miércoles, 16 de febrero de 2011

La muerte del león




Hay narradores que atraen irresistiblemente por la forma en que escriben sus obras, plenos de exactitud y belleza (Antonio Muñoz Molina); otros, que nos seducen con el fulgor imaginativo que despliegan y con la condición casi glotona de sus adjetivaciones y períodos oracionales (Gabriel García Márquez); otros, que nos imantan con el lirismo incesante de sus páginas (Paco Umbral)... Y hay otra estirpe de escritores, más misteriosa y recóndita, que hacen de la contención un bisturí, y del estilo una seca maniobra expresiva. En este grupo podríamos encuadrar a gentes tan diversas como Faulkner, Hemingway o Henry James.

Precisamente hoy me apetece hablar del último de ellos, por su volumen La muerte del león, una pieza que no alcanza las dimensiones físicas ni la exquisitez de otros volúmenes suyos (Los papeles de Aspern, Otra vuelta de tuerca...) pero que presenta una interesante muestra de sus recursos literarios. Aquí, como en otras obras del neoyorkino (que terminó nacionalizándose inglés al final de su vida), James hace gala de una música verbal muy escondida, muy difusa, que apenas se atreve a salir a la superficie, y que queda supeditada a la finura incisiva de su semántica. Su protagonista es Neil Paraday, un escritor que, cuando ya atesora una edad más bien avanzada, alcanza la celebridad y se ve envuelto en una vorágine de índole social que lo aturulla: damas de buena posición que quieren contar con él en sus fiestas, admiradoras que pretenden conseguir su autógrafo por el mero gusto de tenerlo... Paraday no sabe de su asombro, y su timidez se exacerba hasta el punto de que tiene que refugiarse en los brazos de un joven periodista que tiene que actuar como "escudo humano" ante todas las asechanzas que lo circundan. Al fin, harto de insensateces y con la salud gravemente quebrantada, termina muriendo, mientras su siguiente obra queda inédita.

Henry James nos traslada en este relato una honda reflexión sobre la estupidez de nuestro tiempo (de su tiempo, que inauguraba el nuestro), que trata de convertir al intelectual en una atracción de feria, en un monstruo de barraca, equiparable a un malabarista, una mujer barbuda o un cantante popular: alguien al que se acosa, al que se mira con estupefacción y con gesto sonriente, mientras le pedimos que nos haga una de sus monerías, para aplaudirle y pedirle que nos firme en una hoja de papel. Tal vez la gran pregunta que queda flotando al final de esta novela es: ¿qué escribió realmente Neil Paraday en su siguiente obra? ¿Con qué argumento, con qué personajes, con qué estructura narrativa iba a responder al mundo, frente a su fama hiperbólica e indeseada? Henry James, tan irónico como amable, nos deja que lo imaginemos nosotros mismos.

domingo, 13 de febrero de 2011

La música que llevaba



Hay personas que, por azares misteriosos del Destino, desaparecen durante un cierto tiempo de nuestra atención y que después, por otros azares no menos peculiares, vuelven al primer plano de la actualidad accidentalmente. Es el caso de José Moreno Villa, poeta vinculado a la generación del 27. Durante décadas se le ha regalado la grisura del anonimato o la misericordia de incluirlo en listas larguísimas, casi siempre estériles, donde su nombre embarrancaba entre otros y se diluía en la niebla. Ni siquiera el título de uno solo de sus libros resultaba rescatado de ese naufragio triste (¿alguien recuerda haber leído una obra de Moreno Villa, o que se lo mencionasen durante el bachillerato o la universidad?), probablemente porque le cupo el honor de compartir época y grupo con Federico García Lorca, Vicente Aleixandre, Luis Cernuda o Pedro Salinas; y los genios, ya se sabe, calcinan por comparación a cuantos les rodean. En fecha reciente se ha producido, eso sí, una cierta recuperación de su figura al elegirlo Antonio Muñoz Molina para ser uno de los personajes de su gloriosa novela La noche de los tiempos. Pero el olvido, de inmediato, lo ha vuelto a contaminar con su ceniza.
Don José Moreno Villa (1887-1955) no fue desde luego un genio, pero sí un poeta voluntarioso y que alcanzó a componer algunos textos de notable interés. La demostración nos la ha puesto ante los ojos el profesor Juan Cano Ballesta en la editorial Cátedra, donde se ha publicado una antología lírica suya bajo el rótulo La música que llevaba. Allí, a lo largo de cuatrocientas páginas, se nos desgrana la trayectoria de este poeta, autor de versos machadianos con alma aforística («Yo me entregué a meditar, / y es posible que se deforme / el mundo con el pensar»); sonetos de meritoria factura y no mala resolución (como el titulado Afán de nitidez); contundentes poemas fechados durante la guerra civil, donde elogia la firmeza del miliciano (El hombre del momento), se queja de la poca ayuda internacional que recibe la república española (Madrid y sus enemigos) o llora por la iniquidad de los bombardeos (El avión nocturno); textos de graciosa musicalidad, que podrían aparecer en cualquier antología destinada a niños (Canción de muchacha); o pequeñas composiciones donde se consigue un ritmo alígero y donde la sensualidad y la sonrisa se rozan («A la cavidad de mis manos / se ajustan tus senos; / medida exacta, / según los griegos»).
Pero hay muchas más cosas interesantes en esta selección de versos. Hay, por ejemplo, poemas donde el escritor extrae de un episodio cultural arrasadoras conclusiones, quizá no visibles a primera vista («Al tercer hombre, Abel, lo mató ya el segundo. / Cada tres hombres, un criminal y una víctima. / Ésta será la ley del mundo»); hay otros donde pone de manifiesto la triste lucidez atemporal de las personas más inteligentes («Hay un cartucho de nociones raquíticas / para cada generación»); y otros, en fin, en los que diseña metáforas muy sólidas («Alegría y dolor, atletas enemigos», indica en la página 114). No obstante, también se pueden detectar en sus líneas algunas chanzas juguetonas o malévolas, casi invisibles, como ocurre en el poema Unidad en lo gris, donde imaginamos a Moreno Villa sonriendo mientras hace rimar «académicos» con «esquizofrénicos». ¿Todo es aprovechable y valioso en los versos de Moreno Villa? Desde luego que no. Afirmar lo contrario sería un sinsentido y una falacia. La historia de la literatura, que puede incorporar ocasionales mimbres de arbitrariedad pero que se construye sobre cimientos razonables, lo desplazó con justicia al segundo escalón del 27, junto a Prados, Garfias o Altolaguirre. Pero aun así ostenta brillos que no merecen ni nuestro desdén ni nuestra amnesia. Muchos poemas de Bécquer, Antonio Machado o Rafael Alberti podrían ser olvidados sin grave perjuicio para la cultura española (por más que algunos talibanes de la lírica —que los hay— se rasguen las vestiduras o se mesen los cabellos ante mi afirmación) y muchos poemas de Moreno Villa sobrevivirían en una criba imparcial. Leamos, pues, esta antología de un modo honesto y desprejuiciado, para situar al vate malagueño en el lugar justo que le corresponde: en el olimpo de los poetas medianos pero dignos.

martes, 8 de febrero de 2011

Polvo eres



Nieves Concostrina es una periodista que, utilizando la prensa escrita y, sobre todo, las ondas de Radio Nacional de España, ha popularizado docenas de anécdotas mortuorias de todo el mundo. Ahora, en La Esfera de los Libros, podemos encontrar el volumen Polvo eres, donde muchas de esas jugosas historias alcanzan la perennidad de la letra impresa. Y, además, lo hace con desenvoltura irónica y con un gran despliegue de datos, que mezclan lo histórico, lo psicológico y hasta lo humorístico, sin que jamás se permita la avilantez de incurrir en la grosería o lo chabacano. ¿Y qué podemos encontrar en este volumen?

Pues podemos descubrir, por ejemplo, y ciñéndonos solamente al caso de España, que ha habido un buen número de gobernantes (desde Felipe II hasta Franco) interesadísimos por rodearse de reliquias; o que el cadáver de algunos de nuestros escritores más ilustres no se sabe dónde está (por ejemplo, Calderón de la Barca, cuyos restos se ocultaron tan bien durante la guerra civil de 1936 que no ha vuelto a saberse nada de ellos); o que los despojos de san Juan de la Cruz fueron trasladados en una maleta para cambiarlos de ubicación; o que los investigadores aún se preguntan dónde están los restos del Gran Capitán.

Y si salimos fuera de nuestro país, las anécdotas se multiplican por miles. Así, Nieves Concostrina nos cuenta que la sepultura de Gengis Khan sigue sin ser encontrada, pese a los esfuerzos de los arqueólogos y los profanadores de tumbas; que las cenizas del filósofo Herbert Marcuse permanecieron durante 24 años en la estantería de la funeraria que lo incineró, porque nadie de la familia las reclamó durante ese tiempo; o que los responsables del cementerio parisino de Père Lachaise están francamente hartos de los actos vandálicos que cometen los seguidores de Jim Morrison, que acuden a rendirle culto a su ídolo musical.

¿Y qué sensación nos queda cuando nos enteramos de que la autopsia que se le practicó a Napoleón Bonaparte reveló que su pene medía dos centímetros y medio, en tanto que el de Rasputín alcanzaba los veintiséis? ¿Y cuál no será nuestra sorpresa al enterarnos de que el cadáver de Charles Chaplin fue secuestrado, y se pidió por él una cantidad que superaba el medio millón de dólares? ¿O que Hugh Hefner, el fundador de la revista Playboy, pagó una auténtica fortuna por el nicho que está al lado del de Marilyn Monroe, para reposar junto a ella durante toda la eternidad? ¿O que Walt Disney, a pesar del extendido rumor, no está congelado, sino que fue incinerado?

Pues centenares de anécdota de esa índole, ilustradas con elegancia por Gema Vilches, se alinean en este libro, auténtico placer para los degustadores de la prosa más ágil, del humor y del desenfado, que hará las delicias de cualquier lector.

domingo, 6 de febrero de 2011

La biblioteca de los muertos



Imagínese por un momento la siguiente escena: usted se levanta, se asea, desayuna, acude con normalidad a su trabajo y, acabada la jornada laboral, vuelve a casa. En ese instante, como otro capítulo de su rutina diaria, abre el buzón y extrae la correspondencia. Hasta ahí no hay nada anómalo, nada que deba llamarle la atención o preocuparle. Pero supongamos ahora que entre los habituales folletos comerciales y las cartas frías de su banco o caja de ahorros hay una postal. No lleva remitente y su mensaje es tan enigmático como conciso: el dibujo de un ataúd y una fecha que está a punto de llegar. ¿Se trata de una broma de mal gusto? ¿De un vaticinio macabro? ¿De una campaña publicitaria de lo más agresiva? Usted no lo sabe, como tampoco lo saben los primeros protagonistas de esta novela de Glenn Cooper, que ha traducido Sergio Lledó y puesto en circulación la editorial Grijalbo. Pero el caso es que, uno a uno, todos van muriendo de forma implacable: en un asalto a su hogar, en un robo callejero... o simplemente porque sí, sin que ninguna causa aparente provoque su fallecimiento.
La prensa (estamos en Nueva York, en 2009) bautiza el caso como Juicio Final y el FBI encomienda su resolución a dos agentes absolutamente opuestos: de un lado, el veteranísimo Will Piper, un experto en asesinos en serie que, desde hace unos años, vive inmerso en una grave crisis personal (problemas con su ex-mujer, relación no demasiado fluida con su hija, abuso del alcohol); del otro, la joven Nancy Lipinski, una novata que admira la trayectoria de Piper pero que es partidaria de unos métodos de trabajo menos abruptos. La única pista de la que disponen es tan clara como desconcertante: nada vincula unos crímenes con otros. Ni el lugar, ni el arma utilizada, ni el procedimiento. Y aunque llegan a proteger personalmente a uno de los amenazados, éste muere sin aparentes signos externos de violencia.
Retrocedamos ahora seis décadas. El presidente de Estados Unidos (Harry Truman) y el primer ministro británico (Winston Churchill) mantienen una reunión secreta en 1947, después de la cual se aísla un territorio al sur de Nevada, que pasa a ser conocido como Área 51. ¿Qué se oculta tan celosamente en aquella base militar? ¿Cuál es el importante secreto que el gobierno norteamericano quiere preservar allí? Según una conocida leyenda urbana, en uno de sus hangares se guardan los restos de un supuesto ovni localizado en Roswell...
Retrocedamos ahora siete siglos. Estamos en la abadía de Vectis, en Bretaña, donde han acogido a un chico taciturno cuyo nombre es Octavus y que tiene un origen inquietante: es el séptimo hijo de un séptimo hijo. Además, sin que nadie parezca haberle enseñado, el muchacho domina el arte de la escritura. Y lo que anota en los pliegos provoca escalofríos en los monjes que lo protegen, quienes comienzan a tener claro que deben custodiar su asombroso secreto.

Con esta novela de Glenn Cooper volvemos a encontrarnos con el viejo interrogante que se plantean periódicamente ciertos críticos: ¿puede ser buena una obra que vende más de un millón de ejemplares en todo el mundo? Y mi respuesta es y siempre será la misma: depende. Veinte poemas de amor y una canción desesperada supera ese número de ventas y es maravillosa. El quinto evangelio, de Philipp Vandenberg, es una majadería, aunque también se vendiera de forma más bien estrepitosa. La biblioteca de los muertos, salvo un par de secuencias tediosas, que se desarrollan en un casino, es un libro ágil, dinámico e interesante, que se puede leer con agrado y que incluso nos puede conducir a meditaciones más o menos profundas sobre la muerte o sobre el destino de los seres humanos. ¿Que don Pedro Calderón de la Barca y otros muchos escritores metidos a teólogos ya han abordado esos mismos temas? Vale, pues léase entonces sus obras. Es libre de hacerlo. Lo que no es razonable es apedrear al escritor norteamericano por haber escrito una novela imaginativa, destinada tan sólo a la distracción de sus lectores. Miguel de Unamuno, nada sospechoso de analfabetismo, abominaba de Calderón llamándolo «gongorino insufrible». Con Glenn Cooper les aseguro que no bostezarán.

martes, 1 de febrero de 2011

Historia torcida de la literatura



El historiador y librero Javier Traité acaba de publicar en Principal de los Libros un volumen irreverente donde habla sobre muchos de los grandes escritores de todos los tiempos. Y lo ha hecho de una forma que, sin duda, llamará la atención de los lectores: saliéndose de los cauces habituales de la crítica y meándose en la corrección. Que nadie espere en esta obra ningún tipo de juicio erudito, ni interpretaciones dignas de escucharse en una cátedra, ni dictámenes marmóreos. Lo que hay aquí, chorreando en cada página, es la opinión subjetiva de un tipo que ha leído como un hijoputa y que sabe de lo que está hablando. Es más de lo que puede pregonarse de la mitad de los docentes de este país (en colegios, institutos o universidad).
De ahí que, ejerciendo su legítimo derecho a la desinhibición, Javier Traité nos ofrezca un repaso memorable a la historia de los escritores y de las obras amparándose en una idea básica («Me atrinchero en mi opinión de que las vidas de los escritores fundamentales de la historia han sido de un golferismo y una alegría capitales, muy por encima de la media común de los mortales. Pero estas cosas suelen desaparecer de los libros de texto, y entonces todos crecemos con la idea de que un escritor es un personaje aburridísimo que sólo divaga en cientos de páginas que dan sueño y, por consiguiente, lo mejor que se puede leer es El Ocho», páginas 244-245) y que, manejando los datos que ha recopilado en sus numerosísimas lecturas, nos explique que Ovidio escribió «el primer manual de autoayuda de la Historia» (página 41); que Dante era un tostón (página 66); que Maquiavelo «tenía una cara de cabrón que no podía con ella» (página 77); que cuando un niño marroquí nos roba la cartera, en realidad le está haciendo un homenaje al Lazarillo de Tormes (página 90); que el célebre Cuento de Navidad de Charles Dickens «es, posiblemente, el mayor pastel de la historia de la literatura» (página 227); o que Albert Camus podría ser designado como «el James Dean de las letras francesas» (página 330). Si le añadimos los comentarios que realiza sobre la inflación de franquismo y guerracivilismo que nos acecha desde hace años en las mesas de las librerías (una disertación de gran inteligencia, que puede leerse entre las páginas 309 y 312 del tomo y que comparto letra a letra), tendremos motivos más que suficientes como para abrir este tomo y disfrutar con su lectura.

Yo ya leía cuando los padres de Javier Traité decidieron traerlo al mundo; empecé a hacer reseñas de libros para la prensa murciana cuando él estaba preparándose para la primera comunión; e inicié mi trabajo como profesor de literatura cuando él apenas soñaba con acabar la EGB. Es decir, que no me falta una cierta experiencia en esto de los libros y la enseñanza. Y puedo decir una cosa: si nos atenemos a su condición de libro-imán (un libro que busca enamorar a otras personas con las bondades, el humor y los buenos ratos que la literatura puede depararnos), este hombre ha escrito simplemente el volumen más cojonudo que he leído en toda mi vida. Y no me quiero comedir ni un ápice a la hora de manifestarlo, porque le haría un flaco favor a la verdad. Afirma el autor en el prólogo que tratar de convencer a los demás de que leer es maravilloso revela una actitud “proselitista y peligrosa”, de la que en ocasiones conviene abstenerse. Pues bien, él ha resuelto la cuestión haciendo que los lectores miremos los grandes monumentos de la historia literaria desde otro lado. No desde la atalaya de la seriedad, el almidón o los arquetipos platónicos, sino desde la ladera del humor, la sencillez y la llaneza. Explicó una vez el gran Federico García Lorca que un poeta es un pulso herido que ronda las cosas desde el otro lado. Quizá el mejor crítico sea también el que sabe ofrecernos una mirada nueva y nos convence por la vía de la mostración. Me habría encantado tener a Jaiver Traité como profesor de literatura. Principal de los Libros ha dado en el clavo con esta publicación.

jueves, 27 de enero de 2011

Zoo o Cartas de no amor




Suele decirse que la forma más enfática y más evidente de poner de manifiesto una palabra es no usarla nunca. Y ésa parece ser una de las luces que orienta la prosa de Viktor Shklovski en su obra Zoo o Cartas de no amor, que nos ofrece la editorial barcelonesa Ático de los Libros gracias a la traducción de Yulia Dobrovolskaya y José María Muñoz Rovira.

Enamorado de la escritora Elsa Triolet (que fue pareja de Maiakovski, estuvo casada con Louis Aragon, luchó contra los nazis en la Resistencia francesa y obtuvo el premio Goncourt), Shklovski se obstinaba en escribirle cartas; pero ella, no menos obstinada, le prohibió que en ellas le hablase de amor. El resultado son ciento sesenta páginas donde el escritor habla del exilio, de la revolución rusa, de las costumbres berlinesas, de moda (a Viktor no le gustan los pantalones con raya), de la chocante historia de amor entre el japonés Taratsuki y la rusa Masha, del motor del coche Hispano-Suiza, de las locuras de don Quijote, de las bellezas de Haití, de las casas prefabricadas o de las pipas, generando en los lectores una sensación chocante de vademécum o de desván que, no obstante, tiene su sentido: no hablando de amor, Shklovski habla constantemente de amor, porque le deja bien claro a Elsa (llamada Alia en este libro) que cualquier cosa que mire la está mirando para ella, que cualquier cosa que describa la está describiendo para ella. Imposible no pensar en novelas como Mrs. Caldwell habla con su hijo, del gallego Camilo José Cela, que indaga en los mismos procedimientos psicológicos y literarios. En realidad, más que un libro de declaraciones, éste es un libro de gravitaciones: Elsa/Alia está aleteando en cada adjetivo que Shklovski maneja, en cada sustantivo que incorpora a la página, en cada verbo que despliega.

Añádanse a estos primores la aparición comentada de algunos personajes célebres de su tiempo (Boris Pasternak, Marina Tsvetaieva, Marc Chagall, Roman Jakobson), algunos aforismos que hubieran hecho las delicias de Ramón Gómez de la Serna («En una tienda, las mujeres flirtean con la ropa», p.73) y bastantes frases para la reflexión («Todas las palabras hermosas están exhaustas», p.11; «Nos comportamos como locos en este mundo, para ser libres», p.53; «Sin palabras uno jamás llega al fondo de las cosas», p.87; «Si un coche no pesa, tampoco se mueve. Es el peso lo que permite a sus ruedas agarrarse al asfalto», p.131; etc.), y pronto nos daremos cuenta de que tenemos entre las manos un volumen bien singular y bien digno de lectura. Los editores de Ático de los Libros han acertado plenamente con la elección de esta obra para los lectores españoles.

sábado, 22 de enero de 2011

Veintiséis historias que no vienen a cuento




Hay quienes consideran que los talleres literarios carecen de sentido, pues estiman que la capacidad de expresarse estéticamente no puede ser aprendida. Quien anhele escribir —aducen— no precisa más que atesorar muchas lecturas y disponer de algo que decir. El resto es voluntad, práctica y trabajo. La mayoría de las mujeres (lo pregonó Camilo José Cela) ignoran escrupulosamente todo lo que tiene que ver con la ginecología y la obstetricia; y luego tienen unos hijos que da gusto verlos. Además, no consta que Cervantes, Proust o Tolstoi asistiesen jamás a ninguna clase donde se enseñara a redactar novelas, y son considerados auténticas cumbres del género.
Todo eso, sin duda, es verdad. Pero no toda la verdad. Escribir novela o cuento (no sé si poesía: en ese terreno no me aventuraré) comporta inequívocamente una técnica. O mejor: unas técnicas. Y la función que cumplen ahí los talleres literarios radica en mostrar esas técnicas a sus alumnos: explicarles los diferentes tipos de narradores posibles, hacerles ver cómo se elige un punto de vista u otro, como se jerarquizan estos o aquellos episodios, de qué manera se construye una armazón argumental... Y después —y en esto, imagino, volveremos a estar todos de acuerdo— ya es el talento individual el que determinará quiénes lo hacen bien y quiénes jamás accederán a las mieles de la excelencia.
En la ciudad de Murcia —en concreto, en las dependencias de la Biblioteca Regional— se han venido celebrando durante los últimos tiempos unos talleres que reunían a todo tipo de personas interesadas en el mundo de la escritura, bajo la coordinación de Lola López Mondéjar: psicólogos, profesores, publicistas, periodistas, abogados, ingenieros, biólogos, historiadores, educadores sociales, informáticos... Hombres y mujeres a quienes unen dos vínculos igual de intensos: la humildad y el amor a la literatura. Como reflejo de esa doble intensidad admirable surgieron un buen montón de relatos, de los que la editorial Tres Fronteras ha ofrecido una cuidada selección bajo el sugerente título de Veintiséis historias que no vienen a cuento. Y las propuestas que nos muestran sus autores son tan variadas como atractivas.
Antonia Miranda nos lanza en el cuento De cómo Herminia Luján Pallarés se convirtió en una cerda una asombrosa historia que, participando de una mutación de índole kafkiana, incorpora el humor como ingrediente principal. Leandro Llamas construye en De once varas un relato de originalidad manifiesta, donde se nos muestran los pensamientos, reflexiones y actitudes de una camisa que, tras un largo proceso de elección de hombre en el que posarse, termina encontrando un final de velada más que sorprendente. Eduardo Carrasco explora en El entierro de King las posibilidades irónicas que encierra la decisión de un matrimonio de jubilados británicos que viven en España de enterrar solemnemente a su perro. Y cómo un carpintero aficionado a las saetas (don Julián) puede contribuir a la culminación del acto. Juan Francisco García Saorín nos cuenta con asombrosa pericia la historia de María, una enfermera que, para ganar un dinero extra que le hace mucha falta, se dedica al tráfico de órganos de manera ocasional. Lo que no entraba en sus cálculos es que el día de su cumpleaños iba a recibir en casa, sin desearlas, unas visitas más que sorprendentes. El relato se titula Leyenda urbana y les aseguro que es perfecto en su ejecución. El cuchillo, de Ginés Alcántara, es una pieza memorable sobre el desasosiego y la intimidación, escrita con maestría. La culpa no fue del cha cha cha, compuesto por María Jesús Benedicte, es un breve episodio donde vemos la relación entre una madre olvidadiza y su hija que vive en Liverpool. Rubén Muñoz consigue en Mi hermano Aurelio una pequeña joyita, con un aire entre Quim Monzó y Juan José Millás, muy sabiamente mezclados. Ángel Berruezo nos propone en sus páginas una pesadilla cíclica, bautizada como Otra oportunidad...Y así hasta veintiséis narradores, veintiséis voces masculinas y femeninas que velan en muchos casos sus primeras armas en el mundo del relato corto y que obtienen resultados más que sorprendentes. Si quieren ustedes conocer lo que se está cociendo en la más reciente literatura murciana, les aconsejo que se den un paseo por las páginas de este libro: les llamará la atención.