lunes, 19 de enero de 2015

Correspondencia, II



En este segundo volumen de la abundante correspondencia del filósofo alemán Friedrich Nietzsche, publicada por el sello Trotta, encontramos 411 cartas que traducen José Manuel Romero Cuevas y Marco Parmeggiani. Un rico aparato de 1260 notas, humanas y eruditas, completa el volumen.
El joven profesor (aún no ha cumplido los treinta años), que está compaginando el trabajo en la universidad de Basilea y en un instituto por un sueldo más bien reducido, nos va explicando en estas páginas sus trabajos sobre las Coéforas, Homero, Esquilo o la gramática latina (disciplinas que debe impartir). Y leemos que, en vista de sus nuevas inquietudes intelectuales, llega a postularse como profesor de Filosofía para la citada universidad, intentando que uno de sus amigos cubra su vacante de Filología. Al no lograrlo, queda francamente abatido. Poco a poco, se nota en sus misivas que va distanciándose de Basilea, y que acaricia la posibilidad de dejar la enseñanza para dedicarse al pensamiento filosófico fuera de las aulas, con el dinero ahorrado (tálero a tálero) durante sus años como docente.
Entre las peticiones curiosas que Nietzsche realiza en sus cartas están las de solicitar a su madre y su hermana que le hagan llegar unos calzoncillos de piel de ciervo (carta 29) o que le encarguen trajes nuevos en su sastre de costumbre. También les da las gracias por el envío de algunos presentes tan poco esperables y tan poco intelectuales como un salchichón (carta 397).
El tema de la salud aparece también con cierta periodicidad. Tras redactar una curiosa anotación médica (“Hay aquí mucho viento y produce mucho dolor de muelas”, carta 2), se quejará de “dolores hemorroidales” (carta 122), un herpes en la nuca (carta 220), molestias estomacales (carta 230) y, sobre todo, de un persistente problema con los ojos, que le obligará a utilizar a algunos amigos a la hora de componer cartas o redactar trabajos.

Pero sin duda los dos grandes temas estelares de este volumen son Richard Wagner y la aparición del libro El nacimiento de la tragedia. Sobre el músico se manifiesta Nietzsche con exagerada vehemencia, aclarando que “en su cercanía me siento como en la proximidad de lo divino” (carta 19) y llegando a escribir líneas como éstas: “Me estremezco siempre con la idea de que podría haber quedado excluido de su camino; y entonces de verdad no habría merecido la pena vivir” (carta 309)... En cuanto a la publicación de su primer volumen de importancia (El nacimiento de la tragedia), nos dirá que se siente ilusionado a la hora de su aparición (“Tengo la mayor confianza en el escrito: se venderá mucho”, carta 168), se preocupará minuciosamente de que lleguen ejemplares a los críticos y profesores más adecuados a la hora de promocionarlo... y se sentirá molesto cuando no reciba los elogios que él entiende justos. Así, le escribe a su amigo Friedrich Ritschl, asombrado de que no le haya dado sus opiniones sobre la obra (carta 194). Lo que no sabía es que Ritschl había escrito en su diario que le parecía una “ingeniosa borrachera”. Y tras esta carta de Nietzsche, en la cual el filósofo se mostraba convencido de la importancia suma de su libro, escribió: “Megalomanía” (nota 538). También es interesante observar cómo Nietzsche no encajaba demasiado bien las críticas negativas. Después de recibir un varapalo muy duro por parte de Wilamowitz, Nietzsche lo insulta en sus cartas, incita a su amigo Rohde para que escrita contra él refutándolo (incluso se permite indicaciones muy precisas sobre qué cosas debe decirle e incluso con qué intensidad y en qué orden) y, tras todo eso, asombrosamente hipócrita, escribe a Gustav Krug (carta 242) diciéndole que él no tiene “nada que ver con este castigo” y a su madre (carta 262) explicándole que esa polémica le “interesa poco”. Debilidades humanas, demasiado humanas, sin duda. En todo caso, era consciente de la importancia de su obra, porque le escribe a su amigo Carl von Gersdorff estas nítidas palabras, en relación con El nacimiento de la tragedia: “Cuento con una andadura lenta y silenciosa a través de los siglos, te lo digo con la máxima convicción. Pues aquí han sido dichas por primera vez algunas cosas eternas: eso debe tener resonancia” (carta 197).

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