miércoles, 28 de febrero de 2018

Poetas de Lisboa




No soy muy amigo de antologías, francamente, porque considero que la mejor antología es la que cada cual se hace en su mente con los textos que va leyendo, sin depender del criterio ajeno, siempre tan discutible. Pero estos Poetas de Lisboa me llegan de la mano de mi mejor amiga, que me trajo el libro desde Portugal; y ahí no existe discusión: se lee y se disfruta con el embeleso que le dedico a las cosas que mis amigos me regalan.
Aquí, ordenados cronológicamente y traducidos por María Matta, encuentro los versos deliciosos, magníficos, de Luís de Camões, Cesário Verde, Mário de Sá-Carneiro, Florbela Espanca y Fernando Pessoa.
De Camões pueden leerse varios sonetos y algún fragmento de su colosal producción Los Lusíadas, gloria de las letras portuguesas y universales.
De Verde disfrutamos en sus versos de amor, tan apasionados como refractarios al matrimonio (“¡Imposible!”); en sus hermosos retratos urbanos (“En un barrio moderno”); o en sus líneas de elegante sentimentalidad (“Flores viejas”).
Sá-Carneiro nos aporta algunas reflexiones políticamente incorrectas (o cuando menos peculiares) sobre la condición de las mujeres (“Femenina”); indagaciones donde buceo por su propio espíritu (“Dispersión”); o indicaciones para el modo en que debe realizarse su funeral (“Fin”).
Florbela Espanca es todo delicadeza, suspiros de palabras, palabras suspiradas, aroma de adjetivos y flores, explicándonos que las mujeres siempre encierran algún secreto inconfesable, más puro cuanto más oculto (“Que la boca de mujer siempre es mejor / si dentro guarda un verso que no dice”).
Y Fernando Pessoa (¿será necesario recordarlo una vez más?) vuelve a seducirme con su esplendor inigualado, con sus dolores íntimos, con su soledad sonora, con su tristeza, con su fracaso asumido. Para mí no hay poeta más grande que él. A su altura quizá; más arriba no.
La gran pregunta que siempre me hago. ¿Por qué no leemos, conocemos, frecuentamos, amamos más la literatura portuguesa, la pintura portuguesa, la música portuguesa, con lo cerquita que estamos? Yo adoro ese país y su arte.

lunes, 26 de febrero de 2018

El informe Stein




Leo hoy la breve novela El informe Stein, de José Carlos Llop (Anaya & Mario Muchnik, Madrid, 1995). Y no sé si decir que me ha gustado, o que me ha disgustado. Desde luego, es distinta. Crea una atmósfera peculiar, inconfundible. No sé si Llop escribirá siempre de la misma manera. En todo caso, hay como un tic “javiermariano” que no me termina de convencer, y que consiste en una cierta morosidad concéntrica narrativa, una prosa tartamuda, morosa o autista que lo lleva a incurrir en secuencias como ésta: “Los jueves por la tarde yo no iba al colegio, ninguno de nosotros iba al colegio porque una de las costumbres de los jesuitas era cerrar el jueves por la tarde y no los sábados, como el resto de los colegios. Y los sábados por la tarde todos nosotros íbamos al colegio y el colegio estaba abierto, no como los demás colegios, que permanecían cerrados los sábados por la tarde” (páginas 36-37). Hay que admitir que, estructuralmente, queda cuando menos extraño.
De todas formas, como soy perseverante y no rechazo de plano ninguna prosa al primer intento, es probable que decida acercarme a alguno de sus otros libros.
“El padre Cristino conocía a la perfección a quién iba a suspender la vida, a quién iba a aprobarlo y a quién a darle un notable. Porque el padre Cristino sabía que la vida no regalaba jamás un sobresaliente”. “La lluvia parecía un ejercicio de caligrafía sobre las páginas del aire”.

sábado, 24 de febrero de 2018

El fin del mundo



Frente al primer libro publicado por un autor se suelen desplegar, sobre todo, dos actitudes: la primera consiste en elogiarlo desmesuradamente, celebrando a su compositor con vítores de genio y marcando con fosforito los dos o tres hallazgos más notables del volumen, que son elevados a rango de diamante y que parecen autorizar la comparación del recién llegado con Cervantes, Proust, Muñoz Molina o García Márquez; la segunda consiste en señalar con cierta saña biliosa sus defectos, sus errores, sus zonas de penumbra, para demostrar que se trata de una obra fallida y que su firmante haría mejor en dedicar su tiempo a la alfarería o el cuidado de petunias. Ambas posturas, huelga precisarlo, obedecen al equívoco de considerar que una primera obra es algo más que una primera obra, y que en sus páginas flotan las señales de un resumen o de un anticipo.
Ismael Orcero acaba de entregar a través del sello Boria Ediciones su trabajo El fin del mundo, en el que se reúnen diez relatos muy singulares y que conforman, según registra la solapa, el primer libro que publica. Y el autor nos sumerge en ellos en historias donde aparecen caníbales modernos (forzados por la desgracia de un accidente acaecido en una zona desértica), con presencias espectrales que se niegan a abandonar una casa de las afueras, con apocalipsis zoológicos de textura más que inquietante, con adultos que adquieren robots a los que dotan de características que los aproximen a sus madres, con camioneros infieles, con vengativos seres diminutos que viven bajo tierra y odian ver perturbado su modo de vida o con extrañas enfermedades que necesitan ser controladas con métodos expeditivos. Es decir, y por expresarlo de una forma sintética: con argumentos y con personajes que, alejándose de la facilidad, plantean situaciones incómodas para los lectores, quienes sólo disfrutarán de verdad si aceptan el desafío del autor cartagenero y bucean sin traje de neopreno por sus profundidades.
Da la impresión de que Ismael Orcero ha querido, desde su primer libro, sentar las bases de un territorio muy personal, muy específico, al que invita a sumarse a los lectores. Si le gustan las emociones fuertes, dese un paseo por estas páginas. Es muy probable que encuentre aquí una voz a la altura de sus expectativas.

jueves, 22 de febrero de 2018

El origen del hombre




Para darle un giro a la temática habitual de mis lecturas, me introduzco en un libro donde se estudia la evolución de la especie humana. Está escrito por Manuel Seara Valero, y lleva por título El origen del hombre (Anaya, Madrid, 1999). Y aunque no estoy capacitado para saber si los datos que en esta obra se ofrecen son fidedignos o están expuestos sesgadamente, si es una obra rigurosa o sólo divulgativa, yo lo he pasado muy bien leyéndola. He tenido noticia de la multiplicidad ingente de ramas que se unen y bifurcan a lo largo de los milenios para formar a este bípedo que ahora teclea; y aunque el frondor resulta un poco (o un mucho) estupefaciente, en el libro está expuesto con razonable claridad. Me consta que con cada nuevo descubrimiento que se realiza, con cada fósil anómalo o revolucionario que se exhuma, cambian los parámetros y las conclusiones; pero entiendo que eso le añade grandeza a los autores que tratan de explicárnoslo con sencillez amena. Me ha hecho gracia, también, enterarme de que la homínida Lucy (hallada en 1974) se llama así porque sus descubridores (el equipo de Donald Johanson) estaban escuchando esa noche la canción “Lucy in the sky with diamonds”, de los Beatles. Y he apuntado una frase para la reflexión: “Un hombre de Cro-Magnon vestido a la última no destacaría en absoluto del resto de los viandantes de cualquier ciudad europea”. Un libro distraído y recomendable.

martes, 20 de febrero de 2018

La manipulación publicitaria




Me termino de leer un libro con el que estuve mariposeando durante los días navideños: La manipulación publicitaria, del cartagenero Joaquín Navarro Valls (Dopesa, Barcelona, 1971), que me ha parecido un plastazo de muy considerable volumen. Parece mentira que con tan sugerente tema se pueda propinar al lector tamaño conjunto de bostezos, a través de una prosa reiterativa, sin vuelo, plúmbea a más no poder. Repite cada cosa media docena de veces, “estirando” lo que no es, en síntesis, más que un opúsculo de chata redacción. Qué pena. Además, creo que en mi ejemplar faltan láminas, lo cual termina de entorpecer (no creo que mucho) la lectura. Qué insufribles pueden llegar a ser, en literatura, los torpes.
“El anuncio publicitario es la piel de nuestra época”. “Ernest Dichter aconsejaba a los fabricantes de calzado: A las mujeres no les vendan zapatos, véndanles pies bonitos”. “La publicidad, indirectamente, aumenta el sentimiento de falta de plenitud que acompañará al hombre mientras haya historia”. “Quien asegura ver demasiadas novedades a su alrededor no suele saber historia”.

domingo, 18 de febrero de 2018

Apuntes 1992-1993




Continúo con la lectura de Elias Canetti. Son ahora los Apuntes 1992-1993, en la traducción de Juan José del Solar (Anaya & Mario Muchnik, Madrid, 1997). Pero esta vez, por desgracia, no me ha gustado. La cantidad de informaciones y de reflexiones que me han llegado de su lectura se han reducido muchísimo con respecto al volumen anterior, que reseñé hace poco. ¿Se fue volviendo Canetti más y más críptico con la vejez? ¿Recortó demasiado la conexión lógica de sus pensamientos? ¿Se enclaustró en un cierto autismo autorreferencial? No lo sé. Sólo sé que me paro a meditar los aforismos y soy incapaz de desentrañarlos y saber a qué se refiere. Obviamente, eso reduce el placer lector y anula (al décimo o vigésimo reto “traductor” frustrado) todo interés para mí. Se impone un barbecho con este autor.
“(La psicología) Amplía los enigmas que pretende resolver”. “Uno se enamora de una mujer para destruirle su pasado”. “Nada desea tanto el viejo como impartir consejos”. “Es indiferente lo que lea, siempre quiere decir algo él mismo”. “Sólo cuenta el saber vacilante”. “¿Cómo puede querer pasar por sabio alguien que se conoce?”. “El hombre es un leño que se arroja él mismo al fuego”. “Los inadaptados son la sal de la Tierra”. “De quien mucho dice se olvida incluso lo poco que podría quedar”.

jueves, 15 de febrero de 2018

Espíritu de la letra




Acabo la miscelánea Espíritu de la letra, de José Ortega y Gasset (Espasa-Calpe, Madrid, 1965), del que me fatiga la pedantería intelectual (los que no piensan como él andan errados, y al resto lo llama vulgo), su infantilismo exhibicionista (“acuña” la forma léxica ‘rigoroso’ y, por si no nos habíamos fijado bien, la sacude en todos los escritos del volumen, tenaz y cansino como una gotera estruendosa) y su frustración por no haber nacido en Alemania. Me gustan, eso sí, algunas observaciones, como el carácter donjuanesco de Ulises; o la tesis de Westenhofer (p.73) de que es el mono quien deriva del hombre. Pero no mucho más. He notado demasiadas veces la irritación de estar leyendo a quien pretende (y se adivina falso) saberlo todo. Esta vez, don José, no puedo aplaudirle.
“Se es intelectual en la medida en que se sea voluptuoso de problemas teóricos, de ideas”. “Ciencia es aquello sobre lo cual cabe siempre discusión”. “Siempre es más fecunda una ilusión que un deber”. “Avanzamos siempre por la vida entre el misterio innumerable de las amistades y enemistades desconocidas”. “De todo cabe una beatería”. “El consejo de quien nos es muy próximo es el más peligroso, porque solemos atenderlo y con ello desviarnos de nuestro destino”. “Mientras yo no sepa lo que es el universo, mi vida no tiene sentido”. “El termita del autoanálisis”.