domingo, 6 de febrero de 2011

La biblioteca de los muertos



Imagínese por un momento la siguiente escena: usted se levanta, se asea, desayuna, acude con normalidad a su trabajo y, acabada la jornada laboral, vuelve a casa. En ese instante, como otro capítulo de su rutina diaria, abre el buzón y extrae la correspondencia. Hasta ahí no hay nada anómalo, nada que deba llamarle la atención o preocuparle. Pero supongamos ahora que entre los habituales folletos comerciales y las cartas frías de su banco o caja de ahorros hay una postal. No lleva remitente y su mensaje es tan enigmático como conciso: el dibujo de un ataúd y una fecha que está a punto de llegar. ¿Se trata de una broma de mal gusto? ¿De un vaticinio macabro? ¿De una campaña publicitaria de lo más agresiva? Usted no lo sabe, como tampoco lo saben los primeros protagonistas de esta novela de Glenn Cooper, que ha traducido Sergio Lledó y puesto en circulación la editorial Grijalbo. Pero el caso es que, uno a uno, todos van muriendo de forma implacable: en un asalto a su hogar, en un robo callejero... o simplemente porque sí, sin que ninguna causa aparente provoque su fallecimiento.
La prensa (estamos en Nueva York, en 2009) bautiza el caso como Juicio Final y el FBI encomienda su resolución a dos agentes absolutamente opuestos: de un lado, el veteranísimo Will Piper, un experto en asesinos en serie que, desde hace unos años, vive inmerso en una grave crisis personal (problemas con su ex-mujer, relación no demasiado fluida con su hija, abuso del alcohol); del otro, la joven Nancy Lipinski, una novata que admira la trayectoria de Piper pero que es partidaria de unos métodos de trabajo menos abruptos. La única pista de la que disponen es tan clara como desconcertante: nada vincula unos crímenes con otros. Ni el lugar, ni el arma utilizada, ni el procedimiento. Y aunque llegan a proteger personalmente a uno de los amenazados, éste muere sin aparentes signos externos de violencia.
Retrocedamos ahora seis décadas. El presidente de Estados Unidos (Harry Truman) y el primer ministro británico (Winston Churchill) mantienen una reunión secreta en 1947, después de la cual se aísla un territorio al sur de Nevada, que pasa a ser conocido como Área 51. ¿Qué se oculta tan celosamente en aquella base militar? ¿Cuál es el importante secreto que el gobierno norteamericano quiere preservar allí? Según una conocida leyenda urbana, en uno de sus hangares se guardan los restos de un supuesto ovni localizado en Roswell...
Retrocedamos ahora siete siglos. Estamos en la abadía de Vectis, en Bretaña, donde han acogido a un chico taciturno cuyo nombre es Octavus y que tiene un origen inquietante: es el séptimo hijo de un séptimo hijo. Además, sin que nadie parezca haberle enseñado, el muchacho domina el arte de la escritura. Y lo que anota en los pliegos provoca escalofríos en los monjes que lo protegen, quienes comienzan a tener claro que deben custodiar su asombroso secreto.

Con esta novela de Glenn Cooper volvemos a encontrarnos con el viejo interrogante que se plantean periódicamente ciertos críticos: ¿puede ser buena una obra que vende más de un millón de ejemplares en todo el mundo? Y mi respuesta es y siempre será la misma: depende. Veinte poemas de amor y una canción desesperada supera ese número de ventas y es maravillosa. El quinto evangelio, de Philipp Vandenberg, es una majadería, aunque también se vendiera de forma más bien estrepitosa. La biblioteca de los muertos, salvo un par de secuencias tediosas, que se desarrollan en un casino, es un libro ágil, dinámico e interesante, que se puede leer con agrado y que incluso nos puede conducir a meditaciones más o menos profundas sobre la muerte o sobre el destino de los seres humanos. ¿Que don Pedro Calderón de la Barca y otros muchos escritores metidos a teólogos ya han abordado esos mismos temas? Vale, pues léase entonces sus obras. Es libre de hacerlo. Lo que no es razonable es apedrear al escritor norteamericano por haber escrito una novela imaginativa, destinada tan sólo a la distracción de sus lectores. Miguel de Unamuno, nada sospechoso de analfabetismo, abominaba de Calderón llamándolo «gongorino insufrible». Con Glenn Cooper les aseguro que no bostezarán.

martes, 1 de febrero de 2011

Historia torcida de la literatura



El historiador y librero Javier Traité acaba de publicar en Principal de los Libros un volumen irreverente donde habla sobre muchos de los grandes escritores de todos los tiempos. Y lo ha hecho de una forma que, sin duda, llamará la atención de los lectores: saliéndose de los cauces habituales de la crítica y meándose en la corrección. Que nadie espere en esta obra ningún tipo de juicio erudito, ni interpretaciones dignas de escucharse en una cátedra, ni dictámenes marmóreos. Lo que hay aquí, chorreando en cada página, es la opinión subjetiva de un tipo que ha leído como un hijoputa y que sabe de lo que está hablando. Es más de lo que puede pregonarse de la mitad de los docentes de este país (en colegios, institutos o universidad).
De ahí que, ejerciendo su legítimo derecho a la desinhibición, Javier Traité nos ofrezca un repaso memorable a la historia de los escritores y de las obras amparándose en una idea básica («Me atrinchero en mi opinión de que las vidas de los escritores fundamentales de la historia han sido de un golferismo y una alegría capitales, muy por encima de la media común de los mortales. Pero estas cosas suelen desaparecer de los libros de texto, y entonces todos crecemos con la idea de que un escritor es un personaje aburridísimo que sólo divaga en cientos de páginas que dan sueño y, por consiguiente, lo mejor que se puede leer es El Ocho», páginas 244-245) y que, manejando los datos que ha recopilado en sus numerosísimas lecturas, nos explique que Ovidio escribió «el primer manual de autoayuda de la Historia» (página 41); que Dante era un tostón (página 66); que Maquiavelo «tenía una cara de cabrón que no podía con ella» (página 77); que cuando un niño marroquí nos roba la cartera, en realidad le está haciendo un homenaje al Lazarillo de Tormes (página 90); que el célebre Cuento de Navidad de Charles Dickens «es, posiblemente, el mayor pastel de la historia de la literatura» (página 227); o que Albert Camus podría ser designado como «el James Dean de las letras francesas» (página 330). Si le añadimos los comentarios que realiza sobre la inflación de franquismo y guerracivilismo que nos acecha desde hace años en las mesas de las librerías (una disertación de gran inteligencia, que puede leerse entre las páginas 309 y 312 del tomo y que comparto letra a letra), tendremos motivos más que suficientes como para abrir este tomo y disfrutar con su lectura.

Yo ya leía cuando los padres de Javier Traité decidieron traerlo al mundo; empecé a hacer reseñas de libros para la prensa murciana cuando él estaba preparándose para la primera comunión; e inicié mi trabajo como profesor de literatura cuando él apenas soñaba con acabar la EGB. Es decir, que no me falta una cierta experiencia en esto de los libros y la enseñanza. Y puedo decir una cosa: si nos atenemos a su condición de libro-imán (un libro que busca enamorar a otras personas con las bondades, el humor y los buenos ratos que la literatura puede depararnos), este hombre ha escrito simplemente el volumen más cojonudo que he leído en toda mi vida. Y no me quiero comedir ni un ápice a la hora de manifestarlo, porque le haría un flaco favor a la verdad. Afirma el autor en el prólogo que tratar de convencer a los demás de que leer es maravilloso revela una actitud “proselitista y peligrosa”, de la que en ocasiones conviene abstenerse. Pues bien, él ha resuelto la cuestión haciendo que los lectores miremos los grandes monumentos de la historia literaria desde otro lado. No desde la atalaya de la seriedad, el almidón o los arquetipos platónicos, sino desde la ladera del humor, la sencillez y la llaneza. Explicó una vez el gran Federico García Lorca que un poeta es un pulso herido que ronda las cosas desde el otro lado. Quizá el mejor crítico sea también el que sabe ofrecernos una mirada nueva y nos convence por la vía de la mostración. Me habría encantado tener a Jaiver Traité como profesor de literatura. Principal de los Libros ha dado en el clavo con esta publicación.

jueves, 27 de enero de 2011

Zoo o Cartas de no amor




Suele decirse que la forma más enfática y más evidente de poner de manifiesto una palabra es no usarla nunca. Y ésa parece ser una de las luces que orienta la prosa de Viktor Shklovski en su obra Zoo o Cartas de no amor, que nos ofrece la editorial barcelonesa Ático de los Libros gracias a la traducción de Yulia Dobrovolskaya y José María Muñoz Rovira.

Enamorado de la escritora Elsa Triolet (que fue pareja de Maiakovski, estuvo casada con Louis Aragon, luchó contra los nazis en la Resistencia francesa y obtuvo el premio Goncourt), Shklovski se obstinaba en escribirle cartas; pero ella, no menos obstinada, le prohibió que en ellas le hablase de amor. El resultado son ciento sesenta páginas donde el escritor habla del exilio, de la revolución rusa, de las costumbres berlinesas, de moda (a Viktor no le gustan los pantalones con raya), de la chocante historia de amor entre el japonés Taratsuki y la rusa Masha, del motor del coche Hispano-Suiza, de las locuras de don Quijote, de las bellezas de Haití, de las casas prefabricadas o de las pipas, generando en los lectores una sensación chocante de vademécum o de desván que, no obstante, tiene su sentido: no hablando de amor, Shklovski habla constantemente de amor, porque le deja bien claro a Elsa (llamada Alia en este libro) que cualquier cosa que mire la está mirando para ella, que cualquier cosa que describa la está describiendo para ella. Imposible no pensar en novelas como Mrs. Caldwell habla con su hijo, del gallego Camilo José Cela, que indaga en los mismos procedimientos psicológicos y literarios. En realidad, más que un libro de declaraciones, éste es un libro de gravitaciones: Elsa/Alia está aleteando en cada adjetivo que Shklovski maneja, en cada sustantivo que incorpora a la página, en cada verbo que despliega.

Añádanse a estos primores la aparición comentada de algunos personajes célebres de su tiempo (Boris Pasternak, Marina Tsvetaieva, Marc Chagall, Roman Jakobson), algunos aforismos que hubieran hecho las delicias de Ramón Gómez de la Serna («En una tienda, las mujeres flirtean con la ropa», p.73) y bastantes frases para la reflexión («Todas las palabras hermosas están exhaustas», p.11; «Nos comportamos como locos en este mundo, para ser libres», p.53; «Sin palabras uno jamás llega al fondo de las cosas», p.87; «Si un coche no pesa, tampoco se mueve. Es el peso lo que permite a sus ruedas agarrarse al asfalto», p.131; etc.), y pronto nos daremos cuenta de que tenemos entre las manos un volumen bien singular y bien digno de lectura. Los editores de Ático de los Libros han acertado plenamente con la elección de esta obra para los lectores españoles.

sábado, 22 de enero de 2011

Veintiséis historias que no vienen a cuento




Hay quienes consideran que los talleres literarios carecen de sentido, pues estiman que la capacidad de expresarse estéticamente no puede ser aprendida. Quien anhele escribir —aducen— no precisa más que atesorar muchas lecturas y disponer de algo que decir. El resto es voluntad, práctica y trabajo. La mayoría de las mujeres (lo pregonó Camilo José Cela) ignoran escrupulosamente todo lo que tiene que ver con la ginecología y la obstetricia; y luego tienen unos hijos que da gusto verlos. Además, no consta que Cervantes, Proust o Tolstoi asistiesen jamás a ninguna clase donde se enseñara a redactar novelas, y son considerados auténticas cumbres del género.
Todo eso, sin duda, es verdad. Pero no toda la verdad. Escribir novela o cuento (no sé si poesía: en ese terreno no me aventuraré) comporta inequívocamente una técnica. O mejor: unas técnicas. Y la función que cumplen ahí los talleres literarios radica en mostrar esas técnicas a sus alumnos: explicarles los diferentes tipos de narradores posibles, hacerles ver cómo se elige un punto de vista u otro, como se jerarquizan estos o aquellos episodios, de qué manera se construye una armazón argumental... Y después —y en esto, imagino, volveremos a estar todos de acuerdo— ya es el talento individual el que determinará quiénes lo hacen bien y quiénes jamás accederán a las mieles de la excelencia.
En la ciudad de Murcia —en concreto, en las dependencias de la Biblioteca Regional— se han venido celebrando durante los últimos tiempos unos talleres que reunían a todo tipo de personas interesadas en el mundo de la escritura, bajo la coordinación de Lola López Mondéjar: psicólogos, profesores, publicistas, periodistas, abogados, ingenieros, biólogos, historiadores, educadores sociales, informáticos... Hombres y mujeres a quienes unen dos vínculos igual de intensos: la humildad y el amor a la literatura. Como reflejo de esa doble intensidad admirable surgieron un buen montón de relatos, de los que la editorial Tres Fronteras ha ofrecido una cuidada selección bajo el sugerente título de Veintiséis historias que no vienen a cuento. Y las propuestas que nos muestran sus autores son tan variadas como atractivas.
Antonia Miranda nos lanza en el cuento De cómo Herminia Luján Pallarés se convirtió en una cerda una asombrosa historia que, participando de una mutación de índole kafkiana, incorpora el humor como ingrediente principal. Leandro Llamas construye en De once varas un relato de originalidad manifiesta, donde se nos muestran los pensamientos, reflexiones y actitudes de una camisa que, tras un largo proceso de elección de hombre en el que posarse, termina encontrando un final de velada más que sorprendente. Eduardo Carrasco explora en El entierro de King las posibilidades irónicas que encierra la decisión de un matrimonio de jubilados británicos que viven en España de enterrar solemnemente a su perro. Y cómo un carpintero aficionado a las saetas (don Julián) puede contribuir a la culminación del acto. Juan Francisco García Saorín nos cuenta con asombrosa pericia la historia de María, una enfermera que, para ganar un dinero extra que le hace mucha falta, se dedica al tráfico de órganos de manera ocasional. Lo que no entraba en sus cálculos es que el día de su cumpleaños iba a recibir en casa, sin desearlas, unas visitas más que sorprendentes. El relato se titula Leyenda urbana y les aseguro que es perfecto en su ejecución. El cuchillo, de Ginés Alcántara, es una pieza memorable sobre el desasosiego y la intimidación, escrita con maestría. La culpa no fue del cha cha cha, compuesto por María Jesús Benedicte, es un breve episodio donde vemos la relación entre una madre olvidadiza y su hija que vive en Liverpool. Rubén Muñoz consigue en Mi hermano Aurelio una pequeña joyita, con un aire entre Quim Monzó y Juan José Millás, muy sabiamente mezclados. Ángel Berruezo nos propone en sus páginas una pesadilla cíclica, bautizada como Otra oportunidad...Y así hasta veintiséis narradores, veintiséis voces masculinas y femeninas que velan en muchos casos sus primeras armas en el mundo del relato corto y que obtienen resultados más que sorprendentes. Si quieren ustedes conocer lo que se está cociendo en la más reciente literatura murciana, les aconsejo que se den un paseo por las páginas de este libro: les llamará la atención.

martes, 28 de diciembre de 2010

Kafka & Borges




Si nos paramos a analizarlo con una cierta calma descubriremos que una buena cantidad de los escritores a los que consideramos clásicos del siglo XX han sido, aparte de unos estilistas de primera magnitud, grandes constructores de laberintos. Unos estaban camuflados en la ciudad donde los escritores habitaban; otros, en el lato y minucioso territorio de su memoria; otros, en la poliédrica estructura de sus almas. Pero todos, indefectiblemente, nos mostraron que nuestro entorno o nuestro interior pueden ser diamantes de complejísimo brillo: James Joyce, Marcel Proust, Julio Cortázar, Fernando Pessoa... Parece como si nuestra época necesitase de ese tipo de artistas que dan forma y nombre a las angustias metafísicas, a los horrores llenos de niebla que acechan, cercan y sepultan al hombre moderno.
El checo Franz Kafka y el argentino Jorge Luis Borges son, por derecho propio, Grandes Maestres de esa logia exquisita; y la editorial Nórdica ha tenido la feliz idea de reunir en un solo tomo, de asombrosa factura, tres textos del argentino (La casa de Asterión, Un sueño y El laberinto) junto a la monumental pieza La metamorfosis, del checo. Y todas las páginas del volumen están inteligentemente ilustradas por Verónica Moretta, que las enriquece gracias a su sensibilidad, aportándoles un aroma nuevo.
El conjunto, que hará las delicias de los auténticos enamorados de los libros, se muestra en las librerías en una cuidada edición de 999 ejemplares que harán bien de ojear los buenos lectores, porque resulta de lo más seductora: rotulaciones que quiebran el ritmo visual (pero que respetan el ritmo narrativo), páginas con perforaciones casi mondrianescas, juegos donde la geometría se pone al servicio del relato... Todo un despliegue técnico, de gran fuerza expresiva, que respalda las propuestas de esos dos genios de la literatura universal.
Jorge Luis Borges nos habla en estas páginas de un singular personaje llamado Asterión que, consciente de su monstruosidad, se aísla voluntariamente de sus contemporáneos en un reducto casi inexpugnable, donde trata de acorazarse del odio; pero, a la vez, nos deja bien claro que le urge relacionarse con los demás, mezclarse con ellos, sentirse unido a la calidez de su estirpe humana. En otro de los relatos (Un sueño), Borges nos hablará de un rey que, humillado por su vecino, termina acometiendo una venganza tan eficaz e implacable como incruenta, con un aroma inequívoco de apólogo oriental.
Franz Kafka, como bien sabemos, nos comunica en La metamorfosis (uno de los seis textos privilegiados que, según le dijo a Max Brod en sus instrucciones testamentarias, debía salvarse de la destrucción de sus escritos) la desazón de un pobre oficinista que despierta una mañana con el horror pintado en el rostro al descubrir que se ha transformado en un monstruoso insecto, y que ha de afrontar la repugnancia de su familia ante esta desagradable mutación: perderá su trabajo, su hermana se convertirá en la limpiadora oficial de su habitación, su madre se alejará de su presencia, su trabajo corroborará el desdén que siente por su hijo, que siempre lo ha decepcionado desde que nació...Mi amigo Pascual García me dijo una vez que, a su juicio, los textos y autores clásicos son aquellos a los que uno puede acudir varias veces a lo largo de la vida y siempre les descubre detalles que le pasaron inadvertidos en la primera lectura, sorpresas de nuevo colorido y gozos sin explorar. Yo estoy de acuerdo con ese dictamen. Por eso no he abandonado nunca la relectura de Kafka o de Borges, desde que agoté sus obras hace años. Escribió Friedrich Nietzsche que quien vuelve a los orígenes siempre encuentra nuevos principios. Ahora podríamos completar esa afirmación con este libro en la mano: quien deja que una editorial con sensibilidad (Nórdica), una artista con talento (Verónica Moretta) y una traductora con sólidas virtudes (Ángeles Camargo) rotulen ante sus ojos un sendero diferente, aprenderá sin duda que las obras inmortales de la literatura no son algo muerto, embalsamado y colocado en el interior de una vitrina, sino cofres que aún cobijan sorpresas, diamantes con facetas inexploradas. Esta edición es la prueba manifiesta. Yo me siento muy feliz de tenerla en mis manos.

lunes, 20 de diciembre de 2010

La memoria de Lucifer




Cuenta una leyenda medieval castellana que don Julián, importante conde de Ceuta, envió a su hermosa hija Florinda a la corte toledana para que recibiese allí una buena y esmerada educación. Es probable que entre sus intenciones hallase también un hueco la de lograr que algún noble se enamorara de ella y la tomara por esposa. Pero he aquí que entró en acción el rey visigodo don Rodrigo (al que otras fuentes llaman Roderico) quien, deslumbrado por la belleza de la muchacha, no se detuvo ante las barreras de su virginidad y la violó. Enterado el padre de la chica, y preso de la cólera, pactó con las tropas árabes del norte de África para abrirles el camino de la invasión de España. Ésa fue la represalia que tomó contra el infame y lúbrico monarca.
Pero como una de las atribuciones de los novelistas es dejar que el vuelo de la imaginación se extienda sobre las historias y juegue con ellas para arrancarles nuevos brillos, he aquí que el escritor Patrick Ericson examina los pormenores de esa fábula ancestral y decide que no; que don Rodrigo no provocó la ruina de nuestro país por la comisión de esa atrocidad de corte erótico, sino por una causa bien distinta: porque profanó un recinto situado en el cerro de Bu, en Toledo, donde se supone que había enterrado un antiquísimo tesoro, oculto por el legendario rey Salomón y protegido por un sortilegio mágico de incalculable trascendencia. Una vez establecida esa sugerente hipótesis novelesca, la acción se sitúa en la actualidad, justo en el instante en que dos periodistas de la publicación esotérica Mundos paralelos viajan hasta la patria chica de Garcilaso para investigar un suceso altamente siniestro: la tortura, asesinato y posterior cremación de un teólogo jesuita llamado Robert O’Brian en la céntrica plaza Zocodover. Los signos de la atrocidad apuntan claramente a una secta de tipo satánico, pero lo que nadie entiende muy bien es la truculencia de la acción. ¿Por qué se han ensañado de esa manera con el religioso? La situación que los periodistas encuentran en la capital del Tajo no puede ser más inquietante: una ciudad dominada por fuerzas oscuras (vientos satánicos que están representados por las altas jerarquías del ayuntamiento, el obispado e incluso la guardia civil), una agrupación de hebreos que custodian un secreto milenario, un historiador llamado Enric Cortázar que estaba desarrollando algún tipo de trabajo en colaboración con el padre O’Brian y que guarda el diario de éste... El fotógrafo de Mundos paralelos (Noyle) y la experta en fenómenos de tipo paranormal que lo acompaña (Cecilia) irán adentrándose sin darse cuenta en una trama de gelatinosas implicaciones oscuras, que los atrapará de forma inquietante.
Pero lo que diferencia esta novela de otras del mismo corte es la agudeza que Patrick Ericson utiliza para darle un giro a la narración, enriqueciéndola con matices teológicos (donde Pedro Calderón de la Barca comparte protagonismo con la película Matrix), con algunas audacias de tipo argumental (por ejemplo, cuando en la página 190 explica a los lectores la razón oculta de que la jerarquía nazi se mostrara tan interesada en aniquilar a todos los judíos de Europa, o cuando en la página 261 nos explica el vínculo entre Lucifer y Jesús de Nazaret), con poderosas páginas descriptivas (sólo hay que irse al capítulo 9 para comprobarlo: la manera en que es torturado Enric Cortázar produce un auténtico vuelco en el estómago de los lectores, que asisten a las atrocidades que un demonio le perpetra con la ayuda de instrumentos cortantes y con la colaboración de una rata hambrienta), etc.

¿Es posible (llegan a preguntarse los protagonistas de esta novela) que nos encontremos viviendo dentro de un mundo virtual, provocado por la mente de Lucifer? ¿Acaso nos movemos dentro de un escenario de pesadillas en las que nada es real (ese perturbador Nothing is real que cantaban los Beatles) y donde somos simples muñecos de humo? Por debajo de esta novela hay un plano de significación más profundo, que permitirá a unos pocos lectores deslizarse, si lo desean, por una cinta de Moebius de singular complejidad y de tenebroso espíritu: aquella que permite cuestionarse el universo en el que vivimos.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Horas venecianas



Venecia es desde hace siglos (¿quién podría dudarlo?) una de las ciudades más emblemáticas del mundo. Ha servido de inspiración a cantantes (desde el gran Charles Aznavour hasta los pequeños Hombres G), poetas (Pound, Gimferrer), novelistas (Thomas Mann, Juan Manuel de Prada) o cineastas (Visconti). Y ha sido objeto de contemplación para numerosos intelectuales que se han acercado hasta ella y luego nos han contado sus experiencias y opiniones acerca de la ciudad de los canales. Uno de los más reputados ha sido el neoyorkino Henry James, que firmó varios textos sobre la urbe que vio nacer a Casanova. La editorial Abada, con buen criterio y una excelente edición de Miguel Ángel Martínez-Cabeza, ha puesto en las librerías un tomo de hermoso formato, con ilustraciones de Joseph Pennell, donde se alinean cinco trabajos de James, a cuál más intenso y encantador.
Comienza Henry James explicándonos que visitar la ciudad de Venecia, paladear sus colores y sentir su belleza estática y eterna es, a su entender, «la máxima felicidad que se puede alcanzar conservando la razón» (p.31). Y dentro de esa órbita de deslumbramiento, el novelista emite algunos juicios de gran interés sobre los artistas plásticos de la localidad, que podrían parecer incluso paradójicos, por su refinada formulación, y que obligan a reflexiones por parte de quien lee («Tiziano fue sin duda un gran poeta, pero Tintoretto fue casi un profeta», p.39). De ahí que su paseo por los lienzos, esculturas, canales y arcos de la ciudad llegue a momentos de intensa emoción. Porque James no sólo nos habla de San Marcos o el puente de Rialto, sino también del Palazzo Montecuculi o el Loredan, la Riva degli Schiavoni o los mil y un rincones asombrosos que atesora aquel rincón del mundo. El apasionado Henry James, consciente del fulgor inmarcesible de Venecia, llegará a decir en uno de los trabajos que contiene este volumen que «hacen falta muchas cosas para producir un norteamericano satisfecho, pero hacer a un veneciano feliz sólo requiere un puñado de sensibilidad despierta», p.55). No obstante, en medio de ese continuo éxtasis visual, James no desdeña tampoco la reflexión sobre algunas consideraciones prácticas, que traslada a sus lectores de un modo directo: «¿Cuál es la fuente de financiación de toda esta magnificencia cívica (mostrada de cien otras formas) y cómo se las arreglan las ciudades italianas para realizar gastos que resultarían formidables para comunidades más ricas y sin duda menos artísticas? ¿Quién paga las facturas sólo de las costosas estatuas?» (p.141).
De todas formas, y por debajo de estas consideraciones, hay a juicio de Henry James un peligro que amenaza de forma inmediata a esta población de la península italiana: el turismo. James, como otros muchos viajeros del siglo XIX que recorrieron buena parte del mundo empujados por la curiosidad estética o antropológica, cobijaba un desprecio más que notable por aquellos que viajaban de una manera distinta. El turismo de masas (del que apenas llegaron a conocer los albores) imponía una visión mucho más celérica, menos aristocrática; y eso les producía un repelús casi orgánico. Y ni siquiera la mejora del nivel de vida de los lugareños se les antojaba motivo de felicidad; al revés, incluso pareciera que les molestase. Henry James no escapa a esa tendencia y cuando, entre las páginas 98 y 99 del volumen, nos habla de Lido nos explica que el lugar «se ha estropeado» (sic) porque sus calles ahora tienen asfalto, presentan farolas de gas, disponen de tiendas, han ampliado los baños, se ha mejorado su restaurante y se ha construido un teatro. «Mejoras infames» a juicio a de James, que le han cercenado al lugar su carácter «silvestre». Ignoramos lo que pensarían sus sufridos habitantes, que quizá preferían mejorar un poco su nivel de vida antes que agradar a los turistas snobs.
Olvidándonos de esta anécdota, que no es sino un elemento espurio de este libro, qué maravilla volver a leer a Henry James. Toda la elegancia del prosista que construyó Otra vuelta de tuerca, Retrato de una dama o la voluminosa novela Las alas de la paloma está en estas páginas deliciosamente manuales con las que Abada Editores enriquece la bibliografía castellana de uno de los mejores prosistas de su tiempo.