jueves, 14 de abril de 2016

Cada noche, cada noche



En los años que llevo leyendo sus libros, que ya son muchos, no recuerdo jamás haber experimentado la sensación de que Lola López Mondéjar se dejase llevar por la facilidad o por la complacencia. Al contrario, se ha exigido subir en cada obra un peldaño más arriba por el camino de la indagación psicoanalítica, del texto exigente, de la prosa exacta. Después de Mi amor desgraciado (2010) y de La primera vez que no te quiero (2013), que tenían mucha más arquitectura de novelas, publica ahora en el sello Siruela su texto Cada noche, cada noche, en el que circula por caminos más difíciles de etiquetar y donde se aproxima al mito de Lolita en unos términos muy interesantes: Dolores Schiller, la narradora, es una mujer que afronta a sus 57 años un grave problema de salud que la lleva a considerar muy seriamente la posibilidad del suicidio asistido, que desea ultimar en Suiza. Pero antes de abalanzarse por esa tortuosa opción necesita arrojar luz sobre una duda que la corroe: ¿fue su madre, Dolores Haze, la niña que sirvió como nínfula para satisfacer los deseos eróticos del depravado Humbert en la novela Lolita, de Vladimir Nabokov? ¿Proviene de una mujer que fue usada como objeto sexual por un pervertido, que la forzó durante dos años y que, además, ha merecido una extraña indulgencia intelectual después de su infamia? Gracias a las indicaciones que le desliza la princesa  Zolstowski, Dolores Schiller se entera de que Humbert sigue vivo. Y sin vacilar se desplaza hasta la localidad de Montreux, con el objeto de mantener varias entrevistas con el anciano, que le permitan reconstruir todo lo que pasó hace muchos años entre su madre y él.
Cuanto ocurre desde que comienzan a verse y a dialogar Dolores Schiller y el anciano pederasta tendrá que descubrirlo cada lector, pero conviene advertir a quienes decidan sumergirse en las páginas de este libro que la autora no les ofrecerá un texto de fácil intelección, sino unos párrafos profundos y exigentes, unos diálogos donde la mente tiene que esforzarse y donde conocer en profundidad la novela de Nabokov se antoja un requisito casi imprescindible para entender los matices y meandros intelectuales que Lola López Mondéjar le lanzará en sus páginas.
Se encontrará allí con historias de mujeres víctimas de abusos, quebrantadas por la enfermedad, preteridas por los varones que las rodean, silenciadas bajo la losa de mármol de los clichés. Y se le pedirá un esfuerzo enorme para rasgar el velo de los prejuicios y adentrarse en una zona anímica y social pantanosa por la que no resulta agradable deslizar los ojos y la mente.

Absténgase, pues, los lectores cómodos y quienes buscan en los libros jardines de Versalles. Lo que Lola López Mondéjar les pone delante es, como se lee en el inicio de La divina comedia, una selva oscura, en la que hay que penetrar con machete, tragando saliva y dispuestos a enfrentarse a las peores alimañas: las que los seres humanos llevamos dentro.

martes, 12 de abril de 2016

Gamiani o Dos noches de pasión



Provocar es un ejercicio que requiere muchas condiciones. No se trata sólo de ofender con palabras gruesas o con imágenes empapadas de grosería. Se trata de lanzar las pullas con puntería, con estilo y hasta con cierta gracia criminal. Cada uno a su particular manera, lo hicieron escritores como Borges, Umbral, Baroja o Cela. Y es, desde luego, lo que hace Alfred de Musset en las páginas de esta obrita que publica el sello Irreverentes y que tiene a tres personajes como ejes: Alcides (un hombre hambriento de sexo), la condesa Gamiani (experta en los ardides amorosos, centrados en su última etapa en las fricciones tribádicas) y la virginal Fanny (que aún no ha accedido al mundo del deleite, pero que muy pronto será ampliamente instruida por los anteriores).
La auténtica narración comienza cuando la condesa atrapa a Fanny con sus quelíceros amorosos, sin que la muchacha sea consciente del territorio al que está siendo conducida (“Hacían una pareja deliciosa de voluptuo­sidad, de gracia, de lúbrico abandono y tímido pudor. Podría decirse que había caído un ángel en los brazos de una bacante ebria”). A partir de entonces, y salpicando las abundantes y explícitas escenas de sexo, los protagonistas de la acción irán contándose cómo fueron sus primeras experiencias en el mundo del placer: en el caso de Alcides se vio sometido a una ensoñación sacrílega donde aparecían religiosas, símbolos sagrados y hasta algunos demonios (“Una monja desnuda, arrodillada, con la mirada dulcemente perdida como en éxtasis, recibía con mística unción la blanca hostia que le ofrecía en la punta de su tremendo hisopo un gran diablo con báculo y con mitra episcopal caída sobre una oreja”); la veterana Gamiani confiesa que su iniciación lésbica tuvo lugar con la madre superiora de un convento en el que fue acogida, quien le dijo que su primera experiencia sexual había sido con un orangután, prisionero en una jaula y que asomaba por entre los barrotes su miembro enhiesto, de tal suerte que la muchacha fue muy pronto “bestializada, desdoncellada y orangutanada”. Ella misma, la condesa Gamiani, tras ingresar en un convento y participar en sus prolijas orgías nocturnas, fue poseída por un asno.
Como se puede observar (ejem, quiero decir “leer”), el novelista galo no duda a la hora de ponerse estupendo y de cargar sus cañones literarios con toda la pólvora y metralla que cabe en su alma (en la suya y en la del cañón), hasta el extremo de que incluso los lectores menos melindrosos advertirán que muchas de las imágenes han sido elegidas brutal y ostentosamente con el fin de ofender.
Absténgase, por tanto, las personas sensibles. Saldrán heridas del combate.

domingo, 10 de abril de 2016

Huye sin mirar atrás



Es difícil escribir una buena novela juvenil, porque son numerosos los escollos que hay que evitar: el paternalismo, la gracieta, la moralina, el lenguaje ñoño, la estructura facilona, los clichés. Pero al caravaqueño Luis Leante lo que realmente le cuesta mucho trabajo es escribir mal. No hay forma. No le sale. De ahí que piezas como Huye sin mirar atrás no sólo sean espléndidas, sino que reciban el aplauso de críticos tan exigentes como Rosa Durán, Robert Saladrigas o Care Santos quienes, reunidos como jurado, le han otorgado el prestigioso premio Edebé del año 2016.
Si nos acercamos al aspecto argumental, la novela es muy sencilla: su protagonista es Enrique, un chico problemático cuyo padre era policía y murió en acto de servicio. Todos los traumas y duelos sin cerrar que se amontonan en su corazón lo han convertido en un muchacho rebelde, que se lleva fatal con su madre, que ha suspendido dos cursos, que tiene mala fama entre sus profesores y que descarga toda la adrenalina que puede practicando judo. Su vida, que no lleva camino de cambiar en los próximos años, entrará en una nueva fase cuando aparezca por su casa Carlos, un hombre atlético que se dedica a los negocios y que le ha alquilado a la madre una habitación durante quince días. Los problemas surgirán cuando Enrique descubra que el misterioso huésped no se llama Carlos y que tampoco se dedica a los negocios, sino que esconde una identidad y unas motivaciones mucho más inquietantes.
Descendiendo a un nivel más profundo, comprendemos que estamos ante una bildungsroman (y perdón por la pedantería) de soberbia factura, una bellísima novela de aprendizaje en la que todos los personajes descubren nuevas facetas de sí mismos, evolucionan y alcanzan un mayor grado de madurez. Y no hablo solamente de los protagonistas de menor edad, como Enrique o Teisa, sino también de los adultos: Héctor descubrirá que es posible luchar contra los fantasmas, y que las empresas que parecen insignificantes, arriesgadas o quijotescas pueden ser llevadas a buen puerto si perseveramos con fe; la madre de Enrique comprenderá que una vida no tiene por qué quedar resquebrajada después de un golpe traumático, sino que lo importante es sobreponerse, mirar hacia el futuro y descubrir la luz allí donde nos está esperando; Martín es la demostración viva de que quien busca un nuevo principio, lejos de su pasado, puede encontrar la felicidad... Todos los personajes de esta novela se enfrentan a sus particulares monstruos y han de combatir contra ellos para superar sus lágrimas y alzarse vencedores en la batalla. El universo (lo lamento, Coelho) no conspira para que nuestros sueños se cumplan: somos nosotros quienes debemos buscar la victoria a base de perseverancia, entusiasmo y coraje.

En mi libro La voz de los otros, publicado en 2006, escribí que Luis Leante tenía todas las condiciones para publicar en un sello de la categoría y prestigio de Alfaguara, y pocos meses después (2007) ganó el premio de novela que lo llevó hasta allí. Aventuraré ahora otra hipótesis desde esta página, con la ilusión de cosechar el mismo éxito predictivo: creo que el premio Nacional de Literatura no tardará en llegar a sus manos. Pocas personas lo merecen más que él en nuestro país. Lean Huye sin mirar atrás y quedarán convencidos.

viernes, 8 de abril de 2016

Diga treinta y tres



Las personas que, por nuestro trabajo, estamos obligados a tratar con una gran cantidad de personas (profesores, periodistas, abogados) atesoramos un buen caudal de anécdotas que revelan lo mejor y lo peor del espíritu humano: su ingenio, su estupidez, su sensibilidad, su estulticia. José Ignacio de Arana, que es doctor en Medicina y que ejerce como profesor de Pediatría en la universidad Complutense, ha tratado durante su larga trayectoria profesional a miles de pacientes y, como complemento de su trabajo en hospitales, consultas y atención domiciliaria, ha tenido la curiosidad de ir anotando un buen número de anécdotas relacionadas con su trabajo. Uno de sus frutos (que se titula Diga treinta y tres y que está publicado en la editorial Espasa) es memorable. El tomo lleva el subtítulo de “Las anécdotas más divertidas de las consultas médicas”, pero la verdad es que también quedan anotadas otras que bordean las fronteras de la tragedia (cuando habla del maltrato infantil entre las páginas 154 y 158, por citar un solo ejemplo).
Pero esta obra contiene, sobre todo, episodios propicios para la sonrisa y aun la carcajada, por la variedad e hilaridad de los acontecimientos que nos cuenta: aquel paciente que se puso a eructar aplicadamente ante el médico para que éste apreciara la intensidad y el vigor de sus flatulencias (p.38); la nota que le escribió Napoleón Bonaparte a Josefina, al volver de una batalla, con el fin de que la dama estuviera dispuesta para otros combates más eróticos (“Llego en tres días; no te laves”, p.56); el espasmo vaginal que sufrió una criada cuando fue sorprendida por su señora, mientras yacía con el esposo de ésta (p.144); etc.
Pero es que además aprendemos en este tomo algunas nociones básicas de Historia de la Medicina (como que el invento del estetoscopio se debió al pudor que asaltó a Teófilo Laennec cuando tuvo que auscultar a una dama; o la explicación científica de por qué los médicos nos piden que digamos “Treinta y tres” cuando nos colocan el fonendoscopio en el pecho).

En suma, estamos ante un libro agradable, sonriente y curioso, que podemos completar con otros del mismo autor, que inciden en temas similares (como sus espléndidas Historias curiosas de la Medicina) y que revelan la gracia de un fino observador y de un estilista elegante. Absténganse personas sin sentido del humor e hipocondríacos extremos.

miércoles, 6 de abril de 2016

La biblioteca de los libros perdidos



Sabemos que una de las máximas del buen lector, del lector fervoroso, es que ama los libros, y los frecuenta, y necesita tenerlos a escasa distancia de sus ojos y de sus manos; pero el crítico Stuart Kelly ha ido, si cabe, un poco más allá, y ha extendido su devoción y su análisis al conjunto de obras que jamás salieron de la pluma de sus autores, o a aquéllas a las que el azar, la ofuscación o la malicia privó de futuro. O dicho con pocas palabras: ha realizado una aproximación seria y detallada a las obras literarias que no existen, porque fueron quemadas, porque el novelista las perdió o porque el poeta decidió finalmente que no quería plasmarlas en el papel. Stuart Kelly es consciente de que “la historia entera de la literatura era también la historia de la pérdida de la literatura” (p.19), y que su intento de hablarnos de los libros que por ahora no existen (aunque algunos puedan aparecer en el futuro) es “un epitafio y una estela, una biblioteca hipotética y una elegía a lo que podría haber sido” (p.23).
¿Qué escándalos u oscuras revelaciones contenían las Memorias de lord Byron, para que fueran quemadas por su albacea, Thomas Moore? ¿Qué extraño ímpetu religioso motivó que Nikolai Gógol destruyera la 2ª y la 3ª partes de su obra Almas muertas, y que luego se dejara literalmente morir de hambre? ¿Cuál era el argumento de los Trabajos de amor ganados, de William Shakespeare, a los que engulló la sombra? Docenas de ejemplos de ese calibre pueblan las páginas de este volumen interesantísimo, que se lee en algunos tramos como una auténtica novela de misterio, que contiene notables informaciones históricas, biográficas y psicológicas, y que nos habla (sin someterse jamás a los dictámenes de la prosa plúmbea) de las debilidades, flaquezas, manías, traiciones, mezquindades y rarezas de algunos de los escritores más famosos de todos los tiempos.
La única lástima para un lector español es que se adentre tan poco en la historia de nuestros escritores: tan sólo Miguel de Cervantes merece la atención de Kelly, que podría haber extendido la nómina a algunas piezas perdidas de Lope de Vega, al ordenador portátil en el que Juan Manuel de Prada extravió una novela en avanzado estado de gestación y a otras curiosas noticias de nuestras letras.

Pero independientemente de esas observaciones (que ni siquiera llegan a ser quejas, porque la Gran Literatura carece siempre de nacionalidad y hasta de idioma) lo cierto es que La biblioteca de los libros perdidos (publicada por la editorial Paidós gracias a la traducción de Miguel Candel y Marta Pino) se erige como la obra deliciosa y enciclopédica de alguien que refresca nuestro amor por los libros, alma de tinta de la Humanidad.

lunes, 4 de abril de 2016

El hombre del salto



Imaginen a un hombre que, cubierto de polvo y vidrios, tambaleante y confuso, emerge de las ruinas del World Trade Center. Ese hombre se llama Keith y lleva en la mano un maletín que no es suyo. Sus pasos, sin que él lo planee de forma consciente, lo encaminan hacia la casa de Lianne. Ella es su esposa, aunque lo cierto es que llevan algún tiempo separados. Al abrirle la puerta, la mujer comprende que debe dejarlo pasar; y que debe dejar también que se quede durante un tiempo. Sus ojos reflejan el horror, la estupefacción, el abismo. Justin, el hijo del matrimonio, no se encuentra allí en esos momentos y ha podido librarse del espectáculo abominable del 11-S. Durante unos días eternos, lagunosos, descentrados, Keith estudia su vida (es jugador profesional de póker), los tibios escombros de su matrimonio, su propio pasmo. Y comprende que debe volver a la normalidad ejecutando actos que regulen sus horas.
La primera decisión consiste en devolver el maletín a su auténtica dueña, quien resulta ser (lo lee en el interior) una tal Florence Givens, una mujer también zarandeada por la irrupción del terrorismo islámico. Cuando Keith acude a su casa y le entrega el maletín se inicia una terapia de desahogo, comunicación y finalmente sexo, que a ambos los sorprende. Y como telón de fondo para esta y otras historias del libro, la figura enigmática de David Janiak, el Hombre del Salto, una especie de showman apocalíptico o desquiciado que colorea de tragedia la tragedia y que sirve de metáfora para su tiempo.
Don DeLillo, escritor nacido en 1936 y famoso tanto por sus novelas como por sus ensayos, está considerado uno de los baluartes más firmes de la actual narrativa norteamericana, y ha intentado en esta obra dar su aproximación a la tragedia nacional que supuso el ataque terrorista islámico a las famosas Torres Gemelas. Así, las referencias a “los aviones” y a “las torres” son constantes en boca de todos los personajes de la novela, que se mueven entre el desconcierto, el pavor y la necesidad de entender, al menos en sus líneas generales, lo que les está pasando.

Un mundo que se desmorona es difícil de describir, y por eso el lenguaje de esta novela (y los dibujos psicológicos que trata de presentar) se mueve por los cauces de lo inefable. Si la experiencia amorosa y la experiencia no admiten traducción a palabras, algo similar puede pregonarse de la experiencia cataclísmica. Una obra para la reflexión.

sábado, 2 de abril de 2016

La gaviota



Cuatro prodigiosas figuras centran la columna vertebral de La gaviota, de Antón Chéjov: la primera es Irina Arkádina, una actriz de 43 años y fama pretérita, que actualmente vive más apartada del mundillo escénico, instalada en el olimpo de las leyendas vivas; la segunda es su hijo, el temperamental Konstantin Treplev, joven de 25 que se obstina en escribir unas obras de teatro que no provocan sino la burla entre sus allegados, por lo innovador de su textura; la tercera es Nina, una muchacha ingenua que terminará abandonando su confortable vida para lanzarse a la aventura de convertirse en actriz, un experimento que le deparará más amarguras que éxitos; la cuarta es Trigorin, un dramaturgo que es respetado cada día más por los críticos y por los espectadores… 
Como se puede ver, el juego de las cuatro personalidades no puede ser más explosivo: una actriz que se retira y una que empieza; un dramaturgo que fracasa y otro que triunfa. Con esa ardua combinación de caracteres, Antón Chéjov nos llevará de la mano hasta una zona de conflictos muy agria, en la que chirrían entre sí los egos y brotan inquinas, envidias y malas vibraciones, que consiguen despertar en ellos a las bestias que nos esforzamos siempre en esconder en nuestro interior para que no salgan con demasiada virulencia a la superficie. Sutil y profundo, como siempre, el dramaturgo de Taganrog nos coloca ante una serie de movimientos escénicos en apariencia muy sencillos, pero que revelan su carga emocional y simbólica en estratos más profundos, allí donde el alma humana no dispone de disfraces con los que poderse camuflar. El argentino Julio Cortázar lamentaba en uno de sus libros la ruina de toda existencia con palabras que sin duda hubiera firmado el ruso: “Es la conclusión inevitable, haber querido tanto de la vida, buscarle todo su sentido, y descubrir que vamos derecho a un montón de fósforos quemados” (Libro de Manuel).
Los personajes de Antón Chéjov se aproximan a esa certidumbre desde las laderas aparentemente enfrentadas (pero en el fondo complementarias) del triunfo y del fracaso, porque ambos accidentes vitales se acaban resumiendo en la nada triste del apagamiento.