palabra un poco viva los hiere, y uno tiene que estar completamente seguro de su genio para soportar los horrores que nos despachan los críticos”. “Hay personas a las que admiro o quiero y no tengo ningunas ganas de encontrármelas. (...) He leído sus obras una y otra vez y me las conozco de memoria, pero no tengo ninguna curiosidad por sus personas”. “El orgullo, por los caminos más extraños, lleva siempre a la abyección”. “Hay que ser vigilante, hay que estar persuadido de que las cosas no se adquieren nunca para siempre, hay que tener miedo sin cesar”. “No le bastaba apropiarse un cuerpo, quería además un poco del corazón y del espíritu de la persona deseada”. “Hacer el amor sin parar, cambiar de querida todos los días, vuelve a uno idiota”. “La lujuria es divertida quince días, un mes. En seguida, como todo, se convierte en rutina”. “No se puede ser un artista sin ser un mentiroso consumado”. “Quizá Dios se divierte escribiendo tonterías en su gran libro”. “Los grandes hombres son los que, a los cincuenta, han llevado a cabo lo que soñaron a los dieciocho años”. “La vida es un largo poema en ochenta cantos, prodigiosamente aburridos, lleno de repeticiones, de ripios, de descripciones ociosas y de peripecias horribles, pero merece ser leído con atención a causa de un verso sublime, dado por los dioses, inesperado”. “En amor, las almas se usan más de prisa que los cuerpos”. “Es una desgracia pensar demasiado. Esos mil pensamientos que dan vueltas paralizan la acción”. “La vida de los hombres es más trágica que la vida de las naciones. Una nación vive mil o dos mil años. Tiene recursos. Nada se ha perdido nunca completamente. Pero un hombre, ¿qué? Si pierde la ocasión, se acabó”. “La democracia debe pararse a la puerta de las casas. Un padre de familia demócrata que somete sus decisiones a la votación no consigue más que meter jaleo y hacer a todo el mundo desgraciado”. “La verdad prescinde de la lógica”. “No soportar el desprecio es siempre el indicio de un alma débil y vanidosa. A los grandes hombres les gusta que los desprecien. Les divierte”. “El noventa y ocho por ciento de las criaturas humanas están desprovistas de imaginación”. “Cuando me contradicen, me callo. Yo sólo hablo de cosas que he meditado durante mucho tiempo. Si no me comprenden o no quieren comprender, peor para ellos. No tengo la facultad de replicar; los mejores argumentos me vienen cuando he vuelto a casa. Sólo a los locos y a los charlatanes que sólo piensan cuando hablan, les gusta discutir”. “Leyendo y releyendo muchos buenos autores, que escriben un buen idioma y que piensan sanamente, absorbes una gran cantidad de antídotos contra el veneno de la tontería moderna”. “Los artistas son los especialistas del cómo, y los filósofos del por qué”. “Los hombres organizan su amor en función de su vida, y las mujeres organizan su vida en función de su amor”. “Siempre llega un momento en que las mujeres quieren quedar embarazadas”. “El crítico literario es un hombre que no comprende aproximadamente nada por exceso de inteligencia, por exceso de conocimiento y de referencias”. “El arte no es democrático. En arte, no es el buen alumno el que gana siempre. Es el elegido, el que nace con la musiquilla en él y sabe ver la verdad del mundo. El arte es eminentemente aristocrático. Los artistas tienen unos privilegios tan odiosos como los nobles del Antiguo Régimen, pero mucho más sólidos. No se les puede quitar”. “Los mosquitos ganan siempre a los leones”. “Desde los veinte (veinte años que han pasado como una ráfaga de viento), estamos cogidos en un torbellino implacable que nos lleva hacia la muerte. Por mucho que no pensemos en esta muerte, por mucho que vivamos como tenemos costumbre, no podemos evitar echar una mirada sobre ella, de vez en cuando; cada vez ha crecido un poco más”.

Intensamente recomendable.

jueves, 15 de junio de 2017

El escándalo del padre Brown



Leo a G.K. Chesterton, dentro de su volumen El escándalo del padre Brown, que me traduce F. González Taujis (Reno, Barcelona, 1982), y el resultado global es bastante digno. Aunque en ciertos escalones de su obra evidencia los trucos del género, no sería justo dejar de reconocerle una fina habilidad literaria, que empapa todos sus relatos: unas buenas descripciones paisajísticas, notables despliegues fisiognómicos, aceptables hilazones lógicas, etc. Los relatos de este tomo titulados “El hombre verde” y “La persecución de Mr.Blue” son los que más desfavorablemente me han impresionado. En “La ráfaga del libro” me he sentido, desentrañando su final, relector de Borges, con una sonrisa blanda y complacida en los labios. Sonrisa que, por mágica destilación de Chesterton, se ha sublimado con la genial ironía victoriana que cierra su cuento “El crimen del comunista”, de título ambiguo y despistador. “El problema insoluble” es un buen relato llevado con mano maestra en todos sus extremos: la tensa presentación del enigma, el agudo urdimiento de sus incongruencias, la brillantez deductiva del padre Brown, y su inesperada solución, donde queda claro que G. K. Chesterton reserva para el final la gota mejor de su alambique, el mejor producto de su alquimia.

Anoto algunas de las frases que he subrayado en el volumen. “Odio la novela (...) esa droga infernal”. “No hace falta intelecto para ser un intelectual”. “La única cosa difícil es cometer un crimen sin convertirse uno mismo en un criminal”.

martes, 13 de junio de 2017

Rayuela



Llego a la reseña número mil de mi blog. Quién lo hubiera dicho el día en que decidí comenzar esta aventura. Pasan los años y quedan los libros, anotados aquí. Por supuesto, para una ocasión tan especial no podía lanzarme a un libro cualquiera. Tenía que ser uno mágico, distinto, único. Quería releer uno de los que me han marcado durante estos 35 años que llevo como devorador de volúmenes. Y he elegido Rayuela, de Julio Cortázar, el gran libro de mi primera juventud, la primera novela que me conmocionó hasta la taquicardia, hasta el éxtasis, hasta la asfixia. Ignoro si alguna vez volveré a encontrar una obra que me perturbe como ésta. Lo dudo. He saltado el medio siglo y ya carezco de los entusiasmos frenéticos que poblaron mi juventud. Pero seguiré buscando, por si acaso.
Desde que la encontré, allá por 1988, la he releído media docena de veces, he escrito sobre ella, he impartido charlas sobre sus mecanismos narrativos y he pregonado sus virtudes a quien ha querido escucharme. Siempre la menciono cuando me preguntan por mis libros imprescindibles. Durante mucho tiempo viví conmovido por sus páginas. ¡Qué explosión enorme de sensaciones, qué universo de temas, de ideas! La angustia atroz de Horacio Oliveira, su terror existencial, su falta de asideros vitales, intelectuales y amorosos, su agonía de desterrado, su orfandad absoluta. Todo se alía en este volumen para tejer una malla hermosa y terrible, brutal y atrayente, viscosa y genial. Además, las innovaciones formales de Cortázar son tan removedoras como los gestos íntimos de su protagonista: capítulos casi redactados en escritura fonética, o con historias paralelas (en líneas alternas), o con léxico inventado (cap.68), o con... Los múltiples experimentos textuales son también notorios: combinatoria suma de los capítulos, reinvención de la novela en las manos de cada lector, etc. De la lectura de un libro así no se sale, afortunadamente, indemne: se sale lleno de luces y de heridas. Yo, quizá, salí escritor.
Copio algunas de las frases que subrayé con rotulador rojo y que, con el paso de los años, me siguen atrayentes: “Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”. “Nos queríamos en una dialéctica de imán y limadura, de ataque y defensa, de pelota y pared”. “Atrayéndose y rechazándose como hace falta si no se quiere que el amor termine en cromo o en romanza sin palabras”. “Los terrores, qué lujo para la imaginación”. “Hacíamos el amor como dos músicos que se juntan para tocar sonatas”. “Amor, ceremonia ontologizante, dadora de ser”. “Si hablamos de amor hablamos de sexualidad. Al revés ya no tanto”. “La realidad está ahí y nosotros en ella, entendiéndola a nuestra manera pero en ella”. “El hombre se agarra de la ciencia como de eso que llaman un áncora de salvación y que jamás he sabido bien lo que es. La razón segrega a través del lenguaje una arquitectura satisfactoria, como la preciosa, rítmica composición de los cuadros renacentistas, y nos planta en el centro”. “Cómo cansa ser todo el tiempo uno mismo”. “Pretender que uno es el centro es incalculablemente idiota. Un centro tan ilusorio como lo sería la ubicuidad. No hay centro, hay una especie de confluencia continua, de ondulación de la materia. A lo largo de la noche yo soy un cuerpo inmóvil, y del otro lado de la ciudad un rollo de papel se está convirtiendo en el diario de la mañana, y a las ocho y cuarenta yo saldré de casa y a las ocho y veinte el diario habrá llegado al kiosco de la esquina, y a las ocho y cuarenta y cinco mi mano y el diario se unirán y empezarán a moverse juntos en el aire, a un metro del suelo, camino del tranvía”. “Tal vez el amor fuera el enriquecimiento más alto, un dador de ser”. “Estoy obligado a tolerar que el sol salga todos los días. Es monstruoso. Es inhumano”. “Puede ser que haya otro mundo dentro de éste, pero no lo encontraremos recortando su silueta en el tumulto fabuloso de los días y las vidas, no lo encontraremos ni en la atrofia ni en la hipertrofia. Ese mundo no existe, hay que crearlo como el fénix”. “Cuántas veces me pregunto si esto no es más que escritura, en un tiempo en que corremos al engaño entre ecuaciones infalibles y máquinas de conformismos. Pero preguntarse si sabremos encontrar el otro lado de la costumbre o si más vale dejarse llevar por su alegre cibernética, ¿no será otra vez literatura?”. “Todo cariño es un zarpazo ontológico, una tentativa para apoderarse de lo inapoderable”. “Amor mío, no te quiero por vos ni por mí ni por los dos juntos, no te quiero porque la sangre me llame a quererte, te quiero porque no sos mía, porque estás del otro lado, ahí donde me invitás a saltar y no puedo dar el salto, porque en lo más profundo de la posesión no estás en mí, no te alcanzo, no paso de tu cuerpo, de tu risa, hay horas en que me atormenta que me ames (...) Total parcial: te quiero. Total general: te amo (...) Lo que mucha gente llamar amar consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque-la-aman, yo creo que es al vesre. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto”. “El mero escribir estético es un escamoteo y una mentira, que acaba por suscitar al lector-hembra, al tipo que no quiere problemas sino soluciones, o falsos problemas ajenos que le permiten sufrir cómodamente sentado en su sillón, sin comprometerse en el drama que también debería ser el suyo”. “El escritor tiene que incendiar el lenguaje, acabar con las formas coaguladas e ir todavía más allá, poner en duda la posibilidad de que este lenguaje esté todavía en contacto con lo que pretende mentar. No ya las palabras en sí, porque eso importa menos, sino la estructura total de una lengua, de un discurso”.

Rayuela es una vida dentro de mi vida.

domingo, 11 de junio de 2017

Palabras y café con escritores



Le cederé la palabra al argentino Jorge Luis Borges: “Yo, que tantos hombres he sido…”. Pascual García (Moratalla, 1962) también ha sido a lo largo del tiempo muchos hombres porque aunque la envoltura externa nos hable de uno solo, versátil, lúcido y sorprendente, resulta complicado admitir que cohabiten tantas voces en su interior: el poeta, el cuentista, el conferenciante, el docente, el crítico. Fruto de la mixtura de todos esos saberes, de todas esas inquietudes, nace a la luz pública una nueva vertiente como creador: las entrevistas que ha mantenido durante los últimos años con algunos escritores de dentro y fuera de Murcia: desde Pedro García Montalvo (que abre el volumen) hasta Antonio Arco (que lo clausura). De la edición, hermosamente ilustrada con un cuadro de Francisca Fe Montoya, se encarga el sello MurciaLibro, que la acaba de poner en las librerías.
Nos encontramos ante un volumen mayéutico, en el sentido socrático de la palabra: el entrevistador propone anzuelos a los diferentes escritores que pasean por estas páginas y luego los deja que merodeen, que divaguen o que muerdan de forma directa. Recogiendo sedal, distrayéndose en la escucha o insinuando diferentes ángulos de aproximación, Pascual García elabora unos retratos que tienen mucho de autorretratos. Porque esa virtud, capital en un libro de estas características y tan difícil de conseguir en la práctica, es la médula del volumen: lograr que sean estos hombres y mujeres quienes perfilen los rasgos que los dibujan interiormente; que sean sus propias voces y sus respuestas las que tracen ante nuestros ojos una imagen coherente, nítida, plástica, de sus ideas, miedos, intenciones o intereses.
Algunas de las personas entrevistadas propenden más a la facundia y otros (el ejemplo de Luis Alberto de Cuenca es paradigmático) se instalan en un desganado laconismo; pero de todos extrae Pascual alguna idea interesante, alguna sentencia, algún destello. Así, García Montalvo nos explicará que “el paso del tiempo y la hermosura de vivir” (p.46) son los temas fundamentales de su producción literaria; Manuel Moyano nos comunicará que, en su opinión, “el escritor es, por definición, un extranjero, alguien que siente cierta ajenidad entre los demás hombres” (p.72); Antonio Parra Pujante nos susurrará que “el arte es aquello que cura lo que no tiene cura, como quizás también la literatura, siempre la música y, a veces, la filosofía” (p.108); Francisco Javier Díez de Revenga coloca el núcleo de su actividad intelectual en una frase muy sencilla y muy honda: “Saber leer, entender lo que se lee y saber explicarlo” (p.170); José Cantabella nos avanza su proyecto para los próximos años: “Apartarme cada vez más de los actos públicos para adentrarme en mi faceta como escritor” (p.200); y Antonio Arco (por no agotar las referencias) concluye que “estoy convencido de que las palabras bien escritas, de que un lenguaje luminoso, el que se nutre tanto de la cultura atesorada como del alma en vilo, sobrevive a la muerte” (p.326).

En resumen (aunque este tomo no admite resumen), nos encontramos ante un trabajo excepcional, serio, hondo, inteligente, en el que Pascual García cede el protagonismo a diecinueve escritores con quienes se sumerge en conversaciones tan interesantes como enriquecedoras. La apuesta de MurciaLibro se convertirá en un volumen de referencia para los admiradores de cualquiera de los veinte autores: los entrevistados y el entrevistador.

sábado, 10 de junio de 2017

Canciones a Violante



Gerardo Diego enamorado y escribiendo como enamorado. Gerardo Diego con versos que muchas veces parecen de Pedro Salinas. Gerardo Diego y sus Canciones a Violante. El nombre, claro está, enlaza con la misteriosa dama que exigió a Lope de Vega que improvisara en su presencia un soneto; de ahí que el poeta santanderino se pregunte, en la primera composición del tomo: “¿Quién es Violante, reina de decretos?”. También desde el principio descubrimos que la estructura de esta obra lírica (la primera parte se titula “Presente” y la segunda “Ausente”) es deudora de Francesco Petrarca, otro enamorado insigne.
Gerardo Diego sigue jugando en estas páginas con la polimetría y con la rima asonante, que maneja siempre con eficacia, y entrega a los lectores algunas metáforas hermosas (los paréntesis son “paredes curvas para la caricia”, la playa es un “sueño canela”, etc).
Aunque el libro mantiene un elevado tono general, se me antojan especialmente memorables tres poemas: “Qué curiosos tus ojos”, “Tú te llamabas isla” (donde explica que los nombres de los protagonistas no son importantes en una historia de amor, sino simples corrientes de ternura) y, sobre todo, “Querer querer”. No me resisto a copiar un fragmento de la primera estrofa: “Para quererte a ti, querer quererte. / Yo te quise querer, y ya te quise. / Cuando escribí “Te quiero”, / en la t todavía no sabía / si te quería o te querría, / pero al cerrar la o / ya me temblaba del estar queriéndote”.

Reconozco que Gerardo Diego me sorprende en cada libro suyo que recorro. De mi desdén juvenil (tan ignorante, tan soberbio) he pasado a sentir por él una admiración clara, diáfana, serena. A veces el tiempo hace justicia, incluso en el interior de uno.

jueves, 8 de junio de 2017

La belleza convulsa



Vuelvo a Umbral, con su tomo La belleza convulsa, que me fascina desde el punto de vista verbal, como casi todo lo suyo. Umbral podía contar lo que le diese la gana: cosas sobre España, sobre su peluquera, sobre sus gatos, sobre su modo de orinar, sobre sus filias y fobias, sobre sus gustos gastronómicos o sexuales, sobre sus vecinos, sobre lo que fuera. Y siempre lo hacía con suprema elegancia estilística. ¿De quién más podríamos decir lo mismo?
Lógicamente, no hay argumento, porque el argumento es la pura divagación; su sintaxis es el fluir; su resumen, imposible; sus personajes, las palabras. Umbral buceando por el idioma. Podemos sentirnos cercanos a él o mostrarnos reacios a sus ideas. Pero el estilo lo salva, de principio a fin. Y ha quedado.

“Mi escritura cada vez se parece más a mi escritura, que, a su vez, cada día se parece más a mí. ¿Es eso un estilo? Sería, más bien, el momento de dejar de escribir. Y, sin embargo, comienzo un nuevo libro”. “La genialidad es tan difícil de aislar como la tontería”. “Esa lucha grecorromana que es el sexo”. “Cada mujer es la puerta jónica de una vida que hubiéramos podido vivir”. “Metáfora no es equivalencia entre dos cosas: el momento metafórico es, exactamente, ese momento en que una cosa quiere ser otra y comienza a serlo”. “La Historia, que es el parte clínico de la irracionalidad de los hombres”. “Y lo que a uno más le atrae, desde hace tiempo, es la desaparición: la cama, el agua y, quizá, la escritura. Tres formas de desaparición vicaria”. “La muerte no es un disparo de la luz ni una mano agónica en la noche. La muerte se va instalando en nosotros, haciendo nido, nidos, como las gaviotas en un farallón marino (...). La muerte, sí, va haciendo hospedaje en nosotros. Acabaremos por dejarle la casa entera”. “Duplico mi juventud habiendo madrugado”. “Los tópicos son verdades mineralizadas por los imbéciles”. “La amo con locura porque es lo igual entre lo igual, que ha dado, sólo para mí, su diferencia”. “¿Pero de qué redil soy yo, de qué rebaño? Jamás lo he sabido y me moriré sin saberlo”. “Una biblioteca, por muy numerosa que sea y por mucho que la frecuentemos, acaba convirtiéndose en una tapia de ladrillo”. “Nuestra vida cabe en siete folios. Hacer de esos siete folios siete mil, como Proust, es la gran proeza literaria, no igualada por nadie en el tiempo ni el espacio”. “Lo malo del tiempo no es que pese, sino que pesa inútilmente. Por eso resultan tediosos los predicadores cotidianos de su experiencia. Somos intransferibles”. “El presente es tozudo. El presente está ahí, aquí, como en la primera semana de la creación del mundo, es belleza convulsa que no sabemos si se consolida o se disipa”. “Qué cansancio y, sobre todo, qué ahogo en gris, el ángel cotidiano”. “Los escritores del sentido común, de la sintaxis previsible, me abruman con sus libros y escritos. Quiero alguien que me haga de puerta para pasar a lo imprevisible. Sólo vale la pena hablar de lo que no se entiende, escribir de lo que está más allá de la escritura”. “La sensatez es la forma más peligrosa de la arterioesclerosis”. “Sólo acepto la literatura como literatura. No rebajada a ciencia”. “El amor es sólo la intención de capturar una palpitación del doble pecho, que sigue palpitando para nada”. “Sin la música, habríamos escuchado el silencio soberano del Universo. Por culpa de la música escuchamos a Scarlatti. Hay que joderse”. “La música es una monstruosa aberración que llena de ruido el silencio sagrado de las elipses cósmicas”. “La ciudad, cuyo idioma es el ruido”. “Esa siesta de piedra que es la muerte”.

lunes, 5 de junio de 2017

Maddox descubre el camino



Además de sus vertientes como autora para adultos y como autora para jóvenes Care Santos ha desplegado también una actividad extremadamente brillante como escritora para niños. Para dejar testimonio de esa dedicación hoy nos acercaremos a Maddox descubre el camino, que formaba parte de una serie de novelas bajo el título genérico Arcanus y que tiene como protagonista al chico que da nombre al volumen. Es huérfano (sus padres murieron en un incendio y él sobrevivió milagrosamente) y se encuentra en una situación no muy cómoda: su tía Ada decide enviarlo a un campamento de invierno para que se relacione con otros chicos y chicas de su edad y abandone el espíritu hermético que lo caracteriza. Pero Maddox, que es un solitario recalcitrante, que adora mirar las estrellas y realizar asombrosos malabarismos con pelotas de colores, no encaja nada bien esta decisión. Entiende que su tía está preocupada por su forma de aislarse y que quiere favorecer su apertura al mundo, pero a él le cuesta dar los pasos necesarios para conseguir ese cambio en su personalidad. Hay personas que gozan relacionándose con otras... y personas que, como él, se sienten mucho mejor dentro de su propia burbuja, separadas de los demás por una barrera no de odio ni de desprecio, sino de protección. ¿Tanto trabajo cuesta entenderlo? Por ese mismo carácter obligatorio del campamento, Maddox responde de una manera desconsiderada a Raquel, una chica que sólo intentaba mostrarse dulce con el chico. Y entonces se produce una escena que va a cambiar muchas cosas en su vida: unas manos fuertes y desconocidas empujan a Maddox al fondo de un pozo. Cuando lo rescatan tiene un pie roto, repite de forma obsesiva la palabra “Aldebarán” y ha escrito las letras “Wik” en su cuaderno. ¿Qué es lo que ha ocurrido? ¿Qué ha cambiado en la mente de Maddox? Otros personajes singulares, como la anciana ciega Naledi, el vehemente Wiktor (que trabaja en un circo) o el misterioso e inquietante Mahgul, rodearán pronto a Maddox para conformar una historia colorista, amena y sugerente, donde la astrología, el misterio, el Destino y los seres mitológicos se van combinando ante los ojos del lector, que aprende desde las primeras páginas a gozar el conjunto sin reservas. 
Germán Tejerina y Daniel Muñoz completan esta propuesta novelística con sus logradas ilustraciones... Después vendrían, para completar la serie, volúmenes como Wiktor hipnotiza a las fieras, Ekki domina las tinieblas, Heuria provoca tempestades o Ula mueve el mundo. No conozco ningún preadolescente a quien esta serie no encandile y atrape.

sábado, 3 de junio de 2017

La sorpresa



En 1944 apareció en Madrid, en los Cuadernos de Literatura Contemporánea del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, el breve volumen poético La sorpresa (Cancionero de Sentaraille), de Gerardo Diego. Eran apenas cuarenta poemas que no volvieron a publicarse en libro y que constituyen una rareza dentro de la bibliografía del cántabro.
Se perciben en él muchos ecos italianos (hay composiciones ambientadas en Pisa o en Roma), así como reminiscencias de Miguel Hernández (en el poema Sí que quiero resulta imposible no pensar en el vate oriolano cuando Gerardo Diego repite una y otra vez el verso “Yo quiero ser hortelano”), pero sobre todo se observa la limpieza elegante con la que el santanderino se movía en el terreno de la métrica y la rima, obteniendo resultados siempre notables. En ese ámbito se permite muchas variantes (polimetría, rimas arriesgadas), sabedor de que su dominio técnico es elevado y que el lector no saldrá fatigado ni decepcionado de sus páginas.
Sobre tres de las composiciones del volumen me gustaría llamar la atención. La primera es Celos, donde Gerardo parafrasea a Gustavo Adolfo Bécquer para explicarle a su amada que ambas (la poesía y ella) se encuentran unidas en su corazón (“Poesía no eres tú. / Sois tú y tú, las dos distintas. / Os llevo una a cada lado. / No tengáis celos, mis vidas”); la segunda es el juguetón poema A, EME, O, ERRE, en el que se divierte urdiendo versos con las palabras que brotan de la permutación de esas letras (amor, Roma, ramo, Omar, mora); la tercera, en fin, es un socarrón texto humorístico donde el vate quiere referirse a cierta hortaliza famosa por sus capas verdes y lo comienza así: “Yo no me atrevo a nombrarla /por si estropeo la estrofa. / Tú sabes que el nombre es árabe / y que rima –es claro– en ofa”.

Incluso en sus volúmenes menores, como es el caso, Gerardo Diego consigue ser un poeta digno, serio y con destellos de calidad. Lo tenemos más olvidado de lo que merecía.

jueves, 1 de junio de 2017

El bazar de los malos sueños



Cada vez que Stephen King ofrece un nuevo libro a la imprenta se produce una auténtica conmoción a nivel mundial, porque son millones los lectores que se interesan por el tomo y se abalanzan sobre él para devorarlo. Está ocurriendo también, como no podía ser de otra forma, con la colección de relatos titulada El bazar de los malos sueños, que Carlos Milla Soler ha traducido en España para el sello Plaza & Janés.
Se trata de un volumen de más de seiscientas páginas, encuadernado con tapa dura, en el que el escritor de Portland nos ofrece una veintena de cuentos de espléndida factura, precedido cada uno de ellos con unas palabras explicativas sobre su génesis, sus anécdotas o su evolución literaria. Son tantos los detalles que podrían comentarse de esta obra que se impone un ejercicio de constricción, para dejarlo en unas dimensiones razonables... En primer lugar, habría que referirse a la amplitud del arco temático que presenta el libro. Que ningún lector piense que habrá de encontrarse aquí con relatos “de terror”. Los hay, y excelentes, cómo no. Pero King nos presenta también varias situaciones cotidianas donde aparecen muertes súbitas (“Premium Harmony”), incidentes automovilísticos que se van complicando (“Batman y Robin tienen un altercado”), historias de nombres que aparecen escritos en montículos de arena (“La duna”), proposiciones deshonestas que consiguen revolucionar el ánimo de los protagonistas (“La moral”), la adquisición de un kindle que permite acceder a infinitos mundos paralelos (“Ur”), las últimas horas de dos supervivientes en un holocausto nuclear (“Trueno en verano”) e incluso aventuras pirotécnicas en las que domina un hilarante crescendo de humor (“Fuegos artificiales en estado de ebriedad”)... En segundo lugar, hay que apresurarse a añadir que los lectores más aficionados al horror no saldrán defraudados del volumen: Stephen King reserva para ellos una serie de historias macabras donde no faltan coches inquietantes (“Área 81”), criaturas diabólicas (“Niño malo”), algún esposo trastornado (“No anda fina”), exorcismos que ponen los pelos de punta (“El diosecillo verde del sufrimiento”), crímenes atroces contemplados con absoluta impotencia (“Ese autobús es otro mundo”) o aprendices de periodista que descubren un poder aterrador en las notas funerales que redactan (“Necros”)... Y en tercer lugar, las introducciones. El escritor de Maine no se limita a redactar textos de presentación al uso (académicos o cronológicos), sino que compone piezas donde el humor, el intimismo, la naturalidad y la charla con sus lectores los llena de vida, de frescura, de encanto...

Un libro, pues, espléndido, que no va a defraudar a nadie: ni a los incondicionales del maestro ni a quienes se acerquen por vez primera a sus páginas. Para todos tiene su dosis de seducción, de magia y de literatura. Un auténtico crack.

martes, 30 de mayo de 2017

Salvación



Quizá la gran pregunta que recorre invisible todos los libros de Miguel Sánchez Robles (Caravaca de la Cruz, 1957) sea tan sencilla como trascendente: ¿tiene la literatura una misión salvífica? Y en caso de que la respuesta resulte ser que sí, ¿de qué nos salva? ¿De la decepción, del dolor, de la amargura de ir caminando hacia la muerte, del vacío, de los atardeceres sin nadie al lado, de sentir por dentro la carcoma de una tristeza que no podemos exteriorizar, de las miradas que se quedan perdidas y no encuentran el camino de retorno, de las amistades que el tiempo erosiona y destruye?
Quienes llevamos años leyendo y admirando a este magnífico escritor (repetiré una vez más que en España hay varios poetas a su altura, pero ninguno por encima) hemos comprobado, en prosa y en verso, que esa interrogación palpita en todas sus páginas. Y también lo hace, de forma muy especial, en Salvación, el texto que le acaba de publicar la editorial Gollarín. ¿Es una novela? ¿Es un largo poema en prosa? ¿Es un caleidoscopio de metáforas? ¿Es la más hermosa carta de amor que una madre ha recibido jamás de su hijo? ¿Es una sucesión de diapositivas emocionales que revelan la temperatura de un alma? A todas esas preguntas hay que responder que sí, porque el volumen se acoge a la amplia definición que usaba el también caravaqueño Miguel Espinosa cuando hablaba de sus obras y las definía como “libros”, sin más etiquetas castradoras.
Miguel Sánchez Robles nos acaba de entregar todo el lenguaje de su corazón. O todo su corazón hecho lenguaje. Y en las casi trescientas páginas del tomo palpitan dolores, lágrimas, añoranzas, descripciones de paisajes (internos y externos), reflexiones filosóficas, corolarios de vida y sentencias que, firmadas por Horacio o Montaigne, encontraríamos consagradas en un buen número de manuales. Que nadie busque aquí una “línea argumental” a la antigua usanza, porque la literatura de este autor no se ciñe a ese tipo de reduccionismos. Miguel Sánchez Robles no quiere contarnos una historia, sino que prefiere dejar que el lenguaje burbujee y construya a base de explosiones, colores, metáforas bizarras y perlas adjetivas un fluir lírico que va envolviendo a los lectores y los instala en un universo paralelo, compuesto de memoria, poesía y reflexión.
“Estoy aprendiendo a vivir despacio”, nos indica el autor al principio de la obra. Y el consejo, por sabio y por útil, convendría aplicarlo también a la lectura de Salvación: entremos despacio y sin inhibiciones en sus páginas, dejemos que su oleaje de palabras nos humedezca la piel del corazón y, al final, quedaremos tan asombrados como conmovidos.
Gracias, Miguel. Por tus libros, por tu lucidez, por tu constante enseñanza, por tu fecundidad, por tu brillantez incontestable. Nunca ha sido más atinado el verso de Bécquer: poesía eres tú.

domingo, 28 de mayo de 2017

Las cartas boca arriba



Me di anoche un paseíto por la poesía, de la mano de Gabriel Celaya, releyendo su breve libro Las cartas boca arriba (Laia, Barcelona, 1978). Es un tomo bien perfilado, con versos de puro fuego, que arden entre la fantasía y el rigor, mezclando lo urgente con lo eterno, y donde brilla el estilo de un poeta único, versátil, rocoso. El libro me ha gustado mucho (como me gustó cuando lo leí, allá por los años 90) y me ha permitido recordar algunas líneas de intensísima belleza. Celaya tiene manos ferreteras, agropecuarias, mineras, le pega puñetazos a los vocablos, los acaricia, los mima, los estruja, les extrae su caudal de luz y de verdad. De tal manera que sus composiciones y sus libros tienen una condición humana que palpita. No hay en ellos alambique o manierismo, sino estruendo, tierra mojada, calles de ciudad, gentes que pasan. Al cerrar las páginas de sus libros, siempre, me formulo idéntica pregunta. ¿Por qué se ha olvidado tanto a este escritor? No es desdeñable; ni siquiera es mediano. Yo entiendo que tiene una musculación literaria muy sólida. Además, habla del amor, de la muerte, de los grandes temas. ¿Dónde está la causa del vacío que a su alrededor se hace? No lo entiendo, de verdad que no lo entiendo.

“Porque tú y yo y el mundo nos estamos muriendo”. “Nos estamos muriendo por los cuatro costados, / y también por el quinto de un Dios que no entendemos”. “Nuestra pena es tan vieja que quizá no sea humana”. “Soy el agua sin forma que cambiando se irisa”. “Ser hombre no es ser hombre. Ser hombre es otra cosa”. “Lo real me resulta increíble y remoto”. “El siempre primer día que hoy estreno”. “Así toda mi vida fue un fallido / esfuerzo por ponerlo todo en claro”. “Debemos ser formales, solemnes, decorosos; / siguiendo los carriles, crear libros y cuadros, / retratos que se pagan, poemas publicables; / disimular con formas sabias que estamos locos”. “Dios es lo más simple”. “El ibero que peca / de estar mal educado”. “No hay dignidad posible cuando uno ha visto tanto / y está triste, está triste, sencillamente triste”. “Te impones la alegría como un deber heroico”. “Hay músicas que invaden los repliegues secretos”. “Cualquier cosa que hagamos se carga de sentido”. “Vivimos de morirnos”. “Mi infancia me cuenta su mitología”.

viernes, 26 de mayo de 2017

Siete papas



Del teólogo Hans Küng, una de las mentes religiosas más notables del siglo XX, se acaba de publicar en la editorial Trotta el libro Siete papas, donde el célebre pensador suizo nos traslada sus impresiones y reflexiones sobre aquellos pontífices que han regido el Vaticano desde que él entró en el mundo de la religión. Haciendo alarde de una sinceridad que le honra, Küng admite que, además de introducir análisis objetivos acerca de estos dirigentes, también se ha dejado influir por sus emociones (“El hecho de que determinados papas salgan mejor parados que otros tiene que ver, por supuesto, con el hecho de que me resulten simpáticos o antipáticos. ¿Cómo podría ser de otro modo?”, p.12).
Así, nos dirá que Pío XII usó la devoción mariana “con sentido estratégico”, que fulminó el movimiento de los curas obreros franceses, que fue capaz de excomulgar en masa a todos los comunistas del mundo en 1949 mientras no movía un dedo para denunciar el nazismo (“Esto fue bastante más que un error político; fue todo un fracaso moral”, p.39)  y que, por todo eso, “este pontificado fue una verdadera tragedia cristiana, a pesar de todo su esplendor externo” (p.40). De Juan XXIII aseverará que fue “el papa más grande del siglo” (p.49), aunque le faltasen dotes de mando para eliminar a los sectores más retrógrados de la curia. Eso no obsta para que lo defina como “un papa que irradia amor cristiano en lugar de poder eclesiástico”. Por Pablo VI manifiesta sentir “simpatía personal”, pero no se le oculta que su papado tuvo “un comienzo esperanzador, un final más bien triste” (p.132). Sobre la inopinada muerte de Juan Pablo I (solamente se mantuvo en el cargo durante treinta y tres días) afirma: “A los curiales, a los que en parte conozco personalmente, los creo capaces de mucho, pero no de asesinar a un papa” (p.145). Cuando llega a la semblanza de su sucesor, Juan Pablo II, no duda en indicar que ha dejado “una nefasta herencia” (p.179) y que fue desde el principio un papa del Opus Dei, al que define como “Organización secreta católico-fascista con rasgos sectarios” (p.155). Algo después (p.199) nos dirá Hans Küng que el manipulador Joseph Ratzinger “hizo todo lo posible para encauzar la elección papal”, y el resultado fue evidente: salió elegido y optó por el nombre de Benedicto XVI. Era el triunfo de “el gran inquisidor y adversario de toda reforma de la Iglesia” (p.208) y de un hombre que habría de verse salpicado por “los escándalos de abusos sexuales a menores, que se extienden de continuo y a cuyo encubrimiento él mismo había contribuido” (p.247). Con las páginas que dedica a la “primavera vaticana” que supone la elección del actual papa, Francisco, quien representa “un signo de esperanza” (p.264), el teólogo Kans Küng cierra esta obra seria, profunda y controvertida, donde va mezclando consideraciones puramente teológicas con análisis humanos, meditaciones orgánicas y apuntes para la renovación del aparato de la Iglesia y su necesario saneamiento.
Nos encontramos, por tanto, con un volumen que resultará muy útil tanto a los especialistas como a los simples interesados en el devenir de los asuntos vaticanos en las últimas décadas, y que está escrito con tanto rigor en los términos como transparencia en la exposición. Nuevo acierto editorial del sello Trotta.